「Eren」
Mi móvil comenzó a sonar estrepitosamente, sacándome del laberinto que se había formado en mi cabeza. Alargué la mano hasta la mesita de noche y miré con desgana pantalla. No me sorprendí al comprobar que se trataba de ella. En realidad me hubiese sentido decepcionado si no me hubiese llamado. Aun a sabiendas de lo que iba a decirme y de los modos que utilizaría para hacerlo decidí responder. No es que aquella opción me resultara de lo más atractiva, pero era lo que tenía que hacer. Mi compleja situación no me permitía otra cosa.
—Dime —respondí con pesadez en cuanto deslicé el dedo por la pantalla. Ya no había vuelta atrás... Ahora tendría que aguantar un horrible interrogatorio, había sido una mala idea.
— ¡Eren! —contestó mi madre, aliviada, al otro lado de la línea— ¿Se puede saber dónde estás? ¡Deberías haber llegado hace media hora! Tienes a la pobre Historia dando vueltas con el coche por los alrededores, esperando que llegues... ¡Está al borde de un ataque de ansiedad! —explicó de corrido, sin dejarme tiempo para contestar a su primera pregunta—. Eren, se supone que hoy es el día más importante de tu vida y mira lo que estás haciendo... Haz el favor de venir ya porque...
En ese momento dejé mi cerebro en modo suspensión. Bastantes problemas tenía ya como para soportar el tono exigente de mi madre. Sentí rabia por la presión a la que me estaba sometiendo solo porque ignoraba datos que en su momento decidí no contar.
—Eren, ¿me estás escuchando? ¡Eren! ¡Eren! —repetía, con la voz cargada de nerviosismo.
-Tranquila, te he escuchado perfectamente —respondí con un forzado tono sosegado—. Tardaré unos quince minutos... Y no me llames más.
Iba a colgar, pero en ese momento la voz de mi madre gritando mi nombre a través del pequeño auricular me detuvo. Volví a bufar, esta vez con más fuerza. Ya le había dicho que iba a ir y todavía parecía no estar contenta.
— ¿Qué ocurre ahora? —pregunté, intentando no perder la paciencia.
—¿Dónde estás?
—En mi casa, ya te he dicho que tardaré unos 15 minutos... Iré en moto, no sufras.
—¿Pero qué estás haciendo allí todavía?
—He tenido un pequeño contratiempo…Pero no te preocupes, que ya está todo solucionado -dije atravesando el salón a zancadas.
—¿Pequeño contratiempo? ¿Qué puede ser más importante que tu...?
No la dejé terminar. Estaba harto de esta conversación de besugos. Ya le había dicho todo lo que necesitaba saber, no tenía sentido que siguiéramos hablando.
—Mamá. —Mi tono esta vez fue firme—. Si me sigues entreteniendo tardaré el doble en llegar, así que vamos a dejarlo aquí. Te veo en un momento... y tranquilízate ya, por favor... Te quiero.
Colgué antes de que pudiera replicarme. Quería mucho a mi madre y sentía que me estaba pasando con ella. Entendía que la mujer estuviera mal... En esa situación cualquiera lo estaría. Metí el móvil en el bolsillo de mi pantalón y antes de abrir la puerta me miré en el espejo de la entrada.
—Ridículo —casi susurré al ver mi reflejo.
Tal y como prometí, al cabo de quince minutos ya estaba en la puerta de la iglesia. En cuanto llegué mi madre se apresuró a recibirme con un abrazo.
—Menos mal que al final has venido —dijo cerca de mi oído—. Pensaba que ibas a escapar... ¡Qué disgusto me hubieses dado!
No me dio opción a responder, se colgó de mi brazo, esbozando una orgullosa sonrisa y tiró de mí, llevándome hasta el altar.
Mientras recorría el largo pasillo central me dediqué a reconocer caras. Entre los invitados pude distinguir, en la parte derecha, un grupo de jóvenes que me miraban emocionados. Al pasar por su lado, Jean tiró de mi chaqueta y me mostró su sonrisa burlona.
—Uh, Jaeger, casi te conviertes en un novio a la fuga, ¿eh?
Si las miradas matasen lo que se estaría celebrando en aquella iglesia sería el funeral del imbécil que tenía por amigo y no una boda. Al ver mi reacción, Mikasa le propinó un doloroso codazo y le dedicó una de sus miradas de odio. Jean la miró desconcertado y agachó la cabeza en un intento de disculparse. Sí, disculparse. Pero no conmigo, sino con ella.
—Sonríe un poco, hijo —me dijo mi madre con todo el disimulo que era capaz de usar.
Entonces reparé en mi expresión facial. Definitivamente no era la personificación de un novio que estaba a punto de casarse con la mujer de su vida. Intenté alzar las comisuras de mis labios para complacer a mi madre, pero creo que el resultado no fue exactamente el que esperaba. No podía sonreír, no en ese momento en el que sentía cómo mi mundo se estrellaba contra el suelo, rompiéndose en miles de pedacitos que se esparcían alrededor de mis pies. Sentí unas tremendas ganas de huir allí, de mandar a todo y a todos al mismísimo infierno.
Cuando quise darme cuenta ya estaba frente al altar, esperando que sonara la marcha nupcial que advertía de la entrada de Historia. En cuanto las notas invadieron mis oídos me di la vuelta y enfoqué mi mirada en ella. Estaba preciosa, no podía negarlo. Caminaba con gracia y se la veía ansiosa por llegar a mí. Miré a mi madre, que contemplaba a mi novia maravillada.
Volví a mirar a Historia, quien estaba a un metro escaso de mí. Le tendí mi mano y ella la agarró sin pensarlo. Antes de que comenzara la ceremonia me miró de arriba a abajo, analizando hasta el último detalle.
—Estás muy guapo —me susurró al oído para después regalarme una sonrisa que trastocó todos mis pensamientos.
Por un momento lo olvidé todo y me dejé llevar por la dulzura de su rostro. Solo tenía ganas de besarla, de salir de allí con ella de la mano y correr hacia algún lugar en el que nadie pudiera encontrarnos. Pero ese impulso se esfumó en cuanto volví a recordar la información que había recibido recientemente.
—Tú también. —Fue todo lo que respondí. Ella me miró confundida, pero volvió a sonreír.
Durante el prolongado monólogo del sacerdote me dediqué a escoger las palabras exactas. Lo que iba a hacer en unos minutos no era nada sencillo y definitivamente no quería quedar como un idiota que ni siquiera sabía hablar con propiedad. Me sorprendí a mí mismo sin haber elaborado mi pequeño discurso cuando el sacerdote se dirigió hacia mí y me felicité por anticipado por quedar como un auténtico imbécil.
—Eren Jaeger, ¿aceptas a Historia Reiss como tu esposa, prometes amarla, respetarla, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte os separe?
Tragué saliva, el momento había llegado. Miré a Historia, que me observaba sonriente esperando mi "sí, quiero" como si de agua de mayo se tratase.
—No puedo, Padre —contesté al fin.
Historia abrió los ojos de una forma exagerada, su boca se curvó en una mueca de incomprensión y los murmullos empezaron a correr por toda la iglesia. El sacerdote pidió silencio a unos asistentes que estaban igual de aturdidos que él. Solté las manos de mi prometida suavemente.
—Eren, hasta este momento has estado contestando afirmativamente a todo lo que os he preguntado -comenzó a decir el sacerdote. — Te lo preguntaré de nuevo... ¿Quieres recibir a Hist...?
—No es que no pueda, Padre. Es que no quiero —lo corté con toda la frialdad del mundo. Ella me miraba con los ojos anegados por las lágrimas que luchaban por correr sus mejillas abajo.
— ¿Por qué? —preguntó, con un hilo de voz.
—No puedo creer que tengas el valor de preguntarme algo así —dije haciendo un esfuerzo titánico por mantener la postura y no quedar como un energúmeno. Aunque no me faltaran motivos con los que poder justificarme.
Resoplé y dirigí mis pasos por la nave central hasta llegar a la altura de mi grupo de amigos. "Es ahora o nunca, Eren", me dije a mí mismo y armándome de valor y serenidad a partes iguales, clavé mi mirada en uno de los más altos.
— ¿Por qué mejor no lo explicas tú, Reiner? —pregunté con tono altivo. Lo había decidido, no iba a dejar que ese traidor se riera más de mí— ¿O acaso es que tienes valor para tirarte a mi novia pero te faltan cojones para reconocérmelo en la cara?
Los murmullos murieron, los invitados se quedaron paralizados y mi sangre comenzaba a fluir con fuerza por mis venas. El silencio se ensució cuando los tacones de Historia repiquetearon el suelo con rápidos pasos. Rodeó mi muñeca con sus dedos y me obligó a mirarla. Lo último que quería era tener contacto con ella.
—Eren... Eren, por favor, ¿qué estás diciendo? ¡Entre Reiner y yo no hay nada!
—No te atrevas a negarlo. —Me zafé de su agarre—. No lo niegues porque será todo peor.
Para aquel entonces, las lágrimas habían ganado la batalla y comenzaron a empapar su rostro. Me dolía verla así, al fin y al cabo no puedes dejar de amar a una persona en dos días, pero una parte de mí comenzó a disfrutar de su sufrimiento. Me planteé si realmente era mala persona o si por el contrario aquel placer que sentía al verla sufrir era producto de mi sufrimiento.
—Tómate un momento y cálmate, ¿de acuerdo? —Trató de convencerme, volviendo a tomar mi mano entre las suyas.
—Sería perder el tiempo.
—Eren, por favor... —repitió, con la voz rota por el llanto. Me mordí ligeramente el labio y decidí dar por terminado el espectáculo de telenovela barata que estábamos dando.
—Paso. —La miré con la misma frialdad con la que había mirado a Reiner y tiré de mi mano violentamente para que me soltara. Ella intentó acercarse de nuevo pero yo la aparté. En ese punto me estaba empezando a dar asco su maldito contacto. Dirigí mis ojos a Reiner, decidido a dar el estoque final—. Toda tuya, amigo traidor. Sólo espero que a ti te quiera lo suficiente como para no engañarte con otro y hacerte sufrir... —Hice una pausa para mirarlo con desprecio—. Aunque quizá sea eso lo único que mereces.
Dicho eso, llevé mis pasos hasta la salida, dejando a todo el mundo atónito. Escuché a Jean y a Mikasa gritar mi nombre. Pasé de ellos y me concentré en llegar a mi moto y huir de allí. Cuando estaba a punto de marcharme una mano, acompañada de una voz jadeante, bloqueó la mía aferrada al acelerador.
— ¿Qué narices pasa? -preguntó Jean.
—Ya te lo contaré todo, cara caballo... Ahora apártate y deja que me marche —contesté, haciendo rugir a mi moto.
—Eren, ¿estás bien?
— ¿Tú qué crees? —solté obviedad y aceleré escapando de allí.
— ¡No hagas ninguna tontería, suicida de mierda! —lo escuché gritar.
