Ains, este capi creo que me quedó demasiado adorable hasta para ser mio...
Capítulo I
Ella es Humana
Sólo tenía siete años cuando la niña humana llegó a su hogar en brazos de su padre. Él y su madre habían estado recogiendo bayas para comer y su padre tenía que traer la carne. No esperaba que fuera una humana. Nunca los había probado.
Pero cuando fue a hincarle el diente sus padres le regañaron y la niña se echó a llorar. Todo fue muy extraño. Principalmente, porque sabía que los humanos bien podían ser alimentos y que sus antepasados incluso los habían cazado al ir haciéndose cada vez de mayor tamaño. Por otro lado, no comprendía que sus padres protegieran un cachorro humano cuando siempre estaban alejándose de ellos por miedo a ser cazados.
Aunque una niña humana como esa no le parecía realmente peligrosa. Podía hacer más daño él con sus colmillos y sus colas. Y últimamente estaba seguro de que podría transformarse como su padre, en cualquier momento. Se veía a sí mismo grande y fuerte, con sus colas ondeando en el aire peligrosamente.
Ningún humano se atrevería jamás a cazarle y si lo intentaba... Bueno, uno menos que respirar aire.
Ahora tenía una intrusa en su casa y por la forma en que sus padres la estaban tratando, iba a quedarse por mucho tiempo. No estaba de acuerdo mas no podía hacer otra cosa. Sus padres eran los que mandaban y él tenía que acatar.
Claro que eso no quería decir que fuera a ser domado.
Su padre les contó que la había encontrado llorando sobre el árbol más grande del bosque, uno que casi siempre usaban para ofrendas antiguamente para su clan antes de ser extinguido. Quizás los padres querían protegerla de ese modo de la repentina tormenta que se levantó o simplemente se las estaban ofreciendo a cambio de que ellos hicieran algo para protegerlos. Cómo si pudieran.
Muchos humanos fallecieron a causa de la tormenta. Su Dios no respondía a sus plegarias y los sacrificios fueron inútiles. Recurrir a ellos cuando habían intentado matarles hasta la saciedad era tan hipócrita como patético.
Por su culpa, él no tenía amigos. No podía expandirse y crecer como cualquier otro de su especie y, por supuesto, sus padres no podían estar siempre ahí para él. Sin embargo, nunca hubiera pedido una humana como regalo si no fuera para llenarle la barriga.
Y la mocosa era bastante vulgar, molesta y apestaba, como pudo comprobar cuando se acercó a ella. Hasta que su madre la tomó en brazos y se dirigió con ella a la zona de baño. Naruto las siguió con cierto recelo, pues tampoco nunca había visto un humano desnudo. Para su desgracia, era muy semejante a él, exceptuando la cosa extraña entre sus piernas y que no tenía cola ni orejas.
—Naruto. ¿Por qué no dejas de hacer un mohín y te bañas con nosotras? —invitó su madre.
Él echó las orejas hacia atrás y levantó los labios.
—¡Jamás me bañaré con ella!
Y echó a correr lo más lejos posible. ¿Cómo podía pedirle su madre que se bañara con la comida? ¡Era impensable!
Por supuesto, esa no fue la única ocasión en que sus padres quisieron forzarle a un acercamiento natural.
Su madre sacó uno de sus viejos kimonos y se lo puso a ella, excusando que él ya no lo usaba y que era mejor utilizarlo en vez de dejar que los bichos se lo comieran. Naruto pensó egoístamente que era mil veces mejor. Porque a esa niña le quedaba grande y más de una vez se lo pisó, dándose de bruces contra el suelo y, por ende, echándose a llorar.
Su padre ya había matado a varias serpientes que llegaron atraídas por la fácil comida humana y hasta él tuvo que pelearse contra un sapo carnívoro que vino de visita queriendo comérsela. Aunque realmente lo hizo porque su madre estaba mirando y tuvo que fingir que él no estaba dándosela como premio al sapo, claro.
Además, a la mocosa le gustaba corretear de un lado a otro sin medir las distancias o hacia donde. Estuvo a punto de rodar montaña abajo diversas veces. Pareciera que su cabeza pesara más que su cuerpo y a veces se quedaba dormitando en cualquier lado, como sobre un tronco cabeza abajo y trasero al aire.
Ese día, su padre no jugó con él a peleas. Dijo que era demasiado peligroso frente a la niña y que debían esperar a que fuera más mayor. Naruto la odio por eso. ¿Por qué tenían que cambiar sus costumbres por ella? ¿Es que acaso era una princesa mimada? ¡Era una humana! Una fea y horrible humana.
Le puso en su cabeza como apodo princesa. En un tono despectivo, por supuesto.
En la vida podría pensar que tenía algo dulce o divertido. Más bien era molesta y aunque ya no apestaba gracias al baño, seguía creyendo que podía atraparle en sus brazos y estrujarle cuando quisiera. Diablos, esa mocosa le había perseguido hasta casi dejarlo sin aliento y porque ella se sentó sobre un hormiguero.
Se ganó un coscorrón como regalo pero a ella le corrieron las hormigas por todo el trasero. ¡Fue divertido!
Y eso creó un cúmulo de maldades que fueron continuando durante mucho tiempo. O al menos, hasta que Minato decidió que eran suficientes. Se transformó y lo agarró del cuello para llevarlo a una zona apartada. Naruto sabía que eso siempre significaba un regaño severo o una charla acerca de un futuro que se moría por alcanzar.
Así que se sentó entre sus patas delanteras y esperó a que comenzase con ello.
—Naruto. Sé que la llegada de la niña humana cambia por completo todo tu mundo. No, nuestro mundo. Estábamos sólos los tres, vivíamos medianamente bien. Pero has de comprender que en caso de que la tormenta hubiera provocado nuestras muertes, a tu madre y a mí nos habría gustado que tú tuvieras lo mismo que estamos haciendo con ella.
—¿Engordarla para comérnosla en alguna fiesta y ponernos su piel después?
Su padre había suspirado con toda la paciencia del mundo.
—No, Naruto.
—¿Entonces? —cuestionó guiñando sus ojos. A veces le costaba comprender a los adultos.
—Protegerte. Mira, sé que te pareces un poco a mamá y a mí, que también tienes cosas de tus antepasados muy arraigadas que, aunque no estamos de acuerdo, has conocido porque eres lo que eres.
—Sí —asintió—. Soy lo que soy.
Minato soltó una risita suave y le lamió los cabellos con cariño.
—No, sabes lo que eres ahora. No sabes lo que podrás ser en el futuro. Quizás hasta te cae muy bien Hinata.
—¿Quién es Hinata? —masculló.
—Es el nombre que tu madre ha decidido ponerle a la niña humana. No podemos estar llamándola todo el tiempo "bebé humano", "carne de emergencia" o "ofrenda".
Agachó las orejas culpablemente.
—Sí, te escuchamos llamarla así —reprendió Minato dándole un pequeño bocado en el hombro—. Y no debes de hacerlo. Ahora tiene nombre. Hinata.
Naruto puso morros.
—Hasta su nombre suena como si fuera una princesa y sólo es una humana que se come.
Minato sacudió la cabeza y le dio con la barbilla.
—Qué te acabo de decir.
Naruto se aferró a sus dorados cabellos, enterrando la nariz entre ellos. Siempre le había gustado el olor de su padre.
—No la llamaré así —gruñó.
—Buen chico —felicitó rodando hasta caer sobre su lomo, permitiéndole acurrucarse sobre su vientre—. Naruto, piensa que ella también ha perdido su familia y amigos. Como tú. ¿No crees que puedes comprenderla mejor que nadie?
Lo sopesó todo lo seriamente que su edad le permitía. A él todavía le quedaban sus padres y pensar en perderlos sí que le aterraba, aunque sabía que tarde o temprano sucedería. Dada su naturaleza era capaz de comprender la vida y la muerte mucho mejor que otros animales. El raciocinio que impedía que se relacionase con los que originalmente era su especie, quienes huían de ellos.
Aún así, su comportamiento no cambió demasiado con el paso del tiempo. Hinata, aunque cuando estaban a solas continuaba llamándola comida de emergencia o cualquier otro apodo que se le ocurriera, se empeñaba en seguirle a todos lados, imitarlo incluso y eso era algo peligroso.
Más de una vez se llevó un susto debido a ello. Especialmente cuando intentó trepar al árbol con él, con sus uñas menos preparadas como él para trepar y sus pies torpe y planos. Resbaló y cayó de espaldas.
Su madre logró intervenir antes de que ocurriera una desgracia y a Naruto le dolió más que no le regañara que sí lo hiciera. Porque eso era más doloroso para su conciencia. Ella era humana, claro que no iba a poder trepar como él, saltar el rio, nadar la misma distancia y pasaba más frío que él.
Y fue a causa de ese frío que algo cambió. Un día de esos en que para ellos todavía era caluroso gracias a su calor corporal natural o el pelaje de sus colas. No era la primera vez que Hinata buscaba calor en su madre o en su padre, especialmente cuando estaban transformados. Le gustaba acurrucarse sobre ellos y más de una vez su padre la había llevado sobre su espalda bajo la atenta mirada de su padre.
No es que ellos prefirieran a Hinata y le dejaran de lado, no, pero había comportamientos que él no comprendía. Ellos no jugaban tan cuidadosamente. Estaba acostumbrado a morder y recibir mordiscos. A lametazos. A sus regaños y gruñidos. Pero con Hinata no había esas cosas. Mucho más cuidado incluso. Si él se caía del árbol su madre sabía que iba a estar bien. Si se caía en el lago era capaz de salir y trepar era su pasión.
Pero aquella noche, la que cambió todo, comprendió por qué sus padres eran tan cuidadosos con ella. No es que lo hicieran por preferencia. Lo hacían porque ella era sumamente delicada. Sus huesos más frágiles, sus órganos, sus sentimientos.
Naruto había pensado que Hinata podía haber superado la pérdida de sus humanos familiares, sin embargo, más de una vez la había visto llorar a solas mientras jugaba con un palo y tierra. Dibujaba figuras humanas a las que les faltaba cola o orejas, así que no eran ellos. Una en especial que le pareció su madre.
Cuando le preguntaba, ella sonreía con la cara sucia y el moco colgando que no importaba, que era feliz ahí.
Claramente, una mentira.
Aquella noche sopesó la idea de bajar para entregarla a sus familiares, a esos que tanto echaba de menos. Pensó que sus padres quizás estaban siendo egoístas al mantenerla ahí. Así que la tomó de la mano y descendió la montaña lo más silencioso que pudo cargando con una chiquilla que tropezaba con todo y despertaba a medio monte en el transcurso.
Se detuvieron en la parte más alta, desde se podía ver todo el valle. Hinata estaba acurrucada contra él aferrada de su manga. Sus ojos estaban más preparados que los de ella para ver en la oscuridad, sin embargo, estaba seguro de que algo logró captar.
Apretó sus pequeños puños mientras observaba los cadáveres, las casas destruidas. Los amarres sueltos evidenciaban que los humanos habían huido, dejando la isla y todo lo que habían considerado su hogar atrás.
Incluso a ella.
No, incluso sus padres podrían ser algunos de esos cadáveres hinchados y apestosos.
Dio un paso atrás y la tomó de la mano para regresar.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella trémula.
Naruto no la miró. Continuó avanzando.
—A casa.
—Pero…
Se detuvo al notar que vacilaba. ¿Acaso su vista era tan mala?
—¿No has visto…? —ella negó—. No puedo ver nada más allá de esa rama. El suelo parece muy oscuro.
Naruto apretó los dientes.
—Porque ahí no hay nada.
Y no mentía. Tampoco quería contar más. No necesitaba los detalles.
Cuando llevaban la mitad del camino de regreso recorrido, se detuvo al percatarse de algo. Ella le miró con curiosidad.
Era la primera vez que Hinata hablaba desde que llegara.
—No importa —negó volviendo a caminar. Pero algo dentro de él parecía bailar, como si fuera muy especial por algún motivo.
No volvió a sentirlo hasta más tarde cuando ella abandonó su propio colchón para acostarse con él, abrazando sus colas con una ternura que hasta ahora no se percató en ella. Pensó que era porque él estaba adormilado, incluso frotó sus ojos preguntándose si estaba viendo bien, pero así era.
Hinata, la niña humana que su padre había traído y la que no había tolerado, abrazaba sus colas, durmiéndose entre lágrimas.
Esa vez, medio adormilado, Naruto se hizo una promesa. Quizás era demasiado pequeño para comprender del todo hasta qué punto llegaba hacer algo así. Debería de madurar todavía más para poder pensar que aquello era más que tolerancia.
¿Quizás el comienzo de un amor? Joven, apresurado, emocionante. Cálido.
Cayendo en sueños, no fue consciente de las dos sombras cerca de la puerta. Sus padres se miran en silencio, sonríen.
Quizás su mayor miedo no se cumpliera. Quizás él no tendría que vivir en la soledad.
Al fin y al cabo, ellos no iban a estar siempre para ellos.
Continuará
