El corazón del Laberinto

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1. " My little Darlin'"

El brillo mezclado con una especie de viscosidad de unos ojos rojizos, casi llameantes, hurgando a través de los recovecos de una falda y un par de piernas juveniles encaramadas entre sí en el asiento frente a ellos, daban la pauta a comprender que, aquella tarde, la suerte le sonreía de nueva cuenta.

Mientras el tren nocturno de la línea Norway marchaba de regreso a New Town, oportunidades como esta se habían tornado momentos cotidianos, no reparaba en discreciones, disfrutaba cada uno de los descubrimientos que brindaba cada nuevo vistazo, la tersura de unos muslos prietos y firmes, las incontables cicatrices producto de la inexperiencia de montar una bicicleta, las picaduras de insectos del verano y el acné propio de la pubertad, convertían aquella figura juvenil en un prospecto demoniaco de lujuria excelsa, casi inmaculada. Algunos otros curiosos espiaban fugazmente, mas solo uno era experto en la exploración profunda, demasiado profunda y persuasiva, tanto que en ocasiones, sus miradas se cruzaban y entonces esas largas piernas se movían de un lado a otro con suavidad, como el vaivén del viento del norte acariciando la punta del césped, frágil al tacto de cualquier entidad extranjera, invitando a continuar con el ritual, dando señas de que a aquella muchacha no parecía molestarle aquel juego acosador.

En esas épocas no era difícil toparse con chicas deseosas de borrar de su mente la idea del hombre perfecto, aquel príncipe azul, fuerte, protector por antonomasia por el cual han sido adoctrinadas para esperar sin chistar, sin emitir queja alguna, rico por herencia pero aburrido a futuro y quizás, un pésimo amante. No, la realidad era mucho más seductora, y Ernest era un experto en las necesidades más básicas de la humanidad, sobretodo de la juventud inquieta, suplicante de profundizar en los oscuros secretos de la carne, terreno vasto para poner en práctica todo su conocimiento.

El graznido del conductor anunciando la última conexión a través de los parlantes ha sacado de su trance a Ernest, propiciando que su presa se escabulla entre las decenas de figuras que entre empujones y blasfemias batallan ansiosas por descender de aquel vagón.

- Estimados pasajeros, Líneas Norway les agradece su preferencia y los invita a viajar con nosotros nuevamente. - Continuó Todd, el viejo maquinista.

- Favor de permitir el libre paso y no situarse frente a las puertas de acceso. - Gritaba efusivo sin importar que su voz y su mensaje se desvanecieran sin que apenas nadie reparara en el.

- Seguramente creen que por salir primeros del vagón la Reina cagará diamantes esa noche. - Musitó el conductor mientras sus manos guardaban unos lentes de fondo de botella en un estuche de piel, para después tirar de un par de gastados tirantes.

- ¿Acaso debe existir una razón válida para justificar su prisa o su ansiedad, Todd? - Debatió Ernest mientras contemplaba al penúltimo usuario descender.

- La ansiedad no tiene justificaciones mi amigo, - Es solo soledad y hastío disfrazados de cordura. - remató el maquinista mientras su regordeta figura se erguía orgullosa. - Quizás con suerte alguno de ellos decida a dar el gran salto mañana en la mañana, concluyendo que su vida no tiene ningún sentido, habrá un gran escándalo y seguro los periodistas de El Valiant tendrán su exclusiva del día, aunque pensándolo bien, limpiar el batidero de sangre y tripas resultaría toda una monserga.- Ernest levanta el rostro para contemplar al maquinista después de escupir semejantes pensamientos, una mirada seca, desgastada quizás por el paso del tiempo y la inclemencia de las cataratas que apenas permiten asomar un par de ojos azules logran desprender en él una mueca retorcida, y un ademan queda como despedida para continuar con su trayecto a la taquilla, después al acceso principal.

- Alguien debería demoler este edificio de mierda de una buena vez. - El único pensamiento que viene a su mente cada noche cuando sus pasos se alejan de la estación. Los muros deslavados y derruidos de la terminal Redmond, y un cierto hedor emanando de las alcantarillas que franqueaban el acceso a la misma, le conferían un sentimiento nauseabundo, asqueroso, parecido a un retortijón el cual partía desde su intestino grueso, subiendo el trayecto hacia el estomago, pasando por el diafragma para finalmente enclaustrarse en su esófago decidido a regurgitar todo lo que se encontrara dentro. La avenida principal no era de un tono diferente, de New Town no se puede hablar mas allá que de su largo Pabellón Carmesí, sus calles repletas de comercios de bebida, burdeles, negocios familiares de comida del mediterráneo, los callejones bardeados por edificios de no mas de cuatro pisos, con el hedor de los desechos humanos adornando los desdichados lamentos de los que se han topado con la no tan alegre meretriz - o en su caso, con su confiable proxeneta - quien, envalentonados por los humos del alcohol han decidido no pagar la tarifa pactada previamente por sus servicios, otros quizá con mejor suerte, hayan conseguido con quien liarse después de la cena de la empresa, quizás algún ejecutivo de medio pelo tendrá la oportunidad de "evaluar" mas íntimamente las habilidades de la chica de recepción recién contratada. Al fondo la policía se encuentra en su hora de descanso, meditando antes de comenzar el horario nocturno, apostando entre ellos quien será el afortunado en romper mas cráneos, tumbar mas dientes o quién sabe, quizás hasta exista la oportunidad de ejecutar alguno de aquellos malvivientes que deambulan como aves nocturnas.

- Puede que tenga suerte hoy y me tope otra vez con esas piernas lindas vagando por aquí. - Susurró a sí mismo, reviviendo por breves momentos las imágenes en el vagón de tren.

Su apaciguado paso lo llevó hasta un edificio de muros grises desgastados por la humedad acumulada por décadas, puertas de madera hinchada y carcomida y unas escaleras improvisadas en concreto.

- Buenas noches, Sr. Spencer. - gritó con entusiasmo Annia Polter al toparse por casualidad con Ernest. - No hay necesidad de revisar su buzón, se encuentra vacio.- Las grumosos carnes de la pelirroja mujer del este de Alemania agitándose a causa de una risa estrepitosa y chocante, detonaban en él una sensación de irritación aunada a una pausada calma, como si lidiar con un crio que tiende a tomar sin permiso todo lo que está a su alcance se tratara, sin embargo por alguna razón aun desconocida incluso para él, no le causaba odio.

La Corona le había provisto de un piso de alquiler de medianas dimensiones con muros recubiertos de madera corriente y apolillada, muebles con pinta de finales del siglo pasado, forrados de manta en tonos grisáceos y grecas negras, colonia barata y un candelabro en caoba antiquísimo adornando el centro de la habitación, suficientemente resistente como para usarlo de improvisado perchero para la colada, ocultar los ahorros de una vida o con algo de ganas, practicar la asfixio filia, actividades cotidianas al fin y al cabo, realizadas según el humor del día.

El cuarto de baño no desentonaba con el caos de aquellos interiores, mármoles amarillentos que en tiempos anteriores lucirían un blanco puro, hacían juego con la cerámica de los muebles de baño asediados por manchas de oxido y un pasado de servicios seguramente repugnantes. Por encima del lavabo se encontraba un espejo cubierto casi en su totalidad por manchas blanquizcas que impiden una visión clara de quien desee reflejarse ahí, situación que a Ernest no le parecía incomoda, poder ocultarse de su propio reflejo le parecía en ocasiones, divertido, sobre todo en aquellas donde el pasado amenazaba con retornar de un solo vistazo, no había mejor instrumento para evocar las viejas memorias.

Su mirada divaga un poco en su delgada pero aun tonificada silueta, después de la ducha, trata de discernir entre las impurezas del espejo y la de su propia humanidad. Una mano derecha, carente del dedo meñique comienza una exploración sobre su torso desnudo, un mural de cicatrices se puede observar en su anatomía, al costado izquierdo del plexo solar, dos tajos de considerable tamaño se asoman descaradamente, uno mas pequeño se alcanza a notar por debajo de estos y cercano a la pelvis. Dos prominentes quemaduras adornan el borde derecho justo por debajo de la axila, un tajo mas sobre el hombro izquierdo, todas ellas sirven de marco para la obra maestra, al centro del pecho, un montón de carne rosada, de pinta áspera pero frágil, como si al pulsarla con el mínimo roce estuviera tentada a reventar, se hace patente cubriendo el esternón en toda su extensión. Contemplar cada una de estas marcas bien traía reminiscencias a su retorcida mente, fugaces recuerdos del cómo y cuando había adquirido cada una de ellas.

Las de aquella noche durante la batalla en las planicies de Renania, una mas por la apuesta perdida en la cantina de Stuttgart, la noche de la ingesta en las afueras de Israel, muchas otras mas, en ocasiones, cómplices para alimentar mórbidas fantasías.

Sin embargo había una en particular la cual había acaparado su atención desde hace ya años atrás. Aquella que lucía justo por encima de la clavícula izquierda y del músculo esternohioideo, una cicatriz pequeña, pero de una forma particular, alusiva a dos ganchos de carnicería ordenados paralelamente, uno volteando al lado contrario al otro, formando una letra "H" y misma que adquirió la noche de su primer encuentro con "Hefets" nombre con el que los Israelitas solían llamar al "artefacto" memoria que pareciera volverse mas confusa y borrosa cada vez que trataba de recordar. No tenía muy claro como llego a sus manos, ni exactamente cuánto tiempo estuvo en su poder. Poco fue lo que realmente pudo averiguar después de dicho evento, quería saber mas, dicha ambición lo llevo a recorrer países, zonas no representadas en ningún mapa en donde de alguna manera se hacía alusión a objetos parecidos a este, años le tomó obtener alguna respuesta, algo que le proporcionara datos acerca de su lugar de procedencia, época de origen, manufactura, y cualquier información capaz de hacerlo reencontrarse con el objeto una vez mas. Había un sentimiento cálido cuando el mirar aquella marca lo remontaba a los salones clandestinos de opio en Tel Aviv, un sentimiento que despertaba un deseo ávido, sensual, impetuoso por saciar su morbo con la sexualidad más próxima que estuviese a la mano. Si, el espejo no mentía, sabio de sus necesidades más básicas, más viles, no había manera de esconderse ante él, ni siquiera por detrás de las manchas de los años ni la suciedad. Después de aquel evento, ciertamente hay algo que si puede recordar y vivir, algo que lo cambió para siempre, el hambre por saciar su conocimiento en las artes de la carne se vio incrementada soezmente, las fantasías eran menos efímeras por las noches, y mas plausibles durante el día.

No era muy asiduo a dormir, ni siquiera era capaz de recordar la última vez que durmió por más de cuatro horas continuas, y es que en realidad dormir resultaba ser una tarea casi imposible, entre el vapor de los cigarrillos y el opio, el sabor amargo del whiskey en las rocas, las nubes que dominaban la estancia y ahumaban las paredes derruidas, la sobrecogedora luminancia del Belweder 1957 clavado en el extremo izquierdo del cuarto, y una vieja radio por encima de este, la cual sintonizaba al azar noticieros en ocasiones, y en días de buena fortuna, algo de música proveniente del sur de los Estados Unidos. Toda esta mezcla de sucesos dejaban noches de letargos cuasi eternos, de pensamientos furtivos y memorias imborrables, - muy distintas a su experiencia favorita - los rostros de incontables personas pasaban frente a sus ojos una y otra vez, tal vez ni siquiera era la figura de alguien a quien realmente haya conocido con anterioridad, solo eran rostros, mayormente de mujeres, lo cual provocaba sensaciones placenteras a la vez que bombeaban sangre hacia su miembro, minutos después llegaba el desfallecimiento natural del sueño, después, abría los ojos de nueva cuenta para maldecir al astro rey por perturbarlo tan pronto.

La mañana del tercer sábado del mes de Agosto lo ha tomado por sorpresa, dormitando en el asiento del WC, junto a una botella vacía de Jacob Jones, decenas de colillas de cigarrillos a su alrededor y por alguna razón que escapa a toda lógica, desechos humanos por fuera del lugar donde deberían residir. Un dolor punzante lo trae de vuelta al mundo humano, como el golpe de una munición de un rifle MP40 9mm directo al pecho, un ardor llameante lo hizo resbalar del retrete para caer sobre su propia inmundicia. De un solo brinco reaccionó para incorporarse nuevamente, sus pies no responderían de manera automática hasta veinte minutos después, pero tuvo la suficiente fuerza para arrastrarse hasta la ducha y girar de un solo manotazo la manija del agua fría. Un poco de rudeza lo traería de vuelta a la cordura, pensó.

Casi una hora después, y sin que aquel dolor cesara pudo moverse hasta la sala de estar, rápidamente se desplomo sobre el sofá y trato de tranquilizar su desbocada mente, concentrándose en el lugar que lo afectaba y lo incapacitaba. Era el lugar exacto de la cicatriz en forma de H la que ardía, como un hierro candente marcando ganado, quemaba por dentro y por fuera, el sudor frio rápidamente congelaba todo su cuerpo mientras su cuello y su hombro ardían y lamentos desgarraban su garganta. El dolor continuó por algunos minutos mas para después, y súbitamente, desaparecer. Bastó con unos cuantos segundos después de que empezara a disminuir para cesar del todo. Con ropas empapadas en sudor y notablemente perturbado, comenzó la indagatoria personal.

- ¿Que carajos ha pasado? ¿Que fue esa horrible sensación? - preguntas que viajaban en su mente una y otra vez, comenzaban a hacer mella en su cordura. Tomando control de su existencia, trató de encontrar una explicación lógica y acorde a su estatus actual. Las piernas le han dado fuerza una vez mas para llegar hasta la cocineta y hacerse de un vaso con agua, para después mezclarlo con el restante de whisky y algunos hielos, cuando ha sido capaz de llegar al sofá de nueva cuenta, escucha un golpeteo intenso en la puerta.

- ¿Sr. Spencer, todo está bien? Escuché gritos en su departamento, ¿necesita ayuda? - La figura rebosante de la Sra. Polter se dejaba entrever en el rabillo de la puerta.

- Estoy Bien Sra. Polter, no es necesario que se preocupe. - Solo me he despertado de un mal sueño. - Espetó desde el interior.

- Le he traído su correspondencia, vine a pasarla por su rendija cuando escuche los gritos. - Polter sonaba mas tranquila ahora.

Ernest deja entrever la mitad de su cuerpo desde dentro de su apartamento, solamente lleva puesto un pantalón y una playera sin mangas blanca. Polter insiste en dejarla pasar para poder comprobar si todo está en orden.

- Si dejo que pase pronto me dejara en paz, tal vez unos cuantos minutos de charla y se largará. - Pensó Ernest mientras decidía a dar acceso a la regordeta pelirroja. Muy a su pesar quito los múltiples cerrojos de la puerta y dio acceso a la mujer.

- Aquí tiene su correspondencia, no ha sido mucha esta semana, pero seguro habrá algo que le haga sonreír. -

- Lo dudo mucho, pero gracias por su amabilidad, Sra. Polter. - respondió con un aspecto notablemente cansado.

- Me gustaría prepararle una infusión para calmar la ansiedad, es una receta que ha pasado de generación tras generación en mi familia, permítame mostrársela por favor. - El no comprendía por qué le resultaba tan difícil rechazarla, mucho menos espetar sobre la indiscreta forma de acercarse a él, pensaba y concluía que a menudo se encontraba muy agotado como para tratar de discutir con alguien con quien no habría manera de discutir nada, con alguien que siempre parece disfrutar la compañía de los demás, aun si los demás son seres miserables o asesinos seriales. Para Polter no había obstáculo infranqueable, siempre lograba acercarse a quien fuera, como si de un perro agradecido por haberle sacado de las calles se tratara.

- El aroma de la valeriana y el romero inundaron la habitación, aroma que junto al del tabaco crearon una reacción placentera en Ernest. Era la primera vez que esa clase de aromas generaron emociones en el, extraño - pensaba.

- Puede beberlo ahora, bébalo caliente pero tenga cuidado de no quemar su lengua. - Una sonrisa amplia y sincera se mostro en el rostro de la mujer de gafas y cabellera larga. Ernest logra tragar gran parte de la infusión conteniendo su estomago en su lugar por el momento.

- Hay algo que siempre me ayuda a relajarme.- Continuó. - La música. ¿Le parece bien si utilizo su radio para sintonizar algo de buena música? La mirada de Ernest se alzo en una mueca interrogante. Sin embargo la mujer ha tomado control desde que entro al apartamento y ha hecho cuanto le place. Súbitamente se encuentra frente a la radio y ha logrado sintonizar una estación al azar. - Me gusta esta, tienen música del otro lado del mundo, usualmente programan melodías nuevas de fuera del país. - La emisora despliega un mini noticiero antes de comenzar a transmitir el siguiente bloque melódico. Los acordes de "Great balls of fire" y "Why do fools fall in love?" hacen que el cuerpo de la mujer empiece a moverse al compas de los sonidos, cuando la paciencia de Ernest ha llegado a su límite. El ruido de una taza de cerámica impactada contra el suelo acaban con la actitud positiva de Polter, unos ojos llenos de furia, calor emanando de un cuerpo agitado y enrojecido la llenan de miedo e incertidumbre.

- Ha venido a dejar la correspondencia, se encuentra sobre la mesa, ¿tiene algo más que hacer aquí? De no ser asi, es hora de que se marche ¿no lo cree?- Le escupe Ernest a la mujer sin separar la vista de su cara hinchada.

- Por favor… tranquilícese, no era mi intensión incomodarlo, s… solo que pienso, todos somos vecinos y bueno… somos casi… como una familia ¿no? y creo que…

- ¡No somos una maldita familia! rápidamente se hace de uno de los trozos de la taza de cerámica esparcidos por toda la estancia, y de un solo salto se dirige hacia la gruesa humanidad de la Sra. Polter. Un paso más y el trozo de cerámica estaría dentro de su cuello hurgando hasta sacar la última gota de sangre y grasa de ese cuerpo, de no ser porque, repentinamente, algo ha frenado la carrera de Ernest. La radiodifusora cierra el primer bloque musical con "My Little Darlin' " tema del recientemente formado cuarteto vocal Diamonds, como si de un golpe de conciencia se tratara, la memoria de Ernest recuperó una pieza de aquel capitulo incompleto, aquella noche de él y el artefacto, de su unidad, de su simbiosis. Su anatomía ha quedado totalmente paralizada, mientras las notas de la suave melodía hacen mella en su mente y en sus oídos, que ahora le resulta extrañamente familiar. Polter no da crédito a lo que ven sus ojos, y lucha contra la amenaza de perder la cordura cuando observa la transformación del cuerpo de Ernest, el hombre que anteriormente mostraba una figura marchita, doblegada y encorvada se ha erguido completamente, ni la mas perfecta postura militar habría superado aquel cuerpo recto, el sonido de un diafragma luchando por expulsar un ente extraño se hizo presente en el vientre de Ernest, comenzando a vibrar de una manera convulsiva, de a poco, en aumento constante. No es capaz de expresar sonido alguno, mas que el de su propio esqueleto crujiendo, el movimiento de las vísceras se hace mas notorio, es un burbujeante ruido, molesto y lacerante, ambos se encuentran congelados en medio de un piso de duela que comienza a recibir los fluidos excretados por el cuerpo de Ernest. Una clase de objeto se hace presente justo en su abdomen, el cual lleva un recorrido incesante desde su estomago hasta la garganta, como si luchara por salir rápido de aquella prisión, el objeto ahora se encuentra en el cuello obstruyendo por completo su respiración, quizás será su último momento mas, inexplicablemente, el objeto sale despedido de su boca al centro de la habitación para dar en seco contra el piso, al unísono, la melodía concluye su emisión.

Al arribar los servicios de emergencias - debido al escándalo suscitado en aquel apartamento - se encuentran con la visión de dos individuos postrados sobre el piso; un hombre de carnes doradas y escasas, bañado en fluidos de toda clase y con una extraña postura en forma de "L", al otro extremo, una mujer en sus 60 y tantos recostada sin sentido sobre una alfombra de corte barato, entre ellos, hay una figura de metal, parecida a una vértebra humana, de no mas de 5 centímetros de grosor, con motivos en plata y oro, al centro de esta, un mecanismo casi en miniatura semejante al interior de un reloj finamente construido, palpitante y en marcha a un ritmo casi perfecto, emite con cada pulsación notas musicales rotas parecidas en ocasiones al golpeteo de una campana, en ocasiones remembrando cierta melodía de moda, formando un ostinato que se repite en intervalos constantes, los mismos que cesan súbitamente minutos después de ser encontrados.