N/A: Vale, ayer se me olvió por completo subir el capítulo u.u' por eso hoy voy a subir dos del tirón :)
Disclaimer: Sigo buscando ese disclaimer divertido y original que digo que nada de esto es mío sino de TVE y de Pablo y Javier Olvidares.
Capítulo 2: Las entradas.
Eran poco más de las ocho cuando por fin llegaron al cine. Al final le habían preguntado a Irene, que les recomendó uno bueno. Aunque Pacino conocía Madrid muy bien, la ciudad estaba algo cambiada y tardaron más de lo que pensaron en un principio. Lo bueno era que el transporte público de Madrid llegaba a todas partes.
El cine estaba dentro de un Centro Comercial. Una edificación monstruosa y demasiado luminosa, según Alonso. Aunque Amelia se refirió a ella como un faro en la oscuridad. Las luces eran tan potentes que pudieron llegar sin mapa desde la estación de tren gracias a que se veía en la distancia.
La Guerra de las Galaxias era una saga muy popular, y si bien hacía una semana que se había estrenado, al ser viernes la cola para comprar las entradas era un tanto larga.
–Jo tío, vaya cola. Tendríamos que haberlas comprado por internet, a ver si quedan asientos libres para nuestra sesión…
–Es Star Wars, chaval. Seguro que hay más de una sala, no te preocupes.
–Hoy en día se hace todo por internet–comentó Pacino por lo bajini.
–Irene dice que es más cómodo–apuntó Amelia.
–Si no digo que no. Es una pasada, pero antes las cosas eran más sencillas, para ir al cine había que currárselo. Ayudabas a tus padres y con 50 duros te ibas a ver la peliculilla en el cine del barrio y echabas la tarde.
–Tuvo que ser bonito poder hacer esas cosas.
–No digáis tonterías. Los chavales se han ablandado con el paso del tiempo, antes ayudábamos con las tareas y luego corríamos y juagábamos a ser caballeros. Hoy en día están con esa condenada mini televisión portátil y no hay quien les separe de ellos.
–Consolas, Alonso. Se llaman consolas.
–Me dan igual como se llamen–exclamó Alonso enfadado. Amelia le miró sorprendida, luego miró a Pacino en busca de una respuesta.
–El vecino que se pasa las noches jugando a un juego de matanzas y chilla mucho. A Alonso no le gusta.
–Y por su fuera poco su padres se lo consienten. Prefieren que esté jugando a estar en la calle para que esté en silencio.
Pacino suspiró cansado. Lo de Alonso con el hijo de los vecinos era una batalla perdida. Ya había hablado él con los padres y con el mismo chaval y les había advertido que Alonso podía ser el mejor de los vecinos–el que abría la puerta y le subía la compra a la vieja del quinto, o el que sacaba las basuras cuando el conserje se quedaba dormido–o el peor de ellos. Pero no le habían creído. Cuando Alonso saliera de casa con una de sus espadas dispuesto a matar el hijo del vecino, ya le escucharían.
La cola avanzó relativamente deprisa y cuando llegaron al final se encontraron con un chaval de unos veinte años, vestido de uniforme y con una gorra con el logotipo del cine en ella.
–Buenas tardes, ¿qué desean ver?–preguntó con voz monótona por el aburrimiento detrás del cristal y usando el micrófono para que se le escuchara mejor.
–Hola buenas, nos gustaría ver La Guerra de las Galaxias–dijo Amelia mientras Pacino y Alonso sacaban el monedero y empezaban a contar el dinero.
–Muy bien. ¿A Las 20:45 en la sala 5 y en versión normal o a las 21:30 en la sala 10 y en versión 3D?
–Pues…–Amelia se giró mirando a Pacino. Aún no se acostumbraba a las horas digitales. Pero Pacino estaba algo ocupado con el monedero.–¿Qué hora es ahora si es tan amable?
–Las ocho y media.
Amelia asintió con la cabeza mientras hacía cálculos con la cabeza. Las 20:45 le pareció una hora demasiado cercana por lo que eligió la sesión de las 21:30.
–Muy bien. ¿Cuántos son?
–Somos tres.
–Tres asientos juntos tengo centrado en la fila dos o en un lateral en la doce.
Amelia nunca había ido al cine, pero suponía que era algo como el teatro. Y como en los teatros lo mejor era estar en las primeras filas, eligió la fila dos. Esperaba no estar muy cerca de la pantalla, nunca había visto una pero Irene le había dicho que se veían bien desde casi todos los sitios. De todas formas la fila doce le pareció demasiado lejos.
–Bien. Son 36€ en total por favor.
–¿Cómo?–exclamó Pacino desde atrás. Le dio todo el dinero a Alonso y se acercó a hablar con el chaval.–¿Cómo que son 36€? ¡Es un robo! En mi época eran como mucho 100 pesetas.
Esto último se lo dijo a Amelia por lo bajini. La chica se encogió de hombros. En su época ir al teatro era un lujo que no todos se podían permitir. Y ella había asociado al cine como algo parecido, pero parecía ser que en la época de Pacino las cosas no eran del mismo modo.
–¿Tienen el carné de socios? ¿Descuento por familia numerosa? ¿De la tercera edad?–la última pregunta la hizo mirando a Alonso.
–¿Lo decís por mí joven? ¿Pero cuántos años creéis que tengo malnacido!
–Cálmate Alonso, por favor-dijo Amelia. Después miró a Pacino.–¿Entonces nos vamos?
–Ni hablar. Vamos a ver la película, pero quiero poner una hoja de reclamación de esas que hay. Me parece increíble que el cine cueste tanto.
–Si lo desea puede hacerse socio y recibirá descuentos exclusivos. O venir el día del espectador, que está a la mitad de precio.
–Sí, eso también lo quiero. Pero por ahora saca las entradas.
–Son 36€ en total.
Pacino guardó las monedas y sacó la tarjeta de crédito con mala cara.
–Gracias, que disfruten de la película.
En breves el siguiente capítulo.
