Capítulo 1. Los dragones del mar


«Los dragones son criaturas generalmente mágicas cuya fuerza y poder aumentan mientras más años viven, además, se caracterizan por ser sumamente independientes. Se los clasifica en dos categorías: benignos y malignos.»


En un inicio todo era diferente. El destino juntó, poco a poco, diversos individuos desde distintos rincones del mundo para conjurar su plan. Ninguna de esas personas fue consciente de su futuro desde el inicio pero, por sus propios motivos, todas acabaron por aceptar lo que el destino preparó para ellas…

Aquella era una costa inhabitada por la creencia general de que bestias marinas habitaban sus aguas, fomentada por avistamientos dudosos y unas pocas desapariciones de jóvenes que probablemente se adentraron al mar más de lo debido. El clima era bueno, por lo general, y la peor cosa con la que podía atacar la naturaleza era una elevación de las olas que a duras penas se tragaban la mitad de la playa virgen.

Casi nadie se atrevía a enfrentar los rumores en favor de apreciar su espectacular paisaje: los pequeños ermitaños correteando de izquierda a derecha entre las rocas de la orilla, el sol resplandeciente enmarcado en un lienzo azul, la arena inmaculada que cubría pequeños tesoros del mar, o los peces de vivos colores que podían vislumbrarse sin siquiera la necesidad de acercarse al agua, pues la claridad de ésta volvía inútil tal esfuerzo. En tiempos antiguos habrían llamado aquello una «tierra sagrada» por su carencia de humanidad.

Quizás precisamente por eso, aquél sitio era el lugar favorito de un joven para entrenar, era un lugar tranquilo, carente de personas a las que debiera obedecer o temer; un lugar en donde no debía ocultarse de nadie, pues él era su único habitante. Allí podía utilizar el máximo de su fuerza sin miedo a ser descubierto.

Aunque en raras ocasiones también utilizaba ese espacio secreto para pensar. No porque al muchacho no le gustase pensar, sino que no le gustaban el tipo de cosas en que solía hacerlo, pues de una u otra forma, sus ideas siempre acababan siendo inundadas por la silueta de aquél quien era idéntico a él; su hermano gemelo. El que nació bajo una estrella afortunada.

El muchacho tendía a sentir una envidia malsana cada vez que se enfrascaba en ese tema. Su hermano no tenía la culpa de haber nacido como nació, ni él mismo tampoco; eso lo sabía bien, mas su resentimiento era imposible de enterrar. Un par de veces, completamente disgustado consigo mismo y su impotencia ante la situación, intentó dejar que el mar lo tragase —como previamente lo había visto hacer con otras personas—, pero la suerte jamás estuvo de su lado y, cada vez, las olas lo devolvieron a tierra en contra de su voluntad, sin daños mayores que un poco de agua molestando sus pulmones.

El mundo parecía exigirle vivir como la sombra de su igual.

—Pero, ya en serio, ¿no piensan que ésto es demasiado aburrido? —solía cuestionar el muchacho mirando al cielo azul, aún sabiendo que ninguna deidad contestaría sus preguntas, ni siquiera aquella por la cual su hermano parecía dispuesto a dar la vida. Aunque, incluso si no le contestaban, no tenía a nadie más con quien hablar.

Cuando se aproximaba el verano era cuando más regularmente se ponía a pensar, en medio de sus recurrentes descansos, porque la alta temperatura no resultaba ser amable ni incitaba al movimiento.

En uno de esos días decidió desplomarse de espaldas sobre la arena cuando se cansó de entrenar, era mediodía, por lo que tuvo que cerrar los ojos fuertemente apenas cayó para proteger sus ojos del sol. Colocó además un brazo sobre su rostro, molesto por el calor de los rayos incandescentes. Sabía que luego sería trabajoso quitar la arena de su ropa, pero poco le importaba en ese momento.

—Me han dicho que la luz erradica las sombras… ¿Ni siquiera soy una sombra digna para usted, gran Apolo? —comentó el chico a la nada, para soltar una carcajada acto seguido. A veces sentía que iba a enloquecer y nadie jamás lo sabría, porque él no existía para nadie.

Ni existiría, hasta que su luz se extinguiese.

Una vez la respiración del joven se acompasó, decidió que hacía demasiado calor para continuar allí echado; sudando sin motivos. Se levantó y observó el mar enfrente suyo que le susurraba, por medio de olas tranquilas, palabras incitantes sin idioma. Una invitación que no pensaba declinar.

Primero desató sus zapatos y los arrojó lejos, los siguieron al minuto sus ropas desgastadas, con manchas y cortes que el muchacho ni siquiera recordaba cómo habían llegado a formarse. Sin detenerse a pensar en eso, se encaminó al agua, aunque antes trepó a una hilera de rocas altas que habían por allí. Entonces, en la cima, echó a correr disfrutando del aire que iba en su contra. Saltó justo al pisar la última roca del camino —una ya adentrada en el agua, no sobre la arena—, con una gran sonrisa en el rostro. El terreno allí descendía considerablemente, por lo que el mar lo recibió al completo sin dificultad y sus pies no alcanzaron a tocar fondo.

Allí abajo el muchacho sentía incluso más paz y tranquilidad que en su playa secreta, así pues, no se resignaba a salir hasta que fuese necesario. En vez de nadar hacia la superficie, abrió los ojos y se aventuró mar adentro, sin movimientos bruscos, pues los peces ya comenzaban a relajarse tras su chapuzón y no deseaba ahuyentarlos nuevamente. En el trayecto, un salmonete rojizo pasó justo frente a su rostro sin prestarle atención. El muchacho, en cambio, detuvo su nado y observó al pececillo hasta que éste se desvaneció en las aguas lejanas; para ese momento se estaba quedando sin aire, así que debió salir a flote. Dio una gran bocanada cuando vio el cielo encima suyo y al instante volvió su rostro hacia abajo.

De igual modo, por repetición, continuó con su buceo hasta llegar a las aguas profundas que se consideraban más peligrosas. A lo lejos era capaz de ver un arrecife de brillantes corales, pero éste se hallaba demasiado bajo y no se atrevía a acercarse, a alejarse tanto de la superficie; además, los recién nacidos o los padres podrían disgustarse con su intrusión. Al muchacho no le molestaba tener que observar desde lejos pues eso era lo normal para él, incluso con los humanos. Sobretodo con los humanos.

Usualmente él era el público y su reflejo el actor principal.

Cuando se cansó del agua, nadó de regreso a la costa, pero no llegó a pisar la playa. Detestaba vestirse mojado casi tanto como que la arena se le pegase al cabello, así que ocupó una roca que se encontraba en el límite, no lo suficientemente alta como para alejar las olas de sus pies, pero tampoco tan baja como para permitirles llegar hasta sus rodillas. Era una roca solitaria en medio del escenario, algo resbaladiza, pero lo bastante ancha para conseguir que ese detalle no representase un problema.

El muchacho se ocupó de acomodar su cabello, revuelto por toda la actividad previa, de la manera que prefería; pues si dejaba la tarea para más tarde, con la potencia del sol de verano, sabía que no ocurriría nada bueno. La última —y única— vez en que ocurrió, su gemelo estaba a su lado.

Había sido en una costa diferente, una muy lejana a aquella, en un país donde no tenían que temer a ser hallados juntos puesto que nadie los conocía. Se suponía que aquél día entrenarían juntos pero, al final, lo único que hicieron fue jugar; quién era más veloz sobre la arena —su hermano—; quién era más rápido en el agua —el muchacho se ganó aquél mérito—; y así, olvidaron por completo todo lo demás. Se hallaban agotados y, por primera vez en mucho tiempo, durmieron juntos bajo la protección de unos árboles de hojas extrañas.

Despertaron poco antes del anochecer y estallaron en risas al ver el cabello del otro, sin reparar en el desastre propio.

—El suyo estaba peor… —murmuró el muchacho con una ligera sonrisa, rememorando aquella ocasión.

A veces no le disgustaba pensar en ello, pues no todo lo que tenía que ver con su hermano era malo, al fin y al cabo era su único hermano, el cual algún día portaría la armadura de Géminis y se convertiría en el santo de Atenea más poderoso. Habían prometido que cuando eso ocurriese, el muchacho podría dejar de ser su sombra, que todo cambiaría para ambos y lo haría para bien.

Él confiaba en su gemelo. La mayoría del tiempo.

Cuando no, usualmente era porque pasaban demasiado tiempo alejados el uno del otro. Porque su luz tenía compañeros, un superior al cual obedecer y una misión en la vida. Claramente no podía pasar todo el tiempo pensando en él y ésto el joven lo sabía, así que no se quejaba abiertamente sobre todas las ocasiones en que acordaron juntarse tan solo para que cuando llegara el momento del encuentro, él debiera hallarse solo una vez más.

Su gemelo siempre lo encontraba luego con una buena excusa que de cualquier modo él nunca pedía. Lo entendía, pero, la razón por la cual siempre decidía tragarse sus palabras de decepción era que no dejaba de confiar en que su reflejo jamás olvidaría su promesa más importante. Mantenía la esperanza de que no sería traicionado por su propia sangre, de entre todas la cosas.

Aguardando porque su cabello se secase del todo, el muchacho observó en el horizonte la línea que unía el territorio del cielo con el de los mares; recordó de repente, con el ceño fruncido, quiénes eran los verdaderos culpables de que su vida estuviera infestada de soledad y amargura. Sabía bien que no lo oirían —nunca lo hacían—, pero de todas formas se puso de pie sobre la roca, ya que en ese momento él podía ser el protagonista, con o sin un público.

No era lo suficientemente idiota como para mirar al sol directamente, así que tan solo apuntó su rostro al cielo y amenazó al astro con el puño izquierdo en lo alto.

—¡Jódete, Apolo! —gritó a todo pulmón, sin vergüenza ni temor, buscando liberar aunque fuere un poco de su frustración; cosa que logró. Entonces, una ola chocó contra la roca y algunas gotas llegaron a sus pies, el muchacho bajó el rostro y el puño antes de respirar hondo—. ¡Tú también, Posei-

—¡Kanon! —una voz a su espalda lo interrumpió. Alguien lo llamaba.

En la playa, un joven de cabello azul tenía ambas manos formando un circulo alrededor de su boca, para conseguir que su voz llegase más lejos. Bajó las manos cuando el muchacho sobre la roca volteó a verlo, se resbaló, pero consiguió saltar de ella a tiempo para caer bien parado sobre la arena humedecida.

El actor de la roca caminó hacia su espectador con la cabeza gacha. Sabía que éste estaba sonriendo.

—¿Acaso intentabas empezar una discusión con los dioses? —cuestionó el recién llegado de manera animada.

Entonces el muchacho, Kanon, alzó la vista para encontrarse cara a cara consigo mismo. Ellos eran dos gotas de agua. Los mismos ojos, nariz, boca, cabello, estatura y físico; como si hubiesen sido creados a partir del mismo molde. Pero el que iba vestido se mostraba alegre y relajado mientras el otro intentaba con toda su voluntad no dejar ver lo abochornado que se hallaba.

—Solo estaba aburrido, Saga —acabó por responder, alzando los hombros.

Cuando la alegría de Saga se apagó un poco, Kanon se reprochó a sí mismo pensando que al menos debería haber forzado una sonrisa. No le costaba nada hacerlo, mientras a su gemelo parecía partírsele el mundo cada vez que pensaba que no era un buen hermano.

Saga era así, gentil por naturaleza. A veces esa cualidad llegaba a molestar a Kanon, aunque tampoco se esforzaba en reprochárselo, después de todo disfrutaba de ver a su hermano interactuar con otras personas con el fin de brindarles alguna clase de paz o seguridad, además, el observar su propia sonrisa de satisfacción en el rostro de alguien más tras un trabajo bien hecho, seguramente era un privilegio del cual pocos gozaban.

A Kanon le gustaba creer que por razones similares Cástor no sentía envidia de la condición inmortal de Pólux y al final, incluso si éste no fue perfecto, Pólux buscó salvar a su gemelo pues sabía que Cástor habría hecho lo mismo por él de haber nacido con los roles opuestos. Los representantes de su constelación tuvieron un destino injusto en su opinión, inestable aun dentro de su equilibrio.

—Perdóname, sé que prometí venir antes —empezó Saga. Su gemelo intentó frenarlo, pero se apresuró a continuar—. Me forzaron a reposar porque resulté herido en medio de un entrenamiento —Saga entonces se quitó una correa del hombro y pasó su mochila, que Kanon no había notado antes, al frente para abrirla; lo que sacó del interior lo tendió entre ambos—. Pude salir hace dos días, pero no podía venir con las manos vacías.

Kanon tomó las telas que le eran ofrecidas con cuidado. Se veía y sentía como un atuendo normal del santuario en la forma, pero poseía un color particular, el favorito de ambos: azul. Pese a que estaba feliz por el obsequio, no pudo evitar fruncir el entrecejo, pues Saga no tenía razones para regalarle algo como eso; ropa que no parecía haber sido usada ni una mísera vez. Resultaba inusual, ya que sería difícil de explicar para el futuro santo el por qué ordenó un nuevo atuendo que ni siquiera planeaba utilizar. Pensó en negarse a aceptarlo.

—Saga…

—En serio lamento que tuvieras que pasar nuestro cumpleaños solo —ante aquella interrupción, Kanon parpadeó un par de veces. Al comprender la situación, ya que él mismo había olvidado por completo que sumaría un año más de vida en algún punto cuando el verano llegase, abrió a medias la boca sin saber qué responder—. ¿Quieres probarlo ahora? —sugirió su gemelo.

Casi había olvidado que aún estaba desnudo. Entonces sí recordó sonreír, aunque fuese más bien un reflejo por su descuido.

—Claro.

Kanon fue el hermano que nació bajo la estrella del infortunio; así lo declaró el Patriarca Shion cuando lo presentaron ante él. Por suerte, Saga nunca obedeció a aquél anciano cuando le ordenaba mantenerse alejado de su gemelo a toda costa, en cambio, buscó protegerlo de todos aquellos quienes querían verlo muerto. El afortunado no se lo pensaba dos veces en cumplir con cualquier cosa que su hermano le pidiese: enseñarle sus técnicas de pelea, sus rutinas de entrenamiento, viajar lejos para pasar tiempo juntos, que cortase su cabello de la misma manera...

Los gemelos tenían un lazo que ninguno de los dos quería quebrar, aunque al final ocurrió, por una gran diferencia de opiniones y mala planificación. El equilibrio se rompió.

La luz traicionó a la oscuridad y buscó erradicarla.

La sorpresa inicial de Kanon se transformó rápidamente en un odio vengativo. Las palabras de repudio y amenaza que alguna vez dirigió exclusivamente a los dioses se volvieron contra su propia sangre, la cual planeaba dejarlo morir ahogado.

Su futuro se vio ensombrecido, tal y como su nacimiento lo había predicho. Aún así, se negaba a resignarse.

Quizás fue el deseo de alguna deidad o tal vez obra de algo más grande, pero, el gemelo desafortunado fue persistente y consiguió mantener las fuerzas suficientes para escapar de la prisión en donde su hermano lo había confinado. Él fue el primero en caer al fondo del océano y despertar en un sitio inigualable.

Su caída fue el disparo de inicio de una carrera que ya no podía dar marcha atrás.


«Ceto, hija de los titanes Ponto y Gea, era la diosa griega que representaba los peligros del mar.

Se convirtió en madre de numerosas bestias acuáticas, entre ellas se contaban dos dragones marinos.»


Cuando Isaak intentó abrir los ojos sintió que algo andaba mal. Se quejó un poco y llevó su mano izquierda a su rostro donde, en lugar de piel, entró en contacto con algo viscoso y helado. Asustado, más que adolorido, prefirió dejar las cosas como estaban y se recostó mirando al cielo…

Con su ojo derecho fue capaz de percibir la extraña apariencia del sol, enorme y tembloroso, que podía verse directamente. Le tomó un rato más entender que las aves oscuras en el aire no estaban volando, pues ni siquiera tenían alas que les permitieran hacer aquello; la pista más obvia fue un grupo de coloridas aguas-vivas que nadaban justo encima suyo, se contraían y expandían calmadamente, haciendo que los dibujos de sus cuerpos se deformasen a cada instante en una miríada de luces danzarinas. Pese al susto inicial, parecía un buen sueño. No debía perder la calma.

Respiró hondo. Sintió el aire en sus pulmones. Exhaló.

Estaba vivo.

—Hyoga…

Recordaba que antes de perder el conocimiento, algo había golpeado su rostro provocándole un intenso dolor, pero no le dio mayor importancia en su momento y se las apañó para abrir un boquete en el hielo por el cual sacar a su amigo del agua. Entonces… ¿su sangre había nublado su vista?, ¿la corriente lo arrastró hasta ese sitio?, ¿en dónde estaba exactamente?

Isaak cerró su ojo bueno y volvió a intentar abrir ambos, pero no lo consiguió y el paisaje tampoco cambió. Levantó su brazo derecho, pensando que tal vez lograría sentir el agua; no fue así, por lo que acabó dando un manotazo a la nada. Pese a lo irreal de la situación, supo advertir que no estaba en medio de un sueño ni una pesadilla.

Solo debía averiguar cómo salir de allí.

Al sitio —la arena— sobre el cual el muchacho se encontraba tendido, se acercaron unos pasos. Ensimismado con pensamientos sobre su situación y cómo podría resolverla, Isaak no se dio cuenta de que no se encontraba solo hasta que otra persona entró en su campo de visión. El cabello azul que cubrió al sol en un primer momento le arrancó un suspiro de alivio, mas cuando enfocó su vista volvió a sentir una inquietud desagradable, pues solo en su más tierna infancia había visto unos ojos verdes tan brillantes como aquellos que en ese momento lo observaban desde arriba.

El joven no tuvo mucho tiempo para meditar sobre ello cuando vio al hombre desconocido descender a su lado, colocando una rodilla en el suelo, para luego acercar una mano a su rostro. Se apartó por reflejo.

Den tha se vlápso.

Isaak se quedó de piedra al oír esas palabras, no tanto por su mensaje como por el lenguaje en que fueron pronunciadas: griego, el idioma de los santos que su maestro le había enseñado. Con eso en mente decidió fiarse de aquél desconocido.

El muchacho no dejaba de ver al hombre y ni siquiera se molestaba en parpadear. Aquellos ojos verdes no parecían amenazadores o al menos eso quería pensar.

—Puedes relajarte —aseguró el hombre con una mueca extraña que tal vez buscaba inspirar confianza, mas antes que otra cosa, lucía incómodo. Tras decir eso retomó su tarea y cubrió la herida en el rostro del muchacho con una mano.

Al verlo, Isaak recordó el repertorio de extrañas expresiones de su maestro y se preguntó si aquello sería un comportamiento usual entre los caballeros. Otro detalle que supo apreciar fue la calidez y seguridad del cosmos ajeno. Le tomó unos minutos recordar las palabras correctas para preguntar lo que necesitaba saber.

—Mi nombre es Isaak, ¿el tuyo?


Kanon regresó al reino de los mares cuando sintió la resonancia de sus escamas con las de otro general. La primera vez que eso ocurrió no lo comprendió y pensó que se avecinaba un ataque, pero, con la repetición se forjó la experiencia y junto a ella la calma al momento de actuar.

Planeaba ser el general que comandase a todos los demás y debía ganarse ése derecho. Ayudar a sus compañeros a despertar y comprender la situación era algo que consideraba fundamental para cumplir su propósito.

Cuando llegó al santuario submarino, no tardó en encontrar al nuevo general marina, pues de hecho lo vio caer; observó cómo las escamas del Kraken guiaron a su portador con gentileza hasta el suelo y luego se apartaron de él. Al llegar a su lado, Kanon no puedo evitar preguntarse si estaba viendo realmente aquello que tenía enfrente: un chico con el lado izquierdo del rostro destrozado, inconsciente y, probablemente, más muerto que vivo. No era exactamente material para un buen guerrero.

Llegó a preguntarse si el Kraken estaba intentando jugarle una broma de mal gusto, pero no era como si pudiera cuestionar al monstruo su voluntad. Con resignación, se propuso estudiar el cuerpo del nuevo general.

Respiraba a un ritmo lento, pero sin complicaciones. Aparte de la herida en el rostro no presentaba problemas en ningún otro sitio, pero aquella única herida era horrible y seguramente dejaría una marca en el mejor de los casos, en el peor, ni siquiera conseguiría cicatrizar. Decidió inspeccionar mejor el ojo de aquél chico, mas no tardó en juzgar que podían dar la mitad de su vista perdida para siempre. El globo estaba destrozado y el párpado no iba por mejor camino, necesitaba suturas.

Soltó un gruñido de hastío pasando su mirada al templo de Poseidón a donde el Kraken había ido a refugiarse. Si tal era la voluntad de las escamas, se ocuparía de tratar al chico, incluso si no lo consideraba apto para el puesto.

Recogió por los alrededores las plantas y hongos que requería para cubrir aquella herida y prevenir que se infectase; preparó un ungüento y lo esparció sobre el rostro dañado. Por el momento, con eso hecho, Kanon solo podía aguardar a que el chico despertase, si es que para empezar era capaz de hacerlo.

Decidió dar una vuelta por el santuario.

Las grandes estructuras y caminos con milenios de historia —una historia parcialmente vacía, cabe mencionar— se hallaban tan desiertos como siempre. Cosa que a él no le disgustaba pero sabía que pronto debería corregir.

—Ésta vez no solo es un crío, sino que además es un tuerto —murmuró el hombre de cabello azul caminando por la senda que lo conduciría al templo principal—. ¿Qué clase de ejército deseas, Poseidón? —preguntó con un cansancio notable en la voz, esperando una respuesta que no llegó—. ¡Suerte tendré si logro que alguien lo obedezca o respete como general!

Para Kanon, la llegada de aquél chico representaba una traba en su plan, no una inevitable y ni por lejos la más cruda, pero, sí una con la cual no deseaba lidiar. Tenía mejores cosas en las cuales emplear su tiempo.

Necesitaba tranquilizarse. Aquél no era el final. Algo podría hacer y ya se le ocurriría el qué.

Había hallado a su cuarto —quinto si se incluía a sí mismo— general marina. Ya solo restaban dos escamas que debían escoger dueños, por lo cual pronto podrían empezar a organizar el ejército y recibirían a su dios dentro de unos pocos años más. Los generales eran siete en total y si el muchacho tuerto tenía un carácter fuerte, tal vez conseguiría que algunos soldados luchasen bajo su mando; de hecho, su herida podía resultar favorable para cautivar a los más curiosos que con suerte no se atreverían a preguntar y se limitarían a pensar que logró ganar una batalla que ellos mismos de seguro habrían perdido.

Podía ser positivo, bajo ésos parámetros específicos. Pero lo bueno es que podría ser positivo y solo pensar eso resultaba un alivio para Kanon. Debía esforzarse para conseguir el futuro que anhelaba.

Se encontraba sentado en las escalinatas del templo principal intentando resolver sus dilemas internos cuando sintió una explosión proveniente del sitio en donde dejó a aquél muchacho. No de esas explosiones que se ven y se oyen. Duró menos de un segundo, pero fue tiempo suficiente para que Kanon pudiese apreciarlo con claridad: aquél no era un cosmos que simplemente podía despreciar, había sido desarrollado e incluso así su potencial era grande.

Inició el camino de regreso con calma, seguro de que el chico estaría demasiado confundido con la situación como para largarse apenas despertara. No se equivocó, pues cuando llegó al sitio —una formación de arena alta con respecto al resto del territorio— lo localizó aún tendido en el suelo. Mientras se acercaba vio cómo el muchacho alzaba una mano en dirección al cielo que no tardó en caer, por ello decidió apresurar el paso.

Cuando arribó y lo vio nuevamente, entonces despierto, pensó que la expresión tensa del joven se debía a su herida, así como previamente había interpretado el gesto con la mano como un pedido de ayuda. Buscó ser gentil y se arrodilló al lado del chico que no dejaba de verlo fijamente, acercó su mano derecha al rostro ajeno y el joven pareció querer alejarse de su toque. Frunció el ceño muy en contra de su voluntad.

—No te haré daño —se apresuró a aclarar, mas tras oírlo, el muchacho no dejaba de verlo y ni siquiera se molestaba en parpadear. No sabía decir si eso era bueno o malo—. Puedes relajarte —añadió sonriendo de lado, quizás un poco más de lo necesario. De cualquier modo, funcionó.

Con el permiso del muchacho, Kanon llevó su mano a la herida, la cual previamente había tratado sin mucho esfuerzo pensando que el chico podría no sobrevivir dependiendo de cuánta sangre hubiera perdido en el camino. No sabía exactamente qué podría estar doliendo en ese momento, por lo que esperaba que su cosmos fuese un reemplazo apropiado para la anestesia local.

El chico se dispuso a hablar poco después.

—Mi nombre es Isaak, ¿el tuyo?

El hombre de cabello azul se esperaba alguna que otra pregunta, pero no que el interrogatorio comenzara con algo tan… común. Las ocasiones previas habían sido más complicadas, razón por la cual tampoco pensaba quejarse.

—Soy Kanon.

—¿Eres un santo de Atenea? —el general no supo responder con rapidez una pregunta tal, se adelantó al pensar que sería sencillo—. Puedes confiar en mí, soy aprendiz del caballero dorado de Acuario, Camus —añadió con presteza el chico.

La sorpresa de Kanon solo fue en aumento pues entendió que no solo tenía a un muchacho herido al cual sanar, tenía a un posible santo de Atenea enfrente, uno que había sido llevado allí por la voluntad de las escamas del Kraken para más inri. ¿Qué se suponía que debía hacer?

Matarlo significaría deshacerse del general que Kraken escogió.

Dejarlo vivir y ser sincero sobre la situación significaría que el muchacho buscaría regresar a la superficie para continuar con su vida tal cual estaba antes de caer.

Aunque había una tercera opción: engañarlo. El arte del engaño era uno en el cual Kanon se había especializado con el pasar de los años. Era, además, la única opción que se le presentaba como válida de momento.

Se forzó a sonreír en lo que esperaba fuese un gesto aliviado.

—Hace mucho tiempo que no oía ese nombre —eso no fue mentira; para él, la última vez que lo hizo fue cuando Saga tuvo los ánimos de contarle un poco sobre sus compañeros de armas—. Aunque, si bien es cierto que alguna vez yo mismo fui un santo de Atenea —allí comenzó su mentira—, ya no es ése el caso. Uno de los caballeros dorados decidió por cuenta propia que lo mejor para el santuario sería eliminarme, aunque no lo consiguió —el muchacho arrugó la nariz. Kanon pensó que estaba adelantándose—... No sé mucho sobre el caballero de Acuario más allá de su firme lealtad para con la diosa de la guerra, pero, deberías saber que el santuario de Atenea se encuentra corrupto por caballeros sin fe, Isaak.

El chico cerró su ojo bueno y soltó un suspiro.

—Lo imaginaba —una vez más, aquello no era algo que Kanon esperase oír, pero de igual forma no iba a ponerle mala cara—. Mi maestro se encuentra muy preocupado por la situación en el santuario, nunca nos lleva allí, ni a mi compañero de entrenamientos ni a mí. Siempre recibe misiones importantes pero rara vez cumple con las que ordenan su regreso.

Internamente el general se reprochó a sí mismo lo lento que había sido al pensar, ¡si el caballero de Acuario no representaba ningún problema para empezar!, quizás estaba perdiendo el toque...

Desde que Kanon oyó de la separación del onceavo caballero con el santuario, había decidido ignorarlo, cosa que también hizo con Aries llegado el momento y que venía haciendo con Libra desde un principio. Aquellos santos que escogieron alejarse de la orden por propia voluntad no representaban un problema en sus planes, por lo que no gustaba de perder el tiempo con ellos. Eso le quitaba un peso de encima, pues si Acuario fue quien entrenó a ese muchacho sin la influencia de otros caballeros, resultaría mucho más fácil engatusarlo para que creyese lo que más le beneficiaba.

—Tu maestro hace lo correcto entonces —comentó, alejando su mano de la herida pues el chico ya se notaba mejor—. Si regresase sin cuestionar cada llamado, de seguro le esperaría un destino similar al mío —entonces alzó el rostro para ver el mar sobre su cabeza, con sus luces brillantes causadas por el sol y lleno de vida inofensiva.

No era realmente un mal destino, pero sí uno que él no habría escogido de no haber sido forzado a hacerlo.

—¿Puedo saber qué es lo que aquél caballero dorado te hizo, Kanon?

El hombre regresó su atención al muchacho. El ojo sano lo miraba de vuelta con un extraño deje de ilusión. Se repitió que aquello sería sencillo, ésta vez tenía confianza.

—Intentó asesinarme ahogándome en el mar —señaló al cielo—. Al final, lo único que consiguió fue desterrarme —con el tiempo, el general había aprendido que las mejores mentiras son aquellas que contienen cierto grado de verdad, las que consiguen disfrazar la realidad sin ocultarla. El sol no daña la vista si se lo contempla a través de unas gafas oscuras, después de todo.

La reacción del chico reafirmó su teoría. Tenía casi asegurado a su quinto general marina.


«El Dragón Marino etíope fue enviado bajo mandato de Poseidón a devastar la costa del reino cuyas aguas habitaba.»


Isaak se encontraba descansando sobre la arena. Dejaba que pasase el tiempo mientras observaba el mar moverse encima suyo. No podía hacer mucho más.

Cuando era chico solía dibujar usando las ventanas de su casa como lienzo. Luego Hyoga le enseñó a dibujar sobre la nieve con su cuerpo. Dibujar en la arena era asimilar a éso último, pero después de llenar el terreno con figuras concretas trazadas con sus manos y pies, no tenía ganas de regresar al templo principal ni dirigirse al pilar ártico por resguardo destrozando su trabajo recién terminado.

«¿Lo habré hecho bien?» se preguntaba mientras lamentaba su idea inicial de hacer que el dibujo fuese tan grande. Estaba en parte seguro de haber respetado todos los trazos de la caja que resguardaba la armadura de Acuario, pero no podía comprobar si los había esparcido correctamente desde su lugar en el suelo. Podía intentar trepar el pilar más cercano pero, nuevamente, para hacer eso primero debía conseguir salir del interior de su obra sin estropearla. Bastaba un paso en falso para arruinarla.

Tampoco tenía prisas. No tenía nada urgente de lo cual hacerse cargo y, según Kanon, era mejor así. Al menos hasta que su herida sanase.

Sabía que no recobraría la vista de su ojo izquierdo, pero aquello le parecía un precio bajo por haber logrado salvar a su compañero. Él habría dado su vida con gusto, pero el dios Poseidón parecía haber decidido salvarlo en señal de que admiraba su valentía y noble corazón, o eso afirmaba Kanon.

Si se hallaba respirando normalmente allí abajo, con las corrientes del mar pasando sobre su cabeza, era porque tal había sido la voluntad del dios de las aguas. Porque únicamente aquellos escogidos eran capaces de llegar con vida hasta su reino, usualmente oculto para los habitantes de la superficie.

Aunque, admitía que las costuras en su rostro eran una verdadera molestia. Picaban como las hiedras y tenía prohibido rascarse aun si lo hacía por encima de los vendajes.

Bostezó al cabo de algunos minutos. Bien podía echar una siesta allí, pues sabía que nadie lo molestaría de hacerlo. Kanon se había marchado esa mañana a algún sitio sin aclarar cuando volvería —dijo que pronto, pero eso bien podía significar días dependiendo del motivo por el cual debió irse— y a esas alturas tenía claro que nadie más habitaba el santuario submarino. Llevaba una semana allí abajo y solo había visto al hombre de cabello azul caminar por el lugar.

En el mar, un gran banco de peces de escamas doradas decidió cruzar por encima del sitio en donde Isaak descansaba, llamando la atención del chico. El grupo se conformaba por peces de distintos tamaño, algunos que nadaban rápido, otros con calma y algunos más que se separaban de la marcha un instante para regresar a su interior al siguiente.

El muchacho siguió con la mirada el nado del grupo en dirección al pilar ártico.

Los tonos amarillos y azules se fueron ocultando detrás de la construcción blanquecina y ese otro tono de amarillo que… No debía estar allí. Antes no estaba allí.

Isaak giró sobre la arena para quedar barriga abajo y ver aquello correctamente, olvidando tener cuidado con su trabajo. Desde la cima del pilar ártico aquello que no debía estar allí lo miró de regreso. El muchacho sobre la arena tragó grueso e intentó mantenerse lo más quieto posible, inclusive dejó de respirar.

La estructura del pilar no solo se hallaba considerablemente lejos, sino que además su altura resultaba vertiginosa, mas aun con esas el muchacho fue capaz de fijar su vista en la cima y distinguir el cabello rubio y el par de ojos azules que solo podían pertenecer a otro ser humano. Había visto varios con tales rasgos anteriormente pero, sin importar ese detalle, una pequeña esperanza afloró en su cabeza. Pero aquella persona se ocultó en un segundo, desapareciendo tras el pilar e impidiéndole desechar su idea tras un mejor vistazo.

—¡Es-espera! —cuando Isaak reaccionó, olvidó por completo su previa intención de no ensuciar su obra y se puso de pie para emprender la carrera hacia el pilar ártico.

No le tomó mucho tiempo llegar al monumento oceánico. Una vez se encontró allí dio varias vueltas al pilar observando la cúspide, solo para acabar por convencerse de que allí no había nada ni nadie, ni arriba ni abajo. «Probablemente lo imaginé» se dijo, pensando que ningún humano normal podría haber sobrevivido a una caída desde la cima y además haberse ocultado en el corto lapso de tiempo que a él le tomó llegar allí.

Claro que, también podía no tratarse de un humano común sino… Pero, definitivamente Hyoga no habría sido capaz de hacer eso. El rubio siempre perdía cuando jugaban a las escondidas.

Hallarlo en verdad resultaba sencillo para Isaak, pues antes que verlo prefería sentirlo. Nunca le reveló el truco a su compañero, pero eso es porque también le servía de entrenamiento: en donde consiguiera detectar un cosmos tenue y agitado, el muchacho sabía que encontraría a su amigo. Aunque su rango de percepción no era muy grande, por lo que debía mantenerse concentrado en medio de su andar para asegurarse de no pasarlo por alto.

«No pierdo nada por intentar» con esa idea, cerró su ojo sano y se propuso relajarse. Debía pensar claramente y encontrar a aquella persona, si es que realmente existía, pues no sabía si se trataba de un amigo o un enemigo. No era momento de acobardarse.

Isaak no requirió de dar un solo paso para sentir aquella presencia a los pocos segundos. Fue un destello brillante a su izquierda que lo impulsó a voltear el rostro en aquella dirección, como si acabase de recibir un golpe proveniente de allí e intentase encarar al culpable. No estaba particularmente cerca, razón por la cual imaginaba que era más fuerte que Hyoga, aunque no se asemejaba ni en broma a la reacción que estudiar a Camus solía ofrecerle. Observar el cosmos de su maestro era como fijar la vista en el sol.

A su izquierda vio una roca de tamaño considerable. Supuso que la persona estaría oculta detrás.

Se aproximó con pasos lentos, cautelosos, respirando lenta y suavemente. No sentía miedo, pues el golpe que sintió no se encontraba cargado de malos sentimientos; estaba seguro de que esa persona tenía tanta curiosidad por él, como él tenía por ella. Pero la confusión la superaba.

Si avanzaba con cuidado…

—Ah —tan concentrado estaba en la roca, que no notó la caracola reina enterrada en la arena hasta que la planta de su pie entró en contacto con ella, arrebatándole una exhalación sorprendida ante el cambio de textura del suelo. Cuando volvió a alzar su rostro, Isaak se topó una vez más con aquél cabello rubio corriendo ya varios metros lejos de la roca, alejándose de él—. ¡Oye, espera, espera!, ¡no quiero a lastimarte!

El muchacho no tardó en tomar carrera mientras gritaba, esperando convencer a aquella persona de que no era alguien malo. Las palabras no parecieron funcionar, por lo que prefirió reservar el aire para respirar mientras trataba de seguir el ritmo del desconocido. No iba a una velocidad inalcanzable, pero era ágil, saltando por sobre y entre las formaciones rocosas del camino como si éstas no representasen obstáculo alguno.

Además, varias veces tomaba vueltas hacia la izquierda. Era bueno escapando. Isaak tenía algunas dificultades visuales a la hora de volver a hallarlo en cada una de esas vueltas.

Pero el muchacho no desistió en su búsqueda y persiguió a aquél sujeto hasta que llegó a una roca empinada. Subió a la misma siguiéndole el rastro, pero una vez en la cima debió dar un paso atrás. Cayó de espaldas en parte por el susto y en gran medida por el cansancio, mas no le dio importancia al dolor de la caída. Debió inspirar hondo varias veces para recobrar el aire.

Isaak volvió a trepar la roca solo para confirmar que su vista no le había jugado una mala pasada.

Encontró que había visto correctamente. Al otro lado de la roca, lo que se apreciaba justo al borde era una fosa honda y llena de un agua distinta a la del cielo, opaca por la carencia de luz. Pero el agua no era lo único que había allí abajo. Grandes corales de diversos colores brillaban en el agua, en la profundidad de la misma. No encontró a la persona con la mirada por más que lo intentó.

No era algo que Isaak no hubiese visto antes. Kanon le dio una guía por el santuario submarino en su segundo día allá abajo, luego de haber cosido su herida —en verdad prefería no pensar mucho en eso, pues había dolido bastante—, y le indicó que la gran fosa de coral marcaba el límite del santuario, aunque aclaró que éste no era el final del reino de los mares.

—Pero no hallarás gran cosa al otro lado, así que, mejor no intentes cruzar por mera curiosidad —había advertido el mayor.

«Técnicamente, no estaría intentando cruzar» razonó el muchacho mirando los corales al fondo. Pero éstos se hallaban tan hondo y el sitio era tan oscuro que al final suspiró y dio media vuelta, dispuesto a regresar al templo de Poseidón. Nada le aseguraba que aquella persona estuviese ahí abajo en vez de al otro lado de la gran fosa.

Dudaba entre si debía comentar al hombre de cabello azul sobre su encuentro o mantenerlo en secreto, pues al final, no estaba seguro de que hubiese sido real. Aquél sujeto rubio apareció y desapareció de la mismísima nada, aparentemente.

Con pasos intranquilos, caminó de regreso al templo principal.


—Con ésto debería bastar.

Kanon recontó las treinta piezas de oro en sus manos antes de cerrar el cofre de madera del cual las había retirado. Guardó el oro en su mochila y trancó el cofre con un simple truco de presión, pues no temía que alguien fuese a encontrarlo, pero sí que el mismo se abriese por error.

Desde hacía años que ni siquiera se molestaba en volver a enterrar el tesoro en la playa, limitándose a ocultarlo entre algunas plantas de hojas gruesas y rocas grandes. A veces pensaba en lo triste que era aquello: que quienes hubieran enterrado aquél tesoro nunca volvieran a buscarlo, ya fuere porque no quisieran o no pudieran hacerlo.

Pero, todavía más deprimente debía ser para ésos piratas el saber que aquellas monedas de oro que ocultaron con tanto afán serían incapaces de brindarles ninguna fortuna real por sí mismas en el futuro, pues el mundo cambiaría el metal por papel y a la gran mayoría de personas ni se les cruzaría por la cabeza considerar valioso un botín que solo les dificultaría la vida al intentar explicar cómo y porqué lo tenían bajo su poder. Eran en verdad un legado inútil.

A Kanon aquello no le importaba demasiado ya que él no vivía en la superficie, así que no necesitaba responder ante ningún gobierno o entidad similar de dónde obtenía ni cómo gastaba sus ingresos económicos. Por esa misma falta de una vivienda estable sobre el nivel del mar, tampoco tenía deseos de forjar una fortuna allí arriba, así que utilizaba los tesoros antiguos con mesura.

Ocultó el cofre de madera y se adentró en la selva de aquella costa pensando en qué debería hacer con el pequeño botín. El precio del oro en América había aumentado aquél mes —relativamente poco, eso sí—, pero a esas horas no habría ninguna casa de empeños o de compra-venta abierta. Sopesó la opción de visitar Rusia, pero estaba seguro de que la última vez que lo hizo había sido estafado por no entender bien el idioma y aún se encontraba resentido por ello.

—Mejor lo cambio por euros —acabó por decidir—. En Italia quizás llegue a tres mil doscientos, es más fácil negociar con ellos.

No quería mantener a su nuevo general aguardando por él todo el día así que, aunque usualmente escogía transportarse como una persona normal con el escaso dinero de su bolsillo, decidió utilizar un truco para llegar al territorio que alguna vez dirigió el imperio conquistador de todas las costas del Mediterráneo, en la duración de un parpadeo.

Su hermano le había enseñado las bases de aquél atajo años atrás, como si se tratase del secreto de un mago, pues le hizo jurar que no las compartiría con nadie. Incluso sabiendo que eso era un imposible para empezar.

A veces añoraba aquellos tiempos.

Pero cuando realizaba el truco, con ciertas modificaciones ideadas por sí mismo, dejaba de hacerlo. El pasado no era más que eso y bien podía apreciarlo como tal a través de sus recuerdos, pero nunca sería capaz de revertir el paso del tiempo. Lo más que podía hacer con su poder era distorsionar el espacio.

El hombre se encontraba solo en medio de la naturaleza, se aseguró de ello antes de hacer cualquier otra cosa. En un momento, un destello de luz dorada apareció en la nada frente a él. El destello tomó la forma abstracta de un triángulo y Kanon no dudó al momento de adentrarse en la luz, primero ingresó un pie, luego la cabeza y entonces el resto del cuerpo.

Una vez el hombre desapareció dentro de la figura, ésta también se desvaneció sin dejar rastro de alguna vez haber estado allí.


«Existen alrededor de doce áreas distribuidas entre los trópicos de Cáncer y de Capricornio, denominadas 'vórtices viles'. Éstos puntos se caracterizan por presentar fallas en instrumentos de medición, casos de desapariciones y fuertes eventos geológicos.

El Triángulo del Dragón, que no aparece trazado como tal en ningún mapa, forma parte de esa cadena de vórtices.»


Kanon asomó su cabeza para ver los corales al fondo de la fosa. Lo cierto era que aquello se veía asombroso pero no tenía verdaderas ganas de lanzarse para apreciarlo de cerca. Mas lo único que vio allí abajo fue eso: corales.

Echó algunos mechones de cabello azul hacia atrás y dirigió su vista al muchacho que tenía al lado.

—Bueno… ¿Quién sabe? —comentó con una sonrisa socarrona—. Tal vez viste una sirena.

El ojo sano del chico lo observó con asombro un momento ante tal conclusión, aunque rápidamente frunció el ceño. Kanon quiso decirle que no debería hacer eso —ser tan expresivo— porque las suturas en su rostro podrían moverse y causarle más picazón, pero suponía que se merecía una reacción como aquella. En realidad, se la había buscado.

El chico de pelo verde había pasado los tres días previos buscando las palabras adecuadas para comentarle que se había topado con alguien en santuario, alguien que no era Kanon. Se avergonzaba de pensar que el mayor no le creería tanto como que existiera la posibilidad de que se hubiese imaginado el encuentro. Y cuando por fin se dignó a revelar su secreto, que también a Kanon le costó bastante esfuerzo sonsacar, él iba y optaba por aceptar la segunda inseguridad del chico como la opción más plausible.

Aunque lo cierto es que eso pensaba, pues si hubiese alguien más en el santuario, él lo habría sabido desde el primer segundo en aquella persona pusiere un pie dentro. Después de todo, era la voluntad de Poseidón y los monstruos ancestrales lo que escogía a los generales marina, pero el resto de la población y el ejército debía ser seleccionada por dichos generales y todavía no habían avanzado tanto en el plan. Ni lo harían, hasta que los siete se hallasen reunidos.

Isaak lo sacó de sus divagaciones al poco rato, más confundido que molesto.

—No pudo ser una sirena, tenía piernas como las mías, no aletas —explicó.

Kanon quiso reír, aunque no supo si tal impulso fue causado por molestia o porque en verdad consideraba aquello hilarante. Al menos el chico no se había tomado a mal su comentario.

Pensó que lo mejor sería olvidar el suceso, aunque no podía simplemente ignorar el tema. Emprendió camino por el borde de la fosa y aguardó hasta oír los pasos de Isaak detrás suyo. Tenían un lugar al cual dirigirse y prefería llegar allí antes del anochecer, aquella solo había sido una parada oportuna.

—¿Creciste en el norte, Isaak? —cuestionó a la ligera y ya adivinando la respuesta, pues el acento del chico lo delataba—. Las sirenas con cola de pez son populares por allí, pero recuerda que nos encontramos en otro sitio.

—¿Qué significa eso?

Kanon volteó el rostro sin dejar de caminar, para apreciar la expresión interesada del muchacho de cabello verde. Se preguntó por un momento si él mismo solía verse así antes de oír los relatos de las aventuras de su hermano años atrás. Esperaba no desilusionar con su respuesta.

Así que el mayor se esforzó en adornar la explicación con casi todo lo que sabía sobre aquellos seres mitológicos y más. Similitudes, diferencias, ejemplos; Isaak tampoco dejaba de cuestionar. Entre voces animadas y pasos tranquilos llegaron a su segunda parada.

—Cuando regresemos al templo de Poseidón, te enseñaré que no estaba bromeando —prometió—. Pero ahora, ven, mira ésto.

Habían bordeado la enorme fosa durante varios minutos, hasta que llegaron allí. Isaak se aproximó a su lado, al límite del acantilado. Pareció entender porqué estaban allí y no en otro sitio con bastante facilidad, aunque lo cierto es que aquello era notable: ahí en donde estaban, el hueco entre el santuario y el resto del territorio se hacía un tanto más estrecho. No por ésto la distancia y las diferencias en el nivel del terreno dejaban de impresionar, la posibilidad de una caída era lo menos incitante.

—¿No hay otra manera?

—Dijiste que querías verla.

—Y eso haré —se apresuró a aclarar el muchacho, mirando al mayor con toda la seguridad que era incapaz de dirigir a la grieta submarina.

—Bien, entonces, yo iré primero. Tan solo imítame.

Kanon dio la espalda a la fosa y avanzó varios metros, pues el envión resultaba crucial al momento de saltar aquél precipicio. A él la repetición le había quitado el susto, además de que nunca le tuvo un particular pavor a las alturas para empezar. Volteó media vuelta cuando le pareció haber tomado distancia suficiente y se aseguró de tener la atención de Isaak antes de señalar al suelo bajo sus pies, el chico entendió su mensaje y asintió en respuesta.

El hombre tomó aire y colocó un pie delante del otro, apenas inclinó el torso. Exhaló y empezó la carrera.

Como el muchacho poseía cierta consciencia sobre las capacidades de un santo, no se molestó en mantener un ritmo que cualquier persona alcanzaría a apreciar. Aceleró el paso hasta donde lo consideró suficiente y justo un metro antes de la caída se posicionó para saltar, dispuesto a romper con creces cualquier récord mundial que se hallase vigente. Debía cruzar unos veintitrés metros de longitud con aquél acto, después de todo.

Cuando alcanzó el límite de altura sobre la grieta, bajó la vista y alzó los brazos, recordando un poco de su infancia y cuánto disfrutaba arrojarse al mar desde las alturas, ignorante de cualquier peligro que aquello pudiese conllevar. Los corales parecían brillar más a esa distancia. Pero el suelo se movía debajo suyo a gran velocidad, así que se preparó para la caída.

Había calculado correctamente, pues cuando aterrizó al otro lado de la fosa, lo hizo unos cinco metros adentrado en el terreno seguro. Tocó el suelo con pies y manos, pero se levantó rápidamente. Le tomó poco tiempo relajarse antes de voltear y observar la cima del otro lado.

Isaak no se encontraba esperando al borde por alguna señal. Kanon apenas alcanzó a notar que el chico estaba corriendo hacia él cuando éste ya había saltado. No parecía faltarle velocidad.

Desde su sitio alcanzó a ver la emoción en el rostro ajeno, la boca y ojo bien abiertos por la impresión de lo que estaba haciendo. Tampoco parecía haberle faltado impulso a la hora de saltar, pues consiguió una buena altura.

Pero, algo falló.

Isaak se dio cuenta justo antes de llegar al otro lado y Kanon lo imaginó por la manera en que cambió su mirada antes de que ocurriese. El muchacho apenas consiguió tocar tierra con la punta de su pie derecho. De alguna forma lo había conseguido, el cruzar, pero algo había sido insuficiente. Quizás simplemente se asustó al final.

Kanon tuvo los reflejos necesarios para correr hacia el borde y tomar el brazo del chico antes de que éste cayese hacia atrás. Lo jaló hacia sí para alejarlo del peligro. Una vez entendió lo que ocurrió, Isaak se apartó rápido de su agarre, alejándose todavía más de la fosa mientras la miraba con cierto recelo.

El mayor sabía que no era bueno permitirle aterrarse por algo como eso, así que lo alcanzó pronto y tomó sus hombros para forzarlo a dar la vuelta. Le dio un empujón leve y comenzó a caminar a su lado, guiando el paso.

—Lo has hecho muy bien —aunque no se refería a la ejecución, sino a la confianza, pues la primera vez que él mismo cruzó esa grieta, debió tomar carrera seis veces antes de atreverse a dar el brinco. Temía tanto haber hecho un mal cálculo que continuaba echándose atrás—. Estoy hablando en serio, esperaba tener que ayudarte mucho más de lo que lo he hecho.

Isaak no contestó pero su expresión mejoró bastante.


Cada vez que Isaak no lograba superar un entrenamiento, o sus propias expectativas sobre el mismo, sentía un sabor agrio en la boca que le impedía responder a los consejos o felicitaciones de su maestro Camus con nada más que un movimiento de cabeza. Había veces en que ni siquiera se atrevía a verlo a los ojos.

Con Kanon le ocurrió algo parecido, no tuvo ni la decencia de agradecerle por salvarlo y emprendieron el camino en silencio. Anduvieron durante horas, hasta que el mayor finalmente se detuvo. Se hallaban en el límite sur del territorio de Poseidón, un límite claro e inconfundible incluso en su transparencia, pues las aguas allí no eran tranquilas. Tomaban la forma de una interminable cascada sin soporte.

—Está por allí —fue lo primero que dijo Kanon, apuntando al océano enfrente suyo—. Es la única cosa viva con la cual podrías considerar que convives aquí abajo cuando yo no estoy. Aunque no ha despertado en mucho tiempo.

Pese a la sonrisa del hombre y el timbre animado de sus palabras, Isaak comprendió que tal vez aquello era mejor de esa manera. Kanon le había explicado que un monstruo cuidaba del reino cuando nadie más era capaz de hacerlo y que seguramente llevaba siglos allí, aguardando por su dios. Monstruo o no, debía estar cansado.

—¿La has visto despierta alguna vez? —cuestionó el muchacho mientras intentaba localizar a la criatura del otro lado de la cortina de agua.

—Sí. Cuando tiene hambre sale a buscar comida. Una vez conseguí verlo devorando a una ballena de un bocado —«Debe ser enorme» pensó Isaak, aunque esa cualidad no correspondía con el tiempo que le estaba tomando ubicarla—. No mires tan lejos, está justo ahí.

Nuevamente, el hombre de cabello azul apuntó al suelo que tenían justo enfrente e Isaak miró hacia allí. La profundidad del océano provocaba que la luz fuese más tenue a esas alturas, pero no conseguía distinguir nada aparte de rocas blanquecinas y unas pocas anguilas negras nadando sin rumbo alrededor de éstas.

Pensó en pedir alguna otra pista, mas entonces notó las burbujas.

Un montón de enormes burbujas casi imperceptibles salieron de entre las rocas en dirección a la superficie. Las rocas se movieron apenas un poco luego de eso. Isaak tuvo que prestar mucha atención y mantenerse todo lo quieto posible para notar otra cosa: no solo eran unas rocas sino gran parte del terreno lo que se movía, muy lentamente. De arriba hacia abajo, de vuelta hacia arriba, las burbujas aparecían, y repetía.

La tierra allí abajo estaba respirando.

El muchacho apartó la vista, consiguiendo distinguir a lo lejos otro tipo de roca en el agua, una más oscura que contrastaba con las formaciones blancas y parecía bordearlas. El blanco conquistaba una distancia considerable, como mínimo. Una que él solo había imaginado al oír relatos de otras personas.

—¿Qué tan grande es? —decidió preguntar.

Kanon alzó los hombros.

—Grande.

«El Triángulo del Dragón recibe éste nombre por la creencia de que fieros dragones marinos habitan la zona y devoran botes pesqueros y navíos de guerra por igual.»

—Entonces, ¿qué has decidido?

Kanon acabó de retirar las puntadas del párpado. El daño en el rostro del chico continuaba siendo notable, la cicatriz que se extendía desde la mejilla hasta la frente se quedaría allí por toda su vida, pero al menos el párpado estaba bien.

—Quiero quedarme y ayudar a proteger éste reino —el muchacho abrió su ojo sano y miró al hombre—. Mi maestro me enseñó que debía ayudar a las personas siempre que fuese capaz e incuso cuando no. Si soy necesario aquí, Kanon, entonces quiero quedarme.

El mayor abrió el párpado dañado y ni siquiera se molestó en preguntar al chico si era capaz de ver algo con ese ojo. Resultaba obvio que no lo hacía. Lo más recomendable sería extirpar el globo, pero él no tenía la suficiente confianza o conocimientos para hacer algo así.

—¿Sientes algo?, ¿te duele?

—Me molesta —ante eso, dejó el ojo del chico en paz y decidió retomar la conversación previa.

—¿No los extrañarás?

—Claro que lo haré. Pero creo que ellos pueden vivir sin mí. Además, ya no tengo necesidad de entrenar para conseguir la armadura del Cisne, ¿no es cierto?

—El Kraken te escogió, pero debes ser tú quien lo acepte —Kanon estiró su brazo derecho para alcanzar el parche que había comprado el día anterior, uno café de estilo pirata.

Lo colocó alrededor de la cabeza de Isaak y juzgó que le sentaba bien. El chico no se quejó.

—Aunque digas eso, no creo estar al nivel todavía.

Ignorando aquél comentario, Kanon invitó al muchacho de cabello verde a ponerse de pie y éste lo siguió fuera de aquella habitación. El templo de Poseidón era colosal, sobretodo cuando se ignoraba el camino principal desde la entrada hacia el salón del trono; el resto de la construcción parecía ser un laberinto levantado a propósito. Por fuera se veía mucho más equilibrado de lo que realmente era, pues en el interior uno se sentía atrapado en un arrecife o en una caverna subacuática.

Salieron por el pasillo a uno de los patios interiores, que al igual que los demás, tenía una pequeña fuente en el centro. Desde ése patio en particular podían ver la punta del pilar índico si alzaban la mirada al mar. Fue al hacer ésto que una idea llegó a la mente del general marina: él mismo quizás no fuese capaz de extirpar el globo ocular de su nuevo compañero sin peligro, pero, conocía a alguien que sí podía hacerlo.

Estiró los brazos al frente y luego le dedicó una sonrisa a su nuevo general.

—Si esa es tu decisión, ya va siendo hora de que conozcas al resto de tus compañeros, ¿no te parece?

Había revelado poco sobre ellos, lo suficiente como para que fuesen interesantes y no tanto como para que no dejasen nada que desear. Eso fue sencillo. Mantener a los otros generales lejos del santuario submarino, en cambio, resultó ser más complicado de lo que hubiese esperado, pues todos sentían curiosidad en mayor o menor medida por el nuevo integrante de su orden. Simplemente tuvo suerte de que el más curioso fuese también el más ocupado en la superficie.

Isaak contempló un rato las aguas sobre sus cabezas antes de asentir.

Resultaba divertida la notable emoción que tenía presente en la mirada, que fallaba en disfrazar como determinación.


«Se decía que el mismísimo dios Poseidón otorgó a los Dioscuros el poder de rescatar a los marineros que naufragaban en el mar.

Los gemelos hijos de Zeus fueron conocidos como los santos patronos de los marineros.»


N/A: Dios, creo que escribí de más y no suficiente de lo que quería. Igualmente espero que la lectura haya sido entretenida, al menos. Tomé la decisión de incluir una pareja aquí, han tenido un hint en medio de éste capítulo. ¡Acepto cualquier crítica que me ayude a mejorar!

No saben cuánto odio que ff no permita dejar renglones libres, por cierto.

«éstos separadores» contienen información de distintas páginas web:

-Ceto, de Mitología Griega (.info)

-Dragones, de Mitología (.info)

-Los gemelos que conquistaron las estrellas, de Turismo de las estrellas

-El Triángulo del Dragón, de Mitos, monstruos y leyendas