Capítulo

2

El teléfono sonaba insistentemente aquella tarde de invierno en la casa de Cloud. Las lluvias habían amainado, dejando paso a las últimas y ligeras nevadas de la estación, lo que supondría un leve ahorro en la factura de la calefacción.

Cloud corrió rápidamente por la casa. Nunca le había parecido que el teléfono estuviera tan lejos como aquel día. El timbre del aparato resonaba por todo el hogar, llegando a ser inclusive chirriante. Finalmente, levantó el auricular, colocándoselo entre la oreja y el hombro a la vez que alzaba el teléfono, de cable, para estar más cómodo, justo antes de que sonase el último tono que daría fin a la llamada.

-¿Diga? - preguntó, con la voz algo entrecortada por la angustiosa carrera que acababa de echarse.

-¿Cloud, hermano? ¡Soy Zack! Escucha, tengo una noticia estupenda que darte. - dijo su hermano, con voz animada, al otro lado del cable.

-Como no sea que van a bajar los impuestos de una vez… - dijo el rubio, con cierta ironía en su tono.

Su hermano rió levemente.

-Ya no vas a tener que preocuparte más por los impuestos, Cloud. Escucha, he hablado con Faremis. ¡Lo he convencido! - dijo Zack, triunfante - Así que mañana mismo tendrás que estar aquí para empezar a trabajar.

El rubio se quedó completamente sin habla, mientras sus ojos azules vagaban alrededor del salón con un nerviosismo inusitado. No sabía como sentirse, realmente. Por supuesto, se sentía contento por haber conseguido un trabajo, ya que eso significaba que todos sus problemas y angustias económicas iban a acabarse. Pero se había acostumbrado tanto a apretarse el cinturón - a veces, incluso, hasta quedarse sin hebilla - que no sabía si se adaptaría a vivir de forma algo más holgada.

-¿Cloud? ¿Estás ahí? - preguntaba Zack, insistentemente, temeroso de que se hubiera cortado la llamada.

-Sí, sí. ¡Vaya! No esperaba que lograses convencer a tu jefe - dijo Cloud, sonando más animado esta vez.

-Te dije que mi capacidad de convicción era infalible - replicó su hermano y, por su tono, Cloud supo que acababa de alzar una ceja con una expresión de orgullo en su rostro moreno. - ¿Estás contento?

-¡Claro! Sabes lo que significa para mi tener un trabajo.

-Entonces pasaré por ti mañana, ¿de acuerdo? El señor Faremis te explicará lo que tengas que hacer y yo te pondré al corriente de ciertas personas de la casa. - explicó Zack, con tono misterioso.

-¿Ciertas…personas de la casa? - repitió su hermano pequeño, sintiendo un nudo en el estómago, nervioso. ¿Acababa de librarse de sus problemas económicos y ahora tendría que enfrentarse a problemas dentro de su puesto de trabajo?

-Sí. ¡Pero no te preocupes! No te dará quebraderos de cabeza. Tan sólo es un estirado insoportable. Oye, te dejo, Faremis va a arreglar unos asuntos y tengo que acompañarlo. ¡Hasta mañana!

-Adiós - respondió simplemente Cloud.

Pero una vez que hubo colgado el teléfono, dio un gran salto de alegría mientras alzaba sus puños al aire, loco de contento. ¡Por fin iba a tener un trabajo!

-¿Puedo pasar? - preguntó Ifalna, con voz dulce y una media sonrisa en sus labios rosados.

-¡Claro, mami! Te estaba esperando ya, hoy tardaste mucho - dijo su pequeña Aeris, entre risas.

Anochecía en casa de los Faremis. Como cada noche y, sin falta, Ifalna se acercaba al cuarto de su hija para darle las buenas noches y leerle algún cuento o conversar. A pesar de su corta edad, Aeris era una niña muy inteligente y curiosa que hablaba de un sinfín de temas distintos. Muchas veces, ambas, madre e hija, habían comenzado hablando del colegio y habían terminado debatiendo acerca de cuantos planetas y cuantos universos habían aparte del suyo.

Aeris tenía dos grandes pasiones en su vida: leer y conversar con su madre. Desde pequeña, nunca había tenido muchas amigas. Uno podía pensar que su alta posición social o su estabilidad económica la hacían una niña popular, como solía pasar en muchos casos. Pero con ella, pasaba justamente al revés: las niñas no querían estar con Aeris, la consideraban un bicho raro por pasarse horas y horas enfrascada alrededor de sus libros y por hablar con su perro, Nanaki. Los niños, por su parte, se sentían intimidados por su presencia y también, por la influencia de las niñas. Si ellas no se acercaban a Aeris, ellos tampoco.

Por eso, la mejor amiga de Aeris era su madre, Ifalna. A ella le podía contar todo lo que quisiera y, junto a ella, podía leer todos los libros que desease durante horas, porque su madre nunca la iba a juzgar. Era cierto que, de vez en cuando, la regañaba cuando hacía alguna cosa mal. Pero Ifalna siempre se encargaba de que Aeris supiera que lo hacía por su bien, para que aprendiese de sus errores y no volviera a cometerlos.

-Siento haber tardado, cariño. Pero estaba hablando con tu padre - explicó Ifalna, mientras se sentaba al lado de su hija en la cama, con dosel y sábanas rosas. - Mañana va a venir alguien nuevo a casa.

-¿Alguien nuevo? - preguntó Aeris, con ilusión, mientras sus ojos verdes se abrían de par en par.

Ifalna asintió lentamente con la cabeza, a la vez que una sonrisa se formaba en su rostro.

-Así es.

-¿Y quién es? ¿Quién es? - dijo la pequeña, juntando sus manitas.

-Para serte sincera, no lo sé aún. Pero sé que va a ser nuestro nuevo guardaespaldas.

-¿Nuestro nuevo guardaespaldas? Pero, mami, yo no necesito un guardaespaldas. - replicó Aeris, poniendo los brazos en jarras.

Su madre rió ante el ceño fruncido de su niña.

-Lo sé. Sé que tu eres muy fuerte y te sabes cuidar solita. Pero nunca está de más tener a alguien que nos proteja, ¿no crees, cielo? - planteó su madre.

-Mm…sí, tienes razón, mami. ¡Siento curiosidad por ver quien es!

-¡Yo también! Además, podrá cuidar de ti cuando yo no esté contigo. Cuando salga con mis amigas o cuando atienda asuntos de la casa. - explicó Ifalna.

Aeris se recostó sobre el pecho de su madre, dejando que le acariciara los cabellos castaños. Ambas se parecían mucho: las dos tenían el pelo largo y castaño, brillante. Los ojos verdes, llenos de amor. Y las dos eran muy bonitas.

-Pero, tú vas a estar siempre conmigo, ¿verdad mami? - preguntó Aeris, mientras los ojos se le empezaban a cerrar del sueño y de las relajantes caricias de su madre.

-Claro que si, pequeña - contestó Ifalna, aunque, sin saber por qué, sintió una ligera angustia ante la pregunta de su hija que no supo explicar.

-Anda mami, cuéntame una de tus historias, porfi - pidió su hija, abrazándose a su madre.

-Está bien - contestó Ifalna, entre risas, mientras comenzaba a contarle una maravillosa aventura a su pequeña.

El día siguiente llegó, y Cloud se levantó temprano, como de costumbre. Zack le había dicho que pasaría por él cerca de las ocho de la mañana para acudir al que sería su nuevo puesto de trabajo.

Se desperezó lentamente, sintiendo una gran ilusión en su interior por la que sería su nueva forma de vida. Recogió su cuarto y fue a desayunar algo ligero: un café como cada mañana.

Tras desayunar, se dio una ducha de agua caliente, ya que aquel día había amanecido un poco más frío que el anterior. Se sonrió para sus adentros al pensar que ya no tendría que preocuparse tanto por los gastos del hogar. En primer lugar, porque al trabajar para el señor Faremis, viviría en su casa y, en segundo lugar, porque al tener un sueldo, los problemas se veían desde otra perspectiva.

Terminó de ducharse y se puso la ropa que su hermano mayor le había traído la noche anterior, que sería su nuevo uniforme de trabajo: consistía en unos pantalones negros, con la camisa sin mangas del mismo color y de cuello de tortuga y botines negros.

Miró el reloj que colgaba de la pared del salón. Eran las ocho menos cuarto. Aún tenía algo de tiempo para despedirse, quien sabía durante cuanto tiempo, del que había sido su hogar durante 21 años. 21 años de su vida en aquella casa que había conocido sus alegrías, sus penas y sus secretos. Echaría de menos aquel hogar, pero Cloud sabía que a veces, había que dejar las cosas atrás para poder avanzar.

Quince minutos después y, bastante puntual, su hermano Zack lo esperaba en su coche para ir rumbo al trabajo.

-Buenos días - saludó su hermano mayor, con una sonrisa - ¿Nervioso?

-Un poco - confesó Cloud, a quien no le gustaba mostrarse vulnerable cuando la ocasión lo merecía.

Zack soltó una ligera carcajada.

-No te preocupes. El señor Faremis es una buena persona. Ya verás que te irá bien. - dijo el moreno, en un intento de aliviar su creciente preocupación.

El coche comenzó a abrirse camino alrededor de la ciudad. Dejaron atrás colegios, parques, el hospital… salieron del centro de la concurrida urbe y se adentraron en la periferia. Alrededor, el paisaje era más natural, con hileras de casas residenciales.

-Vive un poco lejos, ¿no? - preguntó Cloud, observando el paisaje.

-Vive en un punto intermedio. Alejado del ruido pero no lo suficientemente lejos de su trabajo y de la gente. - explicó su hermano, alzando una ceja. - Supongo que cuando eres tan rico no te importa gastar dinero en la gasolina.

Un pequeño tiempo después, los dos hombres llegaron al hogar del señor Faremis.

La casa de Cloud era un nido de pájaros en comparación con aquella enorme mansión que se alzaba ante sus ojos. La imponente casa tenía cierto estilo vanguardista, con un enorme jardín con algunas flores rojas y amarillas y un pequeño pozo. El rubio se quedó fascinado ante la elegante apariencia del hogar.

-Alucinante, ¿verdad? - preguntó Zack, que parecía haberle leído el pensamiento a su hermano, mientras componía una media sonrisa.

-Lo gana bien. - contestó Cloud, mientras seguía los pasos a su hermano mayor, quien había comenzado a caminar a través del sendero de piedra que conducía a la entrada principal.

Si por fuera la casa era imponente, por dentro era simplemente magnífica. El vestíbulo tenía el suelo de mármol y daba a diferentes caminos: al frente, una escalinata se erguía, conduciendo a las habitaciones superiores; a la derecha, se encontraba el camino hacia la cocina y el comedor y, a la izquierda, el salón y la terraza.

-Ven, tenemos que…ah, señor Faremis - dijo Zack, sacando a Cloud de su ensimismamiento, ya que se había quedado absorto contemplando el esplendor del hogar.

-Buenos días. Supongo que tu debes de ser el hermano de Zack - dijo Gast.

El hombre que estaba frente a Cloud era exactamente como él lo había imaginado: un hombre que, a pesar de su aspecto serio y empresarial, tenía un aire paternal en aquella sonrisa que se escondía tímidamente bajo su bigote castaño.

-Si, señor. Cloud Strife - dijo, estrechando la mano de Faremis.

-Mucho gusto. Yo soy Gast Faremis. Aunque me imagino que ya sabrás de sobra quien soy - añadió el hombre, con una leve carcajada.

-Quería agradecerle que me haya dado el trabajo, señor. - dijo Cloud, con condescendencia.

Faremis negó levemente con la cabeza, intentando restarle importancia al asunto.

-Al principio, me mostré un poco reticente a la idea - contó Gast, siendo sincero - pero cuando Zack me explicó tu situación…sentí que debía ayudarte. Tu hermano nunca me ha defraudado, siempre ha sido un buen trabajador. Espero lo mismo de ti, Cloud.

-No le decepcionaré, señor. - dijo el rubio, asintiendo con la cabeza con el fin de reafirmar sus palabras.

Gast también asintió, inspeccionando al joven que tenía frente a si. Aunque había aceptado darle el trabajo, quería asegurarse de que lo haría bien.

-Serás el escolta de mi esposa y mi hija - explicó el hombre, tras una breve pausa - Ninguna de las dos está en casa ahora mismo, pero en cuanto llegue mi esposa, se presentará contigo. Siento no poder estar más tiempo contigo, pero debo irme ya al trabajo. - añadió, señalando el maletín que llevaba en sus manos.

-De acuerdo, señor. - respondió Cloud, con seriedad.

-Ah, Zack, necesito que me lleves hoy a la oficina. Sephiroth ha ido a dejar a Aeris al colegio y a acompañar a Ifalna con unos recados. - dijo Faremis, mirando esta vez a Zack.

-Por supuesto, señor. - dijo el moreno.

-Tienes libertad para moverte por la casa, Cloud. Sientela como si fuera tuya - dijo el hombre, despidiéndose mientras salía del hogar acompañado de su guardaespaldas personal.

Cuando los dos se marcharon, el silencio resonó en toda la casa. Cloud se sintió completamente solo, teniendo la sensación de que, a pesar de lo majestuoso del hogar, este no resultaba muy acogedor. O quizá era por que acababa de llegar.

Pero antes de que pudiera pensar en algo más, una voz de mujer lo sacó de sus pensamientos.

-Tú debes de ser el nuevo guardaespaldas, ¿verdad? - preguntó. Cloud se dio la vuelta para encontrarse con una mujer de unos 45 años y expresión cariñosa, cuyo cabello castaño, recogido en un moño, comenzaba a clarear.

-Así es - respondió el rubio, quien repentinamente sintió cariño hacia la mujer.

Ella compuso una gran sonrisa, mientras las primeras arrugas de expresión se comenzaban a formar alrededor de sus ojos.

-¡Encantada! Yo soy Elmyra. Soy el ama de llaves de la familia. - se presentó, mientras estrechaba la mano de Cloud.

-Yo soy Cloud - se presentó él, con una leve sonrisa.

-Zack y tú os parecéis más de lo que pensaba - comentó la mujer.

-¿Cómo sabe que somos hermanos?

-Oh - dijo ella, comenzando a reir - Zack habla mucho conmigo y me puso al corriente de que vendrías y quien eras. Me contó toda tu vida.

"¿Por qué no me sorprende?" se preguntó Cloud, avergonzado por la actitud de su hermano. Tenía esa costumbre - para Cloud, horrible costumbre - de contarle a todo el mundo más cosas de las que la gente debería o necesitaba saber.

-¡Pero no te preocupes! - repuso Elmyra, con cariño - Todos hemos pasado por alguna situación dificil en nuestras vidas, ¿no crees? Y no es motivo para avergonzarse. Es más, deberías sentirte orgulloso de haberlo superado.

-Imagino que sí - dijo Cloud, mientras sus mejillas se tornaban rosadas y se pasaba una mano por el pelo.

-Ven, ¡te enseñaré la casa! - lo animó Elmyra, colgándose de su brazo y empezando a caminar junto a él alrededor de la enorme mansión.

-¡Vamos, niña! No tengo todo el día - exclamó Sephiroth, dándole prisa a Aeris, quien salía del colegio con la cabeza gacha. Aquella no había sido su mejor jornada escolar, ya que había tenido que soportar las burlas de sus compañeros en la clase de deporte porque se le había escapado el balón de las manos. ¿Por qué tenía que existir esa asignatura? Era algo que la niña siempre se preguntaba.

Una vez que la niña llegó al todoterreno negro, Sephiroth la reprendió.

-Podrías salir más deprisa del colegio, ¿sabes? Ahora voy a tener que coger el peor tráfico por tu culpa. Y todavía tenemos que ir a buscar a tu madre. Menudo día - se quejó el de pelo plateado, con desdén, haciendo sentir aún peor a la chiquilla.

-Lo siento, Sephiroth - dijo la niña, con un nudo en la garganta.

-Lo siento - bufó él, poniendo los ojos en blanco - Venga, sube al coche.

Aeris subió al coche y se abrochó el cinturón de seguridad. Sin embargo, su triste rostro se iluminó un poco al ver que su osito de peluche favorito estaba junto a ella en el asiento trasero. Lo tomó entre sus manitas y lo abrazó con fuerza, sintiéndose algo mejor.

Un tiempo después, pasaron a recoger a su madre, que venía cargada con bolsas del mercado.

-Buenas tardes, señora - saludó Sephiroth, con total educación. Aeris se preguntaba muchas veces si Sephiroth odiaba a los niños y por eso la trataba tan mal, porque con su madre era buena persona.

-Ah, Sephiroth, ayúdame con estas bolsas, por favor - dijo Ifalna, algo jadeante por el peso de las bolsas. El de pelo plateado las tomó todas entre sus brazos musculosos con total facilidad, como si fueran bolsas cargadas de plumas y las puso en el maletero del coche.

Ambos se subieron al vehículo y, acto seguido, Ifalna se giró un poco para saludar a su pequeña.

-Hola cielo, ¿qué tal el cole? - preguntó.

-Bien mami…- suspiró Aeris, con desgana.

Ifalna la miró, algo preocupada.

-¿Segura? ¿Ha ocurrido algo?

Sabiendo que no podía mentirle a su madre, Aeris le contó lo sucedido.

-Los niños de mi clase se han reído de mi en la asignatura de deporte…-musitó la niña, mirándose las manos con la cabeza baja.

Su madre chasqueó la lengua, molesta.

-Esos críos… tendré que ir a hablar con tu profesora para que los regañe.

-¡No! ¡No mami, por favor! No hace falta…- se negó Aeris. Sabía que si su madre se quejaba, los niños de la clase la llamarían chivata y la harían sentir aún más sola.

-Es mi responsabilidad como tu madre. No está bien que los otros niños se rían de ti - insistió Ifalna.

-No, mami, sólo ha sido una tontería. Estoy segura de que no pasará más - contestó Aeris, nerviosa.

Ifalna suavizó su rostro, soltando un suspiro.

Al mediodía, la señora Ifalna, Sephiroth y Aeris llegaron a casa, tras un largo día de trabajo. Sephiroth se marchó hacia la cocina, donde, seguramente, se encontraban los demás miembros del servicio, dejando a Ifalna y Aeris sola.

-Tengo que hacer una llamada, cariño - informó Ifalna - ¿Por qué no dejas la mochila en tu cuarto y te preparas para almorzar?

Aeris, quien no tenía absolutamente nada de hambre debido a lo que le había ocurrido en el colegio, asintió con tristeza, mientras se marchaba a su habitación. Su madre la siguió con la mirada, preocupada. Aunque Aeris no quisiera, tendría que tomar medidas al respecto de lo que hacían aquellos niños de su clase. ¿Qué clase de madre sería si dejase ese asunto correr?

La niña subió rápidamente las escaleras y dejó la mochila en su cuarto, tal y como le había ordenado su madre. Se miró en el espejo, contemplando su uniforme deportivo del colegio, que intercalaba con la falda de cuadros y el jersey. Se fijo en su enorme lazo rojo, que le daba un toque bonito a su larga cola de caballo. Se dio cuenta de que el lazo estaba un poco desordenado y, con agilidad, lo volvió a rehacer.

-¡Aeris! - escuchó que su madre la llamaba desde el piso inferior - ¿Ya estás lista para comer?

"No quiero comer nada" pensó la niña, con tristeza. Quería desaparecer por un momento, que nadie la buscase. Entonces, se le ocurrió una idea.

Salió de su cuarto a hurtadillas y corrió con rapidez por el pasillo, con el corazón latiéndole con fuerza, ya que escuchaba como su madre iba subiendo por la escalera, aproximándose cada vez más a ella.

-¿Aeris? - escuchó, de fondo. Entonces, la niña se metió en el despacho de su padre, la habitación más cercana y se escondió, debajo de la mesa.

Ifalna abrió la puerta de la habitación de su hija y la encontró completamente vacía. Tan sólo estaba la mochila, colocada correctamente bajo su mesa de escritorio.

-¿Dónde estará? - se preguntó Ifalna en voz alta, mientras daba media vuelta y salía al pasillo.

Entonces la mujer se cruzó con un hombre alto y rubio, de intensos ojos azules. Reconociendo quien podría ser al instante, se presentó.

-Oh. Tú debes ser mi nuevo guardaespaldas, ¿no es así? - preguntó la mujer, con una sonrisa dulce.

-Sí, señora…

-Ifalna - dijo ella, estrechando la mano del joven, que tenía una agarre fuerte.

-Yo soy Cloud, señora. Mucho gusto. - se presentó el rubio.

-Igualmente. Cloud, escucha. ¿No has visto a mi hija por aquí? Es una niña pequeña y se parece mucho a mi. La llamé para comer pero…

-No…no la he visto - respondió Cloud, confundido.

-Mm…¿qué tal si yo busco por el jardín y tú la buscas por aquí? Quizá haya salido al jardín y no me he dado cuenta, le gusta mucho estar allí - propuso Ifalna.

-De acuerdo, señora.

Viendo a la mujer marchar, Cloud comenzó a realizar la tarea que le habían asignado. Abrió la primera puerta a la derecha, pero se encontró con la habitación del matrimonio, completamente vacía. Luego, inspeccionó la otra habitación, que parecía ser una sala de juegos donde descansaba el perro de la familia, Nanaki, de un intenso color rojo.

Tras abandonar aquella habitación donde tampoco estaba la niña, abrió otra puerta más. Se trataba del despacho del señor Faremis que parecía, aparentemente vacío. Cloud se habría ido de la habitación de no haber escuchado un pequeño y casi, inaudible, quejido, proveniente de alguna parte del despacho.

Entonces sus ojos se clavaron en unos pequeños piececitos que sobresalían de la parte baja de la mesa del despacho. Acababa de dar con la "desaparecida". Alzando una ceja mientras contenía la risa, rodeó la mesa lentamente, mientras escuchaba como la niña, que había estado conteniendo la respiración en un vano intento de no ser descubierta, soltaba el aire con fuerza.

Se agachó despacio hasta quedar cara a cara con la pequeña, que abrió de par en par sus enormes ojos verdes.

-Hola - dijo Cloud - ¿qué haces aquí?

-Esconderme - respondió Aeris, nerviosa.

-¿Y por qué te escondes? - preguntó el rubio, con curiosidad.

-Por que no quiero comer y no quiero que mami me vea - contestó la niña, agachando la cabeza.

-Pues déjame decirte que no eres muy buena escondiéndote. La próxima vez busca un lugar en el que quepas entera. Se te veían los pies - dijo Cloud, burlón.

La niña alzó la vista rápidamente, terriblemente sonrojada. Pero, de repente, comenzó a reír con suavidad y Cloud se vio contagiado por su risa.

-Tú eres mi nuevo guardaespaldas, ¿verdad? - preguntó la pequeña, con curiosidad, aún acostada bajo la mesa.

-Sí. ¿Cómo lo sabes?

-Mami me lo contó anoche. ¿Cómo te llamas?

-Cloud.

-Yo Aeris. Soy una buena niña, no me porto mal nunca - se presentó la pequeña, con timidez.

Cloud soltó una pequeña carcajada. La niña le parecía sumamente adorable. Sin embargo, antes de que pudiera decirle nada más, escuchó la voz de la señora Ifalna.

-¿Cloud? ¿Has encontrado a…? ¡Con que aquí estás! - dijo Ifalna, agachándose y poniéndose cara a cara con su hija. - Sal de debajo de la mesa, Aeris, por favor - dijo su madre, completamente seria.

Temblorosa por la regañina que se le venía encima, Aeris salió de debajo de la mesa y se puso frente a su madre, con las manos cruzadas tras la espalda y la cabeza gacha.

-¿Por qué te has escondido? Te estaba llamando para comer. ¡Y todavía llevas puesto el uniforme! Ve ahora mismo a cambiarte y baja a almorzar. Espero no tener que repetírtelo. - dijo la señora Ifalna, saliendo a zancadas del despacho.

La niña se mantuvo con la cabeza gacha y se dispuso a salir lentamente del despacho, arrastrando los pies. Cloud sintió una punzada de tristeza al ver a la niña tan apesadumbrada. Se acercó rápidamente a ella y le puso una mano en el hombro.

-Te enseñaré a esconderte mejor la próxima vez - le dijo el rubio, guiñándole un ojo - Será nuestro secreto.

Aeris lo miró con ojos brillantes, mientras una sonrisa se formaba poco a poco en su rostro.

-¡Será nuestro secreto! - repitió ella, guiñándole también el ojo.

Hola! Aquí estoy con un nuevo episodio! Espero que les guste ^^

Lady Yomi: Querida amiga, que alegría volver a contar con tu apoyo para esta historia! Nada me hace más feliz que la leas y que te haga feliz a ti también! De momento, los primeros episodios no contienen ningún cambio significativo, pero daré una señal a partir de los capítulos reescritos, como haré con Compañeros cuando llegue el momento! Gracias y MUCHOS besos! ^^ ^^