Bueenas. Acá dejo el segundo capítulo, disculpen la demora. Notición: la historia va a tener un capítulo más. Al final decidí dejarlo como un Three-shot porque claramente tengo una importante incapacidad para hacer historias cortas. Pequeño defecto. Me pareció que nuestras hermanas favoritas necesitaban un poquito más de desarrollo, y no quería alargar demasiado este capítulo (ok, igual es larguísimo), así que decidí agregar uno más. En fin, así es la cosa :')
¡Los dejo con la lectura y nos leemos en el último capítulo!
Desde ya, ¡gracias por leer!
Acto II
Anna lo intentó. De verdad intentó incontables veces regresar el labio inferior al superior. Imposible. Desde que Elsa la sentenció al encierro unos segundos atrás, permaneció boquiabierta y con los ojos clavados en la cerradura congelada. Congelada igual que su cerebro. Todas sus vocecitas internas hacían un esfuerzo sobrehumano para descongelarlo; lo movían de un lado a otro, lo empujaban, hasta lo abofeteaban, pero nada parecía funcionar. Típico. Cuando pensó que la situación había mejorado, de la nada ¡PLASH! chapuzón. De vuelta estaba nadando en una laguna inmersa de crisis.
Oh, dios mío. Me dejó encerrada. ¡Me dejó encerrada! ¿Quiere abusar de mí?, ¿es momento de gritar? No, ¡claro que no! Es Elsa, ¡jamás podría hacer eso!
Um... No quiero interrumpir tu crisis, pero eso mismo dijiste cuando estabas segura de que ella jamás te lastimaría. Y, por si no recuerdas lo que pasó, terminaste...
¡Ya sé, ya sé! ¡Pero esta situación es MUY diferente! Ella no es capaz de... ¿O sí? ¡No, imposible! ¡Me niego a creerlo!
¿En vez de entrar en pánico no deberíamos aprovechar la oportunidad? Digo, ya que estamos aquí y tenemos un temita de incomodidad... Ya saben, ahí abajo. Elsa podría atendernos.
¡NO! ¡Esfúmate voz del mal número dos!
Más por un impulso, pues, una mano agarrándola con firmeza de la espalda le recordó que estaba sentada sobre el regazo de su hermana, se obligó a regresar a esos marítimos ojos que desprendían un travieso brillo. Elsa estaba utilizando todas sus herramientas para hacerla caer, incluso la más poderosa: su magnética mirada. Anna debía reconocer que si su intención era desarmarla con ella, estaba teniendo éxito. Le costaba en demasía defenderse ante esos penetrantes ojos. Mientras más los observaba, más se sentía pequeña e indefensa, tal como si estuviese a punto de ser devorada por un hambriento animal. Quería dejar de mirarlos, despegar las pupilas de las suyas con urgencia, pero ¡carajo que le costaba! ¿Cómo podía tener tanto poder en ella? ¿Era Elsa o su magia la que la estaba hipnotizando? Lo que fuera, si no escapaba del hechizo pronto haría algo de lo que se arrepentiría.
Puso las manos en sus hombros, dispuesta a apartarla.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Hizo lo que pudo para que su voz no sonara temblorosa, pero más que nada para que Elsa no notara el entusiasmo que comenzaba a asomarse detrás de ese temblor. A pesar del conflicto interno, por primera vez en mucho tiempo sentía las emociones tan revolucionadas como su estómago, que hacía minutos no dejaba de hervir por los nervios. Adoraba la sensación de vértigo, de peligro. Las aventuras eran lo suyo y ¿a quién iba a engañar? Las había extrañado horrores.
Pero ésta aventura... sí que era muy particular. Sentirse entusiasmada debía ser un efecto colateral del encierro. Sí, eso tenía que ser.
—Encerrarte hasta que aclares la cabeza. —Elsa respondió con tranquilidad, ignorando que su acto tuvo un tinte bastante villano—. Por lo que veo tomará su tiempo, así que nos quedaremos aquí hasta que finalmente te decidas y dejes de entusiasmarme por nada, Anna.
—¡No te entusiasmo! —contestó, percibiendo como su hermana reforzaba el abrazo que la mantenía cautiva, estrechándola contra ella. Reforzó las cadenas. Elsa lo creyó necesario para controlar sus nervios y evitar un posible escape suicida por la ventana. Anna, por otro lado, entendió que si llegaba a revolverse para huir las reforzaría aún más o, peor aún, la acorralaría de otro modo que posiblemente muy lejos estaría de ser adecuado— ¡Solo...! Solo trato de entender qué pasa conmigo.
—¡Bingo! —Elsa alzó una ganadora ceja—. Entonces sí pasa algo.
—Eso no...
—El tema es ¿por dónde pasa, hermanita?
Anna desvió la mirada, sonrojándose. Rogó que Elsa dejara de actuar tan altanera, tal vez así se le destrabaría la lengua.
—Por aquí... ¿quizás? —Elsa puso una mano en su pecho y agrandó los ojos—. Oh, dios. Tu corazón está a mil, ¿estás bien?
A esta altura Anna ya no podía decodificar cuándo su hermana estaba fingiendo y cuándo no. Su inocente expresión la mareaba.
Y enojaba.
Se burla.
Se está burlando para despertarte.
Pero se burla de igual modo.
—¡Claro que no estoy bien! ¡Estoy encerrada! No me gustan... los espacios cerrados. —Se excusó, tratando de no pensar en las suaves caricias que estaba recibiendo en el centro del pecho. Miró hacia atrás. Su otra mano tampoco la dejaba en paz, acariciando lentamente con el pulgar la parte baja de su espalda.
—Que yo recuerde, nunca fuiste claustrofóbica.
—¡Bien! ¡A partir de hoy lo soy!
Elsa soltó una cautivadora risita y la impulsó más a ella por la cintura. Anna bajó la mirada, inquieta, al sentir la suave presión de sus pechos contra los suyos. Tan suave que parecía hecho apropósito.
Lo hizo apropósito.
El propósito de Elsa es tentarme. Quiere que caiga a sus pies.
Pensó, arrugando la frente. Desde que plantó los pies en su habitación tuvo la sensación de que Elsa estaba jugando con ella. Manipulándola. Tirando frases coquetas o subidas de tono, mostrándose sensible en ocasiones y luego retomando su soberbio papel cuando el anterior surtió efecto. Está de más decir que no le agradaba que jugaran con ella, menos la persona en la que creyó confiar ciegamente toda la vida. La sensación de traición volvió. ¿En quién confió todos esos años perdidos?, ¿en una sombra? Si iba a descubrir sus verdaderos sentimientos no quería sentirse obligada a ello. Necesitaba tiempo. Tiempo que su hermana mayor no quería otorgarle debido a puras cuestiones egoístas. Anna, por el contrario, desconocía el egoísmo, al menos tratándose de Elsa. Siempre le tuvo paciencia. Toleró todos sus cambios y la apoyó en sus momentos más difíciles. Ahora era ella la que necesitaba tiempo y paciencia, ¿y Elsa no pensaba dárselo?
Su pecho se cerró. Esta vez no por dolor, sino por ira. Una importante ira contenida. No de ahora, no de días, sino de años. Fuertes años sintiéndose abandonada. Sensación que costó superar y que ahora, resurgida de las cenizas gracias a las malas vibras, se estaba transformando en otra cosa: furia.
Mala hermana.
Traidora.
De acuerdo, es la peor.
Las tres voces en su interior que protagonizaban su crisis por primera vez estuvieron de acuerdo, generándole una instantánea confianza y despertando otra nueva persona. Una fusión de todas las demás. Una que nunca se vio en la necesidad de utilizar porque nadie le había hecho sentir una traición tan grande a sus sentimientos como ella, ni siquiera el corrupto príncipe Hans. Elsa, en la que menos esperó hallar esa traición, resultó ser la elegida para despertar su peor lado. La culpable de que se colocara la máscara de una malévola reina de Arendelle. No iba a darle el gusto de caer ante ella, no ante esa soberbia actitud.
Anna regresó los ojos a ella con una seria expresión. Elsa despegó el labio inferior, sorprendida por esos ojos que desprendían un furioso brillo, y esbozó una alargada sonrisa.
—¿Por qué me miras así?, ¿tan enojada estás? —inquirió, llevando una mano a su mejilla—. Duele, ¿verdad? Descubrir quién eres en realidad.
Lo que duele es que te burles de mí.
—No descubrí nada —contestó Anna, agarrando su mano. La desprendió de su cara y la dejó caer con una filosa mirada que molestó a la mayor—. Y no lo haré si sigues así. Deja de analizarme y abre la maldita puerta. Es una orden.
Elsa se encogió de hombros, dolida por su tono. Anna estaba en lo cierto. Trataba de analizarla, pero tenía un buen motivo para hacerlo. Una certeza clavada en su alma que, testaruda, se negaba a abandonar.
—¿Es una orden directa de la reina o de mi hermana?
—De la reina.
Elsa asintió con las cejas irónicamente alzadas y entrelazó los dedos detrás de su espalda, dispuesta a mantenerla inmóvil.
—Y dígame, su majestad, ¿qué pasará si me niego?
Anna le mantuvo la visión con un severo gesto digno de la realeza y comenzó a elevar una arrogante comisura.
—Te encerraré en el calabozo.
Elsa sintió esas palabras como unos puntiagudos hielos clavándose en su pecho. Estrechó los ojos intentando contener las inmediatas lágrimas que desearon escapar. Quiso desaparecer. Ahí estaba su hermana menor, con una actitud tan fría que pensó que hasta tendría el poder de congelarla. De algún modo lo hizo; le robó el aliento. Y el corazón. Tenía que ser una alucinación, pensó. Anna no era ese tipo de persona cruel. Y si lo estaba siendo... ¿eso significaba que la situación la sobrepasó?, ¿desintegró su adorable personalidad con sus pecaminosos comportamientos? ¿Tenía que detenerse?
¿Es momento de rendirme? Pensé que estaba flaqueando, pero ahora nada parece funcionar. Solo estoy destruyendo nuestra relación.
Pensó Elsa, mordiéndose el borde del labio. Costumbre que adquirió de su hermana menor de tanto observarla hacerlo.
No, ya llegué demasiado lejos como para rendirme. Ya la destruí. Ella aún no lo sabe, ¡pero yo sí se la verdad!
Elsa atrapó su rostro con ambas manos, provocando que Anna dejara escapar un sonido de sorpresa. La máscara se agrietó por la mitad. Juró oírla crujir. Solo bastó una sola acción, un solo roce... para debilitarla. Entendió, entonces, que no tenía mucho tiempo. Debía escapar antes de que terminara de quebrarse, al igual que su convicción.
—No voy a dejarte ir, Anna. Si me llevas al calabozo congelaré todo a mi paso. Arendelle volverá a ser un invierno eterno por tu culpa, y esta vez no te aseguro que todos sobrevivan. Una vez que mi poder se desate por la ira, no podré controlarlo.
Anna permaneció firme, dispuesta a hacerle frente a ese peligroso Avatar que amenazaba con destruir su amado pueblo. Pueblo que Elsa supuestamente también amaba. Tenía que detenerla. La máscara estaba agrietada, sí, pero aún seguía sobre su rostro. Podía utilizarla un poco más. Sin embargo, su interior era otro tema. Se encontraba desorbitado. Sin máscaras, sin ayuda. Dubitativo y sintiéndose un poco temeroso por la rebelde actitud de su hermana mayor. No podían ser ciertas sus palabras, pensaba, y si lo eran tenía que accionar antes de que las llevara a cabo.
Entreabrió los labios para decir algo en su defensa, pero volvió a cerrarlos con la misma rapidez al sentir un cosquilleo en sus mejillas. Deslizó las pupilas hacia el costado. Los dedos de Elsa tiritaban en ellas, inseguros. Como si no pudieran contener el gran peso de su discurso genocida.
De su mentira.
Anna volvió lentamente a sus ojos para hallar la verdad. Un mentiroso brillo alumbraba las pupilas de Elsa, dejándola expuesta.
¿Así que no soy la única encarnando un personaje, eh?
—Pensé que no ibas a obligarme a nada, Elsa. Te contradices, como siempre. —dijo muy diplomáticamente. Si su hermana decidía interpretar el papel de malvada, ella también lo haría. Y mucho mejor.
—No voy a obligarte, solo quiero que pienses un poco.
—¿Pensar? No hay nada que pensar.
No si me obligas a ello.
—¡Lo hay! —Se exasperó—. Piensa, Anna... Piensa bien en nosotras, en nuestro vínculo, nuestros sentimientos y reacciones a lo largo de este tiempo, ¿te parecen normales?
Anna declinó los párpados. En ese peculiar instante no tenía ganas de pensar en ello porque sabía que dentro de esos recuerdos, en efecto, encontraría anormalidades. Darle la razón a su hermana estando enojada no era su idea.
—No tiene sentido esta conver...
—¡Piensa en mí! —exclamó Elsa, sobresaltándola— ¡Solo... reflexiona un poco!
—¿Pensar en ti? —repitió Anna en un iracundo murmullo. La máscara terminó de quebrarse; cayó al vacío, dejando al descubierto a una afligida y enfadada reina. Elsa pronunció las peores palabras que pudo haber dicho— ¡Toda mi vida solo he pensado en ti! —exclamó, impulsándose hacia adelante— ¡Tú eres la única egoísta aquí!
—¿A-Anna?
—¡Déjame respirar una maldita vez en la vida! —Hizo fuerza para desligarse de sus brazos, pero Elsa, obstinada y empezando a desesperarse, volvió a reforzar el agarre.
—¡No! ¡Si te dejo ir ahora todo terminará! ¡Tú no querrás...! —Apretó las mandíbulas, bajando la cabeza. Su voz cayó ahogada debido a la congoja— ¡Tú no querrás saber nada de mí!
Anna levantó las cejas con sarcasmo. Su hermana resultó más infantil de lo que pensó. En otro momento le hubiera causado ternura, pero justo ahora solo le causaba impotencia. Una gran impotencia. ¿No le dijo unos minutos atrás que quería que se quedara a su lado a pesar de todo? ¿Lo alucinó o la memoria de la ex reina se había ido de viaje?
—¿Toda esta escenita es por eso? Idiota... ¡Que esté enojada no significa que te quiera abandonar! ¡Nunca te voy a dejar sola, ¿oíste?! ¡Nunca! ¡Para eso estamos las hermanas, para molestarte toda la vida!
Elsa levantó la cabeza con los ojos bien abiertos. Sus palabras casi le hicieron reír. Era verdad, le había arruinado la vida de algún modo. Despertándole sentimientos inapropiados, generándole más miedo del que tenía hacia ella misma, haciéndola desear cosas prohibidas, robándole el sueño por las noches... Definitivamente seguía arruinándole la vida, y, aunque así fuera, agradecía infinitamente su existencia en ella.
Porque sin ella no era nada.
—Pero ahora mismo necesito tiempo para... entender todo esto —agregó Anna en un murmullo, decidiendo sabiamente calmarse. Escuchó sus propios gritos desde afuera y no le gustó. Supuso que menos le gustaría a su hermana, que ahora mostraba una expresión tan dolida como tímida—. Tiempo que no me estás dando, Elsa, y lo necesito ¿sabes? No es fácil procesar lo que está pasando. Terminemos este acto de una buena vez. Ni a ti ni a mí nos sale bien el papel de malvada.
Elsa declinó el rostro con un tenue rubor. Emboscada, así se sentía. Nunca fue muy buena comprendiendo los sentimientos de los demás debido a que, bueno, seamos honestos, ¡no tuvo para nada vínculos con el exterior en su infancia y adolescencia! ¿Cómo demonios iba a saber tratar con las personas si se la pasó encerrada en su cuarto hablando con ella misma? Los años finalmente fuera de él ayudaron a volverse más sociable, pero sus vínculos se limitaban a: su adorable hermana -que estaba un poco loca-, su primate esposo, Olaf y un reno. ¡Un reno! No quería justificarse, pero realmente le parecía incoherente que pudiera comprender de la noche a la mañana una personalidad tan enredada como la de Anna. Sí, enredada. Tenía fuertes fundamentos para argumentar aquello; uno en especial. Luego de un tiempo de convivencia empezó a notar algunos detalles de su hermana menor que le resultaron imposibles de ignorar. Uno, por ejemplo, era ciertamente curioso: Anna escucha voces en su cabeza. ¡Voces! La vio hablando sola en varias ocasiones. Más allá de la ternura que le generaba verla sí, ¿tenía que entender a todas sus personalidades?, ¿cautivar a cada una de ellas? ¿Cómo hacerlo si apenas podía entender a la Anna que tenía enfrente? Sonaba difícil, ¿verdad? Sí que lo era. Por eso, como última opción decidió que solo quedaba accionar. Esa era la única estrategia en sus manos. Accionando quizás se daría cuenta de los sentimientos de su hermana. No obstante y para su mala suerte, se encontró con un laberinto peor del que ya era, y, no hallando la salida, entró en pánico. La encadenó con tal de no dejarla ir. Si pensaba detenidamente en eso, la respuesta al porqué Anna se encontraba tan enfadada era obvia: por su egoísmo. Sí, fue egoísta al obligarla a pensar en sus sentimientos.
Pero aún así, aún sabiendo eso y considerándose culpable...
—Dijiste que ibas a encerrarme en un calabozo... Eso dolió.
Anna suspiró.
—Perdóname, estoy un poco... fuera de mí. Obviamente no pienso encerrarte, tonta. Pensé que me ibas a dejar ir diciendo eso. —respondió, llevando la mano a su cabeza. La acarició tiernamente, provocando que parte de los pesares de la mayor se extinguieran, pero no todos.
Elsa inclinó la cabeza cual cachorro, dejándose mimar, y dibujó una lamentable sonrisa.
—Sí, soy una tonta. De eso no hay duda.
—Els...
—¿Ahora lo ves, Anna? —dijo, levantando el rostro. Anna se sonrojó por la preciosa pero melancólica mirada que poseía—. Tú eres la única que puede lastimarme. Quebrarme así... —Se tapó la boca, avergonzada—. Odio depender tanto de ti.
Anna sonrió de soslayo y pasó las caricias a su mejilla.
—Dímelo a mí... Siempre dependí de ti. Hoy puedo asegurarlo, pero... aún no puedo asegurar lo que siento por ti.
Esas palabras retumbaron en la habitación, pero no fueron respondidas. Se quedaron en silencio. Anna observando su decaído semblante y Elsa meditando sus acciones pasadas. Reproducirlas en su cabeza le daba vergüenza. Se había superado a sí misma en términos de estupidez. No merecía la consideración de Anna. Menos el título de diosa, todavía actuaba como una patética humana. Pensó tener buenas razones para actuar así, incluso cuando una sabia voz en su mente le advirtió que mantuviera la calma. No le hizo caso. Se convenció de que en algún lugar escondido del corazón de Anna ella la amaba del mismo modo. Cayó en una trampa gracias a sus actitudes protectoras, las excesivas muestras de cariño que le parecían exageradas tanto a ella como a cualquier otra persona, y muchas más cosas que le revolvieron el cerebro. No parecemos hermanas, pensó alguna vez. Esto es… mucho más que una hermandad. Se equivocó. Estaba tan desesperada... Anhelaba tanto que su hermana menor viera la vida como ella ahora la estaba viendo, que se dejó llevar por sus erróneos instintos. Tenía que aceptar la verdad, y esa era tan dura como el nudo en su garganta: no podía obligarla a amarla. Y si eso significaba aceptar la derrota, lo haría.
Por su bien haría lo que fuera.
Elsa bufó y con mucha resistencia desenredó los brazos de su cintura. Anna se observó liberada y volvió a sus ojos, solo para no encontrarlos. Su hermana no quería mirarla. Si lo hacía la sabiduría se extinguiría, dando paso nuevamente al egoísmo. Se limitó a apartarse y reposar las manos detrás del cuerpo, como si no pudiera sostenerlo gracias al pesar. Quedó con la cabeza gacha. Rendida, apenada y muy, muy desdichada.
Y con esa desdicha carcomiéndola, pronunció las únicas palabras que podrían definir al verdadero amor.
—Te libero, Anna.
La nombrada abrió los ojos de par en par.
—Nunca quise obligarte a nada, perdóname si te hice sentir así. Estaba tan desesperada por ser correspondida que no pensé en tus sentimientos. —Pasó la vista a la cerradura con tristeza y en un parpadeo la descongeló—. Eres libre de irte y seguir con tu vida. Espero que algún día puedas perdonarme.
Anna contempló la puerta con la garganta cerrada. Tragó saliva, tratando de reabrirla. Mostrar su lado dictador funcionó. Al fin era libre. Sin embargo, ahora no quería irse. No dejando a su hermana tan triste. No sintiendo ese vacío existencial en el centro del pecho y la sensación de que si traspasaba esa puerta cometería el peor error de su vida.
Histérica.
Cállate.
Eres peor que ella.
No quería aceptarlo, pero tal vez las vocecitas tenían razón. Tal vez nunca quiso irse. Simplemente se sintió demasiado acorralada para su gusto. Usualmente ella era la exaltada, la que obligaba a su hermana a cumplir sus infantiles caprichos. ¿Y ahora? ¿Los roles se habían invertido? ¿En qué momento? ¿Cómo...? Tenía que reflexionar y no había mucho tiempo, así que... pensemos: ¿Qué hubiera pasado si Elsa no la hubiera encadenado por la espalda?, ¿si no la hubiera amenazado con encerrarla? Anna se encontraba encima de ella minutos atrás y, aunque sonara extraño, no estaba tan incómoda. ¿Por qué? Porque ella tenía el control.
¡Ajá! Dominatrix resultaste.
¡No es eso!
¿O sí? ¿Y si solo necesitaba eso?, ¿un poco de confianza hasta descubrir sus verdaderos sentimientos? Sentirse de la realeza, tener el poder. No ser la acorralada sino la que acorrale. De esa forma podía pensar mejor. No era presa de nadie, ni siquiera de ella misma y sus enredadas emociones. De esa forma no se sentía débil. Y, en el mientras tanto, podía averiguar qué tan lejos era capaz de sentir.
Y llegar.
Esa reflexión le despejó un poco la cabeza. De repente se encontró nadando hacia la superficie de esa pesada laguna en la que estaba hundida. Solo un poco más. Un poco más y lograría respirar, pero para eso necesitaba...
—¿No vas a irte? —La voz de Elsa la sacó de sus pensamientos. Anna regresó a esos profundos ojos que estaban clavados en la sábana dispuestos a no caer en los suyos. Si Elsa la observaba se desplomaría. Anna lo sabía y aquello le generó una inmensa satisfacción. A esta altura era innegable que tenía a una diosa a sus pies. Realmente a una diosa. ¿Era merecedor de ello? Una simple mortal siendo adorada por un Avatar...
La confianza volvió.
—Elsa, ¿tus sentimientos son reales?
Elsa levantó la mirada, desentendida. ¿No lo dejó bien claro? ¿En qué mundo loco estaba navegando su hermana como para olvidar la importante confesión que le regaló?
—¿Malgasté mis dedos por nada? —preguntó Elsa.
—¿Huh?
—Escribiendo la carta. ¿La trajiste, no? —Señaló el bolsillo de su bata, donde se asomaba el papel, e hizo un ademán con el mentón—. Léemela.
Anna palideció. Imposible leer tales barbaridades sin trabarse en el medio. Su cerebro en sí ya se estaba trabando al recordar un párrafo específico: donde recitaba que se estaba masturbando observándola.
Se aclaró la garganta, obligándose a borrar la inmediata imagen que apareció en su mente de una Elsa en ese... peculiar momento.
—... Sabes a lo que me refiero. —le dijo en un reproche. Elsa bufó.
—Por supuesto que son reales, Anna.
—Entonces, ¿qué conllevan esos sentimientos? Qué... ¿Qué quieres hacer conmigo?
—¿Es en serio? —Arqueó una ceja— ¿La leíste o no?
—¡Lo hice! Bueno, gritando en el medio, ¡pero lo hice! Por algo estoy acá, pero no estoy segura de haber enten...
—Anna..., quiero todo de ti. —Elsa levantó el brazo y extendió la mano hacia ella en una invitación—. Tu aroma en mi cuerpo, tu piel sobre mí, pero más que nada... tu corazón.
Anna se sonrojó y miró su mano. Esa invitación le estaba resultando muy tentadora cuando no debía serlo. Contempló sus ojos, solo para querer escapar de ellos. Temía que la convencieran de terminar sobre ella. Y temió bien. No pudo huir de esas hipnotizantes pupilas. El magnetismo volvió, y en esta ocasión no tenía ganas de salir de ese magnífico hechizo. Le hacía sentir bien, querida. Adorada.
—Mi corazón siempre lo has tenido, Els.
—Sí, pero tu cuerpo... Eso es algo que no he tenido el placer de probar, y, por lo que veo, jamás lo tendré. —respondió, acariciando su mejilla con una nostálgica sonrisa. Anna atajó su mano y esta vez no la dejó caer. Con solo sentir su piel era capaz de percibir su pesar—. Pero entiendo que sea así. Es lo correcto en tu mundo.
Sí, ya no hay nada que decir, Anna. Si no despiertas ahora, nunca lo harás.
Pensó Elsa, decaída. Anna continuó observándola en silencio y pensativa. Extrañamente sus pensamientos naufragaban muy cerca de los de su hermana.
Si no pruebo ahora... nunca sabré lo que siento. Elsa seguirá sufriendo y yo también. Todo depende de mí. Aunque... Aunque engañe a Kristoff de nuevo por esto, tengo que hacerlo.
¿Eres capaz de acercarte a ella? Eso definirá lo que sientes. Tus peores temores.
Lo sé.
¿Eres capaz de dejar que te toque?
Quizás.
Entonces, tú lo dijiste. Tienes que hacer la prueba. Al menos una pequeñita, y no me refiero a un inocente beso.
Esa última vocecita, que sonaba picarona comparada con la otra, era la última que se había despertado luego de un largo sueño. Una más osada y que admiraba a su hermana mayor. La creía indiscutiblemente preciosa y atrayente. Provocó que varias veces se congelara al observarla desnuda, o que directamente perdiera la voz al tenerla demasiado cerca de sus labios. Tenía una admiración tan grande por ella que en algún momento Anna la hizo desaparecer al creerla exagerada y algo sofocante. Y extraña. Pero ahora había vuelto, y más chillona que nunca. No veía ningún modo de volver a encerrarla en su subconsciente y, siendo sinceros, no tenía la fuerza para hacerlo.
Afinó la visión en los declinados ojos de su hermana mayor y comenzó a bajar esa delicada mano que sostenía su rostro. La arrastró por su torso con la impactada mirada de Elsa de fondo y finalmente la estacionó en uno de sus pechos. Elsa se tensó; Anna más.
¿Se siente extraño?
Sí, pero... no tanto como creí.
¿Crees poder seguir? Elsa te está mirando.
Anna miró los impresionados ojos de su hermana y dibujó una suave sonrisa. En un lento movimiento gateó hasta ella y volvió a acomodarse sobre sus piernas. Elsa bajó las pupilas tragando pesado, contempló su mano secuestrada y regresó a sus ojos.
—¿Anna? ¿Qué estás...?
—Tócame... —musitó cerca de sus labios—. Quiero comprobar algo.
Elsa ahogó un grito. Un emocionado grito. Por los nervios, inmediatas escarchas de hielo recubrieron el techo como si fueran garras trepando por él. Anna escuchó aquel crujir y elevó la vista con una ceja alzada. Contuvo una risita al ver todo el techo congelado.
—Si te pone nerviosa no tienes que...
—¡N-No! ¡Estoy bien! —Elsa hizo un ansioso ademán con la mano libre, insultándose por dentro. Creía tener el control, pero sin darse cuenta en algún momento Anna lo tomó— ¿Por qué de la nada...? ¿Estás segura de esto?
—Un poco. Solo... quédate quieta. —Anna comenzó a mover aquella temblorosa mano sobre su pecho en circulares movimientos. Su frente se relajó al instante, contrario a su vientre, que se revolucionó de inmediato, endureciéndose, lanzando chispas por doquier.
Elsa la observó con la mandíbula desencajada y el corazón acelerando a una peligrosa velocidad. Podía sentir la suavidad de su pecho a través de la fina bata que llevaba puesta. ¿Debía decir algo? No lo sabía y la verdad no convenía. Temía tartamudear al hacerlo, pero más temía morir de curiosidad con la pregunta que tenía atascada en la garganta. Trepaba por ella, no podía contenerla un segundo más.
Carraspeó, nerviosa.
—¿Estás poniendo a prueba mis habilidades?
—No, mis sentimientos —respondió Anna, detallando como su hermana mayor enrojecía hasta las orejas. Sonrió con ternura al verla. Esa era su Elsa. La tímida Elsa que conocía— ¿Vas a moverte o tendré que hacer todo el trabajo yo? ¿Qué pasó con la osada persona de la carta?
Elsa frunció el entrecejo, desafiante. Esa osada persona era mucho más fácil de llamar cuando no se encontraba tocando a su hermana de una forma tan... pervertida. No obstante, que quería ser llamada, quería. En realidad nunca se fue; estaba allí. Asomándose por encima de su juicio, deseando tomar el control con una macabra sonrisa adornándola. Si Anna continuaba provocándola poco tardaría en tomarlo.
Corrección: ya lo estaba tomando.
—Está aquí, pero no sé si te gustará sentirla. No sé si me gustará a mí... perder el control.
—Solo quiero un poco de ella, una pizca... para entenderme.
—Esa pizca que pides... —Empezó a decir Elsa en un áspero murmullo, sin quitar los ojos de sus pechos. No quería mostrarse tan básica, pero le estaba resultando una rigurosa tarea apartar la mirada. Veía nublado—... no podré dártela. Es el paquete completo o nada, Anna.
—¿Por qué tan exigente, hermana?
—Porque... —Cerró la mano en su pecho y comenzó a acariciarlo lentamente, generando que Anna entrecerrase un ojo—. Estoy en mi límite.
Anna se mordió el labio un poco arrepentida. De acuerdo, ¡bastante arrepentida! Su valentía se esfumó así de rápido como llegó. Ésta surgió al verla vulnerable, creyó que iba a poder controlarla. Error. Los ojos de Elsa en absoluto se mostraban vulnerables. Si lo hicieron en algún momento, mintieron. Un oscuro brillo comenzaba a adueñarse de ellos. Mala señal. Debió recordar en ese preciso instante en el que decidió averiguar sus enredados sentimientos que Elsa ya no era la misma. O que, para ser más precisos, por primera vez estaba frente a la verdadera Elsa: una atrevida Diosa que la deseaba como nunca nadie la había deseado. Suficiente razón para acobardarse y querer huir con la cola entre las patas.
No tengas miedo, ella no es capaz de dañarte.
Solo te dará un inmeeenso placer. Uno que vienes deseando hace años, a todo esto.
¡Cállense! ¡Déjenme pensar!
No hay nada que pensar. Ya la provocaste, ahora no hay vuelta atrás. Hazte cargo de tus acciones.
Esa maldita voz era la más exigente de todas. La detestó, pues, no había nada que le gustara más a la reina que evadir responsabilidades.
Anna miró la hambrienta mirada de su hermana mayor, que no se reprochaba el continuar inmiscuida en sus pechos. Literalmente solo tenía ojos para ellos.
—Tu corazón está más acelerado que antes —dijo de pronto Elsa, sobresaltándola. Anna pensó que su voz estaba sonando un poco... ronca y algo vacía. Como si en realidad no estuviera allí—. Ya me está preocupando... ¿Debería echar un vistazo?
Sabía bien lo que significaba aquello. Elsa estaba a punto de desnudarla, y no, no con la mirada. De eso ya se había encargado.
—N-No sé si es una buena idea. Es decir, yo lo siento normal... ¿No es normal? —respondió torpes palabras que ni pensó.
Elsa no pudo evitar dibujar una coqueta sonrisa al verla nerviosa. Su hermanita era tan dulce que apenas podía soportarlo. No quería soportarlo. No lo haría. ¿Cómo hacerlo? ¿Había algo más dulce que Anna haciéndose la temeraria para llevar las riendas? Todo para cagarla literalmente a los diez segundos. Ah... claro que no. No había nada más dulce que su linda hermanita.
Y por culpa de esa extrema dulzura Elsa perdió la paciencia.
Su autocontrol se fue por la puerta de atrás y sin siquiera saludar. No lo extrañó. Sabía lo que Anna quería, y ella podía dárselo a la perfección: una prueba. Una rigurosa prueba que demostrara qué tan lejos podía llegar. Anna le estaba dando otra oportunidad. En silencio y sin admitirlo realmente, pero lo estaba haciendo. No la desaprovecharía. Si la solución era llevarla al límite, lo haría.
—Deberíamos asegurarnos ¿no crees? Para evitar accidentes —retomó Elsa, llevando las manos a sus hombros y acercando el rostro. Anna se paralizó cuando empezó a bajar su bata lentamente por los brazos, dejándole un rastro de cosquillas debajo de la piel. Elsa elevó los ojos en el camino y miró los titubeantes de la reina, quien parecía haber perdido la capacidad del habla—. Solo una pizca... trataré. —musitó, sujetando su mejilla. Acortó la distancia y sin avisar besó sus labios. Anna ahogó un jadeo en su boca mientras Elsa comenzaba un suave juego de lenguas, entrelazándolas acompasadamente, abriendo su bata con una cuidada lentitud en el acto.
Anna, presa de sus besos, se alertó cuando aquellas traviesas manos la abrieron por completo, generando que sus pechos rebotaran en libertad. Una fresquita sensación en el aire despertó a sus pezones, reafirmando su desnudes. Desnudes que, si no se equivocaba, Elsa quería explorar con más urgencia de la que creía.
Espera. ¿Explo...? ¡¿Explo-qué?!
Entró en pánico. Quiso huir. Tirar la puerta abajo. Lo que fuera para escapar de sus garras. Más tarde, cuando pudiera respirar, le recordaría a Elsa que tenía un concepto bastante erróneo de "una pizca".
Reláajate. Todo estará bien, confía en ella.
Mientras Anna trataba de superar su crisis existencial, Elsa rompió el beso, dispuesta a no perderse el panorama que consiguió. Declinó los párpados, sintiéndolos pesados, al ver esos perfectos y redondos pechos saludándola. Ya la había visto desnuda. Cosas de la convivencia. Anteriormente, cuando vivía en el castillo, no faltaba ocasión en la que Anna apareciera a medio vestir en su habitación para dormir con ella -o no dejarla dormir gracias a sus ronquidos-. Elsa tenía que contenerse de tal modo en esos momentos que sus manos podrían hablar de ello por sí solas de tanto que las fruncía, clavándose las uñas en las palmas, para controlar sus inadecuados impulsos. Sí, a su hermana no le molestaba pasearse desnuda frente a su persona porque creía que se encontraba a salvo. Inocente. Ilusa total. Sin embargo, esa desnudes que en ese instante tenía enfrente, ese cuadro perfecto... ahora se sentía diferente. Como si fuera nuevo, íntimo. Como si la hermandad se hubiera desintegrado, dejando solo a la vista a una preciosa mujer que deseaba devorar.
Se humedeció los labios detallando como pequeñas pecas decoraban su pecho, que se expandía y cerraba velozmente por los nervios. Pecas que adoró y se moría por probar.
—Anna... —Elsa empezó a bajar por su cuello en un recorrido de castos besos. Anna ladeó el rostro apretando los párpados y aún debatiéndose si hacerle caso a la picarona vocecita o simplemente detener aquella locura. Ella misma la inició, por ende, tenía el derecho de detenerla ¿verdad?
—Elsa, espera...
El Avatar hizo caso omiso. Con la mente adormecida continuó explorando su cuello, deslizando la lengua por él, trazando un inevitable camino hacia un lugar mucho más sensible. Se aferró con fuerza a su cintura, como si así pudiera contenerse, e inclinó el rostro hacia sus pechos. Anna respiró hondo cuando apoyó la oreja en el medio de ellos y cerró apaciblemente los ojos.
—Sí..., tu corazón está desenfrenado. Está bien, es normal. No hay nada de qué preocuparse. Pero... por las dudas debería examinarlo un poco más.
Anna bajó la mirada, infartada, justo para notar el momento exacto en el que su hermana presionaba los labios sobre la esponjosa piel encima de su rosada sensibilidad. Una inevitable descarga eléctrica la atacó al sentirla. Se mordió el labio, avergonzada, al vislumbrar como su pezón comenzaba a endurecerse por sentirla tan cerca. Elsa no pasó desapercibido ese "pequeño" detalle. Lo observó con unas ganas insaciables que Anna vio a través de sus ojos. Pensó que los nervios no podían crecer más, pero allí estaban, torturándola, quemándole el estómago y la entrepierna. Tenía que detenerla antes de que perdiera el control.
—E-Elsa, espera. Esto no es una pizca... para nada.
—Deja de jugar conmigo, Anna. —Elsa reprochó con una voz tan vacía como se encontraba su cerebro. Con la impotencia al mando dándole valentía, giró el rostro entre sus pechos y Anna se sobresaltó cuando mordisqueó suavemente uno de sus erectos pezones. La atacada atrapó su cabeza en un impulso. Allí quedó, congelada y aferrándose a su rubio cabello como si fuera a caer por soltarlo— ¿Por qué pedirme algo imposible?, ¿solo para que pierda el control? ¿Eso quieres ver? ¿Eso te hará entenderte? —preguntó, para luego entreabrir los labios y asomar la punta de la lengua. La dejó a escasos centímetros de su pezón, haciéndole rogar por dentro que prosiguiera—. Eres cruel, hermanita.
Tú eres la cruel.
Anna reforzó el agarre en su cabello con la respiración entrecortándose. Sintiéndose poco contenida por ese solo agarre, se sostuvo de su hombro para evitar caer. La ansiedad comenzaba a dominarla, poniendo un peso de más al cuerpo. Era incapaz de asimilar la situación actual que extrañamente estaba permitiendo. Sabía que era incorrecto que Elsa se encontrara... bueno, sobre sus debilidades, pero otro lado de ella imploraba que siguiera, que por favor esa belleza atendiera más a sus pechos, que cada vez más se mostraban entusiasmados. Unas eléctricas cosquillas se estaban incrustando en ellos y en su vientre. Cosquillas que la mayor captó. Los efectos secundarios de éstas eran notables.
Elsa se alejó unos centímetros conservando una lúgubre sonrisa que no podía borrar y llevó un dedo a uno de sus pezones. Anna cerró la mano en su hombro, nerviosa, cuando empezó a frotar la yema contra él delicadamente.
—Esto también está igual de entusiasmado que tu corazón, Anna. Me pide a gritos ser atendido... ¿Aún necesitas más pruebas?
Sí..., por favor.
¡Ajá!
Abrió los ojos de un tirón.
¡No, no, no, no, no! ¡No pensé eso! ¡No fui yo, fueron ustedes! ¡Nada de esto soy yo!
Nosotras somos tú, idiota. A todo esto, estás loca. ¡Muy loca! Por tu hermana. ¡Bella hermana! Acéptalo de una buena vez. Desde que se reencontraron la viste como algo más, solo no quisiste aceptarlo.
No es así... ¡No es así!
Te resignaste a una vida normal con tu marido ¿verdad? Una vida tan aburrida como el sexo que te da.
Anna tiritó, negándose a creer esa pecaminosa verdad. Su mente estaba a punto de colapsar. Estaba haciendo lo posible para aguantar, pero la carga de las sensaciones, del impensable momento y los latidos descabellados de su corazón le advertían que en cualquier instante iba a estallar. Elsa, por su lado, despegó la mirada de sus pechos con mucho esfuerzo y sonrió de soslayo al hallarla con los ojos tan agrandados como el impacto que sentía.
—Anna, calla esas voces de una vez y céntrate en mí.
Anna tragó saliva y como pudo la miró. Elsa amplió la sonrisa y apretó su pecho, hundiendo los dedos en aquella esponjosa piel. Anna emanó otro sofocado gemido. Su voz quería liberarse, rogarle que deje de torturarla. Sin embargo, no podía dejar en libertad esas palabras. Sería el fin de su vida y el inicio de una nueva que aún no sabía si podría tolerar.
—O-Ojalá pudiera hacerlo. No puedo controlarlas, hoy están más descontroladas que nunca. —Se tapó el rostro, ruborizada—. Como tú, hermana.
Elsa rió por lo bajo y atajó con los dedos uno de sus pezones. Anna pestañeó sobre su palma, acalorada.
—Esto fue tu idea —dijo sin más y soltó su pezón, solo para volver a acercarse peligrosamente a él. Levantó su pecho en el camino, dispuesta a devorarlo—. Si puedes tolerar esto... podrás tolerar lo demás. —musitó, abriendo lentamente la boca. Anna vio esa acción sin verla realmente. Su lengua emigrando, estirándose hacia su pecho... Todo se sentía tan lejano a su normal realidad que pensaba estar en un sueño. Imploró estarlo.
Pero una suave sensación acariciando ese lugar tan sensible le hizo darse cuenta de que para nada estaba soñando.
—¡E-Els...! —Estiró el cuello cuando aquella húmeda lengua se deslizó por su pezón, llevándoselo consigo. Cerró los ojos con la mandíbula colgando. Solo ese mínimo tacto se sintió tan bien... como si siempre lo hubiera deseado. Pero su mente no opinaba igual—. E-Espera.
Elsa no esperó. Comenzó a rodear con la lengua su pezón y, abstraída por el ferviente escenario, cerró los labios sobre él y empezó a succionarlo de un modo tan lento y perfecto que Anna no tuvo remedio que por fin liberar el placer sentido.
—Mh... —Frunció los dedos contra su platinado cabello, mordiéndose el labio. La misma sensación de irrealidad que la asaltó al leer la carta volvió. No se sentía allí. Su mente estaba en blanco, dejándole lugar solo al placer—. Elsa, esto no está... pasando. —murmuró entre agitadas respiraciones, contemplando como su hermana estiraba su piel hacia ella. La soltó de golpe, dejando a su rígida sensibilidad rebotando sobre sus labios.
—Lo está... y está bien —se limitó a responder, abriendo más la boca. La cerró sobre su pecho, no solo cubriendo su pezón sino también gran parte de esa acolchonada piel, y continuó devorándolo emanando roncos jadeos que provocaron que la entrepierna de Anna ardiera inmersa de deseo. Sus caricias se sentían extremadamente bien. Demasiado... para ser su hermana. Sus fríos labios actuaban como un sedante para su acalorada piel, sus jadeos eran música para sus oídos—. Eres tan perfecta... No puedo parar —balbuceó Elsa, llevando la mano a su otro pecho para acariciarlo— ¿Te gusta, Anna? —preguntó, descendiendo la mano por su abdomen. Anna se retorció sobre su cuerpo y negó con la cabeza histéricamente.
—Ja, mentirosa. —Elsa levantó el rostro y atajó su mentón con una soberbia sonrisa—. Te gusta tanto que no puedes evitarlo ¿verdad? En especial aquí... —Arrastró hacia abajo los dedos por su vientre, haciéndole cosquillas, y apretó su intimidad por encima de la bata. Anna apretó los párpados con fuerza— ¿Duele, Anna? ¿Quieres que la atienda por ti?
Sí.
Sus sentimientos más profundos respondieron.
¡No!
Pero su racionalidad se opuso.
—Relájate... —susurró Elsa contra su oído al tiempo que escondía la mano debajo de la bata, encontrándose con su entrepierna. Rodeó su muslo, que hervía por sus caricias, y estacionó dos dedos en su intimidad. El aire de Anna terminó de perder el ritmo por su tacto en ese sensible sector. No podía respirar. Le pesaba el pecho. Intuía que no era solo por esas delicadas caricias que ahora la estaban atendiendo. Su mente no podía soportar más la situación, se estaba quebrando— ¿Te gusta así, Anna? —preguntó, frotando lenta y pausadamente su centro sobre la ropa interior. Anna atajó su muñeca, agitada— ¿O así? —Descendió los dedos hasta su entrada y la presionó, provocando que se sobresaltara. Elsa sonrió al sentir cierta humedad asomándose por la tela— ¿O ambas?
Anna se tapó la boca con el pecho exaltado. Elsa agrandó la sonrisa, transformándola en una atontada. El goce que sentía era inexplicable. Ganó. Anna estaba cayendo ante sus caricias, lo cual solo podía significar una cosa.
—Lo sabía, eres como yo.
Anna parpadeó torpemente en medio de su acto, procesando sus palabras. Lento... Muy lento las procesaba. Poco a poco iban ordenándose en su cabeza, formando una oración que parecía estar en otro idioma. Tenía que traducirla. Y mientras lo hacía su mente se despejaba, volvía a tomar color. Uno negro.
No lo hagas.
No las pienses.
No analices porque sino...
Tarde.
Sus pupilas se achicaron, impresionadas, cuando entendió el significado de aquella filosa y determinante frase.
No soportó más.
La apartó de golpe por los hombros. Elsa se despegó de su intimidad y la observó con el aliento perdido.
—¿Anna?
Anna se tapó los pechos y bajó la cabeza. Su rostro quedó ensombrecido, impidiéndole ver a Elsa lo que más deseaba: los efectos de lo sucedido.
—Cruzamos la línea, Elsa.
La nombrada la miró con pesar y cerró los ojos.
—Sí.
—¿Qué quisiste decir con eso? —La voz de Anna sonaba quebrada, completamente ahogada—. Con que... soy igual que tú.
Elsa se mantuvo en silencio mientras volvía a la realidad. Costoso. Su cuerpo se encontraba al límite; su mente en algún otro lugar muy lejos de su cordura. En su boca aún tenía impregnado el afrodisíaco aroma de su hermana. Sus labios aún sentían la sensación de su piel y las manos no paraban de sudar por los nervios y la ansiedad de volver al acto anterior con urgencia.
—La verdad. —respondió por fin.
Anna apretó las mandíbulas y se abrazó a sí misma. Sus dedos se aferraban con descontrol a los brazos, enrojeciéndolos. No podía creer que se dejó llevar por sus caricias, que las disfrutó y, peor aún, que las anhelaba de nuevo. Ahí estaba la respuesta que estaba buscando, palpitando en su ser. Creyó estar preparada para encontrarla, pero se equivocó terriblemente. Es más, agravó todo. Pasó de la etapa de negación a la desesperación. En lo único que podía pensar era en justificarse, encontrar alguna excusa que le diera sentido a ese maldito sentimiento que estaba resucitando en su corazón. Uno que debió captar hace mucho tiempo atrás y por temor no solo no lo captó, sino que también lo bloqueó.
—¡¿Cuál maldita verdad?! Esto es tan... retorcido.
Decir que esas palabras no le dolieron al Avatar sería mentir. Elsa frunció el entrecejo sintiéndose absolutamente insultada, pero más que nada lastimada. ¿Le estaba diciendo retorcida? Claro que sí, no había otra forma de interpretarlo. Entonces, si así iban a ser las cosas...
—¿Retorcido? No seas hipócrita. Tú eres un monstruo como yo, Anna.
Anna levantó la cabeza y la observó con el rostro tan tenso como su cuerpo.
—¿Qué estás...?
—No puedes juzgarme porque tú también sientes lo mismo que yo. Lo mismo que un monstruo. —respondió Elsa con una seria expresión que escondía un dejo de rabia.
—No lo soy... ¡No lo soy porque tú tampoco lo eres!
Elsa soltó una cínica risita y sacudió la cabeza.
—Lo somos, hermanita.
La menor estaba perdiendo el rumbo. La realidad golpeaba su puerta sonoramente, amenazando con tirarla abajo. Anna la sostenía con el cuerpo, hacía lo posible para no terminar aplastada por ella, pero a nada se encontraba de perder la batalla.
—No... ¡Estás equivocada! ¡Todo lo que pasó es un error! ¡Todo lo que dices es...!
Su hermana mayor levantó la mano, deteniendo aquellas hirientes frases que no necesitaba oír. Continuar lastimándose mutuamente no iba a llevar a nada. Anna se estaba bloqueando de nuevo, por ende, lo único que podía hacer a esa crucial altura era sincerarse para desbloquearla.
—Anna, escucha... Yo también me quise arrancar los pelos cuando descubrí lo que sentía por ti. Yo también me justifiqué de todas las formas posibles para evitar que pasara... esto que pasó. Pero verás... Luego de descubrir quién era yo todo se aclaró, también lo más importante: mis sentimientos por ti. Decidí ser valiente y enfrentarte, ¿tú no lo vas a ser?
La reina declinó el rostro, apenada por su debilidad. Elsa sonrió con dulzura al verla y levantó su mentón delicadamente.
—Si aún te cuesta descubrirte, la pregunta que debes hacerte es simple: ¿quién eres tú, Anna?
Anna estrechó la mirada. Le ardían los ojos. Otra vez estaba a punto de llorar. Llorar porque ya conocía la respuesta a esa pregunta. Durante los besos, caricias y puntiagudas palabras la halló. Ahora sabía bien quién era y quién era capaz de ser si seguía adelante. Confirmó su peor temor; la prueba funcionó. Contrario a lo que le dijo, no sintió repulsión cuando Elsa la besó, ni miedo cuando la tocó. Sí ansiedad, placer y mucha... mucha confusión que tenía un nombre.
Se cubrió el rostro, sollozando. Lágrimas escaparon, resbalándose por sus ruborizadas mejillas.
La vida que conocía había terminado. Su matrimonio, posiblemente, también.
Yo estoy... Quizás yo siempre estuve... enamorada de ella.
Esperó respuestas por parte de sus queridas vocecitas. Una ayuda, algo. Pero esta vez lo único que consiguió fue un tétrico silencio. Las voces se callaron, dándole espacio. Darse cuenta de tal impactante verdad no era fácil, Anna tenía que procesarlo por sí sola. Se retiraron en paz. El trabajo estaba hecho.
Elsa observó sus hombros temblando por el llanto y la angustia no tardó en carcomerla.
—Anna, sé que es difícil de...
—No sabes nada. —la cortó entre gimoteos. Elsa descendió los ojos, apenada, y puso una mano en su hombro en un vago consuelo.
—Veo que acabo de... arruinar tu vida. —Sonrió con tristeza—. No era mi intención arruinarla. La verdad no pensaba que fueras a corresponderme. Debí quedarme callada, no debí escribir la carta. No debí hacer nada. Lo sé. Pero... a pesar de saber eso aquí estoy, arruinándote. Lo siento tanto, Anna.
—No pareces sentirlo... Ganaste. Ahora soy un desastre gracias a ti.
Elsa suspiró agotada mentalmente. Sus próximas palabras no serían un consuelo, más sí una revelación. Anna se merecía la verdad luego de hacerle pasar por tal calvario. La única que dejó oculta por miedo a ser aún más rechazada.
—No creo que esto ayude, pero la única excusa que tengo para justificar lo que hice es que desde hace tres años escucho una molesta voz en mi mente que finalmente me trajo a este momento. Luché contra ella mucho tiempo para protegerte de mí. Esta vez no la pude detener.
Anna se secó las lágrimas y la miró con fragilidad. Elsa acarició su mejilla con ternura, limpiando el rastro de lágrimas que quedaban.
—Esa voz... Esa esperanza me decía constantemente que tú ibas a despertar si yo... algún día me alejaba.
Anna parpadeó, sin entender.
—Espera... ¿Qué estás diciendo?
—Sabes bien lo que estoy diciendo.
Esa noche estaba resultando ser una caja de sorpresas para la reina. Sin tesoros, sin diamantes, a los que tanto estaba acostumbrada, pero sí con oscuras revelaciones. Si lo que pensaba era cierto, su querida hermana mayor realmente había cruzado una línea en más de un sentido. Y ese sentido era mucho peor que el que ya le demostró. ¿Se fue del castillo solo para ponerla a prueba?
¿Elsa planeó todo esto?
El rostro de Anna empezó a desfigurarse de un modo tan notorio e iracundo que el Avatar se sintió en la necesidad de evitarlo.
¿Planeó esta maldita tortura?
Pensó, yéndose hacia atrás a la defensiva. Aquel enojo olvidado volvía a tomar su lugar y más intenso que nunca. Elsa contempló cómo se alejaba con el pecho oprimido. Tomó aire, intentando descontracturarlo. Se esperaba esa reacción y también la próxima.
—Extráñame, ódiame... —continuó Elsa, sentándose en el borde de la cama—. Ódiame lo suficiente para darte cuenta de que estás enamorada de mí. —Delineó una lamentable sonrisa—. Que no puedes vivir sin mí. Esa es otra de las muchas razones por las que me fui, además de que ya estaba perdiendo el control. Pensé que la lejanía te haría abrir los ojos tanto como me los terminó de abrir a mí.
Anna plegó los dedos contra las sábanas con la bronca en aumento. Su hermana había jugado de más. ¿Acaso su vida era una partida de ajedrez? ¿Quién demonios se creía que era para dominar así a sus emociones?
—Eso pensé. Así que esperé. Esperé y esperé a que aparecieras en mi puerta gritándome que ya no soportabas vivir sin mí —dijo, cruzándose de piernas. Apoyó el mentón en su mano y bufó—. Como ves, no apareciste. Al contrario, te casaste y me dejaste atrás. Fui una ilusa al pensar que te comportarías como cuando eras pequeña.
Anna la escuchaba en un colérico silencio que poco más iba a aguantar atascado en la garganta. Iba a estallar.
—Por obvias razones me resigné. Continué viajando, tratando de olvidarte y a veces de recordarte. ¿Por qué el masoquismo? Te preguntarás. —Giró el rostro hacia ella con una pequeña sonrisa—. Porque es más difícil vivir sin tu recuerdo que con él, Anna. Me siento vacía si no pienso en ti.
Anna relajó un poco la frente. Solo un poco. El enojo seguía al mando, impidiéndole compadecerse de ella.
—Pero por culpa de querer recordarte terminé aquí hoy. No aguanté más. Quería verte. Hacía dos meses que no te veía y se me estaba haciendo insoportable tu falta. —Desvió la mirada, sonrojándose—. Solo vine a verte, lo juro. No había dobles intenciones.
—¿Pero? —inquirió Anna con un tono tan tajante que los escalofríos no se compadecieron de su hermana mayor.
—Pero... entonces te vi con él y toqué fondo. —Elsa bajó el rostro chocando los dientes. El solo recordar la imagen de su hermana teniendo relaciones con su marido le hacía querer congelar todo a su paso. La calma que pudo sostener durante un tiempo finalmente se disipó— ¡No soporté verte con él! ¡No soporté ocultar más lo que siento! —Regresó los ojos a ella. Anna se sorprendió por la mezcla de furia y dolor que desprendían sus pupilas— ¡Tú eres mía! ¡Solo mía! ¡Solo...! —Lágrimas escaparon de sus ojos. Se cubrió la frente, sollozando—. Solo mía... pensaba. Y si eres mía y sé... Muy dentro de mí sé que me amas de la misma manera que yo a ti, ¿por qué lo elegiste a él? ¿Por qué...? ¡¿Por qué no fui yo la elegida?! —exclamó, aferrándose el pecho. Anna desvió la mirada y se acomodó mejor la bata sintiéndose incómoda—. Porque soy tu hermana, lo sé. Serlo es lo que todo este tiempo mantuvo encerrado éste maldito sentimiento que tengo. —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, tratando de parar el llanto. Odiaba quebrarse frente a ella—. Pero como te dije antes, no hace mucho entendí que ya no podía mantenerlo encerrado. Iba a escapar en cualquier instante. Si no te lo decía hoy, sería mañana. Si no te lo decía mañana, sería pasado. Anna, tarde o temprano te hubiera dicho mis sentimientos porque no podía ocultarlos más.
Anna se mantuvo con la vista pegada a la pared, inexpresiva. Cuánto amor, pensó. Cuánta devoción. Cuántos años sufriendo en silencio. ¿El problema? Nunca notó ese peculiar amor, tal vez hacerlo le hubiera ahorrado la presente crisis. Se declaró inocente. Anna era distraída, sí, pero jamás lo era con su hermana mayor. Estaba atenta de todos y cada uno de sus movimientos, por ende, si Elsa hubiera tenido algún comportamiento extraño durante su convivencia hubiera sido la primera en notarlo. Ahí radicaba el problema. No hubo nada extraño, excepto la constante apatía de Elsa para con ella. Elsa jamás fue del tipo cariñoso, sino más bien del tipo... ¿aburrido? Sí, aburrido y solitario. Anna casi tenía que obligarla a corresponderle sus abrazos, o incluso empujarla a devolverle un simple "te quiero" al decírselo primero. Pocas fueron las veces que a su hermana le nació ser cariñosa por sí sola. Y esas veces fueron en situaciones críticas o, en su defecto, en sus cumpleaños. No había manera alguna de darse cuenta de sus sentimientos. Sin sospechar, sin pensar de más, estos cayeron como un balde de agua fría sobre su pelirroja cabeza.
Elsa la espió de reojo refregando las manos entre sí con nerviosismo. Anna no hablaba. Milagro. Sus ojos no expresaban nada más que un vacío. Miedo, pavor. Una mala noticia se avecinaba. No esperaba menos. Por mucho tiempo le ocultó sus sentimientos y, para rematarla, la puso a prueba de la peor forma: abandonándola. De pronto se encontró rezando para que al menos su hermandad se salvase.
—Es... ¿Es realmente tan grave que te ame así? —preguntó Elsa en un tímido murmullo— ¿En serio no te lo esperabas? Creí que...
—¿Esperarlo? —Anna emitió una irónica risita— ¿Cómo hacerlo? Tampoco es que me diste muchas señales, Els. —Por fin volvió a mirarla. Su hermana mayor solo notó frialdad en su mirada, pero detrás de ella había un importante dolor camuflado—. La verdad... la única que pareció enamorada todo este tiempo fui yo.
Elsa entreabrió los labios, sorprendida.
—La única que te siguió siempre fui yo. Tú siempre parecías estar un paso adelante de mí, siempre enfocada en algo más... —Arrugó los dedos contra sus piernas. Tanto tiempo callada solo aumentó sus nervios— ¡Siempre había algo más importante que yo!
—¡Eso no es cier..!
—¡¿Cierto?! ¡Claro que lo es! Lo último fue alcanzar tu libertad ¿no? Aún me duelen los pies si recuerdo lo mucho que te seguí por lo preocupada que estaba. ¡Hasta dejé a Kristoff de lado por ti!
Elsa se achicó en el lugar cual niña en penitencia. Anna respiró hondo por la nariz, buscando tranquilizarse. Aquellos pasados recuerdos no eran el verdadero problema.
—Y está bien que decidieras liberarte después de pasar por tanto dolor. Lo entendí, Elsa. Lo único que quería era tu felicidad, por eso no quise molestarte en tu nueva vida —explicó, apartando la mirada—. Admito que me tenté muchas veces de hacerlo. Como sabrás y dejé bastante claro muy patéticamente unos minutos atrás, no me gustó que te fueras.
Elsa despegó los hombros del cuello y la examinó con atención. Se enterneció en demasía por la triste carita que su hermana puso al decir esas últimas palabras. Tenía tantas ganas de abrazarla para contenerla, pero temía recibir una cachetada en lugar de un abrazo. Sabía de antemano que su hermana tenía mano dura. Hans lo comprobó en primera persona.
—Debo admitir que me sorprendió que no te opusieras a que viviera en Northuldra.
—¿Oponerme? Ja, imposible. Era tu deber. Además, parecías tan feliz, tan... libre. Por eso mismo jamás se me pasó por la cabeza que sentías algo por mí. En sí... todavía no puedo creerlo.
—... Hice lo posible para contener esos sentimientos, lo sabes.
—¿Hacer lo posible es igual a ser reacia a mi cariño? —preguntó Anna con una ceja alzada. Elsa agrandó los ojos, para luego declinarlos con arrepentimiento.
—Sí. Era muy difícil para mí... Es muy difícil recibir tu cariño sin querer tocarte de más, Anna —contestó sin mirarla y con un leve rubor.
—Oh... —Anna se aclaró la garganta, incómoda por esa revelación—. Entiendo. Es decir, no por sentirme así, sino por… entender, empatía, ya sabes. Eso.
Elsa sonrió de lado y soltó un pesado suspiro. Si seguía suspirando se acabaría el aire en sus pulmones.
—Anna, es cierto que siempre me sentí diferente y que por eso busqué otro camino, deseé la libertad. Pero es muy probable que me haya obsesionado con ella para no pensar tanto en ti. Por eso cuando por fin logré ser libre mi mente dejó de tener una tarea fija. Tú volviste a ocupar todos mis pensamientos y allí... supe que me vendría abajo en poco tiempo —explicó, poniéndose de pie. Giró el cuerpo hacia ella. Anna la observó desde lo bajo intentando mantenerse firme—. Y sé que no es correcto lo que hice, que fue egoísta y desconsiderado. Pero Anna... también sé muy dentro de mí que tú aún te desconoces. Hoy lo confirmé con mis propios ojos detrás de tu puerta.
Anna por poco y gruñó. El rencor que se disipó por unos minutos, permitiéndole razonar, volvió de un tirón opacando cualquier razonamiento alguno, excepto los negativos. Todo este tiempo estuvo siendo controlada, manipulada por las acciones de Elsa, ¿y ahora se atrevía a jugar con su mente? ¿A enredarla y confundirla más de lo que ya estaba? El Avatar no tenía límites.
—No me mires así, sabes que tengo razón. Analízate un segundo. Desde que nos reencontramos lo único que has hecho es estar muy ocupada enamorándote de otros, tratando de llenar el vacío que yo dejé en ti por rechazarte tantos años. Todo lo que hiciste fue superficial. No puedes negarme eso, no ahora. —Se inclinó y sujetó sus cachetes con los dedos—. Si no hubiera hecho esto, si no me hubiera mostrado así al regresar, ¿al menos te habrías planteado lo que sientes por mí? No, no lo habrías hecho. Ni lo hubieras descubierto. Abre los ojos, Anna. Fui cruel, pero te liberé. Liberé esa parte escondida que tantos años te ha lastimado en silencio.
Anna giró el rostro con el ceño fruncido, escapando de su agarre. Todo empezaba a encajar.
—Lo sabía... Sabía que esa carta solo era una fachada —masculló entre dientes—. No había otro modo ¿verdad? Solo así podías confesarte, mostrándote de otra manera. Porque si te mostraras como la Elsa que conozco... esa carta no existiría.
Elsa entrecerró los párpados, pensativa, y delineó una emboscada sonrisa.
—En efecto. Tardaría años en confesarme porque tartamudearía tanto que jamás te llegaría a decir nada. —Se cruzó de brazos conservando una burlona mueca—. Tampoco es que fue planeado comportarme así. Surgió cuando te vi con Kristoff. Y tampoco es que sea completamente falsa esa nueva persona. Anna, al igual que tú, no soy solo una cosa. Digamos que verte de ese... extraordinario modo me transformó.
—¡Aún así pudiste haber evitado escribir esa maldita carta! ¡Y no me digas esa estupidez de que estabas inspirada! —exclamó Anna, levantándose— ¡No es como si no fueras consciente cuando la hiciste!
—Claro que lo fui, y también fui consciente de las consecuencias por su contenido. Anna, decidí escribirla para que reaccionaras. Una confesión dubitativa no te hubiera despertado, ¡no hubiera provocado siquiera que me besaras! Solo me hubieras tenido lástima. Tenía que ser chocante, tenía que llevarte al límite para que lograras pensar, entenderte y confirmar mi teoría. —Elevó una triunfante comisura—. Tú estás enamorada de mí.
Anna apretó las muelas de tal brusca manera que casi las destruyó. Tal como Elsa dijo, sucedió. La llevó al límite, le hizo pensar de más y recapacitar un tema en el que jamás se hubiese metido si no fuera porque la protagonista de éste era su mismísima hermana, quién antes quiso proteger y ahora solo quería abofetear. Podía tolerar sus sentimientos, podía incluso a aprender a aceptar los suyos propios, pero esa falta de respeto... Transformar su corazón adrede en una ruleta rusa no entraba en sus excepciones. Elsa no merecía su amor, no pidiéndolo de ese incorrecto modo.
—¡Deja de jugar conmigo! —Anna atrapó sus hombros con fuerza— ¡¿Quién mierda te crees que eres para manipularme así?!
—No juego. Todo lo hice por ti. —Elsa sujetó sus mejillas y clavó unos penetrantes ojos en los suyos. Anna casi retrocede por la pizca de locura que huía de ellos— ¡¿Acaso quieres vivir una vida llena de mentiras?! ¡¿Una vida ocultando lo que sientes?! ¿Eso quieres? Eso no es vivir, Anna, es una agonía. Y sé bien lo que es eso. Tenía que romperte para que vieras la verdad, ¡para que entendieras lo nuestro!
—¡No hay nuestro!
—¡Lo hay! ¡Lo sentí! —Reforzó el agarre en sus mejillas mientras Anna liberaba dolidas lágrimas inmersas de impotencia— ¡Lo sentí en cada beso, en cada latido! ¡Anna, entiéndelo! ¡Fuiste tú la que quisiste probar qué tan lejos podías llegar conmigo! ¡¿Qué hay con eso?! ¡¿No te dice nada?! ¡¿Qué tengo que hacer para que puedas despertar de una buena vez?!
Anna cerró los puños con tanta presión que sus nudillos sobresaltaron sobre la piel. Sus gritos la aturdían, y no por el volumen. Su discurso la mareaba. Su mente se desintegraba, colapsaba.
Colapsó.
—¡Alejarte! —exclamó fuera de sí, llevando una mano hacia atrás. Elsa vio en cámara lenta como regresaba hacia adelante y se estampaba en su mejilla, dejándola hirviendo.
Se llevó la mano a la cara con la mirada en blanco. ¿Anna la había... golpeado? ¿Su Anna?
—¡Vuelve a Northuldra! ¡Es una orden! —espetó la reina, para luego dirigirse a grandes zancadas hacia la puerta. La abrió con una importante furia clavada en el pecho y giró el rostro hacia ella una última vez. Elsa la miró aún en blanco— ¡Y ni se te ocurra volver! —La cerró de un portazo, desapareciendo de su vista.
El Avatar se quedó contemplando la puerta con la mandíbula desencajada. Sus manos temblaban, los labios también. Se aferró el pecho, sintiéndolo obstruido. No podía respirar.
¿Qué había hecho?
—Anna... —Se tapó el rostro y cayó de rodillas al suelo. Lo golpeó con el puño, enfurecida, angustiada, queriendo gritar y congelarse a sí misma. La presionó demasiado. Su egoísmo no pudo haber sido mayor. El nivel fue tan grande que provocó lo impensable. La dulce persona que minutos atrás le había dicho que se quedaría a su lado no importase qué, la terminó por rechazar y de la peor forma. La echó del reino—. Anna, yo... —Se clavó las uñas en las mejillas, sollozando. Lágrimas huían por su terrible equivocación; nieve rodeaba la habitación por el dolor—. Perdóname...
Ella... me cerró la puerta.
Pensó, acurrucándose contra el suelo. Entreabrió los ojos contra él. Ardían, quemaban. Pero más quemaba su corazón, que se retorcía exasperado, robándole el aliento.
—No... Yo la cerré.
Y esta vez quizás para siempre.
Continuará.
¡Qué hermosa bienvenida me dieron, gente linda! ¡Mil gracias por leer esta loca historia! El próximo capítulo sí va a ser el último, prometo no alargarlo más jajaja
Paso a responder los comentarios :)
Madh-M: ¡Gracias por leer ameega! Sorry la espera (ahre que lo alargué y vas a tener que volver a esperar jajaja) Prometo publicar más rápido esta vez :') Te voy informando en el camino cómo va la cosa jajaja Gracias por el apoyo y las apasionadas charlas sobre Elsanna. Son necesarias para vivir. ¡Besito!
Guest: ¡Gracias por leer! Bueno, al final son tres capítulos, por si eso te alegra un poco (? jajaja Genial que también leas mi otro fic! Amo LIS con mucha pasión, también es uno de mis juegos favoritos. Ese fic también ya está llegando a su tramo final. ¡Te leo en el próximo capitulo, entonces! ¡besos!
Chat'de'Lune: Essstimada, ¡tanto tiempo! ¿Cómo anda la vida? Espero que bien. Yo acá, como ves, dándote tu dosis de masoquismo jajaja Me alegra que te vaya gustando la historia. Respecto a las de Xena... Solo puedo decir que colgué importantemente jajajaj Todavía tengo que darle un final a "Destino" y además continuar "Madness", pero tuve la gran idea de hacer 56938458 fics en el medio y terminé desviándome del camino. Se me complicó. ¡PERO! la idea es terminar con esas cuentas pendientes. No pongo fecha porque las veces que las puse la cagué, así que solo ofrezco esperanza. Cuando menos lo esperes te va a llegar una notificación informando que finalmente las continué :') En fin, gracias por el apoyo y nos leemos en el último capitulo! ¡Námasteee y un abrazo grande!
gmkmmetal: ¡Gracias por leer! Qué bueno que te gustó la historia! Jamás la voy a abandonar. Puedo tardar en publicar, pero abandonar nunca! jajaj Te leo en el próximo, besos!
OBSIDEANFURY V2: ¡Gracias por leer! Qué alegría que te guste tanto el fic! Espero que este capitulo también te guste. Te leo en el último, besos!
HollieRubin: Awww gracias por leer y por tus lindas palabras :') Elsanna es uno de esos ships que libera mi inspiración al máximo jajaja No puedo evitar escribir algo de ellas cada vez que, justamente, sale algo sobre ellas, así que mil gracias por el apoyo. Te leo en el próximo, ¡besos!
Guest: Finalmente continué, algo tarde pero lo hice jajaja ¡Gracias por leer!
Gabs914: ¡Qué bueno que te gustó la historia y gracias por leer! Espero que este capitulo te guste también. Te leo en el próximo, besos!
Alina: Ahí lo subí! Tarde pero seguro jajaja ¡Gracias por leer!
daniela70306: Gracias por leer y por seguirme! Me alegra que te vaya gustando la historia :) Te leo en el próximo capitulo, entonces! ¡besos!
Roshell101216: ¡Gracias por leer y genial que te vaya gustando la historia! Anna sigue bastante negada respecto al tema, pero bueno, ¿quién no lo estaría ante una situación así? jajaja Decidí darle más espacio a la historia porque todavía quedan algunas cositas por explotar. Te leo en el último capitulo entonces! ¡besos!
darkmoon616: ¡Gracias por leer! Me alegra que te guste la historia :) Te leo en el próximo. Besos!
Srto. Schnee: ¡Gracias por leer! Genial que te guste la historia! Es verdad que no hay muchos fics donde se vea bien el desarrollo de los sentimientos de Anna. Me gustó la idea de ver cómo reaccionaría si se enterara de la nada misma de los sentimientos de Elsa. Ver qué hace y cómo se siente fueron las preguntas que me llevaron a esta loca historia jajaja En fin, te leo en el siguiente capitulo! ¡besos!
La chica del tatuaje: ¡Gracias por leer! Me alegra que te guste la historia! Te leo en el próximo, besos!
Bunny022: ¡Gracias por leer y por apoyar esta historia! :) Tu deseo se hizo realidad, va a tener un capítulo más jajaj Así que te leo en el próximo! besos!
M: ¡Gracias por leer! Genial que te encante :D espero que este capitulo también te guste y nos leemos en el próximo! besos!
Mariana: ¡Gracias por leer! Bueno, va a tener tres jajaja. Sentí que me quedaba corta si lo dejaba en dos capítulos nada más. Una trilogía no suena mal (? jajaja Te leo en el próximo, besos!
