Su segundo día en aquella enorme casa fue mejor de lo que se imaginó, aun así, terminó por dormir junto a Olaf en aquel sofá bajo el retrato de Joan, no por miedo sino porque había quedado exhausta luego de correr con su perro por más de ocho calles solo por una ardilla. Menuda suerte la de Anna, agregando el hecho de que había comenzado a llover tras caminar por la quinta calle.

Olaf fue el primero en despertar, moviéndose sin cuidado sobre su dueña, la cual acabó cubierta de saliva por parte del animal.

– Buenos días para ti también pulgoso. – Habló la pelirroja empujándolo para levantarse y estirar para acomodar sus huesos luego de dormir en aquella posición. – ¿Desayunamos? Creo haber visto un café a unas calles de aquí.

Anna camino hacia las cajas y busco algo de nueva ropa, ni siquiera pudo ponerse el pijama menos lavar sus dientes o ver el baño. Aun así, se quitó el calzado y la ropa del día anterior para cambiarse a una nueva: jeans azules, camiseta negra, el abrigo y las converse que siempre usaba. Busco el peine que había guardado en otra caja, junto a las demás cosas del baño, y trato de arreglar aquel pelirrojo cabello. Luego de tanta lucha, pudo acomodarlo en aquellas dos trenzas que siempre usaba.

– ¿Vas a quedarte? – Le preguntó a su compañero, el cual no se había levantado del sofá. – De acuerdo, te traeré algo... Si encuentro.

Anna tomó aquella vieja llave y cerró la puerta detrás de si, acomodando el bolso que cruzaba su pecho. El clima en Arendelle no era tan frío como había pensado, creyó que había nevadas casi siempre o tendría que soportar un frío atroz, pero no. Con llevar aquel enorme abrigo le bastaba, además que no llevaba ni bufanda ni guantes ni aquel pequeño gorro de lana. Metió sus manos dentro de lo bolsillo del abrigo y soltó aire, caminando por las calles hasta llegar a ese pequeño café que había visto el día anterior.

"Oaken Kafeteria"

Anna sonrió y empujó la puerta, escuchando el tintinar de aquella campanilla sobre la puerta. Se quitó el abrigo y observó el lugar, era tranquilo y hogareño. El lugar era una especie de taberna antigua, lo que causó una adoración inmediata en Anna.

Había mesas redondas y de madera, el lugar tenía decoraciones en roble y una chimenea se encontraba en medio de la pared. Enfrentada a ella, aquella barra con algunas sillas, se veía la cantidad de botellas de alcohol que, sacando su propia conclusión, debían venderse en la noche cuando aquel lugar se volvía una verdadera taberna.

Anna busco una mesa libre, la cual, había a un lado de la enorme ventana que daba a la ciudad. Colgó su abrigo en el respaldo de la silla y se dispuso a leer la carta frente a ella. Le sorprendió la cantidad de cosas que aquel lugar vendía, desde chocolates calientes hasta platillo que jamás pensó que existían.

– Yoo-hoo! Bienvenida a la cafetería de Oaken, ¿Puedo tomar su orden? – Preguntó un hombre.

La pelirroja levantó la vista encontrándose con un hombre frente a ella. De seguro, si se ponía de pie, seguía sacándola más de una cabeza. Le sonreía de manera amigable, sus ojos azules le daban una sensación de paz. Aquella barba y cabello de un color rojizo, sus mejillas pintadas de un color rojo, quizás por la temperatura. Aun así, Anna lo siguió observando sin parecer una acosadora: botas grandes, pantalón marrón con tirantes y un suéter de colores no tan brillantes.

– Hola... Uhm... Una taza de chocolate caliente con... – Se detuvo para seguir leyendo la sección de comida y sonrió. – Con dos krumkake, por favor.

– ¡Enseguida! – Hablo feliz el hombre tras anotar su pedido.

Tomando la carta, dejó a la pelirroja sola. Anna observó por la ventana el lugar, parecía un pueblo. Realmente lo era, aunque era más grande de lo que pensó. Quizás llamarlo "Ciudad" era algo erróneo, no había visto ningún solo edificio, solo enormes edificaciones antiguas que fueron la adoración para Anna, más bien, fue amor a primera vista.

Espero paciente su pedido, revisando las redes sociales y contestando mensajes de sus amigos y familia, sobre todo sus padres. Aún no se encontraban tan convencidos de que su única hija viviera sola y en otro lugar, que quedaba a bastantes horas de Fredrikstad.

– Aquí tienes, ¡Nyt måltidet! – Exclamó el hombre sonriente.

Anna rio, no entendía cómo alguien como aquel hombre, el cual por fuera se veía lo bastante atemorizante, fuera como un oso de felpa tierno y amigable, le recordó a su pequeño compañero por unos momentos, quizás por los ojos azules o aquella actitud.

Aspiro el aroma de aquella dulce bebida antes de acércala a sus labios y dar un largo trago. Dejó escapar, lo que fue, un gemido de total aprobación. Era increíble aquel sabor, incluso podía distinguir el sabor a canela. Oh si, aquel lugar se ganó un buen lugar en su corazón... Y estómago, claro. Dejando a un lado la taza, tomó la decisión de ser jueza al probar los krumkakes que pidió. Tomó uno y lo llevó a su boca, deleitándose con aquel dulce sabor y aquella crocante textura. Ahora si podía decir que se había enamorado de aquel lugar.

– Sin duda seré un cliente frecuente. – Soltó con la boca medio llena.

– Tomaré nota de lo que pediste, jaa.

Anna comenzó a toser al oír la voz del hombre a su lado. Dejó el krumkake en el plato y dio pequeños golpes en su pecho para poder calmarse.

– Disculpa por el susto. – Murmuro.

– Oh no, no. No fue nada...

– Oaken. – Concluyó feliz.– Con permiso.

Anna permaneció unos segundos en silencio, procesando aquello.

Oaken Kafeteria... Tenía un empleado que se llamaba Oaken... Pero no vio a ningún otro empleado.

Sus ojos turquesas se abrieron al instante en que reaccionó, Oaken era el dueño y el único empleado de aquel lugar. Miró a su alrededor, no había mucha gente, así que el hombre no tenía tanto trabajo. Quizás en la noche habría más personal, estaba segura de que se llenaba en aquel horario nocturno.

Acabado su desayuno, pagó la cuenta y se retiró, no sin antes asegurar volver mañana.

Volvió a colocar sus manos dentro de los bolsillos y camino por Arendelle, observaba algunas edificaciones que parecían bastante antiguas, quizás tenían años y seguían de pie, tal vez, por pequeñas remodelaciones.

Si algo amaba Anna era los edificios históricos, había leído de que el castillo de Arendelle seguía de pie. Logró investigar qué días y horarios daban visitas guiadas donde se contaba su historia, eso sería algo que debía hacer, quizás no ahora, aún tenía que desempacar y ordenar su nuevo hogar. Dentro de algunas semanas podría hacerlo, además de conseguirse algún empleo.

Se detuvo cuando vio el museo, de encontraba abierto. Desde ayer que quería visitarlo y ahora lo haría, giró unos 45 grados para poder acercarse hacia la entrada.

"20 krones"

No era algo demasiado caro, Anna rebuscó en sus bolillos y sacó el dinero correspondiente. Al menos llevaba cambio.

Entró y pagó su entrada, debió dejar que revisaran su bolso por si acaso. Incluso le dieron pequeñas indicaciones, tales como el no tomar fotografías con flash o tocar los artefactos de allí.

Sujeto la correa de su bolso y se dispuso a observar cada detalle del lugar. Era tan perfecto que, posiblemente, lo visitaría varias veces. Cruzó por una entrada, admirando las pinturas que relataban escenas históricas del reino. Se detuvo al ver un enorme retrato de una mujer, era bellísima desde donde se la viera.

Anna no evitó sonreír de lado al ver sus ojos, un azul zafiro que parecía penetrar su alma. Si eso provocaba la pintura, sería aún más increíble en persona, pero lastimosamente la mujer allí debía estar muerta... O eso creía.

Al seguir caminando por el pasillo, algo le llamó la atención. Al final del mismo, cerca de una intersección que conectaba con otra sala, Anna logró distinguir un trono. Sobre el mismo, aquella mujer de la pintura. Se sorprendió ante ello, se veía tan real. Estaba cubierta de hielo, una espada apuntando hacia su corazón, pero no tocándolo, más bien, su punta se clavaba en un bloque de hielo que, a ojos de Anna, podía tomarse como una clase de escudo.

– Wow... – Suspiro acercándose.

Bajo la vista al pequeño cartel que yacía a unos pocos metros de la estatua.

"Dronning Elsa Of Arendelle"

– Eras una reina... – Murmuro. – Creo haber leído sobre ti, tenías una hermana.

Anna se rió de sí al verse a sí misma hablándole a una estatua. Examinó cautelosamente cada detalle de aquello, el vestido, el cabello, todo estaba impecable, como si fuera una persona real. Pero claro, aquello era imposible ¿O no? Dudaba que una persona pudiera mantenerse en tan buen estado por años. Aun así, Anna se caracterizaba por siempre meter sus narices en lugares donde no debía y aquel día y lugar no serían la gran excepción, por más que adorara la historia y prefería mantener todo intacto, había algo en aquella extraña estatua que provocó la necesidad de tocarla.

Ahora sí, la pelirroja dio cortos pasos tras asegurarse de que nadie la viera. Una vez estiró su mano y tocó aquella estatua, algo ocurrió. Pudo escuchar el crujir del hielo, como si el tocarlo, provocó que se rompiera y eso la asustó. Dando unos pasos hacia atrás, Anna observó cómo los pedazos de hielo iban cayendo hasta que la espada también lo hizo. De ahí, la mujer quedó sin protección. Pero, no termino ahí, hubiera sido tan aburrido. Lo próximo que vio Anna fue que la mujer comenzó a moverse, como si estuviera despertando de un profundo sueño. Su ceño se frunció y un puchero se formó en su labios, luego de ello, Anna vio sus ojos abrirse, los mismos ojos que aquel retrato, pero se veían más imponentes.

Ambas se vieron asustadas, sobre todo la otra chica.

De repente, Anna grito, al igual que la otra chica, pero la pelirroja fue quien, tomando aquella vieja y polvorienta espada, apuntó a la mujer, y aterrizó dolorosamente en su trasero.

La mujer miró hacia abajo, mirando a Anna con sus ojos azules. Echó un vistazo a la ropa de la pelirroja, temblando visiblemente de miedo. Para Elsa, Anna era la personas más extraña que jamás había visto, simule a cómo Anna la veía a ella. No habían dejado de gritar y lo extraño era que nadie parecía prestarles atención, como si el museo estuviera abandonado.

Al cabo de unos segundos, Anna dejó caer la espada y se colocó de pie para salir corriendo.

– Estoy soñando, estoy soñando, estoy soñando. – Se repita mientras corría a la salida del museo.

Una vez fuera, Anna se quedó sin aliento, cubriéndose la boca. Se colocó contra la pared para calmarse. No podía ser cierto, ¿Verdad? Era científicamente imposible aquello.

Se formaron gotas de sudor en la frente de Anna y los dedos alrededor de su boca temblaron.

Su mente repetía una y otra vez las imágenes vividas hace apenas unos minutos. La mujer despertando de lo que parecía ser un eterno sueño y la como la miraba, se notaba asustada. Claro, despertar y encontrarte con una extraña que comienza a gritar, menuda suerte la suya.

Quitó su mano de su boca para buscar su teléfono, necesitaba hablarlo con alguien. Sus manos temblaban y dificultaban su tarea, pero pudo ingeniárselas para buscar algún contacto que le fuera útil y estuviera cerca de donde estaba. Cuando entró en la aplicación de mensajería, su teléfono se apagó.

– ¡¿Que?! No, no, no.

Presionó varias veces aquel botón para encenderlo, pero nada, lo único que se mostrarán en pantalla era el símbolo de una batería sin carga. Gruño y lo guardó nuevamente, ¿Qué haría?

– Piensa Anna... Debe haber alguien que pueda ayudarte... – Golpeó su frente con suavemente, como si aquello le funcionara.

Y vaya que si lo hizo, recordó a la única persona que sabía la ayudaría.