Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, yo los tomo prestados.


Capítulo 1

Diciembre, 2018

Tres días antes

Edward Cullen tomó la mano de su esposa notando un ligero temblor en sus dedos. Mirándola de reojo, recordó el enorme esfuerzo que hizo para mantenerse tranquila durante el trayecto al aeropuerto, pero ahora que tenían el viaje encima no logró ocultar su inquietud. A Bella le aterraban los aviones. Edward comprobó que volar no era de sus panoramas favoritos cuando viajaron a Brasil de luna de miel el año pasado y Bella se hubiese pasado vomitando en una bolsa de papel y estremeciéndose en cada turbulencia hasta que llegaron al aeropuerto de Rio de Janeiro.

Desde entonces, Edward prefería no insistir en futuros viajes a menos que pudiesen optar por el bus. Y ahora, la mejor amiga de Bella que vivía en Indonesia, estaba a portas de casarse, por lo tanto, no les quedó otra opción. Bella nunca hubiese abandonado a su amiga en el día más importante de su vida y si eso significaba pasar un día entero vomitando en una bolsa, lo haría. Aunque eso sonara desagradable y para nada divertido.

—¿Te sientes bien, nena?

Ella asintió distraída.

—Sí, estoy bien. Estoy más que bien. —contestó con falso optimismo.

Edward escondió una sonrisa, y la acercó pasándole el brazo por los hombros.

—Ven aquí y pensemos en cosas agradables.

Imaginaron la playa que solo habían visto en fotos, el hotel cinco estrellas que Alice les recomendó en Carita Beach. Tenían pensado recorrer varios sitios antes de la boda, aprovecharían al máximo los siete días de vacaciones que se acercaban. Luego regresarían a la rutina de sus trabajos y desearían poder retroceder en el tiempo. Lo pasarían tan bien que el viaje en avión sería un insignificante recuerdo.

—¿En serio este es el valor de una barrita de cereal? ¿Qué la hace tan especial en los aeropuertos? ¿Si me como una cagaré oro o adelgazaré tres kilos por arte de magia? —la prima de Bella, Rosalie, también los acompañaba en el viaje— ¡Es el triple de cara!

—Señora, ¿va a pagar el producto o no? —gruñó la vendedora, con gesto aburrido.

Rose volvió a dejar la barrita en el mesón.

—No, gracias. Quiero un chicle de menta, por favor. —la mujer la miró con cara de pocos amigos y dejó una barra de chicle en el mesón— ¿Cuánto es?

Emmett, el marido de Rose, que ya conocía el precio de los chicles, dejó unas monedas en el mesón antes de que a su esposa le diera un infarto.

—Lo pagaré por ella.

Ambos tenían una relación cercana con Alice tanto como Bella, desde la época universitaria y no querían fallarle en un día tan importante, a pesar de sentirse culpables por no pasar Navidad con sus pequeños. A última hora decidieron unírseles a la aventura, así que aquí estaban.

Para Edward y para Bella en cambio, ese no era un problema todavía. No tenían hijos. Llevaban un año casados y tres de noviazgo. No estaba en sus planes próximos convertirse en padres, pero no lo descartaban. Hasta el momento disfrutaban la vida en matrimonio y darle prioridad a sus trabajos; Bella como agente inmobiliaria y Edward en la tienda de comestibles que fue de su difunto abuelo.

De hecho, se conocieron en la tienda de comestibles el día de San Valentín. Físicamente Bella era una belleza que había entrado por la puerta y sus reflejos cobrizos llamaron mucho la atención. También lo era su boca y sus ojos castaños, tan simples para unos cuantos, pero tan cautivadores para él. Quedó prendado incluso si ella no lo registró ni una sola vez y simplemente sacó su tarjeta de crédito para comprar tres cajas de bombones.

Tres cajas que, apenas salió de la tienda, lanzaría al suelo y pisaría con el tacón de su zapato rojo, en respuesta por haber pillado a su novio engañándola. Encontró esa misma caja de bombones vacía en la parte trasera del vehículo y un condón evidentemente usado sobre la alfombrilla. Lo peor es que el coche le pertenecía a ella y el chocolate le daba alergia. Edward decidió intervenir en su arrebato, por mucho que temiera ser aplastado por su zapato también.

Sin embargo, a pesar de lo indigno que era engañar a una pareja, aquella traición los llevó a conocerse.

Edward miró su reloj en el momento que una voz femenina anunció su vuelo por los altavoces.

—¡Ese es su vuelo! —exclamó la mamá de Edward a un costado de todos, retorciéndose las manos—¡Oh, ya los extraño! —lloriqueó, como si fueran a irse para siempre.

—Solo para estar claros, mamá, son siete días, no siete meses.

Eso no detuvo su sufrimiento. Esme Cullen abrazó a Edward de puntillas y luego asfixió a Bella en el proceso. Edward no sabía si la cara verde de su esposa era debido al abrazo efusivo de su madre o por otra cosa.

—No me importa lo que digas. La Navidad me pone sensible, ya lo sabes.

—Pero iremos a casa en Año Nuevo. —le recordó Bella para reconfortarla. Ya no estaba verde, pero sí muy pálida— Tendremos mucho que contar para entonces.

—Lo sé, tienen razón. ¡Pero suban fotos a esa cosa del instagram! Le diré a mi amiga Bertha que me enseñe. Y no olviden enviarle mis cariños a Alice y a Jasper.

Se abrazaron todos otra vez, incluídos Rose y Emmett que solo habían visto a la señora Cullen una vez en la boda de los chicos, pero parecía que los conocía de toda la vida.

El altavoz anunció el vuelo una vez más, de modo que se dieron prisa. Pasaron seguridad sin ningún problema y se despidieron de Esme desde el otro lado del cristal. Edward miró a su madre mientras esta se despedía con las manos y luego se sentaron a esperar su turno.

Bella escribía rápido en su teléfono.

—Charlie te envía saludos.

—Gracias, dile que igualmente.

Bella dejó de mover los dedos, borró lo que tenía escrito y decidió responderle con un audio.

—Edward también te envía saludos, papá… y yo también te quiero mucho. No olvides tomarte las vitaminas, ¿de acuerdo? Te llamaré en cuanto aterricemos. Cuídate y no trabajes tanto, adiós.

Se guardó el teléfono en el equipaje de mano, suspiró y se aclaró la garganta, pero eso no fue suficiente para liberar la tensión que anticipaba su cuerpo, por lo que Edward le deslizó la mano y le dio un leve apretón.

—¿Estás muy nerviosa?

Bella suspiró.

—Más que otras veces. —admitió con cierta frustración— No he dormido en días, tengo una opresión fuerte en mi pecho que no se me quita.

—Deben ser los nervios de la boda. Has estado preocupada por tu discurso de dama de honor.

—Es lo que creo.

—Todo saldrá de maravilla, pero puedo entender tus nervios. Ser la dama de honor más hermosa del mundo es una gran responsabilidad. —Bella le codeó, divertida— ¿He dicho una mentira?

Edward la estrechó por la cintura y le dio un efusivo beso en la boca hasta que recordaron que no estaban solos.

—Creo que estoy a punto de estropear todo otra vez. —se lamentó, pero Edward no estaba de acuerdo.

—Tenemos suficientes bolsas de papel de repuesto, una botella de agua, tranquilizantes y colonia. No hay nada de qué preocuparse.

Bella lo besó otra vez, porque tenía razón. No debería asustarse, ella era más que un puñado de estúpidos nervios.

Rose se giró en ese momento.

—¡Ya es hora!

A Bella le relajó comprobar que sus asientos estaban cerca del baño y tuvo la sensación de que la espera era más eterna que otras veces. Cuando comenzó a sentir dificultad para respirar, Edward le buscó rápidamente una bolsa de papel.

Tenían más de 18 horas por delante. Dieciocho. Podría morir en dieciocho horas.

—Moriremos… —jadeó.

Emmett se giró al escucharla.

—Nadie puede morir antes de la boda, Bella. Piensa en todo el alcohol que nos espera y que no podemos desperdiciar. —alentó, como si fuese su prioridad más grande.

Bella no pudo evitar tener pensamientos irracionales mientras ignoraba por completo a Emmett: ¿Y si se enfermaba? ¿Cómo conseguirían un médico? ¿Y si estuviera embarazada sin saberlo y sufriera un aborto? ¿Y si se atoraba con una aceituna? ¿Y si el avión se incendiaba? ¿Y si alguien iba armado? ¿Cuál era la mínima posibilidad de que un avión se cruzara con otro? Nunca escuchó que eso último ocurriese, pero ella no descartaba nada.

El corazón le empezó a latir con dolor y Edward le cogió la mano. Cuando sus dedos acariciaron la palma de su mano, su cuerpo se relajó. Ya no necesitaba aferrarse demasiado a la bolsa y se dejó mimar por él abrochándole el cinturón de seguridad y besando su cabellera, justo antes de que el avión comenzara su desplazamiento por la pista.

—Bella, mírame.

Ella apretó los ojos.

—No te preocupes, estoy MUY bien. —jadeó, aplastada en el asiento— Mareada, pero nada que no pueda lidiar. —sus cuerpos rebotaron con el movimiento cada vez más rápido— Espero que seas consciente de la persona con la que te casaste, Edward Cullen, porque soy todo problemas. Te lo digo por si todavía no lo sabías o te niegas a ver. Cuando me pidas el divorcio, vendré exclusivamente a decirte "Te lo advertí, pedazo de imbécil" y no me enojaré si mencionas las veinte bolsas de papel que llevo en los viajes. Todos te encontrarán la razón.

Edward le pellizcó la pierna. Si no los divorciaba el trauma a los aviones, tampoco lo haría su locura. La misma que lo había enamorado por completo desde el primer día. Tres cajas de chocolate reventados no hicieron que se alejara de ella, todo lo contrario. Así que de ninguna manera la dejaría ir tan rápido, antes moriría que vivir una vida infeliz.

Sería un gran viaje, inolvidable. Estaba seguro que sí.

—Prepárate para el mejor viaje de tu vida, Bella.

—Por favor, repíteme eso mañana, cuando lleguemos. —gimoteó antes de que el avión despegara.

Y con un sobresalto, incapaz de sostener la pesadez de su cuerpo, Bella se inclinó con la bolsa pegada a la boca y vomitó.


Gracias por el recibimiento que le han dado a la historia, esto recién comienza! Intentaré no tardarme tanto en actualizar.

Besos.