Una enfermera entro y monitorizo las máquinas, le tomó la presión, lo anotó en una libreta y se fue rápidamente. Entre tanto el pelinegro veía al rubio apacible, como si solo estuviera durmiendo, pero lo cierto es que no era así. El chico estaba en coma y no se sabía si se iba a despertar.

-El daño cerebral puede o no existir-dijeron los doctores, ya más nada se podía hacer. Pronto sintió como su celular empezaba a vibrar, lo sacó de su bolsillo y pudo ver que era su hermano mayor, Itachi.

-¿Si?- contestó.

-Ah, Sasuke toqué el timbre de tu departamento pero contestas-

-Estoy en el hospital-

-¿Qué? ¿Estás bien? Voy para allá-

-Tranquilo, Itachi espera-intentó serenar al mayor- No soy yo quien está herido es…-se produjo un silencio-Naruto-

-¿Naruto?-

-Si…-

-No puedo creerlo-

-Yo tampoco-

-¿Necesitas compañía?

-No, estoy bien. Dile al portero que te entregue las llaves de emergencia si es que necesitas que te preste algo-

-Vale, nos vemos- y colgó. Eso dejó al Uchiha libre para volver a su lectura. La enfermera que había entrado lo había interrumpido.

Como ya sabes, mi padre Minato Namikaze es estadounidense y mi madre Kushina Uzumaki es japonesa. Ellos decidieron vivir en el país natal de mi madre, ya que el negocio de mi padre tenía más esperanza de florecer, por ese lado del mundo. Por lo que yo solo se japonés aunque mi apariencia física diga lo contrario. Crecí siempre siendo tratado diferente por mi aspecto físico. Aquí todos tienen la piel blanca, ojos café y pelo negro, en cambio yo soy rubio, ojos azules y piel canela. Eso me hizo ganar muchas burlas en mi infancia, pero no era nada que no pudiera soportar.

Tenía una fuerte personalidad, a cualquiera que osara molestarme se ganaba un puñetazo en el rostro por lo bajo. Era risueño, alegre y muy sociable ¿Me imaginas así? ¿Abierto con todos, alegre y jugando con los demás niños? Pero todo cambió cuando mi madre murió en un accidente de auto. Eso hizo un quiebre en mí corazón. Me desmoroné y mi personalidad cambió. Ya no brillaba ni hablaba con todo el mundo, me volví retraído y callado. Una sombra de lo que alguna vez fui. Mi padre, en un intento por animarme (y animarse el, seguro) me mostró su caricatura favorita. Un anime de pelea, genérico que daban en la tele por las tardes, cuando llegaba del colegio. Debo decir que me encantó y no me perdía ningún capítulo. Era sagrado verlo todos los días junto a mi padre, pero eso no acabó allí, puesto que me empezaron a interesar otras series, juegos y mangas. Me volví lo que la sociedad considera un "Otaku"

Un día fui al colegio con un llavero de la serie de pelea que tanto adoraba, colgado en mí bolso. Ese fue el peor error de mi vida, la tragedia se desató por culpa de aquella pequeña acción. La gente se empezó a burlar de mi llamándome "Otaku" "Friki" .En ese tiempo estaban de moda los Idol y las bandas de rock, por lo que yo era el "raro de la clase" Yo no tuve las agallas para defenderme de los brabucones. Ya no tenía la misma confianza que antes, ya no podía hacerle frente a tanta burla. Dejé que pasara y que me afectara.

Sasuke recordaba la primera vez que lo vio. Era un chico tímido, sin personalidad, casi como si quisiera pasar desapercibido. Siempre tenía en la mano alguna consola de videojuegos o audífonos en las orejas, intentando huir de todo el mundo. Se juntaba con más gente Otaku del salón. Un tal Shikamaru, amante de Shogi y Chouji, amante de la comida. Ese era el pequeño mundo del rubio, sus dos amigos y sus videojuegos.

Cuando uno tiene trece años quiere agradarle al mundo. Llegas a la etapa donde te interesa el sexo opuesto, donde las amistades se consolidan y eres ya casi un adolecente (Una etapa complicada, cave recalcar). Pues, yo no pase por eso. Nadie me tomaba en cuenta, a las chicas les daba asco y los hombres me molestaban a más no poder. Nunca te conté pero una vez me tiraron el uniforme a la basura, mientras yo estaba en la clase de deportes. Como no me dejaron asistir a las clases con la ropa de educación física, tuve que ponerme ese uniforme todo cochino. Las burlas se intensificaron, claro está. Ya nadie me quería tocar, era como si fuera una bacteria, un virus el cual se debía eliminar.

El pelinegro se sorprendió por lo contado en el diario. Él sabía que nadie lo tomaba en cuenta, pero no sabía que había sufrido tanto acoso en el colegio.

-Con razón era tan tímido-siempre había creído que él era así de nacimiento pero lo cierto es que fue por los crueles niños. Sintió rabia por aquella situación aunque no podía entenderla. Él había sido un niño, que desde pequeño fue admirado por todos. Todo el mundo lo encontraba muy bello, con esa piel nívea, ojos color ónix y el cabello del mismo color. Las chicas se derretían cuando lo veían y los hombres le tenían envidia y admiración por partes iguales. Siempre fue muy popular, incluso los profesores lo tomaban como el alumno preferido.

Ya me había resignado a vivir aquel tormento, lo único que me mantenía a flote eran mis juegos y mangas. Sé que no existen, pero el vínculo que uno crea con ellos es real. Ellos me acompañaron en las épocas más difíciles, ellos fueron lo que me sacaron una sonrisa, una lágrima o una carcajada y me hicieron sentir querido. Pero no todo fue malo, pude conocer a mis mejores amigos. Shikamaru, quien era un otaku al igual que yo, pero él le encantaba el juego de mesa, Shogi. Y Chouji quien adoraba la cocina y cocinar. Nos llevamos bien al instante y así creamos nuestro propio mundo, lejos de aquella realidad dolorosa.

Cuando me gradué de básica, tuve que cambiarme de colegio ya que en el que estaba, no tenía la enseñanza media. Lo bueno que mis amigos me acompañaron a aquella nueva aventura y pude sentirme un poco más seguro, pero nada fue diferente. La gente me seguía molestando pero esta vez era peor, me hicieron la ley del hielo. Nadie quería acercarse a mí, ni tocarme ni si quiera hablarme. Me empecé a pregunta ¿Soy yo el que tiene algo malo? ¿Soy tan repulsivo? ¿De verdad tendré alguna enfermedad contagiosa? Mi autoestima estaba por los suelos, era una odisea levantarme cada día para ir a ese horrendo establecimiento ¿De que servía? Solo sufría.

Hasta que te conocí.

A lo lejos siempre veía tu silueta asomarse por los pasillos, rodeado de chicas que te idolatraban. Lo primero que me llamó la atención de ti, fue la mirada indiferente que tenías ante todo. ¿Cómo era posible que no te gustara la atención? Era lo que siempre había anhelado, ser reconocido por los demás, tener amigos, compañeros de clases que me apoyaran y yo a ellos. Tú lo tenías todo y parecía que nada te importaba. Por alguna extraña razón que hasta hoy día desconozco, te acercaste y me hablaste ¿Por qué harías eso? ¿Por qué hablarías con el germen que soy? Me asuste y salí corriendo. Si te veían conmigo, te iban a empezar a molestar también. No podía dejar que pasara aquello, no te merecías aquel sufrimiento.

El Uchiha recordaba perfectamente ese momento. Él estaba harto de todas esas personas vacías, fingiendo ser agradables para caerle en gracia. Todos se vestían iguales, todos se peinaban igual, hablaban de los mismos temas, salían a las mismas discotecas, hacían las mismas actividades ¿No había nadie original entre esa masa de gente? Y ahí fue que lo vio. Ese chico que dejaba su pelo rebelde suelto, que pasaba jugando en esas extrañas consolas, que no se tomaba el tiempo de arreglar su uniforme como los demás, era diferente al resto.

Un día escuchó una de las conversaciones de ese extraño grupo de amigos. Sasuke había ido a la azotea para refrescarse y huir de todas esas horribles personas. Se sentó en el suelo y apoyo su espalda en un pared del edificio. Pronto escuchó como entraban un grupo de chicos conversando y haciendo ruidos. Entre los presentes, pudo notar esa resplandeciente cabellera rubia que tanto le llamaba la atención. No quería escuchar pero le fue inevitable, no quería volver con su grupo de fans. Pudo oír hablar por primera vez a aquel ojiazul misterioso y su voz era hermosa y melodiosa. Conversaban de alguna serie que habían visto en la tele, pero la comentaba con tanta emoción que hasta ganas le dio de verla. De hecho, ese día llego a su casa y la buscó por internet. Y si, estaba muy interesante.

Decidió hablarle, quería ver si podían llegar a ser amigos pero no esperó aquella respuesta por parte del rubio. Ni si quiera le devolvió el saludo, lo miró con pánico y salió huyendo.

-Así que había sido miedo-dijo mirando la camilla. Podía ver la lenta respiración del rubio.

Después de eso volviste intentar hablarme y yo volvía a huir. Un par de ojos había presenciado la escena y si yo te respondía iba a ser tu fin, además ¿Qué necesidad tenías de hablarme? Años después me dijiste que era porque "Te habías enamorado de mi" Pero jamás creía aquello ¿Cómo te ibas a enamorar tan rápido de mí?

"Y así fue" dijo mentalmente el Uchiha.

Un día me harté y te hable ¿Recuerdas? Pues yo lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

-¿Qué quieres?-te grite exasperado.

-Solo quiero hablarte-

-¿De qué vas a querer hablarme?-

-Pues…-

-Adiós- intenté irme pero tú me atrapaste el brazo.

-Es muy buena la serie que mencionaste el otro día. Me encantó la parte de la montaña, donde pelean con espadas-dijiste apresuradamente. Yo me sorprendí, no podía ser que alguien, aparte de mis amigos, viera ese tipo de series.

-¿Esa del emperador?-

-Si-

-¿Y te gustó?-

-Sí, es muy buena- allí bajé la guaria y por primera vez, le comenté a alguien ajeno a mis amigos algo que me gustaba. Tú me escuchaste todo, sin aburrirte y poner cara de asco. Me pediste mi numero para seguir conversando por LINE pero yo no confiaba en ti ¿Y porque lo haría? Sabía que la gente popular adoraba ser cruel. Era la única forma de ganarse un buen estatus en la escuela.

-Pero me lo diste-

Pero igualmente te lo di ¿Por qué? Te estarás preguntando, pues porque en tus ojos no se reflejaba maldad. Es tonto, ya se. Confiar en alguien por sus ojos, pero también había otra razón. Mi corazón latía como loco ante tu presencia y un leve sonrojo se anidó en mis mejillas. Me hacías sentir emocionado y yo a mis diecisiete años no había experimentado nada similar. Pero no era una mala sensación, para nada. La disfrutaba y quería más, por lo que me arriesgué.