Salvándole.

Allí estaba, tumbado sobre el frío y descuidado suelo de aquella casa del demonio que tan malos recuerdos le evocaba. Uno más que agregar a la lista era el hecho de saber que una maldita sabelotodo lloraba sobre su dolorido cuerpo y hacía todo lo humanamente posible por cerrar la herida causada por Nagini.

¿Cuándo se libraría de aquellos niñatos? No; tenía que reconocer que el ver a Granger tan de cerca le hacía darse cuenta que de niña ya no le quedaba nada. Su pelo aún indomable pero ligeramente obscurecido, sus rasgos más definidos y serios al igual que su mirada. ¿Qué diablos hacía pensando en ello estando al borde de la muerte?

Recordó a su Lily, aquella autopromesa por fin cumplida. Una deuda que ya no le retenía en este mundo miserable, sin nada por qué luchar, sin amor…

Un dolor intenso lo contuvo de mandarla al demonio, pues al fin, Granger lograba expulsar el veneno de la mordedura.

Antes de perder el conocimiento y de entregarle los recuerdos que Potter necesitaba ver, sólo pudo escuchar la voz afligida pero convencida de la sabelotodo decir…

-Vayan al pensadero, chicos, no puedo dejarle aquí. Harry, termina de una vez por todas con ese hijo de puta.-

¿Por qué ella no podía dejarle, cómo diablos no la persuadían de abandonarlo y acompañarles en la batalla si él era un maldito mortífago? Fueron las últimas preguntas que se formuló Snape a segundos de quedar inconsciente.

La batalla contra Lord Voldemort había llegado a su fin, Neville Longbottom destruyó el último horrocrux con la espada de Godric Gryffindor.

Molly Weasley lanzó el avada kedavra que mandó a Bellatrix Lestrange a reunirse con los Carrow, Greyback, Dolohov, entre otros… junto a su bastardo amo.

Todos quedaron sorprendidos con las habilidades que demostró el joven Potter al derrotar a uno de los magos más tenebrosos del mundo mágico. Al parecer, los tiempos obscuros por fin habían cesado, y, más pronto que tarde, Hogwarts renacería de las cenizas cual fénix con las puertas abiertas y lleno de majestuosidad.

Hubo bastantes perdidas, pero afortunadamente lograron sobrevivir nada más y nada menos que Lupin, Tonks y Fred, gracias a la intervención de Aberforth y Madame Pomfrey.

Una semana había transcurrido desde la derrota del Lord, y un Severus Snape bastante confuso despertó en sus habitaciones.

-¡¿Qué rayos hace usted aquí, insufrible sabelotodo?!-

Hermione que se encontraba sentada y adormilada en un pequeño taburete junto a la cama de Severus, se sobresaltó al escuchar ese apodo tan utilizado por él con el fin de molestarla. Lo que el murciélago no sabía, era que a ella ya no le causaba malestar, sino todo lo contrario.

-Lo lamento, profesor Snape, supongo que después de lo que ocurrió en la casa de los gritos, soy yo a quien menos quisiera ver al despertar; pero señor, quisiera darle las gracias por todo lo que hizo, es usted un hombre muy valiente.-

-No me venga con sentimentalismos, Granger; no quiero sus agradecimientos ni mucho menos. Usted no debió estar allí, usted no tenía porqué hacer lo que hizo. Yo no tendría que estar vivo, todo el mundo mágico hubiese agradecido que el maldito murciélago de las mazmorras estuviera muerto.-

Severus sintió un nudo formarse en su garganta; por supuesto que no esperaba verla precisamente a ella, si bien es cierto que no le odiaba, tampoco le agradaba; Gryffindor, amiga de un Potter… ¿Qué era aquello, un déjà vu acaso? La única diferencia era que Lily le había abandonado cuando más le necesitó, y Granger acudió a él sin dudar, sin siquiera pedírselo. Una broma, una jodida broma del destino. No se había dado cuenta que ella seguía a su lado mirándole con algo parecido a la ternura.

-Señor, usted no tiene derecho de pensar así, muchos, incluyéndome, nos alegramos de que haya sobrevivido. Hice lo que hice porque siempre confié en usted. No necesitaba ver los recuerdos que le dio a Harry para convencerme de su verdadera lealtad.-

No pudo evitar mirarlo a los ojos, jamás lo había hecho como en ese instante. Estaba realmente afligida porque aquel hombre no se diera cuenta que lo que ella realmente sentía, no era lástima, sino respeto, admiración y extrañamente, empatía.

Apretó sus muslos con las palmas de las manos como queriendo ordenarles que se levantaran del taburete y salieran de allí lo más pronto posible. Le dedicó una última mirada y una sincera sonrisa. -Creo que necesita descansar, le avisaré a la directora que ya despertó. Hasta luego, profesor.-

Severus se quedó mirando la puerta por donde Granger salió, qué se creía esa mujer para decirle todo eso, para mirarle así, sonreírle a él de esa forma. Hacía años que nadie le brindaba esa calidez y fue algo hermoso.

-Hermosa, ella es hermosa… Estás loco Severus.- Se prohibió volver a pensar y decir esas estupideces; se frotó las sienes, se acomodó un poco mejor en la cama, y se quedó dormido con aquellas palabras resonándole en la cabeza. Sabelotodo…