Se hallaba sentada sobre un glamuroso escabel acolchado de terciopelo, contemplando el reflejo de una mujer dibujada en el espejo.
Sus ojos negruzcos, cuales obsidianas, relucieron con el brillo tenaz de la lámpara de araña que colgaba elegante del techo y sus labios, color carmín, se fruncieron con inquietud a medida que acercaba su rostro al espejo en el que tanto tiempo se había visto reflejada.
Arqueó ambas cejas y llevó sus manos a la apenas perceptible arruga que asomaba por las comisura entre el labio y la nariz.
«De nuevo, repulsiva abominación intentas arrastrarme a ese abismo monstruoso y decrépito»
Estiró la piel con delicadeza, haciendo presión con las yemas de sus dedos para eliminar esa rugosidad que importunaba su tersa y casi perfecta piel.
Apartando las manos de su rostro, se echo hacia atrás con una mueca de desagrado y buscó con desespero un pequeño tarro acristalado. Allí guardaba unos polvos acordes a su color de faz. Unos polvos que cerca estaban de ser mágicos pues, solo con un simple toque en la zona oportuna, cualquier rastro de arruga y deformidad desaparecía al instante.
—Mucho mejor—dijo, una vez que había terminado de impregnarse con la esencia de lo que ella llamaba juventud.
Dos golpes se escucharon al otro lado de la puerta, mas eso no logró desviar la atención de la elegante mujer que se hallaba postrada frente a su tocador.
—Adelante—ordenó.
Continuó mirándose al espejo mientras la puerta se abría.
Una joven vestida con la indumentaria de servicio se hizo presente en el dormitorio de la patrona. Se quedó parada en el umbral de la puerta, con las manos juntas sobre su estómago y la mirada firme al horizonte.
—Los invitados la esperan abajo, mi señora—informó la empleada.
Los ojos negros de la mujer, aún clavados en el espejo, se desviaron de su imagen a la de la joven sirvienta y allí los mantuvo durante unos instantes, analizándola y estudiándola con determinación.
—Eres la chica nueva que entró la semana pasada, ¿verdad?—se interesó.
—Así es, señora—afirmó ella—. Me incorporé al servicio el martes a primera hora.
Las comisuras de la mayor se torcieron en una sonrisa forzada y con una elegante postura, se puso en pie, girándose sobre su cuerpo para caminar hacia la empleada.
—Vaya...—murmuró la superior y se detuvo a solo un paso de la muchacha—. No acostumbro a ver jovencitas tan guapas por estos pasillos.
Levantó su mano, sorprendiendo a la novicia y con cuidado la agarró de la barbilla, haciéndola girar su rostro de un lado a otro.
—¿Cómo te llamas?—la interrogó.
—Caroline, mi señora.
—Bien, Caroline—sus palabras sonaron arrogantes y un poco perezosas—. Lo primero que tienes que aprender, es a no decirme señora. Señorita está mejor—liberó su rostro y la observó desde arriba. —Me sorprende que no te hayan avisado ya, es una costumbre de este lugar llamarme de ese modo para dirigirse a mí.
—Oh, no sabe cuando lo lamento, señorita—la empleada se inclinó enseguida, realizando una precipitada reverencia en señal de disculpa.— No tenía ni idea, le ruego que me disculpe. Jamás fue mi intención importunarla.
—No te preocupes, querida—de nuevo, trató de realizar una sonrisa—. De errores aprende el hombre—le dio un par de palmaditas en la cabeza y se giró para regresar a su tocador—. Ahora ve abajo y diles a mis invitados que me esperen un par de minutos. Tengo que terminar de arreglar un par de cositas.
—Claro, señorita—aseguró, sin rechistar.—Les diré que esperen en la sala de estar.
Realizó una segunda y última reverencia, que no fue apreciada por la mayor y luego, desapareció por la puerta, cerrando la puerta tras de sí, procurando hacer el menor ruido posible.
Ausente a la partida de la sirvienta, la mujer abrió uno de los cajones del tocador. Sus dedos encontraron una bonita y elegante caja negra, decorada con finos bordados en la tapa. No solía sacarla muy a menudo, tan solo para ocasiones especiales en las que necesitaba verse hermosa y radiante.
Abrió despacio la pequeña caja y sus dedos envolvieron con delicadeza el fino broche de cristal con forma de mariposa.
«No hay mejor forma que ser tan delicada y bella como una mariposa»
Se colocó el broche a la altura del pecho, adornando su vestido rojo. Sonrió a su propio reflejo, una vez lograda la imagen que tanto llevaba aguardando.
—Ahora, sí estoy lista.
. . .
El tren se detuvo abruptamente, indicando la llegada a su destino. Agarró sus cosas y bajó la escalera lentamente, haciendo un sonido hueco en el piso de madera con sus botas.
Sus manos sudaban y su corazón latía rápidamente bajo su pecho, encogido por la emoción al estar de vuelta en su tierra natal.
Se tomó unos minutos para respirar pausadamente antes de proseguir a caminar fuera del vagón donde estaba instalado.
Con una sonrisa sincera plasmada en la cara, asió sus maletas y llegó hasta la zona de espera para buscar señal alguna de su mejor amigo pues, este mismo le comentó que estaría en la estación antes de la hora acordada para recibirlo.
Un sentimiento de nostalgia lo inundó mientras analizaba aquella parada, la misma donde se había despedido de sus amigos y su padre para ir a estudiar a Inglaterra.
Después de tanto tiempo, había regresado al que por muchos años consideró su hogar. Recuerdos, de cuando vivía en París, llegaron a su mente dejándolo en un trance temporal que abarcaba todas y cada una de sus emociones reflejadas en su atractivo y juvenil rostro.
Había extrañado demasiado esa sensación de paz al estar de vuelta en su hermosa ciudad.
Con su mirada verdosa recorrió la estación en busca de alguien que se hubiera percatado de su llegada. Había tanta gente que no podía asegurar quién era la persona que aguardaba su llegada. Pues, había pasado tanto desde la última vez que se vieron, que casi no podía recordar sus facciones o siquiera el tono de su voz. Su único medio de comunicación, fue a través de cartas, así que estaba ansioso de poder volver a ver el rostro de su mejor amigo .
—¡Hermano! — gritó alguien entre todo el cúmulo de gente que estaba amontonada esperando la llegada de sus respectivos familiares.
Con una mirada interrogante y una sonrisa, el individuo se dispuso a buscar con la mirada al dueño de esa voz que se le hacía bastante conocida.
Caminó con dificultad cuidando de no golpear a nadie con su maleta o con su cuerpo y agitó su cabeza a los lados buscando alguna señal nuevamente para localizarlo.
—¡Hey! ¡Por aquí! — gritó de nuevo.
Esta vez el joven divisó a su compañero agitando su brazo enérgicamente en su dirección para que pudiera visualizarlo. Soltando un suspiro de alivio, caminó sosegadamente en busca de su mejor amigo con una cara de extrema felicidad al verlo avanzar hacia él.
—¡Amigo! ¡Cuánto tiempo! — el aludido se abalanzó para abrazar a su amigo recién llegado y este le devolvió el abrazo con el mismo entusiasmo.
—¡Me da gusto volver a verte, Nino! — su voz se dejó escuchar por primera vez, destilando emoción —. Has cambiado mucho — le dijo, mirándolo de pies a cabeza el radical cambio de su amigo.
—No tanto como tú — debatió —. ¡Estas prácticamente irreconocible! ¿Qué has estado haciendo todos estos años? — Inquirió divertido.
Ante este gesto sugestivo el rubio soltó una carcajada y le respondió con tranquilidad.
—Enfrascado en el estudio, Nino. Es para lo que estuve en Inglaterra todos estos años ¿recuerdas? — comentó divertido el rubio.
Después de charlar por un largo tiempo acerca de sus respectivas vidas y acerca de lo que habían vivido todos esos años, el moreno se ofreció a cargar las maletas de su mejor amigo, a lo que este se negó.
—De ninguna manera — renegó por segunda vez —. Solo dámelas, ni siquiera pesan tanto.
—No puedo dejarte hacerlo ¿Qué clase de amigo sería si dejo que lleves tú solo las maletas? Solo camina tío, ya casi llegamos al coche.
—¿Sigues con Alya? — preguntó, repentinamente, cambiando de tema al instante.
—Sí, de echo nos esta esperando en casa — informó sonriente —. Dijo que quería sacarte información acerca de los lugares que visitaste en Inglaterra. Lo siento hermano, esta vez no pude hacer nada para quitártela de encima — se lamentó jocosamente mirando su rostro sufridor al imaginarse a la novia de su mejor amigo y un millón de preguntas que tendría que responder por obligación.
El rubio negó con la cabeza divertido y le dió un golpe en el hombro a Nino, soltando una risotada.
—Ya me vengaré — prometió con una sonrisa ladeada — tengo mucho tiempo para desquitarme ahora que volví a París.
Y así, con una alegre y limpia carcajada, ambos subieron al auto y se pusieron en marcha hacia la casa Lahiffe. Tenían que recuperar todo el tiempo perdido.
. . .
—Muy bien, pues aquí nos separamos.
Se detuvo nada más llegar a la acera de la calle y escrutó los alrededores, asegurándose de que la pequeña que tenía agarrada a su mano pudiera continuar su camino sin tener problemas. Los barrios del proletariado solían ser escenarios de todo tipo de crímenes, desde el más simple robo de una billetera, hasta un ajuste de cuentas en mitad del camino. No había sido la primera vez que se había encontrado un cadáver tirado en la calle y esa falta de seguridad e infinita indiferencia del resto de ciudadanos, era lo que la preocupaba.
La hermosa joven de cabellos azabaches y centelleantes ojos azules, soltó un prolongando suspiro y se agachó un poco para quedar a la misma altura de su hermana pequeña. Apoyó todo su peso en una rodilla para poder mirarla a los ojos.
— Ya sabes, te espero en la puerta trasera de la fábrica, no en la derecha, sino la que da a la calle del barrio Montparnasse, esa es más segura —mientras hablaba, se dedicó a peinar la melena azabache de la pequeña, apartando algunos mechones rebeldes que su frente. — Si me retraso, le dices a la mamá de Manon que se espere un minutito, ¿Vale? Pero, ni se te ocurra irte a casa sola, ¿me has entendido? No quiero que me des un susto como el de la semana pasada. Sabes que no me gusta que vayas sola por la calle a esas horas.
— Sí, sí, lo sé — murmuró la niña, esbozando una expresión cansada que preocupó a la más mayor. —No hace falta que repitas lo mismo todas las mañana, Marinette. Eres una pesada.
—¡No soy una pesada! — se defendió aludida y al percatarse de que había vociferado demasiado fuerte, se precipitó a hablarle a su hermana de una forma más pausada y serena para no llamar la atención en medio de todo el mundo . — Ya sabes que me da mucho miedo que estés sola por ahí. Y no me mires como si fuera una especie de paranoica. Me preocupo por ti. Desde que papá y mamá no están yo soy la que manda aquí y la encargada de cuidar de ti. NO hay más que hablar. Así que, andando, señorita — colocó bien la ropa de la niña y se inclinó para darle un rápido beso en la frente.
—Hoy no me apetece ir allí — musitó la menor, retorciendo la punta del zapato en el cemento del suelo. Sus manos se fruncieron con fuerza sobre las tiras de la bolsa de esparto atada a su espalda y sus labios se cerraron en una fina línea
Marinette frunció el ceño y escrutó a su hermana con incertidumbre, tratando de comprender su comportamiento o el porqué de sus palabras.
—¿Y eso ? — preguntó dudosa.
— Nada.
— A ver, Bridgette, no puedes decirme que no quieres entrar ahí y no darme una razón. Siempre vienes muy motivada — refunfuñó la mayor de las hermanas. —Venga, dime, ¿qué pasa? ¿Alguno de los jefes te ha dicho algo ? —Una voz de alarma se instaló en su cabeza. No era la primera vez que los niños que trabajaban en las fábricas, recibían malos tratos o abusos por parte de los gerentes. La última vez, cuando un muchacho de doce años cometió un error, recibió diez golpes en las manos. Y eso, era considerarse bien parado. — ¿No me digas que esos brutos te han golpeado? Porque si es así, ya mismo voy para allá y hablo con...
— No, no es nada de eso. El vigilante es muy bueno, siempre nos da caramelos cuando hacemos las cosas bien. Lo que pasa es que hay un niño que siempre me está molestando con sus bromas pesadas y sus comentarios de mal gusto. Nunca me deja en paz.
— Felix otra vez, ¿no?
Bridgette asintió despacio.
— Oh, venga, no te preocupes por él. Como siempre digo, ignorar es el puñal que más duele. Sí pasas de él, se cansará y se irá a molestar a otro. Los chicos son así de pesados, solo buscan atención. Así que ignorarlo y sigue a lo tuyo y ya si no te deja, le pegas una patada en los cascabeles, verás como así se les quitan las ganas de meterse contigo.
Las palabras de Marinette parecieron hacer efecto en la niña, quien decidida levantó la cabeza y asintió con determinación .
— Una patada en los cascabeles, sí, eso es lo que voy a hacer cuando lo vea — aseguró.
Se giró sobre sí misma y altiva, caminó hacia la callejuela que daba a la zona infantil de la fabrica, el departamento donde trabajaban los niños.
—¡Eh, eh! — Marinette se precipitó sobren su hermana y la alcanzó del brazo, preocupada por el aire agresivo que había adquirido al escuchar sus palabras. Lo último que quería era recibir una denuncia porque su hermana pequeña había dejado estéril a otro niño.
— No le pegues nada más verle, primero la técnica de la ignorancia y ya sino le pegas . ¿Vale?
— ¿Y por qué no primero pegarle y luego ignorarlo?
— Porque no y ya está. Lo de pegar es la ultima opción — sentenció.
Bridgette puso los ojos en blanco y refunfuñó por lo bajo.
—Ugf, está bien. No le pegaré hasta que no sea necesario.
— Así me gusta. Venga, se buena ¿Vale? Y recuerda, detrás de la fabrica en la puerta de la izquierda. No lo olvides.
— ¡Sí, sí! — exclamó con gesto aborrecido . ¡Adiós, pesada!
—¡Qué no me llames pesada! — espetó de mal humor. No soportaba que la llamara de ese modo, y al parecer, Brid lo sabía y lo hacía más adrede.
La vio escabullirse entre el gentío hasta perderla por completo al entrar por la puerta del proletariado.
—Hasta esta noche, hermanita... —murmuró, justo antes de girarse sobre ella misma para encontrarse con la gran fachada de la decrépita fabrica que absorbería todo su tiempo de vida hasta que el sol cayera.
. . .
Los nervios de ver a su padre lo asaltaron y casi lo obligaron a retirarse de la entrada de esa enorme puerta y ver si podía alcanzar a Nino en su auto para que lo llevara de vuelta a su casa, donde anteriormente gozaban de un cálido y ameno almuerzo vagamente silencioso y ordenado. Tal y como su amigo le advirtió, Alya no paro de hacerle preguntas toda la comida.
No es que odiara a su padre, era solo que su presencia lo intimidaba hasta tal punto, que no recordaba la vez en la que Adrien lo había visto sonreír. Era como un bloque de hielo destilando palabras cortantes.
No sabía cuál sería la reacción de su padre al ver que había vuelto de Inglaterra. No esperaba un abrazo efusivo ni lágrimas recorriendo por su cara. Conocía muy bien a su padre y no era el tipo de personas del que podrías esperar un comportamiento pueril. Aunque, tampoco creía que actuara tan indiferente ante su llegada, era su hijo después de todo, su hijo al que no había visto en años luego de irse a estudiar a Inglaterra.
—Bueno... ya estoy aquí, es mi padre y no hay forma de que me eche para atrás ahora — murmuró para si mismo.
«Además seguro Nino ya se habrá ido»
Con su mano temblorosa, tocó dos veces la madera y esperó a que alguien contestara desde dentro. Por experiencia sabía que su padre odiaba que lo importunaran si no tocaba antes su puerta, de niño cometió ese error... y juró no volverlo a repetir si no quería acabar llorando y escuchando un aburrido y largo discurso sobre los modales.
—Pase.
La voz tajante se coló por sus oídos y tragó saliva antes de girar la perilla y entrar a la oficina de su padre, luego de tantos años, había olvidado que su voz siempre fue demandante aún cuando solo estuviera dando una instrucción tan simple como lo era el abrir una puerta.
—¿Papá?
Su voz salió suave y temerosa mientras ingresaba al cuarto pequeño pero bien amueblado. Pese a los años, no había cambiado mucho, todo estaba donde debía estar, y no había un solo rastro de polvo en los estantes o en el escritorio en el que su padre esta revisando unos documentos.
—Hijo... — su ceño se arrugó y levanto la vista que tenía fija en esa hoja de papel para mirar a través de los lentes a su único hijo.
Adrien saludó formalmente a su padre, caminando al centro de la habitación y dando un respingo de sorpresa antes de que fuera apresado por los brazos del mismo, en un fuerte abrazo.
«¿Es qué me han cambiado de padre?»
El rubio arqueo una ceja patidifuso y una mirada de extrañeza cruzó su cara al darse cuenta de la acción de su padre segundos después. Su progenitor no es que gustara mucho del contacto físico en general, por eso, el que lo estuviera abrazando, pudo ser una gran lección de vida para él. al darse cuenta de que su padre no poseía un corazón tan negro como pensaba.
—Me alegra que estés aquí, hijo mío — habló el entrecano —. Ahora estás de vuelta donde perteneces — dijo finalizando el abrazo y tomándolo de los hombros.
Adrien, aún sorprendido, logró poner su cerebro de nuevo en funcionamiento. Al ver a su padre sonreír muy sutilmente, parecía que su rostro en serio estaba haciendo un verdadero esfuerzo, por mostrar felicidad.
—También estoy feliz de verte, padre. — Adrien sonrió sinceramente hacia su padre — ¿Qué tal vas con la empresa? — vocalizó, dejando que ahora éste tomara la palabra.
Su padre negó con la cabeza, algo cansado.
—Es más difícil cada día, los trabajadores son unos ineptos que no hacen más que quejarse y poner excusas para no trabajar — espetó —. Hemos ascendido lentamente por este motivo, pero ya estamos recuperándonos...
Adrien tragó saliva, dificultosamente, sin saber que decir.
—Acompáñame, hijo. Te mostraré cómo funciona esto por aquí, para que te des una idea — exclamó el hombre con energía. Tomó su chaleco del perchero y salió de allí con su hijo.
Adrien lo siguió expectante. Tenía curiosidad de cómo sería la fábrica donde trabajaba su padre. No recordaba mucho de ella, quizás todo había cambiado o se mantenía cómo estaba.
Dos hombres fornidos abrieron unas enormes puertas de metal a la señal de su padre y una vez abiertas, ambos ingresaron a un grande y amplio lugar de trabajo en el cual no cesaba el ruido de las máquinas trabajar.
—La última vez que estuviste aquí, eras apenas un crío y no entendías bien la manera de manejar una empresa... supongo, que debes haber aprendido mucho sobre ingeniería industrial en esa prestigiosa universidad. Y ya sabrás por donde van los tiros por aquí.
—Lo he hecho, padre — fue lo que pudo decir una vez que se encontraron dentro de la fábrica.
La empresa consistía en productos relacionados con la confección de ropa. Hilados, tejidos, tintorería, confecciones y entre varios más, que ayudaban a que esa empresa siguiera en pie y siendo reconocida a nivel mundial como una de las mejores.
Llegaron a una gran y estructurada mesa donde podían verse a varios infantes corriendo de aquí para allá.
«¿¡Niños!?», pensó, con una voz de alarma en su cabeza.
—Ésta es la zona infantil — dijo señalando con su brazo al montón de niños que trabajaban sin descanso vigilados por casi siete supervisores que les gritaban cada tanto por el más mínimo error.
—¿Zona infantil?
No recordaba que hubiera niños trabajando allí.
Todos se veían sumamente agotados y débiles, pero aún con sus rostros demacrados y cansados, no se detenían con sus respectivos trabajos. Pudo apreciar como algunos incluso estaban haciendo un auténtico esfuerzo para no dormirse.
—Padre, esto... — comenzó a decir en shock, pero fue interrumpido, prácticamente al instante.
—Y por acá tenemos la zona donde fabrican las prendas — indicó —. Todas de una excelente calidad y todo gracias a un nuevo producto que exportaron de la India. Algodón, seda, lana... — continuó relatando — sígueme.
El joven miró preocupado y con verdadero espanto la imagen de los niños que habían cerrado los ojos por unos instantes. Acto seguido, escuchó como algo chocaba varias veces contra lo que suponía era, la piel de un niño.
Cerró fuertemente sus dos manos en puños, aguantándose por no intervenir ante la devastadora imagen de un niño recibiendo una cachetada de un vigilante.
No le gustaba el rumbo por el que iba aquello. Debía reconocer que, tenía curiosidad de conocer la empresa de su padre, o más bien, ver con sus propios ojos todo el desarrollo que había hecho de ella una de las industrias más reconocidas de todo Francia.
Ver a su padre en el periódico era todo un honor y orgullo y por esa misma razón, allá en Inglaterra había sacrificado todos y cada uno de sus días para convertirse en un inventor e ingeniero que estuviera a la altura de Agreste Enterprises. Quería formar parte de ese mundo; ayudar con sus ideas y creaciones y cumplir el sueño de su padre.
Sin embargo, después de ver el agujero donde cientos de niños trabajaban sin descanso, todo ese interés se desvaneció repentinamente. Esperaba una fabrica con buenas instalaciones y un buen ambiente, que contribuyera la labor de los trabajadores y en su lugar se encontró con una nave oscura y ruinosa que poco le faltaba para caerse en pedazos.
—¿Por qué niños?—pronunció entonces. No fue capaz de retener esa pregunta por más tiempo. Quería respuestas, necesitaba una razón lo suficientemente buena que justificara aquel abuso tan lamentable.
—¿Perdón?—Gabriel frunció el ceño y se volvió para mirar a su hijo con cierta confusión.
—¿Por qué demonios tienes a niños trabajando? ¿Es qué acaso no hay por ahí personas adultas que sí necesiten el dinero? Desde la estación hasta aquí, me he encontrado con al menos cinco vagabundos que viven en la calle. No entiendo por que a ellos no y sí a unos críos que deberían estar jugando por la calle.
Quizás habían estado de más sus palabras, sobre todo conociendo a su padre. No era un hombre muy famoso por su paciencia y si había algo que más lo enfureciese era que alguien le levantara la voz o faltara el respeto.
Sin embargo, para su sorpresa, los labios del mayor se curvaron hacia arriba y una risotada fugaz se escapó por ellos.
—Adrien... Hijo mío—le dio un par de golpecitos en el hombro y negó con la cabeza, emprendiendo la marcha a la vez que le hacía un gesto para que siguiera tras él. —Se nota que llevas varios años sin venir por aquí.
El rubio enarcó una ceja y siguió a su padre, mirando todo su alrededor repleto de niños con cierto deje de incomodidad. Se pasó una mano por la nuca y suspiró apesadumbrado.
—El empleo de niños no es nada malo—prosiguió Gabriel. —Al contrario, les beneficia en cierto modo. Ayudan a sus familias con los gastos familiares, algunos incluso dependen de ese salario porque sus padres no tienen trabajo con el que ganar dinero. Mira,—Gabriel señaló a un pequeño de ocho años que parecía estar muy concentrado en coser los botones a una camisa—¿Ves a ese niño de allí? Vive solo con su madre y ella está enferma. No puede trabajar y lo único que tiene para pagar la comida y las medicinas, es el sueldo que se gana aquí—sus ojos verdes se focalizaron en el niño y un escalofrío corrió desde su espalda hasta la nuca—¿Qué clase de persona sería si le negara este trabajo a la pobre criatura?
«Bueno, también podrías ser más generoso y ayudarlos sin querer que el crío se deje las manos en unos botones», pensó.
—Además, los niños tienen manos pequeñas, más ágiles y por lo tanto más hábiles para realizar ciertas tareas. Es algo como meter el hilo en una aguja ¿entiendes? Lo que un adulto hace en minutos, un niño lo hace en segundos.
Adrien no respondió, de hecho, había decidido desconectar del discurso de su padre desde hacía mucho. No compartía ni la mitad de sus valores y por eso, no tenía sentido seguir escuchando. Añadiendo el hecho de que su atención estaba más enfocada en los rostros cansados y agotados de los pequeños trabajadores.
«No, no. Esto no está bien, maldita sea. No está bien»
—¿Adrien?—insistió Gabriel, al ver a su hijo mirando fijamente la decadente escena que los rodeaba. Se aclaró la garganta y rodeó sus hombros con el brazo para hacerlo volver a la realidad.—Venga hijo, no te vayas a comer la cabeza por un asunto tan trivial. Estos niños están bien, ya verás que en cuanto salgan de aquí, los ves correteando de un lugar para otro. Trabajar no le gusta a nadie y que un niño tenga energía, no quiere decir que sea excepción.
Lo guio hacia una puerta que comunicaba con la sección del proletariado adulto, tratando de cambiar de tema.
—Ahora, sigamos con el recorrido. Aún no te he enseñado ni la mitad.
Nada más avanzar unos pasos, el sonido de un llanto desgarrado rompió con el ruido de las máquinas y engranajes.
—¿Qué ha sido eso?—preguntó.
Adrien se detuvo de golpe y se giró sobre él mismo, deshaciéndose del agarre de su padre para buscar el foco de dicho grito.
No fue muy difícil dar con ello.
Un niño rubio de ojos azules estaba tirado en el suelo. Con las manos, se cubría la parte baja del estómago y sus piernas estaban encogidas, tratando de protegerse, a los pies de una pequeña de melena azabache y chispeantes ojos celestes.
. . .
—Y aquí estás los tres vestidos, las dos camisas y las botas—depositó con cuidado la montaña de ropa y luego se sacudió las manos, orgullosa de su trabajo. —Del resto te encargas tú.
Apoyó una de sus manos en la mesa y la otra sobre su cadena, mirando a su compañera con una pequeña sonrisa.
—Del toque especial ya te encargas tú.
Marinette terminó de bordar con la máquina el dobladillo de una camisa y se giró hacia la recién llegada.
—Menuda exagerada—dejó asomar una sonrisa por sus labios y apoyó su mejilla en la palma de su mano.—Lo único que hago es añadirle un bordado, nada más.
La joven de tez morena y cabellos castaños, se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
—Claro... Y supongo que fue ese simple bordado lo que confeccionó ese vestido rojo de encaje del otro día, ¿no?
—Esa fue una excepción—la azabache agarró una manga suelta y la colocó sobre el cuerpo de un vestido, lista para unirlos— La tela y los colores me inspiraron, eso es todo. Además, me jugué el cuello con ese vestido. Quise hacerle cambios y el gerente por poco me pone de patitas en la calle.
—Bueno... sí—la morena agarró una silla y la arrastró para dejarla junto a la de la ojiceleste. Tomó asiento a su lado y la observó con expectación. —Aunque... al final no fue así. Digamos que al jefazo terminó por gustarle tu invento.
Marinette puso los ojos en blanco y suspiró.
—Un simple golpe de suerte, Vivica—soltó la tela del vestido un momento y volteó hacia ella—. Pero eso no quiere decir que el resto también le gusten. Así que, si has traído esa ropa para que le añada no sé que cosa, pierdes tu tiempo. No quiero volver a meterme en líos, y sinceramente no quiero que me lleven a retención, ni mucho menos que me despidan. Los trabajadores hacen lo que los jefes dicen y punto. Yo no soy la diseñadora aquí, sino la costurera.
Vivica refunfuñó por lo bajo e hizo un gestito de burla, mostrando su desacuerdo. Conocía el potencial de su amiga y sabía que su talento no era un pasatiempo cualquiera, ni mucho menos un capricho pasajero. Marinette Dupain Cheng tenía una habilidad innata para el diseño y por eso mismo, la castaña se había propuesto así misma sacar ese talento a la luz.
—¿Enserio quieres quedarte aquí toda la vida? ¿Arreglando trapos?—Vivica agarró la pieza de tela que la azabache estaba cosiendo y la apartó de su alcance de un tirón.—Vales mucho más que esto. Tienes capacidad suficiente para llegar más allá.
—Oh, claro...—ironizó Marinette.—Una mujer, pobre y sin familia convertida en una diseñadora reconocida mundialmente en el mundo de la moda, ¡ja! Pero que graciosa—le arrancó el vestido de las manos y le lanzó una mirada furibunda. Lo colocó bajo la máquina de coser y con molestia retomó su tarea.
—¿Sabes? Si todos tuviéramos esa mente cerrada, seguiríamos en la época de las cavernas—aseguró Vivica.—Pero no. Hemos progresado y ha sido gracias a personas que no se conformaban con lo que tenían, sino que aspiraban a más. Querían mejorar su vida y lo han hecho. Si fuéramos unos conformistas, seguiríamos desplazándonos a caballo y con carros. Sin embargo, ahora tenemos un tren que nos lleva a cualquier lugar de Francia en cuestión de días y no de semanas, y si queremos salir del País tenemos un barco muy bonito que cruza los mares.
—Sí, ¿y sabes quien utiliza esos trenes y barcos tan bonitos?—le dio la vuelta al vestido y continuó arreglándolo por el otro lado.—Gente rica y famosa, como el jefe. Para nosotras es impensable subirnos a un trasto de esos. No podemos aspirar a tanto lujo, ni mucho menos a soñar en convertirnos algo que no seremos.—Le dio un pequeño golpe con el dedo índice en la frente. —Así que, deja de filosofar y volvamos al trabajo.
Cómo si hubiese escuchado sus palabras, un vigilante que pasaba por ahí se detuvo justo a sus espaldas y con un toque de palmas sonoro y desagradable, hizo callar a las dos jóvenes.
—¡Menos hablar y más trabajar, señoritas!—gruñó con una voz tan ronca que parecía atragantarse con cada palabra. —Si os vuelvo a ver de cantaleta, os pondré a trabajar durante dos noches enteras, ¿entendido?
—Claro, señor—dijeron las dos a la vez, con las espaldas rectas y la mirada fija al frente.
—Bien—les lanzó una última mirada de advertencia y luego continuó con su camino, vigilando a cada uno de los trabajadores, a la espera de que cualquiera metiera la pata.
Cuando el tipo se alejó lo suficiente, Vivica respiró hondo y con desgana se puso en pie.
—Se trabajaría mucho mejor si ese mentecato no anduviera de un lugar a otro como si fuera un sargento—se quejó.—Es imposible trabajar bajo presión.
Marinette soltó una pequeña risotada. Si había algo que Vivica hiciera a la perfección era quejarse por todo. Vivía para quejarse de la vida y si le pagaran por ello, sin duda sería rica.
—Qué remedio—prosiguió, mirando con desdén al vigilante. —Me voy antes de que el carcamán regrese—le lanzó un beso al aire y le guiñó un ojo—. Nos vemos a la salida, ¿vale? Tengo nuevos cotilleos que te dejarán de piedra.
—Estoy deseando escucharlos.
—Claro que lo harás—se echó un melena hacia atrás y sonrió.—Solo tendrás en invitarme a cenar en cuanto salgamos de aquí.
—Bonita forma de auto invitarte a mi casa—Marinette rio por lo bajo y negó con la cabeza.—Pero, está bien, supongo que podré preparar algo.
—Ains, Marinette, eres un cielo...—Vivica dio pequeño saltito en su sitio y se preparó para continuar con su camino. Así era ella, podía estar despidiéndose durante dos horas enteras sin llegar a irse nunca. Tenía temas de conversación para un año entero.
Marinette le lanzó una última mirada divertida y continuó con su labor. Cuanto antes terminaba de confeccionar los encargos del día, antes podría irse para ir a buscar a Brid a la salida.
—Marinette.
La voz de Vivica volvió a captar su atención. La azabache rodó los ojos y refunfuñó por lo bajo, volviéndose hacia ella de nuevo.
—¿Qué pasa ahora, Vivica?
La morena frunció el ceño y se acercó hacia Marinette, señalando con el dedo hacia delante.
—Esto... ¿No es esa tu hermana?
—¿Q-Qué?
Marinette se puso en pie al instante y con cierta impaciencia siguió con la mirada, la dirección que tomaba el dedo de su compañera. Tal y como había mencionado, encontró su hermana caminando por el largo corredor que conducía a la primera planta del edificio, o en otras palabras, la zona de gerencia.
Y no fue eso, lo que más inquietó a la joven de ojos azules, sino más bien, encontrarla acompaña de uno de los vigilantes de seguridad y el jefe, Gabriel Agreste. Su mirada reparó en como agarraban a Bridgette, arrastrándola contra su voluntad para obligarla a caminar, mientras que ella, lloraba y se resistía con todas sus fuerzas.
Sus gritos y sollozos hacían eco en toda la estancia y todos los trabajadores se giraron para ver la escena que acontecía frente a ellos.
Por su parte, la Dupain no permaneció expectante a la escena, ni mucho menos parada, sin hacer nada. Su cuerpo reaccionó por sí solo, y por mero instinto, sus pies se movieron rápidos hasta casi echar a correr.
Apartó sin miramiento alguno a todo aquel que entorpecía su paso y cuando un vigilante se colocó frente a ella, no dudó ni por un segundo en empujarlo a un lado para proseguir su trayecto.
—¡Brid! ¡Bridgette!—gritó la azabache, queriendo correr hacia ella, pero el guardia, al que tan audazmente había empujado, la agarró del brazo, obligándola a detenerse.
Al escuchar la voz de su hermana mayor, la pequeña detuvo su llanto para buscarla con atropello.
—¡Marinette!
Bridgette se removió con fuerza de entre los brazos del robusto hombre que la apresaba, queriendo correr hacia su hermana y así poder olvidar cuanto antes, aquella horrible pesadilla que cada vez se volvía más real.
—¡Quédate quieta, mocosa!—gritó el otro vigilante, empuñando con más fuerza el pequeño cuerpo de Bridgette.
El escándalo y alboroto comenzaron a impacientar y a montar revuelto entre el resto de empleados, provocando que muchos de ellos abandonasen su área de trabajo para acercarse a fisgonear.
—¡Ya es suficiente!—clamó la voz de Gabriel. Levantó sus dos manos enfuscado y lanzó una mirada encolerizada a todo el personal de la fábrica. —¡Todo el mundo de vuelta al trabajo! ¡Ahora!
El jaleo disminuyó levemente, sintiendo la tensión y el temor ante el repentino humor del superior. Los trabajadores se miraron los unos a los otros, incómodos y acongojados. Ya sabían las consecuencias de ver a Gabriel Agreste furioso y ninguno de ellos tenía especial ilusión de llevarlas a la práctica.
En cuestión de segundos, todo el mundo estuvo ya en su puesto, aunque aún podían apreciarse ciertos murmullos.
El silencio resultó tan acogedor como agobiante y pronto, Marinette sintió sobre ella una presión que la atemorizó un poco.
Gabriel pasó la mirada de una hermana a otra, desde la pequeña hasta la más mayor. Las estudió con cierto interés, masajeándose la barbilla con lentitud.
—Suelta a la chica, Louis—ordenó, dirigiéndose hacia Marinette a pasos lentos y pausados.
El vigilante cumplió la orden de inmediato y liberó a la Dupain, dejándola a merced del gerente.
Marinette tragó profundo y miró de reojo a su hermana, notando el peso de la mirada del Agreste puesto en ella.
—¿Cómo te llamas, muchacha?—preguntó Gabriel.
—Marinette—respondió. —Marinette Dupain Cheng.
Gabriel asintió pensativo, como si de alguna forma hiciera esfuerzo en recordar el nombre de alguna empleada con ese nombre.
—Bien... Marinette—caminó un par de pasos hacia un lado y luego se giró sobre sus talones para caminar hacia el otro, con sus manos pegadas sobre su espalda y la mirada puesta en el suelo—¿podría preguntar la relación que guarda con esta... niña? A juzgar por su reacción, diría que debéis ser muy allegadas.
—Es mi hermana.
—¿Tu hermana?—Gabriel ladeó su rostro para mirar por encima del hombro a la pequeña que contemplaba con ojos cristalizados toda la escena. —Vaya, pero que... coincidencia.
—Padre—una voz masculina interrumpió el interrogatorio.
Marinette apartó la mirada de su jefe y se centró en la figura de un muchacho que caminaba a lo largo de la estancia a paso decidido. Tenía unos ojos verdes, brillantes como dos esmeraldas relucientes; su cabello rubio, cubría la mitad de sus orejas y la nuca, cayendo por su frente de una forma despeinada y desenfadada, un hecho que lo hacía ver un tanto rebelde y sumamente varonil.
Su presencia captó especial atención, sobre todo en el sector femenino, que sin mucho disimulo lo siguieron con la mirada durante todo el trayecto.
El joven no pasaba desapercibido, al contrario, desprendía un aura fascinante e hipnótica que dejaba a cualquiera paralizado en su sitio y con la boca abierta.
Marinette no fue la excepción y como el resto, no pudo evitar quedar un tanto sorprendida por el atractivo muchacho que acababa de desestabilizarlo todo con tan solo su presencia.
Por su parte, el recién llegado ignoró cualquier rastro de miradas y se dirigió directamente al Agreste con un semblante serio y un tanto preocupado.
—El crío ya está mejor—aseguró. —Su madre vendrá a buscarlo, le he dicho que se vaya a casa por hoy. No te importa, ¿verdad?
—No, claro que no—Gabriel negó con la mano, quitándole importancia al asunto.—Has hecho bien. La pobre criatura no estaba para seguir trabajando.
—¡De pobre nada!—espetó Bridgette. —¡Ese niñato se lo merecía! ¡Por abusón!
El de ojos esmeraldas se giró hacia la niña, lanzándole una mirada severa y desaprobadora. Mientras que, por el contrario, Gabriel prefirió ignorarla.
—Has llegado justo a tiempo, Adrien—aseguró el Agreste. Posó una mano sobre el hombro de su hijo y lo hizo voltearse para dirigirse hacia la joven azabache que observaba a padre e hijo con una expresión compungida. —Ahora mismo estaba hablando con su hermana, la señorita... Marinette Dupain Cheng.
Al mencionar dicho nombre, Adrien levantó la cabeza, topándose con una hermosa mirada oceánica que logró desestabilizarlo por unos segundos.
Azul y esmeralda chocaron, fundiéndose en un tapiz de un sin fin de emociones.
No supo con exactitud el tiempo que pasó fijo en la hermosa joven, pero lo que sí sabía era que debía reaccionar sino quería quedar como un idiota delante de su padre y toda la empresa.
—Buenos días, señorita—saludó, tratado de parecer firme y respetuoso.
—Bueno días—Marinette le devolvió el saludo, con un tono de voz monocorde y acallado.
—Así que eres la hermana—dijo el rubio, mirando por el rabillo del ojo a la niña.
—Sí y... con todos mis respetos, me gustaría saber el motivo por el que se la llevan arrastrándola de ese modo—indagó la muchacha, levantando el mentón para mostrar seguridad. Estaba hablando de su hermana y cuando ella estaba de por medio, se veía obligada a sacar valor para enfrentarse a cualquier circunstancia.
—Verás—Adrien se removió incómodo y se llevó una mano a la nuca. De por sí el asunto estaba bastante tenso y no quería añadir más sal a la herida, involucrando a otra persona más.—A ver, como te digo esto sin que suene brusco...—suspiró apesadumbrado y fijó su mirada esmeralda en la de ella.—Esa niña ha golpeado a un compañero y está terminantemente prohibido usar la violencia en estas instalaciones
— Queremos contribuir a crear un ambiente seguro, no un campo de batalla. El niño estaba tirado en el suelo y de no ser por mi hijo, que pudo intervenir a tiempo, la cosa hubiera podido ir a más—Gabriel señaló a su hijo con cierto orgullo. —Tenemos ciertas normas aquí, señorita, y creo que debes sabértelas ya de memoria, ¿no es así?
Un escalofrío recorrió la espalda de la azabache mayor, quien por instinto miró a su hermana, deduciendo las palabras del gerente. Había normas y castigos si uno infringía la regla y en ese lugar, a los niños se los educaba con cinco azotes en las manos en el mejor de los casos. El otro, consistía en encerrarlos en una habitación a oscuras durante tres horas, sin nada de luz, fría y húmeda.
Los ojos de Marinette se cristalizaron con la simple imagen de su hermanita siendo maltratada de esa forma. No quería aquello, ni siquiera era capaz de pensarlo. Desde que perdieron a sus padres, se había jurado a ella misma proteger a Bridgette a toda costa, así tuviera que arriesgar su vida por ello.
—¡Yo no hice nada malo!—sollozó Bridgette.—¡Ese niño me estaba molestando! ¡Siempre lo hace! ¡Sólo quería que me dejara en paz!
Gabriel soltó una maldición hastiado y el que respondía al nombre de Adrien se giró hacia la pequeña. Dio dos pasos hacia ella para agacharse a su altura y mirarla a los ojos.
—Entonces, deberías habérselo dicho a algún vigilante que anduviese por aquí. Las cosas no se solucionan de ese modo y deberías entenderlo—explicó el más joven de los Agreste, posando una mano sobre el hombro de la pequeña.
—Y claro que lo entenderá—aseguró Gabriel. Le hizo una señal al vigilante y éste caminó firme hacia la niña. —Estoy seguro que después de horas de reflexión, aprenderá a entenderlo.
El corazón de Marinette se encogió al momento de ver como el corpulento hombre agarraba a Brid del brazo. La niña soltó un sollozo ahogado y pataleó enrabietada, tratando de escapar.
—Llévala a la sala de retención y no le abras hasta que yo te de la orden—ordenó el gerente.
En ese preciso momento, Adrien y Marinette hablaron a la vez. Él confundido por las palabras que acababa de escuchar y ella aterrorizada por lo que estaban a punto de hacerle a su hermanita.
—¿Q-Qué?—titubeó el rubio.
—¡¡No!!—Marinette corrió hacia el vigilante que agarraba a la niña. Le dio un tosco empujón y lo golpeó sin medir sus fuerzas hasta que confuso, soltó a Brid quien, de inmediato, fue acogida por su hermana.—¡No fue su culpa! ¡Ella no tuvo la culpa!
El supervisor se arremangó la camisa, fulminando a las dos hermanas con la mirada y dispuesto a retomar su labor de ponerlas en su sitio pero, la voz de Gabriel lo detuvo justo a tiempo y obediente, tuvo que retroceder a la espera de nuevas órdenes.
—Un momento Louis, dejemos que... la señorita se explique—Gabriel le hizo un gesto a Marinette para que continuara.
—Yo fui la que... le dijo que golpeara a ese niño. Le dije que se defendiera en caso necesario, ella... ella solo me hizo caso.
Los tres hombres miraron a la joven con desconcierto. Aunque, la mirada verduzca del rubio dejaba entrever algo más que confusión. La valentía que emanaba de aquella mujer era incuestionable y atreverse a desafiar a su padre era algo que no todo el mundo era capaz de hacer.
—Si hay alguien a quien deban castigar, es a mí—aseguró.—Por favor, no le hagáis daño a ella.
Gabriel sonrió, con un atisbo de diversión surcando sus labios. Volvió a rascarse la mejilla y fingiendo pensárselo, cambió su mirada a las decenas de empleados que trabajaban sin apenas descanso.
—Vaya... Me dejas sin palabras. Reconozco que es muy humilde por tu parte—dijo el Agreste. —Y... puede que tengas razón. Después del alboroto que acabas de montar en mi empresa y el golpe que acabas de darle a mi hombre de seguridad, no estaría de más echarte de aquí.
Marinette tragó profundo, aferrándose con más fuerza a su hermana. Si se quedaba sin trabajo, solo dependerían del escaso salario de Bridgette y eso no les daba ni para una semana. Si es que no la echaban a ella también.
—Pero... después del vestido que confeccionaste la semana pasada, considero que sería una grandísima pérdida prescindir de ti—caminó de forma pausada hasta ella, hasta situarse a apenas unos centímetros de distancia. Escrutó el rostro de la mayor y con una sonrisa frívola descendió hacia la pequeña acurrucada entre los brazos de su hermana.—Es más, me gustó tanto tu trabajo, que quiero que hagas más como ese. Cientos de ellos.
Se giró de nuevo, para quedar de cara a todos los trabajadores que ocupaban sus puestos, con la oreja atenta a la disputa que acontecía justo a unos metros de distancia.
—¡Atención todo el mundo!—anunció el Agreste mayor, levantando los brazos para llamar aún más la atención.—¡Me complace anunciaros a todos, que hoy tomaréis el día libre, por cortesía de vuestra compañera, la Señorita Marinette Dupain Cheng, quien muy cortésmente se ha ofrecido a hacer todos y cada uno de los encargos que estéis haciendo ahora mismo!
Los trabadores se levantaron al instante y aplaudieron con energía y euforia, mientras que para Marinette, aquellas palabras habían significado un tremendo derrumbamiento en su interior.
Había más de cien personas en esa habitación, cada uno con una función diferente. Terminarlo todo llevaría varios días sin descanso.
—Louis, tú te encargarás de vigilarla y asegurarte de que no sale de aquí hasta que todo esté pulcramente terminado. Así tenga que quedarse toda la moche.
—Claro, mi señor.
—Padre—Adrien se interpuso entre su padre y el vigilante, con una mirada firme. Sabía que aquello era cosa imposible, no había persona capaz de terminar tanto trabajo en un solo día. Era demasiado—No creo que eso sea...
—Adrien, hijo, luego me lo dices, ¿está bien?—apartó a su hijo a un lado y caminó hacia la puerta, para abrirla y dejarle paso al resto de empleados. —Ahora, será mejor dejar esto despejado cuanto antes. La señorita Marinette necesita su espacio para trabajar.
El de seguridad tomó a Brid a la fuerza y la apartó de los brazos de su hermana.
—¡No, no, Marinette!—gritó Bridgette, queriendo regresar a los brazos de la azabache. —¡Marinette!
La obligaron a caminar junto a la fila de empleados que salían de forma ordenada por la puerta hasta desalojarlo todo casi al completo.
Gabriel le lanzó una última mirada autosuficiente a la Dupain y con elegancia dio media vuelta para abandonar la estancia.
El último que quedó fue el joven Adrien, que sin poder creer lo que su padre acababa de sentenciar, se sentía incapaz de irse y dejar a la muchacha sola.
Se fijó en sus ojos azules, cristalizados y a punto de derramar unas lágrimas que necesitaban intimidad y soledad.
Dio un par de pasos hacia ella, queriendo acercarse para impedir que soltara una sola lágrima.
—Oye...—quiso decir, pero el sollozo ahogado que salió de la garganta de la joven lo acalló de pronto.
—Sois unos desagraciados...—la escuchó decir. —Tú y tu padre... los dos sois unos desagraciados.
El corazón del chico dio un vuelco. Aquellas palabras... unas palabras pronunciadas por una desconocida lograron dejar un sabor amargo en su interior.
—¡Señor Agreste!—llamó el vigilante.—Su padre lo está llamando.
—Ya voy—respondió Adrien aún con los ojos puestos en la joven de mirada oceánica.
Retrocedió hacia atrás y con lentitud volteó para salir de la sala, dejando completamente sola a una muchacha que, en cuanto se vio en calma, desahogó sus lágrimas en silencio.
. . .
—¡No! ¡Marinette! ¡Suéltame! — le reclamo al hombre que la retenía de correr hacia la chica — ¡Marinette! ¡Hermanita!
—¡Deja de moverte, mocosa! — gruñó el guardia aumentando más la fuerza en los hombros de Bridgette para que no se le escapara. Lidiar con niños era tan difícil y molesto.
—¡Mari! ¡Mari!
Cansado de escuchar los incesantes e irritantes gritos de la chiquilla, quien no dejaba de removerse una y otra vez con más fuerza, el hombre no pudo más y paró en seco, gritándole.
— ¡Escúchame bien! Si vuelves a intentar escapar, te daré unos buenos golpes para que aprendas a comportarte, y el castigo de tu hermana será peor — le advirtió con voz demandante para que dejara de luchar.
La verdad es que no podía decidir si el castigo de esa joven subía de rango o no, solo lo dijo para tranquilizar a la mocosa. Hecho que funcionó, ya que ésta había dejado de retorcerse y se dejaba guiar como un manso corderito hacia la salida aún conteniendo las ganas de llorar.
Cuando llegaron a la puerta, el hombre la soltó con brusquedad y le dijo que se marchara a casa como pudiera.
La pequeña miró temerosa como la puerta se cerraba de sopetón y cuando estuvo completamente sola se sentó en una escalinata que había delante de la puerta. Colocó sus bracitos debajo de su rostro y comenzó a llorar fuertemente.
. . .
Cuando Adrien miró a donde se llevaron a la pequeña, inmediatamente cambio el rumbo de su dirección para ir en su busca. Esperó a que el hombre de seguridad cerrara la puerta antes de salir en busca de la niña.
Se sentía como un completo imbécil por haber provocado que regañaran a la chica, pero se sintió aún más mal cuando supo que la niña dependía de su hermana. Por la desesperación con la que la llamaba, podía decir con seguridad que esa niña era muy apegada a su hermana, y verla recibir un castigo como el que le puso su padre, era suficiente motivo para hacer que la niña llorara de aquella manera.
No le costó mucho divisar a una pequeña figurita llorando al pie de la escalera, se sintió horrible de nuevo. Gracias a él ahora la pequeña estaba desamparada en mitad de la noche-
Pasó saliva por su garganta y caminó suavemente hacia la pequeña hasta tocarle un hombro.
La niña se sobresaltó y sus ojitos rojos empañados en lágrimas rompieron el corazón de Adrien en mil pedazos .
Como pudo, se deshizo de ese nudo en la garganta para poder hablarle a la niña.
—O-Oye...
—¡Vete! — le gritó para sorpresa de Adrien.
—T-Tranquila... yo solo quiero...
—¡Vete! ¡Por tu culpa mi hermana está atrapada ahí dentro! ¿Por qué tuviste que ir con el chisme? ¡Ella no hizo nada malo! — continuo sobando su manita por sus ojos para retirar sus lágrimas.
El rubio se quedó inmóvil sin saber que decir.
—Escucha... — pronunció —. No fue mi intención meter a tu hermana en problemas. Es solo que... Confundí, las cosas y creí que habías golpeado a ese chico por otro motivo .
—¡Pues no debiste meterte! Marinette fue la que me dijo que, si ese niño no dejaba de molestarme, me defendiera... — habló entre sollozos.
«Joder, la he liado buena»
Revolvió su cabellera rubia con frustración y le tendió, decidido, una mano a la niña para que la tomara, pero ésta la ignoro escondiendo su dulce rostro entre sus bracitos.
Adrien suspiró.
—Te prometo que tu hermana estará bien — vocalizó sin reparos —. Me encargaré de cuidarla ¿vale? Intentaré hablar con mi padre, a ver si se convence de dejarla ir— insistió suavizando aún más la voz —. Mientras, déjame llevarte a casa. Claro, sólo si me dices donde está.
—¡No quiero ir contigo! Esperaré a que Mari salga y me iré con ella — reclamó reacia a dejar a su hermana sola —. No voy a abandonarla aquí.
—Estoy seguro de que ella preferiría que tú estés a salvo en casa mientras ella esta aquí. No creo que quieras preocuparla si te encuentra aquí en medio de la noche ¿verdad?
Bridgette lo pensó por un momento y tomó la mano del joven rubio para comenzar a caminar hacia su casa. Su hermana se preocuparía mucho el saber que pasó la noche en mitad de la calle, así que no le pareció mala idea que el sujeto que había provocado que castigaran a su hermana la llevara de vuelta a casa, no tenía más opciones.
Sin darse cuenta, una figura había observado con interés aquel acto de bondad del joven rubio, y no pudo hacer más que sonreír jugueteando con la cajita de madera en su mano.
Había encontrado al indicado.
. . .
Cerró la puerta a sus espaldas de mala gana y se quitó la boina y la chaqueta para dejarlas tiradas en el primer perchero que encontró.
No tenía humor para nada. Lo único que quería era sumergirse en un baño de agua fría que pudiera aclararle las ideas. Se sentía una completa basura, un idiota que lo había echado a perder.
Había intentado hacerse el héroe y lo único que consiguió fue ganarse el odio de dos personas en un mismo día.
—Señor Agreste—lo llamó una empleada.—¿Quiere que ponga un plato más en la mesa? Su padre suele cenar sobre las ocho en punto, quizás quieran compartir la cena juntos.
—No—negó con sus manos, esbozando una sonrisa amable.—Creo que... tomaré un baño y me iré a la cama. Estoy un poco cansado después del viaje, ¿podría decírselo a mi padre?
—Por su puesto, señor—la empleada elaboró un tosco asentimiento y retrocedió para volver al comedor.
Una vez solo, Adrien subió las escaleras que conducían a la primera planta de la mansión. Por el camino, observó al detalle, cada rincón, pared y adorno de la casa. Todo estaba tal y como recordaba, las cosas apenas habían cambiado, ni siquiera se habían molestado en cambiar los cuadros y tapices viejos colgados en las pareces.
El rubio hizo una mueca y negó con la cabeza, tratando de no mirar las horripilantes caras dibujadas en dichos cuadros. Recordaba que, desde pequeño ya los había odiado, sobre todo por la gente tan extrañamente ilustrada en ellos. Tenían la cara muy redonda, los ojos muy pequeños y juntos y nariz muy larga.
—Al parecer hay cosas que nunca cambian—se quejó.
Se detuvo frente a la puerta de su cuarto y jugueteó con la llave justo antes de introducirla en la ranura. Al abrir, una oleada de recuerdos y momentos de su niñez lo envolvieron por completo, desde cada mueble colocado a la perfección hasta el aroma a perfume de abetos que siempre le ponía su madre encima del armario para perfumar la estancia. Todo estaba exactamente igual; su cama, su escritorio, su armario e incluso su ropa de cuando era apenas un crío de quince años. Claro que... ahora ya no le cogía.
Sonrió con tristeza y se tomó unos segundos para pasarse en medio del cuarto y asimilarlo todo de nuevo. Aún no era capaz de creer que estuviera de vuelta, que, después de cinco años, hubiera regresado al fin y esta vez para quedarse. En todo ese tiempo había venido de visita en alguna que otra ocasión, pero era cuestión de uno o dos días, y apenas tenía tiempo de adaptarse.
Ahora, podría decir que estaba en casa.
Apoyó las dos manos sobre sus caderas y clavó su mirada en el techo, respirando hondo. Regresar a París era lo que siempre había querido desde que estuvo en el extranjero. Se había pasado los cinco años estudiando para convertirse en un inventor reconocido. Quería ser alguien de valor y sobre todo ser la mano derecha de su padre para apoyarlo en todo y ayudarlo a dirigir la empresa.
Sin embargo, a pesar de haber logrado todas sus metas, tenía la sensación de tener una espina clavada en el pecho. Quizás porque un atisbo de desilusión lo había estado rondando todo el día. Siempre había imaginado una empresa justa, libre y reconocida. Había puesto grandes expectativas en la marca de su padre y por esa razón, lo que encontró resultó ser algo completamente diferente y decepcionante: un almacén repleto de personas y niños, de jornales inhumanos y salarios lamentables.
Nada había sido como lo imaginado.
París... La famosa París reconocida y alabada por su gran progreso y revolución industrial, terminó ser un completo fraude. No era una ciudad progresista, sino una ciudad hipócrita que se aprovechaba de la pobreza y las desgracias para sobreexplotar mujeres y niños.
—El mundo se ha vuelto loco—maldijo para sus adentros y hastiado, corrió la silla de su escritorio para sentarse.
Necesitaba un tiempo para pensar y organizar sus ideas ya que, todo su esquema mental de vida, perfectamente elaborado en su cabeza, se había desquebrajado como la cáscara de un huevo, al pisar aquella dichosa fábrica.
Si así eran las cosas en París, entonces estaba claro que aquel no era su sitio. Hablaría con su padre, y cogería el billete del primer tren que saliera al día siguiente.
Suspiró con pesar y se pasó una mano por su cabello rubio, echándolo hacia atrás a la vez que dejaba su rostro enterrado entre sus manos.
—¿Qué clase de progreso es este?—se dijo a él mismo.—¿Qué persona con mente fría puede siquiera pensar que ésta es una sociedad progresista? Menudos paletos.
«Lo único que faltaba ya, era que trajeran esclavos para que nos lavasen los pies y nos abanicasen en días de calor», pensó.
Soltó todo el aire de sus pulmones y se obligó a apartar las manos, echándose hacia atrás con gesto abatido.
El rostro de la chica de mirada oceánica apareció en su mente. Lo que su padre le había hecho era algo completamente inhumano. Nadie podría ser capaz de trabajar tanto, ni siquiera el más fuerte de los hombres. Trabajar durante tantas horas seguidas resultaba agotador y devastador para cualquiera.
—Pero mira que eres gilipollas, Adrien—se maldijo mentalmente.
No había hecho nada más que llegar y ya la había jodido a la primera de cambio.
Maldiciendo todo cuanto podía, se agarró a un extremo de la silla para levantarse y llenar la bañera con agua bien fría. Necesitaba despejar sus ideas y si para ello tenía que pasar horas en remojo, lo haría.
Cogió una camisa limpia de color blanco y unos pantalones verde oscuro y se dispuso a caminar hacia el baño, cuando algo procedente de su cama, captó su atención.
Se detuvo un momento y con una mueca extraña observó como encima de la cama había una especie de caja con forma hexagonal. Torció su cabeza hacia un lado y se quedó en el sitio, mirando desde lejos el extraño objeto que reposaba sobre las sábanas.
Recordaba muchas cosas de su cuarto, pero desde luego que esa caja no estaba en su lista re recuerdos.
Caminó hacia la cama y depositó sobre ella la ropa para coger la caja y poder mirarla con más detalle. Enarcó una ceja y la estudió por todos los sitios posibles. A simple vista parecía algo completamente normal; madera fina y pulcramente tallada y decorada con un dibujo delicado, que a juzgar por el estilo, podría decirse que tenía un origen oriental, quizás asiático.
—Puede que sea un regalo de bienvenida—llevó su otra mano a la tapa y frunció sus labios en una fina línea, pensando si abrirla o no.
Conociendo a su padre, capaz habría sido de buscarle alguna mujer con la que contraer matrimonio. Así era él, un hombre claro y de ideas fijas.
«Cómo sea un anillo, compro el billete de tren y me largo esta misma noche»
Y con estos pensamientos, se aproximó a abrir la caja, con un nudo en el estómago y un corazón acelerado. Lo que no esperó, fue la luz brillante que surgió del interior de la caja, cegando su visión de forma abrupta y desagradable.
—¡¿Pero qué demonios?!—soltó la caja y la dejó caer al suelo, ocultando sus ojos con el antebrazo mientras elaboraba una mueca atónica.
Cuando vio la luz disminuida, descubrió sus esmeraldas, queriendo saber qué demonios había provocado un resplandor tan intenso y paranormal. Y en cuanto lo hizo, no encontró ningún rastro de luz, precisamente.
Sus labios se separaron asombrados y sus ojos se agrandaron aún más al presenciar la extraña criatura que lucía delante de él con aires parsimoniosos y perezosos.
Tenía forma de gato y no debía medir más de diez centímetros. Tenía unos grandes ojos verdes, como los de él y un color negro que resaltaba aún más el color de sus orbes.
El muchacho observó patidifuso al pequeño gato volador y sin poder creer lo que veía, se dejó caer sobre la cama, necesitando sentarse para procesar bien lo que estaba sucediendo.
La criatura bostezó con pereza y se estiró de mala gana, antes de reparar por fin en el joven rubio que se hallaba consternado delante de él. Lo analizó sin discreción de arriba abajo y cuando obtuvo la primera impresión de él se atrevió a hablar.
—Para estar más de veinte años sin ningún portador, debo reconocer que me esperaba algo mejor—restregó el pequeño gato.
«¿Qué? ¿Es qué además habla?»
—¿Q-Qué eres?—titubeó el rubio, levantando su dedo índice para señalarlo.
El gato lo ignoró por completo y siguiendo en su tema, se acercó hacia el consternado muchacho, rodeándolo por todas partes para estudiar cada una de sus cualidades.
—Hombros anchos, brazos fuertes—comenzó a decir.—Músculos duros—le pegó un pellizco en un costado y Adrien soltó un quejido adolorido.
—¡Oye, pero ¿qué crees que estás haciendo?!—se quejó y se acarició la zona magullada mientras trataba de seguir con la mirada a la pequeña criatura.
—Mmm... Melena de león—nadó sobre su cabello rubio y lo alborotó con sus patitas.—Aunque este no es el prodigio del león, así que como que no pega mucho, ¡pero qué se le va a hacer!—descendió sobre su frente y llegó hasta su barbilla, tomándolo del mentón para obligarlo a levantar la cabeza—y su cara es más o menos aceptable, aunque claro, yo no soy un humano para discutirlo.
Adrien tensó su mandíbula y un tic nervioso apareció en su ojo derecho. No sabía muy bien de qué iba todo aquello, pero ya le estaba cansando.
—Supongo que encaja como un súper héroe, aunque estaría mejor si tuviera algo que lo hiciera parecer más duro. ¿Podrías enseñarme alguna cicatriz de guerra? ¿algún diente roto?—le abrió la boca y metió la cabeza dentro, pero al ver su perfecta dentadura blanca, salió al instante— ¿Te falta algún dedo?
—¡¿Quieres parar de una vez?!—espetó el rubio y antes de que el gato pudiera escapársele de las manos, lo agarró, pillándolo desprevenido. —Dime qué eres, ¿por qué demonios puedes hablar y por qué me estás mirando como si fuera un mono de feria?
—Mira niño esto es así de fácil. Me llamo Plagg y desde ahora soy tu Kwami, concedo poderes mágicos y el tuyo es el de la destrucción.
—¿Un kwami? ¿Poderes mágicos? ¿Y qué has dicho antes sobre ser un súper héroe?
El kwami suspiró con fastidió y lo observó con ojos entrecerrados.
—Haces demasiadas preguntas, ¿por qué haces tantas preguntas?¡No lo entiendo! ¡¿Qué no entiendes?! ¡Me estás agobiando, niño! ¡Me estoy agobiando!
Comenzó a retorcerse entre las manos de Adrien y éste, aún más adrede lo agarró de la cola y lo puso boca a abajo, haciéndolo rotar como una hélice.
—Tienes que ser algún tipo de invento nuevo. Últimamente, la gente no sabe ni que inventar—murmuró el chico.—¿Dónde tienes las tuercas? ¿Y los tornillos? ¿Y cómo demonios han conseguido que hables?
—¡Oye, niñato, si piensas que soy un trasto de juguete, lo llevas muy claro!—le clavó sus pequeños colmillos en la mano.
—¡Au!—Adrien lo liberó de inmediato y sacudió su mano en el aire.—¡Eso ha dolido!
—¡A ver si así se te aclaran las ideas, chico!—revoloteó hasta quedarse enfrente de su cara y con sus patas, lo agarró de las mejillas para que mantuviera contacto visual.—¡Eres el elegido! Alguien, no te voy a decir quien, ha visto algo en ti, no se qué cosa, y quiere que seas Chat Noir, ¿lo pillas? Chat Noir, un súper héroe, ya sabes, alguien que salva el mundo y esas cosas.
—No, no, eso no puede ser—el muchacho, esbozó una sonrisa nerviosa y negó con la cabeza.—Los súper héroes, los poderes mágicos y todas esas cosas no... no existen, ¿vale? No son reales, así como tú tampoco eres real. No... No debes ser más que una máquina, algún truco que se han inventado para gastarme una broma.
Plagg lo miró con ojos entrecerrados, enmarcando una expresión incrédula con sus brazos, o mejor dicho patas, cruzadas.
—Veo que no tienes pensando creerme—musitó el Kwami.—Pues muy bien, ya veo que sólo te queda un modo de descubrirlo por ti solo.
Revoloteó hacia la caja y tomó un anillo plateado que había dentro.
—No sé de qué me estás hablando.
—No te preocupes, muy pronto lo vas a saber—aseguró Plagg, cogiendo su mano y colocando el anillo en su dedo índice.—Venga, di, "Plagg, transfórmame". Venga, vamos.
—¿Qué?—agrandó la mueca de su rostro y negó con la cabeza.—No voy a decir algo tan ridículo, ¿y qué es este anillo? ¿Por qué me lo das?
—Claro que lo vas a decir...—Plagg le sonrió con fingida amabilidad.
—No, claro que no...
—Que sí...
—Que no.
—Claro que lo vas a decir—en los ojos del Kwami apareció un brillo malévolo y divertido.—Porque si no, voy a provocar la extinción de toda tu especie. Ya lo hice con los dinosaurios, así que no creo que tenga problema en terminar con una raza de humanos simples e ignorantes, con peluquines teñidos y preguntas insoportables. ¡Así que ya estás diciendo las palabras mágicas sino quieres que desencadene el apocalipsis! ¡¿Estamos?!
Tanto se había acercado al rubio, que éste había terminado por tumbarse en la cama y quedarse con la espalda apoyada en el cabecero.
Los ojos verdes del Kwami estaban que echaban chispas y viniendo de una criatura con forma de gato voladora, ya se esperaba cualquier cosa.
—¿Has dicho... "Plagg, transfórmame"?—susurró Adrien, sintiendo la presión de la mirada del Kwami puesta en él.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Eso es justo lo que he dicho! ¡Por fin!—las últimas palabras de Plagg quedaron perdidas en el aire, pues el Kwami fue absorbido por el anillo, que de inmediato se activó, cambiando de color.
Un aura verdosa y negruzca inundó el cuerpo del joven inventor y de un momento a otro sintió un cosquilleo en toda su anatomía. Sentía cómo si algo hubiera cambiado, como si algo en él estuviera diferente.
Abrió los ojos y recorrió la habitación con la mirada, sin saber muy bien lo qué había pasado.
—¿Plagg?—lo llamó, al no ver ni rastro de él. —Oye, ¿dónde te has metido?
Se levantó de la cama y se dispuso a buscarlo pero al pasar frente al espejo, vio algo que lo hizo detenerse de golpe.
Sus ojos se ampliaron y su boca se abrió en una perfecta O al ver la imagen del espejo. Ahí, reflejado estaba él, aunque, completamente cambiado. Era como una versión alterna de él.
Su ropa era diferente, ya no llevaba su camisa ni sus pantalones de aquella mañana. Ahora iba vestido de negro, con una camisa negra y un chaleco de cuero, también negro sin mangas que se ajustaba a su torso y abdomen como una segunda piel. Atravesando todo su pecho caía una correa desde su hombro hasta su cintura, sujetando a su espalda una especie de bastón de metal. Sus pantalones iban a juego con el resto del conjunto y para rematar unas botas de cuero que le llegaban hasta la rodilla.
Su cabello estaba más revuelto que de costumbre, quizás debido a las orejas de hierro que había incrustadas en su cabeza. También tenía unos guantes negros que dejaban al descubierto sus dedos. Tenían detalles verdosos en la parte de sus nudillos y a juzgar por su diseño, parecía que su función era mucho más que un simple adorno. Sus muñecas, también quedaron cubiertas por unas muñequeras negras, todo ello haciendo juego con el enigmático antifaz color obsidiana que cubría la mitad de su rostro.
—No... No, no puede ser—se miró de arriba abajo sin poder creer lo que estaba viendo.—El gato volador tenía razón.
Contempló cada parte de su nueva apariencia, levantando sus brazos y girándose para verse por detrás.
—Aunque que... No está mal.—Se tocó una de las orejas que tenía en la cabeza y tiró de ella, aunque no logró quitarla, ni siquiera moverla un poco.—Nada mal... En realidad creo que está bastante bien.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios, orgulloso de lo que veía.
Se llevó una mano a su espalda y agarró el bastón colgado en ella. Lo analizó con cautela. No tenía más de medio metro y a simple vista, no parecía ser muy útil, como mucho podría lanzarse.
«Si está, es por algo», pensó.
Localizó un botón en él, adornado con una huella de gato verde. Se quedó mirándola durante unos segundos y un poco inseguro se atrevió a pulsarlo con el pulgar. El bastón se alargó de golpe, de forma que uno de los extremos salió disparado y se chocó contra el espejo lo que provocó un estridente sonido y un posterior estruendo al caerse un montón de cristalitos al suelo.
Asombrado por el repentino escándalo, el joven novato, retrocedió hacia atrás, apoyándose con sus manos en el escritorio, y cuando pensó que ya lo tenía todo visto, algo en sus guantes se activó y de repente, su mano se vio enfundada en unas garras afiladas de metal que se clavaron en la madera.
—Mierda—maldijo y comenzó a tirar con fuerza de ellas.
—¿Señor Agreste?—preguntó una voz desde fuera y por un momento, el aire dejó de llegar a sus pulmones. —¿Va todo bien ahí dentro? Me ha parecido oír un estruendo extraño.
—¡Sí! ¡Sí!—Adrien tiró con más fuerza, tratando de que aquellas garras salieran de la madera. El escritorio tembló bajo su cuerpo y el temor a que alguien entrara y descubriera el pastel lo inquietó.—¡No te preocupes! ¡Todo está en orden!
—Oh, está bien—dijo la empleada.—Ya sabe que si necesita cualquier cosa, puede llamarme.
—Lo tendré en cuenta—su voz sonó más bien como un gruñido debido al esfuerzo que ejerció cuando tiró de sus manos hasta lograr sacarlas de la mesa.—Muchas gracias.
Se miró sus apéndices con una mueca de desagrado y comprobó como las garras de metal desaparecían entre sus guantes y volvían a la normalidad.
—Si me quedo aquí más tiempo, terminaré destruyendo la casa entera.
Sus orbes esmeraldas, visualizaron la ventana y una idea fugaz cruzó su mente.
«Acabas de ver a un gato volando, lanzarte por una ventana no puede ser peor»
Y eso fue lo que hizo.
Dio un salto y se subió al marco de la ventana, de donde cogió impulso para saltar hacia delante. Tal y como lo habían hecho antes, las garras se activaron y lograron clavarse en el ladrillo del edificio de enfrente. Unas pequeñas piedrecitas se desquebrajaron por consecuente y sus pies resbalaron hacia atrás.
Trató de impulsarse de nuevo y siguió utilizando sus zarpas para subir por la pared, clavándolas y usándolas de sujeción para escalar por todo el muro adelante.
Consiguió llegar al tejado del gran bloque de pisos y con un movimiento magistral y extremadamente ágil, elaboró una voltereta que le permitió subir a la superficie.
Una vez arriba y en pie, miró a un lado y a otro, aún sin poder asimilar lo que acababa de hacer. Después se asomó, comprobando la gran altitud del edificio. Soltó un silbido y se miró las manos, alucinando por lo que acababa de hacer.
—Esto mola, mola mucho—le echó un vistazo a todo el camino de edificios y casas que tenía adelante. Un recorrido y una recta que le pareció de lo más tentadora. Ya había probado uno de sus juguetitos, así que era hora de probar el siguiente.
Agarró el bastón y retrocedió dos pasos hacia atrás para coger carrerilla. Luego, apretó el botón con forma de huella y el bastón se alargó repentinamente, permitiéndole impulsarse hacia delante, y saltado varios metros adelante.
Aterrizó al cabo de varias calles, logrando caer en sus patas con maestría. La adrenalina y la euforia comenzaron a dominarlo. Se sentía energético, impulsivo, con ganas de cometer todo tipo de locuras e ideas descomunales.
Salió corriendo por los tejados, saltando y esquivando todo tipo de obstáculos de una forma sorprendente. La velocidad y agilidad no eran normales, algo estaba potenciando sus habilidades, algo que respondía al nombre de Plagg.
El viento azotó su rostro, removiendo su cabello e incitándolo a ir más allá. Desde arriba, se sentía poderoso, libre, el rey del mundo.
Con ese anillo, era prácticamente indestructible, podría hacer cualquier cosa, cambiar lo que quisiera. Con ese anillo, podría ser un héroe, alguien capaz de salvar París de la mediocridad del momento. Podría... conseguir el verdadero progreso del que todo el mundo hablaba.
Casi sin pensarlo, se quedó parado en un punto exacto de la ciudad, observando la vieja y demacrada fábrica que lucía apagada y casi deshabitada. Y decía casi, porque aún quedaba una persona allí dentro, condenada injustamente.
Según le había dicho Plagg, había sido elegido para ser un héroe, así que estaba dispuesto a cometer su primera hazaña como tal.
. . .
No aguantaba más. Sus piernas eran incapaces de sostenerla por completo, estaban débiles y parecía que en cualquier momento cederían y ella caería al suelo, presa del cansancio
Había debilitado por completo sus fuerzas cosiendo botones, arreglando pequeños detalles a vestidos ya terminados, fabricando nuevas prendas, así como un millar de cosas más que tuvo que cumplir por órdenes del mismísimo Gabriel Agreste.
«Estoy agotada, no puedo más» — pensó.
Aunque, eso al vigilante de turno no pareció importarle. Permanecía rígido en su puesto, sin quitarle la mirada de encima vigilando que no se le ocurriera dejar su trabajo a medias, ni siquiera podía parar un rato para descansar.
«Lo haces por Bridgette, solo por ella»
Volvió a repetirse mentalmente. Cortó un hilo suelto con su boca y lo dejó encima de la alargada mesa.
Ya no podía sentir los dedos. Había estado toda la noche cosiendo, y las horas parecían avanzar cada vez más lentas.
De la nada, sus párpados comenzaron temblar al tiempo que estaba a punto de sumirse en un sueño profundo. Todo comenzó a dar vueltas, a volverse difuso y un tanto borroso. Soltó un quejido y sus pies tropezaron de tal forma que se vio obligada a agarrarse a la mesa de madera de enfrente.
No aguantaba más, no tenía fuerzas de seguir en pie. Desde esa mañana no había comido nada, tan solo un trago de agua que le había permitido el supervisor. Gabriel le había prohibido comer hasta que terminar con todos y cada uno de los encargos. El hambre, entremezclado con el agotamiento, fueron dos armas cruciales que doblaron sus piernas hasta hacerla perder el equilibrio.
El taburete de madera que había a su lado se balanceó hasta prácticamente caer junto a ella.
Se había desmayado.
Alarmado por el repentino golpe, el guarda levantó la vista de su periódico y frunció el ceño con cierto fastidio.
—¡¿Que narices pasa ahora?!—lanzó el periódico de mala gana sobre la mesa y se puso en pie para caminar hacia el lugar donde segundos antes, había estado trabajando la joven.
Se asomó con una mueca dibujada en su rostro y una maldición se escapó de su boca al verla tirada en el suelo y con los ojos cerrados.
—¡Eh!—la llamó y la zarandeó del hombro con la punta de sus zapatos.—¿Crees que es momento de dormir? ¡Venga, levanta!—la zarandeó con más brusquedad, tratando de despertarla.
No lo hizo, ni siquiera dio señales de querer hacerlo.
El hombre gruñó en voz alta y se agachó, llevando una mano al cuello de la muchacha para comprobar su pulso. Lo último que le faltara era ver como una empleaducha de turno doblaba el labio en su jornada de trabajo.
«Está viva», pensó, al sentir el pulso de ella fluir bajo su dedo índice.
Sus ojos se posaron en su mano, posada en el cuello de la azabache y por inercia comenzaron a descender por toda su delgada anatomía.
Por su mente pasaron varias ideas perversas al ver a la chica en un estado tan sumiso. Estaba completamente dormida, no parecía enterarse de absolutamente nada, ni siquiera de sus gritos y sus zarandeos.
Se relamió el labio inferior y la tomó de la cintura levantándola un poco del suelo. Su respiración era apenas perceptible y lucía de un color muy pálido, aún para su extremadamente blanco tono de piel.
Un destello de lujuria cruzó sus ojos, al tenerla presa en ese solitario lugar.
Volvió a zarandearla un poco, para cerciorarse y estar más seguro de que ella no despertaría. Y si lo hacía, ya sería demasiado tarde para ella, nada podría impedir lo que estaba a punto de hacer.
Nadie lo descubriría, y aunque lo hicieran, no podrían culparlo de nada, ella era solo una simple trabajadora, su palabra valía menos que nada. En todo caso, la culpa sería toda de ella, por ser una inconsciente y una suelta, que se queda dormida en presencia de un hombre. Aquello era una provocación y como tal debía ser castigada.
Con ese pensamiento en su cabeza, se empezó a deshacer de los nudos del vestido que portaba. Pasando sus manos sobre su suave e inmaculada piel, ultrajándola.
—Vamos a divertirnos un poco, muñequita.
Posó sus labios en ese fino cuello y abrió su boca para clavar sus dientes en esa carne suave. Era deliciosa y embriagante, nunca había tenido el placer de disfrutar de tanta belleza. En todos sus años como hombre, no había degustado un manjar como aquel.
Ante los toques incesantes, bruscos y un tanto desagradables, la muchacha tensó los músculos de la cara y soltó un quejido aún estando dormida
Aquello no lo hizo detenerse. Estaba extasiado, sus pantalones comenzaron a sombrarle mientras descubría más de esa piel lechosa.
Continuó mancillando la piel de la doncella sin reparos, mientras que con la otra mano se bajaba la cremallera de los pantalones y le subía la falda a la indefensa joven.
Acarició toda la longitud de sus muslos, deleitándose por la cara interna de los mismos hasta llegar al dobladillo de su lencería.
Su boca estaba hecha agua y sentía como su miembro se ponía más duro hasta el punto dolerle. Quería terminar con aquello cuanto antes, quería introducirse en ella y satisfacerse como nunca antes lo había hecho. Agarró su bragadura con determinación y se dispuso a bajárselas de un tirón, cuando de un momento a otro, cerca de su rostro pasó un objeto que logró rozar levemente su mejilla.
Su cuerpo se detuvo al instante y con los ojos como platos, miró hacia atrás, observando el artilugio que se había abalanzado hacia él.
Eran unas afiladas cuchillas que tenían la forma de garras.
Buscó con la mirada al causante del tan repentino ataque, entre la sombra y la oscuridad del recinto. Todo esta en penumbra, la única luz que había era, la perteneciente al lugar de trabajo de la joven, y se trataba de una simple lamparita que poco era capaz de alumbrar.
Entrecerró los ojos, tratando de afinar la vista y reconocer la silueta parada enfrente de sus narices.
Lo que vio a continuación, lo dejó de piedra. Un ser alto de atuendo negro y forrado de varias armas colocadas alrededor de su cadera por un cinturón de plata se haya a parado a pocos metros de él. También tenía unos guantes de metal que cubrían sus manos y un par de orejas negras del mismo material.
Cuando decidió mostrarse de entre las sombras, se acercó hacia el tipo abusador sin dejar su porte serio e intimidante. Su caminata era erguida y elegante, como la de un verdadero felino.
—¡¿Quién demonios eres tú?! — preguntó el hombre entre el pánico y la frustración por no llegar a terminar su cometido.
—¿Mejor comienza por decirme que demonios estabas intentando hacer tú? — mencionó con voz profunda, ignorando la pregunta del tipo insignificante — No está bien aprovecharse de una dama mientras duerme, ¿Es qué no te lo enseñaron de pequeño?
—¡Y eso a ti qué mierda te importa! — exclamó molesto — es solo una empleada, un ser de lo más insignificante. ¡Además fue su culpa! ¡Ella fue la que me provocó!
Un certero golpe con sus guantes de metal cayó en la barbilla del vigilante, haciéndolo llevarse una mano a la zona dañada de inmediato. Soltó un quejido de dolor y fulminó con la mirada al lunático vestido con un traje similar al de un gato negro. Podía ver la ira irradiando de sus ojos aún con ese antifaz negro que cubría los ojos del extraño.
—Debería darte vergüenza. No eres más que un maldito a provechado de mierda — susurró agarrándolo del cuello de su camisa — una escoria como tú no deberían formar parte de este mundo. Simplemente... deberían desaparecer— agregó y sonrió maliciosamente cuando sus guantes desenvainaron las garras de hierro escondidas. Las acercó hacia el cuello del hombre y jugueteó un poco, haciendo un va y ven terriblemente tortuoso—. Pero en vista de que no quiero ensuciar mis preciosas garras con tu asquerosa sangre... prefiero darte cinco segundos para salir de aquí antes de que decida desangrarte como a un cerdo — anunció, con la diversión reflejada en sus orbes verdes.
Lo soltó de golpe y el tipo comenzó a arrastrarse hasta quedar fuera del alcance de aquel loco con aires de grandeza.
—¡Lárgate!
Con ese grito gutural, el hombre salió disparado de la fábrica con la sangre chorreando de su nariz y un terrible dolor en su mandíbula.
Lo observó alejarse, con una mirada fulminante y hasta que no escuchó la puerta cerrarse, no dejó de estar alerta.
Volteó a ver con precaución a la joven que yacía en el suelo gracias a ese maldito. Se agachó un poco y se arrodilló para levantarla con cuidado en sus brazos. Colocó su vestido, completamente destartalado y abierto y la abrigó con movimientos torpes, tratando de ignorar el nerviosismo que le producía tenerla tan expuesta entre sus brazos.
Maldijo en voz alta al supervisor, tachándolo de aprovechado y cerdo. Estaban claras sus intenciones y de no ser por él, ese tipo hubiera abusado de ella como le hubiera venido en gana. Más aún estando solo y en un lugar tan apartado. Las posibilidades de que alguien se hubiera enterado de lo sucedido eran completamente nulas.
Suspiró apesadumbrado y tomó a la joven del mentón, torciendo su rostro para poder mirarla mejor.
—Ey... ¿te encuentras bien?— susurró, reteniéndose con más exactitud los rasgos de la mujer a la que había salvado, y a la que por culpa de su identidad civil, habían castigado y había tenido que pasar por esta alarmante situación.
No quería ni pensarlo.
La muchacha no respondió, estaba completamente inconsciente, ausente de todo lo que había pasado a su alrededor.
Con cuidado de no despertarla, la cargó en volandas y se puso en pie. Iba a sacarla de allí cuando antes, ya había pasado por demasiado y después de lo sucedido, lo mejor era alejarse lo más humanamente posible de allí. Saltó por una de las ventanas y comenzó a correr con ella acurrucada contra su pecho. Ya conocía el paradero de su casa, ya había estado allí antes cuando había acompañado a su hermana.
Y pronto estaría junto a ella, en su casa sana y salva.
De eso se encargaría él.
. . .
Recorrió varios techos de París con la mujer inconsciente en sus brazos hasta dar con la vivienda que estaba buscando. Era una lugar humilde, situado en las urbanizaciones junto a las vías del tren. Un barrio pobre y un tanto depravable, con el incesante ruido de las vías del tren chirriar cada cierto tiempo. Ingresó despacio por la ventana del cuarto del que tenía sospecha, era de la chica.
Y no se equivocó al ver un montón de papeles regados por una pequeña mesa con varios dibujos y retazos de tela.
No era un cuarto muy grande, pero era acogedor y olía simplemente delicioso. Se trataba de un perfume que no había olido en su vida, como una mezcla de flores y lavanda. Un olor tan agradable como adictivo.
Visualizó la cama de la chica y casi de inmediato la recostó en el pequeño colchón, apartando las sabanas para luego extenderlas encima de ella.
Se tomó unos segundos para mirar a la mujer recostada en su lecho y no pudo evitar reparar en su genuina y natural belleza.
Sus lentes de visión nocturna le permitía apreciar mejor su semblante apacible y dulce, a diferencia del carácter explosivo y enojado que mostró en el taller al ver a su hermana en problemas.
Cada faceta de ella le sorprendía más. Cuando se enojaba veía a una mujer radiante y totalmente indomable, mientras que en aquellos instantes, en esa cama, lucía tan tranquila e indefensa que, simplemente ,no pudo contenerse al tocar una mejilla con su mano, aunque no pudo sentir su piel por culpa de los guantes.
«Sois unos desgraciados. Tú y tu padre, los dos sois unos desagraciados», las palabras de la joven resonaron en su mente y un nudo contrajo su estómago.
No entendía el por qué, pero aquellas palabras le dolieron más de lo que me hubiera gustado. No tenía sentido que lo hicieran, pues al fin y al cabo ella era una desconocida, y no debería importarle su opinión, mucho menos si no lo conocía.
—Lo siento—murmuró, perdido en la belleza de la hermosa fémina que lucía dormida frente a él.
—¿Quién anda ahí?—preguntó una voz a sus espaldas.
Chat Noir apartó la mano que acariciaba a la azabache al instante y con lentitud, se giró para observar a la pequeña asomada por el umbral de la puerta.
Sus ojos se encontraron y al ver con más claridad al intruso, Bridgette retrocedió unos pasos, atemorizada por el extraño enmascarado que había aterrizado en su cuarto.
El héroe esbozó una tierna sonrisa, dando a entender que no pretendía hacerle ningún daño. Luego, se llevó su dedo a los labios, indicándole que no dijera ni una sola palabra. Le guiñó un ojo y antes de que la niña pudiera decir algo, saltó hacia la ventana, desapareciendo en la negrura de la noche.
Bridgette corrió hacia la misma ventana y se asomó asombrada. Allí lo vio, desplazándose por los tejados de la ciudad, saltando de una forma irreal y completamente fascinante, como una sombra que se movía entre el viento y la neblina.
—Es un héroe...—murmuró para ella misma.—¡Es un superhéroe! ¡Un superhéroe de verdad!
. . .
—Vaya... — murmuró extasiada — así que el miraculous de Chat Noir ha sido activado — se relamió los labios ansiosa — interesante...
Deshizo su transformación y renegó del Kwami que habitaba en el para que la dejase meditar tranquila. Ese bichejo molesto no hacia más que darle jaqueca y hacerla arrugar el ceño, provocando que se arrugara su perfecta piel que tanto se esforzaba en cuidar.
—Solo será cuestión de tiempo para que ese miraculous sea mío — expresó con deleite — y entonces podré hacer que mi deseo por fin se haga realidad... — jadeó casi con euforia.
Sus planes eran tan poderosos y perfectos. Como ella. Era solo cuestión de poner a trabajar a su preciosa cabeza para que esos miraculous estuvieran en sus hermosas manos.
Comenzaría a actuar de inmediato.
Con una última sonrisa, guardó el broche y se dirigió escaleras abajo a descansar. Debía estar fresca y regia para cometer su gran hazaña.
Hola a tod@s los pocos lectores que nos leen!
¡Sorpresa!
Regresamos con un Two-Shot que estamos seguras los engatusará hasta volver atrás en el tiempo… más precisos, en la era de "La Revolución Industrial" dónde veremos a nuestros héroes enfrentarse no a Hawk Moth… si no a alguien muy distinto que tiene el miraculous de la mariposa en sus manos.
Este originalmente iba a ser un OS, Two-Shot, creado con el fin de participar en el concurso "The Travel Awards" organizado por Euniicornia y SunnieLadybug en Wattpad.
Peeeero se nos fue un poquito de las manos y ahora estamos planeando… (Si es que esta Two-Shot recibe el suficiente apoyo) hacer una historia completa con esta trama… así es, más aventuras, Akumas, romance y un millar de sorpresas más…
También nos llena de felicidad decir, que hemos ganado el tercer lugar en el concurso.
Así que, esperamos que hayan disfrutado de la primera parte de este OS, y también la época a la que se adapta.
¿Qué creen que pasará en el siguiente capítulo?
¿Quién es esa misteriosa mujer que tiene el miraculous de la mariposa en su poder?
¿Marinette será capaz de perdonar a Adrien?
¿Ladybug hará su aparición?
¡Por favor no os perdáis de las millones de emociones que ofrece esta historia!
¡Esperamos vuestros comentarios dándonos su opinión!
