[Aeropuerto de Kuchiba, Kanto, 14 de febrero de 2020, ~12:30]
Él todavía no podía creer lo que estaba a punto de hacer.
En sus manos sostenía la carta que, hace una semana, lo había iniciado todo.
Caligrafía muy cuidada, papel fino, sobre perfumado y decorado con pétalos de azucena, lenguaje demasiado formal y enrevesado… solo una persona era capaz de enviar algo así, o eso era lo que creía.
Su sospecha inicial tenía buenos fundamentos.
Ella conocía la dirección de su casa en Masara-mura, aunque él no recordaba habérsela dictado.
Cierto día, al regresar de hacer los recados, encontró en la puerta un peluche cuya dueña reconoció de inmediato, junto con un sobre que parecía salido de alguno de esos castillos medievales europeos con jardines más grandes que toda el área metropolitana de Tamamushi. Fue tanta la impresión y el recelo que tuvo ante la idea de arruinar tan hermosa obra de arte que recién lo abrió luego de un año.
La última vez que recibió una llamada de ella se enteró de que estaba estudiando en Unova: había recibido una beca de la Universidad de Nueva Castelia por su labor con cierta pareja de profesores que también le traían buenos recuerdos.
Sin embargo, en esta ocasión, la carta venía de una dirección de Galar y aparecía firmada por nada menos que la profesora Sonia Lynn, directora del Pokésciences Research Department de la Queen's College of Wyndon (QCW para abreviar) y nieta de la doctora Magnolia Dench, la ex profesora principal de la región isabelina y ahora rectora de la mencionada casa de estudios.
En ella se le invitaba, ni más ni menos, a participar como research fellow en un proyecto patrocinado por esta universidad y que «estamos completamente convencidas de que será de su agrado, dado que usted es un experto internacional en la materia y se trata de algo que ya ha experimentado de primera mano». Algo relacionado con fenómenos que incrementan el poder de los Pokémon durante las batallas y que era necesario discutirlo en una entrevista presencial en las mismas instalaciones del campus, en Wyndon, porque «en el equipo hay una persona entusiasmada con la idea de verlo de nuevo y trabajar con usted».
El sobre también contenía el billete de ida del vuelo Kuchiba-Wyndon que despegaría a las 13:15, aunque la carta también decía que si estaba muy seguro de rechazar la oferta, «algo que sería muy lamentable porque se trata de una oportunidad muy beneficiosa para su carrera como entrenador y como científico y porque, de aceptar, contará con el respaldo de una institución con amplísima tradición en el ámbito de la investigación sobre el entrenamiento competitivo», avisara con un mínimo de cuarenta y ocho horas de anticipación para cancelar el billete.
Lo cierto es que estuvo a punto de hacerlo.
Varias veces.
Aunque nunca llegó a entender el significado de las palabras «research fellow», le sonaban a que tendría que pasar el día revisando artículos científicos, como los de PLOS, Cochrane o BioMed Central, cuando lo más científico que había leído en sus viajes era la Bulbapedia, y eso cuando alguno de sus amigos no estaba para darle las explicaciones de rigor.
Sí, claro que ostentó ese título durante un tiempo cuando vivía con el profesor Sakuragi, pero pronto acabó en letra muerta: su trabajo se reducía a hablar con la gente y tomar las iniciativas durante las misiones de observación. Sus compañeros sí pasaban largas horas llevando muestras a los laboratorios, consultando sus computadoras, leyendo artículos casi siempre en galarés y tomando notas kilométricas. Además, no dominaba el uso de programas de análisis estadístico, y todo su lenguaje científico se reducía a onomatopeyas que definitivamente ningún editor de Nature aceptaría publicar.
Conocía a la profesora Sonia y a su abuela. Conocía cómo trabajaban ellas y conocía muy de cerca el trabajo de los profesores dedicados a la investigación (pero la de verdad, la que se hace en los laboratorios de biotecnología y se difunde a través de revistas en galarés y congresos en la otra punta del mundo, que no es la que sale en los anuncios de «suplementos naturales»), por eso, no terminaba de imaginar qué le habían visto dos de las profesoras más exigentes y respetadas de una de las universidades más prestigiosas de Galar (y de Europa).
Por supuesto, como vuestra merced recordará, fue precisamente en Galar donde hace tres años alcanzó la cúspide de su carrera como entrenador al derrotar al campeón invicto en la final del Pokémon World Championships, cuyo torneo de la Master Class se realiza cada cuatro años en el Wymbley Stadium.
Sin embargo, cuando cogió ese trofeo de cinco kilos bañado en oro de dieciocho quilates, ese premio que quita el sueño de millones de entrenadores y espectadores de los cuatro rincones del mundo y que asía como si fuera la taza de leche del desayuno, sintió también que era el comienzo del final.
Es decir, si se había vuelto tan fuerte como para ganarle a un campeón que llevaba diez años de invicto, si antes de eso ya era tan fuerte como para hacerle frente incluso a las mismísimas deidades creadoras del tiempo y del espacio, ¿qué otra cosa le esperaba? Ser aclamado como el entrenador más poderoso del mundo era aburrido y, ciertamente, no lo que él esperaba como definición de «maestro Pokémon».
De hecho, se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué estaba persiguiendo durante todos esos años.
Al principio parecía fácil: ganar una liga regional y atrapar a todos los Pokémon del mundo. ¡Sorpresa! Tenía más de cincuenta medallas de siete regiones distintas, además de trofeos, cristales y piedras que por alguna razón estaba perdiendo el interés en conservar. Sin embargo, el mundo es vastísimo… ni siquiera había terminado de recorrer todas las regiones de su país natal, y hay tantas especies y formas nuevas de Pokémon que ni siquiera le alcanzaría la vida para contarlas todas… ya ni se diga el intentar atraparlas.
A los diez años, la inmensidad del mundo era lo que le había motivado a salir de Masara-mura.
A sus veintiún años, la inmensidad del mundo contrastaba con la sensación de haberlo vivido todo, y de haberlo vivido a toda prisa. Ya había perdido la cuenta de todas las veces que estuvo a punto de morir, de todas las batallas épicas a las que consiguió darles la vuelta cuando todo parecía en su contra y de todas las chicas que, a decir de su buen amigo de ojos rasgados, alguna vez sintieron algo por él.
Era como si ya no existiese un reto capaz de moverle las entrañas y que, a la vez, fuera capaz de hacerlo dudar, uno que realmente le estimulara a aprender y mejorar como persona, y eso le llenaba de aburrimiento, vacío y frustración.
—¿Y si te dedicas a estudiar, hijo? —le dijo un día Hanako, su madre, al verlo pensativo sobre el sofá—. Me contaron que tu amiga Koharu fue aceptada en la Universidad de Ciencias de Yamabuki.
Estudiar… nunca llegaba a sentirse cómodo del todo cuando se trataba de estudios, además, tenía toda la pinta de ser algo que se hacía más por obligación, por complacer a las madres. Incluso el mismo gobierno lo propone, «educación obligatoria». Eso no es desafiante; es cansino.
Sí, claro que consiguió sacarse el «Diploma en Estudios Generales sobre Pokémon» de la Hau'oli High Pokémon School (con el sello y firma de su majestad Hala II de Melemele, válido para postular a universidades de todo el mundo), aunque de no ser porque completó el recorrido insular, porque era la tercera vez que quedaba entre los cuatro primeros de una liga regional (quienes consiguen esas metas pueden, si lo desean, adelantar años de estudios) y, sobre todo, porque sus amigos lo querían mucho muchísimo mucho, habría tenido que repetir ese tercer año.
Sin embargo, tampoco podía dejar que, debido a sus dudas, su madre quedara a la deriva.
Según una antigua ley difundida durante el shogunato de Enju, el abandono marital prolongado es equivalente al divorcio. Puesto que el padre de apellido unovano llevaba varios años sin manifestar intención de volver de sus viajes Pokémon, Hanako había vuelto a usar su apellido de soltera, Toyoshima, e instó a su hijo a llevarlo con orgullo. Ella se ganaba la vida haciendo artesanías para sus vecinas y trabajando, por temporadas, en fundos de cultivo de bayas o en plantas procesadoras de pociones.
Su mamá ya estaba ayudándole demasiado, así que si él no iba a estudiar, lo mínimo que podía hacer era aportar el dinero necesario para pagar la luz y el agua mientras permaneciera en Kanto. Necesitaba tiempo para reflexionar sobre sus metas, sobre el sentido que había adquirido su vida y sobre lo que haría de ahora en adelante.
Aceptó trabajar como parte del equipo de asistentes en el laboratorio del doctor Yukinari Okido, donde ya llevaba más de un año.
Él se encargaba de tareas como alimentar a los Pokémon, asearlos y recoger sus desechos, mantener limpias las instalaciones y equipos, etc. Le pagaban la mitad del salario mínimo para un trabajo de ocho horas pero, ¡oiga! Era un trabajo con el doctor Okido, además, podía pasar tiempo de calidad con sus Pokémon y era menos monótono que laborar en la planta procesadora. Cabe mencionar que, durante los ratos libres, el doctor le hacía leer libros de economía, psicología y ciencia ficción, «porque un entrenador sin opiniones inteligentes vale en el mercado tanto como un Farfetch'd sin su cebolleta».
El doctor también le sugirió mantener contacto con sus amigos porque eso le ayudaría a despejar la mente y le daría otras perspectivas, así que en sus días de descanso solía charlar por videollamada con Kenji, o con Haruka y Masato, o con Hikari, o con Cilan (Iris había desaparecido del mapa), o con Mallow (los demás continuaban dispersos). También visitaba a Takeshi y a Kasumi en sus respectivas ciudades, o ellos venían a verlo y se quedaban charlando hasta altas horas de la noche.
Su mamá y sus amigos no estaban allí para despedirlo. En realidad, salvo Hanako y el doctor Okido, nadie más sabía de esa nueva aventura; justo esa semana estaban todos ocupados con las responsabilidades de la vida adulta. En ese momento los extrañó un poco a todos.
—Solo estamos tú y yo, Pikachu.
El área de embarque estaba delante de él.
Por última vez dudó de seguir, pero sintió que el ratón eléctrico se subió a su hombro izquierdo y con un «¡pika-pi-ka!» señaló el camino que les conduciría al avión.
—Es cierto, amigo —le miró y sonrió—, andando.
Como ya era costumbre cada vez que iniciaba un nuevo viaje, el resto de sus Pokémon se quedaban en lo que el vulgo conoce como «el rancho». Aunque llegaba a casa cansado por el esfuerzo físico (y cerebral), iba a echar de menos el trabajo con el doctor.
Hacía tiempo que no iba a Galar.
Sí, quizá era una buena excusa para volver a viajar.
Solo esperaba que la buena conexión entre Wyndon y Lumiose no le jugara una mala pasada.
[Queen's College of Wyndon, 14 de febrero de 2020, 17:54 hora de Galar / 2:54 (+1) hora de Kanto]
La cita estaba prevista para las 18:00, pero todos ya estaban esperando con quince minutos de anticipación en la sala de reuniones del Pokésciences Research Department de la QCW, situada en un tercer piso, para discutir sobre los detalles del proyecto ganador del fondo concursable piloto de esta universidad.
—El mensaje de nuestra asistente decía que tuvieron retrasos en el aeropuerto, pero que ya estaban en camino —informó la profesora Sonia—, así que considerando la distancia, la dirección del viento y la iluminación, deben llegar en un par de minutos.
—¡Por la reina de Galar! En mi época, llegar cinco minutos antes de la hora podía significar el despido de un ministro de Estado, o la renuncia de un alto directivo —la doctora Magnolia, muy orgullosa de la puntualidad isabelina, estaba impacientándose—. ¿Está segura usted de haber llamado a la persona indicada, señorita Hymes? Es decir, yo también lo conozco y he seguido su trayectoria en nuestra región, pero si no llega a tiempo, me temo que…
—Está bien, damas y caballeros, tengan fe —respondió la nieta—. En Galar y en Kanto, la puntualidad es cortesía de reyes. ¿Sabían que los ciudadanos de Yamabuki se fian tanto de la puntualidad del metro que calibran sus relojes según sus horarios de llegada y…? —por las ventanas se veía la llegada de dos Corviknight— ¡miren! Ya están aquí.
El reloj marcaba las 17:56. Además de las tres mujeres estaban Connor (nutricionista Pokémon), Otis (analista de datos) y Lowell (ingeniero mecatrónico). Los tres últimos eran recién egresados de diversos programas de la Queen's College y estaban allí en calidad de representantes del equipo de técnicos del proyecto. Todos vestían ropa de oficina y guardapolvos blancos. Ya estaban sentados y acomodando los documentos que serían necesarios para la reunión.
De repente, se escucharon unos golpes en una de las ventanas. Cuando dirigieron su mirada hacia esa dirección, la doctora, la profesora y la becaria se quedaron con cara de guadafaque.
Lowell salió al encuentro de ese chico raro, quien le dijo:
—La asistente me dijo que estábamos llegando tarde… le pregunté si esta ventana era lo suficientemente grande como para dejarnos pasar y, pues…
Sobre uno de los Corviknight estaba Grace Rider, una lecturer de la QCW y también parte del equipo del proyecto, quien asumió la misión de recibir al entrenador en el Heathrowlet Airport y guiarlo hasta el campus principal de la universidad, situado en la orilla del río Isis, en pleno centro de Wyndon. Sobre la otra ave azul estaba un Satoshi que, aunque parecía normal y presentable con su abrigo azul, su pantalón marrón y la gorra que usó en su primera excursión galaresa, si vuestra merced hubiera visto sus ojos habría notado que quería irse a dormir lo antes posible. Él era quien tocaba la ventana.
—¿Ya ves, abuela? No deberías subestimar la puntualidad kantoniana —dijo, ocultando una risa nerviosa.
«Ni la excentricidad de Satoshi», pensaban tanto la nieta como la becaria.
El ingeniero abrió por completo las ventanas para ayudarlo a ingresar, y para su sorpresa, saltó un Pikachu fugaz que ya había reconocido el olor de una amiga cuya calidez no sentía hace años y a cuyo regazo estaba dispuesto a lanzarse. Ella ya lo había escuchado y se puso de pie para dirigirse al encuentro de los visitantes. La profesora Sonia también se desplazó en esa dirección.
—¡Pika! ¡Pika-pika! ¡Piikaa!
—¡Pikachu! Sí, yo también te extrañé —decía, abrazándolo como solo ella sabía hacerlo.
—¡Profesora Sonia! —dijo Satoshi, intentando mantener la compostura y una sonrisa ligera con los pocos PS que le quedaban—. Buenas tardes, profesora, me disculpo por la demora —se inclinó como buen kantoniano, y prosiguió—. En el aeropuerto… —frunció los ojos— Li… ¿...llie?
—Satoshi, ¡cuánto tiempo! —le respondió, con toda su energía.
—¡Pi-ka! —(¡Acércate!)
¿Lillie?
En condiciones normales disfrutaría de reencontrarse con sus amigos, se trate de la chica a la que ayudó con sus problemas de Pokéfobia o del rival que entrenaba a su Sandshrew (ahora Sandslash) al ritmo de su látigo.
En condiciones normales.
La verdad es que estaba cansadísimo.
Hanako le despertó a las seis de la mañana. Luego de tomar un desayuno ligero y despedirse de su madre y del doctor, Satoshi salió de Masara-mura en un auto a las ocho de la mañana. Llegó al aeropuerto de Kuchiba a las doce, donde luego de esperar un buen rato en la terminal, abordó el vuelo de las 13:15 cuya duración fue de poco más de doce horas.
Por esas cosas de los husos horarios, llegó a suelo windinense a las 16:25 del mismo 14 de febrero. Debido a la alerta internacional por el coronavirus, el aeropuerto había dispuesto la revisión médica de los pasajeros provenientes de regiones que ya tuvieran casos confirmados, como el área de Kanto-Johto; de ahí que se retrasara un buen rato.
Cuando los de migraciones finalmente decidieron que ni él ni Pikachu eran focos infecciosos y le recordaron las medidas para prevenir el resfriado ese, salió corriendo a la terminal, donde la lecturer Grace esperaba con un cartel que ponía 豊島サトシ en caracteres de cuarenta centímetros cuadrados y, debajo, una foto de la profesora Sonia con las banderas de Kanto a la izquierda y de Galar a la derecha. La carta mencionaba ese tipo de recibimiento, por lo que Satoshi se identificó y le mostró a la asistente su Licencia Internacional de Pokémonturas; con el visto bueno, ella sacó a los dos Pokémon que los llevarían al campus de la Queen's College, a cuarenta minutos hacia el este.
En esas casi diecinueve horas entre Masara y Wyndon apenas pudo conciliar el sueño, pues continuaba pensando en lo extraña que le resultaba aquella invitación y en un montón de excusas según las cuales no podría dedicarse a la investigación seria, como la que hacen los profesores para quienes trabajó.
Ahora, en el campus, la falta de sueño comenzaba a pasarle factura en forma de un jet lag que jamás creyó que le tocaría experimentar (y eso que el profesor Sakuragi les mandaba a viajar por el mundo, con vuelos de hasta catorce horas o con varias escalas), y eso le dificultaba hallar alguna palabra para corresponder la alegría de aquella compañera a quien no veía desde aquella despedida en el embarcadero de Hau'oli, hace tres años y medio.
—Será mejor que demos inicio, son las dieciocho en punto —dijo la doctora Magnolia—. Tomen asiento, por favor.
La profesora Sonia condujo a Satoshi a su lugar, al lado de Lillie quien, a su vez, estaba a la izquierda de la doctora. La primera se sentó a la derecha de su abuela. Una vez acomodados todos, la matriarca comenzó a hablar:
—Joven Satoshi Toyoshima, de parte de la Queen's University of Wyndon, déjame darte nuevamente la bienvenida a Galar. Lamento los inconvenientes que pudiste pasar en el aeropuerto, pero supongo que estás al tanto de la emergencia sanitaria internacional. Aun así, valoro mucho el esfuerzo que hiciste no solo para llegar aquí a la hora acordada —tuvo que tragarse la impaciencia y guardar la compostura después de esa excusa para su entrada poco ortodoxa—, sino también para emprender el largo viaje desde Kanto, y en una fecha tan especial como hoy. Debe haber sido extraño que te invitáramos de esta forma, ¿cierto? —él asintió— Bueno, antes de comenzar a explicarte por qué requerimos tu presencia, déjame primero presentarte al equipo que hoy nos acompaña… —y le dijo el nombre y la función de cada uno de los presentes, información que no escuchaba del todo pero ante la cual asentía.
Sin querer, iba dejándose llevar por los caminos de Cresselia. La voz de la doctora Magnolia hablando de prestigio y de casi doscientos años de historia y de excelencia académica iba apagándose poco a poco. A su alrededor, todo se iba recubriendo de una oscuridad pacífica, donde el viento frío era relajante y las canciones de arrullo sonaban como olas marinas, donde no había batallas por pelear ni campeones por vencer ni asuntos pendientes por superar, donde podía tumbarse boca arriba sobre la arena, cerrar los ojos y olvidar todo lo demás…
—¿Satoshi? ¡Satoshi! ¿Te sientes bien? —la voz de Lillie le devolvió a la realidad. Magnolia intervino:
—Mr. Connor, sé que ya pasó la hora del té pero ¿podrías preparar una taza solo para el joven, por favor?
Al lado del librero había una mesita con una hervidora; al costado de esta, una cómoda de melanina servía para guardar los juegos de vajillas y diversas clases de té. El nutricionista se dirigió a ese rincón para hacer lo que se le encargó.
—Como verás —explicó la abuela—, nuestro asistente Connor es un experto en la ceremonia galaresa del té. Solemos reunirnos aquí con mi nieta y con el personal del departamento cuando nuestros horarios lo permiten. Deberías asistir un día con nosotros, joven Toyoshima… ah, claro, la señorita Hymes también está invitada, ella también hacía estas reuniones en su casa, ¿cierto?
—Mientras Connor viene con el té —dijo la profesora Sonia—, te explicaré de una vez de qué se trata este proyecto. ¿Recuerdas la carta que llegó a tu casa en Kanto? —él asintió— Entonces, ya tienes una idea del tema para el cual te llamamos —y se detuvo, como esperando una respuesta.
—Emm… algo de fenómenos en las batallas, ¿no?
—Fenómenos que incrementan las habilidades en combate de los Pokémon durante una batalla y que, a su vez, están asociados a un cambio temporal de forma. Ya debes estar familiarizado con muchos de ellos, como la megaevolución, las maximizaciones o la polimerización —él asintió, pues efectivamente los conocía todos—. El que nos interesa en particular es la sinergia afectiva, ¿sabes a qué me refiero?
Satoshi hizo memoria.
Normalmente diría que era cuando Greninja se rodeaba de un swash y le salía un ?clush y un closh que le daban un aspecto muy wuush, a la vez que sentía que se habían vuelto uno solo, como si él fuera el Pokémon, como si pudiera ver a través de sus ojos y pelear con su propio cuerpo, incluso sentir su dolor pero también los ataques saliendo de su cuerpo como un shurish.
Pero solo dijo «Gr… ninja» porque jet lag.
—Así es, eso que sentiste con Greninja durante los meses que viajaste por Kalos —Connor había llegado con el té y, luego recibir las gracias del viajero, volvió a su asiento.
—En las universidades —acotó la doctora—, incluyendo la propia Queen's College, sigue siendo un dogma la idea de que el cambio de forma requiere de algún objeto, como las megapiedras, las pulseras u otros. Se afirma que las interacciones energéticas entre humanos y Pokémon son demasiado débiles como para provocar transformaciones en estos últimos.
—Cuando salió el caso de Satoshi-Greninja hace cinco años, hubo cierto revuelo mediático por la idea de que un Pokémon pudiera cambiar de forma sin objetos de por medio. Muchos profesores, en Kalos y aquí en Galar, sostenían que lo de ustedes no era posible, y lo atribuían a algún objeto oculto que pudo tener uno de los dos. Incluso se estaba preparando una denuncia por fraude en la liga de ese año cuando surgió lo del Team Flare y la emergencia humanitaria en Lumiose. Cuando los medios se dieron cuenta, tu Greninja había desaparecido y tú ya habías dejado la región; eso solo alimentó las sospechas y motivó a que acusaran al profesor Augustine Platane y la campeona Dianthéa por encubrimiento, y eso mermó su reputación por algunas semanas.
—E… ¿¡eh!?
—Al final, gracias a que el profesor Platane y su asistente Lem Meyer tenían guardadas las mediciones de sus batallas con la forma sinérgica de Greninja, se calmaron los ánimos con la prensa y quedó a salvo la reputación de esas personas —dijo la lecturer Grace—. El profesor se comprometió a presentar una revisión sobre el tema en una revista científica, como suele hacerse cuando se quiere comunicar una investigación o descubrimiento. Sin embargo, como podrá imaginar, el profesor ya estaba ocupado con otros trabajos sobre la megaevolución y con sus propias responsabilidades en el laboratorio, así que le tomó dos años terminar de escribir el artículo, y otros dos más publicarlo luego de que lo rechazaran las dos primeras revistas en galarés a las que lo presentó —y la lecturer le alcanzó una copia de Phénomène de Synergie entre les Pokémon et les humains: Mythe ou réalité ? Rapport sur le cas de Sacha-Amphinobi, publicada en la revista kalosiana Pokésystema.
—Por mucho que la idea de la sinergia afectiva sea atractiva —fue el turno de Otis—, el que la única revisión sobre el tema esté en kalosiano no ayuda mucho; el segundo idioma de casi todos los investigadores no galarófonos en el mundo es el galarés, por lo tanto, casi todos los avances científicos se publican en galarés. Por supuesto, muchos profesores también saben leer en kalosiano, pero otra desventaja es que no hay otros casos de estudio que permitan confirmar o refutar lo dicho por el profesor Platane. O eso es lo que creíamos hasta hace poco.
—Así es, Satoshi —dijo Lillie—, hemos encontrado que tu caso no es el único —y ella le mostró en su tableta una foto en una locación que ya había visto antes, con dos entrenadoras en batalla, ambas rubias, ambas conocidas del entrenador, cada una con un Pokémon que había experimentado un cambio de forma.
—¡Ellas son…!
—No solo eso —continuó la de ojos verdes—, también es posible que existan otros casos que todavía no sean conocidos o no se hayan publicado, bien por desconocimiento de los profesores locales o de los mismos entrenadores, o por hallarse en regiones donde la situación económica o política dificulta el desarrollo de trabajos complejos como los que se hacen en nuestros países.
—Cuando se enteró de estos nuevos casos —dijo la doctora—, la señorita Hymes preparó un proyecto interesantísimo que presentó a nuestro fondo concursable, donde presentó una teoría que… —«¿Hymes? Así que ella también tiene otro apellido…» El té de Connor le había devuelto los PS suficientes como para percatarse de que algo no andaba bien en esa conflictiva familia. Ya se lo preguntaría después—… y ahí es donde necesitamos de tu ayuda, joven Satoshi.
—Claro —si por algo se caracteriza este chico es por su buena disposición para ayudar.
—Necesitamos que participes en nuestra investigación como research fellow —dijo, triunfante, la profesora Sonia.
—¿Eh? —una corriente fría atravesó la médula de Satoshi— ¿Research fellow? Es decir, ¿ayudarle a revisar libros y a trabajar en la computadora? —su confianza iba disminuyendo.
—La becaria Hymes —respondió la lecturer— ya presentó el proyecto al comité revisor de nuestro fondo concursable piloto, el cual ya lo declaró como ganador, así que usted no tendrá que preocuparse por revisar la bibliografía existente, ni por plantearse hipótesis, variables u objetivos, ni pensar en los métodos experimentales a usar ni en los instrumentos de medición que necesitará construir.
—Lo que sí hará usted como research fellow es participar activamente con sus ideas —secundó Otis—. Sabemos que tiene experiencia con diferentes técnicas de entrenamiento y con la sinergia afectiva, por lo que confiamos en que sus aportes al proyecto nos llevarán por un buen camino. Usted también será el encargado principal de recolectar los datos que necesitamos para comprobar nuestras teorías.
—Además —continuó la profesora Sonia—, nos ayudarás a preparar un artículo que presentaremos en una revista indizada, así como una presentación para el XX Encuentro de la Asociación Internacional de Pokéciencias que se llevará a cabo en Wyndon dentro de dos años, en el que participarán profesores de todo el mundo para dar a conocer sus investigaciones más recientes. Por supuesto, durante todo ese tiempo recibirás los honorarios que tu posición requiere.
—Vaya… ¿y por qué no llamaron a otro de los campeones? Leon sigue siendo amigo tuyo, ¿verdad, profesora Sonia? —a pesar de ser una pregunta inocente, hizo sonrojar un poco a la pelinaranja.
—Emm… —la profesora jugaba nerviosamente con su pelo— Leon está ocupado en otros proyectos. Sobre llamar a otros campeones… bueno… de hecho, fue Lillie quien insistió en llamarte primero.
—¿Eh?
—Recordé que un día expusiste en clase sobre tu experiencia con Greninja, y sin necesidad de usar la RotomDex, jeje.
Por supuesto, fue allí donde se le ocurrió que ese fenómeno era una mezcla de swash y ?clush. Ni el mismo Kukui lo creía; a la semana siguiente, una llamada de larga distancia a un profesor Platane que solo quería dormir luego de un largo día en el laboratorio aclaró todas las dudas. Este último se disculpó por ni siquiera comenzar a redactar el artículo, pero testificó a favor de su pupilo.
—Emm… sí, es verdad, pero en este momento, Greninja debe continuar en Kalos, y…
—Satoshi —le dijo una Lillie con un tono ligeramente serio—, la idea de este proyecto es que puedas crear estos vínculos con otros Pokémon además de Greninja… sí leíste la copia del proyecto que te enviamos a tu correo electrónico, ¿cierto?
—¿A mi correo?
—Así es, lo enviamos tanto a tu dirección del laboratorio como a la de tu SmartDex.
—Ah… lo siento… he tenido mucho trabajo en el laboratorio y me llega mucho spam al correo. De hecho, no abro ni mi correo ni mis redes sociales desde hace dos meses y…
Lillie se puso una mano en la frente, cerró sus ojos y suspiró.
—Satoshi…
—Está bien, está bien —respondió con nerviosismo—, lo buscaré y lo revisaré mañana y…
Mañana.
La rubia puso cara de guadafaque.
¡Sonia y Magnolia no volverían a coincidir en horario hasta la siguiente semana! Además, por órdenes de la reina de Galar y del primer ministro (sepa vuestra merced que la QCW es una universidad pública), la profesora debió comunicar a la prensa los resultados del fondo concursable la semana pasada.
Fue idea de la ganadora y de la misma Sonia el posponer este anuncio para llamar a Satoshi.
Y esta criaturita de Arceus (el Clementísimo) no abrió su correo en los últimos dos meses.
—Señorita Hymes —dijo la matriarca—, ¿le avisó por teléfono a su lugar de trabajo?
—¿Ah?
Ahora fue el turno de Lillie de sudar frío.
Avisarle por teléfono, una videollamada de larga distancia al laboratorio de Okido en Masara-mura. Ya había llamado al doctor más de una vez, hace un par de años, para consultarle por trabajos de su universidad; incluso la última vez encontró a su ex compañero de ultrabatallas y hablaron un rato. Pero ahora no se le había ocurrido. ¿En qué estaba pensando cuando puso la dirección del domicilio de Satoshi en esa carta? Solo permaneció callada. Pikachu, que todo ese tiempo habìa estado en su regazo, percibió su creciente nerviosismo y se acurrucó más a ella.
—¿Profesora Sonia?
La aludida solo atinó a acariciarse la punta de sus cabellos.
La doctora Magnolia esperó en silencio. Tenía el semblante serio y la mirada acusadora.
Por supuesto. ¿A quién más se le ocurre enviar una carta y no hablar directamente con el empleador con el que pasa la mayor parte del día? Y seguramente el joven no le dijo mucho al profesor Okido, o este no tuvo tiempo de llamar a la QCW para pedir aclaraciones.
La carta, de caligrafía muy cuidada y decorada con pétalos de azucena, parecía más una sorpresa de fan enamorada (o una idea de Lillie o de Sonia, que gustaban mucho de leer ficción costumbrista una y romántica la otra) que un comunicado serio de una universidad real europea con casi dos siglos de historia. Ahora era el turno de la mentora para superar el malentendido que ella misma autorizó al firmar y sellar ese papel.
—Satoshi, nuestra teoría es que puedes crear lazos de sinergia afectiva con cualquier Pokémon.
—Así es —secundó la estudiante— solo tú puedes sacar la verdadera fuerza de los Pokémon.
—¿Tú crees?
—Estoy convencida de eso. Recuerda a Rockruff y a Litten, por ejemplo. ¿No nos mostraste con orgullo tu entrenamiento especial para hacer que dominaran esos ataques de lanzarrocas y nitrocarga?
—Sí… pero… —recordarse a sí mismo en cuatro patas, meneando el bote delante de todo el mundo, ya no le hacía tanta gracia—, hace tiempo que dejé de entrenar y…
—Sobre el entrenamiento —dijo Sonia—, hemos preparado algo especial. ¿Recuerdas a Hop Dande, el hermano de Leon? Con él analizamos los métodos que utilizaste en los últimos once años, y aunque son buenos, teniendo en cuenta que has trabajado prácticamente sin coaches, consideramos que tus Pokémon y tú pueden beneficiarse de un programa serio de entrenamiento competitivo.
—Sabemos que el entrenamiento es una forma de estrechar vínculos entre humanos y Pokémon —afirmó Lillie— y que la sinergia afectiva se asocia precisamente a esos vínculos. La idea es tener un entorno controlado de entrenamiento, pero si consideras que debes improvisar en un momento determinado, está bien. Queremos seguirte de cerca y conocer al detalle cómo puedes crear estos lazos con los Pokémon.
—Además, también buscamos evaluar a las otras dos chicas de la foto —añadió Sonia, señalando la imagen que todavía estaba en la tableta de Lillie—, pues sería interesante conocer cómo lo manejaron. Una de ellas, de hecho, fue la de la idea original de este proyecto. Ya aceptó de palabra y debería llegar a Galar en unas horas. La otra, al ser menor de edad, requiere de una autorización especial de sus padres o apoderados, pero para enviarles la invitación y el formulario de consentimiento informado, primero necesitamos el protocolo aprobado por la universidad, y eso se logrará cuando aceptes participar con nosotras.
—Entiendo… pero… el artículo… el congreso… —miraba perdido (o somnoliento) el documento en kalosiano que tenía en sus manos, cuyos gráficos y tablas no sabía interpretar aunque de ello dependiera su vida…
—Ay, Satoshi —Lillie le quitó los papeles—, déjame los detalles técnicos a mí. Sabes que soy muy buena para eso —le dedicó una sonrisa cálida con los ojos en u invertida—. Además, tienes al resto del equipo, a la profesora Sonia y a la doctora Magnolia de nuestro lado. Nosotros nos encargaremos de poner en palabras y en números lo que tengas para nosotros.
Satoshi suspiró.
—Ya está casi todo listo, como ves —su ex compañera de ultrabatallas no lo iba a dejar ir—. Si quieres, yo misma te explico el resto del trabajo.
Silencio.
—Satoshi, sé que lo harás bien, al igual que cuando nos ayudaste a todos en Alola, ¿lo recuerdas? Te conozco, sé lo que has pasado en tus viajes y sé que eres capaz de aprender y de lograr lo que te propones —en ese momento, ella recordó aquella victoria en el Manalo Stadium frente a su hermano y a Kukui, a quienes veía como definitivamente imbatibles—. Por eso, quiero que seas tú —y no otro (¿eh?)— quien me ayude con este proyecto.
Más silencio. El joven solo bajó la mirada, lleno de inseguridad.
Unos meses de entrenamiento no parecían mala idea… reencontrarse con sus amigos no parecía una mala idea, aunque la menor de la foto le inquietaba… ser research fellow solo en el papel no le parecía justo… no quería que sus amigos tuvieran que tapar sus deficiencias con los estudios, como aquella vez en la que Lillie, en contra de su propia ética, le sopló algunas de las preguntas del examen de fin de curso en Hau'oli, un «privilegio» que ninguno de sus otros amigos había conseguido, por mucho que le insistieran, durante los tres años que estudiaron juntos.
—¡Satoshi! —la rubia cogió su brazo derecho y le encaró con sus ojazos verdes. Quizá estaba a punto de perder la paciencia, pero…— Satoshi… solo tienes que ser tú.
En ese momento, la miró con detenimiento por primera vez desde su llegada a Galar.
Volvió a apreciar detalladamente cada centímetro de su rostro… y volvió a ver sus ojos…
Esos ojos tan verdes como las colinas de Masara-mura, brillantes como el Sol detrás de los árboles del bosque Tokiwa…
Esos ojos que hace cuatro años imploraban auxilio, y que ahora le miraban con determinación…
Esa determinación que, por alguna razón, le fascinaba ver en los demás.
Esa determinación que tanto echaba de menos en sí mismo.
Ya estaba en Galar. Ya estaba en esa oficina.
Había perdido el sentido de la vida.
Satoshi dio un último suspiro.
—Está bien, Lillie… acepto.
—¡Yay! —la profesora Sonia gritó como niña de cinco años y aplaudió, como si su nuevo pupilo hubiera aceptado una propuesta de matrimonio. Por poco contagia a sus acompañantes…
—¡Silencio, por favor! —dijo la matriarca; la profesora infló sus mofletes—. Jóvenes, llegó el momento de hablar de negocios —y, con gesto imperial, entregó un cuadernillo a Lillie y uno igual a Satoshi.
Era el Research Grant Agreement que se suscribía entre ellos y la QCW, en el que se exponían las condiciones a las que se sujetarían durante el desarrollo de la investigación y se les reconocía el título de research fellows de la universidad bajo la mentoría de la profesora Sonia. Los firmantes aparecían como:
Dra. Magnolia Dench, rectora de la Queen's College of Wyndon.
Prof. Sonia Lynn, directora del Pokésciences Research Department de la QCW.
Sra. Lilie Hymes, estudiante de bachillerato en ciencias de la Universidad de Nueva Castelia, Unova.
Sr. Satoshi Toyoshima, asistente auxiliar del Instituto de Investigación Okido, Kanto.
Durante la siguiente hora, la profesora y Lillie leyeron el documento con mucha paciencia y le explicaron a Satoshi, uno a uno, los términos y condiciones que debía aceptar.
Lo que él pasó por alto era que, por una parte, no tenía ningún documento que lo acreditase como trabajador del laboratorio de Okido. Es decir, solo hubo un acuerdo verbal entre ellos. (Eso podría explicar el medio sueldo.) Por otro lado, ¿por qué meterlo a él como si fuera coinvestigador con Lillie? Ella es la que diseñó el trabajo y lo presentó al concurso respectivo, ¿por qué la universidad reconoció la cesión del monto de la subvención a ambos? ¡Satoshi ni siquiera tenía el grado de Associate! Eso podría traer problemas más adelante…
Así llegó la noche completa y, con ello, la hora de clausurar la reunión, cenar y dormir. Todos abandonaron la sala de reuniones y ahora salían del vestíbulo del departamento de Pokéciencias.
—Satoshi, ¡bienvenido al grupo! —la profesora Sonia abrazó al otrora campeón mundial—. Mañana haremos la conferencia de prensa a las nueve de la mañana. No, no es necesario que ustedes estén, chicos. Disfruten de esta noche y descansen, sé que los dos han tenido un vuelo complicado, sobre todo tú, Satoshi. Lillie estuvo con nosotras desde la mañana; cuando estés más descansado, pídele que te muestre las instalaciones.
—¡Sonia! —su abuela le llamó la atención. No parecía contenta—. Tú y yo hablaremos de esto cuando lleguemos a casa. En cuanto a ustedes —se dirigió a Lillie y a Satoshi, con una mezcla de amabilidad y seriedad—, a partir de ahora serán considerados como becarios de la Queen's College. Espero que hagan un trabajo excelente. Sin más, paso a retirarme.
La doctora Magnolia se fue a su oficina personal en el rectorado; los otros se dispersaron. Satoshi se quedó con la profesora Sonia y Lillie.
—Satoshi —la rubia le llamó la atención—, ¿tienes reservado algún lugar para pasar la noche?
—¿Ah? ¿No dijiste que nos darían habitaciones y todo? —en efecto, el acuerdo decía que se alojarían en la residencia universitaria durante el tiempo que durase el estudio.
—Nuestra residencia recién estará habilitada mañana. Hoy tuvieron que usarla para alojar a unos visitantes.
—Ah…
—Satoshi, deberías hospedarte conm…
—Entonces, buscaré un alojamiento por mi cuenta —dijo, al mismo tiempo que su compañera y con un tono más alto.
—¿Pika?
—Hace tiempo quiero visitar un lugar en esta ciudad, y con suerte tienen alguna habitación, ¿verdad, Pikachu? Además, necesito pensar un poco… —dirigió su mirada perdida hacia el cielo de Rayquaza— no me esperaba que me ofreciesen un trabajo… no, no me esperaba un trabajo remunerado de esta magnitud. En el laboratorio de Okido solo era el de limpieza, jeje… no sé si esté preparado para esto, pero tendré que hacerme a la idea, ¿no? —calló un momento y se inclinó—. Nos vemos, profesora, Lillie —y se marchó hacia lo que a cien metros parecía ser un quiosco o puesto de fotocopias con la intención de preguntar por el baño y por la salida.
—Oh... bueno —suspiró, parecía inútil explicarle algo a ese chico—. Mañana estaré por aquí todo el día… nos… —Satoshi no parecía estar escuchando. Lillie volvió a suspirar, y se dirigió con la profesora Sonia al jardín donde Shiron jugaba con los Darumaka galareses.
[Strand, 21:25 hora de Galar, 6:25 (+1) hora de Kanto]
Cinco horas después de llegar a Galar, el otrora campeón mundial deambulaba como un zombi por la Strand, una calle donde se concentraban cafeterías y bazares de estilo galarés, cuyas construcciones le recordaban vagamente a las del centro de Lumiose. En sus brazos, Pikachu se veía decepcionado y somnoliento.
—¿Qué pasa, Pikachu?
El roedor puso la cara de un Vulpix y pronunció una «kaa» cuya «a» era, en realidad, un sonido intermedio entre «a» y «o».
Recordó, entonces, que no habìa visto a la compañera nívea de su amiga y que le había parecido escuchar algo como: «Shiron está en los jardines de la facultad de Ciencias Biológicas. Al parecer, congenió de inmediato con los Darumaka de aquí, que también son blancos y de tipo hielo.»
—Querías jugar con Shiron, ¿verdad, Pikachu?
—Piikaa… —(Lillie me dijo que pasaríamos a recogerlo luego de la reunión, pero tenías que abrir tu bocota para decir que te irías por tu lado.)
—Mmm… por alguna razón querías que acompañe a Lillie, ¿cierto?… —Satoshi se sentía algo apenado por no considerar los sentimientos de su amigo… aunque, francamente, quería estar solo—. Mira, mañana iremos a buscarla a la universidad apenas terminemos de desayunar, ¿te parece?
El ratón sonrió, y se acomodó para dormir.
A los pocos minutos llegaron a Trafalgar Square, una explanada amplia con una gran columna por un lado y dos fuentes iluminadas, una al este y otra al oeste, con las que formaba un triángulo imaginario que apuntaba hacia el sur. Las luces artificiales y las parejas de enamorados con sus rosas y globos rojos le daban un aura que tranquilizaba al entrenador masarense.
Se dirigió a las gradas que estaban en la parte norte, frente al Museo de Arte, con la intención de sentarse unos minutos antes de reanudar su caminata… y poco a poco se dejó vencer por el frío y el sueño, siempre con Pikachu entre sus brazos. A su lado (o detrás, o delante, no pudo identificar dónde), escuchó una conversación a medias entre dos hombres quizá cinco años mayores que él…
—Oye, ¿escuchaste lo que dijo el primer ministro en las noticias?
—¿Rose Garcimori? ¿Dijo algo sobre el Glexit?
—Dijo que el proceso va viento en popa y que a partir de mañana comenzarán los controles fronterizos, por lo que deberíamos esperar una reducción de «inmigrantes» en los próximos meses…
—¡Qué bien! ¡Ya era hora de que se pusieran manos a la obra con el Glexit! —le interrumpió.
—Sí, pero eso no es todo. Resulta que Rose acaba de nombrar al nuevo secretario de Cultura y Deporte, ¡y es nada menos que Leon, el presidente de la Federación Internacional de Ligas Pokémon! —también IFPL, por sus siglas en galarés.
—No jodas, ¡Leon Dande! ¿El campeón invicto de Galar?
«Asi que por eso no está Leon…»
—Dice que el excelente trabajo que hizo en la federación, además de su prestigio y su fuerza, lo convierten en la imagen idónea para este puesto. Mañana harán la juramentación, mientras tanto, Leon anunció que están en conversaciones con los líderes de gimnasio para que uno de ellos lo reemplace en la IFPL.
—Pucha… qué bueno por Leon, aunque la federación ya no va a ser lo mismo sin él.
—Es cierto, hay que admitir que él le hizo mucho bien.
—Sí, por ejemplo, me encantó la forma en la que defendió la idea original de Rose de restringir, tanto para la Liga Regional de Galar como para el Campeonato Mundial, las especies de Pokémon con las que se puede competir. ¡De miles de especies en el mundo, solo cuatrocientas están autorizadas aquí! Y nada de pasitos de gimnasia ni piedras milagrosas, aquí solo funcionan el dinamax y el gigamax.
«¿Eh? Eso no existía cuando participé hace tres años…»
—¿Te acuerdas? Muchos participantes de otras partes del mundo incluso amenazaron de muerte a Rose y a Leon, ¡y con lo queridos que son! Pero claro, los extranjeros no saben cómo funcionan las cosas por aquí.
—Son extranjeros, déjalos…
—¡Es que me hierve la sangre cuando hablan mal de Rose o de Leon!
—Pero, al final, la misma federación internacional les ha dado la razón al someterse a nuestras reglas, e incluso dicen que es un estímulo adicional para que los entrenadores de otras regiones desarrollen su capacidad de adaptación ante un entorno con muchas limitaciones. El mismo público también les ha dado la razón: la liga del año pasado tuvo más rating que otros años, y tengo entendido que también recaudaron más por derechos de transmisión en otros países. Hay muy buenas expectativas para el mundial del próximo año, el primero en el que se aplicarán las nuevas reglas. Ahora vendrán los sesenta y cuatro primeros al Wymbley, y como no hay campeón, el camino está libre para…
—¿No hay campeón, dices?
—Hace unos días Leon anunció que dejaría los combates por un tiempo. Ahora se ve que es para dedicarse de lleno a su nuevo puesto.
—¿Y qué pasó con el otro que le ganó a Leon?
—¿Quién?
—Ese tal Satoshi Ketchum, Kétchup, no recuerdo su apellido, hasta dicen que ya se lo cambió.
—Satoshi, Satoshi, Satoshi… ¡ah! ¡Ya me acordé! Satoshi Kétchup, el del Charizard… ¿Que se cambió el apellido? ¡Pues claro! Imagina que vaya de gira por un colegio y los niños le llamen Mayonnaise o Tatar ¡o Mustard! ¿Te imaginas cómo se presentaría? «I'm Satoshi Mustard from Mustard-a-Town and my dream is to be a Pokémon Mustard!», ¡jajaja! No, yo si tuviera un apellido así, también le haría juicio a mis padres para que me lo cambien.
—Ese mismo… ¿acaso a él no le toca defender el título el próximo año?
—Mmm… a ver… si mal no recuerdo, se retiró de las batallas poco después del mundial y dicen que en este momento está en su casa de «Mustard-a-Town».
—No jodas, ¿¡cómo se va a retirar!? ¡En lo más alto de su carrera! ¿Acaso tiene guano en la cabeza?
—¿Tú crees que es idiota como para esperar a que venga otro y lo humille? Piénsalo de este modo, «quit while you're ahead».
—¿Estás diciendo que Dande es un idiota?
—El caso de Leon es diferente: él ya llevaba diez años de invicto cuando apareció ese tal Mustard, y desde entonces no ha vuelto a caer derrotado. El otro, en cambio, apenas puede mantener su racha por tres meses, y a veces ni eso… ¿te enteraste que una vez derrotaron a su Pikachu «matalegendarios» con un Snivy de nivel cinco? ¡Y eso dos semanas después de quedar en cuarto lugar en la Lily of the Valley Conference! No, hizo bien el tal Mustard en retirarse apenas pudo, o hubiera quedado como Mus-«tard».
—Bueno, en eso te doy la razón. Ahora que tiene el título mundial, puede irse a su casa a dormir tranquilo, sabiendo que con su fama ya tiene la vida comprada.
—Es cierto. Ya tiene el título de campeón mundial, así que todas las empresas estarán peleándose por ser sus patrocinadores, ¡imagínate! Le pagarán cuantiosas sumas de dinero para que aparezca en anuncios, en películas, ¡en animes! ¿Te imaginas cómo sería un anime de su vida?
—Mmm… no sé… conociendo a estos kantonianos, seguro meterán harto relleno y lo alargarán por veinte años hasta hacer que gane algo más que «experiencia».
—Sí, pero considera que ese tipo ha viajado más que cualquiera de los que estamos en esta plaza.
—¡Es que no se trata solo de los viajes! Que no me interesan, la verdad, si quisiera saber de viajes, mejor veo un documental de la profesora Sonia…
—No me engañas, a ti no te interesa la cultura, tú solo verías a la profesora.
—Está como quiere, no lo niegues.
—Bueno, pero entonces ¿qué quieres ver?
—¿No es obvio? Solo dos cosas. La primera, batallas Pokémon, pero de las buenas, las de sus viajes en Sinnoh y en Kalos, no de cuando era un «novato» o ganó en esa ligucha por sus poses de paguerrányer. La segunda, tan o más importante que la primera y que haría que tolere mejor esos bailecitos: waifus, muchas waifus, una lluvia de waifus y shippeos.
—¿Waifus?
—¡Ja! ¿No dices que ha viajado más tiempo que nosotros? Además, ¿tú te crees que es un santurrón? No, amigo, esos kantonianos tendrán cara de Caterpie pero son recontra pervertidos. Con todas las mujeres que habrá conocido en ese tiempo, ¡ese chico debe tener un verdadero harén en su casa! Ya quisiera tener esa vida de campeón, ¿te imaginas acostarte con una mujer diferente por cada día de la semana? La peliazul tablita para los lunes, la pelirrubia miedosa para los martes, la pelirroja gruñona para los miércoles, la pelimiel inútil para los…
«¡CÁLLATE, ¿QUIERES?!» Satoshi estaba a punto de gritarle al hidep… que soltó el último párrafo cuando se percató de que alguien estaba moviéndole los hombros…
—Are you all right, gentlemen?
—Asdfasdf… —él entreabrió sus ojos y reconoció una figura familiar— ¡Aaah! ジュンサさん… そのおとこたちは…
El susto y la indignación le duraron unos pocos segundos. Cuando se dio cuenta, estaba echado de costado sobre una de las gradas. Pikachu estaba tumbado dos o tres peldaños más abajo. Las personas que estaban hablando a su alrededor ya no estaban.
La oficial Jenny le tendió una mano al humano para ayudarlo a levantarse.
—Are you from Wyndon? Are you waiting for someone? —Satoshi negó con la cabeza. Pikachu intentaba levantar la cabeza para ver a la persona que ahora estaba recogiéndolo—. You should find soon a hostel where you can rest this night… you know, it's Valentine Day and there are a lot of couples around and…
—わ… わかってる… —en realidad, él estaba tan distraído y somnoliento que ni siquiera había escuchado todo lo que le dijo la oficial; de todos modos, se acomodó la mochila, recibió al ratón amarillo para cargarlo en sus brazos y comenzó a alejarse de las gradas que le habían servido de cama por cuarenta minutos.
Gloria, una entrenadora de Postwick que conoció en una de sus primeras visitas a Galar, tenía un hospedaje-bar a media cuadra de allí para los backpackers que visitaban la famosa plaza. Desde que salió de la QCW, Satoshi tenía pensado alojarse en ese lugar y preguntar por Victor, el primo de la dueña, con quien le apetecía hablar desde hace mucho tiempo. Sin embargo, el jet lag podía más con él, cualquiera de los Pokémon Centers le quedaba muy lejos y no disponía de efectivo para un taxi. La charla tendría que esperar; por ahora, solo quería rentar una habitación y descansar.
Comenzó a avanzar en dirección al hospedaje cuando percibió un ligero temblor.
No estaba seguro de si estaba temblando la Tierra o su cuerpo debido al frío, ni se percató de las parejas de enamorados que se hacían a un lado para dar espacio a cierta joven que arrasaba con todo cual Tauros en un encierro ibérico a la vez que vociferaba sin parar:
—¡Con permiso! ¡Con permiso! ¡Con permiso! ¡Con permiso! ¡Con permiso! ¡Con permiso! ¡Con permiso! ¡Con permiso!...
Cuando ese grito alcanzó la corteza cerebral de Satoshi, ya era demasiado tarde… Pikachu lo sintió un poco antes, por lo que consiguió saltar en el último segundo; la tacleada para el entrenador fue tal que lo lanzó a la fuente oeste de la Trafalgar Square, a veinte metros de donde estaba parado, lo que llamó la atención de los guardias y lo despertó de improviso debido al chapuzón y al dolor de la embestida y de la caída.
De inmediato se le acercó esa joven, de abrigo y botas anaranjadas; de maletín, pantalón y boina verdes; y muy importante decirlo: de cabello rubio y ojos verdes.
(A poco vuestra merced creía que Lillie es la única rubia ojiverde aquí.)
—¡Satoshi! —la mujer abrió sus ojos y su boca con estupefacción; de inmediato, comenzó a hacer muchas reverencias en señal de disculpa—. ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!...
—¿Bianca? —atinó a decir de mala gana, para después estornudar sin cubrirse la boca.
