Capítulo 2

Salí de ese lugar con ella en brazos, indefensa, titiritaba de frío por el efecto de la droga.

A las afueras del lugar George Jhonson me esperaba en el auto. Acomodé a Candy en el asiento trasero, me senté a su lado para darle el apoyo que ella necesitara. Seguidamente, nos alejamos de aquel espantoso sitio. Abrazándola, la pegué a mí para darle el calor que su frágil y tembloroso cuerpo requería.

Retiré sus cabellos de su hermoso rostro, vi en sus dos hermosas esmeraldas, su dulce mirada. Escuché su melodiosa voz. Débilmente, me alcanzó a decir─: Gra...Gracias ─Desmayándose quizás por todo lo vivido. Ahí alteró sus nervios, la sometieron a mucho estrés hasta que no pudo más.

Sin embargo, me sentí aliviado, porque ella estaba conmigo. George me miró, diciéndome que me tranquilizara que, ella estaba conmigo a salvo.

─Gracias, George. Sin tu ayuda la hubiera perdido y, no me lo hubiera perdonado.

Llegamos a mi residencia. Mi fiel amigo bajó en seguida del auto. Iba adelante ayudándome a abrir las puertas, mientras cargaba en brazos a mi dulce princesa. Por último, apretó el botón del ascensor que me conduciría a mi piso personal, con cuidado, evitando hacer cualquier ruido que la molestara, puse mi iris cerca del lector óptico que, me permitiría ingresar a mi morada sin ningún inconveniente.

La acosté en mi recámara, tapándola con las sábanas. Esperé a que se recuperara del efecto de aquella droga. Estaba ansioso, quería que despertara.

Al amanecer, la vi pararse con dificultad. Yo estaba durmiendo en mi sillón. Sentí cuando se levantó, pero cerré los ojos haciéndome el dormido. Esa mujer se enredó en las sábanas, lucía: increíblemente bella. Como una diosa del Olimpo vino hacia mí, me tocó el hombro. Hice como si recién despertara.

─¡Señor, disculpe! ─me habló Candy, dirigiéndose a mí como si fuera yo un hombre mayor. Me hizo sentir viejo de golpe─ ¿Me permite pasar a su baño? Quiero, ¡necesito un baño!, necesito… refrescarme ─sus lágrimas se apoderaron de sus ojos, rompió en llanto ¡Eso me partió el corazón! Busqué de tranquilizarla, dibujando una sonrisa en mi rostro que le hiciera ver que yo era un hombre de fiar.

─No pasa nada, no paso nada ─la confortaba entre mis brazos, acariciándole el cabello─ Entra al baño ─la seguí e hice el ademán de cerrar la puerta y cual voyerista me dediqué a observarla como se bañaba. Odié al jabón, al agua por que tuvieron la dicha de tocar y a acariciar a mi mujer antes de que yo lo hiciera. También odié a la toalla con la que se secaría su cuerpo.

Cerré la puerta yéndome a la cantina. Me serví un vaso de whisky para calmar mis nervios... Decidido, pues no la iba a dejar ir hoy, ni pasado, ni nunca.

Continuará...

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