Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi.
Una Cita, Una Cena, Una Noche sin repeticiones
Adaptada por Rossy Castaneda
Capitulo Uno
Narrado por Terry
Vivir en Nueva York siempre era extraordinario. —Todos los días podía descubrir algo nuevo, algo que no había visto antes, llegué a esta ciudad proveniente de Inglaterra
a la edad de dieciocho años sin la aprobación de mi padre, en busca de mi propio camino.
Alcance me objetivo, pero me vi obligado a renunciar a mi carrera como actor unos meses después que Susana mi novia, sufrió un accidente por salvarme la vida, la cual la dejó en silla de ruedas por algunos meses, supe entonces que ella me necesitaba y que no podía dejarla sola por largas temporadas, fue así como finalmente decidí retomar mi carrera de derecho unos meses después..
Años mas tarde ante la negativa de mi madre y la desaprobación de mi padre contraje matrimonio con Susana..—A partir de allí comenzó una nueva etapa en mi vida lejos de mis padres.
Mi primer gran caso fue uno al cual nadie daba un Penny por mi, ya que era un caso en contra del gobierno...—A pesar de que todavía me envolvía la eufórica sensación de haber ganado uno de los casos más importantes del estado, seguía tratando de encontrarme a mí mismo tanto personal como profesionalmente.
Me había dado cuenta de que la popularidad siempre me eludiría, pero prefería que me infravaloraran a que me sobrevaloraran, siempre fui así, fue precisamente esa la razón por la cual deje Inglaterra, odiaba que me trataran como un muñequito de porcelana por ser el hijo de quien era y por el titulo que mi apellido me otorgaba..—Marques Terruce Graham Grantchester..¡Bah!
Dejé el libro de jurisprudencia sobre la mesa de café. Al oír un fuerte golpe en la puerta.. Era el mismo ruido molesto y familiar que utilizaba siempre Michael, mi mejor amigo.
—¿Sabes? No puedes seguir presentándote en mitad de la... —me interrumpí al darme cuenta de que no era Michael, sino un hombre y una mujer vestidos con trajes grises.
—¿Es usted Terrence Graham? —preguntó la mujer.
—¿Quién quiere saberlo?
—¿Es usted Terrence Graham? —repitió el hombre con severidad.
—Depende de quién quiera saberlo.
Los dos parpadearon.
—Sí —dije finalmente—. Soy Terrence Graham.
—Pues dese por notificado. —La mujer me puso un grueso sobre azul en la mano, era la décima vez que me pasaba esa semana.
—¿Se trata de algún tipo de broma? ¿Está The New York Times tratando de enfadarme de nuevo?..Ellos se miraron, sorprendidos...—Solo estaba haciendo mi trabajo —expliqué—. Pero si quieren continuar siendo ruines negándose a imprimir mi imagen durante el resto de la vida de su periódico, me parece bien. Lo cierto es que lo prefiero. Pero enviarme un paquete cada día de la semana...
—La Comisión federal del Mercado de Valores no gasta bromas —aclaró la mujer antes de que ambos se alejaran.
Cerré la puerta y llamé a Michael al instante.
—Más vale que sea una emergencia —respondió—. ¿Sabes qué hora es?
—¿Hemos hecho enojar a algún cliente últimamente?
—Por supuesto. ¿Por qué?
—La Comisión federal del Mercado de Valores me acaba de enviar otro sobre.
—¿Llegaste a abrir alguno de los otros? —preguntó.
—Dos. —Me acerqué a la mesita de café y abrí un cajón—. Un cliente de apellido Juskin afirma que no hemos puesto su dinero en fideicomiso. —Así que nos demanda por cinco millones de dólares y supuestamente se ha puesto en contacto con otros clientes. ¿Nos ha contratado alguien de apellido Juskin?
—Tenemos tres clientes con ese apellido.
—¿Hemos enfadado a alguno de ellos?
—No que yo sepa. —Parecía muy seguro—. Estoy convencido de que se hubieran puesto en contacto con nosotros antes de presentar cargos, ¿no crees? ¿Estás seguro de que no se trata de The New York Times gastándote una broma pesada? Es la décima notificación que recibes.
—Es lo primero que pregunté. —Me aseguraron que no se trataba de eso.
Permanecimos en silencio durante unos segundos.
—Se trata de ellos —dijimos al unísono.
—Lamento haberte llamado a estas horas. —Metí el sobre en el cajón con todos los demás—. Hablaremos más tarde. —Colgué.
—¿Papi? —Dayana entró en el salón y se acercó a mí frotándose los ojos—. ¿Puedo ir a jugar?
—Dayana, son las tres de la madrugada. —Negué con la cabeza—. ¿En qué estás pensando?
—Quiero jugar... —Sonrió y me lanzó una de esas miradas que hacía que fuera incapaz de decir que no.
Le sonreí y la besé en la frente, pensando a dónde podríamos ir a esas horas. —Central Park estaba fuera de consideración, así como cualquier otro parque. —Había una tienda de donuts abierta veinticuatro horas cerca de casa y podíamos ir a...
Cambié de idea con rapidez. —Michael había creado para ella una sala de juegos en el bufete. —Una habitación el doble de grande que la de ella. —Había dicho que eso me impediría poner como excusa que tenía que ir a ver a Dayana cuando tuviera que enfrentarme a casos exigentes.
—Ya sé a dónde te voy a llevar. —La tomé en brazos y la llevé a su habitación, donde la ayudé a ponerse sus zapatos favoritos, unas botas de agua de color rojo que se ponía todos los días, incluso cuando no llovía—. Vamos, súbete al sofá para que pueda vestirme y luego nos vamos, ¿listo?.
Salió de su habitación sin añadir una palabra más. —Lo cierto era que tenía que encontrar la manera de que dejara de despertarse a las tres de la madrugada lo antes posible, pero a una parte de mí le gustaba. —Era un tiempo especial que pasábamos juntos.
Me puse una camiseta y le mandé a mi esposa un correo electrónico.
Asunto: Dayana.
Voy a llevar a Dayana a jugar. ¿Todavía estás en la cafetería?
Te quiero.
Terry.
Asunto: re: Dayana.
¿Qué vas a decirle cuando te pida un te pida un pony?
Sí, sigo aquí... La temporada de impuestos va a matarme. ¿Quieres que te lleve una taza cuando vuelva? ¿Un café con leche quizá?
Yo te quiero más.
susie.
Asunto: re: re: Dayana.
Nada. Le compraré el pony.
(No, gracias. Ya sabes que odio el café).
Imposible. Te quiero más de lo que puedas imaginar.
Terry.
—¡Estoy lista! ¡Estoy lista! —Dayana entró precipitadamente en mi habitación, derribando muchas carpetas—. ¡Estoy lista!
Reí, me metí el celular en el bolsillo y traté de ordenar los papeles, aunque me detuve al ver mi firma. —Era falsa.
Confuso, revisé otros documentos, percibiendo lo mismo.
—¿Qué era eso?
—¡Vamos, papá! —Dayana me haló de los pantalones.
Metí la carpeta debajo del brazo y la tomé de la mano.
—Hoy vas a dormir menos de cinco horas. ¿Lo sabías?
—No me gusta dormir.
—Claro que no. —Salimos del apartamento para dirigirnos al auto. Como de costumbre, Susana había dejado una nota debajo del parabrisas.
Querido esposo:
Te quiero mucho, y me duele ver que alguien con tanto dinero, alguien que ha alcanzado una posición como la tuya, conduce este coche. Sé que eres modesto y que no tienes ningún traje de más de ochenta dólares, pero, por favor, ¡tienes que vivir mejor!
La semana que viene iremos a comprar un auto nuevo, y no pienso aceptar un no por respuesta.
Sussie.
p. d.: Gracias por las rosas que me enviaste ayer. —En tu escritorio está esperándote algo especial.
Sonreí mientras sentaba a Dayana en la sillita de seguridad del auto, y accedí cuando me pidió que volviera a poner su canción favorita mientras conducía hasta el bufete.
El elegante diseño del edificio seguía dejando sin aliento a la gente cuando lo veían por primera vez. Era lo único en lo que no había reparado en gastos; los paneles dorados eran la última innovación tecnológica y había unas estatuas de mármol que representaban la justicia y la ley justo a la entrada. —Encima de la puerta se podía leer "Graham & Miller" con brillantes letras doradas a las que se daba brillo todas las semanas.
Y en un evidente malestar para el gobierno por haber ocultado mi primer caso, el que debía haberme hecho famoso y puesto mi nombre en todas las vallas publicitarias del país, habíamos puesto el bufete justo enfrente de las oficinas de la Seguridad Social.
Al llegar a la plaza de garaje que tenía reservada, miré el espejo retrovisor y vi que Dayana estaba profundamente dormida...—Típico en ella..
Aun así, salí del vehículo y la llevé al interior. —Estaba seguro de que no tardaría en despertarse.
—Buenos días, señor Graham —me saludó una pasante en cuanto entré.
—Buenos días, Gloria —respondí—. ¿Es que estamos en una zona horaria diferente? ¿Por qué estás despierta y trabajando en este momento?
Se sonrojó...—Es la temporada de impuestos.
—Eso me han dicho... —Me dirigí hacia el ascensor—. Hasta luego.
Dayana se movió entre mis brazos, murmurando algo en sueños, pero luego soltó unos suaves ronquidos.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, accedí a través de las enormes puertas de cristal con el logotipo G&M para ir a la sala de juegos a medio terminar. La deposité con suavidad en la cama de color rosa y la metí debajo de las sábanas mientras susurraba que la quería. —Luego atenué la luz.
Me senté a los pies de la cama y abrí la carpeta que llevaba bajo el brazo, leyendo por encima lo que parecían ser recibos y diversas operaciones en cuentas bancarias que no recordaba haber hecho.
Saqué el celular para enviarle un mensaje a Susana; quería saber si se trataba de otra broma, de esas que me gastaba de vez en cuando, pero su voz inundó mis oídos.
—¡Cógeme! —gritó.
Me levanté de un salto y di unos pasos hacia el lugar de donde provenía el sonido, aunque me detuve al escuchar otra voz muy familiar.
—Me encanta estar dentro de ti...
—Ahhhh... —gemía Susana—. Solo cógeme... cógeme más...
Me quedé completamente inmóvil, incapaz de dar un paso más. No quería creer que mi esposa estaba acostándose con otro hombre —según parecía, Michael—, que estaba engañándome.
No podía creerlo. —Confiaba en ella..—Pero cuando la oí gritar unas cuantas veces más, gimiendo de la misma forma que cuando tenía relaciones sexuales conmigo, supe que era cierto.
—¿Es así como te gusta hacer negocios, señora Graham? —preguntó Michael, en tono de risa.
—¿De verdad vas a llamarme así después de cómo acabamos de coger? —gimió ella..¿Vamos a trabajar de una vez? Es la tercera interrupción de esta noche y me gustaría avanzar algo.
—Esta bien, esta bien...
Se oyó ruido de papeles y de ventanas abiertas, pero yo seguía paralizado por la incredulidad. —Mi cerebro no comenzó a procesar lo que estaba ocurriendo hasta que me asomé por la rendija de la puerta entreabierta.
—¿Qué vamos a hacer con ese jodido Juskin? —preguntó Michael...—¿Jodido Juskin? ¿Es su nuevo nombre?
—Exacto. —Te voy a dar un nombre mejor: de cinco a diez años para mí y quince para ti.
Estaba calculando veinte años.
—¿Veinte? —Hubo un golpe en la mesa—. ¿Es que te has vuelto loca? ¿Veinte años?
¿Estás sugiriendo que nos entreguemos?
—No... —dijo—. Solo a Terry.
—¿Qué? —Él parecía horrorizado—. ¿Estás bromeando, verdad?
—¿Acaso estoy riéndome?
Se hizo el silencio.
—Mira, Susana... —suspiró Michael—. Terry es como un hermano para mí.
—Y lo dice el hombre que está tirándose a su esposa... Menudo hermano eres.
—Esto es un error.
—Un error hubiera sido si lo hubiéramos hecho una sola vez —planteó mientras encendía un cigarrillo—. Pero una vez al día durante los últimos años, no. Lo siento.
Se me rompió el corazón.
—Es un error, Susana. —Michael parecía apesadumbrado—. De todas formas, esta iba a ser la última vez. —No puedo seguir haciéndole esto.
—Yo no quiero parar. —Susana se acercó a la ventana y respiró hondo—. No puedo...
—¿Qué?
—Terry no me da lo que necesito. Quiero más...
—Pues vas a tener que encontrar la manera de que te lo dé. —Y este podría ser un buen momento para ello, dado que quizá tenga que ser tu abogado.
Se dio la vuelta con los ojos llenos de lágrimas.
—¿De verdad es la última vez?
—Incluso la primera vez tendría que haber sido la última. —Se acercó a ella y le dio un masaje en los hombros—. Solo estás utilizándome... Parece que se te olvida.
—No es cierto. —Ella ahogó un sollozo—. No estaba utilizándote...
—Sí, lo hacías. —La besó en los labios—. Y está bien. —Lo comprendo.
—¿Piensas que soy una persona horrible?
—No.
—¿Me lo juras?
Él asintió al tiempo que le encerraba la cara entre las manos.
—Él no te podía dar un bebé y tú querías uno... De una forma natural... Así que es perfectamente comprensible.
Contuve una exclamación.
—Él no me coge como tú... —susurró.
—Ya basta, Susana. —La besó en la mejilla—. Basta.
No quise escuchar más...No podía asimilarlo.
Mientras ellos dos se besaban y abrazaban, completamente ensimismados el uno en el otro, me obligué a alejarme.
Encendí las luces de mi despacho y vi una brillante caja azul sobre mi escritorio. Había una tarjeta que decía:
Para el amor de mi vida, de su primer y único amor.
Con el corazón hecho pedazos, arranqué el envoltorio y miré qué había en el interior. Unos gemelos nuevos que quizá costaban más que todos mis trajes juntos. Tenían grabadas mis iniciales y también una cita de uno de mis autores favoritos.
Para lograr éxito en cualquier asunto se necesita una cierta dosis de locura.
William Shakespeare.
Saqué el móvil y le envié un correo electrónico.
Asunto: Café.
Creo que sí voy a tomar un café. ¿Sigues en la cafetería?
Terry.
Asunto: re: Café.
Sí. Creo que estaré aquí toda la noche. ¿Cuál te apetece más?
Sussie.
Asunto: re: re: Café.
El que creas que va mejor a primera hora. ¿Has hablado hoy con Michael?
Terry.
Asunto: re: re: re: Café.
No. —Ha estado más extraño de lo habitual últimamente. (Tenemos que encontrarle novia como sea). ¿Y tú?
Sussie.
No respondí...—Salí de mi despacho y me acerqué a la sala de juegos donde dormía Dayana. Me puse a mirarla aunque quería despertarla, quería que me mirara para poder estudiar sus rasgos e intentar apreciar alguna diferencia. —Quería ver por mí mismo si reconocía en ella algo de Michael, porque no podía.
Era mía. —Fuera su padre biológico o no.
La tomé en brazos y corrí a casa. —En cuanto la dejé en su cama, fui a por el sobre que había guardado en la mesita de café y lo abrí.
Era una citación estándar, una demanda para presentar en el juzgado. Sin embargo, no había solo una página de cargos, ni siquiera dos.—Se trataba de un manifiesto de diez páginas, una larga lista de acusaciones que parecía no tener fin: soborno, extorsión, fraude fiscal, fraude postal, fraude informático; parecía haber allí todos los malditos tipos de fraudes.
¿Qué demonios era eso?
Estudié minuciosamente aquellos documentos durante horas mientras mi mente iba a mil por hora. —Aun así, no podía procesarlo todo por completo porque no era capaz de dejar de pensar en Michael y Susana.
En la forma en que ella me había mentido.—En la forma en que él me había mentido también.
A las cinco de la madrugada, Susana dejó una humeante taza de café delante de mí.
—Tenemos que hablar —soltó.
No dije una palabra. —Cerré todas las carpetas y la miré.
—Me acaban de entregar una citación de la Comisión federal del Mercado de Valores. Dio unos pasos por el salón—. Una citación legal... Vinieron al bufete y...
—Pensaba que estabas en la cafetería.
—Lo estaba. —Tragó saliva—. Pero pasé por el bufete después de recoger tu café, para coger algunas cosas.
—¿Había alguien?
—Claro que no. —Mira la hora que es. —Se burló—. De todas formas...
No fui capaz de escuchar nada más de lo que decía. —Veía cómo se movían sus labios, que salían sonidos de su boca, pero tenía la mente bloqueada por todas las mentiras que acababa de soltar.
—¿Por qué estás engañándome? —espeté, repentinamente enojado por las lágrimas que recorrían sus mejillas.
Contuvo el aliento y me miró de arriba abajo.
—Terry, la Comisión federal del Mercado de Valores acaba de citarme. ¿De verdad me estás acusando de infidelidad en este momento?
—No, no estoy acusándote. —Una acusación implicaría que hay alguna posibilidad de que puedas ser inocente. —Pero yo sé que me estás engañando. ¿Por qué?
Se puso a jugar con las cuentas de su collar y, de pronto, se puso a tararear el estribillo del clásico New York, New York de Sinatra.
—No quiero volver a preguntártelo, Susana —dije—. Sé que te has revolcado con Michael.
Nuestras miradas se encontraron finalmente.
—Bueno..., sí, he cogido con él. Y ahora, ¿qué? —Se le llenaron los ojos de lágrimas—No quería que ocurriera. —Jamás llegué a pensar que cruzaría esa línea con él.
—Me dijiste que Dayana fue una sorpresa... —añadí—. Que no querías tener hijos hasta que tuviéramos treinta y tantos.
Palideció.
—Has ido al despacho esta noche, ¿verdad?
—Sí.
Se hizo el silencio.
—Por tanto —continué, juntando mentalmente las piezas del rompecabezas—, o mentiste sobre mí cuando le dijiste a Michael que no podía dejarte embarazada. Porque si no recuerdo mal, antes de que Dayana fuera milagrosamente concebida, me hacías usar preservativos y no se te había pasado por la cabeza tener un bebé. O bien me estás mintiendo a mí, y se te antojó coger con mi mejor amigo por algún motivo oculto que nadie sabe. ¿Cuál es la verdad?
—Todavía te amo, Terry. Es solo que...
—¿Cuál es?
No dijo nada. —Se quedó allí, con los ojos llenos de lágrimas.
Alcé una de las carpetas que había estado leyendo.
—Llevo toda la noche intentando descifrar esto... Al principio, pensé que eran envíos postales estándar que habías firmado por mí mientras estaba fuera, pedidos para el bufete y cosas de esas...
—¿Dónde has encontrado eso?
—Pero resulta que... —continué, ignorando su pregunta— son favores a jueces y secretarios que no recuerdo haber pedido. Nunca.
—Terry...
—¿Hay alguien en esta ciudad que no te has cogido para obtener algo a cambio?
Se quedó callada como si tuviera que pensárselo.
—Te he mandado flores todos los días. —Cada puto día. —Di un paso adelante—. Te he dicho que te amaba, que me completabas, todos los días, deje mi carrera actoral por ti, me pelee con mi padres, estuve contigo durante tu rehabilitación, lo mandé todo al diablo por ti..—¿Y esto lo que recibo a cambio?
—Entiendo cómo te sientes, Terry, pero...
—No, tú no entiendes nada. —Apreté los puños—. Nunca se me ha pasado por la cabeza la idea de estar con otra mujer. —Siempre me aseguro de que todo el mundo sepa que no estoy disponible, que nadie tiene una puta oportunidad conmigo.
—Te he engañado buscando tu propio beneficio, Terry. —Lo he hecho por ti.
—¿Qué demonios...?
Había escuchado muchas idioteces en mi vida, pero esa frase era el colmo.
—¿Cómo crees que ganaste el caso Farwell? —Se secó las lágrimas y me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Crees que fue gracias a tu retórica y tu encanto?
—¿Es que padeces algún trastorno mental que no me has contado?
—Me acosté con el juez tres días antes de que saliera el veredicto. Ibas a perder. Y si hubieras perdido ese caso, algunos de nuestros clientes habrían abandonado nuestra firma.
—¿Nuestra firma?
—¿Es que piensas que la construiste tú solo? —se rio—. ¿Terrence Graham, el abogado de buen corazón, demasiado leal y agradable para su propio bien? Por favor, tuve que reescribir la mitad de los términos de cada contrato que redactaste. Si lo hubiera dejado a tu cargo, tu bufete no sería nada más que una quimera. —Deberías darme las gracias; no tienes ni puta idea de todo lo que he trabajado para que hayas llegado a donde estás.
—Jamás has defendido un caso.
—No, pero me he acostado con mucha gente para asegurarme de que tú no perdías ninguno.
—Jamás he perdido ninguno porque soy un buen abogado.
—Y yo tengo un buen trasero. —Se encogió de hombros—. Por supuesto, mi propio marido ha estado tan ocupado este último año que seguramente no lo sepa.
—¿Me estás echando a mí la culpa de haberte abierto de piernas con cualquiera?
—Me sorprende incluso que sepas lo que significa abrirse de piernas..susurró.
—Cuando nos vamos a la cama cada noche, ni siquiera quieres que te toque..—Siempre dices que estás cansada. ¿O también es una mentira?
—Solo estoy cansada de hacerlo contigo. —Pasó a mi lado y cerró la puerta de la habitación de Dayana—. ¿Qué quieres hacer ahora? ¿Divorciarte?
—¿Lo estás preguntando en serio?
—Sí. —Sonreía cuando alguien llamó a la puerta.
—Voy a ver quién es. —No te muevas de aquí —le advertí.
Me alejé para abrir, casi esperando encontrarme a Michael al otro lado, pero era una mujer..—Una joven rubia.
—Ha sido... —Se sonrojó—. Le han...
—¡Citado! —Susurró alguien a la vuelta de la esquina—. Dile que lo han citado.
—Eres pasante de The New York Times, ¿verdad? —Puse los ojos en blanco.
Asintió con la cabeza...—Mi jefe dice que lo va a joder vivo —recitó—, que a pesar de que nunca publicaremos su imagen, vamos a asegurarnos de que todo el mundo sepa que su bufete está a punto de quedar arruinado. —Me entregó la copia impresa de un artículo que se publicaría al día siguiente—. Dice que es cosa del karma.
Le cerré la puerta en las narices.
—Creo que es necesario que pienses seriamente tus opciones antes de dejarte llevar por las emociones. —Susana estaba justo detrás de mí, con Dayana dormida entre sus brazos.
—¿Estás amenazándome?
—Es una advertencia...
Arqueé una ceja...—¿Qué es exactamente lo que me estás proponiendo?
—Si me ayudas a resolver esto, si consigues que la Comisión federal del Mercado de Valores deje en paz al bufete, los dos evitaremos una condena.
—No me van a condenar por nada. —No he hecho nada malo. —Y si piensas que no voy a ser el primero en ayudar al estado a meterte en la cárcel, es que te has vuelto loca.
—Ohhh... —dijo con un mohín—. Mírate. Tratando de ser un machote por primera vez. Por fin pareces el hombre que me gustaría que hubieras sido.
—Vete a la mierda, Susana.
—Ni hablar. —Entrecerró los ojos—. Permíteme que te lo plantee de otra manera: sé que eres el abogado del año y que jamás se te ocurriría mentir porque tienes conciencia y todo eso. —Pero si no me ayudas, si te niegas a decirles a los investigadores que tú también fuiste responsable de lo ocurrido, que fue cosa de todos, pediré la custodia de Dayana.
—Hazlo. —Ningún juez en su sano juicio te daría la custodia a ti sola.
Se rio...—Por esta razón algunas personas nos acostamos con otras, para conseguir lo que queremos, cariño. —Es muy útil en ocasiones como esta. —Además, ni siquiera eres su verdadero padre. —Besó a Dayana en la frente—. ¿Escuchaste también esa parte cuando te pusiste a espiarnos o estabas demasiado ocupado tomando apuntes?
No me dio la oportunidad de responder.
—No me jodas, Terry —susurró—. No sabes lo lejos que estoy dispuesta a llegar con tal de permanecer fuera de la cárcel.
—¿A pesar de que es donde te mereces estar? —Le arrebaté a Dayana—. Captaste a los clientes usando mi nombre y luego malversaste el dinero. ¿Con qué objetivo?
—Para conseguir una posición. ..—Algo que no entiendes.
En medio de mi impotencia, me burlé internamente ..si la muy puta supiera quien soy y la posición que tengo en realidad.
—Algo que nunca necesitarás —repliqué—. Tras las rejas, todo el mundo es igual.
Hizo una mueca burlona...—Voy a darte unos días para que recuperes el sentido común...
—Y si no, ¿qué?
—Te aseguro que no quieres saber la respuesta. —Se marchó, cerrando la puerta con un golpe tan fuerte que despertó a Dayana.
Mi hija me miró con sus brillantes ojos azules...—¿Puedo ir a jugar? —Sonrió.
Asentí con la cabeza, incapaz de hablar. —La llevé a la terraza sin molestarme en tomar un paraguas. —La dejé en el suelo y la ayudé a ponerse un impermeable intentando no pensar en qué mas podía estar guardando Susana bajo la manga.
Dayana alzó la cabeza hacia el cielo y bebió algunas gotas de lluvia antes de empezar a correr en círculos, cada vez más lejos de mí.
Rugió un trueno en la distancia y ella me lanzó una amplia sonrisa como si supiera lo que le iba a decir.
—¡Solo cinco minutos más!
The New York Times no perdió el tiempo e imprimió la historia. Bueno, las historias.
Graham & Miller, el prestigioso bufete, se ve envuelto en un escándalo
Miller acepta cooperar con la fiscalía contra Graham.
Graham, arrestado e interrogado después de que su esposa lo demandara por abusos
La única cosa que no mencionaron, quizá por una única pizca de respeto, fue que había perdido la custodia de Dayana. —Que había tenido que entregársela a Michael.
Yo era inocente de todos los cargos de los que me acusaron, pero como había golpeado a Michael y a Susana había afirmado que había sido violento con ella, el juez decidió poner a Dayana bajo custodia de su amante, padre biológico, por petición de la madre.
Al principio pensé que sería por un par de semanas, un mes como mucho, pero según fueron amontonándose los cargos, los casos quedaron atascados en los tribunales, y fueron pasando los meses.
Para empeorarlo todo, Michael y Susana comenzaron a llevar a Dayana a los lugares que sabían que frecuentaba: mi sitio favorito en Central Park, la parte que me gustaba del puente de Brooklyn, los restaurantes que prefería...
Y entre comparecencias en el juzgado los seguía al parque, reprimiendo el impulso de gritarles por dejar que Dayana se acercara demasiado a la calzada y las ganas de tomarla en brazos y huir del estado o incluso regresar a Londres.
En vez de eso, me presenté a cada una de las causas abiertas, luchando contra múltiples demandas a la vez mientras buscaba cualquier vacío legal en temas de custodias, documentándome con todos los casos en los que los padres no biológicos conservaban sus derechos.
Con el tiempo, y gracias a la intervención de mi padre, comenzó a salir a la luz la verdad sobre los planes de Susana y Michael, y el mismo día en que Susana confesó que había mentido cuando dijo que la había golpeado, cuando admitió que todo era mentira, gané la custodia de Dayana.
Faltaban tres días para que cumpliera cuatro años, así que organicé una fiesta invitando a algunos amigos del vecindario con sus padres. —El tema de la fiesta eran los bosques, por supuesto, y los adornos fueron paraguas y botas de agua.
Michael, que seguía alegando su inocencia con respecto al fraude, se había encariñado con ella bastante a lo largo de los últimos meses. —Me preguntó si podría verla los fines de semana cuando me la devolvieran, pero no me molesté en responderle..—Ya la había visto suficiente.
El día de la fiesta de cumpleaños, cuando faltaban dos horas para que comenzara, lo llamé para asegurarme de que la traía a tiempo. —En lugar de hablar conmigo, hizo que Dayana me repitiera cada palabra.
—Pronto estaremos ahí —me dijo ella con voz risueña—. ¿Puedes dejarnos disfrutar de estas últimas horas a solas? También es mi hija.
—Hasta luego, Dayana.
—¡Adiós, papá! —Colgó y me puse a reorganizar los adornos por enésima vez, antes de recibir a los primeros invitados y acompañarlos al salón.
Pasó media hora.—Una hora..—Dos.
Llamé a Michael, irritado de que estuviera poniendo en práctica ese truco, como si aquello fuera para él la mitad de difícil que para mí, pero no me respondió.
Molesto, marqué el número de la policía, que se presentó ante mi puerta poco después.
—¿Es usted Terrence Graham ? —preguntaron.
—Sí, soy yo el que los ha llamado.
Les mostré la orden judicial que llevaba en el bolsillo y les expliqué lo que estaba pasando. Lo que Michael estaba haciendo era técnicamente un secuestro, pero me interrumpieron.
No habían venido por mi llamada...—Sino para informarme.
Cuando me explicaron lo que había ocurrido, que a menos de una milla de mi casa un camión había chocado contra el auto de Michael, mi mundo se vino abajo.
Les pregunté a qué hospital habían trasladado a mi hija. —Cuál era el camino más corto, pero uno de los policías suspiró y miró hacia otro lado, como si no quisieran explicar nada más.
No tenían que hacerlo...Sus miradas lo decían todo.
El funeral de Dayana tuvo lugar un día húmedo y gris, lo que supuso otro golpe más. Permanecí allí sentado mientras las pocas personas que la conocían soltaban sus discursos. —Sus pequeños amigos todavía no comprendían lo que significaba realmente la muerte.
—Espero que estés de vuelta la semana que viene, Dayana, para venir a mi fiesta de cumpleaños —dijo la vecina de al lado, una niña de cuatro años llamada Samanta.
Miré el pequeño ataúd mientras lo bajaban. Una parte de mí quería unirse a ella y que me enterraran con vida. —Así al menos no tendría que seguir sintiendo.
—Lamento la pérdida —me decían uno a uno antes de alejarse. —Cuando la gente estaba dispersándose, vi que Susana entraba en el cementerio.
Iba escoltada por dos guardias de la prisión. —Vi cómo caía de rodillas y empezaba a llorar cuando llegó junto a la tumba abierta.
—No me permitieron llegar a tiempo al entierro de mi hija —maldijo a los guardias.—No estuve presente... ¿Cómo pudieron ser tan crueles?
—Los permisos para salir de la prisión tienen un horario establecido, señora —dijo uno de ellos sin inflexión en la voz—. No podíamos salir antes.
Ella movió la cabeza mientras lloraba, golpeando el suelo con las manos. —Se levantó como si necesitara tomar distancia con la culpa y se dirigió hacia el estrado, leyendo las notas que la gente había dejado..—Perdió de nuevo el control y me acerqué a ella.
—Terry ... —Me tendió los brazos—. ¿Se ha ido de verdad?
—Sí, se ha ido. —No quise consolarla—. Y todo es culpa tuya, Susana. Tu maldita culpa.
—¿Crees que no lo sé? —sollozó—. ¿Crees que no lo siento?
—Eres tú la que deberías estar ahí abajo en este momento. Deberías ser tú.
—Terry...
—No tenías que haberla alejado de mí y lo sabes.
—Sí, lo sé... Pero...
—¿Querías demostrar que podías hacerlo? ¿Que podías hacerme daño porque has jodido tu vida y querías arrastrarme contigo?
—Podemos superarlo... Todavía podemos encontrar la manera de limpiar tu nombre en esta ciudad. —Eres el mejor abogado que conozco... —Sé que puedes arreglarlo y, de paso, ayudarme a mí. ¿Podrías perdonarme?
—Haré todo lo que está en mi mano para asegurarme de que te pudres en la cárcel. Para asegurarme de que no salgas nunca y de que ni siquiera te conceden la libertad condicional.
—No es eso lo que quieres, Terry...
—Y si alguna vez consigo cometer asesinato, Michael y tú serian mis primeras víctimas.
El guardia me miró de reojo.
—No digas eso, Terry...
—Mi nombre no seguirá siendo Terrence Graham, a partir de ahora usare mi verdadero nombre Terruce Grantchester.
—¿Te marchas? ¿Y me dejas aquí?
—Ahora mismo deberías estar bajo tierra... —Vi que el director de la funeraria apilaba las sillas, llevando a cabo lo que era una rutina para él—. Deberías ser tú...
Uno de los guardias se puso a hablar con el personal del cementerio para saber si tenían que marcharse ya. —Al darse cuenta de que su tiempo allí se acababa, Susana se aferró mí.
—Terry..., es decir, Terruce, es evidente que todavía me amas, por eso me confías eso. —Podemos reconstruir lo que teníamos, podemos empezar de nuevo tú y yo... Podremos hacerlo si quieres...
Le tomé las manos para liberarme de ella mientras uno de los guardias se acercaba más.
—Sabes que la cárcel no es sitio para mí —aseguró entre sollozos—. Me van a transferir a otro lugar permanente la semana que viene... Sálvame, Terruce, sálvame...
No dije nada.
—Si pudiera hacer retroceder el tiempo, te juro... Te juro que lo haría. ¿Es que crees que no quería a Dayana?
—Tú lo has dicho, "querías",.—.ahora es pasado.
Suspiró...—Por favor, no me dejes...
—No lo haré. —Di un paso atrás para que los guardias pudieran llevarla a la patrulla, te escribiré.
—¿De verdad? —En sus ojos brilló la esperanza mientras se alejaba—De acuerdo, esperaré tus cartas... Espero que todo se arregle.
La lluvia arreció, la llovizna se convirtió en un aguacero, pero permanecí allí de pie, incapaz de alejarme de Dayana. Releí la pequeña lápida llorando mientras recordaba su cara.
Dayana G..
La niña de los ojos de su papá
desde el principio hasta el final.
Se fue demasiado pronto,
pero jamás será olvidada...
Me quedé mirando las palabras durante horas, donde solo había colocado la inicial de mi verdadero apellido..dejé que la lluvia me empapara hasta los huesos. Solo me marché cuando me avisaron de que iban a cerrar el cementerio.
Perdido y con el corazón destrozado, pasé los siguientes meses envuelto en una vertiginosa neblina. —A pesar de que Susana estaba tras las rejas, el periódico siguió soltando mentiras como si fueran hechos, calumniándome, pero ni siquiera me molesté en denunciarlos.
No tenía energía para nada, los abogados de mi padre se presentaron en mi casa para convencerme de rendir mi declaración en persona, no lo hice, en su lugar presenté testimonio por escrito a través de ellos, sabiendo que, con el tiempo, todo se arreglaría solo. —Ni siquiera me importó que Susana hubiera contratado su propio equipo de profesionales para impedir que consiguiera el divorcio..—Ya no me importaba nada.
El bufete se arruinó ante mis propios ojos, y subastaron hasta los lavabos. Ante la comunidad legal, mi caída se convirtió en una advertencia, una señal de qué podía ocurrir cuando el estatus y la codicia tomaban el mando.
Me emborrachaba todos los días, con la intención de que el alcohol adormeciera mi dolor. —Y cada vez que despertaba después haber bebido hasta perder el conocimiento, volvía a emborracharme. —Solo cuando tomaba un poco de café se ponía en funcionamiento mi mente.
Mis padres me buscaron innumerables veces y me rehusé a hablar con ellos, no quería escuchar de boca de ellos..—"Te lo dijimos Terry..—Te advertimos que esa mujer no era buena para ti y no nos escuchaste".
Me resultaba demasiado doloroso visitar el cementerio, casi tan doloroso como entrar en la habitación de Dayana. —Así que contraté a gente para que metiera en cajas todas sus cosas, pidiéndoles que dejaran a un lado la imagen de la D y la G; soportaba su vista porque era algo que había elegido ella.
Guardé duelo durante meses por la vida que jamás tendría, intentando darle sentido a todo. —En el fondo, sabía que no podía quedarme allí, pero no podía marcharme siendo el mismo hombre. —Aunque sabía que nunca superaría lo que le había ocurrido a ¡Dayana !...—necesitaba encontrar la manera de enfrentarme a ello. —Una forma de integrarme de nuevo en el mundo real.
Un día me detuve en un quiosco y mis ojos captaron un artículo sobre el nuevo abogado estrella de la ciudad: Niel Leagan. —Vestido con uno de los trajes de marca que Michael habría elogiado, se había convertido en la comidilla de la ciudad y, por lo que podía leer, era un tipo arrogante, solo un poco más de lo que yo lo había sido.
—Oh, ha tomado el último... —dijo una mujer mientras se detenía a mi lado.
—¿Lo quiere?
—Bueno... —Se sonrojó—. En realidad el periódico no me interesa. Solo quiero la entrevista a Niel Leagan para poder enseñarles a mis amigas cómo es mi hombre ideal.
—¿Pero ha leído las tonterías que dice en esas páginas? —Arqueé una ceja—. Es idiota.
—Eso lo hace todavía más adorable, ¿no cree?
—Le preguntaron qué hace cuando no dicen nada positivo de él. —No podía creer lo crédula que parecía esa mujer—. ¿Quiere saber lo que dijo?
—Claro. —Cruzó los brazos—. ¿Qué hace cuando lo critican?
—Mira su cuenta bancaria —repliqué—. Y entonces dice, y citó: "No creo que alguien deba ser querido para tener éxito".
—Lo dice de verdad.
Prácticamente se derritió sobre la acera.
—Seguro que sabe coger genial...
Le entregué el diario y me alejé. —Aquella mención al sexo me había recordado cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me acosté con alguien...Entonces me di cuenta: sexo.
Necesitaba desesperadamente tener sexo un poco...—Me inscribí en una web de ligues online y poco a poco me deshice del hombre que era. —Compré un traje de marca para cada día de la semana. —Dejé de consumir tanto alcohol para dejar sitio a mi nuevo apetito, y en lugar de golpear las paredes con el puño para deshacerme del estrés, invertí en habanos.
Aun así, las mujeres que conocía online eran normales, y ninguna de ellas parecía estar interesada en el sexo. —Solo querían hablar de idioteces, dejándome siempre inquieto al final de la noche, a solas para ahogar mis penas en alcohol; obligándome a volver a comenzar el experimento.
Como la mujer que estaba sentada ahora en el borde de la cama, hablando como una cotorra. —Era unos años mayor que yo, creo que profesora, y no era capaz de permanecer en silencio.
Hablaba de su vida en la universidad, de un chico que amó, llamado Bennie, un tipo que nunca le correspondió. Antes de que pudiera empezar a describir el lugar del campus donde se habían conocido, me di cuenta de que no podía seguir soportando esta mierda.
—Bennie y yo habríamos tenido una relación perfecta —dijo—. Incluso hubo una vez que...
—¿Vamos a tener sexo o no? —la interrumpí.
—¿Qué? —Se llevó las manos al pecho—. ¿Qué has dicho?
—Te he preguntado si vamos a tener sexo. —Marqué cada sílaba—. No he reservado esta habitación para quedarme aquí sentado, oyéndote hablar durante toda la noche.
Me miró boquiabierta...—Creía que... —tartamudeó—. Creía que te gustaba.
—Me gustas lo suficiente para echarte un polvo. Eso es todo.
Sus ojos se hicieron más grandes y dio un paso atrás..—Durante el tiempo que hemos estado saliendo solo querías acostarte conmigo?
Maldiciendo entre dientes, añadí las preguntas retóricas a la lista de cosas que no iba a aguantar más.
—Creía que habías salido conmigo todas esas veces porque...
—Quedé contigo todas esas veces para que pudiéramos conocernos un poco mejor. Para estar seguro de que no eras una psicópata asesina, y para que supieras que yo tampoco lo soy. —Hice una mueca al pensar en todo el tiempo que había perdido—. El objetivo era que nos encontráramos cómodos para tener sexo, y luego cada uno marcharse por su lado.
—¿Solo iba a ser una vez?
—¿Es que tienes problemas de audición?
Parecía completamente sorprendida, y yo no estaba de humor para explicárselo con más claridad.
Me miró a los ojos antes de que pudiera añadir una palabra más.
—Entonces... —dijo, todavía en estado de shock—, ¿es mentira lo que pone tu perfil?
—No. —Todo lo que está en mi perfil es verdad. —Saqué el celular..—Expongo por qué me inscribí, y he sido bastante paciente al pasar más tiempo contigo. Pareces una buena persona, pero después de esta noche, tengamos sexo o no, no pienso volver a salir contigo. Así que dime, ¿qué vamos a hacer?
Se quedó mirándome una vez más, ahora con la boca abierta, mientras yo echaba un vistazo a mi perfil de ligues.
En efecto, me había olvidado de cambiar la configuración predeterminada cuando me inscribí en la web y en la pestaña "Lo que estoy buscando", todavía estaba lleno de idioteces: —Largas conversaciones, conexión con alguien que me entienda de verdad y encontrar el amor verdadero
—¡Ja! Me burlé y borré con rapidez el texto y levanté la vista, dándome cuenta de que mi ligue seguía en la habitación.
—Si continúas aquí más tiempo —dije—, voy a pensar que quieres tener sexo esta noche. Si no es así, ahí tienes la salida.
Su resoplido fue lo último que oí antes de que la puerta se cerrara con tanta fuerza que hizo temblar el espejo de la pared.
Sin inmutarme, pensé qué quería que apareciera en esa pestaña.
Durante los últimos meses había ido de decepción en decepción, perdiendo tiempo y dinero en mujeres que no buscaban lo mismo que yo.
Ahora todo tenía sentido. —A partir de ese momento ya no habría más cenas innecesarias ni conversaciones eternas. —Ya no tendría que soportar esas tonterías.
No necesitaba otra relación, esos días habían terminado para siempre, y jamás pasaría más de una semana hablando por teléfono con la misma mujer.
Mientras el sol se ponía al otro lado de la ventana de la habitación de aquel hotel, se me ocurrió la frase perfecta:
Una cita, —una cena, —una noche, sin repeticiones.
Luego la resalté y la puse en negrita.
Mientras la miraba, pensé que quedaba muy pobre, que alguien podía pensar que no me lo tomaba en serio. Así que debajo añadí algo que dejaba todo muy claro:
Solo sexo. —Nada más. —Nada menos.
Nueva York no es más que un sombrío erial lleno de mierda, un vertedero donde los fracasados se ven obligados a abandonar sus sueños rotos y dejarlos atrás. Las centellantes luces que lo iluminaban todo han perdido su brillo, y la fresca sensación que un día impregnaba el aire de esperanza ha desaparecido.
Todas las personas que consideraba mis amigos son ahora enemigos, y he arrancado la palabra "confianza" de mi vocabulario. —La prensa ha arrastrado por el fango mi nombre y mi reputación, y esta mañana, después de leer el titular que ha publicado The New York Times, he decidido que esta va a ser la última noche que pase aquí.
Mis padres me han pedido que regrese a Londres, y tome el lugar que me corresponde, pero eso seria sin duda aceptar que soy un fracasado, solo una cosa les pedí, que me permitieran reconstruir mi vida por mi cuenta y luego decidiría que hacer con ella, por primera vez mi padre estuvo de acuerdo conmigo entendiendo mi punto de vista, razón por la cual acepté la ayuda que me ofreció para tener un comienzo.
No soporto los sudores fríos y las pesadillas que me asaltan en sueños, y por mucho que intente fingir que no han destruido mi corazón, dudo que el agonizante dolor que me oprime el pecho llegue a desaparecer algún día, pero al menos debo intentarlo.
Para despedirme a lo grande, he pedido los mejores platos de mis restaurantes favoritos, he ido a Broadway por ultima vez a ver La muerte de un viajante y despedirme de Robert Hathaway quien fue el único que creyó en mi y me dio una oportunidad cuando llegué a esta cuidad, me despediría también de Karen Kleiss mi ex compañera quien junto a Robert fueron los únicos que creyeron en mi inocencia durante el tiempo que duró el proceso legal.
Me he fumado un habano en el puente de Brooklyn. —También he reservado la suite del en el Waldorf Astoria, donde ahora estoy tendido en la cama, con los dedos enredados en el cabello de la mujer que me devora mi pene entre gemidos.
—¿Te gusta esto? —susurra mientras juguetea con la lengua, trazando círculos alrededor del glande.
Me mira expectante..—No respondo. —Le empujo la cabeza hacia abajo y suspiro mientras la obligo a presionar los labios contra mis testículos. —Me cubre el pene con las manos y las mueve hacia arriba y hacia abajo.
En las últimas dos horas, me la he tirado contra la pared, la he obligado a inclinarse sobre una silla y le he separado las piernas encima de la cama.
Ha sido jodidamente divertido, satisfactorio, pero sé que esta sensación no durará, nunca lo hace. —Dentro de una semana tendré que buscar a otra.
Al sentir que me introduce más profundamente en su boca, comienzo a tensarme mientras ella sube y baja la cabeza. —El placer empieza a atravesarme, los músculos de mis piernas se ponen rígidos y me obligo a soltarla, dejando que se aleje.
Me ignora.
Me sujeta las rodillas y me succiona con más rapidez, permitiéndome llegar al fondo de su garganta. —Le doy una última oportunidad para alejarse, pero, dado que mantiene los labios alrededor de mí, no me deja otra opción que venirme en su boca.
Y ver cómo traga... hasta... la... última... gota.
Asqueroso lo sé, pero impresionante a la vez
Por fin se aleja, se relame los labios y se echa hacia atrás, sentándose en los talones.
—Es la primera vez que me lo trago —confiesa—. Y lo he hecho por ti.
—Pues no deberías haberlo hecho. —Me levanto y me subo la cremallera de los pantalones—. Deberías haberte reservado para otra persona.
—Bueno... Esto... ¿Quieres que pidamos algo para cenar? Quizá podríamos ver algo en HBO y hacerlo otra vez más tarde.
Arqueo una ceja, molesto..—Esta es siempre la parte más irritante. —Cuando la mujer a la que previamente advertí: Una cita, —Una cena..—Una noche. —Sin repeticiones; desea establecer algún tipo de vínculo imaginario. Por alguna razón, sienten que es necesario algún tipo de conversación para pasar página, cierta seguridad que confirme que lo que acaba de ocurrir es algo más que sexo y vamos a ser amigos.
Pero es solo sexo, y no tengo ninguna necesidad de tener amigos. Ni ahora ni nunca.
—No, gracias. —Me acerco al espejo que hay en el otro lado de la habitación—. Tengo un compromiso.
—¿A las tres de la madrugada? Es decir, si quieres que nos saltemos lo de HBO y disfrutar de otra ronda, puedo...
Me evado de su voz irritante y empiezo a abrocharme la camisa. —Jamás he pasado la noche con uno de mis ligues online, y este no va a ser el primero.
Mientras me ajusto la corbata, bajo la vista y veo en el tocador una billetera de color rosa. —La tomo y la abro. —Paso los dedos por el nombre que aparece impreso en la licencia de conducir: Sandra Robert.
A pesar de que conozco a esta mujer desde hace una semana, ella siempre me ha dicho que se llama Cecilia. - También me ha comentado —en múltiples ocasiones— que trabaja como dependienta en un super mercado, y a juzgar por la tarjeta de empleada del Hospital San José que hay oculta detrás la licencia de conducir, estoy seguro de que esa parte tampoco es cierta.
Echo un vistazo por encima del hombro a la cama, donde ella está ahora tendida sobre las sábanas de seda. —Su piel es suave y blanca; tiene los labios ligeramente hinchados y más rojos que nunca.—Cuando sus ojos color verde se encuentran con los míos, se incorpora un poco y separa las piernas.
—Sabes que quieres quedarte —susurra—. Ven aquí...
Mi pene comienza a reaccionar, preparándose para otra ronda. —Pero conocer su nombre real lo ha arruinado todo. —No soporto estar cerca de alguien que me ha mentido, incluso aunque tenga unas tetas de infarto y una boca tan habilidosa como esa.
Le lanzo la cartera...—Me has dicho que te llamas Cecilia.
—Sí. ¿Y?
—Que tu nombre es Sandra.
—¿Y qué pasa? —Se encoge de hombros y me hace una seña con la mano—. Jamás les doy mi nombre real a los hombres que conozco a través de Internet.
—¿Solo a los que te cogen en la suite de un hotel de cinco estrellas?
—¿Por qué te preocupa tanto de repente mi nombre real?
—No me preocupa. —Miro el reloj—. ¿Vas a pasar aquí la noche o te pago el taxi para ir a casa?
—¿Qué?
—¿No está clara la pregunta?
—¡Wow!... Solo eso, ¡Wow!... —La veo sacudir la cabeza—. ¿Cuánto tiempo más crees que vas a ser capaz de seguir haciendo esto?
—¿Seguir haciendo qué?
—Trabajarte a una chica durante una semana, cogértela y pasar a la siguiente. ¿Cuánto tiempo más?
—Hasta que el pene no me funcione. —Me pongo la chaqueta—. ¿Quieres que te pague el taxi o te quedas aquí? La suite está disponible hasta el mediodía.
—¿Sabes que los tipos como tú, que huyen de las relaciones como de la peste, son los que al final caen con todo el equipo?
—¿Eso te lo enseñaron en el hospital San José?
—El hecho de que alguien te haya hecho daño en el pasado no significa que todas las mujeres seamos iguales. —Frunce los labios—. Seguramente esa es la razón por la que eres así. —Quizá si intentaras conocer a alguien de una forma normal, serías mucho más feliz. —Ya sabes, llevarla a cenar y escuchar lo que diga, acompañarla a casa sin esperar que te invite a entrar y no cogértela en una suite como despedida.
Dónde demonios he puesto las llaves? Tengo que irme. Ya... —Parece que no puede callarse.
—Algún día vas a querer más que un polvo de quien menos te lo esperas. —Y esa mujer te obligará a cambiar.
Saco las llaves de debajo de su arrugado vestido. Suspiro.
—¿Quieres dinero para el taxi o no?
—Tengo mi propio auto, idiota. —Pone los ojos en blanco—. ¿De verdad eres incapaz de mantener una conversación normal? ¿Tanto te molesta hablar conmigo unos minutos después de haber cogido?.
—No tenemos nada de qué hablar. —Pongo la llave magnética en la mesilla de noche y camino hacia la puerta—. Ha sido muy agradable conocerte, Cecilia... Sandra... Como demonios te llames. —Que disfrutes del resto de la noche.
—¡Que te jodan!
—Tres veces ha sido más que suficiente. No, gracias.
—¡Algún día te las harán pagar, idiota! —grita mientras salgo al pasillo—. ¡El Karma es un hijo de puta!
—Lo sé. —Doy un paso atrás—. Me tiré a Karma hace unas dos semanas...
Continuará ...
