Por última vez: capítulo segundo


Cuando el tren sale del último túnel y se adentra en el entramado de calles del Capitolio, parece que hayamos cambiado de mundo. Las luces son cegadoras, tan brillantes que podrían competir con el sol. Nada parece natural en este lugar y nada tiene que ver con lo que conozco o lo que he podido ver a través de la ventanilla del tren de otros distritos. Me hace sentir incómodo y ni siquiera estoy fuera, como si me picara la piel. Según disminuye la velocidad es posible apreciar los edificios, de acero, cristal y otros materiales que desconozco, coloreados estrambóticamente, formando un mosaicos de luces. Las calles están ordenadas en perfectas cuadrículas y los capitolinos caminan por ellas como hormiguitas despreocupadas, cargando telas de lujo y kilos de maquillaje y pelucas sobre sus cuerpos. Parecen cualquier cosa menos personas, pero cuando dejamos el tren, se apilan para darnos la bienvenida, entre flases, cámaras y gritos de aliento, y nos escoltan como si de verdad les importáramos algo.

Enseguida nos llevan al Centro de entrenamiento, planta 12. Nuestra pequeña comitiva no se cruza con nadie por el camino.

—¿Qué os parece? —Pregunta Effie, extendiendo los brazos, y al parecer, esperando que suframos un síncope de admiración por el lujo que nos rodea.

No han escatimado en gastos, pero tengo que morderme la lengua para no decir que lo que me parece es simplemente feo. Empiezo a sospechar que esta gente no tiene una idea muy clara de lo que es la belleza. Effie nos indica cuales serán nuestros cuartos. Katniss y yo nos hemos quedado parados frente a las puertas, indecisos sobre cual elegir sin saber siquiera qué es lo que vamos a encontrar dentro

—Podéis dormir juntos, por supuesto —comenta Haymitch con sorna—, pero recordad que tenéis que llegar enteros a los Juegos, nada de sacarse los ojos antes de tiempo.

Lo ignoramos y entramos cada uno en una habitación. Las puertas están contiguas. Tampoco estaremos muy lejos el uno del otro. Aunque me tranquiliza que haya una pared de por medio. Tal y como están las cosas, lo de los ojos que ha comentado Haymitch no me parece una posibilidad tan remota.

Mi habitación es amplia, bien iluminada y perfectamente protegida. Ninguna de las ventanas puede abrirse desde dentro y sospecho que desde fuera tampoco. Me han dado un rato para que me relaje antes de conocer a mi estilista. Se me hace raro no tener nada que hacer. La vida en el distrito es un frenesí por intentar conseguir algo que llevarse a la boca. Aquí puedo obtenerlo simplemente apretando un botón de los cientos que hay en un panel colocado en la pared. Sobre la mesa descansa un menú con más páginas que nuestros libros de la escuela. Ningún plato contiene menos de diez ingredientes, de los cuales la mitad no me suenan. Sigo pensando que es nauseabundo todo lo que rodea el estilo de vida del Capitolio. Todos los recursos de los que carecemos en los distritos (el agua, la electricidad, la comida), aquí los desperdician como si fueran infinitos. Sin embargo, no hay que ser in lince para saber que si quiero hacer algo en los Juegos tengo que empezar por ponerme un poco más gordo. Empiezo a ojear las páginas del menú, pero me quedo dormido intentando decidir que pedir.


—¿Qué es eso? Le pregunto a mi estilista.

Es una mujer joven llamada Portia, no demasiado aberrante para lo que se ha visto en la televisión otros años. Los estilistas son verdaderas estrellas, la gente apuesta por cuál es el mejor diseño del desfile y se basan, en parte, en eso para apostar sobre la arena. Menuda chorrada, como si el tributo tuviera algo de mérito. Aunque acceder a ponerse los ridículos adefesios que he visto algunos años en los desfiles, tengo que reconocer que requiere agallas.

—Son plumas de cisne negro —responde la mujer—. Creo que no era negro e igual tampoco son de cisne, pero esa es la idea.

De momento llevo una especie de bata de hospital, ya que me he negado a quedarme como mi madre me trajo al mundo delante de esta desconocida. Cuando hemos llegado me han dejado en manos de mi equipo de preparación, dos hombres idénticos venidos del mundo de plumalandia que solo podía diferenciar porque uno llevaba pendientes y el otro no. La tercera era una mujer teñida al completo de rosa fucsia. Ella le habría fascinado a Posy, mi hermana pequeña, pues es su color favorito. El trío rarito me ha lijado, frotado, embadurnado con cosas y desprovisto de cualquier pelo que no fuera el de la cabeza. He estado a punto de negarme, pero Haymitch me advirtió por la mañana que o me dejaba hacer, o no había trato en cuanto a lo de encargarse de mi familia.

Sigo mirando el amasijo de plumas con desconfianza. Una cosa es dejar que me restrieguen tres raritos y otra hacer el ridículo frente al país entero.

—¿Y dónde se supone que vas a ponérmelo? —cuestiono a la estilista.

—En la cabeza. Es un tocado. Tu compañera de distrito tiene otro preparado para ella. He acordado con Cinna, su estilista, que hagáis conjunto durante el desfile, ya que sois pareja.

Estoy a punto de decirle que no somos pareja, pero recuerdo la conversación de anoche con Haymitch. Miro el resto del atuendo y no estoy seguro de lo que veo. Es un batiburrillo de telas, demasiadas telas para llevarlas una sola persona encima. Ha llegado el momento en que pienso que no voy a poder soportarlo sin ayuda de Katniss, por muy indignada que esté conmigo. No pienso ponerme esas plumas en ningún lado si no me aseguro al menos que ella también las lleva.

Debo de ponerme muy impertinente con el tema, pues al final acceden a llevarme a verla.

No mentían. Katniss, efectivamente, lleva otro amasijo de plumas rodeando su cabeza como una diadema. Éstas se unen a un antifaz en tono dorado que oculta sus rasgos hasta los pómulos y la nariz. La piel de la cara que queda a la vista parece tan blanca que no podría distinguirle los labios si no estuvieran cubiertos de purpurina también dorada. De cuello hacia abajo le han puesto tantas cosas encima que es difícil distinguir una de otra.

Ella está frente a un espejo, observándose. Creo que no se ha percatado de mi presencia. No debería poner el dedo en la llaga, pero…

—Vaya cuadro —digo con guasa—. Al menos no se te ve la cara.

No se gira hacia mí al hablarme, aunque al menos lo hace.

—A mí no me disgusta precisamente por eso. ¿Por qué tú no llevas nada? –inquiere cuando se digna a observarme—. Os dije que iba a dar problemas —dice después, dirigiéndose a su equipo de preparación. Los contemplo y la verdad es que son igual de raritos que los míos.

—No estoy dando problemas.

—Sí los está dando —señala mi estilista.

—¿Puedo hablar con él un momento? —pide Katniss.

No sé qué tipo de poder le han dado a ella que yo no tengo (en mi caso esta gente me persigue hasta el cuarto de baño), pero acceden a su petición.

Katniss intenta sentarse en una silla, el perímetro de su vestido no acaba de encajar y tiene que optar por una butaca más amplia.

—Vas a tener que andarte con cuidado. Con toda esa tela es fácil tropezarse —digo.

—Ayudar empieza porque facilites las cosas —contesta ella—. Es importante que les gustemos, para ganar patrocinadores.

—Ayer te negaste a la sugerencia de Haymitch sobre presentarnos como amantes y tenía esa misma finalidad —apunto.

—Esa es otra historia —rebate ella.

—No me hace ninguna gracia tener que gustarle a nadie de este lugar. Con que les gustes tú me doy por servido.

Katniss se incorpora con dificultad y se me acerca hasta quedar a dos palmos de mi cara. Me siento un poco indefenso vestido con una fina bata que me llega hasta las rodillas. Casi noto su aliento. Me sorprende que se haya acercado tanto.

—Pues no haberte presentado —me espeta—. No puedes cambiar lo que hiciste ni viajar en el tiempo, ¿no es eso lo que dijiste en el tren? Así que colabora.

Sé que enfurruñarme con el tema del disfraz del desfile no es muy adulto por mi parte, ni tampoco está entre lo peor que nos va a pasar. Pero sigo en mis trece, me cruzo de brazos y me mantengo en silencio mientras ella continúa tratando de intimidarme con la mirada. Pierde un poco de credibilidad debido al atuendo y tengo que intentar no reírme. Aunque reconozco que está guapa de una forma rara y misteriosa. Katniss siempre me ha parecido bonita a su manera, su fuerza y su determinación le hacían ganar atractivo. Ahora está hermosa sin parecer ella.

—¿No escuchas lo que dicen? —pregunta después de un rato.

—¿Qué dicen? A mí nadie me ha dicho nada.

—Todo el mundo te considera apuesto. Eso ha dicho mi equipo de preparación sobre ti. Les pareces apuesto e intimidante —explica de mala gana, dando un paso atrás—. Tenemos que aprovecharnos, si es que es cierto.

–¿Apuesto? —inquiero.

—Guapo, supongo. No te hagas el tonto ahora, Gale. Que nos conocemos y ya sabes de qué va el asunto.

Me quejaba de lo que nos han puesto a nosotros (unas réplicas de disfraces del carnaval de una ciudad llamada Venecia, que desapareció inundada por el mar hace mucho tiempo, según me han explicado), pero algunos de los tributos de otros distritos son la central de la purpurina y desde luego, enseñan más carne. Katniss y yo parecemos algo entre peligrosos, enigmáticos y ridículos. Lo único bueno es que apenas mostramos la cara con las máscaras que nos han puesto.


Resulta que el desfile ha sido un éxito. El estilista de Katniss ha sugerido antes de salir que fuéramos dados de la mano mientras nos paseaban en carro, a lo que Katniss ha contestado con una negativa rotunda. Aun con esas, no sé qué tipo de información habrá filtrado Haymitch, pero Effie Trinket nos comenta en éxtasis que la opinión general ha sido buena y que la química entre nosotros hace saltar chispas. Si saltan chispas es por el cabreo de Katniss, desde luego, no creo que nos hayamos llegado a tocar durante todo el desfile si no ha sido por accidente.

Effie sigue cacareando sin parar, mientras Haymitch le da al vino y nuestros estilistas sonríen durante la cena que tomamos en nuestra planta. Nos han permitido quitarnos las vestimentas, ya que era imposible comer con todo eso puesto. También me he tenido que vestir por primera vez con la ropa que el Capitolio había dejado en mi cuarto para mí. Tengo que reconocer que la ropa es cómoda, suave y poco estrafalaria: una camisa blanca y pantalón oscuro. Cuando llego a la mesa hago que me sirvan de todo en el plato, aunque lo cierto es que no tengo mucha hambre. Es increíble que en el distrito estuviera hambriento todas las horas de todos los días y aquí es como si me hubieran hecho un nudo en el estómago. Empiezo a comer poco a poco y en silencio, tengo la intención de llenarme hasta reventar y aumentar varios kilos antes de entrar en la arena, pero como no me lo tome con calma lo más seguro es que vomite.

Mientras como, en la mesa hay una animada charla gracias a los estilistas, quienes no permiten que Effie monopolice la conversación.

—¿Quieres un poco de vino, Gale? —me pregunta ésta.

Katniss estaba concentrada en su plato, pero levanta la cabeza para mirarla de mala manera y Effie se ve obligada a justificarse.

—Un poco de vino no va a matar a nadie.

Puede que lo haga sólo para molestar a Katniss. Al parecer desaprueba el consumo de vino en mi persona.

—Pues mira, sí ─digo acercando la copa. Es de un cristal tan fino que me da miedo romperla.

Katniss sigue clavándome los ojos con intención de asesinato mientras me llevo el líquido a la boca. Es amargo y afrutado y da la sensación de permanecer en el paladar unos segundos después de tragarlo. Tengo que decir que disfruto de la atención de Katniss tanto como de la bebida. Es un avance con respecto a la indiferencia de estos días. Y el líquido hace que la comida entre mejor.

Sonrío a mi amiga entre trago y trago para que vea que no consigue intimidarme y ella de inmediato se gira hacia Effie copa en mano.

—¿A mí no me ofreces? —pregunta en tono seco.

Effie, que había pedido a una avox que dejase la botella sobre la mesa, vuelca medio recipiente en su copa. Creo que se ha asustado, la pobre mujer. Katniss hace una mueca de asco en cuanto da un pequeño sorbo. O lleva doce kilos de azúcar o no le gusta, a tenor de las cantidades ingentes de chocolate que consume desde que subimos al tren. Supongo que el chocolate es más nutritivo que el vino, y sirve para coger más kilos, que no nos viene mal a ninguno. Sin embargo no tardo en cogerle el gusto; me pongo más sociable en la mesa, formando parte de la conversación a pesar de que me interesen entre cero y nada los trajes del resto de tributos y el discurso del presidente, y me marcho al cuarto haciendo algunas eses.

El alcohol me ha sentado de fábula en un principio, creía que empezaba a entender por qué es la comida favorita de Haymitch, hasta que me ha dado el bajón y el techo del cuarto ha empezado a tener sombras con las siluetas de mi familia, y luego de Katniss, apuntándome con una flecha. Después era yo quien apuntaba a mi familia con el arco y la flecha. Me he despertado envuelto en sudor frío y desagradable y he empezado a darle vueltas al estado de las cosas con Katniss, que evidentemente no es muy bueno. Y entonces han llamado a la puerta.

Espero a ver si se abre sola, pero nada. Aunque no me fío mucho de mi estabilidad me levanto y abro.

—Hola.

—Hablando del rey de Roma —musito.

La tengo justo enfrente, dudosa sobre si dar media vuelta mientras yo compruebo si hay alguien detrás, observándonos.

—¿Qué? ─Pregunta extrañada

—Nada. Hola, ¿querías algo?

Se queda plantada al otro lado de la puerta. Yo me agarro al marco, por eso de que veo un poco doble.

—No puedo dormir —dice al fin.

—¿Y has venido para que te cuente un cuento?

—Lo que quiero es que pensemos en algo.

—¡Katniss! —exclamo en voz baja, llevando un dedo a mis labios.

Miro a mi alrededor intentando indicarle que aquí puede haber miles de cámaras y dos millones de micrófonos. Le hago un gesto con la cabeza que significa: sígueme. Para variar, ella me hace caso.

Los dos entramos en el inmenso cuarto de baño y yo me dedico a abrir todos los grifos que encuentro: los del lavabo, los treinta chorros de hidromasaje de la ducha y los del spa de la bañera. Katniss me observa como si se me hubiera ido la pinza, pero también pongo en marcha el chorro de aire que te seca desde el suelo. Parece que nos hayamos metido en el interior de una catarata. Eso ahogará las voces y el vapor nos cubrirá.

—No iba a decir nada antisistema —me asegura ella cuando vuelvo a prestarle atención. Va en pijama, al contrario que yo. Uno de tela suave como la seda. La invitaría a quedarse en mi cama si no fuera tan probable que quiera arrancarme la piel a tiras si menciono algo así.

—Pues yo igual sí lo digo —respondo en lugar de la invitación a quedarse—. No confío mucho en mí mismo esta noche.

—¿Estás borracho? —quiere saber.

—Para nada —miento.

—Debería de darte vergüenza. ¿Vas a entrenar con el arco? — Pregunta cambiando el tema.

—Es en lo único que estoy bien entrenado. Tal vez pruebe otras cosas.

—Haymitch ha dicho que podemos entrenar juntos o separados.

—¿Y tú que dices?

—Le he dicho que juntos.

—¡Qué sorpresa! ¿Era eso lo que querías decirme?

—No sólo eso. Necesitamos estar de acuerdo por lo menos en algo más. Uno de los dos tiene que ganar para cuidar de nuestras familias.

—En eso estoy de acuerdo. ¿Quieres que lo echemos a suertes?

Katniss pone mala cara y se aleja de mí. Limpia con la manga el vaho del espejo que está junto al lavabo. Los dos nos quedamos mirando el reflejo resultante. Ahí están el chico y la chica que se encontraron siendo críos en el bosque, que lograron mantenerse vivos ellos y sus familias gracias a la determinación y la amistad, decidiendo quién tiene derecho a vivir y quién no. Yo lo tengo muy claro. Katniss hizo lo que tenía que hacer para salvar a su hermana, yo estoy aquí por mis propios actos. Sin embargo, no creo que haga ningún favor a nadie al decirlo en voz alta. No en este momento tan frágil.

—¿Crees que lo lograremos? —me pregunta con la voz un poco quebrada al final.

Tengo que creerlo. Necesito creerlo.

—Si.

No ha sido una conversación muy fluida, pero es menos que nada. Me voy a la cama sintiéndome algo más optimista.