Nueva York siempre fue una gran ciudad para cualquier persona, tan iluminada que era algo raro verla apagada. La ciudad de las grandes oportunidades, la enorme ciudad de Nueva York que siempre tenía un lugar para ti y tus sueños. Broadway, Empire State, Central Park... ¡El edificio de Friends! Todo tenía.
Y Anna Mitchell lo sabía mejor que nadie, si ella llegó a esa ciudad para ser alguien grande, conocida y lo consiguió con los años. Sus abuelos eran dueños de una pequeña empresa en Noruega, misma que sus padres llevaron a America y Anna se encargó de llevarla a un siguiente nivel. Ahora era la dueña de Vinteer Corp.
Ahora, la pelirroja se encontraba en medio de una junta con varios socios comerciales. Weselton hablando y cansando a la chica de pecas con sus ideas de unir ambas empresas. Crear una nación, fomentar la mejor calidad y volverse la empresa multinacional más grande de todos los tiempos. Con ellos: Frederick Krone, dueño de Corona Inc y Fergus, dueño del gran club DunBroch. Anna masajeo el puente de su nariz, juraba que se quedaría dormida en cualquier momento si Weselton seguía balbuceando y no iba al punto.
Hasta que unos golpes en la puerta captaron la atención de todos los presentes: una chica castaña se asomó a la puerta con timidez de recibir un reclamo y miró a la pelirroja.
– Disculpen, Anna... Ya es hora.– murmuro.
– Gracias... Uh... ¿Por que no dejamos la reunión hasta aquí y mañana seguimos? Debo de ir por mi hija... – habló recogiendo sus papeles.– Y Weselton, espero que mañana llegue al punto de su presentación.
Con eso, Anna salió de la sala de juntas con su secretaria detrás de ella. Le entrego la carpeta y suspiro al escuchar la puerta cerrarse.
– Gracias por salvarme.– bromeó Anna.
– No fue nada, ese hombre es una espina en el trasero.– habló la castaña.– ¿Ya pensaste en dar el siguiente paso en tu relación?
– ¿Casarme? – intento adivinar Anna con una ceja levantada.– Sabes que lo mío con Moana va bien, pero no me quiero casar por un capricho romántico.
Honeymaren le extendió el montgomery negro mientras Anna abrochaba su saco y aflojaba un poco la corbata roja. Con ayuda de la castaña, colocó el montgomery y tomó el paraguas que le estaba entregando.
– Oh si, nada de locos romanticismos entre ambas.– se burló.
– No es verdad... Solo somos racionales.
– Anticuadas.– aclaró Honeymaren.
– Y las debilidades de la otra son lo que nos interesa.– explicó tomando el paraguas.
– Creo que te complicas demasiados, Anna. ¿Ya le dijiste a tu hija?
– No todavía. No pude.– contestó.– Pero le dire esta noche, no es tan fácil... Aunque le compre algo que le ayudara.
– Si... Con esa noticia, espero que le regales un poni.– murmuro.
Anna volteo para verla, tras haber presionando el botón del elevador. Sonrió de lado y río.
– Nop... Es algo mucho mejor que un poni.
Escuchando el sonido de las puertas abrirse, Anna se despidió para entrar en el y poder salir del edificio. Despidiéndose de la chica de seguridad, Cassandra, y abriendo el paraguas para poder caminar por las transitadas calles de Nueva York con destino al pequeño dojo donde su hija aprendía karate.
La lluvia no era tan fuerte, pero causaba que el aire se hiciera ligeramente más pesado para la joven empresaria. Teniendo que empujar a varios para poder pasar, mirar a ambos lados varías veces cuando cruzaba porque a veces había accidentes con ese clima. Una vez llegó, Anna recibió con los brazos abiertos a su pequeña hija, la viva imagen de ella cuando tenía seis años. Cabello rubio fresa, ojos verdes y pecas en el rostro. Suspiro acariciando su cabeza cuando la vio hablarle de forma animada de lo que había hecho allí dentro.
– ¿Lista? Sostente fuerte, ¿Si? – habló la empresaria abriendo nuevamente el paraguas.– Una... dos... ¡Tres!
Ambas corrieron hasta la calle que estaba en frente. Anna mirando a cada taxi hasta lograr hacer que uno se detuviera. Ayudó a Rachel a subirse y luego lo rodeó para sentarse al otro lado, sacudiendo y cerrando el paraguas antes de entrar.
– Te tengo una sorpresa.– murmuro la pelirroja.
– ¿De verdad? ¿Que es?
Anna sacó un paquete envuelto de su maletín, con la forma y tamaño del libro de cuentos que Rachel tanto deseaba tener. Con emoción en sus ojos, la pequeña comenzó a romper el papel impaciente, sacando el libro que no era lo que ella esperaba.
"Mujeres importantes de nuestra época"
Ese era el título y llevaba cuatro fotos de cuatro diferentes e importantes mujeres que la pobre Rachel no tenía la mejor idea de quienes eran.
– ¿Un libro?
– Oh vamos, no me mires así.– pidió Anna al notarla.– Se que no es el libro de cuenta de hadas que querías, pero este es mejor.
– ¿Por que es mejor? – Preguntó dejándole a su madre tomarlo.
– Es muy interesante.– contestó cambiando las páginas hasta llegar a una al azar.– Esa es Rosa Parks... Madame Curie, fue una mujer sobresaliente que dedicó toda su vida a la investigación hasta que... uh... – leyó lo que decía ahí.– ... la radiación la mató.
– ¿Es en serio? – preguntó asombrada.
Anna iba a contestar, de no ser porque su teléfono comenzó a sonar y debía de contestar. Dejando el libro sobre el regazo de la menor, Anna recibió de quien se trataba: Moana.
Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios y Rachel solo pudo rodar los ojos.
– ¿Si? Hola... Mañana es perfecto... ¿A las siete treinta? ... Si, yo te llamo más tarde, ¿Que dices?... Esta bien, adiós.
Alejo el teléfono de su oreja para poder colgar la llamada y mirar a su hija unos segundos.
– Era Moana... Ella se parece mucho a las mujeres de tu libro.– murmuró guardando el aparato en su saco.– Cielo, le propondré matrimonio.
Rachel abrió los ojos al escuchar esa noticia, dando un suspiro de sorpresa.
– ¿Qué?
– Le pediré matrimonio... Ella te agrada, ¿No es verdad ? – preguntó.– Es decir... Se llevan bien cuando están juntas y...
– ¿Donde va a vivir? – interrumpió.
– Con nosotras, claro.
– ¿Le vas a dar mi habitación? – preguntó con temor la menor.
– No, claro que no le daré tu habitación.– se rio la mayor.– Cariño, será fantástico, te lo prometo... Ella nunca será como tú madre.
– Pero si una madrastra...
– Si, pero será una buena madrastra e irás con ella a la escuela mañana. Solo tú y ella a charlar de mujer a mujer.
– Pero tú eres una mujer...
– Si, lo sé, pero...
– Y sólo tengo seis.– agregó Rachel
Anna hizo una mueca, acariciando su cabeza.
– No para siempre.– susurró.
Siguieron por varias calles, Anna quedando estancada en medio de una llamada con un irritante Weselton mientras que Rachel se distraída con las luces de cada edificio o tienda por la que pasaban en su trayecto.
Hasta que se detuvieron en un semáforo y algo llamó la atención de la pequeña niña pelirroja. Un iluminado cartel de un castillo y una princesa. Rachel exclamó bajando la ventanilla y Anna solo pudo colgar la llamada al verla.
– Mami, ¿Por qué hay una princesa en el anuncio del castillo? – preguntó.
Anna miró en su misma dirección, haciendo una ligera mueca.
– Será publicidad, tal vez sea solo un maniquí.
– ¡Es de verdad! – chillo Rachel.
– No, no lo es... Espera, ¿Que haces? ¡Rachel!
Su hija se había quitado el cinturón de seguridad y abrió la puerta, corriendo hasta aquel enorme anuncio con su madre corriendo detrás de ella, asustada por si algo le pudiera suceder.
– ¡Oye, princesa! – grito Rachel agitando su mano.
Anna la sujeto del brazo, girándola para verla con total molestia.
– ¡Rachel! Nunca vuelvas a hacer eso, ¿Te quedó claro? – ordenó Anna.
– ¡Mira ahí, mamá! – exclamó señalando.
La albina golpeaba la puerta, llamado y esperando que alguien le abriera o contestara. Anna frunció el ceño, escuchándola preguntar por un tal Hans o si había alguien allí, lo que la hizo pensar que debía estar delirando.
– Quédate aquí.
Anna se acercó un poco más, alzando la cabeza para llamar su atención.
– ¡Hey! ¡Hey! – grito, notando cómo está volteaba.
– Ah, hola.– sonrió desde arriba.– Me preguntaba si usted sabe...
– ¡Cuidado, cuidado! – chillo Anna al verla resbalarse.– ¡No se suelte, resista! ¡Sosténgase!
– No... No... ¡No, no, no! – grito asustada la albina.
– ¡Atrápala, mamá!
Anna corrió para poder atraparla, aunque terminó quedando debajo de aquel pomposo vestido de novia sucio. Ambas se quejaron de dolor, sobre todo la empresaria que sujeto su muñeca unos cuantos minutos, aún así se limitó a observar a la otra.
– ¿Está bien?
– Si, si... Uh...
– ¿Segura esta bien? – preguntó Rachel, siendo sujetada por Anna.
– Lo estoy, gracias.– balbuceó la desconocida.
– ¿Que estabas haciendo allá arriba?
La albina volvió a mirar aquel "castillo" y suspiro.
– Creí que alguien podría ayudarme.– confesó dejando caer los brazos.– He caminado sin rumbo toda la noche y temo que nadie ha sido amable conmigo.
Anna se quejó al mover el brazo, tratando de verificar que nada se haya roto.
– Pues... Bienvenida a la ciudad.– balbuceó la pelirroja.
La princesa suspiro con una encantadora sonrisa al escucharla. La primera persona amable.
– Gracias...
– De nada, ¿Segura no tienes nada?
– Segura...
– ¿Necesita que llame a alguien? – preguntó Anna.
– Bueno, no creo que desde aquí la puedan oír.– explicó la albina.
– ¿Qué?
La pronta llegada de la lluvia hizo que las tres volvieran a subirse al taxi para poder llegar al destino. Rachel no había dejado de preguntar todo lo referente a cuentos de hadas y confirmando que su nombre debía ser Rapunzel y no Rachel.
Al llegar al edificio, la albina se veía lo bastante curiosa con todo a su alrededor. Tocando cada botón del elevador y frustrando a Anna porque se detuvieron en la gran mayoría de los pisos hasta llegar al suyo. Piso número 21. Anna fue la primera en salir y colocar su mano para que la chica tuviera tiempo de sacar todo el vestido.
– Rach, enséñale el camino.– pidió.
– ... y luego, la anciana me dijo que... ¡Ugh!
Anna logró ayudarla a salir del elevador antes de caminar hasta su departamento.
– ... que me asomara al pozo y pidiera mi deseo, pero debí inclinarme demasiado porque caí muy bajo... Luego subí por un gran agujero y anduve perdida... Hasta que caí del castillo ¡Y ahora véanme aquí con ustedes!
– ¿Es un mal hábito suyo caerse así? – se atrevió a preguntar la pelirroja.
– No así... Es decir, normalmente alguien me atrapa.– contestó la ojizarca.– Pero no se angustie, de seguro Hans ya está bruscamente y en la mañana vendrá a rescatarme de esta extraña tierra. Iremos a casa y nos daremos un beso de amor verdadero.
Anna dio una corta risa mientras tanteaba sus bolsillos para buscar las llaves.
– ¿Amor verdadero?
– Es la fuerza más poderosa del mundo.
– Claro... – murmuro introduciendo la llave en el cerrojo.
– Ya solo necesito un refugio donde poder pasar la noche.– habló la princesa.
"Oh no, no, no. Que no diga que mi casa ser así refugio." pensó Anna al oírla.
– ¿Qué? ¿Cual refugio?
– Oh, no lo sé. Tal vez un hermoso prado o un tronco hueco.
Anna levantó una ceja de sólo escuchar las extrañas opciones que la chica le estaba dando.
– ¿Un tronco hueco? – repitió confundida.
– O una casa llena de enanos, dicen que son muy hospitalarios.– agregó sonriente.
– Lo siento, solo dejare que entre un minuto. Puede secarse y usar el teléfono, ya es hora de dormir.– explicó abriendo la puerta.
– Es muy gentil de su parte...
Rachel entro primero al oír eso último y Anna se hizo a un lado para que la albina pudiera entrar. Aunque se trabo a medio camino por su voluminosa falda.
– ¿Por que trae ese vestido tan raro?
– ¡Oh! ¿Le gusta?
– Uh... es que...
– Obtuve la seda de mis amigos gusanos y la hilé con mi vieja rueca.– explicó orgullosa.
– ¿Lo hiciste todo tu sola? – preguntó asombrada Rachel, la cual se acercó para poder ayudar.
– Bueno, me ayudaron un poco los conejos y ratones...
– ¡Que listos!
Anna logró empujarla lo suficiente como para que entrara, viéndola caerse al suelo y quedar con el vestido sin tanto volumen como antes. La albina sonrió de forma inocente y Anna suspiro al verla.
– Voy a llamarle un taxi...
La menor siguió hablando y preguntando de todo a la albina, pidiendo que le contara algo más acerca de su mundo mágico. Quedando sorprendida por la forma de vivir y el cómo había conocido al apuesto príncipe Hans que debía de estar buscándola a estas alturas. Mientras que la pelirroja se quitó la corbata y el saco, desabrochándose los dos primeros botones de su camisa y arremangándolo sus mangas hasta sus codos. Buscando la tarjeta que tenía escrito el número del servicio de taxis hasta que su hija la interrumpió.
– Déjala dormir aquí.– rogó Rachel.
– Uh... No, ni pensarlo.– murmuro.
Rachel se alejo para volver a verla, volviendo a preguntarle otra cosa antes de verla caer dormida sobre el sofá y eso la hizo buscar a su madre.
– Woah, mami... Ya se quedó dormida.– le susurro feliz.
Eso solo hizo que la pelirroja dejara a un lado la tarjeta para ver eso.
– ¿Qué? No, no, no. Eso no es aceptable.
Rachel persiguió a su madre, colocándose delante de ella para verla.
– No la vas a obligar a irse, ¿O si mami?
– Ya vete a dormir.– pidió Anna.
– Pero creo que de verdad es una princesa.
Anna sujeto el puente de su nariz, dando un suspiro al escucharla. Su hija era igual de terca que ella y alguien que amaba los cuentos de hadas.
– Rachel, no porque tenga un lindo vestido significa que sea una princesa.– explicó con calma.– Solo es una chica demasiado confundida que cayó en nuestras manos..
– Entonces, ¿No dejarás que se quede?
– Mhm... No.– contestó Anna.– Cámbiate ya y a dormir, ¿Si? Descansa.
Dio un beso en su frente y la empujó suavemente para que fuera a su habitación. Una vez sin su hija, Anna respiró profundo marcando el número de taxi y esperando que atendieran.
– Hola, necesito un taxi para la calle 116 y Riverside, por favor.– habló mirando a la albina dormir en su sofá.– Si, gracias
Esperaba a que le respondieran, aunque cuando preguntaron por su destino, se quedó callada. ¿A donde la mandaría? Quería ayudarla, pero no quería dejarla dormir en su departamento... ¡Era una desconocida! ¿Quien le aseguraba que no las mataría en la noche? Aunque... verla tan tranquila e indefensa movió algo en la empresaria que solo pudo alejar el teléfono de su oreja y cortar la llamada.
Era demasiado buena a veces.
