—Shokugeki no Sōma—
«Our Encounter» Series
[02: Wound]
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—Baila conmigo, joven Yukihira —la elegante mujer se volvió luego de poner el tocadiscos, extendiendo su mano al hombre que le miraba con aprehensión.
Con un suspiro resignado, él tomó la mano de la dama, donde en su dedo anular relucía el precioso anillo matrimonial que le había llevado hasta ella.
El ostentoso diamante negro montado en un anillo de oro blanco, incrustado con 505 diamantes blancos, con valor desconocido, se rumoreaba que dicha pieza había sido parte del enorme diamante que había conformado el Black Orlov, así mismo como el anillo más pequeño que se encontraba en su dedo anular derecho.
—No debería estar tan tranquila, Inui-san —Sōma tomó su mano y empezó a moverse junto con ella al ritmo de "I Still Miss Someone"¹.
—No hay de qué preocuparse —sonrió Inui, apoyando su frente brevemente en el pecho del hombre —cuando los negocios de mi esposo cayeron en desgracia y sus prestamistas cobraron su vida —ella sonrió tristemente —perdí el temor a lo demás, porque ya había perdido lo más importante.
Los pasos de ambos se hicieron más lentos hasta que se detuvieron.
—¿Un martini? —Le ofreció ella, acercándose a la mesa donde tenía sus bebidas y una copa.
—No gracias, estoy de servicio, como bien sabe —Sōma se cruzó de brazos, viendo la espalda de la elegante mujer que se tomó su trago y tomó asiento en la silla alta junto a la ventana.
—Pasarán muchas cosas —miró brevemente por la ventana —pero por favor, no permitas que jamás se lleven estas joyas que simbolizan la unión de mi esposo y mías, fue lo único a lo que él se aferró y no quiso perder a pesar de todo y me temo que soy igual —su voz era suave y sus ojos le miraban con súplica.
—Puede darlo por hecho —dijo con firmeza. Y entonces ella sonrió, de forma afable y agradecida.
—Fue un placer Yukihira Sōma-kun, dejó nuestro legado en tus manos... —él abrió sus ojos, incrédulo, mientras ella recostaba su cabeza sobre el brazo que tenía contra el borde de la ventana y cerró sus ojos.
Sōma miró la copa sobre la mesa, percibiendo el borde color verdoso y apretó los dientes. Aquello debía ser una maldita broma.
—Hinako-san... —la llamó con dientes apretados mientras acordaba la distancia entre ambos cuando sucedió. Algo explotó en la pared detrás de ella, incendiando todo rápidamente.
Pudo escuchar los gritos de dos hombres del otro lado de la ventana y supo que tenía que apresurarse. Apartando los pequeños maderos que estaban en llamas y la pequeña mesa que había caído sobre la mujer, examino el cuerpo rápidamente, que ya mostraba magulladuras.
Tomó sus manos, una por una, tomando con reverencia ambos anillos y el collar que llevaba alrededor de su cuello, que fue lo último que ella acarició antes de morir.
Miró brevemente a su alrededor y tomó el pequeño mantel rojo junto al tocadiscos, arrojando un trofeo y un libro entre otras cosas para envolver y marcharse de allí, a pesar de la explosión, las llamas aún no se esparcian por toda la habitación, así que salió lo más sigiloso que pudo.
Se acercó al ventanal al final del mismo pasillo y vio a los dos hombres que estaba seguro había escuchado antes.
—"Matones de Noir..." —bufó, reconociendo a uno de ellos. Se volvió y bajó las escaleras de caracol de dos en dos. La fortuna era que había dejado su auto en la parte de atrás de la casa, así que salió por la cocina, justo por donde Hinako-san le había cedido entrada a su hogar.
Abrió rápidamente la puerta de su auto y arrojó el mantel con su contenido en el asiento de atrás. Se enderezó brevemente para mirar a su alrededor y sintió su corazón encogerse cuando vio un clásico descapotable oculto entre la poca maleza, a pocos metros del suyo.
No existían muchas personas en la ciudad que tuvieran un modelo como aquel y estaba seguro que sólo existía un único modelo de aquel característico blanco hueso. Apretó los dientes y cerró la puerta de golpe, regresando sobre sus pasos.
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El calor de las llamas a su lado le alertaban de que debía apresurarse, pero aquello era algo necesario. Seguía mirando entre los libros con inquietud.
Sí ella le había confiado aquel libro, era porque contenía información que le sería útil en el futuro. Tomó otro del librero y lo hojeo rápidamente, antes de arrojarlo a un lado, siendo consciente de que esto avivaria las llamas.
Siguió mirando entre los títulos hasta que vio uno cuyo lomo estaba prácticamente desgastado, lo tomó y echó un vistazo rápidamente, encontrando la curva letra de la mujer a quién había pertenecido, fotos y demás.
Cerró el libro de golpe, llevando una de sus manos hasta sus labios, tosiendo.
—¡¿Qué demonios haces aquí, Nakiri?! —La voz a su lado la sobresalto, aunque no tanto como el fuerte agarre en su muñeca, casi haciéndole soltar el libro.
Volvió el rostro en su dirección, intentando mantener la compostura.
—Nos encontramos en los sitios más extraños, detective-san —murmuró ella, intentando zafarse de su agarre, sin éxito alguno—. Agradecería que me soltarás —y miró fríamente los dedos que se encerraban alrededor de su fina muñeca, notando las yemas de aquellos dedos ensangrentados aunque no se permitió preguntarle que había sucedido.
—Salgamos de aquí —le instó él, sus ojos brillando como el whisky gracias a las llamas.
—Me retiraré por mi cuenta —espetó, retrocediendo dos pasos, lo cual fue un error, ya que un madero del techo se desprendió y aunque pudo evitar la mayoría del mismo, su pierna izquierda no tanto, ya que tropezó al retroceder y el madero cayó sobre la misma.
El siseo de dolor no se hizo esperar y sólo fue superado por el bufido que soltó él.
—Ahora no es momento para estás tonterías —Yukihira apartó el pequeño madero de una patada y se inclinó hacia ella, quién le miró confundida—. No hay tiempo que perder —y paso su brazo por la espalda de ella mientras el otro se colocaba detrás de sus rodillas, cargándola como si no pesará nada.
—Puedo caminar —murmuró Erina, aún presa de la sorpresa.
—No con esa quemadura —la miró con la mandíbula apretada —y sujeta bien ese libro, ya que parece ser lo suficientemente importante para arriesgar tu vida de este modo —y asegurándose de que ella estaba firmemente sujeta entre sus brazos, atravesó las pequeñas llamas que poco a poco crecían más.
Erina no pudo más que hacer tal y como le dijo, por ahora.
—Fin—
¹: Canción de Johnny Cash, que habla sobre la pérdida de alguien querido.
Creado: 15-08-2019.
Corregido: 03/04/2020.
