"Volviéndote a ver"

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Los recuerdos que Midoriya albergó antes de ingresar a la U.A. fueron borrados de su mente, y por mucho que lo anterior reflejará una nueva autonomía en su persona, no restaba que el vacío que él sentía al no recordar al joven que lo auxilió era desolador.

El pobre de Midoriya se encontraba desconsolado al no poder encontrar dentro de su cerebro, alguna pista que lo orillara a conocer tan siquiera el nombre de ese joven. Sin embargo, los planes del destino para con su voluntad eran diferentes a los que él creía posible.

No había consuelo para un recuerdo obsoleto.

No había manera de llenar el vacío que el corazón le plasmaba a carne abierta.

No había forma de recuperar el pasado perdido, pues ya estaba más lejos de su alcance que cercano a él.

Midoriya no tuvo alternativa mas que conformarse con el presente que le tocaba vivir, al menos de momento él pudo hacer eso por cuenta propia.

All Might era su mentor, y un buen mentor para el joven Midoriya, quien se esforzaba por estar a la altura de sus compañeros, a pesar de su nuevo Quirk y de tener muy escaso tiempo de haberlo obtenido, lidiar con los retos que le ponían encima y de paso, enfrentarlos con su excelente capacidad de razonamiento y de formulación de estrategias para un confrontamiento. Sin más, tuvo su primer gran prueba al enfrentarse a Kacchan, su amigo de la infancia, su primer beso, y con quien lidió gran parte de su vida; también su principal tormento.

Así como él fue su tormento, él lo seguía considerando una inspiración para ser un mejor héroe a futuro, y para hacer sus movimientos en cuanto a peleas donde se veía involucrado el contacto físico.

De igual manera, él ganó esa confrontación, del cual, se colapsó al final de la prueba; del mismo modo, le declaró oficialmente la rivalidad deportiva a Kacchan, que igualmente, aceptó sin chistar, hasta terminó mostrándose vulnerable y por primera vez, Midoriya vislumbró a Kacchan como un ser humano, como una persona con sentimientos y emociones, con debilidades y fortalezas. Y ahí llegó a la conclusión de que Kacchan no era el ser increíble que siempre creyó de él, sino un ser humano más en la población.

Aun así, Kacchan poseía un gran poder sobre su vida y sobre su persona, y por eso, zafarse del vinculo que él creía tener con Kacchan, era difícil de desligarse por completo, pues siempre existía una atracción casi magnética hacia él que lo inhabilitaba de separarse de ese flagelo de existencia que lo unía a él.

Una unión que él aún desconocía su razón de ser, su forma tangible de formarse, su vestigio esporádico que estallaba cuando sus miradas se cruzaban y la separación se volvía un mito, una imposición por parte del tiempo de separar.

Si Midoriya se ponía a inspeccionar sus libretas de "Análisis de héroes para el futuro" en todas se encontraba él, en cada esquina de la página habitaba su esencia, la espalda que conformaba la anatomía inalcanzable de Kacchan, las observaciones de su evolución tras los años, y Midoriya no comprendía en absoluto por qué Kacchan se molestaba cuando veía esas notas, pues éste se las había hecho con las mejores intenciones, pero quizás nunca se era suficiente cuando se trataba de él.

Nunca lograba sacar una sonrisa de Kacchan.

Y eso también le partía el corazón.


Por fortuna, Midoriya logró hacer amigos en la U.A. y esos amigos lo apoyaban y formaban parte esencial de su círculo.

De la misma manera en la que se dio cuenta que no todos los seres humanos nacían iguales a la edad escasa de cuatro años, se percató de que no todos los seres humanos lo juzgarían o lo maltratarían como lo hicieron durante toda su infancia y en la secundaria.

Sus amigos eran Uraraka Ochako y Tenya Iida. Mejores amigos no pudo haber pedido el dulce Midoriya, pues amigos en sí, él no tenía ni uno en la secundaria, mas que Kacchan.

Pero, Kacchan ser un amigo ejemplar estaba lejos de ser considerada una verdad.

Uraraka y Iida lo apoyaban mucho y lo acompañaban en su día a día como estudiante de la U.A. mientras él tenía el arduo trabajo de lidiar con Kacchan frente suyo en las posiciones de los mesa bancos.

Sentía que era como si el destino quería ponerlos juntos a como diera lugar, y quien sabe si así fuera, pues de no ser de ese modo, Kacchan no se le volvería a acercar a como lo hizo en el pasado, pero quizás y muy poco probable, Midoriya no cedió tan fácilmente a los caprichos de su amigo de la infancia, puesto a que él tenía dos metas en mente.

La primera era ser un buen héroe y la segunda encontrar a la persona que en sus obsoletos recuerdos permanecía vivo.

Sin embargo, su amigo de la infancia no le facilitaría ninguna de las dos metas, ya que él era un chico muy demandante y demasiado explosivo.

Pero, Midoriya no era el inútil de la secundaria que éste creía de su persona, porque tan pronto como él le hizo probar por primera vez el sabor de la derrota, es cuando Kacchan se percató, o al menos, esperaba que él se percatara de que su existencia era algo más allá que algo sublime.

Midoriya se fortalecía rápidamente, gracias a que tenía al héroe número uno de mentor y sus entrenamientos estrictos lo ayudaron a ir ganando una increíble figura tonificada y capacitada de soportar el enorme peso que conllevaba ser el portador del One For All.

Y cada vez que él finalizaba su entrenamiento en compañía de All Might, se decía:

Me tengo que hacer más fuerte, mientras empuñaba firmemente su mano derecha, acercándola a su pecho con antelación.

Por nada del mundo cambiaría ese poder.

No llegó un solo momento en que Midoriya no pensara en aquel joven.

Por mucho que circulaba el pensamiento rotundo de buscarlo, la cosa se perdía en el abismo. El tiempo avanzaba a su antojo, mientras que Midoriya suplicaba porque su búsqueda no fuera en vano.

No debía de ser en vano jamás.

Él simplemente no quería fingir que nada pasó, porque no fue así. Nunca fue así.

Y si le contaba a cualquier persona, nadie lo entendería, pues lo creerían loco, o lo tacharían de demente.

Era un secreto inconfesable, y Midoriya estaba más que consciente de no revelar aquella experiencia que duró menos de una hora, pero que fue suficiente para encender todas sus neuronas, para derretir sus alas congeladas por el desdén ajeno, para hacer que su corazón latiera de gozo contra su pecho, para que su estado inerte por fin flotara a un ritmo afable.

Su mundo no pudo haber cambiado tan rápido, pero lo hizo. Su entero mundo se tornó a un color diferente al que antes se encontraba; de un color opaco sin la menor gracia, a un verde brillante lleno de vitalidad.

Por eso, Midoriya concluyó que su búsqueda no era un desperdicio, ni un simple capricho infantil, porque todo era real, sabía real y se sentía tan real como estar vivo.

Fue un instante que le dio la libertad para seguir creyendo en su meta, para que todo ese odio ajeno hacia su persona se esparciera por el aire hasta esfumarse de las entrañas de la tierra.

Fue un instante que perteneció escondido en algún sitio recóndito de su memoria, incrustado en una bocanada, una bocanada fresca de aire, una bocanada que impacta directo contra el cuerpo y le da una violenta sacudida, una bocanada que se marca en el cuerpo a manera de tatuajes permanentes, una bocanada que sintió emerger de sus pulmones de la impresión de verlo a él.

Con justa razón, nadie la creería, a veces hasta él mismo se sorprendía soñando con todas sus fuerzas ese panorama, lo revivía similar a una película que la regresaba y la volvía a poner en marcha, ya que nunca le aburría repetirlo. Al contrario, lo llenaba de esperanzas por doquier, rebosante esperanza que salía de sus poros.

Quizás, Midoriya cayó muy fuerte o la fortaleza del impacto lo dejó anonadado.

Sea lo que fuera, él se encontraba a merced de aquel joven desconocido.

Flotando en un lugar donde ambos se reencontraban y permanecían atados por la inercia, por el reflejo de caer a sus pies con los ojos abiertos y los labios dibujados en una pintoresca sonrisa.

Quizás Midoriya soñaba mucho con ese escenario, y lo sentía suceder en cada esquina, en cada pliegue de las paredes, en cada roce inconsciente contra los dedos de alguien, lo presenciaba con los ojos vendados o con la ceguera visible, lo veía venir y lo veía alejarse.

Cada impulso, cada palpitar, se transformaba en una sensación por reflejo en relación a ese recuerdo obsoleto.

Y probablemente, muy probablemente, Midoriya estaba enamorado de ese joven.


No abismó cómo fue que sucedió o cómo fue que su interés por cierta persona surgió a pique, es decir, que le llamara alguien tanto la atención al posar sus ojos sobre él.

Todoroki Shouto, su compañero de clases, el hijo de Endeavor, el silencioso del salón. Aquel chico bicromático se robó su atención, capturó el instinto de verlo por inercia con cada paso que daba y con cada mirada hecha por ese chico.

Desde que Todoroki lo abordó para desafiarlo en el festival deportivo, del cual él aceptó sin dudarlo, su atención y su figura se vieron afectados por mirarlo constantemente, y en cualquier caso, sentirse a sí mismo ruborizarse ante su presencia, y eso le afligía porque desconocía el motivo o la razón de todo ese rubor asentado en su rostro.

La sensación de desconcierto era real, todo en ello sabía real, por mucho que él deseara que no fuera así, pero no podía controlarlo, sus ideas por quererlo ver y escuchar su seria voz eran mayor que su voluntad.

Descartó que no llegara al nivel de obsesión, mas que de mera admiración, misma que no mermaba esas sensaciones que crecían y florecían en su interior, esas sensaciones que cobraban vida en su interior, pero se guardaba para sí.

Al enfrentarse a Todoroki en el festival y ayudarlo a aceptarse a él mismo, algo se desprendió en su pecho. Ese algo le dio miedo, un miedo desconcertante, que dejaba su mente al acecho.

No supo qué fue, o qué se despertó en su memoria, pero fueron los ojos bicromáticos de Todoroki los que robaron su ser, los que estremecieron su alma y lo obligaron a colapsar en medio del combate, pues su intensidad y la brutalidad con la cual lo penetraron con esos ojos, lo dejaron imposibilitados para seguir avanzando.

Esos ojos fueron el detonante de su interés en Todoroki desde aquel momento en que sus miradas se cruzaron, y una explosión se originó en ambos.

A partir de ahí, Midoriya conversaba a menudo con Todoroki, se llegó a volver su amigo, se ganó su confianza con el pasar del tiempo; además, una de las culminaciones de aquella amistad fue su enfrentamiento contra Stain, del cual, los dos se unieron más que antes, asimismo captando la atención de sus amigos y desgraciadamente de Kacchan.

Haber obtenido la innecesaria atención de Kacchan era igual a peligro, un peligro inminente y creciente, mismo que Midoriya no sabía si se hallaba capacitado para lidiar gracias a su explosivo temperamento, añadiéndole que los besos de Kacchan le causaban escalofríos de solo recordarlos.

Los insultos no cesaron para con él, pues el odio de su amigo de la infancia se incrementaba, al mismo tiempo que su amistad con Todoroki se iba volviendo un lazo impenetrable, no obstante, Midoriya se volvía consiente de los pequeños detalles que rodeaban al chico bicromático. Partiendo de sus ojos bicolor, su cicatriz en su rostro, sus dos lados diferentes, su voz seria y dominante, su aura misteriosa, su forma de comer, su forma de escribir sus apuntes, la manera en la que bostezaba por las mañanas, etc.

Esos detalles se los aprendió, los guardó en silencio para pensarlos en las veces que se encerraba en su propio mundo de masculleos.

No sabía por qué esos detalles le resultaban tan familiares, porque no le parecía ser la primera vez que los veía en carne propia.

Simulaba que los había visto con anterioridad, mas desconocía de dónde los presenció.

Y probablemente, muy probablemente se estaba envolviendo en la personalidad de Todoroki.

Se sintió allegado a su entrañable ser, apegado a su sinfín de miradas, pero impenetrable de ser la persona más cercana a él.

A pesar de que era cercano a Todoroki, ese vacío persistía en su interior, y en todo caso, lo hacía flaquear mucho, lo inhabilitaba de su búsqueda, porque una corazonada le decía que su búsqueda había terminado; pero, él juraba que no.

Su búsqueda sin descanso seguía latente. Viva, pero latente.

Su excesiva persistencia, a la vez que su perseverancia le llevaron a seguir con la vista desnuda a las características de ese joven, esas características que, curiosamente, eran iguales a las de Todoroki, pues él era igual a las maneras de hablar y sus formas de conversar que las del joven de sus recuerdos.

Quizás, Midoriya quería creer que el joven y Todoroki eran la misma persona, pero lo que le impedía de llegar a tal conclusión, era que Todoroki no daba señálese de acordarse de ese encuentro, por lo tanto, él no era ese joven.

Eran similares, bueno, más que similares, pero no la misma persona.

Y también eso le partía el corazón.


Pasaron las estaciones en ambigua lentitud.

La primavera se secó, el verano se llevó el calor soporífero, el otoño caía en miles de hojas secas, y el invierno arribó a brazos abiertos.

Y Midoriya se preguntaba:

Dónde te puedo encontrar?

Qué debo hacer para encontrarte?

Maquinaba esas preguntas en su cerebro, cuando se topó con Kacchan en el aula, que para su descontento, se hallaba completamente vacía.

Midoriya se había regresado al aula porque se le olvidos su libreta de "Análisis de héroes para el futuro" debajo de su pupitre.

Un azote le avivó un recuerdo, qué decir? Muchos recuerdos en relación a las aulas vacías con Kacchan en ellas.

—K-Kacchan…?— Musitó con los ojos asustadizos, apretando las extensiones de su mochila. Recibió una sonrisa de su amigo de la infancia, y un desconcierto se situó en su cabeza.

—Por fin vienes, maldito— Acarició con sus callosas manos el borde de su pupitre, puesto a que Kacchan se hallaba posesionado en su pupitre, para después cambiarse al suyo.

—Q-qué haces aquí?— Se animó a preguntarle, su voz saliendo temblorosa.

Kacchan amplió su sonrisa.

—Desde hace mucho tiempo estuve esperando tenerte— Lo oyó decir con intensidad, sin ninguna intensión de retractarse. —Te tuve unos instantes, pero luego te perdí—

—N-no entiendo, Kacchan— Midoriya dijo con el gesto en blanco.

No tenía la menor idea de a dónde quería llegar su amigo de la infancia.

—Es obvio que no lo entiendes— Refutó.

—Qué?— Parpadeó asustado. —Kacchan, no estoy entendiendo nada— Quiso dar un paso atrás, pero él fue más rápido y lo atrapó de la muñeca, atrayéndolo hacia el aula por completo, para segundos después, cerrar la puerta detrás suyo. —K-Kacchan!— Emitió un grito entrando en pánico.

Unos brazos varoniles lo rodearon por la cintura, envolviéndolo. Eran los brazos de Kacchan.

—Fui un imbécil— Dijo tras su oreja, paralizándolo con esas palabras.

—Kacchan?—

—Yo no supe valorarte cuando éramos unos mocosos de secundaria— Aceptó, su tono mutando a uno lleno de culpa. —Te besaba porque te quería, y aún…— Inhaló. —Aún te quiero, estúpido—

—Qué?— Exhaló boquiabierto.

—¡Dije que te quiero, estúpido!— Gritó, en el lóbulo de su oreja, ensordeciéndolo. —Te quiero desde que éramos niños, y no quiero perderte por culpa de ese bastardo mitad y mitad—

—En serio?— Dijo sin palabras.

Kacchan se separó y lo llenó de besos el rostro, pero estos eran besos diferentes, porque no tenían el significado del pasado, sino eran expresiones de afecto embriagados de ternura. No eran los besos que Midoriya recordaba de Kacchan, porque en ese momento se los daba con afecto.

Por cuestiones del destino o la razón que fuera, su cuerpo no reaccionaba, porque no asimilaba el hecho de que lo estaban besando de esa manera, de que los brazos de Kacchan lo rodeaban entero, queriendo abarcar cada partícula de su esencia.

Se quedó helado, tan frío que el mismo aire se convertiría en hielo espasmódico si rozara su nuca desnuda, o si sus sentimientos se le fueran arrebatados del pecho y se dejaran expuestos a que cualquiera los observara desde su altura inmensa.

Él se hallaba tan anonadado que se permitió ser besado por Kacchan, hasta que sus labios se adormecieran, hasta que suplicaban por aire qué respirar, hasta que el espacio que les restaba, se inmiscuyera por dentro de sus orejas,

No creía que el contenido afectivo de esos besos fuera tan real, porque cada mensaje que él le quiso expresar, los recibió más que perfecto.

Y en ese momento supo que Kacchan lo amaba.

Lo besó por la comisura de sus labios, bajando lentamente a su cuello, rozó su piel, provocando que se le erizara en electricidad y la estática que se le afiló a su cuerpo, lo carcomió despacio, lo consumió con los afectos que su amigo de la infancia le llenaba a su manera por encima de todo.

En un espacio en que se separó de él, lo miró fijamente a los ojos, él lo notó más relajado.

—Te quiero—

Y Midoriya no supo si algo nació en su interior o se quebró.

Quien sabe.

Simplemente asintió por inercia y cerró los ojos, sin pensar en nada, sin razonar nada, sin saber nada del resto.

La boca de Kacchan lo volvió a capturar, originando una especie de acuerdo implícito entre ellos.

Quizás Midoriya se permitió pisar un terreno equivocado, y le daban ganas de volverse a despertar de él. Despertar de todo, porque la realidad y la ficción se entremezclaban en un caldo sin saber qué sabor tener para el paladar.

Su saliva se mezclaba con la de Kacchan, creando una nueva mezcla de su conexión, de aquel contacto íntimo que compartían, una mezcla que se fundía, se remitía asequible, se integraba al sabor de su boca.

Quizás era un estado catatónico que reflejaba su intensa búsqueda sin descanso, tal vez para Kacchan fue igual, una intensa búsqueda de cómo tenerlo, y probar de todas las maneras habidas y por haber de sus tratos para con él hasta acertar.

Sin embargo, por primera vez dudaba de su búsqueda; le hizo pensar si todo aquello fue en vano, o una meta vaga de ser cumplida.

No pudo evitar cuestionarse:

Habrá sido todo en vano?

Habré perdido mi tiempo en una meta poco probable de ser cumplida?

Quizás, Midoriya se ilusionó en vano, lo soñó tanto que ahora mismo lo experimentaba con otra persona, la misma que le ocasionó su tormento en secundaria y ahora que estaban en preparatoria, lo trataba como una preciada posesión; además, él no sabía cómo zafarse de esa situación y no lo sabría pronto.

Quizás, todo pendía de ese hilo que los unía desde la infancia y romperse estaba lejos de suceder.

Y eso lo dejaba peor que confundido.


Midoriya cerraba los ojos y sus sueños pasaban arrasando con la razón, volaban en arrumacos de polvo, en arrullos para el alma que se vaciaba sobre los ríos caudalosos.

Cerraba los ojos y su imaginación cobraba fruto, se enajenaba, se permitía tener libre albedrío, se integraba a una faceta más de su persona.

Cerraba los ojos y ahí estaba, ahí se alojaban sus recuerdos en bandeja de plata, teñidas de colores brillantes, hasta parecerse al blanco.

Cerraba los ojos y todo tenía sentido, todo se volvía auténtico, sublime.

Las voces se difuminaban, los sonidos de los pasos se fundían a la par con la sonoridad liviana, se distancian de lo palpable y los ruidos mermaron por completo.

Él fluía con el flujo del tiempo, se arremetía contra el poder innegable de las manecillas del reloj, se transformaba en arena y seguía al tanto el complot de los segundos como si fueran sus líderes irrefutables. Obedecía órdenes del tiempo, como si nada valiera la pena mas que el paso sin cesar de los segundos avanzarle por encima, haciéndolo crecer en edad y en físico.

Sumiéndose en el trance de la merced de las conspiraciones de la cual el tiempo lo volvía parte, y aunque él no quisiera verse inmiscuido en ello, los péndulos del reloj lo ataban de manos y pies para no escaparse de él nunca.

Midoriya cerraba los ojos y pertenecía al universo atemporal, donde el tiempo no lo regía como le placiera, sino él lideraba todo a su antojo, y en esos momentos era cuando se encontraba feliz.

Era una felicidad corta.

Y eso le partía el corazón nuevamente.


Tan pronto como realizó sus residencias para mejorar sus habilidades de héroe, se percataba de que él era un chico especial.

Bueno, Midoriya siempre supo que era especial, es decir, diferente a los demás. Diferente a su manera, y eso componía uno de sus atributos.

En cada residencia se concientizaba de que el haber heredado el One For All no era una simple tarea a realizar en un dos por tres, sino una tarea que conllevaba un esfuerzo sobrehumano para completarla de manera correcta.

Su poder crecía, se hacía huésped de su sangre, fluía en sus venas, se encendía con facilidad y era complicado de controlar.

A medida de que se acrecentaba su poder, el luchar contra sus compañeros empezaba a convertirse en un problema, porque se veía obligado a restringir su Quirk porque de no hacerlo, los mataría de un golpe.

Quienes se ajustaban a su intenso ritmo de pelea, solo eran dos personas:

Kacchan y Todoroki.

El primero se guiaba por el instinto, al igual que por la razón; además de que su increíble fuerza y resistencia para con los ataques directos, era indiscutible.

El segundo se guiaba por la lógica y las buenas estrategias, la calma ante todo, y el tomar decisiones a gran velocidad; además, peleaba a la perfección a distancia.

Dos rivales situados a la par con él.

Se amoldaban a su Quirk, a su estilo de pelea, pero no a sus estrategias fríamente calculadas, ni a sus golpes repentinos, o a la fuerza explosiva de su poder.

Midoriya se percató de que sus enseñanzas en las residencias fueron benéficas, al igual que las de su mentor.

Todo cobraba fruto tarde o temprano.

Sin más, su amistad con Todoroki a medida que crecía, la incertidumbre de mantenerse apegado a Kacchan aumentaba.

Su búsqueda se pausaba cuando Kacchan lo abordaba muy a su estilo, lo trataba gentilmente, y lo apoyaba.

Todoroki le hablaba con su aire misterioso que era visible desde sus poros, las pocas pero eficientes palabras que expresaba, su intensa mirada acompañada de sus ojos bicromáticos y por ese cabello, igualmente, bicromático.

Concluyó que eran rivales poderosos tanto en el combate, como en el poder que tenían sobre su pobre corazón.

Y eso lo confundía.

Las estaciones volvieron a pasarle por encima, situándose nuevamente en el frío invierno.

Ya no habitaban las hojas secas en la calle, los árboles se quedaron sin ellas, y se hallaban vulnerables por la tempestad del clima. Así se sentía Midoriya cuando arribaba el invierno; cuando el viento se mutaba en vientos helados, y los copos de nieve se derretían al tocar la lengua.

—Midoriya— Le habló una voz que ya le era bastante familiar. Todoroki apareció frente suyo cuando él se iba de regreso a su dormitorio.

—Todoroki— Se giró a verle, esbozando una sonrisa amistosa. Su amigo no le correspondió de la forma de siempre, al contrario, se mantuvo serio y abstracto en su actitud.

Le albergó un extraño presentimiento, y tan pronto como esos ojos bicromáticos lo miraron con suma intensidad, el corazón le latió acelerado contra el pecho.

—N-necesitas algo?— Tartamudeó, sin saber qué hacer.

—Hay algo que me percaté de un tiempo para acá— Divagó entre sus palabras, metiendo su agraciada mano por entre su cabello.

—Qué cosa?— Midoriya se intrigó, tragando saliva.

—Recuerdas cuando salimos aquella vez— Empezó en tono quieto. —Y te encontraste con los chicos que te solían molestar en la secundaria?—

Midoriya asintió.

Fue una ocasión en que Todoroki y él salieron de la escuela en su día libre a dar un paseo sin tener una razón de por medio, mas que disfrutar de los aires otoñales y beber un delicioso chocolate caliente bajo la música en vivo que sonaba en el parque público. Se suponía que sería un día para relajarse de la tensión de haber realizado muchas tareas y entrenamientos, pero no. Justo cuando se retiraban del lugar, Midoriya se topó con los amigos de Kacchan, bueno, ya no eran precisamente sus amigos para ese entonces, pero él los etiquetó como amigos de Kacchan. Se vieron, se saludaron y se sorprendieron de saber que él sí había ingresado a la U.A. cosa que nadie creyó que se cumpliría.

A partir de ese suceso, la relación que mantenía con Todoroki se transformó a una atmósfera melancólica con sentimientos ambiguos.

Nadie más que Todoroki conocía a esos tipos, a parte de Kacchan.

Todoroki dio unos pasos hacia él, y la situación se tornó relativa, pues no se sabía lo que sucedería en cualquier caso de la conversación, y para Midoriya el temor de lo incierto siempre lo sometía a temores incluso mayores que el ver a sus antiguos molestadores del pasado.

El silencio de Todoroki era simplemente fulminante.

—Recordé algo luego de tanto estarlo meditando— Dijo calmo, en actitud taciturna. —Yo te conozco desde antes de verte aquí— Reveló, sorprendiendo a Midoriya en extremo.

Qué había dicho? Que se conocían desde la secundaria?

—Qué?—

Sus sentidos se anestesiaron.

—No se cómo explicarlo bien— Dijo incómodo. —Pero, yo al saber cosas de ti del pasado, el verte a veces dudar de tus capacidades para ser un héroe, el que me hayas contado que Bakugou te besaba sin ser pareja en la secundaria, me hicieron recordar que yo conversé contigo en ese tiempo—

Todo comenzaba a tener sentido, claridad. Cómo pudo ser tan tonto? La persona que él había estado buscando estuvo frente suyo.

—Me vi afectado por un Quirk— Prosiguió. —Y me hablaste cuando estaba perdido, me auxiliaste cuando no pedi tu ayuda, conversamos un rato, pero al conocer que salvaste a Bakugou, te apure a que lo hicieras en tiempo y forma, por eso yo, por eso, estás aquí—

Midoriya lagrimeaba llevado por la emoción, inhabilitado de emitir una sílaba de su boca, entregándose suavemente al llanto.

Tanta búsqueda para que su mejor amigo fuera el joven que lo auxilió en la secundaria.

—Lo pude recordar— Comentó, sonriendo poquito. —Porque sucedió recientemente, un Quirk que manipula el tiempo me atacó y regresé, y cuando estuve len ese tiempo, recordé lo que hice, recordé que miré tu cuaderno que fue explotado por Bakugou, que lo leí con mis propios ojos y que tu me mirabas con mucha admiración— Se acercó a él, acariciando su cabeza con su mano agraciada. —El Quirk duró muy poco, pero suficiente para que estuvieras aquí como alumno de U.A.—

Midoriya asintió llorando lágrimas de alegría, lanzándose a los brazos gentiles de Todoroki, o mejor dicho, de Shouto.

Sus recuerdos volvieron a su lugar de origen, mezclándose con su ahora nueva realidad, uniéndose al presente que vivía en los brazos de reconforte de Shouto, quien lo recibió con gusto.

Por fin nos encontramos, agradeció bendecido, sintiéndose el chico más afortunado de todos.

Por fin, su búsqueda había terminado, pero sus sentimientos no.

Esos aún seguían latentes, resurgiendo a borbotones, explotando y estallando, agrietándose y partiéndose en pedazos de incertidumbre, pues ahora faltaba resolver la situación que mantenía con Kacchan.

Y eso le partía el corazón.

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P.D. Quería hacerlo Two-shot, pero me falta otro capítulo o quien sabe. No es un fic largo.

Espero que les guste.