Dándole rápida continuidad a este fic. Agradezco enormente la lectura, los cometarios, follows y favoritos. Bien quiero plasmar una historia fresca, cómica, con situaciones bochornosas que comprometan la cordura de Rin. ¡Saludos! Cuídense mucho.


Capítulo2.- Del pensamiento al acto hay un corto trecho.

Ciertamente nunca llegó al cuarto de fotocopiado, Rin deshizo lo andado para…

¡Vaya idea que asaltó y armó tremendo batidero en su cerebro!

Rin primero empezó con pasos vacilantes, debatiéndose entre el querer y no deber hacerlo, pero conforme la adrenalina crepitaba en su interior, endurecía sus entrañas y la seducía a dejarse llevar por el momento, agarró aire para lanzarse como proyectil a la oficina de su jefe. Giró el picaporte de la puerta con brutal violencia y, habiendo introducido su humanidad, asaltó el escritorio de su "amo bonito" apoyando ambos brazos sobre de éste. El crujir de la madera aceleró al mil los latidos de su corazón, un martillar fulminante cimbraba en sus oídos. Rin lo sabía, sabía que no había manera de retroceder, de echarse pa' tras y llorar como magdalena en las esquinas. Era jugarse la vida por un todo o nada. Cogiendo impulso estiró su voluptuoso pecho hacia adelante y con ello consiguió acortar la distancia entre ella y su jefe, logrando así apoyar su frente sobre la de él. Sesshomaru arqueó la espalda siendo que el asalto de su secretaria se le vino a la cabeza como un balde de agua helada. Podría decirse que estaba aterrado, literal, con el horror pintándole de rojo la cara. Su secretaria no sólo había invadido su espacio personal, es decir, la delgada línea que separa al uno del otro, sino que su nariz estaba a un centímetro de tocar la suya y eso le abochornaba de sobremanera. Para variar, ésta tenía la blusa mal abotonada y entre el hueco que se formaba entre un botón y otro, había una sensual y epicúrea frontera de montañas de piel y carne que embelesaba sus pupilas.

—¿¡Rin, es que acaso has perdido la cabeza!?—soltó a quemarropa Sesshomaru sin reparar en el estruendo de su voz. Con apuro tomó los hombros de su secretaria para que con un leve empujón lograse separarla de él, pero pareciera que Rin era un molde de acero inamovible.

Del otro extremo del escritorio estaba Rin, muy devota a desenmascarar a su jefe, poniendo el peso de su determinación sobre su mirada. Sus ojos que eránse de ver como dos temibles y punzantes lanzas, buscaban atravesar el oscuro cristal de las gafas de su señor. Estaba dispuesta a sacrificar su trabajo, tanto que poco le importó… ¡Zaz! Arrebatarlas y…

¿Qué? ¿Qué era lo que veía?

¿Pero qué coños estaba haciendo?

Sus rasgos femeninos, antes felinos, de trueno encarnado, pulidos de valor y coraje, se suavizaron. ¡Pumm! Sus ánimos avalentonados cayeron en picada, sus manos, brazos, piernas, todo el cuerpo lo sentía laxo, como tambaleante gelatina.

Rin se cubrió el rostro con ambas manos sintiéndose aplastada por una abominable avalancha de vergüenza. Las lágrimas se avecinaban a sus ojos cuando… ¡Otra vez! La duda volvió internarse en sus neuronas. En menos de un segundo regresó a Rin lo que ella creyó haber perdido, la severidad que acompañó a sus actos combativos. Tal vez la vorágine de emociones que le apuñalaban el alma y hacían a su ser vibrar de fieras conmociones eran culpa de lo que descubrió detrás de aquellas gafas, porque bien se sabe que los vampiros poseen poderes de subyugación, control mental, lavado de cerebro… etc.

¡Rayos! Como si un trueno le hubiera revolcado las raíces de su espíritu, Rin sintió como cierta corriente eléctrica envolvió a su cerebro. Recordó que los vampiros pueden leer los pensamientos de las personas. Quizá su jefe desde un principio supo de sus intenciones. Pero, si fuera así, porqué…

—Rin, Rin... Rin…

—Jefe—habló quedamente la castaña, en un tono oscuro, carroñero. La frente de Rin se ensombreció, poseída por un aura macabra y maloliente—Jefe, jefe ¿Usted puede leer la mente de las personas?

Tampoco iba ser tan directa y preguntarle si era un vampiro.

—¿Qué cosas dices, mujer? ¿Estás bien? ¿Estás haciendo esto para que te dé el día libre?

—Jefe—volvió a instigar Rin manteniendo indisoluble su tétrica mirada—. Dígame, ¿De qué color es mi ropa interior?

—¡QUUEÉEE!—Sesshomaru estaba al borde de la asfixia, era impensable lo que oyó salir de la boca de su secretaria. En automático aflojó un poco su corbata buscando acaparar a todo pulmón el poco aire que circulaba en la oficina.

Rin desesperó a lo rápido, se impacientó tanto que inconscientemente apresó la corbata de su jefe y apretó el nudo mientras aprensivamente tiraba de él con desbocada fuerza.

—Sólo dígame de qué color es mi ropa interior, carajo.—Rugió Rin a lo grande.

Sesshomaru estaba pasmado de pies a la cabeza, las palabras se le habían fugado de la boca que no sabía qué decir, mucho menos qué hacer cuando dudaba de poder contenerse. Pero pasaba que mientras más largos eran los puntos suspensivos entre su secretaria y él, su cuello tenía posibilidades de romperse.

—¡Blanca! ¡Blanca!—ametralló gravemente recomponiendo su postura.—Tu ropa in—te—rior es blan—ca.

Rin soltó al instante la corbata de su jefe, entrado en profundo shock. Sus ojos no solo se engrandecieron y sus pupilas se tornaron diminutas, toda ella quedó hecha piedra y sufrió de una opresión en potencia aplastando cada una de sus extremidades. ¡Imposible de creer! Sólo un vampiro sabría adivinar lo que llevaba puesto. Presa del miedo se llevó las manos a la boca queriendo acallar con el gesto la tórrida lluvia de suspiros lastimeros que brotaban de su garganta.

—¡Por un demonio, Rin! ¿Qué es lo que te pasa está mañana?

Sesshomaru estaba con tres gruesas venas palpitándole en sus sienes. Se había elevado al máximo su nivel de enfado, algo que dado las circunstancias no podía reprimir. Se despegó de su asiento, y con un dedo en lo alto bastó para que su secretaria entendiera que debía abandonar la sala.

Rin estaba reclusa en una nube de confusión que le impedía coordinar sus brazos y piernas, por lo que Sesshomaru colmado de impaciencia tuvo que barrerla jalándola del brazo y medio aventarla al cuchitril que tenía ella por cubículo.

—Agarra tus cosas y tómate todo el fin de semana, no te quiero ver hasta el lunes—Fue la sentencia de su señor.

—Pero, Sr. Sesshomaru, ¿Y los documentos que iba imprimir?

—No te preocupes—reparó él en tono sarcástico—. Para eso mejor voy yo…

No terminase de decir aquello Sesshomaru cuando Rin, veloz como una flecha se colocó a un costado de su jefe.

—Le acompaño—masculló ella, dibujándosele una sonrisa de triunfo en su boca.

Continuará (…)


Sí, ya sé.

No estoy muy cuerda.