¡Hola! Soy yo otra vez, jeje. Disculpen la demora en actualizar este fic, pero andaba metida en uno de YoI que quería terminar sí o sí y por eso abandoné todos los demás proyectos. Como ya lo terminé, ya podemos centrarnos en esta historia. Muchas gracias por leer y por los comentarios bonitos que me dejaron en la parte anterior.
II. Las visitas
Había pasado una semana desde la visita de Arthur a Francia, lo que significaba que ya eran casi tres desde que Francia permanecía completamente dormido. Durante esos días, Arthur continuó leyendo las cartas; algunas de ellas eran sobre temas intrascendentes y parecían más una entrada de diario en la que Francia hablaba de lo que ha hecho en los días pasados, con algún toque de introspección. Otras eran mucho más íntimas y aún eran difíciles de leer, en especial porque Arthur no lograba juntar la imagen que tenía de Francia con la que le mostraban sus escritos.
Después de leer durante todos esos días, Arthur llegó a la conclusión de que el sueño de Francia tenía su origen en el cansancio. No había otra forma de expresarlo, en realidad. Eso era lo que expresaba en sus cartas, un cansancio sin precedentes que no tenía nada que ver con el cansancio físico o por la carga de trabajo. Era algo más fuerte, que tenía que ver con todo lo que los humanos jamás entenderían. Arthur lo hacía, en cierto modo. Para él también había días en los que el peso de los años lo ponía taciturno o nostálgico, y si bien él no sentía la necesidad de quedarse dormido, podía sentir empatía hacia Francia.
Si ese cansancio era síntoma de algo más, eso no lo tenía claro.
Cada que pensaba en ello se sentía extraño. ¿Qué curioso era, no? Sentir empatía por Francia. Lo había hecho antes, claro, en momentos cruciales. En momentos en los que los dos estaban tan rotos, que el dolor ajeno era más cercano al propio y no había forma de separarlo, momentos en los que entenderse mutuamente era una necesidad más que un lujo. Ahora, no obstante, era diferente. Era una empatía distinta, no por lo que Arthur sentía también (y eso que no lo hacía del todo), sino simplemente porque entendía un poco más de aquella faceta de Francia que pocos podían ver.
Se preguntó cómo sería regresar al Arthur que no comprendía a Francia cuando éste lograra despertar. Porque iba a hacerlo, de eso no tenía dudas: Francia iba a despertar.
Una mañana de sábado, llegó a la dirección que conocía de memoria y llamó a la puerta. Le dio la espalda al umbral para observar un poco de los alrededores, aun sintiéndose extraño y ajeno a aquel sitio. Pasó un minuto o tal vez dos, antes de que la puerta se abriera para él. Arthur volteó y se encontró de frente con Picardie, quien sonrió al ver a Arthur. No parecía sorprendido por la presencia de Arthur, a lo que este prefirió no prestarle demasiada atención.
—Monsieur Inglaterra—dijo— buen día. Adelante —agregó de inmediato y se hizo a un lado para dejarlo entrar sin comentar nada más.
—Buenos días —respondió Arthur entrando en la casa—. Buenos días, Annie —agregó al ver a la joven, quien pasaba apurada de un salón al otro en ese momento.
—Ah, buenos días, Monsieur —respondió ella, con evidente sorpresa por el saludo recibido, antes de continuar con su camino y perderse por uno de los salones de la casa.
Arthur se dirigió a Picardie una vez más y aprovechó el momento para observarlo un poco mejor. Notó que no lucía tan fresco como en otras ocasiones; de hecho, el hombre tenía unas ojeras que Arthur no recordaba haberle visto la última vez que visitó aquella casa. También lucía algo desaliñado. Quizá esa no era la palabra para describir el hecho de que no llevaba corbata y que los primeros dos botones de su camisa estaban sin abotonar, pero Arthur recordaba a un Picardie vestido tan pulcramente como era posible durante el trabajo, que sí se sorprendió un poco de verlo así.
—¿Hay algún cambio? —preguntó.
—Ninguno —respondió el humano, e hizo una pausa antes de agregar, como quien no quiere la cosa—: Disculpe, justo ahora estamos ocupados arreglando algunos documentos que Monsieur Francia debería tener para dárselos al presidente y al primer ministro desde hace unos días, antes de que pase al Parlamento, así que estamos algo ocupados.
—¡Oh! Lamento venir en mal momento, puedo irme si gustan.
—No, no, eso no será necesario —se apresuró a decir Picardie—. Siéntase como en casa. Pase a verlo, con confianza.
Como para enfatizar, se hizo a un lado y señaló la escalera. Arthur se quedó pasmado por unos segundos. Si accedía, esa sería la primera vez que subiría completamente solo desde el vestíbulo hasta la habitación de Francia. Carraspeó, esperando que su incomodidad no fuera tan evidente.
—¿Está solo? —preguntó. En la última visita había vuelto a coincidir con Prusia y prefería dejarlos solos si es que éste se encontraba ahí. No quería interrumpir.
—Sí —respondió Picardie—, Monsieur Prusia se fue ayer por la mañana, junto con Monsieur España.
Arthur asintió. No le sorprendía que este último estuviera enterado ya de la situación. Supuso que, después de todos estos días sin que Francia hiciera acto de presencia en diferentes lugares ya habría puesto en alerta a algunos países, en especial a los más cercanos a él. Pensó en que el tema aún no era tocado en reuniones o que nadie había convocado a una reunión de países exclusivamente para hablar sobre el tema y se preguntó cuánto tiempo tardaría en ocurrir una.
—De acuerdo —dijo—. Subiré, entonces.
—Adelante.
—Ah, y, ehm, suerte con el papeleo y todo eso.
El hombre sonrió e hizo un gesto cordial para indicarle que subiera por la escalera. Arthur así lo hizo. Cuando iba por la mitad, vio que Picardie desaparecía hacia el mismo salón por el que Annie se había ido minutos atrás. Por segunda vez, Arthur sintió admiración por esos humanos que estaban decididos a cargar sobre los hombros las responsabilidades de Francia hasta que éste estuviera de regreso. No debía ser fácil. Y no porque fuera algo complicado, pero prácticamente estaban tomando decisiones a nombre de su jefe. La responsabilidad que sentían debía ser tremenda.
Al estar en el piso de arriba, Arthur se tomó su tiempo para ir a la habitación del otro país. Mientras avanzaba por el pasillo, observó las decoraciones y las pinturas, y al llegar a aquella que fue pintada por Monet, permaneció ahí unos minutos, observándola detalladamente. La expresión melancólica de Francia tenía mucho más sentido después de haber leído sus cartas, aunque aún no hubiera llegado a las más recientes.
Continuó con su camino y, al llegar ante la puerta de la habitación, hizo otra pausa. Respiró profundo y entró. Francis continuaba en la posición de sus dos visitas anteriores, lo único diferente en él era que ahora vestía un pijama color salmón. Las cortinas y la ventana estaban abiertas, por lo que entraba una ligera corriente de aire al interior del cuarto. Arthur cerró la puerta con cuidado y avanzó hasta la cama, sentándose en la silla que continuaba a su lado.
Observó a Francia una vez más. Su semblante tampoco había cambiado y aún se le notaba algo pálido, aunque no tanto como la primera vez que lo vio. Supuso que se el sol que entraba por la ventana tenía un poco que ver con eso.
—Recibí tus cartas —dijo al cabo de un rato. Sus palabras le parecieron extrañas incluso a sí mismo.
Dudó un momento, pero, al final, optó por seguir hablando. ¿Qué más podía hacer sino? ¿Observar a Francia en silencio? Era menos incómodo si comenzaba a hablar.
—Sé que no era tu intención enviármelas —continuó, acomodándose en el asiento lo mejor que pudo—, mucho menos que yo las leyera, pero las tengo y las he leído poco a poco. No he terminado con todas. He leído unas sesenta o setenta, no sabría decirte bien cuántas. ¿Cómo es que sacas tiempo para escribirlas? Muchas las escribiste en alguno de los hoteles en los que nos hemos quedado después de reuniones importantes. Lo sé porque reconozco los membretes de las hojas. Algunas de ellas las has escrito durante las reuniones a las que asistimos. No me sorprende tu descaro, es muy propio de ti.
Arthur guardó silencio. Era claro que no iba a recibir una respuesta y de pronto extrañó los comentarios de Francia, que siempre le sacaban de quicio, pero hacían más entretenidas las charlas. Hablarle a un Francis dormido era casi como hablarse a sí mismo o como hablarle a la pared.
—Es extraño todo esto —continuó después de una pausa de algunos segundos—. Todo. Tu sueño profundo, que nadie sepa qué es lo que te ocurre y que todos los días sintamos la incertidumbre de saber si algún día despertarás o no. ¿Qué es lo que te pasó? Lo único que he podido deducir hasta ahora es que estás cansado de todo esto, pero no sé si esa es la razón para que estés dormido. Tus cartas…
Hizo una pausa, incluso miró de reojo hacia la puerta para ver que nadie estuviera ahí. Prusia ya lo había sorprendido en una ocasión, y no quería que eso volviera a repetirse. Regresó su mirada a Francia.
—Tus cartas no han hecho más que confundirme —admitió. Suspiró y se presionó el puente de la nariz—. No entiendo por qué decidiste escribirme a mí, o a esa versión extraña de mí, bastante idealizada, a decir verdad. Dios, Francis —agregó mirándole otra vez—, me escribiste doscientas veintitrés cartas. Doscientas. Veintitrés. Te conozco desde hace siglos, y me han bastado sesenta y cuatro de ellas para darme cuenta de que realmente nunca he sabido quién eres, que todo este tiempo he mantenido conversaciones con alguien que es un total desconocido para mí. No te culpo, todos tenemos nuestros secretos, y nuestra relación en particular no ha sido el ejemplo perfecto de… No puedo ni siquiera usar la palabra amistad en voz alta. ¿Alguna vez fuimos amigos? Creo que sí, pero han pasado tantas cosas entre nosotros, que cualquier indicio de amistad que hubiera entre ambos, se perdió en el tiempo.
Volvió a quedarse en silencio por unos segundos, sin saber muy bien qué más decir. Al final, se rio un poco por lo absurdo que resultaba todo y se puso de pie, caminando hasta la venta para poder ver el jardín.
—Veme ahora: estoy aquí, hablándote sin que puedas responderme y quedando como un verdadero idiota —murmuró, aún sin voltear hacia la cama. Después de unos segundos, regresó su atención a la figura que yacía dormida y que no se había movido ni un milímetro en el rato que él llevaba en la habitación—. Todas las veces que te dije que era mejor si desaparecías y te callabas para siempre no… no me refería a esto. Así que más te vale despertar, ¿de acuerdo? Quiero decir, tienes a todos vueltos locos. Los chicos a tu cargo están haciendo lo posible por mantener el barco a flote, pero hay un límite de lo que pueden hacer sin que estés tu ahí. No puedes simplemente quedarte dormido y no hacerte cargo de tu trabajo. Tienes que despertar y ponerte a trabajar antes de que todo se arruine. Antes de que…
No continuó. Carraspeó, más incómodo de lo que se había sentido en toda su vida, y guardó silencio una vez más. Regresó la mirada a la ventana y permaneció ahí, absorto en sus pensamientos, por varios minutos. Quizá comenzar a hablarle no había sido una buena idea y lo único que de verdad sabía en ese momento era que necesitaba un trago. ¿Sería muy inapropiado buscar a Picardie y pedirle algo de beber? Probablemente sí.
Se quedó dentro de la habitación por unos minutos más, en silencio, a ratos mirando a Francis, a ratos dirigiendo su mirada al jardín y al paisaje que se veía a la distancia, a ratos con la mirada perdida en algún lugar dentro de la habitación, mientras su mente paseaba por las palabras que Francis escribía para él en las cartas que había leído hasta ese momento y que todavía seguían sin tener mucho sentido para él.
Después de un rato, cuando sintió que había pasado tiempo suficiente, salió de la habitación. Caminó de regreso a las escaleras, volvió a mirar de reojo la pintura de Francis, y bajó. Siguió el sonido de las voces provenientes del estudio de Francis, que reconocía porque era la única parte de la casa que había visitado con anterioridad. La puerta estaba entreabierta y pudo ver que, además de Picardie (algún día le preguntaría su verdadero nombre) y Annie, vio a Yves y a otros tres, dos mujeres y un hombre. Los seis estaban absortos en su trabajo y no quiso interrumpirlos por mucho tiempo. Tocó la puerta con los nudillos para llamar su atención y los seis levantaron el rostro al mismo tiempo. Yves le sonrió a modo de saludo y Arthur respondió con una inclinación de cabeza. Picardie se acercó a él.
—¿Se va ya? —preguntó mientras lo acompañaba hasta la entrada una vez más.
—Sí —respondió Arthur—. Tengo mi propio papeleo del cual ocuparme —bromeó, aunque, a juzgar por el semblante del humano, el chiste no había sido muy adecuado—. Lamento interrumpir.
—Para nada, nos alegra saber que viene a visitarlo. Creo que a él también le alegrará saber que pasó por aquí, cuando despierte.
Arthur no estaba seguro de que Francis fuera a estar muy contento con ello una vez que despertase, pero optó por no comentar nada al respecto. Picardie abrió la puerta y Arthur salió. Se giró para despedirse del joven con un apretón de manos.
—Gracias otra vez —dijo éste.
—Ah, no es nada.
Picardie le sonrió.
—Quizá, pero significa mucho. Debe ser pesado para usted también ir y venir desde su casa hasta acá con tanta frecuencia. De hecho —agregó—, ¿por qué no se queda aquí un día de estos?
Arthur se movió en su lugar, incómodo.
—No creo que eso sea buena idea.
—Por el contrario —aseguró Picardie. Arthur no supo qué decir—. No tiene que aceptar, por supuesto, pero sepa que, si algún día desea, puede quedarse aquí. O no aquí en la casa, pero en la ciudad.
Arthur asintió.
—Gracias —dijo por mera cortesía, porque lo cierto era que no pretendía quedarse en Francia más de lo necesario—. Me iré, entonces. Si sé algo… si sus cartas dicen algo sobre esto, les informaré.
—De acuerdo, muchas gracias. Si despierta o si hay algún cambio en su condición, también le haremos saber.
—Se los agradecería mucho.
Arthur:
Hace un par de semanas decidí hacer algo que no hacía desde no recuerdo cuánto tiempo. Los cincuenta o sesenta, probablemente. ¡Vacíe las cajas de recuerdos que guardo en el ático! No creo que sea necesario explicarte qué es una caja de recuerdos, porque algo me dice que tú también tienes unas cuantas. Quizá no cajas, pero sí baúles o habitaciones o propiedades ocultas en las que están resguardados tus más preciados recuerdos de los últimos siglos.
Sé que tú también guardas tus recuerdos materiales en algún lugar porque, con el paso del tiempo, he descubierto que los que son como nosotros tenemos esa necesidad de conservar un archivo personal, lleno de cartas y fotografías, un uniforme viejo y hasta botellas de vinos que ya no se producen o latas de conservas que desaparecieron después de la guerra. Alguna guerra. Prusia guarda sus diarios, por ejemplo. España tiene un piso entero con cosas que jamás terminarán en sus museos. Alemania, Italia, Romano… todos conservan sus recuerdos en algún sitio. ¿Por qué habrías de ser tú la excepción?
Pero me estoy desviando un poco del asunto. Cuando vacíe las cajas de recuerdos que guardo en el ático me sorprendí por las cosas que conservo en ellas. Hay algunas que no recordaba que estaban ahí (irónicamente, ¿no? Tener una caja de recuerdos y no recordar qué es lo que hay en ellas). Otras ya no tienen el mismo impacto emocional que tuvieron hace años y que hoy me pregunto por qué pensé que sería buena idea conservarlas.
En fin, terminé separando otras cajas y llevándolas a una tienda de antigüedades para que ahí se hagan cargo de todos esos objetos. Quizá serán tesoros para alguien más o, quizá, terminarán en algún basurero. No lo sé. A veces es bueno desprenderse de esos recuerdos que sólo te atan al pasado, ¿no lo crees?
Francis.
Después de algunos días de ir y venir de París a Londres, Arthur comenzó a preguntarse si no sería una mejor idea quedarse en algún hotel de la ciudad. No se sentía capaz de aceptar la propuesta de Picardie para quedarse en casa de Francia, pero sí empezaba a sopesar la idea de quedarse los fines de semana en París, para no tener que ir y venir de casa. Curiosamente no se sintió extraño cuando la idea pasó por su mente, al contrario. Tendría sentido, ¿no? Sería, además, más práctico. Podría aprovechar de lunes a viernes para leer algunas de las cartas de Francia, haría su visita los sábados, pasaría la noche en París, y regresaría con calma a Londres los domingos. Sonaba casi como un plan.
Las cartas de Francia, por cierto, continuaban en casa, alejadas de los ojos curiosos y guardadas en donde nadie más pudiera encontrarlas por error. Era cierto que eran pocas las visitas que Arthur recibía en su casa, pero ocasionalmente llegaba algún invitado, generalmente uno indeseado. No quería arriesgarse a que alguien —más allá de los que ya estaban enterados de ellas— supiera que esas cartas existían.
Y es que, conforme pasaban los días, las cartas se volvían más difíciles de leer. Quizá era porque Francia había entrado en confianza con aquel Arthur al que le escribía, pero con cada una que leía, Inglaterra se daba cuenta de que cada una era más íntima que la anterior. Al inicio Francia hablaba sobre su día a día, sobre el peso que cargaba al ser una nación y que Arthur comprendía muy bien. Hablaba de la nostalgia, de los recuerdos, de guerras pasadas, de anécdotas relacionadas con algún personaje de su historia: escritores, pintores, fotógrafos, músicos, científicos e inventores. Esas eran las cartas que Arthur más disfrutaba leer, porque le hacían sentir que hablaba con el Francis que recordaba de siempre, el Francis irreverente y exagerado que no tenía pelos en la lengua. Pero esas cartas pronto llegaron a su fin.
De pronto, Francia comenzó a cuestionarse su existencia. Se preguntaba cuál era la razón de que existieran seres como ellos, se preguntaba cómo sería el mundo si los países no tuvieran una representación física. Se preguntaba por qué, si se enfermaban como los humanos, si sangraban como los humanos y cicatrizaban como los humanos, no morían como los humanos. Se preguntó por qué unos vivían milenios de forma prácticamente inalterada, mientras que otros desaparecían; por qué unos cambiaban y por qué otros tendían más a la locura. Y en algunas cartas, Francis habló de la envidia que sentía por los humanos, por lo corto que era su paso por el mundo, sin que eso imposibilitara su capacidad para amar.
De pronto, las cartas se sintieron como algo que él escribiría también.
Arthur tuvo que pausar su lectura de la primera carta en la que Francia hablaba sobre la añoranza de una vida humana y tuvo que detenerse completamente, negándose incluso a retomar su lectura sino hasta mucho después, cuando Francia cuestionó si por ser quienes eran y lo que eran, de verdad se les estaba prohibido amar y ser amados. No el amor filial ni el amor fraternal, sino el amor pasional, el que llevaba a los humanos a sacar fuerzas de la nada y a cometer verdaderas locuras. El amor que todos los poetas mencionaban y del que todos los países escuchaban hablar, pero que pocos lograban experimentar.
De alguna manera, esas cartas comenzaron a tocar esas fibras sensibles que Arthur creía bien enterradas en algún lugar de su alma y que, hasta ese momento, se había ocupado por olvidar tanto como fuera posible.
—Estás terrible e irremediablemente loco —dijo una tarde en las que estaba de visita en la habitación de Francia—. Sólo a ti se te ocurriría hacerte todas esas preguntas y, además, escribirlas en cartas que me diriges a mí—. Hubo una pausa durante la cual Arthur mantuvo la mirada fija en sus manos, que tenía apoyadas en sus rodillas. Y después, sin levantar la voz y sin mirar a Francia dormir, agregó—: Pero no creo que seas el único que está así de loco.
Al cabo de unos segundos, Arthur levantó el rostro y fijó la mirada en Francis. Percibió el débil movimiento que hacía su torso al subir y bajar, y que continuaba siendo tan imperceptible como al comienzo. Ese día, Francis vestía un pijama color verde menta, de una tela que parecía más ligera que las anteriores, pues el tiempo cambiaba poco a poco y la primavera daba paso al calor del verano.
—No puedo hablar por todos —continuó—, pero al menos a mí también me han pasado por la mente todas esas preguntas que te haces y que mencionas en tus cartas. En más de una ocasión me he preguntado por qué estoy aquí, qué se supone que hago en este lugar, qué es lo que debería hacer más adelante y toda esa mierda existencial de la que hablas en tus cartas. La diferencia es que, cuando lo he pensado, siempre ha sido fácil responderme objetivamente, separando lo emocional de lo profesional. Siempre ha sido fácil responderme que estoy aquí porque soy el más competente para hacer mi trabajo. No es realmente una respuesta, pero es lo que a mí me ayuda. Tus cartas me han hecho pensar en cosas que hacía décadas no pensaba, así que me debes unos cuantos tragos para cuando despiertes.
Arthur se acomodó mejor en el asiento, dirigiéndose completamente a Francis. Como era de esperar, éste permanecía estático. Arthur suspiró.
—Creo que todos deseamos experimentar el amor como lo hacen los humanos —murmuró después de un rato de silencio—. Es natural. Finalmente, aunque somos distintos a ellos en la longevidad y en todo lo que ser un país implica, no estamos exentos de emociones. No somos máquinas. Quizá no todos y no de la misma manera, pero creo que hemos sentido amor por un humano que se ha ido de nuestra vida. Me refiero a diferentes tipos de amor: filial, paternal, platónico, vaya, incluso erótico. Cada vez que amamos a alguien, estamos conscientes de que será algo efímero e imposible de mantener. ¿A veces quisiéramos que no fuera algo pasajero? Por supuesto. Pero, al final del día, amar y dejar ir al otro es parte de nuestra vida. ¿Qué más podemos hacer nosotros? Parece que no, pero somos más humanos de lo que a veces pareciera. Reímos, lloramos, amamos y cometemos errores como cualquier otro mortal. Por eso creo que, si bien es inevitable añorar la vida humana, tampoco estamos tan alejados de ellos como lo haces ver en tus cartas. No somos tan diferentes y no, no creo que no esté prohibido amar como lo hacen ellos ni que nos esté prohibido amarlos a ellos. La diferencia es que nosotros somos conscientes de que nuestro amor, aunque sea correspondido, no tendrá un felices por siempre. Inevitablemente nos separaremos de esas personas, las veremos envejecer y morir. Esa es, quizá, la razón por la que muchos de nosotros preferimos no involucrarnos de más con los humanos: para evitar el dolor de la pérdida.
Una sonrisa irónica apareció en su rostro.
—Seguramente la única manera de experimentar el amor de la forma más parecida a como lo hacen los humanos sería amándonos entre países, e incluso así es complicadísimo, porque no somos dueños de nosotros mismos. Además, no todos podemos ser Alemania e Italia, quienes aún no se han percatado de que los demás sabemos de lo que ocurre entre ambos desde hace décadas.
Arthur levantó la mirada y la posó en algún lugar a la distancia.
—Quizá nos hace falta más de la ingenuidad de Italia y la tozudez de Alemania —murmuró—. O preguntarle a Suecia y Finlandia el secreto para una relación exitosa entre países.
Al cabo de un rato, regresó su atención a Francia. Llevaba ya un par de horas en la habitación, y comenzaba a volverse cansado, así que Arthur se puso de pie. Movió el cuello de un lado al otro para relajarlo (las visitas a Francia siempre lo ponían tenso; antes más que ahora, pero aún salía de aquella casa con el cuerpo agarrotado). Después, apoyó una rodilla en la cama de Francia y se inclinó un poco sobre él para poder acomodar las sábanas que lo cubrían. Sin pensarlo realmente, estiró la mano para quitarle un mechón de cabello que cubría su rostro, pero se detuvo al percatarse de lo que hacía. Rápidamente retiró su mano y se puso de pie una vez más.
Sabía que no había más que pudiera hacer o decir en aquella habitación, y lo que estuvo a punto de hacer le había dejado algo incómodo, así que, sin más, tomó su chaqueta que había dejado sobre el respaldo de la silla junto a la cama, y se dirigió a la puerta. Antes de abrir, volteó sobre su hombro para dirigirle una última mirada a Francia y giró la perilla de la puerta para salir al pasillo.
Apenas abrió la puerta, se detuvo en seco. Canadá y Mónaco estaban en el pasillo y habían estado a punto de abrir la puerta. No esperaba verlos ahí, aunque tenía lógica que los dos, cercanos como eran a Francia, decidieran visitarlo también. Arthur habría preferido no encontrarse con nadie más (ya bastante había tenido con el breve encuentro con Prusia), pues no sabía bien cómo responder cuando le cuestionaran la razón de su presencia. ¿No eran él y Francia enemigos jurados, después de todo? ¿Qué razón lo llevaría a pasar tiempo a solas con su enemigo de toda la vida? No podía hablar de las cartas.
Arthur sintió su nuca caliente y supo, sin necesidad de verse a un espejo, que sus orejas estaban algo coloradas. A pesar de ello, optó por no prestarle atención a su reacción y salió de la habitación en su totalidad.
—¿Inglaterra? —preguntó Canadá. Mónaco, usualmente impasible, le miró con los ojos bien abiertos por la sorpresa.
—Buenas tardes —dijo Arthur y se hizo a un lado, dejando libre la puerta—. Pasen. Con permiso.
No esperó respuesta de los otros dos y pasó a su lado, caminando con velocidad por el pasillo. Estaba por doblar la esquina, cuando la voz de Canadá le hizo detenerse. Al voltear, descubrió que Matthew caminaba apresuradamente detrás de él. Afortunadamente iba solo. Arthur se detuvo a esperarlo.
—¡Inglaterra! —exclamó Canadá mientras respiraba agitadamente por la carrera—. No… No esperaba verte por aquí. ¿Cómo estás? ¿Cuándo te enteraste de esto? A mí me dijeron hace un par de días. ¿E-Es la primera vez que vienes a verlo?
Arthur pudo responder con una mentira, decir que sí, que era la primera vez que veía a Francis, pero con Matthew siempre se había sentido distinto, un poco más honesto, sin la necesidad de ponerse la máscara que usaba con muchas otras personas, así que negó con la cabeza.
—Me enteré también hace unos días —respondió. Una mentira blanca no le haría daño a nadie—. Y no, no es la primera vez que vengo a verlo.
—No te había visto por aquí —agregó Matthew, frunciendo el ceño, aunque relajó su expresión de inmediato—. Eso sonó como un reproche, pero no lo es. Perdón, Inglaterra.
—Arthur.
—¿Disculpa?
—Dime Arthur, no es necesaria la formalidad.
—Oh —Matthew parpadeó un par de veces, perplejo—. De acuerdo. Llámame por mi nombre también, entonces.
Arthur le sonrió. Hacía mucho tiempo que no mantenía una conversación con Matt, y quizá aquel no era el mejor momento ni eran las circunstancias adecuadas, pero siempre era agradable su presencia. Ahora que lo pensaba, quizá debía preocuparse por hablar con él más seguido. Matthew era un joven agradable, si bien en ocasiones su pasividad lo sacaba un poco de quicio, eso no significaba que no disfrutase su presencia. Era muchísimo mejor charlar con él que con su hermano, por ejemplo. Ante ese pensamiento, se preguntó cuánto tiempo tardaría en encontrar a Alfred husmeando por la casa de Francia.
—Es tan extraño todo esto, ¿verdad? —preguntó la nación más joven—. Damos por sentado que estaremos aquí por mucho tiempo, o que permaneceremos inalterables y… es algo duro darse cuenta de que no.
Arthur lo observó con cuidado. Lucía cansado y decaído.
—¿Estás bien? —preguntó con sinceridad. Matthew se encogió ligeramente de hombros.
—Tan bien como puedo estar —respondió. Después, miró sobre su hombro en dirección a la habitación de Francis y agregó—: Estoy preocupado.
—¿Por Francia?
—Pensé que no era necesaria la formalidad —dijo Matthew, regresando la mirada al otro país. Había una sonrisa en su rostro. Arthur entornó la mirada, para diversión del otro—. Sí, me preocupa —respondió al fin—. Es todo tan repentino y difícil de entender. Nadie sabe por qué duerme o si despertará. Todo está tan, no sé, silencioso y tranquilo desde que él duerme. Me pone los pelos de punta, pero debo admitir que, el hecho de que, por aquí, en los alrededores, todo siga normal, me da un cierto consuelo.
—Sí. Te entiendo.
Matthew miró a Arthur con detenimiento, de una forma como no lo había hecho antes. Por un momento, Arthur estuvo tentado a desviar la mirada, pero no lo hizo. Sentía como si Matthew lo estuviera estudiando en silencio, y aquello le incomodó. Antes de que dijera algo al respecto, Matthew volvió a sonreír.
—Iré a verlo —dijo con su voz suave—. ¿Seguirás aquí cuando salga? Me encantaría charlar un poco más contigo, de cosas que no sean… ya sabes. Muy serias y todo eso.
Arthur le sonrió.
—Debo irme ahora —dijo. Y era verdad, debía regresar a casa y organizar el trabajo de la semana, para poder regresar el siguiente sábado.
—Oh.
—Pero vendré la próxima semana —agregó Arthur al ver la expresión de Matthew—. Supongo que te encontraré aquí, ¿cierto?
—Por supuesto.
—Entonces, nos vemos pronto, Matt.
—Adiós, Arthur.
Arthur le sonrió y dio media vuelta para continuar con su camino.
Arthur:
¿Alguna vez te han preguntado qué harías si pudieras regresar en el tiempo y evitar alguna de tus acciones? Ésta es una de las preguntas que me hacen a menudo cuando alguien descubre qué y quién soy. Supongo que viene de la mano con ser eterno a los ojos de los humanos. También me preguntan qué se siente saber que poseo conocimiento que muchos historiadores desearían tener (y hasta matarían por ello), o si puedo decir qué ocurrió realmente en tal o cual guerra. No siempre contesto, y respecto a lo último, creo que hay cosas que es mejor no decir y simplemente apoyar versiones oficiales. Es menos terrible de esa manera.
He deseado volver al pasado en más de una ocasión, cambiar algunos de los hechos que me han marcado… que nos han marcado en todos estos años. Pero, sabes, si alguien me dijera que tiene el poder para cambiar mi pasado, le diría que no quiero cambiar nada. He vivido momentos dolorosos y momentos que preferiría olvidar, pero, al mismo tiempo, todas esas experiencias (las buenas y las malas), son lo que me han hecho ser quien soy ahora. Quién sabe qué tipo de ser sería si pudiera cambiar mis errores del pasado o manipular el tiempo para hacer algo en un momento distinto. Supongo que no sería yo.
Sabes, hay noches en las que veo las luces de la ciudad e imagino que camino por esas calles que conozco tan bien, porque he paseado por ellas desde antes de que fueran como son ahora: cuando eran senderos y colinas, sin casas alrededor. Me imagino andando por estrechos callejones, por calles ocultas y oscuras, descubriendo pasajes secretos, atajos que me lleven a lugares interesantes. Hace mucho que las obligaciones cotidianas no me han dejado hacer eso.
Francis
Arthur continuó encontrándose con Matt en las visitas que le hacía a Francia. A Mónaco también la encontró y, como era de esperar, eventualmente se vio de frente con España, acompañado de Prusia. Hubo un momento incómodo antes de que cada quien siguiera con su camino, aunque Arthur podía sentir la mirada de los dos fija en él durante el camino hasta la habitación de Francia. Todos fueron encuentros breves, aunque algunos más tensos que otros, y pronto Arthur dejó de preocuparse si otros países lo veían en la casa de Francia o no.
Una mañana, incluso, se encontró con Alemania e Italia, quienes iban saliendo de la propiedad justo cuando él subía por la calle que daba a la casa. Los tres se encontraron a medio camino y esperaron bajo un árbol cercano a la propiedad de Francia. Arthur estaba apoyado contra el tronco, con los otros dos a unos pasos de él.
—Creo que deberíamos reunirnos para hablar sobre esto —murmuró Alemania mientras palmeaba torpemente la cabeza de Italia, que había dejado de sollozar pero que se notaba evidentemente conmocionado por lo que ocurría con Francia.
—¿De verdad crees que es lo más adecuado? —preguntó Arthur cruzándose de brazos—. ¿No crees que sería contraproducente? No sabemos realmente qué es lo que ocurre y convocar a una reunión sólo para tratar este asunto podría sembrar el pánico.
—El pánico ya está presente —agregó Alemania—, y la noticia ya viajó a todo el mundo. Es el tema de conversación más recurrente hoy en día. De hecho, me sorprende que Estados Unidos no esté aquí intentando averiguar qué es lo que ocurre.
—Queriéndose hacer el héroe, querrás decir —intervino Arthur. Alemania no lo corrigió—. ¿Te encargarías de organizarlo tú? —preguntó.
Alemania asintió.
—Con gusto.
Arthur también asintió.
—De acuerdo. Llámame en cuanto tengas los detalles de la reunión y todo eso. Y continuaré intentando descubrir qué es lo que le pasa —agregó. Guardó silencio justo después de decir eso y tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no palmearse la frente y quejarse de su metida de pata.
—No sabía que estabas investigando esto —dijo Italia, llamando la atención de los otros dos hombres, quienes lo miraron fijamente.
Arthur se encogió de hombros.
—¿Por qué otra razón estaría aquí si no fuera por eso?
Italia abrió la boca para decir algo pero, al final, bajó la mirada. Alemania rodeó sus hombros con un brazo por un par de segundos en señal de apoyo, y después se separó un par de pasos de él. Arthur apenas pudo controlarse para no sonreír. Sutiles, esos dos, pensó.
—Quedamos así, entonces —dijo. Descruzó sus brazos y se despidió de los otros dos con un movimiento de su mano, antes de continuar el camino hasta la casa de Francis.
Eran ya varias las visitas que hacía y aunque Arthur había estado renuente al principio, al final tuvo que admitir que era más sencillo simplemente abrir la puerta de la casa y entrar hasta la habitación, que molestar a Picardie o a cualquiera de los otros humanos que continuaban con su extenuante labor.
Así lo hizo en esa ocasión. Abrió la puerta de la casa y se asomó brevemente en la sala de juntas de Francia, donde los humanos le saludaron con cordialidad y sonrisas en sus rostros. Después siguió el camino que iba hasta la habitación de Francia. Subió las escaleras mientras repasaba la conversación que tuvo con Alemania, sobre convocar a una reunión. Objetivamente sabía que era lo mejor: habían pasado ya dos meses desde que Francia se quedase dormido y nadie, ni siquiera él con las cartas, había logrado descubrir qué era lo que ocurría en realidad. Además, de reunirse todos quizá tendría que hablar sobre las cartas… y no estaba preparado para ello.
Terminó de subir los escalones y recorrió el pasillo hasta la habitación. Al entrar, percibió en el aire el aroma de una de las aguas de colonia que Francia solía utilizar. Al observar al otro país, notó que, otra vez, alguien había cambiado su ropa. Esa persona seguramente también se había encargado de perfumarlo. Por un momento Arthur se preguntó quién sería aquel o aquella que se ocupaba de esas labores pero, al cabo de unos segundos, decidió que no debía pensar en ello. Sea quien fuere debía estimar mucho a Francia para cuidarlo de esa manera.
Cerró la puerta detrás de sí y fue directo a la ventana para correr un poco más las cortinas y permitir que entrase más luz. También abrió un poco más la ventana para que circulara mejor el aire. Cuando estuvo satisfecho, fue junto a la cama de Francia y tomó asiento en la silla.
—El día de hoy vamos a cambiar un poco la rutina —dijo. Hacía días que se había acostumbrado a hablarle a Francia sin recibir respuesta, y ahora era de lo más normal escuchar su voz en la habitación silenciosa—. Sólo por si no lo recuerdas: hace unos días terminamos de leer a Marlowe, porque es de los mejores y debo aprovechar que no estás despierto para leerte a mis autores. He estado pensando en dejarte los libros encima, para ver si aprendes un poco de ellos por ósmosis —agregó y soltó una risa que se apagó después de unos segundos.
Aún con una sonrisa en su rostro, buscó dentro de la mochila que llevaba ese día y sacó un libro. Era un poco viejo y estaba desgastado del lomo. Lo había comprado la semana pasada mientras paseaba junto al Sena antes de regresar a casa y de verdad estaba contento con la adquisición. Era una de esas ediciones viejas pero bien cuidadas que daba gusto leer.
—Estoy seguro de que has leído este libro infinidad de veces —continuó—, pero algo me dice que te gustará escucharlo una vez más—. Arthur se aclaró la garganta, se acomodó en el asiento y comenzó a leer—: Vingt mille lieues sous les mers. Première partie. Chapitre un.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez en la que Arthur habló francés por tanto tiempo y, más aún, por voluntad propia. Al principio de la lectura, tenía que hacer pausas ocasionales para repetir las palabras de la manera adecuada, pero poco a poco comenzó a acostumbrarse a los fonemas que recordaba, pero no empleaba con frecuencia, hasta que logró leer sin hacer una sola pausa.
Mientras leía, miraba de reojo a Francis, cuya expresión no cambiaba nunca, pero cuya respiración, si bien lenta, era constante. Quizá era la imaginación de Arthur, pero mientras lo miraba de reojo parecía que su rostro lucía ligeramente menos pálido que en otras ocasiones, pero bien podía ser por el reflejo de la luz vespertina al colarse por la ventana.
La tarde pasó entre la lectura de Arthur y la respiración de Francis. Las únicas pausas que hizo fueron cuando Picardie llamó a la puerta para llevarle algo de comer (fueron necesarios casi cinco minutos para que Arthur accediera a comer), cuando bajó a la cocina para regresar sus trastos sucios y subirse un vaso con agua, y cuando, al atardecer, permaneció en silencio viendo cómo se metía el sol antes de ponerse de pie para cerrar la ventana y las cortinas, y encender la luz en su camino de regreso a su lugar junto a la cama de Francis.
Eran casi las ocho de la noche cuando terminó de leer el libro. Sentía la boca seca, la garganta algo irritada y la boca y mejillas ligeramente doloridas, pero también se sentía satisfecho por haber terminado el libro en un solo día.
—Tengo toda una selección de libros que vamos a leer —dijo mientras cerraba el libro y lo dejaba sobre la mesa de noche—. Tuve que hurgar un poco en la biblioteca porque las ediciones que tengo, y que están mucho mejores debo decir, están en inglés. Pero supongo que, dadas las circunstancias, puedo darte el gusto de que los leamos en francés. Además, es más fácil leerlas en tu idioma cuando no estás interrumpiéndome para criticar mi acento. ¿Alguna vez te has escuchado hablar inglés? Pff. Es lo más ridículo que he escuchado en toda mi vida. Así que. Eso. Te leeré algunas cosas. Algo de realismo, poesía y uno que otro de fantasía porque, créeme, a tu vida le hace falta algo de magia.
Arthur se detuvo de golpe antes de mirar hacia la cama de Francis una vez más. En dos segundos los engranes de su mente comenzaron a moverse, haciendo clic.
—Pero claro —murmuró.
Después de eso se puso de pie y salió de la habitación. Se despidió de Picardie y de Yves, que eran los únicos que quedaban en la casa a esa hora, y salió directo a su hotel para recoger sus cosas, cancelar la estancia en la noche y regresar a casa. Tenía mucho que investigar.
Wiii, un capítulo más. ¿Algún día escribiré un FrUK, en el universo canon, que no incluya magia? Lo dudo. Espero que les haya gustado.
