¡YAHOI! Como ya dije en el capítulo nuevo de mi otra historia, Rayo de luna, esperad más cositas de mi parte durante estos catorce días de cuarentena.

Estaré poniendo a mi cerebro a trabajar a tope para no aburrirme xDDD.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.


2


La observó desde la orilla, sonriendo. Sus colas moviéndose perezosamente de un lado a otro y sus pies chapoteando en el agua, mientras a unos cuantos pasos, descalza, con el pelo alborotado, las mejillas sonrojadas y su sencillo yukata gris enrollado hasta las rodillas, Hinata trataba de atrapar un pez entre sus pequeñas y blancas manos. Gimió con frustración cuando el animal escamoso se escurrió entre sus dedos por enésima vez aquel día.

Naruto rio y ella lo fulminó con la mirada. Le dio la espalda y se concentró en su tarea. Él siempre se estaba burlando de que una princesa delicada como ella no era capaz de hacer las mismas cosas que él, y estaba dispuesta a demostrarle que estaba equivocado. Totalmente equivocado.

Atrapó otro pez y lo sacó del agua, luchando porque no se le resbalara de entre los dedos. Corrió por el agua salpicando a todos lados y saltó a la orilla; un gritito triunfante salió de sus labios cuando consiguió dejarlo junto a los otros, pescados por Naruto.

Ella se volvió, mostrando todos sus perfectos y blancos dientes en una amplia sonrisa que hizo a Naruto enrojecer y desviar la vista, entre incómodo y feliz.

Desde aquel día en que había consentido en hacerse amigo de aquella niña humana sus sentimientos hacia ella no habían hecho más que crecer. No sabía exactamente lo que significaba ni si era bueno o malo, solo que le gustaba tenerla cerca, le gustaba cuando ella le cogía la mano o se acurrucaba contra su costado cuando comían o se tiraban a ver el cielo y a buscar formas en las nubes. En esos pequeños ratos de paz, Naruto era inmensamente feliz. Hinata le había devuelto parte del sosiego y la tranquilidad que había perdido cuando habían asesinado a sus padres, décadas atrás.

Ahora hacía ya casi un año en términos humanos que se conocían y compartían juegos y vivencias. Pero últimamente algo iba mal, Naruto lo sabía, lo intuía. Hinata aparentaba ser la de siempre: tímida, alegre, amable, dulce, tierna y cariñosa. Pero había algo que la molestaba… no, que la entristecía. Y, a pesar de que le había preguntado al respecto, ella se le había salido por la tangente, diciéndole que no era nada, que no se preocupase, que solo cosas de su familia.

Eso lo había molestado y había provocado que la castigara no viéndola durante un día entero, algo que también supuso un castigo para él, porque ya no podía vivir sin ver el rostro de Hinata todos los días. Era consciente, porque ella se lo había explicado, de que Hinata no tenía permiso para andar vagando por el bosque cada vez que le viniera en gana. Estaba prohibido que cualquier persona de la aldea se adentrara en él más de lo estrictamente necesario, pero esa prohibición era excepcionalmente real tratándose de Hinata, la hija del hombre más importante en ese sitio, según Hinata le había dicho.

―Las aldeas, normalmente, pertenecen a una persona, a un… jefe, podrías decir, que puede gobernar una o varias―le había dado a conocer una tarde, mientras ambos reposaban tranquilamente con los pies metidos en el río―. Y mientras que a los hijos varones del jefe se les cría para… para ser jefes en el futuro o comandar a los demás hombres a las hijas del jefe se nos… esconde. Nos llaman princesas y nos educan para hacer otras cosas. Cosas… diferentes.

―¿Por qué?―Le había preguntado Naruto, intrigado―. Mis padres hacían lo mismo: cazaban, me cuidaban, me educaban y me enseñaban a sobrevivir. Los dos por igual. ¿Por qué es distinto para los hombres y las mujeres humanos?―Hinata había parpadeado y había desviado la vista, de pronto triste y desolada.

―No lo sé―había susurrado ella―. Te juro que no lo sé. ―La tristeza que vio en sus preciosos ojos perla era tanta que cambió de tema, prometiéndose no volver a ahondar en esa herida nunca jamás.

Pero ahora necesitaba saber, porque esa aura de tristeza que acompañaba a Hinata últimamente tenía que ver con eso que le había explicado de que era una princesa y no podía hacer las mismas cosas que los machos humanos. Y eso lo irritaba, porque si los hombres de su especie no podían ver lo bonita y especial que era, es que eran unos idiotas sin remedio.

Así que, echando a un lado la vergüenza y la timidez que ella despertaba en él, se acercó y le cogió una mano, obligándola a que lo mirase. Hinata ladeó la cabeza, con un adorable sonrojo coloreando sus mejillas. Pero no apartó la mirada, como solía hacer en los primeros días. Sabía que a él lo enfadaba que lo hiciera, así que había aprendido a lidiar con su timidez y con el torrente de sentimientos que Naruto le provocaba.

―¿O-ocurre algo?―preguntó, con esa vocecita que hizo que el estómago de Naruto diera un tirón.

―Dímelo tú―espetó, con más brusquedad de la pretendía; vio como ella pestañeaba, confusa, seguramente preguntándose si había hecho o dicho algo para molestarlo. Suspiró y se rascó una de sus orejas. Hinata observó fascinada como el pelaje de aquel blandito apéndice se erizaba cuando las afiladas uñas de Naruto lo levantaban, buscando la picazón bajo la piel para aliviarla―. Algo te pasa―dijo Naruto, ahora más suavemente―. Sé que algo te pasa, ¿qué es? ¿Es que ha pasado algo en la casa grande o en el pueblo o… ―Hinata sonrió con tristeza y negó con la cabeza.

―No, todo está bien en la aldea… ―Calló y Naruto frunció el ceño.

―¿Y en la casa grande?―insistió, dándose cuenta de que Hinata había mencionado la aldea pero no el que era su hogar.

El pequeño cuerpo de su amiga se tensó. Vio como apretaba los dientes y desviaba la mirada.

―No… ―Naruto sintió la irritación crecer una vez más.

Tiró de ella hasta que sus cuerpos chocaron. Hinata soltó una exclamación de sorpresa y levantó la vista, viéndose atrapada por aquellos fuertes brazos y contra su pecho. Levantó la vista y vio los ojos azules de Naruto fijos en ella, mirándola sin pestañear. Era la primera vez que la abrazaba de esa forma tan… tan íntima. Sintió como la apretaba más fuerte y se quedó sin respiración. Sintió su rostro arder y puso las manos sobre las solapas de su yukata, para tratar de separarse. Pero Naruto no se lo permitió. La abrazó aún más fuerte si cabía, negándose a soltarla o a dejarla ir.

―Hinata―ella se esforzó por evadir su mirada, sus ojos azules quemándola―, dime. Quiero saber qué pasa, qué te pasa. Dime. ―Hinata se mordió el labio inferior, sintiendo las lágrimas que se había negado a derramar hasta ahora arder en el borde de sus ojos.

―No… ―Tragó saliva―. No puedo… ―contestó al fin, en un hilo de voz.

Naruto apretó la mandíbula, sus colas levantadas, evidenciando así su molestia y su enfado ante su evidente falta de confianza. Se separó de ella bruscamente y Hinata dio un gritito, cayendo al suelo. Dejó al fin salir las lágrimas que tan arduamente había estado conteniendo.

―Creí que éramos amigos. ―Hinata sintió que esas palabras se clavaban en su corazón. Se levantó, sorbiéndose los mocos y restregándose la cara con el brazo.

―L-lo somos… Na-Naruto-kun, por favor, no… no pienses lo contrario. E-eres… eres muy especial para mí… ―demasiado especial, pensó ella, pero no lo dijo en voz alta. Ello solo complicaría las cosas.

―¡Entonces dime lo que ocurre, maldita sea!―Se sobresaltó. Nunca lo había visto maldecir ni perder los estribos de aquella manera.

Parecía un zorro más que nunca, con los ojos azules teñidos de un leve tinte rojizo, las marcas de su rostro más acentuadas y todo el cabello y el pelaje de sus colas y de sus orejas encrespado, las uñas más largas y afiladas de lo acostumbrado. Tragó saliva. Naruto jamás la atacaría, estaba segura, jamás le haría daño deliberadamente.

―No puedo―empezó, intentando que la voz no se le quebrase―p-porque no cambiaría nada. Q-que te lo dijera no cambiaría nada―terminó, en un susurro.

Sus palabras trajeron la confusión al rostro de Naruto, que se acercó a ella y la agarró por los hombros, con todo el cuerpo tenso.

―¿Qué quieres decir? ¡Habla claro, Hinata!―La sacudió, con firmeza pero con suavidad al mismo tiempo, no queriendo dañarla bajo ningún concepto.

Hinata respiró hondo y alzó la vista, clavando sus ojos perlas, enormes, tristes, en él. Alargó las manos y los pasó por el rostro del rubio, con cariño, queriendo transmitirle con esa simple caricia todo lo que él la hacía sentir, todo lo que ella albergaba en lo más profundo de su corazón.

Naruto cerró los ojos, disfrutando, ansiando, por algún motivo, que las pequeñas manos no abandonaran nunca su piel. Un anhelo casi insoportable de hacer él lo mismo, de tocarla, de sentir su figura, su toque, bajo sus manos, lo asaltó. Aflojó el agarre que mantenía en los hombros femeninos y bajó las manos lentamente por sus brazos hasta la cintura, donde la ciñó con fuerza para pegarla a su cuerpo. Aquel contacto les robó el aliento a los dos.

―Naruto-kun… ―Él parpadeó y, por algún motivo, sus ojos se clavaron en el rostro de su amiga, concretamente, en sus rosados y apetecibles labios, ahora entreabiertos.

Deseó probarlos, deseó posar su boca sobre la de ella, tal y como su padre hacía cuando quería demostrarle a su madre cuánto la quería. Ella reía y le devolvía el beso y una caricia juguetona. A él siempre le había gustado verlos así: felices, cariñosos, sabiéndose unido a una familia llena de amor.

Tragó saliva, sintiendo la garganta reseca. Sí, él deseaba besarla, pero algo le dijo que no debía hacerlo. Él estaba creciendo, ya era un hombre en los términos de su especie, pero los humanos eran diferentes, sus vidas eran más cortas y, también, había oído, en sus pocas incursiones al pueblo para asegurarse de que Hinata volvía sana y salva a su casa, que las niñas humanas debían proteger algo llamado virtud o inocencia, dependiendo de a quién preguntaras.

¿Si la besaba él le robaría esa inocencia que debía preservar aun cuando no sabía por qué era tan importante? ¿Y qué sería esa inocencia? Tenía tantas dudas en lo que respectaba a los humanos pero todavía más en lo concerniente a Hinata…

Ella le había dado tanto… se había hecho su amiga, le había ayudado, le había acompañado cuando más necesitaba de alguien. Y él quería devolverle la misma amabilidad que ella le había mostrado desinteresadamente.

―Naruto-kun. ―El susurro de Hinata lo sacó de su ensoñación.

La miró nuevamente, cuando ella posó sus pequeñas manos en el rostro de él, haciendo presión para que lo bajara. A su vez, la pequeña fémina se puso de puntillas, juntando sus frentes, quedando sus bocas a apenas unos milímetros de distancia.

―Hinata… ―¿Desde cuando su voz era tan ronca?

Hinata tragó saliva. Sabía que no era correcto, que no debería. No tenía ninguna oportunidad con Naruto. Su destino ya había sido trazado. Llevaba un años sabiendo lo que ocurriría, lo que debería hacer para contentar a su familia y seguir así con la tradición que miles de mujeres habían llevado a cabo antes que ella: casarse, en lo que se llamaba un buen matrimonio; yacer con su esposo y traer hijos al mundo o, al menos, uno, un heredero.

Pero no quería irse sin haber hecho antes algo que deseaba con toda su alma. Sería su recuerdo más preciado, lo que la mantendría cuerda cuando la soledad amenazara con ahogarla.

Porque ella no se lo había dicho, pero esa sería la última vez que vería a Naruto. A partir del día siguiente tendría que comportarse como la perfecta princesa que era. Tendría que recibir a su futuro esposo con toda la pompa que se requería. Los esponsales habían sido fijados para el final del verano, y Hinata sabía que, con los preparativos, no tendría tiempo de escabullirse para ver a Naruto.

Y aquello le rompería el corazón. Naruto había sido su única luz en la oscuridad que la rodeaba, su único motivo para reír y tener esperanza de que no todo en el mundo era tan terrible como parecía.

Así que, tomando el poco valor que le quedaba, terminó de reducir el espacio entre ellos y juntó su boca con la masculina. Sintió la sorpresa poner rígido el cuerpo de Naruto. Ella demoró sus labios unos segundos, lo suficientes como para llevarse el recuerdo de su textura y de lo bien que se sentían contra los suyos.

No había sido más que un contacto casto y de lo más inocente, pero para ella fue más que suficiente. Se separó, con toda la cara hirviendo de vergüenza. Aturdido, Naruto no acertó a detenerla. Hinata se desprendió de sus brazos, dio vuelta y echó a correr todo lo rápido que sus piernas le permitieron.

Naruto maldijo y echó a correr tras ella. Tenía que alcanzarla, tenía que llegar a ella. Era más rápido, tenía que poder alcanzarla.

No obstante, tuvo que detenerse bruscamente y esconderse entre las ramas de un árbol; en su loca carrera, Hinata había topado con un par de humanos de la aldea, que cargaban con ramas y troncos, seguramente para hacer leña para cocinar o para paliar el frío que ya empezaba a arreciar por las noches.

Ellos parecían estupefactos a la par que horrorizados de ver a la hija mayor de su gobernante pululando a sus anchas por el bosque. Rápidamente, la guiaron fuera de la espesura. Naruto vio con rabia y dolor como se la llevaban, como la alejaban de su lado. Apretó los puños, viendo el largo cabello de su amiga balancearse de un lado a otro mientras seguía con la cabeza gacha a los dos aldeanos.

Se estremeció al sentir su abatimiento y su tristeza como propios. Y tomó una determinación: esa noche iría a verla. Se colaría en la casa grande y no se marcharía hasta que ella no le diese todas las explicaciones que él considerara pertinentes.

Asintió para sí, más decidido que nunca en su vida.

Él arreglaría lo que quiera que tenía a Hinata tan triste.

Vaya que sí.


―Mañana llega Ōtsutsuki-dono―dijo Hiashi Hyūga, como si nada, mientras daba cuenta de su tazón de arroz―. Espero que te comportes a la altura de las circunstancias. ―Hinata luchó por no llorar frente a su padre.

Intentó que ninguno de sus sentimientos se trasluciese en su rostro, poniendo una cara totalmente inexpresiva. Inclinó la cabeza con respeto hacia el jefe de la familia.

―Sí, padre. Lo haré. Traeré honor a nuestra familia. ―El corazón le dolió, porque saber que al día siguiente todo cambiaría, que tendría que dejar de escaparse para ir al bosque, que no podría volver a ver a Naruto… la devastaba.

Pero debía hacerlo. Era su destino, su deber como hija. Las cosas serían distintas si hubiese sido varón, por supuesto, pero en ese mundo cruel y despiadado en el que había tenido la desdicha de nacer, las mujeres no eran más que meros objetos que se intercambiaban los hombres entre ellos a cambio de tierras, dinero o, simplemente, poder político.

Terminó de cenar, esperó a que su padres terminara y luego, ella y su hermana pidieron permiso para retirarse. Ya casi llegando a sus aposentos privados, Hanabi se abalanzó sobre ella, abrazándola por la cintura con toda la fuerza que albergaba su pequeño cuerpo.

―¡No es justo! ¡Ni siquiera conoces a ese tal Ōtsutsuki!

―¡Hanabi!―exclamó, horrorizada. Miró a su alrededor, respirando aliviada cuando vio que no había nadie para escucharlas.

Arrastró a su hermanita hasta meterla en su cuarto y luego cerró la puerta con un golpe seco. Se volvió entonces hacia Hanabi y la abrazó.

―Siempre serás mi hermanita, Hanabi. Siempre. ―Hanabi la abrazó a su vez y Hinata sintió que se le mojaban las ropas con las lágrimas de la niña.

―¿Y si huyes?―Hinata se conmovió y tuvo que respirar con fuerza para intentar aflojar el nudo que le apretaba la garganta.

―No puedo hacer eso, Hanabi―le susurró, acariciándole el pelo con cariño―. Padre vendría a por mí y me encontraría, sabes que lo haría. Quiere esta alianza con los Ōtsutsuki más que nada en el mundo.

―¿Y si yo me caso con él?―Hinata soltó una risita.

―Eres demasiado pequeña, Hanabi. No has sangrado aún. ―Se ruborizó al pronunciar esas palabras―. Tú no le sirves―susurró más para sí misma que para su hermana.

Hinata tenía muy claro por y para qué quería Ōtsutsuki casarse con ella: niños, hijos, lo único para lo que ella era valiosa… de momento.

Cerró los ojos y apretó a Hanabi contra ella, sintiendo ya la tristeza de la partida. Le dio un beso en el pelo y luego la soltó, forzando una sonrisa para que Hanabi no se fuera preocupada a dormir.

―Anda, ve a descansar. Mañana estaremos muy ocupados. ―Hanabi frunció el ceño, pero la sonrisa de Hinata no vaciló. Tras unos segundos, Hanabi resopló, le dio las buenas noches a su hermana mayor y luego se fue a su propia habitación.

Hinata esperó unos minutos para recomponerse y luego fue hacia el medio del cuarto, donde aguardó hasta que un desfile de criadas entró para desvestirla y prepararla para dormir. Cuando estuvo con el yukata de dormir, las sirvientas se retiraron, dejándola al fin a solas con sus pensamientos.

Se metió en el futon y apoyó la cabeza en la almohada, cerrando los ojos para buscar el sueño que le hacía falta.

No quería pensar, no quería recordar, porque si recordaba le sería más difícil cumplir con su deber como la princesa de los Hyūga.

Sin embargo, no pudo evitar que unos ojos azules se filtraran en sus pensamientos justo antes de que la fatiga la venciera.


Era ya noche cerrada cuando Naruto consiguió colarse en la casa grande. Le fue más difícil que las otras veces, porque había más vigilancia, pero a base de alguna que otra ilusión y de sus increíbles habilidades pudo sortear todos los obstáculos hasta estar dentro.

Abrió las fosas nasales hasta captar el olor de Hinata. Lo siguió por encima del tejado, agazapado y al amparo de las nubes que tapaban la luna de cuando en cuando. Cuando creyó estar en el sitio correcto, se asomó boca abajo y abrió con cuidado una de las puertas correderas que mantenían la habitación cerrada. Sus ojos azules, capaces de ver en la oscuridad, no tardaron en distinguir la silueta de su amiga tumbada en lo que los humanos llamaban futon y que usaban para abrigarse durante la noche.

A sus oídos llegó su pausada respiración. Sigilosamente, se descolgó y se dejó caer sobre el tatami, haciendo un ruido sordo que no llamó la atención de la única ocupante de aquel cuarto. Cerró tras de sí y, casi flotando sobre el suelo, se acercó hasta acuclillarse al lado de Hinata, quien seguía plácidamente dormida, ajena al mundo que la rodeaba.

Naruto no pudo evitar observarla, fascinado. Su rostro durmiente estaba tranquilo, aunque sus párpados se movían, inquietos, como si estuviera soñando algo que no era del todo agradable. Su pecho subía y bajaba y sus labios, entreabiertos, lo llamaban.

No había podido dejar de pensar en aquel fugaz beso que ella se había atrevido a darle. La sorpresa había retenido el impulso que sintió de estrecharla contra sí, buscando hacer el contacto más profundo, más… íntimo. Había pasado toda la tarde hasta la noche pensando en ello, en qué quería decirle su cuerpo. Pensó en sus padres, en los mimos que se daban cuando creían que él no les prestaba atención, pero nunca había visto más que abrazos y besos casi tan leves como el que Hinata le había dado.

Sin embargo, su instinto le decía que había más, mucho más… el caso era que no sabía el qué. Y Hinata tampoco, a juzgar por lo breve que había sido el contacto entre sus labios.

Un cosquilleo lo recorrió entero, erizándole todo el vello y el pelaje de sus colas y de sus orejas. Le había gustado, mucho, demasiado. Tanto que no podía esperar a repetirlo. Pero antes tenía que saber…

Alargó una mano y sacudió delicadamente el hombro de Hinata. Esta murmuró algo en sueños y se dio la vuelta. Naruto bufó y volvió a sacudirla, más bruscamente esta vez. Ahora sí: Hinata abrió los ojos y se incorporó, sobresaltada. Sus orbes perlas, aún velados por el sueño, buscaron por todo el cuarto hasta dar con él, agachado a su lado.

Hinata parpadeó, como asimilando lo que estaba viendo. ¿La estarían engañando sus ojos? ¿Tal vez seguía dormida y tan solo estaba soñando?

―Hinata. ―Su voz, teñida de impaciencia y apremio, la sacó totalmente del sueño que todavía la acechaba.

Abrió los ojos y la boca, sorprendida. Apartó las mantas y se levantó de un salto, alejándose de él. Aquello dolió a Naruto y él también se puso en pie, con todo el cuerpo tenso.

―¿Q-qué haces aquí, Naruto-kun?

―He venido a verte―contestó él, simplemente.

―¡E-es peligroso! ¡Tienes que irte!―Hinata fue hacia las puertas del jardín y abrió una, lo suficiente como para comprobar que no hubiera nadie que pudiera ver al intruso que tan descaradamente se había colado en sus habitaciones.

―No. ―La negativa de su amigo la hizo volverse a mirarlo.

―¡S-si te encuentran aquí te harán daño! ¡Debes- ―Se interrumpió al ver cómo él se acercaba a ella de nuevo y elevaba una mano, acariciándole la mejilla con ternura y cariño. No pudo evitarlo, sus orbes perlas se llenaron de lágrimas.

La expresión de Naruto se suavizó y dejó la palma de su mano descansar contra la pálida mejilla de Hinata.

―Nadie me ha visto entrar. ―Hinata inspiró hondo, dejando escapar el aire segundos después. Todo su cuerpo temblaba y su corazón parecía que iba a estallarle, de tan rápido que latía. El contacto de Naruto era tan cálido, tan tierno, tan dulce que le dolía. Le dolía porque no podía corresponderle como realmente deseaba, como anhelaba hacer.

Se apartó de él, las lágrimas rodando libremente por su cara. A Naruto le partió el corazón ver tanta tristeza en su bello rostro. Se acercó a ella otra vez, sin darle opción a escapar, y la abrazó con tanta fuerza que la dejó sin respiración, incluso levantándola unos centímetros del suelo. Él era más alto y más fuerte que ella, pero eso nunca la había disgustado. Le gustaba, le encantaba saber que encajaba tan bien contra el cuerpo de él.

Pero no era correcto. Mañana sería una prometida y en unos días una mujer casada. Perdería toda su inocencia y pertenecería a otro hombre. Nunca más podría regresar al bosque, nunca más podría saltar, reír, nadar y pescar en el río o trepar a los árboles. Nunca más podría volver a ver a Naruto.

A su Naruto.

Lloró más fuerte, hipando y sorbiéndose los mocos, forcejeando para que él la soltara. Dolía, dolía como nunca le había dolido nada antes. Se había enamorado de él, lo sabía, lo había sabido casi desde el primer día en que lo vio. Su admiración y fascinación solo habían ido creciendo, transformándose en un amor tan puro y grande que a veces creía que la desbordaría.

Pero, lejos de ceder a su insistencia, a su deseo de soltarse, Naruto la apretó más fuerte y hundió el rostro en su cuello, encontrando un lugar la mar de cálido y cómodo, ahí donde el cuello se unía al hombro. Su nariz rozó la suave piel, justo el pedazo que la solapa de la yukata de dormir no cubría. Un suspiro de anhelo escapó de sus labios y no pudo resistirse a depositar en aquel hueco un beso, apenas un roce que hizo a Hinata quedarse rígida y que a él le despertó algo. Un deseo que ni siquiera sabía que pudiera sentir.

Se separó lentamente de ella, algo aturdido, tratando de analizar lo que pasaba entre ellos. Tragó saliva cuando, al fijarse en su rostro, sus ojos volaron directamente a su boca. Se le hacía la mar de apetecible: labios carnosos y rosados. Ya conocía lo suaves que eran, ahora quería saber a qué sabían.

Sacudió la cabeza, tratando de aclarar su confusa mente. No tenía tiempo para mimos. Primero debía saber por qué Hinata había huido tras darle aquel beso, por qué había parecido tan triste aquella tarde, cuando habían pasado un agradable rato riendo y pescando, como siempre.

―¿Por qué?―preguntó, soltando una de sus manos de la cintura femenina y llevándola a su rostro; sintió la piel mojada bajo sus dedos y suspiró―. ¿Por qué lloras? ¿Por qué me besaste? ¿Por qué… por qué huiste de mí?―Hinata rompió a llorar otra vez, dejándose caer contra el pecho del rubio.

Naruto la abrazó nuevamente. Necesitaba saber, necesitaba conocer aquello que la afligía. No podía ayudarla si no sabía. Él arreglaría todo, lo haría. Odiaba ver a Hinata triste. Hinata tenía que sonreír, se merecía sonreír. Todo era mejor cuando ella sonreía.

―Naruto-kun… ―susurró ella, cuando al fin se calmó lo suficiente. Sin embargo, no abandonó el refugio de sus brazos y eso, a Naruto, le gustó. Le gustó tanto que se movió hasta sentarse en el suelo con las piernas cruzadas, acomodándola sobre su regazo. Había visto a sus padres hacer eso muchas veces, especialmente cuando su madre parecía enfadada o disgustada por algo.

Hinata, aun sabiendo que no era correcto, se permitió una última libertad, un último gesto de felicidad, antes de tener que entregarse a otro hombre. Se acurrucó contra el pecho de Naruto y se dejó abrazar y consolar por él.

―Dime, ¿por qué?―Volvió a preguntar el chico, tras varios minutos de silencio.

Hinata suspiró. Lo merecía. Naruto se merecía una explicación. Ella no había planeado despedirse de él, no había planeado decírselo. Habría demasiado doloroso para ambos. Pero ahora que él había ido a buscarla para pedirle explicaciones, no podía huir.

Se separó un tanto para mirarlo directamente a esos hermosos ojos azules que la habían hechizado cuando era apenas una niña pequeña. Tomó aire y se preparó para cualquier reacción que él tuviera.

―Naruto-kun, yo… y-yo no soy libre. ―Naruto frunció el ceño y abrió la boca para hablar, pero ella le puso los dedos sobre los labios, pidiéndole en silencio que la dejara explicarse―. No soy libre―repitió―. L-las niñas humanas… no somos libres, no las de mi… clase, al menos. ―Naruto la escuchaba, atento, con las orejas tiesas, no queriendo perderse ni una sola sílaba―. L-las campesinas o las hijas de los comerciantes tienen algo más de libertad, pe-pero tampoco mucha más. Nuestro cometido, nuestro deber… es ser calladas y sumisas, obedecer todo lo que nuestros padres primero, y nuestros maridos después, nos dicten.

―¿Maridos?―Hinata sintió temblar su labio inferior pero prosiguió, ignorándolo.

―Ese dictado viene dado por… por nuestra condición femenina. ―Se ruborizó, pero no paró de hablar. Él necesitaba saber y ella también necesitaba decírselo, necesitaba que lo comprendiera, que la comprendiera―. Somos… somos bienes preciados…

―¡Tú no eres un bien!―exclamó Naruto, enfadado porque ella se rebajara a sí misma de esa manera―. ¡Eres una persona! ¡Mi persona!―Hinata sintió las lágrimas acumularse una vez más en sus ojos ante la inesperada declaración de que ella era mucho más importante para Naruto de lo que había pensado.

Le acarició el rostro, en una caricia atrevida pero tímida al tiempo. Naruto cerró los ojos, disfrutando de aquel leve contacto, tan dulce, tan cálido, tan correcto…

―Somos bienes preciados… hasta que nos casamos y… eh… tenemos hijos. En ese momento, ya dejamos de importar, porque se supone que nuestro deber está cumplido. ―Naruto abrió los ojos y la miró.

No mentía, Hinata no mentía. Le estaba diciendo la verdad. Poco a poco, el entendimiento fue llegando a su mente. La apretó por la cintura, fijándola en su regazo.

―¿Eso es lo que te va a pasar a ti? ¿Tienes que… casarte?―Naruto suponía que casarse era el equivalente al emparejamiento en su especie. Y no le gustó. Ni un pelo―. ¿Con otro… ―Se interrumpió antes de terminar su frase, porque no sabía si sería correcto decir lo que tenía en la punta de la lengua en esos momentos.

¡Hinata no podía casarse! ¡No con otro macho! ¡No lo permitiría! ¿Qué iba a hacer él sin ella? ¿Sin ver su sonrisa todos los días? ¿Sin sentir sus manos acariciando sus colas cuando ella creía que estaba dormido o distraído?

Tras varios minutos de tenso y pesado silencio Hinata asintió, despacio, como si le costara un mundo admitir que él estaba en lo cierto.

―Sí―susurró.

Naruto enfureció. Se echó hacia delante, lanzándola contra el tatami del suelo. Se cernió sobre ella y la apresó contra el suelo, sus manos presionando su cabeza, sus piernas a cada lado del cuerpo femenino, los ojos azules con una mirada fiera, ardiente, clavados en los perlas.

―¡No puedes casarte! ¡No vas a casarte! ¡No lo permitiré!―Hinata pasó de la sorpresa a la tristeza.

Posó de nuevo sus pequeñas manos sobre las bronceadas mejillas de Naruto.

―Tengo que hacerlo―dijo ella, con voz suave. Naruto ahogó un gemido de angustia y enterró el rostro en su cuello, negando con la cabeza. Las peluditas orejas le hicieron cosquillas, pero Hinata no se quejó ni tampoco rio.

―No te dejaré… no dejaré que te aparten de mí… ―dijo Naruto, con la voz estrangulada.

―Naruto-kun… ―Hinata lo abrazó, sintiendo de forma deliciosa su peso sobre ella, recreándose por última vez en su calor y en su fuerza―. Debes… debes hacerlo. Debemos despedirnos…

―¡NO!―Naruto se separó de ella, volviendo a clavar su mirada en ella―. ¡No me dejarás, Hinata! ¡No lo harás!―Hinata suspiró.

―No puedo hacer nada… no puedes hacer nada… ―Naruto apretó los dientes, pensando, buscando una solución.

No iba a dejar que Hinata lo abandonase como lo habían abandonado sus padres. Ella había sido su luz. Desde que la había conocido, todo había ido a mejor. Desde aquella primera vez, incluso, que la había visto, siendo ella apenas una niña y él un cachorro. Ahora era distinto. Él era un hombre ya―o casi―, tenía una cabaña que había construido con sus propias manos, sabía cazar, pescar y recolectar. Sabía encender una hoguera, algo muy útil ahora que se aproximaba el invierno. También se había vuelto muy bueno en hacer ilusiones, gracias a que había tenido a Hinata para ayudarlo a practicar, así que podría pasar desapercibido entre los humanos y conseguirle así ropa o víveres a los que ella estuviera más acostumbrada.

Tendría que conseguir uno de esos futones, también, o podría dejar que ella se acurrucara contra su pelaje, estando él transformado. Aquella idea le pareció más que agradable. Así podría protegerla mejor. Sus sentidos se agudizaban en su forma de zorro completa. Ningún depredador o enemigo podría acercarse a ellos sin que se diera cuenta.

Asintió para sí, feliz de haber encontrado una solución, la única aceptable para él, dadas las circunstancias.

Acarició con reverencia el rostro de Hinata, que se encendió de pura vergüenza. Él rio, adorando aquel tono rosado sobre sus pálidas mejillas. La hacía ver tan adorable… tan hermosa…

―Ven conmigo―susurró.

Hinata se paralizó. No podía haber oído bien. Era imposible. Naruto no… no podía haberle pedido… Sacudió la cabeza.

―Ven conmigo―susurró una vez más Naruto, acariciando con tranquilidad, pero con dedos temblorosos ahora la suave piel del cuello de Hinata.

Ella tembló bajo su toque, sintiéndolo en cada fibra de su ser. Aquello la estaba matando. Era una agonía tremenda, saber que estabas a punto de alcanzar algo pero sabiendo al mismo tiempo que no podría hacerlo, que no debías. Que tenías que dejarlo ir porque había obligaciones, estándares que tenías que cumplir.

―No puedo… Mi hermana… ―Se le rompió la voz.

Naruto frunció el ceño y ladeó la cabeza. Sabía de la hermana pequeña de Hinata, Hanabi. Ella le había contado muchas cosas sobre ella: que era alegre, espontánea, de sonrisa fácil y un poco pillastre.

―¿Hanabi también debe casarse?―Hinata pestañeó.

―Sí…

―¿También por obligación?―Hinata tragó saliva, una nueva información abriéndose paso en su cerebro.

Siempre había sabido que ella tendría que casarse con aquel a quién su padre escogiera. Que si llevaba aquello que se esperaba que ella, Hanabi no tendría que soportar su mismo destino, su misma carga. Que podría casarse por amor y no por… por obligación, con un total desconocido, no sabiendo si su futuro marido la trataría bien o mal. Si sería o no feliz.

Pero… ¿sería realmente así?

«No». Su propia respuesta mental la sobresaltó. Es cierto que su padre era una persona rígida y un fiero guardián de las tradiciones, pero… ¿tan ansioso estaba por acumular tierras y riquezas que también sacrificaría a Hanabi en pos de esas ambiciones?

«Sí, lo haría. ¿Acaso no lo conoces?». Entonces… ¿su sacrificio sería en vano? Se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Había sido tan ingenua? ¿Tan inocente?

Naruto se asustó ante su llanto desconsolado y silencioso. Se apresuró a abrazarla y a arrastrarla con él, para acomodarla sobre su pecho y poder así estrecharla como quería.

―Hinata… ―Ella escondió la cara en su pecho y negó con la cabeza, indicándole así que la dejara un minuto para desahogarse. Naruto así lo hizo, limitándose a pasar las manos por su espalda, arriba y abajo, intentando consolarla y tranquilizarla.

Cuando las lágrimas al fin se le secaron, Hinata levantó la vista. Tenía los ojos rojos e hinchados y el rostro lleno de rastros de lágrimas. Pero Naruto nunca la había visto más hermosa. No pudo resistirse y elevó su propia cara para poder alcanzar sus labios, en un beso breve, un roce como el que esa misma tarde le había dado Hinata.

Cuando se separó Hinata lo miraba, fijamente, como debatiéndose consigo mismo entre hacer una cosa u otra. Naruto sonrió, una sonrisa de alguien que se sabía victorioso en una lucha injusta.

―Ven conmigo―le susurró una vez más―. Por favor, ven conmigo. No puedo dejarte ir, Hinata, no puedo. ¿No lo entiendes? Tú eres mía. Siempre has sido mía. ―Hinata notó las lágrimas queriendo escaparse nuevamente de sus ojos.

Naruto la abrazó y la acunó contra sí, susurrando torpes aunque dulces palabras al oído, repitiendo aquello que albergaba en sus recuerdos que su padre le decía a su madre cuando esta estaba triste por algo.

Finalmente, Hinata levantó la vista y lo miró, limpiándose con las mangas del yukata de dormir los restos de las gotas saladas y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió bien, a salvo. Sonrió y abrazó a Naruto por el cuello. Naruto le devolvió la sonrisa y se dejó abrazar.

―Lo haré―susurró ella. Si no podía proteger a Hanabi con su sacrificio… ¿de qué serviría que lo hiciese? Su hermanita lo entendería. Además, Hanabi era fuerte y valiente, mucho más que ella. Sabría defenderse y, en caso de que algo malo le ocurriese, tendría a Neji a su lado. Neji la protegería como no había podido protegerla a ella, por culpa de la influencia de su padre. Pero ahora su primo ya era mayor, un hombre, y podía enfrentarse a su tío sin temor ninguno―. Iré contigo. ―Naruto inspiró hondo y exhaló, expulsando el aire que había estado reteniendo, esperando la respuesta a su proposición.

Besó su barbilla, su mejilla, su párpado y su pelo. Hinata suspiró, dejándose hacer. Tenían todo el tiempo del mundo. Ahora que había tomado una decisión, ya no temía que los atrapasen. Sabía que Naruto podría huir rápidamente, incluso llevándola a ella a cuestas. Confiaba en él, en su fuerza, pero, sobre todo, en su gran determinación. La misma determinación que lo había llevado a huir de su hogar tiempo atrás, a dar tumbos por el mundo, negándose a ir a reunirse con sus padres. La misma determinación que lo llevó a colarse aquella noche de invierno en su casa, años atrás, para robar un poco de comida caliente que le calentase su vacío estómago.

―Huyamos entonces―le susurró Naruto, mirándola fijamente, acariciando su cabello con delicadeza, con cariño―. Huyamos juntos. ―Hinata suspiró una vez más.

―Juntos…

―Juntos. Para siempre.

Fin 2


Bueno, pues segunda actualización de hoy. ¿Os ha gustado? ¿Esperabais algo distinto? ¿Queréis alguna cosa más de mi parte?

¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

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Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.