Nota de la autora:

Hola, espero que estén en sus casas y bien. Aquí el día uno de mis one-shots de cuarentena :)

Los protagonistas en esta ocasión son Cora-san y Doffy, la historia avanza a lo largo de la vida de ambos desde que eran niños hasta su adultez.

Ya tengo preparados otros hermanos para dedicarles una historia, pero siempre pueden pedirme alguna en específico.

Oda escribe el nombre de Cora con ''s'', Rosinante, pero yo lo hago con ''c'' por costumbre, ya saben por el Quijote, espero no sea molestia.

Me inspiré en la historia de Lady Orochi, ''Ojos que han visto el infierno'', por favor, vayan a leerla, es maravillosa, mi favorita de Cora y Doffy.

One Piece no me pertenece, los personajes son creación de Eiichiro Oda.


Doflamingo y Rocinante


Los ojos de Doflamingo eran un misterio, así como muchas otras cosas sobre él, pero sus ojos en especial eran tema aparte, nadie los había visto y nunca nadie lo haría.

Los miembros de los Piratas Donquixote lo sabían y los que no, pronto lo aprendían.

Pero entonces, un día, llegó el nuevo Corazón.


Doflamingo siempre fue sumamente orgulloso, amaba ser un Dragón Celestial más que ninguno, tanto que su simple imagen era sagrada y no permitía que nadie lo viera por completo, fue así como a los seis años empezó a usar gafas, Rocinante lo sabía muy bien. Los ojos eran las puertas del alma y Doffy nunca expondría su alma ante cualquier ser humano.

Rocinante no lo compartía, pero no juzgaba a su hermano, cada quien era libre de elegir aquello que considera valioso y Doffy había elegido sus ojos.

—Roci, ¿ya terminaste tu cena?

Las palabras de su hermano lo devolvieron a la realidad, rápidamente levantó la cara para prestarle atención a su hermano, golpeando su planto y quemándose en el proceso. Un día normal para Donquixote Rocinante. Escuchó a su padre exclamar sorprendido y a su madre llamar a uno de sus esclavos para que lo atendiera.

Cuando el esclavo llegó junto a él, obedeciendo las órdenes de su madre, intentó tocarlo para tratar sus heridas, pero Doflamingo lo alejó de una patada.

— ¡No te atrevas a tocar a mi hermano, basura!

— Doffy, solo hacía lo que dijo madre.

— No discutas, Roci—sin permitirle replica alguna, tomó su mano y se alejó a paso apresurado hacia las majestuosas escaleras dignas de un noble mundial, pero al mismo tiempo con sumo cuidado, asegurándose de que Rocinante no se lastimara al subir.

La torpeza de su hermanito siempre le daba trabajo extra.

Sin embargo el matrimonio Donquixote observaba con una mirada preocupada a su hijo mayor.

— Cariño, creo que ya es tarde para Doflamingo—murmuró la mujer con pesar.

— Rocinante aún no se ha corrompido, tengo fe en que todavía podemos hacer algo por Doflamingo—comentó intentando ser positivo, aunque no pudo evitar que la preocupación se filtrara en su voz. Donquixote Homing todavía quería creer en sus hijos.

Todavía no quería perder la esperanza de salvarlos a ambos.

La esperanza de mantener su humanidad.

Mientras tanto en la habitación del menor de los hermanos, Doflamingo, ya acostumbrado a las torpezas de Rocinante, sabía lo que tenía que hacer.

Cuando fue lo suficientemente mayor como para notar que las caídas de su hermano pequeño no eran normales decidió hacer algo al respecto, no podía permitir que gente inmunda como los esclavos lo tocaran y no confiaba lo suficiente en sus padres, por lo que se aseguró de conseguir libros de primeros auxilios y todo el material necesario. A la edad de seis años ya era un experto en todo lo necesario, desde desinfectar heridas hasta hacer suturas un tanto rústicas, lo que se precisare en el momento.

Estaba acabando con los vendajes cuando sintió pequeños golpecitos en la frente. Al levantar la mirada vio los cachetes inflados de manera infantil, un puchero de marca Rocinante en toda la regla.

— Doffy, es en serio, ¿yo tampoco soy digno?—Su voz sonaba herida.

Al principio el mayor no entendió lo dicho por el contrario, pero entonces recordó. Las gafas. Estaba tan concentrado en curar las heridas de su hermanito que lo olvidó por completo. Su característica sonrisa no se hizo esperar.

— Fufufu, lo siento Roci, lo olvidé—y sin pensarlo mucho se las quitó.

Ni azul, ni carmesí, ni siquiera verde o los clásicos ojos cafés, ninguno de esos colores tan simples encajaban, porque los ojos de Doflamingo eran fuego, un fuego abrazador e inhumano, extraordinarios, inexplicablemente bellos, los ojos de un dios, los dignos ojos de un tennryubito.

Rocinante adoraba los ojos de su hermano, eran tan fascinantes que casi se avergonzaba de los suyos, unos aburridos ojos color miel. Lo que él no sabía era que la fascinación no era unilateral, Doflamingo adoraba sus ojos tanto como él.

No tenían un color extraordinario ni abrazador, pero el brillo con que siempre miraban todo a su alrededor era suficiente para tener el mundo a sus pies. El cariño y la admiración, la inocencia, la pureza, ojos de un dios, tan dignos de un tennryubito como los del mayor.

Los ojos eran las puertas del alma y la única persona que tenía permitido ver el alma de Doflamingo era Rocinante, fue así desde el principio y hasta el final.


Estaba lloviendo y él no podía soportarlo, Rocinante siempre había odiado la lluvia, en especial después de lo ocurrido con su familia, lo deprimía de maneras insospechables porque sus recuerdos se ponían especialmente molestos en días así.

Las caras de sus padres, los Dragones Celestiales, los esclavos, las personas que los persiguieron, Sengoku-san, los niños de los Piratas Donquixote, Doflamingo.

Un largo suspiro escapó de su cuerpo, abandonando su alma. Odiaba esos recuerdos, eran una tortura silenciosa, más dolorosa que cualquier cosa que pudieran hacerle, porque le recordaba aquello que había perdido.

Sus padres, dos nobles mundiales más amables que muchas personas que había conocido, gente buena y amorosa, merecían todo excepto lo que recibieron, repudio, persecución, las consecuencias de una opresión milenaria.

Sengoku-san, su segundo padre, un hombre justo y valeroso, inesperadamente cariñoso, el hombre que lo había salvado y le había enseñado a sobrevivir, el hombre que había reunido los pedazos de su corazón destrozado y los había vuelto a unir. El hombre que más admiraba en el mundo.

Los niños de los Piratas Donquixote.

Oh, qué dolor.

Le rompía el corazón cada vez que tenía que rechazarlos, lastimarlos, ignorarlos, los golpes a Baby 5 en lugar de las sonrisas amables y el amor paternal que tanto necesitaba, las patadas a Buffalo en lugar de la pequeña caricia en sus cabellos, las miradas de odio a Law en lugar de las palabras de consuelo que el pequeño tanto necesitaba, y Dellinger, era solo un bebé, qué hacía ese pequeño con una persona como Doflamingo.

Doflamingo.

La persona que añoraba más que nada en el mundo.

Ver a su hermano mayor era como recibir golpes físicos. Cada vez que lo hacía notaba aquello que echaba en falta, lo humano. Era un demonio, aquel que había matado a su propio padre, aquel a quien pese a todas las atrocidades que había cometido no había podido dejar de amar.

Porque pese a todo su esfuerzo todavía amaba a Doffy y ese amor lo mataba cada día.

Unos pasos lo sacaron de su ensueño, hablando del demonio.

—Corazón, te he buscado por todas partes, al parecer tu lado escurridizo no ha cambiado ni un ápice, fufufu—una punzada. Así que Doffy lo recordaba, desde pequeño Rocinante tenía la costumbre de alejarse a pensar, nadie podía encontrarlo una vez que lo hacía, nadie excepto su hermano—Veo que no trajiste tu bloc de notas, lo supuse, así que lo traje por ti.

Su hermano se lo entregó, por lo que Rocinante rápidamente escribió.

Gracias.

Se quedaron en silencio, solo observando la lluvia caer. Hasta que Doflamingo volvió a hablar, pero no lo hizo con el idioma de los simples mortales, no, le habló en su legua natal, la lengua que usaban los Dragones Celestiales.

—Te busqué por todas partes, Roci.

Lo sé—escribió rápidamente, también usando aquella lengua maldita, al pasar su lápiz por el papel dando las formas correspondientes a las respectivas letras, pese a sí mismo una amarga nostalgia, muy parecida a la añoranza, golpeó todo su ser. Sabía que su hermano no estaba hablando de su desaparición actual, sino de aquella de largos años, la que se dio cuando estuvo en la marina, entrenándose para acabar con el hombre que estaba ahora a su lado hablándole apaciblemente, con el mismo cariño que le mostró durante toda su vida.

— ¿Qué fue de ti, hermanito? ¿Quién te lastimó? ¿Quién tuvo el descaro de quitarte la voz?—una de sus manos se posó en el hombro del menor, Rocinante apartó la mirada y diligentemente elaboró su respuesta.

No es algo que necesites saber, Doffy. Ya no soy un niño.

— Pero sigues siendo mi hermano pequeño, sangre de mi sangre, no puedes culparme por querer protegerte, Roci—Al escuchar aquel tono de voz cariñoso y dolorosamente familiar, algo en su interior se rompió. Entonces Rocinante lo miró fijamente y de pronto una devastadora necesidad lo abrumó. Sin ser verdaderamente consciente de sus actos, escribió.

¿Sigo siendo digno, Doffy?

A pesar del paso del tiempo, Doflamingo entendió el mensaje perfectamente.

—Siempre serás digno, Corazón, fufufu—sin pensarlo mucho se quitó las gafas.

Y ahí estaban otra vez, ni azules, ni verdes, ni cafés, no, los ojos de Doflamingo seguían siendo tan fascinantes e intensos como al principio, eran fuego, justo como él, una fuerza demoledora que pondría al mundo a sus pies.

La confianza con que ese par de astros lo miraban le demostraba que para su hermano nada había cambiado. Él seguía siendo Rocinante, su pequeño, torpe e inocente hermano menor, ni siquiera se le pasaba por la cabeza que pudiera traicionarlo.

Oh, Doffy, pensó Rocinante, desearía poder salvarte, pero tú me mataste el mismo día en que le disparaste a nuestro padre, nunca podré perdonarte eso, querido hermano mayor.


Muchas cosas cambiaron tras el incidente de la Ope Ope, los Piratas Donquixote no solo perdieron la fruta, al mocoso de Flevance y a uno de sus ejecutivos; una parte de su capitán también había desaparecido.

Lo notaron cuando Doflamingo eliminó toda prenda de color negro que pudiera tener, lo notaron cuando dejó de fumar, lo notaron cuando a pesar del tiempo Vergo jamás volvió a ocupar su lugar original, porque ya no era suyo, el corazón de Doflamingo siempre sería él, el lugar le pertenecería a él, nunca habría nadie después del él.

Porque los ojos eran las puertas del alma y la única persona que tuvo permitido ver el alma de Doflamingo fue Rocinante, fue así desde el principio y hasta el final.