Es imprescindible que escuchen "Vanilla Fudge - You Keep Me Hangin' On (Quentin Tarantino Edit) | Once Upon A Time In Hollywood OST" durante el concierto de "The Groove Addicts".
Anochecía. El alba se sumergía entre los edificios. Las calles oscurecían y los animales tomaban el camino de regreso a casa. Jueves vespertino, ideal para dar un paseo, descansar o tal vez pasarla en grande con los amigos. A la distancia, en la zona más concurrida de Calatonia, había un bullicio de gente abriéndose paso en las aceras. Un caos urbano susceptible al mercadeo y al embotellamiento. Puestos de comida, restaurantes de lujo, bares y estancias para todo el que quisiera relajarse. El ruido, los murmullos, la música a tope y las luces de neón ensuciando la mirada de todos, el paraíso nocturno perfecto para perder el control y gastar plata sin consentimiento alguno.
Pero nada de esto parecía llamar la atención de la pantera que miraba fijamente el afiche pegado en uno de los muros del antro. Usaba una chaqueta de cuero negra, unos jeans rectos azul marino y zapatillas oscuras. Sus manos estaban dentro de sus bolsillos. Sus facciones pintaban un muchacho serio y empedernido. Sus ojos blancos, sus pupilas negras, la simetría de su rostro, tan frío como el hielo, tan penetrante como una navaja. El cartel mostraba un DJ usando una careta cromada con detalles en neón detrás de su mezcladora con las palmas hacia el frente, rodeado de luces y destellos vibrantes. En la parte inferior ponía: "MU†E en vivo, jueves 19.00 PM, club Vanilla Fudge". Miró su reloj de muñeca, las manecillas señalaban las 6.23 de la tarde. Faltaba media hora para el evento. Había perdido la noción del tiempo observando el afiche.
Recordó el festival de música country en Calatonia al que su padre lo llevó cuando tenía seis años. Su fascinación al ver a todos los músicos con sus instrumentos lo entusiasmaba en gran manera. Las bandas preparándose y ensayando para sus presentaciones. Tan sólo sonreía y señalaba con el dedo todo lo que llamaba su atención. Su padre le explicaba cuanto podía. Algunas de las bandas eran locales. Conocía algunas canciones de ellos y se paraba a escucharlas. Ovacionaban con las patas en el aire, daban gritos eufóricos y los músicos tocaban con más intensidad. Recordaba aquel león guitarrista de melena pronunciada y hombros anchos. Vestía vaqueros rasgados y una remera escarlata con un desvanecido oscuro. Rasgueaba las cuerdas de su guitarra eléctrica, de un dorado tan reluciente como el sol. Agitaba la cabeza. Su pelaje se sacudía. La banda constaba de cuatro integrantes. El baterista, un gorila robusto y enorme de camisa de tirantes; el bajista, un lince de pelaje grisáceo que llevaba camisa azul y jeans desvanecidos; el teclista, un chimpancé de pelo largo, camisa blanca, corbata mal anudada y pantalón negro de mezclilla ajustado. Se hacían llamar "The Groove Addicts", famosos en la ciudad por su rock psicodélico y fácil de digerir. Se especializaban en letras románticas, pero a veces componían melodías más enfocadas a la libertad y a los placeres de la vida.
Era tanta su atención que le pidió a su papá si podía cargarlo en sus brazos para mirar el espectáculo. El asombro fue magistral. Las luces vibraban. La estructura era gigantesca. Los bafles a todo volumen. El público sacudiendo el cuerpo al ritmo de la canción. El concierto avivándose a cada segundo. Quiso imitar a los demás animales aplaudiendo. Habían terminado de tocar la parte final de una de sus canciones.
«¡Whoa! ¡Calatonia! ¿Qué tal estuvo eso?» Gritaba en el micrófono empapado de sudor, extenuado.
Un júbilo emanó del patio central, aplausos y gritos intensos de todos los animales.
—¡Eso quería escuchar, ja, ja!
La pequeña pantera observaba el panorama. Advirtió a los músicos preparándose para tocar la siguiente canción.
—Bien, bien, espero que sigan así el resto de la tarde porque estamos por mostrarles nuestra nueva canción.
El público gritó sumamente excitado por tan maravillosa noticia.
—Ja, ja, sí, así es, calatonianos, esta es nuestra nueva canción que hemos titulado "You Keep Me Hangin' On" —dijo alzando la voz— ¡Que la disfruten!
El padre de nuestra querida panterita dijo:
—¿Oíste, hijo? Van a tocar una nueva canción.
—¡Sí, papi! —decía emocionado— ¡Ya quiero escucharla!
Justo después de decir eso, comenzaron a tocar. El león iniciaba con un solo rápido. El baterista sonaba frenéticamente los platos. El lince bajista deslizabas las almohadillas por todo el mástil y el chimpancé presionaba las teclas de su piano con fuerza.
La gente ovacionaba. El gorila estampaba las baquetas encima para subir la tensión. Siguieron así hasta detenerse y dejar que el teclista mantuviera el sonido por unos cuantos segundos hasta volver a unirse en armonía. Esta vez todos tocaban con plena libertad.
El pequeño felino estaba más que maravillado por la manera en la que el león exprimía las cuerdas de su guitarra. Sus orejas se irguieron velozmente. Abrió los ojos como platos. Esa sonrisa de punta a punta formándose en su rostro.
El león se acercó al micrófono para cantar.
Set me free, why don't you babe
Get out my life, why don't you babe (Ooooh)
You really don't want me
You just, keep me hangin' on
You really don't need me
You just, keep me hangin' on
Esa voz, esa voz inundando sus tímpanos.
Why do you keep comin' around
Playing with my heart
Why don't you get out of my life
And let me try to make a new start
Una maravilla.
Let me get over you
The way you've gotten over me…
El público simplemente adoraba lo que sus orejas estaban oyendo.
Set me free, why don't you babe…
El pequeño felino prestaba toda su atención al guitarrista, quien no dejaba de agitar la cabeza y de cantar con esa suavidad. Enfocaba sus dedos paseándose por todo el instrumento, el brillo del sol en sus ojos.
You really don't want me
You just, keep me hangin' on
El bajista acoplando su voz con la del león sonaba fantástico.
You really don't need me
You just, keep me hangin' on…
Desearía estar arriba en el escenario cantando, tocando la guitarra igual que él, deleitando al público con canciones como la que estaba oyendo en ese momento.
But how can we still be friends
When seeing you only breaks my heart again
.
.
.
...And there ain't nothing I can do about it...
Un fuego recorría sus miembros, una euforia inundaba sus impulsos.
You know I need love
(Set me free, why don't you babe)
Talkin' 'bout love
(Get out my life, why don't you babe) (Ooooh)
¡Alternaban las voces!
You really don't want me
You just, keep me hangin' on
Fenomenal.
Get out my life, why don't you babe (Ooooh)
Get out my life, why don't you babe (Ooooh)
El final fue más que memorable. El ímpetu del baterista rematando con cada golpe, el rasgueo frenético del león en su guitarra, la velocidad de los dedos del bajista, la fluidez del teclista deslizándose sobre las teclas. La aprobación del público no se hizo esperar. Gritos, ovaciones, aplausos, empujones.
—¡Gracias, Calatonia! —alzó la guitarra— ¡Los amamos, es todo, buena noche!
La panterita no dejaba de brincar, no dejaba de gritar de la alegría. Sostenía la mano de su padre. Imitaba al león guitarrista con entusiasmo. No se avergonzaba por los animales que pudieran estar viéndolo en ese momento. «¡Y luego hizo "¡brrrrum!", y después "ruaaaar" ¿lo viste, papá, lo miraste? ¡Fue genial!». Su padre sólo se limitaba a sonreír ante sus comentarios. Era tierno mirar a su hijo con esa energía que tanto caracteriza a los niños. Estaba más que impresionado. Fue tanta la euforia que sintió una vibración en su corazón, alguna clase de inquietud en sus ideas, una convergencia en sus pensamientos. Hasta hace poco su padre le había preguntado qué quería ser de grande, cosa que no pudo responder ya que no tenía ni la más remota noción acerca de ello. A un lado del escenario, la banda estaba dando autógrafos a sus fanáticos. La panterita rogó a su papá para que fueran también. Ante sus insistencias, caminaron hasta allí. El embotellamiento no era denso. Algunos animales levantaban en sus patas fotografías, pósters, discos compactos, gritando para que se los firmaran. Él no traía nada, sólo sus ansias de conocer al vocalista.
«Con permiso, perdón, disculpa...» Decía abriéndose paso en el tumulto. Había empujones y vitoreaban su nombre: "¡Donald, Donald, aquí Donald!" La panterita se aferraba a su padre. Su expresión alegre no desaparecía. Por los rendijos veía al león. Por el escándalo, su papá lo tomó en brazos. Por esto fue más fácil llegar al frente. Estando allí, pudieron observar la rapidez con la que firmaba, sus poses en cada una de las fotografías que le pedían sus fans, su sonrisa vislumbrando emoción. Parecía que disfrutaba de toda la fama. La pequeña pantera soltaba carcajadas excitantes.
«¡Donald, señor Donald!» Exclamó el infante. «¡Señor Donald, aquí abajo!»
Al no captar su atención, se soltó de la pata de su padre y caminó hasta él. Ante la actitud de su hijo, quiso volver a tomarlo por el brazo, pero no lo alcanzó a tiempo.
«¡Oye, no, vuelve aquí, hijo, no, no!» Farfulló. Lo ignoró por completo. La panterita entonces, al llegar hasta el león, jaló de su camisa un par de veces.
—¿Señor Donald?
Giró el cuello hacia la dirección de donde provenía esa dulce voz. Hasta no sentir los tirones de su remera, bajó la cabeza. Su mirada fue cautivada por el pequeño.
—¡Oh, hola! —dijo arrodillándose frente a él.
—Hola señor Donald, yo…
—¡Disculpe usted! —habló el papá agarrándolo de los hombros para alejarlo de él—, me distraje un segundo y se me escapó.
—Oiga, no, descuide, está bien —trataba de calmarlo—. No me molesta en lo absoluto. Si quiere conocerme, que lo haga, no se lo impida. —Veía al felino oculto detrás de su padre, quien asomaba la cabeza apenas un poco—, dime niño, ¿cómo estás?
La panterita miró a su padre esperando su aprobación. Al asentirle, dejó de esconderse.
—Estoy bien.
—Vaya que sí. ¿Miraste el concierto?
—Sí, la última parte.
—Ja, ja, así que escuchaste nuestra nueva canción, ¿eh? ¿Qué te pareció?
—Me gustó muchísimo. Quiero escucharla otra vez.
—Pues ese no será problema —estiró la mano a uno de sus representantes para pedirle una copia de su nuevo disco. A continuación se lo entregó a la panterita—, ten, aquí tienes, para que la disfrutes todo lo que quieras.
El felino estaba que no se lo creía. Lo tomó con ambas patas brincando de la emoción. La expresión en su rostro hizo que Donald se sintiera complacido.
—Vaya que te gusta la música, ¿eh, niño?
—¡Me gusta mucho, sí!
—¿Sabes? Tú podrías estar allí arriba alguna vez —señaló con la mirada el escenario en el que tocaron.
—¿Yo puedo tocar la guitarra como usted?
—¡Claro que sí! —exclamó enérgico—, el mundo necesita música, y tú algún día podrías hacer música.
La panterita vio a su padre, quien también estaba entusiasmado por las palabras del león.
—Es más, te daré un regalo —le dijo en lo que metía la mano en el bolsillo derecho de su pantalón. Sacó de allí la uña con la que había tocado hacía un rato—, esta es mi uña preferida, quédatela.
—¡Woah, gracias, señor Donald! —dijo apropiándose de ella.
—Si deseas algún día convertirte en un músico como yo, te servirá —le explicaba en un tono alentador—. Piénsalo, hijo.
Dicho esto, se enderezó y estrechó la mano de su padre.
—Un gusto, señor.
—El gusto fue mío, señor Donald, muchas gracias —enseguida le pidió la pata al pequeño felino—. Vámonos, hijo, que ya es tarde.
Durante el trayecto hasta la salida estuvo observando los dos obsequios de Donald. La uña era de un color rojo intenso y estaba magullada de la punta. El disco tenía la imagen de todos los integrantes de la banda recargados en una cerca de madera en un despoblado, cada uno con poses y expresiones distintas. Al subir al autobús, revisó en la parte de atrás la lista de canciones. La número siete fue la que llamó su atención, "You Keep Me Hangin' On", la última que tocaron en el concierto. La pantera se la mostró a su papá.
—Sí, esa es la canción, ¿quieres oírla llegando a casa?
—¡Sí, sí quiero!
Al llegar a casa, el pequeño felino abrió el caso y desdobló un póster gigantesco de la banda. El concepto era genial. El gorila baterista usaba lentes oscuros, el lince bajista una cazadora marrón, el simio teclista un chaleco negro y camisa blanca, y el león guitarrista, Donald, una negra de tirantes y pantalón oscuro rasgado con desvanecido a un gris claro, y justo detrás el sol en su cenit, iluminándolos. Lo adoraba. Luego de haberlo visto detenidamente, su padre lo ayudó a retirar el disco de su lugar.
—Debemos tener cuidado porque podemos romperlo —le dijo al momento de hacerlo y colocarlo en la grabadora—. Ahora lo cerramos y presionamos "Reproducir". —la música comenzó estridente— La cambiaré a la canción que escuchamos en el festival.
Al haberlo hecho, el pequeño felino inmediatamente intentó imitar el solo de guitarra. Su padre se carcajeó al mirarlo como loco por toda la sala. Admitía que lo hacía bastante bien para ser una imitación. Veía la pasión, la entrega, percibía el entusiasmo y el deseo en su rostro, en sus miembros.
Realmente le gustaba esa canción.
Por eso recordó las palabras de Donald: "...tú algún día podrías hacer música." Imaginó a su hijo encima de los escenarios tocando la guitarra de esa manera, o cualquier otro instrumento, los que él quisiera. Sería fantástico mirarlo con esa energía tan contagiosa, tan exuberante. Muy pronto, el pequeño felino se olvidó de su alrededor y se sumergió en una fantasía. Noche. Luna llena rasgándose entre la nubosidad. Había luces, destellos. El estadio reventaba en animales. Los altavoces eran gigantes. La estructura era tan alta como el cielo. Tenía una guitarra eléctrica en sus patas. Miró a su lado derecho y vio al lince bajista tocando frenético, atrás de él advirtió al gorila baterista golpeando la tarola y los platos con fuerza, a su lado izquierdo yacía el chimpancé teclista enfocado en hacerlo bien…
…¿Y nuestra panterita? Pues estaba atónita. Se sentía en un sueño. ¿En verdad era él encima del escenario? ¿esos eran sus fanáticos? ¿en serio cantaría la canción que había escuchado en el festival?
Podía sentir el fuego en sus manos, la excitación en sus piernas, un temblor en su pecho, un cosquilleo en la nuca. Respiraba con dificultad, pero no estaba cansado. El público demandaba su actuación, por lo cual se acercó al micrófono y, justo antes de entonar la primera sílaba del primer verso, volvió a la realidad.
Sudaba a mares. La guitarra había desaparecido. Todo era sombrío y lúgubre. El escenario se esfumó. El público se convirtió en una pared blanca. El televisor. La ventana. Los miembros de la banda se desvanecieron. Los sillones maltratados de todos los días. El suelo sucio. La señal clara de una vida promedio en decadencia.
Estaba en casa.
Regresó a casa.
Giró el cuello hacia atrás, hacia su padre, quien lo veía atónito. Ante esto, el pequeño felino sonrió con engrandecimiento.
—Ya sé qué quiero ser de grande, papá.
Pero no dijo palabra alguna. Prefirió dejarlo hablar.
—...Quiero ser músico.
Era un bonito recuerdo. Desde aquel día, su pasión por la música jamás amainó, tan así que ahora mismo estaba parado frente a ese afiche que lo ponía a él rodeado de colores vibrantes. "MU†E en vivo, jueves 19.00 PM, club Vanilla Fudge". Sonrió. No era el futuro que esperaba tener, pero entendía que así habían comenzado muchos artistas. No iba a perder los ánimos por presentar su música en un antro. Aún había una pequeña esperanza: El concurso de canto de Joby Talbot. Se inscribió para salir del anonimato. Sabía que sería televisado en todo el país y que enfrentaría grandes contrincantes, como los integrantes del elenco del teatro Moon, la sensación del momento.
Faltaban diez minutos para comenzar.
Debía darse prisa para preparar las consolas y conectar los equipos.
