- Vamos, Harry… puedes contarme. – insistió Ilya.
Ella y Harry se encontraban sentados en el patio trasero de la casa de Ilya, disfrutando de la fresca brisa del verano, comiendo unos helados que la señora Sierich les había llevado unos minutos atrás. Era el primer día que podían estar juntos desde la tarde del día anterior al cumpleaños de Dudley. Harry, durante toda aquella tarde, se las había ingeniado para evitar dar una respuesta a esa pregunta.
Durante la salida al zoológico con sus tíos, su primo y el amigo invitado de éste, había ocurrido un extraño incidente. Harry no podía explicar lo ocurrido. Se encontraban en la casa de los reptiles, viendo una serpiente… bueno, Harry se encontraba en el piso tras hablar con la serpiente y ser derribado por su primo… cuando el cristal se había desvanecido. Harry repasaba la escena una y otra vez en su cabeza. Primero había sopesado la posibilidad de que el vidrio se hubiera roto. Pero mientras más pensaba en ello, más se convencía de que no había sido así. Cuando la boa de la exhibición cuyo cristal había desaparecido reptó fuera de su confinamiento, no había ningún trozo de vidrio en ninguna parte. No. En definitiva, el vidrio había desaparecido.
Antes que eso, había ocurrido incluso algo más impactante; Harry le había hablado a la boa, y ésta le había entendido perfectamente y… ¡le había contestado!
Naturalmente, sus tíos habían relacionado aquel incidente con la presencia de Harry, aunque no habían tenido pruebas para culparlo directamente. Hasta que el amigo de Dudley, Piers, había mencionado haber visto a Harry hablando con la serpiente.
Aquello le había valido a Harry el castigo más largo de su vida. Cuando por fin le permitieron salir de su habitación, las vacaciones de verano ya habían comenzado. Ilya había ido a buscarlo en varias ocasiones, antes de que su castigo fuera levantado, pero su tía Petunia le había informado que Harry había tenido un comportamiento muy malo, y que no le permitirían salir a jugar en un buen tiempo.
Obviamente, como Harry se lo había esperado, cuando volvieron a reunirse, Ilya le había preguntado la razón específica de su castigo. No era que Harry no quisiera contarle a Ilya, o que le incomodara la idea de que se riera de lo sucedido; daría todo por tener a alguien con quien hablar del asunto y que le ayudara a entender por fin lo que había pasado. Pero si había algo que temía; que Ilya lo creyera un loco y terminara alejándose de él, como la mayoría de las personas lo hacía.
- Mi tía es muy exagerada; sabes que podría haber limpiado el auto, la casa y encontrar la cura para el resfriado y lo hubiera convertido en algo negativo para usarlo como pretexto para castigarme. – dijo Harry, comiendo de su helado de chocolate. Podía sentir como Ilya lo miraba de reojo. Finalmente, la niña asintió lentamente. Ella comía un helado de menta. - ¿Y a ti cómo te fue ese día? Dijiste que iban a hacer trámites para la secundaria.
- Oh si… - murmuró Ilya, apartando la mirada. – Mis papás quieren que siga estudiando… bastante lejos de aquí, la verdad. ¿Qué hay de ti?
- Mis tíos me enviarán a Stonewall. – respondió Harry. Stonewall era la escuela secundaria de la zona. Como escuela pública, no implicaría ningún gasto de dinero para tío Vernon. La calidad no era la mejor, en términos educacionales, pero a Harry le daba igual. Para él era una esperanza de tener amigos, ya que, por primera vez, no iría al mismo colegio que Dudley, quien tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon; Smelting. De hecho, en ese mismo instante Dudley y tía Petunia se encontraban en Londres comprando el uniforme del colegio. Harry terminó su helado y miró a Ilya, quien aun tenía un poco del suyo. - ¿A qué colegio irás?
Ilya siguió comiendo hasta terminar su helado, evadiendo la mirada de Harry. Cuando terminó, suspiró.
- Schloss Neubeuern. – dijo Ilya, finalmente, con marcado acento. Lógicamente, Ilya hablaba alemán, como sus padres. De hecho, había nacido allá. – Deutschland.
Aquello representó un golpe sorpresa para Harry. No esperaba que fuera a irse del país.
- Oh…, se mudan… - murmuró Harry. Ilya negó.
- No. Mis padres seguirán viviendo aquí, por sus trabajos. – explicó Ilya. – Es un internado, Harry. Estaré viviendo en el colegio y volveré durante las vacaciones.
Harry se sintió aliviado, no era como si no volviera a ver nunca más a Ilya. Claro, sería muy extraño no poder verla todos los días, como los últimos años, pero al menos no era una despedida definitiva.
- ¿Ya está todo listo, entonces?
- Si.
Se quedaron en silencio algunos minutos, mientras la luz de la tarde se desvanecía e iba dando paso a la oscuridad de la noche. Mientras descansaban, tendidos sobre el pasto, Harry lanzaba miradas ocasionales a su amiga. Algo… en el comportamiento de Ilya… en su expresión neutra tan impropia de ella… le llamaba la atención. Era casi…
- ¿Seguiremos siendo amigos? – preguntó, sin darse cuenta. Ilya ladeó la cabeza para mirarlo, con expresión sorprendida.
- Pero… ¡seguro Harry! – exclamó la niña, sentándose de golpe para mirarlo desde arriba. – Solo viviremos lejos el uno del otro, y no podremos vernos más que en vacaciones. Pero podremos escribirnos y hablar por teléfono. Les pediré a mis padres que te inviten cuando vayan a llamar a Alemania, para que conversemos.
Harry sonrió y se sentó también.
- Y todavía nos quedan algunas semanas de vacaciones. – dijo. Ilya asintió. - ¿Cuándo… cuándo debes viajar?
- El avión sale el 1 de septiembre. Mis padres me acompañarán hasta el colegio; coordinaron unos días de sus vacaciones para esas fechas. Te pediría que nos acompañes al aeropuerto, pero… si mis padres viajan también… - Ilya fue silenciándose poco a poco.
- No tendría con quien regresar. Y dudo mucho que mis tíos vayan a ofrecerse a llevarme. – dijo Harry, entendiendo lo que Ilya pensaba.
- Ilya, la comida está lista. – llamó la señora Sierich, sonriente, desde la puerta. - ¿Te quedas a cenar, Harry?
- No, gracias, señora Sierich. – respondió Harry, poniéndose de pie. – Mi tía me pidió que estuviera en casa para la cena hoy.
Ilya lo miró, con una ceja alzada con evidente curiosidad; que su tía le pidiera que estuviera en casa temprano… Harry la miró y rodó los ojos.
- Necesita quien lave los trastos mientras Dudley les ofrece un pequeño desfile de modas con su uniforme nuevo de Smelting después de la cena. – explicó, para que solo Ilya pudiera oír. La niña sonrió, divertida.
- Dios… ¿podrás ver a Dudders modelando? ¿En primera fila? – preguntó Ilya, fingiendo emoción y envidia. – Daría lo que fuera por…
- Pues yo preferiría echarme jugo de limón en los ojos. – interrumpió Harry, negando con la cabeza.
Comenzaron a caminar hacia la casa.
- Pues será mejor que prestes mucha atención, porque mañana quiero una explicación detallada, con actuación incluida, del desfile. – advirtió Ilya, divertida.
Tras quedar con Ilya a dar un paseo al parque al día siguiente, Harry se despidió de los señores Sierich y regresó al Número 4 de Privet Drive para cenar y pasar una muy larga velada aguantando risas hasta el punto de sentir que se le rompían las costillas por el esfuerzo.
Al día siguiente, cuando bajó a desayunar, Harry se encontró con un nauseabundo olor que provenía de la cocina. Al entrar, descubrió que se trataba de su tía Petunia, tiñendo de gris algunos pantalones viejos de Dudley, para que Harry los usara como parte de su uniforme en Stonewall. Sabiendo que lo mejor era no discutir, Harry se sentó a desayunar. Pronto llegaron el tío Vernon y Dudley, que llevaba su bastón de Smelting para todos lados, golpeando las cosas mientras pasaba.
Hasta ese momento era una mañana normal; bastante más apestosa de lo habitual, pero normal a fin y al cabo. Y entonces llegó el correo. Como siempre, Harry terminó interrumpiendo su desayuno para acatar una orden de sus tíos; ir a buscar la correspondencia, en este caso.
Tres cartas habían llegado aquel día. Una postal, una factura y… Harry parpadeó varias veces al notar que el tercer sobre, grueso y paseado, hecho de viejo pergamino amarillento, estaba dirigido a él. Leyó y releyó su nombre como el del destinatario, y la dirección de esa casa. No había error, pero… nadie, jamás, en toda su vida, le había escrito alguna vez. Sus únicos parientes vivos eran los dueños de esa casa. Y su única amiga no requería escribirle para comunicarse con él, al menos de momento. ¿Quién le habría enviado aquella carta?
- ¡Date prisa, chico! – exclamó su tío, desde la cocina. - ¿Qué estás haciendo, comprobando que no haya cartas bomba?
El mismo emitió una risa por su propio chiste, mientras Harry se recuperaba de la sorpresa y se dirigía hacia la cocina. Le entregó a su tío la postal y la factura, y fue a sentarse en su silla, aun con su carta en las manos; aun sin poder creerlo. Apenas estaba comenzando a abrir el sobre cuando su primo gritó.
- ¡Papá! ¡Harry recibió algo! – chilló Dudley.
Harry ni siquiera alcanzó a levantar la vista antes de que su tío le arrebatara la carta de las manos.
- ¡Es mía! – gritó Harry, intentando recuperar la carta.
- ¿Quién iba a escribirte a ti? – preguntó su tío, despectivo. Abrió el sobre y sacó la carta, que estaba escrita sobre un pergamino igual que el sobre. El rostro de tío Vernon pasó tan rápido del color rojo al verde como si de un semáforo se tratara, pasando luego al blanco grisáceo. - ¡Pe… Pe… Petunia!
Dudley trataba de arrebatarle la carta a su padre para leerla, pero éste la mantenía muy por sobre su cabeza. Tía Petunia la cogió y la leyó… y por unos instantes pareció que se desmayaría.
- Vernon… - gimió, horrorizada. - ¡Dios mío… Vernon!
Ante las insistencias de Harry y Dudley por arrebatarles la carta, tío Vernon los sujetó a ambos por el cuello y los arrastró fuera de la cocina, hacia el recibidor, cerrando la puerta para que no volvieran a entrar. Tanto Harry, como su primo, se quedaron escuchando tras la puerta. Sus tíos estaban horrorizados ante la posibilidad de estar siendo espiados, y seguidos, por alguien… También se debatían entre responder a la carta o simplemente dejarlo ahí.
Finalmente, tío Vernon optó por la segunda opción; ignorar a los remitentes de la carta de Harry. El hombre terminó de desayunar y se fue a trabajar, no sin antes de asegurarse de que Harry no podría obtener esa carta; la quemó dentro del fregadero de la cocina.
Harry, quien no pudo terminar su desayuno porque tía Petunia levantó la mesa antes de que pudieran volver a entrar en la cocina, no tuvo más remedio que salir de casa desde temprano. En parte era para ventilar la frustración que sentía, pero también quería alejarse lo más posible de casa antes de que los amigotes de Dudley llegaran y comenzaran con su juego favorito; golpear a Harry.
Enojado como nunca antes, Harry caminó dando fuertes zancadas, sin importarle que los chismosos vecinos se le quedaran viendo, sin notar que de manera inconsciente había tomado la ruta más rápida y directa hacia la casa de Ilya.
Mientras tanto, en el número 21 de Privet Drive, Ilya daba unos últimos repasos a su actuación de aquel día, esperando a que su amigo llegara a buscarla para ir al parque, sentada en la escalera de la entrada de la casa. Ese día se repartían las cartas de Hogwarts para los de primer año. Harry seguramente ya había recibido la suya. Ahora solo tendría que buscar la manera de llevar la conversación hacia aquel evento en particular; como seguramente le habrían informado acerca de la prohibición de revelar la existencia de la magia a los muggles, o gente no mágica, Harry no le diría directamente que era un mago, y que iría a un Colegio de Magia y hechicería… pero Ilya sabría sacarle algo de información acerca de la carta en sí.
Luego, solo tendría que actuar con sospecha… revelar lo mínimo de información al respecto, pero lo suficiente para que Harry notara que ella sabía más de lo que debería. Todo sería cuestión de actuar una sorpresa en desmedida y preguntarle directamente si él iría a Hogwarts como ella, finalmente. Y claro, la inmensa felicidad de averiguar de que su mejor amigo también era un mago, y que irían juntos al mismo colegio, y el arrepentimiento por haberle mentido acerca de ir a estudiar a Alemania ("no podía decirte la verdad; no podemos revelar la existencia de la magia a los muggles"). Irían a darles a los señores Sierich la magnífica noticia ("podríamos ir a comprar los materiales juntos").
Una media sonrisa se formo en los labios de la niña; aquello sería tan sencillo.
A lo lejos, notó la inconfundible silueta de Harry caminando hacia su casa. Pero cuando estaba a menos de una calle de distancia, notó que algo estaba mal. Harry parecía molesto; caminaba con furia y, por decirlo de alguna manera, completamente ensimismado en esa rabia. Ilya se puso de pie y fue a su encuentro, corriendo y denotando preocupación.
- Harry… ¿qué ocurre? – preguntó, deteniéndose frente a su amigo. Aquel estado anímico no era lo que esperaba aquel día.
- Hoy recibí una carta. – contestó Harry, molesto aún. Ilya alzó ambas cejas. – Nunca había recibido una carta en toda mi vida.
- Oh, ya veo. ¿Y qué decía?
- ¡No lo sé! ¡Ese es el problema! – gritó Harry, furioso.
Aquello tomó a Ilya completamente por sorpresa.
- ¿Cómo? – preguntó, con auténtica curiosidad. - ¿Qué pasó?
Y entonces Harry le relató lo sucedido; como sus tíos le habían quitado la carta antes de poder abrir el sobre siquiera, y sin importar cuanto les pidiera y exigiera su regreso, no la habían devuelto. Luego lo habían sacado de la cocina y, al final, su tío había destruido la carta.
Ilya escuchaba con atención, tanto para permitir que su amigo se desahogara como para obtener el máximo de información posible. Lo que más le llamó la atención fueron las frases que Harry había alcanzado a escuchar a través de la puerta de la cocina. Aquello no le gustaba para nada.
- No alcanzaste a leer nada…
- No. – confirmo Harry, suspirando. – Debería haber abierto la carta en el vestíbulo.
Los hombros de Harry bajaron bastante, como su mirada. Ilya ladeó la cabeza y frunció los labios.
- Vamos, Harry… - dijo Ilya, buscando que el chico la mirara. – No es tan malo… Digo, si alguien está interesado en contactarte, seguramente enviarán otra carta si no respondes a esa. Eso creo…
A juzgar por la mirada de Harry, aquella idea no se le había pasado por la mente.
- Es cierto. – dijo el chico. Ilya comenzó a esbozar una sonrisa, y asintió.
- ¿Lo ves? Sólo debes ser paciente… y estar atento para cuando vuelvan a mandarte una carta. – aseguró Ilya. Luego lo miró con curiosidad. - ¿Realmente no tienes idea de quién podría haberte escrito?
Harry negó.
- ¿Quién lo haría? No tengo más familia que mis tíos, y tampoco tengo amigos que quieran escribirme.
Ilya lo miraba, asintiendo lentamente, comprensiva.
- Bueno, yo no tengo que enviarte cartas para hablar contigo. – dijo la niña, mostrando una pequeña sonrisa. Harry la miró y sonrió levemente. – Ven, vamos al parque. Hace un día estupendo. Puedes almorzar en mi casa y esta noche puedes quedarte a cenar; mamá está de vacaciones y prepararemos un kuchen para papá.
Y partieron hacia el parque de la zona. Como era verano, estaba lleno de niños ya a esa hora de la mañana, acompañados por alguno de sus padres, o niñeras. Al poco tiempo de estar paseando, divisaron al grupo de Dudley andando por ahí. Normalmente, Harry se alejaría del lugar, pero estando con Ilya no tenía nada que temer. Dudley tenía órdenes expresas de no molestar a Harry alrededor de su amiga, no vaya a ser que ella le fuera con el chisme a sus padres y que terminaran por prohibirle que se juntara con el muchacho. ¿Adónde quedarían esas tardes tranquilas sin Harry? Se acabarían las oportunidades de cenar en paz sin Harry, o salir sin preocuparse de donde dejarlo.
Fueron hacia lo columpios y eligieron uno al lado del otro. La conversación había sacado el mal humor debido al tema de la carta perdida de la cabeza de Harry, pero estaba lejos de salirse de la mente de Ilya.
- Solo debes ser paciente. – repetía Ilya, columpiándose. – Llegará otra, ya verás.
Oh si, iba a llegar otra. Y otra más. Y las que fueran necesarias hasta que Harry la leyera y supiera la verdad. Si de Ilya dependiera, le diría todo en ese mismo momento. Pero revelar aquello solo expondría su identidad, y todo el trabajo que había hecho durante los pasados 2 años se iría por el retrete.
Pasaron juntos el resto del día; estuvieron en el parque hasta la hora del almuerzo, cuando regresaron a la casa de Ilya para comer con la mamá de ella. Tras almorzar y ayudar con la limpieza de la cocina, salieron al patio a disfrutar de la brisa de la tarde mientras reposaban. A eso de las tres de la tarde, acompañaron a la señora Sierich a comprar algunas cosas para la cena. Al volver, la madre de Ilya les enseñó a preparar un kuchen de manzana para que estuviera listo para cuando el señor Sierich llegara a casa del trabajo.
Cuando el padre de Ilya llegó a casa, cenaron todos juntos. Harry siempre se sentía muy bien en esa casa; reía, conversaba, aprendía. Como debía ser una familia. Aunque se esforzaba por mostrarse feliz como se sentía, no podía evitar pensar que esos momentos terminarían en cuanto Ilya partiera a Alemania. No se sentiría cómodo para seguir apareciendo en esa casa si su amiga no estaba. Pero decidió no dejar que esos pensamientos arruinaran ese momento.
Comieron una gran rebanada del postre que habían preparado los tres; Harry tenía que admitir que estaba muy bueno, incluso siendo la primera vez que él cocinaba algo así.
Al final del día, llegó la hora de que Harry regresara a la casa de sus tíos. Como la noche estaba agradablemente cálida, los señores Sierich ofrecieron acompañarlo en su camino de regreso, junto a Ilya.
- ¿Nos vemos mañana, Harry? – preguntó Ilya, cuando llegaron frente al número 4. La luz de la sala estaba encendida.
- Si, claro. – aseguró el chico, sonriendo.
- Ven a almorzar de nuevo, Harry. – lo invitó la señora Sierich, sonriente. Era muy linda.
- Y a cenar. – agregó el señor Sierich. – No me molestaría otro kuchen mañana.
- Papá, si comes uno todos los días, vas a engordar. – indicó Ilya, divertida.
Entre risas, se despidieron. Harry entró en la casa y la familia Sierich se dispuso a regresar a su casa. Habían caminado algunas calles cuando Ilya se detuvo.
- Ustedes vayan. Los alcanzo en casa. – dijo la niña, a sus padres.
Contrario a lo que cualquier pareja de padres normal hubiera hecho, los señores Sierich no intentaron persuadir a su hija de que era muy peligroso andar sola de noche; simplemente siguieron caminando.
- No te tardes, hija. – fue todo lo que dijo la señora Sierich.
Ilya se desvió en aquella esquina, hacia la calle Wisteria, avanzando directamente hacia una casa en particular. Tocó el timbre y esperó. Pudo escuchar bufidos en el interior de la casa, y maullidos, y el golpeteo constante y poco coordinado de la habitante de aquella casa, que por esos días andaba con muletas. La cortina que cubría la vista de la ventana junto a la puerta se corrió levemente, dejando ver a una anciana de aspecto descuidado. Al verla, cerró nuevamente la cortina y, tras unos segundos, la señora Figg abrió la puerta.
- Debemos reportar un problema. – dijo Ilya, simplemente. – Debe ser ahora.
