II. La presencia de lo ausente.
¿Cómo pudo haber pasado inadvertido ante sus ojos? ¿A una persona como él, que no perdonaba la mínima seña de imperfección en todo cuanto hacía? Quizás, en su búsqueda desesperada por la perfección se había vuelto imperfecto. Quizás, aquel exceso de confianza que siempre lo lustraba le había cegado al punto de subestimar sus propias debilidades. Quizás, el asir las riendas de una vida por muchos ansiada, para muchos perfecta y de satisfactorio estilo llevadero para él, le habían adormecido con la visión de un mundo perfecto donde nada podía escaparse de su control a menos que él así lo deseara.
Y por eso no se perfilaba otro culpable más que él.
Mas todo había perdido ya su razón de ser: Mokuba había muerto, reduciendo su vida a la misma incertidumbre de aquella serie de "quizás" que, con él ausente, nunca se convertirían en respuestas. No existía nada que Seto anhelase más. Una respuesta. Porque, de no tener una, llegaba la culpa a transformar su vida en una tortura, en una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir y no para vivirla; a tornar los recuerdos en un camino de espinas y los pequeños momentos de felicidad en el veneno del remordimiento.
El primer latigazo era una pregunta.
¿Por qué?
¿Por qué Mokuba había muerto? ¿Por qué no pudo hacer nada para impedirlo? ¿Cuántas horas que pudo haberle dedicado solo a él se desperdiciaron entre las cuatro paredes de su oficina, papeles, proyectos y juntas directivas? ¿De cuántos abrazos le había privado en su celo por darle una vida de ensueño que, ahora debía añadir quizás, a él nunca le hizo en verdad feliz? ¿En cuántas ocasiones pudo haberle dicho cuanto lo amaba en vez de asumir que él ya lo sabía y que no tenía necesidad de repetírselo?
Cada hecho antes reconocido como una demostración de amor se deformó en una cadena de errores que ya no podía enmendar, que ahora tornaba los latidos de su corazón en un mero golpeteo seco en la caja de su pecho y a respirar en un vago ejercicio de costumbre. La culpa no hacía más que doblar el peso de aquellos errores, oprimirlos a la altura de su garganta hasta dificultar la respiración como lo hacía el collar de perro de Gozaburo.
Seto Kaiba no aceptaba que se cometieran errores, Seto Kaiba no toleraba el mínimo atisbo de imperfección en sus emprendimientos, Seto Kaiba se había limado a sí mismo el camino al éxito gota a gota de sudor y por ello tenía sobrados motivos para ser así de orgulloso y recto. Seto Kaiba había vencido al juego de azar más peligroso con arrebatarle la compañía a Gozaburo.
Entonces, ¿por qué no pudo salvar a Mokuba? ¿Qué había hecho mal? ¿En qué momento pisó en falso? Mokuba ya no estaba allí para decírselo, para que su voz —jamás en tono reprobatorio salvo las veces en que le quería lejos del computador—, que permanecía allí para consolarlo, que siempre era la de la razón, calmara su interior con una respuesta. Ni siquiera sabía cuales habían sido sus últimas palabras, ni siquiera sabía si de verdad le había hecho feliz antes de morir.
Todo cuanto sabía era que ya no estaba, que lo había perdido.
Y aunque se le retorcían aun las entrañas del corazón, Seto todavía luchaba con la culpa. Le dolía hasta los tuétanos reconocer que no pudo ni podía hacer algo más por Mokuba cuando lo merecía todo. "El azar" y el "destino" que por tanto tiempo había rehusado a creer, aprovechaban esa brecha para inmiscuirse. La muerte parecía entonces una cuestión de azar y un destino que no era medible de acuerdo a los acontecimientos que le antecedieran.
Descubrió entonces a la muerte como el verdadero juego más peligroso de azar, y si el triunfo fue suyo cuando lo jugó con Gozaburo, no tendría por qué ser diferente a menos que él así lo decidiera.
—Preparen el cuerpo, pero no para la sepultura.
Jugaría y volvería a ganar.
