Todo por amor
Por
Rakel Luvre
Disclaimer: Los personajes y la novela de crepúsculo no es mía. La trama esta historia sí es de mi autoría. Novela editada por Miry Alvarez Rodriguez. Derechos reservados.
Capítulo 1
El espejo
«En este lugar el tiempo y la distancia no existen. Es la quimera, pero también es la realidad.»
Isabella cepilla los nudos de su cabello con furia. Da un fuerte jalón a una mecha rojiza y con pánico la mira caer al piso. Temerosa, levanta los ojos para revisar la imagen de su cabeza en el espejo y, con tristeza, contempla que hay menos pelo.
Echa un vistazo a su rostro regordete, toca sus mejillas y luego las pellizca para medir su grosor. Después, examina su vientre saturado de grasa. No le sorprende que Edward, su esposo, haya dejado de amarla por su apariencia monstruosa.
El dolor lacerante en el estómago a causa del hambre se intensifica y su cuerpo se estremece con cada punzada. Cae al piso de la habitación y deja a un lado el cepillo para aferrar las piernas contra el pecho. Se queda así, hasta que el dolor disminuye y cuando logra ponerse de pie se acerca a la báscula detrás de la puerta. Con recelo mira los números marcados. ¡Su peso se mantiene! Lo detesta porque el esfuerzo para llevar la dieta es inútil.
Levanta del piso la bata de baño y se la coloca para abandonar la habitación. Isabella cierra con llave la puerta dejando atrapada a la sombra que la martiriza.
Se le antoja ir a la sala, encender la chimenea y mirar el fuego consumir los leños. Quiere creer que el fuego también extinguirá su ira. Sus labios anhelan el vino que Edward le enseñó a beber. Con pasos lentos se acerca al bar. Pasa por alto las copas para alcanzar un vaso y con manos temblorosas lo llena hasta derramar el líquido. Busca anestesiar el dolor que su desprecio le provoca, sin darse cuenta de que ni el mejor vino podrá ayudarla.
Después de encender la chimenea se sienta sobre la alfombra que alguna vez fue su lugar favorito para hacer el amor en los días lluviosos. Cuando él la amaba y eran felices. Cierra los ojos mientras abraza sus rodillas y pone su mente en blanco para darse un respiro. Pero…
« ¿Cómo eludir la verdad? —Isabella ya no puede engañarse más—. ¡Él está con su amante!» Reconoce.
En su mente puede ver a una mujer de figura perfecta y andares elegantes; ella es castaña o rubia, cualquiera es mejor siempre que no le recuerde a su esposa: la obesa. Tal vez es su colega o un cliente.
Y mientras Isabella se martiriza, Edward juguetea con ternura la larga cabellera rubia de la mujer que permanece recostada sobre su pecho. Su respiración acompasada es una melodía que lo mantiene relajado. La alarma del celular de su joven amante advierte del poco tiempo que les queda.
Escucha el suspiro de pesar de la mujer mientras se remueve entre sus brazos. Él sonríe y la presiona más contra su cuerpo.
En medio de risas, ella logra deshacerse de su agarre y lo deja en la cama añorando su calor. Piensa que el hombre maravilloso debería desconocer cuánto la enloquece.
Ese hombre de ensueño le hizo el amor con tanta pasión que los botones de su blusa quedaron esparcidos por la alfombra, y la prenda de seda blanca en algún rincón de la habitación, junto al sujetador. La falda, al igual que los tacones al lado de la cama y las bragas…
—¿Buscas esto? —le pregunta Edward.
La mujer contempla la sonrisa lasciva de su amante mientras le muestra la prenda extraviada como si fuera un trofeo. Su atrevimiento le fascina.
Edward la arroja hacia las manos de la rubia, mientras permanece recostado en la cama sin intención de partir.
La mujer sabe lo que le gusta y por eso se coloca la diminuta braga con movimientos licenciosos. Incitándolo a mantener la mirada hambrienta en su cuerpo. La actuación rinde frutos.
Edward deja la cama para atraparla de nuevo entre sus brazos y besa sus labios con ardor.
Ella. ¡Lo ama!
Es la media noche cuando abandonan el hotel de paso. Y mientras se dirigen al hogar de la rubia, Edward la observa con discreción. Piensa en cuánto le gusta fornicar con la mujer a su lado. No era la primera mujer con la que engañaba a su esposa, aunque sí la que ha significado algo más que satisfacción. Al final de la cita un beso cargado de sentimientos, de esos que no pueden ser hablados en voz alta, es la despedida.
Maneja el auto a alta velocidad. Espera que su mujer se encuentre dormida. Demasiado cansado para escenas de celos y discusiones.
Estaciona el auto y sale con su portafolio en mano. Toma el camino habitual al elevador y al llegar, entra y marca el número de su piso. Más sosegado, cierra los ojos para revivir los deliciosos momentos con su amante.
Ella y su maravillosa piel sedosa tan libre de imperfecciones. Una larga cabellera rubia meciéndose al ritmo de la pasión, danzando sobre él. Sus labios carnosos rodeando y succionando su miembro hasta dejarlo seco. Sus pechos, un elixir adicional a tanta belleza.
«¡No puedo cansarme de su cuerpo!» Piensa.
Las puertas de la caja metálica se abren y el sonido lo trae de vuelta. Recorre el pasillo con la mirada antes de avanzar lentamente a su aburrida vida marital. Saca las llaves del bolsillo de su pantalón y abre la puerta. Al cruzar, la luz de la chimenea capta su atención y allí está su mujer: Isabella.
Isabella le hace frente con la cabeza en alto. No lo agobia con interrogatorios, ni lo amarga con reclamos. Le basta con mirarlo a los ojos para comprobar que estaba con su amante.
«Acaso, ¿cree que estoy ciega? No. No le importa». Piensa Isabella.
Su aroma varonil ahora es remplazado por el perfume escandaloso de ella.
La desfachatez de Edward hace que la ira resurja de entre las cenizas. Isabella aguarda con las manos en puño a sus costados, con la respiración agitada y conteniéndose a caer en un juego de palabras ofensivas. Por mucho que desee gritarle al hombre lo desleal y mentiroso que se ha vuelto, se resiste.
Edward toma asiento en el sofá frente a su esposa, cruza una pierna y estira los brazos en el respaldo. Tan soberbio e impasible, se halla con la mirada fija en el rostro de Isabella, retándola a que lo enfrente. Quiere hacerla perder los estribos, enfurecerse, gritarle y lastimarla. Hacerle ver que ella tampoco es perfecta.
Isabella es paciente y espera su coartada.
—Fui a tomar una copa con Aro…
—¿Aro Volturi? —pregunta Isabella con las cejas levantadas.
—¿Acaso hay otro, Isabella?
—Mi pregunta es porque el único Aro Volturi que tú y yo conocemos, llamó hace un par de horas. Al no encontrarte en la oficina y con tu móvil apagado… Intentó contactarte aquí. —Los ojos grises de Edward la observan con dureza, pero Isabella se siente adormecida, y si antes la hacía estremecerse, ahora apenas y le causaba miedo. Sin embargo, es su mirada la que le habla: «Sabes dónde y con quién estuve». Es así, que Edward sobrepasa el valor de Isabella.
Ella da media vuelta y se dirige a la mesa del teléfono para evadir su tormentosa mirada.
—Toma. Son los datos del hotel en New York donde se ha hospedado esperando tus indicaciones —añade, mientras le ofrece la agenda con la mano todavía notándose los nudillos de los dedos blancos por la fuerza con la que la sujeta.
Tras darle un último vistazo, lo deja solo con los recuerdos de su excelente noche. Se dice que está cansada, pese a que sabe, es más por cobardía. A pesar del daño no quiere perderlo y huye para no enfrentarse a la realidad.
Entra a la habitación y se dirige al tocador donde yace un frasco de pastillas. Al tomarlo de prisa con manos temblorosas, el frasco resbala. Las pastillas desparramadas quedan olvidadas, sabe que él no las encontrará —ya no comparten la habitación—. Lleva una pastilla a su boca y la traga sin agua. Mira su rostro en el espejo y lo que ve más que la pena, es fracaso. Le da la espalda a la imagen, camina hacia la cama y se desploma.
Lo odia.
Limpia sus lágrimas mientras su risa amarga rompe el silencio al recordar lo ingenua que ha sido.
Y es que Edward con su complejo de príncipe azul, le hizo creer que era su princesa perfecta...
Nota: Gracias a todos los apoyan nuevamente esta historia y a los nuevos lectores: ¡Bienvenidos!
Recuerden que al publicar el capítulo final, se les regalará la novela en Amazon por eso, no tiene caso que hagan una copia de esta obra.
