Holaaaaaa, perdón, me tomó más de una semana jaja unos cuantos meses, pero ya está aquí la continuación, y la noticia de que habrá un capítulo más porque esto se extendió más de lo planeado. Yay.
Este es más que nada romance y lemon UwU
Por cierto, muchísimas gracias a las personas que comentaron, me encanta leer sus reviews.
LA PURGA
Capítulo 2
Un año después
‒24 horas para la Purga anual‒
Un taser, la Magnum 22, la Smith and Wesson 9mm, una caja de municiones para el revólver y una para la semiautomática, un cuchillo, una navaja plegable, lentes de visión nocturna, un carrete de cinta industrial y un folder tamaño carta con la información personal de Akibara Sai, Yamato Haru y Sakamoto Rinsei.
Todo esto se encontraba encima de la cama mientras Orihime buscaba en el baúl de la esquina la mochila negra que había comprado especialmente para guardar todo, así como el cinturón para cargar las armas y la funda para el cuchillo que se amarraba a la pierna. Quería tener todo listo desde antes, revisar que no le hiciera falta nada, prepararse mentalmente para no dudar cuando los tuviera enfrente.
La puerta de la habitación se abrió y entró Ulquiorra. Era viernes, por lo que acababa de regresar del trabajo, dispuesto a relajarse el fin de semana en compañía de Orihime, encerrarse en el departamento y sobrevivir un año más a la Purga. Pero al parecer la pelirroja tenía otros planes. Al ver las cosas en la cama, Ulquiorra le dirigió una mirada de reproche. Ni siquiera la saludó, simplemente se acercó a ella y la levantó del brazo.
‒¿Qué estás haciendo?
‒Sabes bien lo que estoy haciendo, Ulquiorra ‒respondió Orihime zafándose de su agarre y empezando a guardar las cosas en la mochila.
Ulquiorra suspiró y se pasó una mano por el cabello. Sabía muy en el fondo que nada de lo que dijera la haría cambiar de opinión, pero aun así tenía que intentarlo.
‒¿Podemos hablar de esto?
‒Podemos y ya lo hemos hecho, pero eso no cambiará nada.
‒Orihime, escucha ‒Ulquiorra se sentó en la cama y con un gesto más amable la tomó de la mano y la acercó a él. La mirada de Orihime era fría, decidida. Nada que ver con esos ojos grises, inocentes y suplicantes que tenía un año atrás. Sin duda había cambiado mucho, pero el dolor estaba todavía ahí, se negaba a marcharse de su expresión.
‒No, Ulquiorra, tú escucha. Sabes bien cuánto significa esto para mí. No voy a pedirte que me acompañes y que arriesgues tu vida, ya lo hiciste una vez y no soportaría perderte; sólo te pido que no te interpongas en mi camino.
‒¿No crees que es mejor que lo dejes pasar? Sucedió hace un año, Orihime, eres una persona completamente diferente, esta idea que se te metió en la cabeza te cambió y…
‒No, lo que me cambió fue la violación. Esos tres hombres arruinaron mi vida y quiero que paguen por ello.
‒Si sales a purgar no eres distinta a ellos.
‒Y si no salgo habrá una víctima más. Otra chica inocente en el lugar y el momento equivocados. No voy a matar gente inocente, voy detrás de esos malnacidos que no merecen vivir.
–La justicia no es…
–No busco justicia –lo interrumpió Orihime–, quiero venganza.
Orihime se separó de Ulquiorra y terminó de guardar las cosas en la mochila. Volvió a dejarla dentro del baúl y salió de la habitación dando un portazo.
Había pasado un año desde que había sido atacada y violada en aquel callejón. Un año de terapia y aceptación, un año de entrenamiento en el gimnasio, de clases de defensa personal, de práctica de tiro. Un año desde que había empezado a salir con Ulquiorra, desde que se había refugiado en sus brazos y había conocido lo que era un hogar. ¿Por qué no podía entender que salir a purgar a los culpables era lo que necesitaba para cerrar aquel capítulo de su vida, para tratar de tener un poco de paz mental, para que las pesadillas se terminaran y pudiera ver el futuro con otros ojos?
Sí, tal vez no era lo mejor, tal vez se estaba arriesgando más al salir, exponiéndose a nuevos peligros o a que se repitiera el episodio de un año atrás, pero no podía quedarse de brazos cruzados como si nada. Si no salía a purgar se iba a volver loca.
No obstante le daba la razón a Ulquiorra en un aspecto: si mataba a sus agresores, ya no habría vuelta atrás, ella misma se convertiría en una asesina. La única cosa que la ayudaba a soportar esa idea era saber que no era como ellos, que en realidad le estaba haciendo un favor a la sociedad y que una vez se completara su venganza, nunca más saldría a purgar. No quería ser una de ellos, pero aquel año tenía que hacer una excepción. Ulquiorra debería saberlo mejor que nadie.
Una hora después, Orihime regresó de la calle con dos órdenes de ramen para cenar. Usualmente a ella le tocaba cocinar los viernes porque Ulquiorra se encerraba en el estudio para terminar las maquetas, adelantar algún proyecto para el lunes o simplemente para estar solo un rato, leyendo algún libro de su extensa biblioteca y tomar una copa de brandy. Pero esa noche Orihime no podía concentrarse en preparar algo de comer y optó por la vía más rápida. Podía haber encargado el ramen a domicilio, pero tenía ganas de salir a caminar y despejar la mente un rato, pues dentro de 24 horas aquel barrio, al igual que el resto de Karakura y del país, se sumiría nuevamente en la agonía de la Purga anual, se desataría una vez más el infierno sobre la tierra, y esta vez ella sería uno de los demonios que llevarían la muerte.
Vació las órdenes en dos tazones y los metió al microondas para calentarlos. Luego tomó una cerveza del refrigerador y se acercó temblorosa al estudio. La puerta estaba cerrada, adentro no se oía ningún ruido del teclado o el hojear de los planos. La abrió lentamente y asomó la cabeza. Ulquiorra estaba sentado en el sillón cerca de la ventana con la mirada fija en el librero. Le lanzó una mirada rápida y suspiró.
–Te traje la cena –anunció Orihime dejando el tazón y la cerveza sobre la mesita de centro. Era, más que la cena, una ofrenda de paz. Sabía que, debido a la discusión, Ulquiorra y ella no estaban en muy buenos términos, la tensión era palpable, pero no quería estar enojada con él ni que él lo estuviera con ella. Dentro de muy poco saldría a purgar y lo último que quería era despedirse de él en esas condiciones. Sí, planeaba regresar con vida, pero si no lo hacía, lo cual era muy probable, quería tener la tranquilidad en su corazón de que su amado no le guardaba rencores.
Ulquiorra asintió sin decir nada.
Orihime sonrió débilmente y se sentó en el piso frente al sillón para recargarse en las piernas del moreno, una postura que la hacía sentir como una niña pequeña que buscaba refugio, lo cual no había cambiado desde la primera vez que lo conoció. Ulquiorra no se movió, antes bien se tensó en su asiento y Orihime maldijo mentalmente. Por favor, perdóname, pensó.
–Sé que el ramen no es de tus comidas favoritas, pero no tenía ganas de cocinar –exclamó, sin saber muy bien por qué estaba hablando del estúpido ramen y no de la cuestión de la Purga.
–Está bien, gracias –dijo Ulquiorra.
Orihime esperaba que le dijera algo más, pero volvieron al silencio. Entonces suspiró y levantó la cabeza para enfrentarlo.
–No quiero que estemos peleados. Ulquiorra. Quiero cenar contigo y ver una película como lo hacemos cada fin de semana, quiero que nos abracemos en la cama y que me digas que todo va a estar bien. Por favor, por favor, no soporto tu silencio ni tu indiferencia.
Ulquiorra, para sorpresa de Orihime, sonrió de lado y le acarició la mejilla suavemente.
–No estoy molesto contigo, Orihime.
–¿Entonces por qué no me hablas?
–He estado pensando.
Orihime desvió la mirada, cansada.
–Si vas a volver a decirme que no debo…
–No, no es eso –la interrumpió el moreno–. Quiero acompañarte.
Orihime palideció de golpe. Ulquiorra al parecer ya esperaba esa reacción, porque ensanchó su sonrisa y bajó del sillón para sentarse junto a ella.
–Ya me quedó muy claro que no voy a persuadirte de olvidar tus planes, y tampoco puedo quedarme aquí sentado toda la noche mientras tú estás allá afuera. No lo soportaría.
–Ulquiorra, yo… –Orihime agachó la mirada, angustiada–, no puedo pedirte que me acompañes. Si algo te pasara…
–No me lo estás pidiendo. Ni siquiera te lo estoy ofreciendo, es una decisión que tomé y no necesito tu permiso. Si vas a salir a purgar, voy contigo.
–Pero…
–Es la única forma en la que podría estar tranquilo. No voy a dejar que pases por todo esto tú sola. Estamos juntos en esto. Después de todo fui yo quien les disparó aquella noche, seguro van a querer saldar cuentas conmigo.
Orihime sonrió y los ojos se le llenaron de lágrimas. Ulquiorra le dio un beso en la frente y la abrazó. Estaban bien, habían regresado a la normalidad, y el gran peso que cargaba Orihime sobre sus hombros se aligeró un poco al saber que tenía a Ulquiorra a su lado.
Cuando se separaron, Ulquiorra la observó fijamente a los ojos, como tratando de decirle algo. Orihime le puso la mano en la nuca y lentamente lo fue acercando hacia sus labios para besarlo, para sellar el trato, para sentirlo más cerca que nunca en ese momento de angustia. Los labios de Ulquiorra la besaron con delicadeza, sin prisa, como si quisiera que el contacto durara para siempre.
Aunque en el fondo quería algo más. Quería profundizar el beso y saborear cada rincón de su boca, y abrazarla fuertemente contra su cuerpo y acariciar su piel y su cabello, y hacerla suya por primera vez. Porque aunque tenían casi un año saliendo, la verdad es que nunca habían tenido sexo. Después de rescatarla aquella noche, y que Orihime regresara a su casa, se habían mantenido en contacto. De vez en cuando una llamada para saber cómo estaba, para ofrecerle su apoyo si necesitaba algo, para hacerle saber que estaba a su lado y que podía contar con él si así lo quería. Hasta que un día, después de algunas semanas, Ulquiorra por fin se decidió a invitarla a salir. Se debatió bastante antes de hacerlo, no quería parecer un oportunista que toma ventaja de una chica lastimada y vulnerable, pero Orihime tenía esa aura que lo atraía como polilla hacia la luz y no podía evitarlo, y quería estar con ella, y quería protegerla, y quería entrar en su vida y dejar que ella entrara a la suya. Para su sorpresa, la joven aceptó, aunque no de inmediato. Primero le puso peros, retrasó la cita; mas nunca se alejó, no del todo, lo cual le dio esperanzas a Ulquiorra de que no todo estaba perdido, sólo debía probarle que iba en serio, que no iba a darse por vencido y que sus intenciones eran buenas.
La conexión fue casi inmediata. Eran dos polos opuestos que se complementaban a la perfección. La relación se hizo tan estrecha que, a los ocho meses de estar saliendo, decidieron irse a vivir juntos. Orihime rentaba un departamento, pero el de Ulquiorra era de él así que se mudó y muy pronto se organizaron y empezaron a vivir como una pareja ya en forma. Se dividían los gastos, las compras, los quehaceres de la casa. Y a pesar de todo, nunca habían llegado a la intimidad. Dormían juntos, sí, pero el contacto físico no pasaba de besos y caricias bajo la ropa. En cuanto Ulquiorra quería llegar más allá, Orihime lo detenía y le decía que no estaba lista, y él no la presionaba, la abrazaba y le decía que todo estaría bien.
Orihime todavía se sorprendía por el desenlace que habían tenido las cosas. Estaba en deuda con él por haberla rescatado, pero no se sentía atada de una forma negativa. Ella lo había buscado y había aceptado sus invitaciones, era feliz con él y sabía que estaba segura a su lado. De vez en cuando se preguntaba cómo era posible que Ulquiorra siguiera con ella después de casi un año sin haber tenido relaciones, y se alegraba al mismo tiempo al darse cuenta de que él no buscaba únicamente el contacto físico, sino que la conexión que tenían era mucho más fuerte y profunda que el puro instinto carnal.
Y aquella noche, un día antes de la Purga, sentada en el piso abrazando a Ulquiorra, cayó en la cuenta de que probablemente era la última oportunidad que tenía de estar con él. Las probabilidades de que muriera allá afuera eran altas, muy altas, y algo en su interior le anunció con luz roja que el tiempo se agotaba. Después de un año, ¿estaba lista para entregarse a Ulquiorra por primera vez? Las heridas habían sanado por completo, estaba con la persona que amaba y no había de qué preocuparse. En caso de que los recuerdos fueran demasiado dolorosos, bastaría con decirle, una vez más, que no estaba lista, y él entendería y se apartaría, la abrazaría y le diría que todo estaría bien, como siempre.
Orihime se levantó sobre sus rodillas y se acercó a Ulquiorra, besándolo nuevamente pero esta vez con más pasión y energía, como si hubiera estado conteniéndose por mucho tiempo. Se subió la falda hasta la cintura y se sentó a horcajadas en su regazo, lo cual tomó desprevenido al moreno.
–Orihime, ¿qué estás…?
–Shhh, no digas nada –lo cortó Orihime sellando sus labios.
Ulquiorra estiró las piernas y le permitió sentarse sobre él con más comodidad, llevó las manos a su cintura y luego hizo presión hacia abajo para que el contacto con su entrepierna fuera más intenso. Orihime gimió contra su boca y eso lo prendió casi de inmediato. No podía creer que por fin estaba pasando. Estaban a punto de tener sexo y bajo su propia iniciativa. Aun así, procedió con cautela, con miedo a lastimarla o asustarla.
Pero Orihime actuaba cada vez con más soltura. Se quitó la blusa y la arrojó al sillón que estaba detrás de Ulquiorra, y acto seguido lo tomó de las manos y las puso sobre sus pechos, resguardados en el sostén blanco de encaje. Ulquiorra los apretó suavemente y se lanzó a besar su cuello y su clavícula, causando más gemidos por parte de la pelirroja.
Su piel sabía a gloria, era tan tersa y suave que parecía de seda, no podía dejar de tocarla arriba y abajo, dejando un caminito de besos desde su cuello hasta su escote. Le quitó el sostén y lo arrojó también al sillón, ahora tenía libre acceso a sus grandes pechos, y de pronto las dos manos le parecieron insuficientes. Pasó la mano izquierda a su espalda para hacer que se arqueara hacia su rostro y sin previo aviso se llevó el pezón derecho a la boca y lo saboreó y masajeó con la lengua. Orihime gimió y su cuerpo se estremeció, se apoyó en los hombros de Ulquiorra y esperó a que el espasmo pasara, pero venía uno tras otro. Se sentía húmeda, y la erección de Ulquiorra la rozaba desde adentro de su pantalón. Él también debía ser atendido, así que haciendo un esfuerzo por esclarecer su mente del placer que estaba recibiendo, le desabrochó la camisa a Ulquiorra y acarició su pálido y esbelto torso. Ulquiorra supo lo que vendría a continuación y se separó de ella. La besó en los labios mientras Orihime maniobraba para desabrocharle el pantalón y bajarle el cierre. Le temblaban las manos de nervios, estaba segura que su cara estaba completamente roja.
–¿Necesitas ayuda? –le preguntó Ulquiorra sonriendo contra sus labios.
Orihime soltó una risita y negó con la cabeza. Ulquiorra se separó y le dio tiempo para que abriera el botón. Se sentía a punto de explotar, pero guardó la compostura y dejó que Orihime procediera. Cuando por fin pudo, levantó el cuerpo y se bajó el pantalón hasta las rodillas, quedando sólo en bóxers. Orihime volvió a sentarse a horcajadas sobre él y movió sus caderas lentamente adelante y atrás para frotarse en su entrepierna. Sentía su dureza a través de la tela y Ulquiorra gimió con la estimulación. Orihime estaba húmeda, lista para recibirlo, pero al parecer tenía otros planes porque coló una mano fría dentro de sus bóxers causando que se estremeciera y tomó firmemente su erección. El temblor de su mano se había ido, actuaba con seguridad y empezó a masturbarlo a un ritmo tortuoso, robándole suspiros y gemidos, prolongando su orgasmo casi con crueldad.
Ulquiorra sentía toda la sangre acumulándose en su erección y ésta creciendo poco a poco. La mano de Orihime era muy suave y pequeña, y sus caricias se sentían tan bien…demasiado bien. La detuvo de golpe para evitar correrse antes de tiempo. No era un adolescente precoz pero sólo los dioses sabían cuánto más podría soportar a ese ritmo. Lo mejor era dejarse de juegos previos y pasar directamente a la acción. Se bajó el bóxer, liberando su erección, y jaló a Orihime hacia su pecho. La levantó un poco y le hizo el calzón a un lado sin llegar a quitárselo, sólo descubriendo su húmedo centro que ya lo esperaba. ¿Sería demasiado brusco penetrarla de golpe? Probablemente. Decidió estimularla un poco con los dedos y entrar lentamente para que su cuerpo se adaptara sin problemas. Acarició su hendidura y esparció su humedad con el dedo índice y medio, mientras que con el pulgar empezó a acariciar en círculos el clítoris por encima de la tela, aumentando poco a poco la velocidad. Orihime arqueó la espalda y cerró los ojos, sintiendo el estremecimiento bajando por su espalda. Sin poder aguantar más, agarró firmemente la erección de Ulquiorra y la introdujo en su cuerpo, la respiración se le cortó y una ola de placer la envolvió. Ulquiorra la abrazó fuertemente como conteniéndose. Tardó unos segundos en empezar a moverse. Era perfecto, justo como lo había imaginado. Tan cálida, húmeda y suave. Orihime se sujetó de sus hombros y empezó a balancear sus caderas arriba y abajo con un poco de trabajo, Ulquiorra la agarró de las piernas para ayudarla, cada que bajaba soltaba un gemido y eso lo excitaba demasiado. Aceleró el ritmo y entró más profundo, en ese punto una fina capa de sudor cubría sus cuerpos, y sus respiraciones agitadas llenaban la habitación.
Era casi poético que su primera vez juntos fuera probablemente la última, como si el destino estuviera jugándoles una mala pasada. Y no era justo, todavía había muchas cosas que querían hacer juntos, así que la única opción era sobrevivir a la Purga y continuar con sus vidas; viajar a Occidente y alejarse de una vez por todas de esa estúpida ley que volvía todos los crímenes legales y que supuestamente hacía de Japón un lugar mejor.
No, se dijo Ulquiorra, esta no es la vida que quiero tener con Orihime.
Así que decidió que la noche siguiente la protegería aun a costa de su propia vida, y que la ayudaría a terminar con esa pesadilla que había iniciado un año atrás. Se abrazó a su cuerpo con fuerza y la sintió temblar por el orgasmo. Orihime jadeó en su oreja mientras se recuperaba, lo que le dio tiempo a Ulquiorra de embestir unas cuantas veces más y finalmente correrse dentro de ella.
Tardaron un momento en recobrar el aliento. Ulquiorra salió de ella y ambos se dejaron caer en el piso lado a lado, sonriendo. Orihime le agarró la mano y se la llevó a los labios para darle un beso. Había valido la pena la espera.
‒16 horas para la Purga anual‒
Orihime se despertó de madrugada por los truenos. Podía ver los relámpagos en el cielo incluso a través de las cortinas de la habitación. Se sentó en la cama y estiró la espalda. A su lado Ulquiorra dormía profundamente. Había comenzado a llover en algún punto de la noche, pero no se había dado cuenta. Era extraño que lloviera en octubre. Tal vez era un mal augurio.
Se levantó sin hacer ruido y se puso la camisa de Ulquiorra para cubrir su desnudez. Salió descalza de la habitación y fue a la cocina a servirse un vaso de agua. Tenía la boca reseca y una extraña sensación en el estómago, como si tuviera un nido de serpientes en su interior.
Y hablando de serpientes…
Regresó a la habitación y tomó el folder de la mochila, aquel que contenía la información de los tres hombres que la habían atacado el año anterior. No sabía qué novedad iba a encontrar al hojearlo otra vez, ya se sabía de memoria toda la información, pero de todas formas lo abrió.
Encendió la luz de la lámpara de noche, esperando que Ulquiorra no se despertara, y leyó la primera hoja.
Akibara Sai, 27 años, soltero, vivía con su hermanastra en un barrio pobre de Karakura. Había sido arrestado en dos ocasiones por posesión de mariguana y una por una pelea en un bar. La más grave era por un intento de robo a mano armada, pero sólo había servido unos meses en prisión, la razón era desconocida. Orihime pensó que tal vez conocía a alguien en los altos cargos. Era la clase de persona que armaba revuelo por el simple hecho de que alguien lo miraba de forma extraña. La foto le dio náuseas a Orihime. El cabello negro y peinado hacia atrás, las argollas en las orejas y en la nariz, la cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, producto de una pelea en un bar, un desafortunado tajo con una botella de vidrio rota. Tenía un tatuaje de un tigre en el cuello, razón por la cual era apodado "Tora".
Orihime contuvo la respiración al ver la sonrisa arrogante que mostraba en su foto. Empuñó la mano hasta marcarse las uñas en la palma. Qué alivio sentiría cuando le borrara esa expresión de autosuficiencia de su estúpido rostro.
La siguiente hoja era de Yamato Haru, el hombre de barba con complexión de gorila que, si bien no la había violado, había participado en el asalto, siendo cómplice de Sai Akibara. Yamato Haru tenía treinta años recién cumplidos, y un historial relativamente limpio a comparación del de Sai, tenía un arresto por estupefacientes y algunas quejas de disturbios en la vía pública. No parecía problemático, pero las apariencias eran engañosas.
El último de la pequeña pandilla era Sakamoto Rinsei, el más joven de los tres con tan sólo 22 años. De complexión alta y desgarbada, parecía un adolescente mal desarrollado, con granos en la cara y ese cabello seboso. Sólo tenía algunas multas por conducir a exceso de velocidad, pero según sus fuentes, fue un chico muy problemático en la escuela, al menos hasta que la abandonó. Vivía con sus padres, quienes aparentemente tenían un buen matrimonio, en un barrio de clase media. Y al igual que Yamato, también había sido cómplice de violación. Lo haría pagar de igual manera.
Una gota cayó sobre la hoja y Orihime se dio cuenta de que estaba llorando. Se limpió con el dorso de la mano y suspiró para calmarse. Dentro de muy poco todo volvería a la normalidad, en la medida de lo posible. Al menos podría dormir un poco más tranquila cuando se encargara de esos tres.
–Deberías tratar de dormir un poco –exclamó Ulquiorra a su lado, lo cual sobresaltó a Orihime. ¿Cuánto tiempo llevaba despierto? ¿La había visto llorando? ¿Por qué no había dicho nada?
–Me desperté por los truenos, supongo que…no pude volver a dormirme. Quería revisar una vez más…
Ulquiorra le quitó el folder y lo dejó en el buró que estaba de su lado. Se estiró para apagar la lámpara y ayudó a Orihime a acostarse nuevamente. La tapó con la sábana y se pegó a su cuerpo para abrazarla. Acarició su cabello con suavidad hasta que sintió que la joven se relajó. Unos minutos después, Orihime se quedó dormida.
Continuará…
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Nos leemos pronto n.n
