Todo con tal de estar aquí

En el palacio del faraón, ocupado por los romanos, el corazón de Gabrielle latía con fuerza, su oponente era un hombre corpulento de aspecto engreído que miraba burlonamente a la pequeña rubia, quien perdió sus armas después de un embate de este hombre. Ahora era ella, el chakram de Xena y su habilidad.

"Maldito romano es muy rápido", pensaba Gabrielle mientras estudiaba a su oponente.

El romano por su parte parecía disfrutar el ver a la bardo sudar.

—Muy bien, mujercita, creíste poder vencerme ¿no? ¿Y qué esperas? —rio jactanciosamente el alto romano.

—Espera, solo espera un poco y ya lo verás —sonrió Gabrielle.

La sonrisa de la rubia mujer irritó al romano.

—¡Infeliz!, ¿acaso crees poder vencerme? ¡A mí!, ¡Auro! ¡El más fuerte de los soldados romanos!

Uno de los soldados miraba con preocupación a la joven que se atrevía a luchar contra el monstruo Auro. Rogaba a Júpiter que protegiera a la linda joven porque sabía que no contaba con oportunidades.

"Xena, Xena, lo haré por ti".

Gabrielle corrió en dirección de Auro, asestó una patada a nivel del estómago del romano pero fue inútil, la armadura le protegió y él le dio un bofetón que la mandó a un costado de él.

El romano comenzó a reír estrepitosamente.

—¡Bah!, que juego tan aburrido, tengo mejores ideas de qué hacer contigo rubia, como continuar esta batalla en la... cama. —Se relamió los labios viendo a Gabrielle con lujuria ante las risas de sus compañeros.

—Lo siento —dijo Gabrielle incorporándose y limpiándose la sangre de la boca—, pero no me acuesto con cerdos —sonrió retadora.

Todos quedaron en silencio al oír esas palabras, el rostro de Auro se volvió de color carmesí violáceo, las venas de su frente se abultaron, estaba realmente furioso.

—¡¿A quién le llamas cerdo?! ¡Apestosa griega! —Auro se abalanzó espada en mano contra Gabrielle.

"Te tengo", pensó Gabrielle al tiempo que sonreía.

Antes de que el romano le asestara cualquier golpe, Gabrielle saltó por encima de él golpeándolo con las plantas de los pies en la espalda haciendo que Auro cayese al suelo con gran estrépito. Gabrielle miró hacia todas las direcciones buscando sus sais, pero era inútil, alguien debía haberlos tomado. Se apresuró a tomar el chakram esperando que desde el otro mundo Xena le ayudara a dar en el blanco, mientras tanto, el joven romano, preocupado por la chica griega, se dirigió hasta el lugar donde el prefecto Claugus miraba complacido la batalla.

—Mi señor Claugus, ¿no cree que es demasiado para esa pobre joven, el mandarla a pelear con Auro?

—¡¿Qué no sabes que no puedes hablar con el prefecto?! ¡Miserable soldado de tercera! —Le dijo el lamesandalias de Gustino.

—Deja que hable, Gustino —le dijo el prefecto mientras miraba a la griega golpear atinadamente el rostro de Auro con su puño—. En todo caso, la chica pidió servir en el palacio de faraón, en donde yo soy el rey y tendrá que pasar la prueba que le he impuesto. Ahora retírate; ya me he rebajado bastante con solo hablarte —le dijo el prefecto sin dejar de mirar la habilidad de la joven griega.

—Ya escuchaste a mi señor, retírate, miserable soldado —dijo Gustino, al mismo tiempo que le dirigía una mirada llena de desprecio.

"Infeliz", pensó el joven soldado dirigiéndose de nuevo a las filas junto con sus compañeros.

—¡Es hora de terminar con esto griega! ¡Y esta noche te tendré en mi cama, quieras o no!

Auro se irguió en todo lo alto y con un movimiento de su cuello hizo tronar sus huesos sonriendo ante la estupefacción de Gabrielle.

"Pero ¿cómo?, no entiendo cómo aun puede seguir de pie... No tengo otra opción, este será mi último tiro. Xena por los dioses, ayúdame, guíame, lo necesito", pensó la joven guerrera.

En ese momento tomó el chakram de Xena en sus manos y se dispuso a arrojarlo contra Auro.

El romano lanzó una carcajada sarcástica.

—¡¿Qué diablos estas intentando, griega?! Ya has utilizado ese juguete contra mí y no te ha funcionado... pobre ilusa... —volvió a reír sonoramente—. Está bien, lánzalo.

Auro extendió las manos en forma de cruz mirando a sus demás compañeros quienes le daban la aprobación entre risas y aplausos.

"Bien, Xena, será mejor que me observes, intentaré darle de frente, como a ese infeliz que dijo llamarse samurai".

Gabrielle preparó su lanzamiento, justo antes de arrojarlo, le llegó un recuerdo a su mente:

"Un arma debe ser pensante… Busca los ángulos a tu favor…".

El recuerdo se desvaneció junto con la imagen de Xena sonriéndole y jugando con su chakram. Una lágrima se asomó por los ojos de Gabrielle pero la limpió rápidamente, no era hora de ponerse sentimental.

"Bien, busca el ángulo Gabrielle, busca el ángulo", se dijo a sí misma mientras con la mirada examinaba todo el lugar. "Eso, ya lo tengo. Más vale que me ayudes Xena porque no quiero terminar durmiendo con este cerdo", pensó al mismo tiempo.

Gabrielle lanzó el chakram de Xena a un lado sin siquiera tocar a Auro, este comenzó a reír estrepitosamente, casi al borde de las lágrimas.

—¡Pero qué mala eres con tu juguete, griega! ¡Ni siquiera me has tocado!

Sus compañeros rieron de igual forma.

—Ya veremos —dijo Gabrielle con voz normal—, ya veremos.

El arma voló hasta golpear contra unos escudos colgados de una de las paredes, en ese momento dio vuelta y fue a golpear violentamente contra una esquina... tomando un nuevo rumbo... Un rumbo inesperado para alguien.

—¡Aaaarrrggggghhhhh! —Auro cayó de bruces contra el suelo, quedando totalmente inmóvil.

Todos callaron al instante, todos miraban incrédulos la escena y luego se miraban entre sí desconcertados. Gabrielle se acercó al cuerpo inerte de Auro y de su cabeza sacó de un tirón el chakram que se le había incrustado a través del casco.

—Gracias, Xena —dijo muy suavemente, luego se abrió paso entre los soldados hasta llegar frente al prefecto.

—Bien, griega, bien, veo que no sólo usas la fuerza, también la inteligencia.

—Gracias, señor.

—¿Cuál fue el trato? ¡Aahh, sí!... Bien, siéntete feliz porque de ahora en adelante pasarás a ser una más de mis soldados. Careus te explicará los movimientos del palacio. Ahora todos pueden retirarse.

Claugus se retiró seguido de Gustino... Un hombre moreno de facciones grotescas por las duras batallas se acercó a Gabrielle.

—Veamos, griega, en donde te pondré. —El hombre le vio pensativo.

—Puedo estar en cualquier lugar —dijo Gabrielle sonriendo, segura de si misma.

—Mmmmhh, si eso ya lo veo. Buuufff, por el momento no se me ocurre dónde dejarte. —El hombre volvió el rostro-— ¡Diocles!—-gritó.

El joven soldado que había estado preocupado por Gabrielle se acercó.

—Sí, general.

—Dale algún alojamiento. No la mezcles en los dormitorios comunes, no quiero problemas por una mujer.

—Sí, general.

—Más tarde te asignaré a algún sitio.

Careus se fue dejando a Gabrielle con Diocles.

—Te encontraré la mejor habitación para que puedas residir.

—Gracias.

—Estuviste fabulosa, ¡fue increíble! Esa cosa que tienes es impresionante..., ¿cómo se llama?

—Chakram... Es un chakram y es muy valioso para mi...

—¿Tanto como éstas armas? —El joven mostró los sais de Gabrielle.

—¿Tú?... Fuiste tú quien las robó... —Gabrielle le arrebató de las manos sus armas.

—No, no... No fui yo, se las quité a Tarles, él las había tomado, pero son tuyas, yo sólo... sólo quise devolvértelas.

—Ooohh, yo... —Gabrielle se apenó—. Lo lamento pensé que tú...

—Descuida yo hubiera hecho lo mismo, sé que las armas de un soldado son lo más importante en su vida. Sígueme, ya sé dónde estarás cómoda. —El joven le sonrió.

—Te llamas Diocles, ¿cierto? —Gabrielle le sonrió.

- Sí, así es y ¿cual es tu nombre, valerosa griega?

—Gabrielle. Me llamo Gabrielle.

—Mmmm, no me creerás, pero creo haber escuchado ese nombre anteriormente. Pero no recuerdo exactamente dónde. —El joven soldado hizo un intento más por recordarlo pero fue inútil—. Mmm, no, realmente no lo recuerdo. Pero es muy hermoso.

—Gracias.

—Gabrielle, puesto que no podrás dormir en los dormitorios comunes te dejaré en lo que antes eran las habitaciones de las hijas del faraón,

El joven soldado llevó a Gabrielle a través de lo que antes fuera el palacio del faraón, hoy cuartel y palacio del prefecto Claugus.

—Todo ha cambiado desde que los romanos invadieron Egipto.

—Ya has venido antes.

—No, no..., pero me imagino que todo era diferente —mintió Gabrielle, pues no deseaba que el chico supiera que era una firme enemiga del imperio romano.

—Sí, es cierto. En ocasiones me siento mal por el comportamiento de mis compañeros, ellos siempre toman lo que quieren sin importarles nada; si no fuera porque lo necesito dejaría de ser soldado.

—¿No te gusta ser soldado? —Gabrielle le vio con más interés.

—Vas a reírte de mí, pero me gusta... me gusta la... la poesía... —El joven se sonrojó bajando la mirada hacia el suelo—. ¡Anda, ríete!

Gabrielle le tocó el brazo.

—No, eso es hermoso, a mí también me gusta la poesía.

—¿En verdad? —El soldado sonrió ampliamente—. ¡Eso... eso es maravilloso! Tal vez después quieras compartir tus poesías conmigo.

—Por supuesto. —Gabrielle le sonrió al joven soldado.

—Mira, esta va a ser tu habitación, la hallarás muy cómoda. Te dejaré para que descanses. La comida la tienes que obtener por tu cuenta, el prefecto Claugus dice que nos paga lo suficiente como para aparte darnos de comer.

—Entiendo —sonrió Gabrielle.

—Puedes venir a mi casa a comer cuando quieras, mi madre es una de las mejores cocineras del mundo.

—Lo pensaré, gracias. —Gabrielle dejó ver en su rostro un gesto de cansancio, en verdad la pelea le había agotado.

—Anda, descansa, bien te lo mereces después de derrotar a alguien como Auro.

—Sí, lo haré. Gracias, Diocles.

Gabrielle entró. La habitación estaba limpia. De inmediato se recostó sobre el lecho, sintiendo el cansancio apoderarse de cada parte de su cuerpo.

"Muy bien", pensaba, "ahora sólo tengo que encontrar los ojos de Horus y con ello traeré de vuelta a Xena. ¡Dioses!, el cansancio es insoportable".

A su mente llegó el recuerdo del día en que Xena le había enseñado lo que era un arma pensante.

—Xena, ¿por qué no siempre lanzas de frente tu chakram para golpear a tu oponente directamente?

—Gabrielle, un arma debe ser pensante.

—¿Qué? ¿Me quieres decir que el arma piensa? —Gabrielle sonrió.

—No en esos términos; te lo pondré así, ponte justo frente a ese árbol.

—Mmmm, ¿qué… qué vas a hacer?, no..., no jugaremos a

—Descuida cortaré una manzana para ti. —Xena sonrió juguetonamente.

—No te preocupes, puedo subir y cortar una, en serio.

—Gabrielle...

—Está bien, está bien —dijo la bardo a regañadientes—. Así estoy bien.

—Perfecta... ahora... —Xena se colocó de lado quedando a unos cinco metros de frente a una gran piedra.

—Xena, ¿qué haces?, estoy acá, por si te empieza a fallar la vista.

—Gabrielle... —Le dijo sin mirarla.

—Está bien, está bien.

Xena lanzó su chakram contra la roca, este al golpear fue directamente sobre una de las ramas del árbol y la manzana cayó en las manos de Gabrielle, el chakram se ladeó y golpeó contra el tronco de un árbol grueso, tomando de nuevo impulso hasta llegar a las manos de su dueña.

—¡Vaya!, eso es asombroso, ¿cómo lo hiciste? —Gabrielle corrió al lado de Xena.

—Eso es un arma pensante, tú pones la mente y el arma hace el resto, siempre busca los ángulos a tu favor; un arma es inservible si no piensas por ella. Además tu contrincante nunca sabrá que le pasó.

El recuerdo se disipó y Gabrielle volvió a la realidad.

"¡Oh, Xena! Por lo menos antes te tenía a mi lado, sea como fuere tu espíritu estaba conmigo, pero hace semanas no sé de ti; me pregunto dónde estas, ¿por qué ya no estás conmigo? Si tan solo pudiera verte y hablar contigo..., pero no te quiero muerta..., te quiero viva... y conmigo a mi lado como siempre. Por el momento conseguí entrar al palacio... y no me importa lo que tenga que hacer..., haré todo con tal de estar aquí y lograr traerte de nuevo a la vida... Te amo, Xena... ¡Maldición ¿por qué tuviste que morir?!... ¡¿Por... qué?!"

Gabrielle rompió a llorar necesitaba desahogar el dolor que por días había evitado sentir, necesitaba desahogar su tristeza y soledad, sin embargo, el cansancio, aunado a su llanto, fue tal que se rindió al sueño casi inmediatamente.

Muy de mañana al día siguiente Diocles fue a la habitación de Gabrielle, a quien encontró ya vestida y lista para empezar su trabajo como soldado del prefecto Claugus.

—Oh, que bien veo que ya estás lista.

—Así es —sonrió—. Y dime, ¿qué es lo que haré el día de hoy?

—No lo sé, tal vez por ser nueva te dejen encargada de la vigilancia de algún templo, o de ser posible aquí en el palacio. O tal vez directamente en la guardia personal del prefecto Claugus.

—Espero que sea en un templo.

—Bueno, yo de hecho estoy al cuidado del templo de Horus, ya sabes, según el prefecto debemos evitar a toda costa que la gente vaya a adorar a sus dioses inexistentes, tú sabes bien que los únicos que existen son los dioses romanos; por ello verás una fuerte vigilancia en todos los templos de este lugar. Se dice que, además, hay joyas ocultas que debemos cuidar para el bienestar y poderío romano.

—¿Así que estas cuidando el templo de Horus? —preguntó vagamente.

—Sí, tengo la guardia diurna.

—Me gustaría estar en ese lugar, ha de ser interesante.

—No, no lo es.

—¿No te interesa nada de lo que hay adentro?

—Yo sólo vigilo el exterior y es muy aburrido, créeme.

Ambos salieron de la habitación con dirección al patio, en ese lugar se estaban formando ya las filas de soldados. Después de pasar lista, Gabrielle fue asignada a la guardia del palacio.

Gabrielle estuvo en ese lugar durante dos meses sin poder hacer nada, pues los templos poseían una muy fuerte vigilancia. Esto la desanimó mucho.

Diocles le invitaba a su casa a comer. Conforme fue pasando el tiempo el joven soldado se había ido enamorando de Gabrielle, cada día un poco más, no sólo por su belleza física sino por su belleza espiritual; platicaban de poesía, de guerra y de paz; sin embargo el corazón de Gabrielle seguía fiel a su amiga y esperaba con ansia el fin de ese mes y el comienzo del que seguía, ya que durante dos noches la luna brillaría en todo su esplendor, y era una de las cosas que ella necesitaba para volver a Xena a la vida.

Casi al finalizar el tercer mes, Gabrielle y Diocles fueron asignados a la vigilancia nocturna del templo de Horus, aunque Diocles seguiría en el exterior y Gabrielle por su habilidad y fuerza vigilaría el interior junto con otros diez hombres que tendría a su mando. Diocles vio en Gabrielle a la mujer de sus sueños y no estaba dispuesto a que otro soldado la ganara para sí, por lo que decidió confesarle su amor en cuanto tuviera un poco más de dinero para así empezar su vida juntos.

Una noche antes de tomar sus nuevos puestos de guardia salieron a caminar a uno de los jardines del palacio. La noche estaba clara, las estrellas se veían en todo su esplendor y Diocles pensó que era el momento preciso para contarle a Gabrielle una hermosa y triste historia de amor.

—¿Te gustaría escuchar una historia, Gabrielle?

—Sí, me encantaría —dijo Gabrielle mirando al cielo, sonriente.

—Bueno, se dice que hace mucho tiempo hubo una princesa, hermosa como el cielo estrellado en una noche clara, radiante como el sol y soberbia como el Nilo. Un día, un joven soldado la vio y se enamoró perdidamente de ella, así que se juró a sí mismo ser el soldado más fuerte y poderoso de todo Egipto, para poder defenderla de cualquier peligro que acechase su vida.

«Entrenó incansablemente día a día, noche a noche, luchando como nadie, hasta que logró ser el general en jefe de toda la guardia de Egipto; sin embargo su corazón entristecía al darse cuenta de que la princesa jamás sería suya, ya que ella estaba comprometida a casarse con otro, quien sería el faraón de Egipto, y a pesar de todo la seguía amando con locura y desesperación.

»En ocasiones cuando llegaba a verla de frente ella le negaba su mirada, sus ojos altivos parecían ver a través de él, y sin embargo él guardaba la esperanza de llegar algún día a su corazón; la princesa sabía que él la amaba, pero no le parecía lo suficientemente bueno para ella, y de esa forma siempre que podía lo hería con su desprecio e indiferencia».

—Es algo muy triste —dijo Gabrielle al tiempo que miraba a Diocles con un dejo de tristeza en su semblante—. ¿Qué sucedió con él general? ¿Logró que ella lo amara?

—Sucedió que un día, un enemigo del sur se levantó en armas y fue capaz de llegar hasta el mismísimo Egipto. Entonces, aquel general en jefe de la guardia de Egipto fue al frente, dispuesto a dar su vida con tal de salvar la de su amada; sin embargo, los soldados se sentían desolados y anímicamente derrotados ante el hecho de que el enemigo llegara incluso a cruzar el Nilo, por lo que perdieron las esperanzas y se dejaron vencer.

«El enemigo se acercaba, el general volvió a palacio lo más pronto que pudo, , a pesar de todas las defensas, el enemigo entró dentro del palacio, llegando incluso a las recámaras reales en donde se encontraba la amada del general, quien por fortuna llegó hasta su aposento y con la espada en mano esperaba a que el enemigo entrara. Las pisadas de los soldados eran cada vez más audibles, los gritos de los soldados de ambos mandos, el ruido de hombres cayendo al suelo muertos o heridos eran audibles por doquier…

»Fue entonces que el general volvió su rostro y miró los antes fríos e indiferentes ojos de la princesa llenos de miedo, él sonrío levemente para darle ánimo, volvió su rostro al frente y cuando los enemigos entraron, el general se abalanzó sobre ellos hiriéndolos a todos de muerte. Sin embargo, llegaban más y más soldados; por fin en un rápido movimiento de espada el general del bando contrario hirió al general egipcio, quien a pesar de su herida siguió combatiendo; una herida tras otra se sumaba a su cuerpo, la sangre le manaba cual si fuera agua del Nilo, hasta que por fin casi dejó de vivir. El general contrarío se acercó a la joven princesa con la espada en alto dispuesto a degollarla, al ver eso, el general egipcio reunió todas sus fuerzas levantándose y tomando su espada. En un rápido movimiento ambos enemigos clavaron su espada en el cuerpo del contrario.

»El general del sur cayó muerto de inmediato y el general egipcio cayó a los pies de la princesa, quien al ver el sacrificio del general se arrodilló y sin importarle la condición social lo abrazó y dejó caer las lágrimas en su rostro, el general tan sólo sonrió y dejo de existir. Se dice que al correr la noticia de la muerte del general en jefe de Egipto, todos los soldados enardecieron y lograron derrotar al enemigo. La princesa fue al templo de Horus intentando pedir perdón para su alma, y con su gracia rogarle a Osiris y Anubis devolver la vida a su fiel enamorado; sin embargo, por haber despreciado el amor del general fue condenada a permanecer dentro de la cámara secreta de Horus, hasta que alguien que poseyera un amor tan intenso y sacrificado como el que mostrara el general, encontrara la cámara de Horus y así ella...»

—¡Hey! Diocles —gritó un soldado—, te llama Careus, dice que vayas rápido.

—Bien, me tengo que ir; otro día terminaré la historia, te lo prometo.

—De acuerdo, hasta mañana.

—Hasta mañana Gabrielle.

Gabrielle se dirigió a sus aposentos, se sentó al borde de su cama y rememoró la historia contada por Diocles, en verdad era linda, sin embargo lo que necesitaba ahora era trazar un buen plan para lograr encontrar la cámara secreta de Horus.