-¿Estás seguro de querer volver a Paris?

- No, pero es mucho más divertido que ver tu expresión lacónica porque los experimentos republicanos de Francia no funcionan.

- No me puedes culpar por querer que mi país sea un lugar libre.

- Lo que tú digas, André.

- ¿Piensas que estos adelantos son demasiados? – Indicó fuera de la ventanilla de la locomotora, el otro hombre riendo y negando.

- Es el progreso.

- Por lo menos puedo decir que vi a Madame la Duchesse en Préux. – Dijo André, echándose hacia atrás. – Quería ir a Provenza, pero tu niñita se tenía que enfermar y tú obligarme a volver la ciudad.

- Julie te adora.

- Ya no tiene ocho años, Oscar, creí que sus abrazos terminarían cuando llegara a la pubertad, pero se hace más insoportable.

- No digas que no te gusta la atención de una linda jovencita.

- Claro, pero tú me castrarías antes de que intentara algo con la mocosa. – El otro hombre sonrió, pellizcándose la nariz.

- Me conoces bien.

- Somos familia, debo conocerte; ahora, pasando a otro tema, ¿qué harás cuando vuelvas a casa?

- Estaba pensando en empezar un nuevo libro. – Oscar suspiró. – Tengo la idea de escribir sobre un guardia real de la época prerrevolucionaria y su mejor amigo, su despertar y el descubrimiento de su verdadera sexualidad.

- ¿Sexualidad?

- Ajá, el guardia real será una mujer.

- Una mujer ¿eh?

- Olvidémonos de los estereotipos, mi personaje será alguien que, criada como hombre, tendrá que enfrentarse al descubrimiento de sus emociones y aprender a controlarlas, siempre bajo la atenta mirada de su mejor amigo y eterno enamorado.

- Suena a éxito.

- Lo será. – Cruzó las manos sobre el vientre, cerrando los ojos. – Tengo mucho sueño, André, despiértame cuando lleguemos a la estación.

André se quedó mirando fijamente al hombre frente a él. Muchas personas les habían preguntado si eran hermanos, pero siempre lo negaban, reconociendo, a pesar de todo, que cada uno era complemento del otro.

Su cabello lucía largo para su costumbre, pero aún así, se veía bastante bien y lograba disimular el rostro de niña bonita que tenía y por el que muchas mujeres suspiraban.

Negó suavemente, ahogado una sonrisa, ya vería como Oscar se las arreglaba más adelante con la pequeña sorpresa que le tenía.

Ojalá no quisiera matarlo.


Hans arregló su chaqueta, mirándose fijamente al espejo antes de pasarse una mano por la cara.

Ya no era un niño ni un adolescente hormonal, pero aún la echaba de menos.

Con gesto cansado, abrió un cajón, sacando un medallón de plata con pequeñas esmeraldas engarzadas, abriéndolo para ver un mechón de su propio cabello en su interior. Era el mismo mechón que le había dado a su esposa para que lo recordase.

Cerro los ojos antes de maldecirse por milésima vez por no buscarla de inmediato, pero la tentación que significaba esa mujer había sido demasiada hasta que se dio cuenta que había sido solo una pasión vacía.

Solo entonces fue a Francia, donde creyó que estaba su esposa, a buscarla, pero su padre enfermó gravemente y tuvo que regresar, asumiendo su lugar cuando su padre murió. Después quiso viajar de nuevo a Francia, pero estalló la segunda revolución y no era muy seguro para un noble, viajar a la tierra de la Libertad, Fraternidad e Igualdad.

Tomó una carta que tenía sobre su cama, releyéndola con gusto cuando reconoció la letra del primo de su esposa. Lo animaba a ir a Francia y que él lo ayudaría a encontrar a su mujer.

Esta vez no la dejaría huir y se arrastraría por el suelo para pedir su perdón.


- Quiero que mi nana preparé un chocolate caliente para mí y le traiga un buen vaso de coñac a André.

- Sí señor.

- ¿Julie?

- Donde Madame Lassonne.

- Oh, Matilde debe haberla invitado a tomar el té; bien, voy a mi cuarto a cambiarme de ropa, no quiero que nadie vaya a molestarme y cuando vuelva, Étienne, que este la mesa puesta y mi chocolate listo.

- Si señor. – Dijo el anciano mayordomo con un gran asentimiento. - ¿Señor?

- Dime, Étienne.

- Es un gusto tenerlo en casa, Monsieur De Jarjayes.

- Gracias, Étienne. – Oscar subió las escaleras corriendo hasta su habitación, encerrándose con llave en ella, sabía que no podía confiar en nadie y que muchos querían saber que secretos escondía el misterioso Oscar de Jarjayes, pero eso le tenía sin cuidado.

Se quitó la chaqueta y la camisa, desatándose el cabello para dejar a la corta melena respirar en paz.

Se paró frente al espejo, mirando las vendas que oprimían su pecho.

Le había gustado usar de nuevo un vestido.

Le había gustado volver a ser la chica que alguna vez fue.

Le había gustado ser Olive otra vez.

Los personajes originales de mi historia eran ingleses y algunos franceses, así que pueden existir algunos errores de descripción de personajes (como pelo azul, ojos negros, verdes, entre otros.

Cualquier comentario es bien recibido siempre y cuando sea con respeto.

Esta historia, a pesar de ya estar escrita, va a ser esporádica, porque debo concentrarme en tratar de escribir el próximo capitulo de Libertatem o alguna historia corta.

Nos leemos pronto.