Disclaimer: Ni K ni sus personajes me pertenecen. Tama y las dos Ocs que se nombran sí

Advertencia: AU Universitario, mención de ocs

~.

2. Puzle

El último rayo de luz muere cuando Fujishima coloca un trozo de papel de periódico en el cristal de la ventana y lo fija con cinta aislante. Con la ventana tapiada y la bombilla del techo a punto de fundirse, más que nunca el cuarto de Eric parece un zulo. Un espacio de apenas seis metros cuadrados con una cama desecha y muebles baratos. Aunque a Fujishima siempre le ha parecido algo triste, para E ric es más que suficiente.

—Ya está, ventanas protegidas –Fujishima se separa un poco de los cristales y admira su trabajo. –Oficialmente estás preparado para el tifón.

Eric observa desde la cama las ventanas llenas de cinta aislante y periódicos antiguos.

—No me siento más seguro.

Tama, el gato gordo naranja que Fujishima dejó en su casa para que lo cuidara durante unos días, sale de su hueco de entre la cama y el armario y se queda mirando las ventanas. Encoge las patas y antes de que quieran darse cuenta, salta al escritorio. Eric entrecierra los ojos y maldice a ese gato de Satán cuando comienza a tirar todas las hojas y los bolígrafos con el rabo mientras se mueve. Gato canalla. Para saltar a su mesa y destrozarle sus pocas posesiones no está gordo, pero para subirse al sofá del comedor a dormir bien que pide ayuda. Se desliza hasta la ventana, se pone sobre dos patas y comienza a arañar y rasgar los periódicos.

Si es que se tiene que reír.

—Al gato tampoco parece que le guste.

Fujishima le ignora y antes de que Tama termine de arruinar todo su trabajo, le toma entre sus brazos con mimo y le baja al suelo. El gato se resiste y ni las palabras amables del pelirrojo ni sus caricias logran apaciguar su carácter arisco. Fujishima termina arrugando uno de los periódicos que le ha sobrado hasta convertirlo en una pelota y lo lanza hacia el pasillo a la vez que anima a Tama a jugar con él.

Que bicho más simple.

La bola de pelos naranja se pierde por el pasillo con el juguete improvisado y Eric piensa que al menos es una manera de que haga ejercicio. Ve a Fujishima arreglar el pequeño desastre que ha ocasionado el gato con más papel de periódico y una sonrisa entre los labios. Desde hace unas semanas llevan advirtiendo que un tifón de gran magnitud va a azotar el país entero y toda la población ha comenzado con los preparativos. Muchos barrios están siendo evacuados y en los supermercados las estanterías comienzan a estar muy vacías. Esa misma mañana Fujishima se ha presentado en su apartamento con un cargamento de comida enlatada y cartones para tapiar las ventanas.

Eric todavía no ha tenido el valor de preguntarle por qué lo hace.

—Ahora sí que sí.

Fujishima le dedica una sonrisa de medio lado y Eric aparta la mirada. Se ha hecho un piercing en la ceja izquierda y le queda tan endemoniadamente bien que al rubio le cuesta sostenerle la mirada sin que un cosquilleo le recorra entero.

—No tenías por qué haberte molestado…si me lo hubieras explicado con un mensaje podría haberlo hecho yo.

Eric se tensa cuando Fujishima se sienta a su lado. Hace un par de horas que ha comenzado a llover y el susurro del viento se cuela entre las esquinas de la ventana. Escucha a Tama trastear en el pasillo, las risas de sus compañeras de piso desde el salón, su corazón desbocado amenazando con delatarle. Hace un par de años tuvo el valor de robar a su dueño y largarse a comenzar una nueva vida pero ahora, ahora apenas es capaz de enfrentarse a todo lo que significa Fujishima.

—Me apetecía verte.

Es un enigma, el secreto mejor guardado del universo. Las noches en vela que pasaba aterrado pensando que Hikawa iba a descubrirlo en cualquier momento han quedado muy atrás, sepultadas por toda aquella frustración que le carcome por dentro hasta dejarlo más confundido que nunca. Porque un chico que conoce de apenas unos meses no deja de buscar su compañía, le mira como nunca antes le había mirado nadie.

Se recorre media ciudad en medio de un tifón para llevarle provisiones y refuerzo para las ventanas.

Eric sabe cómo asesinar sin ser visto, pero no tiene ni idea de cómo lidiar con alguien como Fujishima.

Da un respingo cuando el teléfono del pelirrojo suena por toda la habitación. Fujishima saca el aparato del bolsillo de los vaqueros y Eric no puede evitar mirar de reojo la pantalla del móvil.

—Mmm.

— ¿Qué pasa?

—Han cerrado todas las líneas de metro –los dedos de Fujishima vuelan por el teclado del móvil a la vez que se muerde el labio inferior. –Parece que de aquí a una hora la cosa se va a poner bastante fea.

Como si sus palabras fueran un presagio, el viento comienza a azotar las ventanas de la habitación con rabia y Eric no puede evitar pensar que de nada van a servir los periódicos pegados a los cristales si la estructura de la ventana es una chapuza. Se encoge entre la sudadera. Si han cerrado las líneas del metro Fujishima no va a poder regresar a su casa, al menos hasta mañana.

Eric le echa una mirada furtiva. La vida le ha hecho desconfiado y por mucho que Fujishima se haya ganado un hueco en su corazón, es incapaz de acallar las voces que gritan peligro en cada rincón de su mente.

Tenía que haber sabido que no iba a poder volver a casa.

Las voces se acallan cuando Fujishima aparta la mirada del móvil y la clava en sus ojos. El nudo en el estómago le sube hasta la garganta y le corta el aliento. Es el color de sus ojos, el brillo y la calma que desprenden. La mirada de Fujishima es tan transparente y sincera que no tiene miedo de zambullirse en ella y dejarse guiar. No hay dudas, ni dobles sentidos, tan solo promesas irrompibles y una seguridad que no había sentido en años.

O tal vez Eric ha terminado de volverse loco y ve cosas donde no debería.

— ¿Puedo pasar aquí la noche? Igual Tama me hace hueco en su cama.

A Eric se le escapa una sonrisa con tan solo imaginárselo.

—Por mí no hay problema, pero ese gato se come hasta nuestras sobras, no creo que esté muy por la labor de compartir nada. –En realidad Tama ignora bastante la cama que le trajo Fujishima y suele dormir en el sofá del salón. Y si ha tenido un mal día, invade la cama de Eric. La primera vez que subió a su cama en mitad de la noche por poco le apuñala sin querer, pero Fujishima no tiene porqué saber eso.

—Gracias –el pelirrojo se levanta de la cama y echa un rápido vistazo a la habitación. –Aunque…igual tenemos un pequeño problema de espacio, ¿no?

— ¿Eh? –Eric le imita, se queda mirando la cama individual y el estrecho espacio del cuarto. –Ah –se le escapa cuando al fin logra entender a lo que se refiere Fujishima. –Sí, ya.

Solo hay una cama.

Su rostro debe ser todo un poema porque Fujishima se apresura a añadir:

—No te preocupes, si a tus compañeras no les molesta puedo dormir en el sofá del salón.

Una nueva ráfaga de viento golpea las ventanas con tal fiereza que Eric siente temblar la habitación entera. El sonido de las gotas de lluvia chocando contra el cristal se le mete hasta lo más hondo de la cabeza hasta que solo queda él, una habitación muy oscura y aquel repiqueteante ruido que le recuerda a cientos de insectos y roedores correteando de un lado a otro. El viento arrastra consigo una ronca carcajada que le hiela la sangre y le pone los pelos de punta. Hay alguien. Eric está seguro que hay alguien al otro lado de la ventana golpeándola y disfrutando del miedo que crea.

Ahora no eres tan valiente, ¿verdad?

La voz cruel de su dueño se arrastra entre la tormenta e infecta todo su ser, igual que los viejos tiempos. Le enrosca las piernas al suelo, le estruja los pulmones hasta casi dejarle sin respiración. Eric está tan paralizado que no es capaz de darse la vuelta y enfrentarse a quien sea que esté detrás de su ventana. Siempre pensó que cuando llegará el temido momento en que le encontraran echaría a correr como si su vida dependiera de ello.

Que equivocado estaba.

Un último golpe retumba entre los cristales –un puñetazo, ha sido un puñetazo – y el susurro del viento trae consigo la sentencia de muerte que recta desde su oído hasta el alma.

Te encontré.

Entonces todo ocurre demasiado rápido.

Eric se aferra al brazo de Fujishima. Lo aprieta entre sus manos como si fuera su última esperanza, la soga que lo amarra e impide que caiga al vacío. Su chaleco salvavidas, su último contacto con la realidad. Es Fujishima el que está en su habitación, al que sostiene entre sus manos. No su dueño, no su pasado. Solo Fujishima, que huele al bizcocho de canela que ha cocinado Luz y a papel de periódico.

Él no está aquí, él no está aquí.

Porque si lo estuviera, Eric ya estaría muerto.

—Espera –su voz es apenas un susurro rasgado, un ruego que escurre entre los labios como el cauce de un río. –Si-Si lo del sofá no te hace mucha gracia tengo un saco de dormir en el armario…y Gabi puede prestarte su colchoneta de yoga y…–se detiene en mitad de la súplica cuando se da cuenta de que quién está hablando en verdad es ese Eric de apenas ocho o nueve años que todavía mantiene la esperanza de que alguien le salve. De golpe, suelta el brazo de Fujishima y se aleja un par de pasos de él. Eric no se atreve a mirarle, se muerde los labios y añade entre balbuceos: –Si-Si quieres claro, supongo que será más incómodo el saco que el sofá. Sí, bueno, voy a preguntárselo a-

—Eric.

Fujishima le corta el paso. Apoya ambas manos en sus hombros y al rubio se le olvida como respirar. Lentamente sube la mirada hasta encontrarse con el rostro de Fujishima. Sus facciones son un remanso de paz y seguridad. La sonrisa torcida ilumina todo su rostro y durante un instante, Eric siente que podría confiarle su vida.

— ¿Tú que prefieres? Y no me digas que te da igual.

Sus manos sobre los hombros las siente la mar de reconfortante, como si fueran capaces de librarle de toda la carga que lleva a la espalda. Eric traga en seco, cierra los ojos y al igual que aquel día que les pilló una tormenta a la salida de la biblioteca de filología y Fujishima le prestó sus auriculares para que escuchara algo de música para no tener que oír los truenos que rompían en el cielo, se deja llevar.

—Quédate.

Que pueda ver la sonrisa de Fujishima aun teniendo los ojos cerrados, no sabe cómo interpretarlo.

~.

—No me creo que seas tan bueno jugando al póker. ¿Cuál es tu secreto?

Eric recoge las cartas y comienza a barajarlas de nuevo. Llevan jugando un buen rato y Fujishima todavía no ha sido capaz de ganarle ni una vez. En mitad de una de las partidas Tama se subió a la cama con ellos y se enroscó entre las piernas del pelirrojo. En más de una ocasión tuvieron que volver a empezar el juego porque a la reencarnación felina de Satán le encanta el caos y no hacía más que tirar las cartas del pelirrojo o revolverse encima del montón de cartas de las que se habían descartado. Al final Fujishima logró que se durmiera y hasta Eric tiene que admitir que dormido no parece un gato cabrón.

—Ninguno, es que tú eres muy malo.

Los dos se ríen y Fujishima le admite que es posible que el póker no se le dé demasiado bien.

—Prefiero el Uno.

El juego pasa a segundo plano y se entretienen hablando de todo y de nada. Fujishima le cuenta que de adolescente tocaba el bajo en un grupo punk y que a veces lo echa mucho de menos, mientras que Eric maquilla su pasado hasta lograr contar anécdotas decentes y creíbles. Sin embargo con Fujishima es todo tan sencillo, tan fácil, que Eric no tiene ni que esforzarse en fingir ser alguien que no es ni medir demasiado sus palabras. Es la vida que ha estado buscando.

De pronto, la bombilla del techo se funde con un fogonazo y la habitación queda en penumbras.

A Eric se le corta la respiración.

—Tranquilo, no se ha ido la luz, que mi móvil sigue cargando –escucha a Fujishima a su lado y entre las sombras llega a entrever su brazo moviéndose en dirección al interruptor que hay al lado de la cama. –Solo se ha muerto la bombilla.

Aunque las palabras de Fujishima han conseguido aliviarle, no se permite bajar la guardia. Agudiza el oído, cada músculo de su cuerpo está en tensión, alerta, listo para empuñar la navaja que guarda debajo de la almohada al mínimo indicio de ataque. Reconoce la respiración apaciguada de Fujishima y los sonidos roncos que hace Tama cuando duerme. Fuera, el tifón está más vivo que nunca. Arrecia en un espectáculo atronador, grita y gruñe y aporrea la ciudad como si quisiera destruirla entera. Hasta ese momento Eric había podido evadirse de la tormenta y centrarse solo en Fujishima y su charla banal, pero ahora, en la oscuridad más absoluta, siente el tifón en cada centímetro de su piel. Porque lo que choca contra las ventanas, es violencia pura.

Con la mano temblorosa, Eric tantea la mesilla de noche hasta dar con el interruptor del flexo. Sus hombros se aflojan cuando la luz amarillenta alumbra el cuarto y parte de su corazón.

—Eric –Fujishima le habla en voz baja, como si temiera que el tifón les encontrara tan solo con el sonido de su voz. –Ven, acaricia el lomo de Tama.

— ¿Qué?

—Hazme caso –las sombras en su rostro que se generan por la luz del flexo le dan un aire misterioso y Eric se pregunta si el estruendo de la tormenta no ha terminado por volverle loco. —Coloca aquí la mano –Eric le obedece por inercia, casi como un conjuro. Deja la mano apoyada sobre el pelaje cálido de Tama y espera. —Cierra los ojos y céntrate en su respiración.

Esta última parte le cuesta algo más, pero la mirada de Fujishima le grita más alto que el tifón que confíe en él y una vez más en lo que va de noche, se deja guiar.

Su mano sube y baja como un balanceo, un baile lento. Tama duerme ajeno a la cruenta batalla que se está librando fuera y su respiración es tan pausada que llega a ser hipnótica. Eric la siente más allá de la palma de su mano, le llega incluso al pecho y es entonces cuando se percata de lo acelerada que tenía él su propia respiración. Se acompasa a Tama, inspira y espira e incluso termina por acariciarle entero, de un lado a otro, en suaves círculos, hundiendo los dedos allí donde sabe que al gato le gusta más.

Eric abre los ojos cuando sus dedos rozan la mano de Fujishima.

—Perdo-

—No –el pelirrojo no le da la oportunidad de retirar la mano. Entrelaza los dedos con los suyos y durante unos instantes ambos se quedan mirando sus manos unidas, como si fueran piezas de un puzle que al fin han logrado encajar. –Está bien, de verdad que está bien.

Eric se ahoga en Fujishima. En la suavidad de sus dedos, la seguridad en su voz. Siente como si lo estuviera viendo por primera vez y la cálida mirada le provoca tal vértigo que el cosquilleo del estómago le sube hasta la garganta y las palabras sobran más que nunca. Está en todas partes, le colma el pecho, vibra en cada partícula de su ser. Jamás había sentido nada parecido.

Tan sumamente real.

— ¿Por qué eres así conmigo? –le susurra a duras penas. La pregunta se le ha atragantado en la garganta y no está seguro si Fujishima ha llegado a percibir la desesperación en la voz, la súplica en la mirada. Porque de verdad Eric no lo entiende y necesita respuestas.

La respuesta llega en forma de sonrisa, de caricia sobre la palma de su mano, de los labios de Fujishima sobre su frente.

—Tal vez porque me gustas.

Fujishima se arrima hasta él y en un impulso que no sabe muy bien de dónde viene, Eric recuesta la cabeza en su hombro y vuelve a cerrar los ojos. Sus manos continúan entrelazadas encima de Tama y ahora el tifón parece más lejano que nunca. O quizás es que Fujishima y sus dulces palabras han logrado vencerlo, porque Eric se siente más protegido que nunca, la lluvia aminora y del pánico y la ansiedad tan solo queda el recuerdo. Y es en ese momento, todavía con los ojos cerrados y su mejilla contra el hombro de Fujishima, cuando Eric se permite admitir que tal vez, solo tal vez, a él también le guste un poco.

Ninguno habla durante el resto de la noche y al final el saco de dormir no es necesario.

N/A: Sigo llevando la cuarentena regular, en mi país son imbéciles y el lunes mucha gente va a volver al trabajo aunque los hospitales están colapsados so todo no ok. A finales de mes iba a ir a Londres a ver un musical que se llama Be More Chill y obviamente lo han cancelado y bueno, lo entiendo pero estoy triste y cabreada y la semana que viene me toca ir al psiquiatra a por mis drojas y al ginecólogo a por más drojas y ansiedad :'''''''''''')))))) Sorry necesitaba desahogarme, que se que aquí no me lee ni dios y puedo lloriquear sin sentir que molesto :''')

El fujieric me ayuda muuuucho. Me hacen sentir a salvo, en casa. Como que todo se puede ir a la mierda pero ellos van a estar ahí y siempre encontraré algo de lo que escribir de ellos. También estoy planteando mis propios proyectos y bueno, al menos la cuarentena no me ha quitado la capacidad de crear.

Gracias por leer.