Aqui les dejo mi nueva adaptación espero les guste.

**Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia no me pertenece al final les digo el nombre del autor

Advertencia: Contiene escenas sexuales, leerlo bajo tu responsabilidad


Prólogo

Surrey, 1828.

Isabella Swan, hija de los barones de Forks y miembro de una familia muy bien acomodada económicamente que ahora requería de una mejor posición social, sabía que era de muy mal gusto espiar al abogado de su padre, quien cuando era sólo un joven fue su protegido al que ayudó a acomodarse socialmente como un buen profesional a pesar de su corta edad de veinticinco años.

A decir verdad, por ahora sólo era el ayudante del abogado de su padre. Charlie Swan no estaba y Edward Cullen estaba aprovechando del día soleado para descansar en el agradable césped del jardín de su casa. Se quedaría todo ese verano con ellos y Isabella no sabía cómo acercarse a él. Le gustaba, Edward tenía algo que alteraba todos sus sentidos y la convertía en una niña tonta e incapaz de articular dos palabras frente a él.

Era alto, de cabello color al bronce y piel bronceada, sus rasgos no eran fuertes ni mucho menos amenazadores, en él se podía apreciar a un hombre bueno y lleno de amabilidad; por lo que cada día estaba más convencida de que ese caballero sería su punto débil por la eternidad.

Era perfecto para ella y a pesar de que en dos años sería presentada en sociedad, no podría casarse con él porque para su padre —por más que apreciara a Edward— no era el indicado porque carecía del título que todos en su casa querían —menos ella— que consiguiera para poder escalar un peldaño socialmente.

Era un poco injusto, pero comprendía a la despiadada sociedad; no importaba cuánto dinero tuvieras, sino eras par del reino no tenías valor alguno dentro de la nobleza. Para esa gente sin escrúpulos, su padre era un don nadie porque toda su fortuna se la ganó trabajando como comerciante antes de heredar el título en su juventud.

Las cosas estaban claras para Isabella: hasta que ella no consiguiera un buen matrimonio, nadie tomaría en serio a Charlie Swan.

Esperaba, de todo corazón, que hasta el día de su presentación el amargado y despiadado conde de Hamilton abandonara este mundo. Ese ser era lo peor que su padre pudo llegar a conocer y para lamento de Edward era su tío; no obstante, no todo era tan malo, pues el hombre no tenía un heredero y una vez muerto, el título pasaría a ser únicamente de Edward, algo que a ella podía generarle un poco de esperanza.

No todo estaba perdido.

Aún existía la oportunidad de tener una vida junto a él; sin embargo, su verdadero problema radicaba en que no sabía a ciencia cierta cuando moriría el conde de Masen. Su madre, Rene Swan, garantizaba que se casaría en su primera temporada, puesto que para su desgracia, Isabella era muy hermosa y contaba con una dote bastante atractiva que podría conseguir muchos pretendientes que aspiraran a adueñarse de la misma.

Quiso ponerse a llorar allí mismo.

Edward la apreciaba y lo sabía, pero no había nada que indicara que sintiera una atracción física hacia ella. No podía culparlo, sólo tenía dieciséis años y su cuerpo no tenía curva alguna, era delgada; una ventaja según su madre porque se la consideraría una beldad, y una desventaja según ella, dado que había escuchado una conversación entre Hamilton y el abogado con el que trabajaba respecto a lo sabroso que podría ser tener una mujer con curvas bajo sus cuidados.

Debía confesar que no los entendió del todo bien; pero sabía de sobra que ella no tenía curvas y si no las obtenía en los años que le quedaban hasta su presentación, Edward no querría cuidar de ella.

Todo aquello le resultaba tan frustrante que quería contárselo a alguien para que pudiera darle una serie de consejos y respuestas. Era una lástima que su hermano estuviera por su tour por Europa y sus padres no fueran los mejores oyentes que podría llegar a tener. Estaba sola y sola tendría que contestar sus propias preguntas, como también recibir sus propios consejos.

Nada podría salir mal, ¿verdad?

Esperando por más de una hora que Edward se despertara, para generar un casual encuentro, arrugó el entrecejo al ver que el hombre no se movía ni un ápice. Era extraño, ¿quién se dormía en medio de la nada donde los lobos pudieran atacarlo?

Bueno… quizás no lobos, pero sí hormigas hambrientas.

Gruñona y cansada de esperarlo, avanzó hacia el atractivo cuerpo con determinación. Al ver que efectivamente estaba dormido, su ceño se suavizó y muy cuidadosamente terminó de acercarse al cuerpo laxo que dormía en el césped.

—¿Edward? —inquirió con delicadeza, en ellos existía una gran confianza y para Isabella ya era normal llamarlo por su nombre.

Él no se movió.

—¿Edward? —Traviesamente, le dio un suave toque con la punta del escarpín en la costilla.

La sonrisa se le borró y rápidamente se arrodilló junto a él; inclinó la cabeza para poder verificar que estuviera respirando —sí, siempre solía dramatizar todo—. Sus bucles castaños acariciaron la mejilla masculina y los retiró de sopetón con la respiración entrecortada.

—Edward —volvió a susurrar, sin alejarse de él y su fragancia masculina inundó sus fosas nasales. Incapaz de sostenerse, posó una mano en el pecho masculino e inspiró su olor. No se apartaría, ese momento era tan mágico que estaba segura que jamás tendría uno igual.

Armándose de valor, giró levemente el rostro hasta encontrarse con los finos rasgos del pelinegro. Sus espesas cejas estaban rectas y quietas, algo poco común, pues él tenía la manía de juguetear con ellas cada vez que hablaba. Sus pómulos altos y cubiertos por una barba incipiente estaban pálidos. Miró sus labios y tragó con fuerza, estaban pegados en una fina línea y el suave color rosa delataba su suavidad.

Era hermoso.

Sus osadas manos acariciaron la pálida mejilla y rozó la punta de sus narices con parsimonia. Estaba caliente y relajado, ¿estaría igual si despertara y la viera casi encima de él?

Lo más probable era que no.

Estaban a una distancia razonable de su casa, su madre jamás se enteraría de nada y ese era el único momento a solas que tendría con él ese verano, por lo que no saldría huyendo; al menos no hasta que él despertara.

—Edward… —volvió a llamarlo con suavidad, manteniendo los labios a menos de un centímetro de distancia de los de él—. Lo siento —musitó con un hilo de voz y lo besó.

Sus bocas se juntaron y Isabella gimió deleitada, inexpertamente acarició los labios llenos con los suyos y poco a poco fue ganando distancia. Antes de que pudiera soltarlos, una presión en su nuca la hizo jadear y abrió los ojos, sorprendida, entrando en pánico al encontrarse con la oscura mirada de Edward sobre ella.

Antes de que pudiera excusarse o decirle cualquier mentira, su boca fue sellada por la suya, dejándola aturdida. Incapaz de moverse, ahora por la conmoción, Isabella parpadeó varias veces escuchando los gemidos ahogados de Edward.

La estaba besando y…

—¡Ah! —chilló cuando la hizo rodar, hasta dejarla boca arriba sobre el césped—. Mmm… —gimió al sentir la ruda invasión de su lengua y juntó cerró los ojos entre asustada y excitada.

Su primer beso estaba siendo tomado por el hombre que deseaba, por lo que olvidó sus prejuicios y se concentró en hacer un buen trabajo para que él también disfrutara. Pronto cumpliría diecisiete, no era una niña ignorante, podía desempeñar un buen papel en un beso pasional.

—Ah… —Se arqueó al sentir un golpe en su pelvis y buscó con la mirada, respirando con dificultad. Era Edward, quien se mecía sobre ella y generaba un agradable roce entre sus cuerpos—. Ed… —le cubrió la boca con una mano y no la miró, tenía los ojos cerrados, como si le doliera verla en esa situación.

Con sus manos buscó liberar su boca, pero él la acalló con otro beso voraz. Lo abrazó por el cuello, dejándose hacer todo con él. Se aferró a sus hombros cuando la forzó a separar las piernas y con los latidos desbocados sintió la mano masculina sobre su muslo derecho, apretando la tierna piel con una fuerza desmedida que le generaba todo un estremecimiento en su centro palpitante.

Mordió el labio inferior que apresaba los suyos y él gruñó, adolorido, liberando sus labios. La fulminó con la mirada y Isabella, quien adoraba toda la situación, hizo una mueca de dolor ante la mano que presionaba su muslo.

Él la soltó de golpe, ganando distancia, y se preocupó al verlo tan pálido y asustado.

¿Qué le sucedía?

—Ed…

—¡¿Edward?!

El pánico la invadió, ¡su padre no llegaría hasta mañana a primera hora!

Sin esperar a que le dijera algo, Isabella se puso de pie y salió huyendo lo más lejos posible para que su padre no la viera en aquel estado tan desastroso.

No se volvió para mirarlo, no necesitaba su arrepentimiento, estaba lo suficientemente feliz como para sentirse triste por lo que hicieron.

Dios santo… ¡¿qué demonios fue todo aquello?!


HOLAAAAAAA y volvi, lo se prometi subir ayer pero me quede sin inter todo el dia, recien llego =( hubo un saturamiento de uso de internet en mi ciudad (palabras de la empresa de internet) pero bueno que tal les parecio

Nos vemos el lunes, y sueñen con nuestro sexy conde