Capítulo 2
-O-
El tiempo que pasamos en Ishval no puede ser desperdiciado, porque hay trabajo por todos lados que necesita hacerse, así que, cuando Roy se pasa las horas en largos diálogos con los dirigentes ishvalanos, muchos dispuestos a tratar con la primera persona que se muestra más razonable que ansiosa por partirles la cabeza a garrotazos, los demás tratamos de ocuparnos en cosas que nos permitan ser útiles.
Aunque los ishvalanos nunca fueron partidarios de las máquinas y avances científicos tanto como los amestrisanos, aceptaron que se conectaran líneas eléctricas y telefónicas, por lo que Fuery y Breda se unieron casi de inmediato al equipo encargado y Havoc, que sigue haciendo más trabajo de escritorio que de campo, a pesar de que Marcoh ha alegado que ya tiene la fuerza suficiente para desempeñarse como antes, se une a los constructores, ayudándolos a supervisar las obras para asegurarse de que todo marche bien, porque hace poco perdieron a dos ingenieros debido a desacuerdos y los remplazos no han llegado —Olivier también se quejó de eso y amenazó con ir a traerlos, arrastrándolos del cabello en caso de ser necesario, si se demoraban más. Al final, fue el mismísimo Louis quien se ofreció a ir a averiguar qué pasa con ellos, por lo que el cuello de nadie pende sobre el filo de una espada… por ahora—.
Yo, que los primeros días me sentí un completo inútil, desesperado por no tener alquimia con la cual ayudar a reconstruirlo todo en tiempo record, encontré la forma de auxiliar en la única escuela que hay de pie, donde los niños son demasiados, ya que se cumple la doble función de guardería para los padres que trabajan en las labores de reconstrucción, y no hay suficientes personas para hacerles caso.
La mayoría de los encargados son personas adultas que no pueden hacer más para colaborar, así que algo de brío joven les viene bien… sobre todo porque los niños pueden ser pequeñas pestes —ahora entiendo porque Izumi se portaba como un troll de montaña al tratar de meternos las lecciones a Al y a mí en la cabeza—.
Cada noche, al volver a la habitación, la encuentro vacía, pero estoy tan agotado, que ni siquiera puedo pensar en cómo me hace sentir.
Los dos primeros días, después de tomar una corta —escasez de agua— y fría —escasez de gas— ducha, antes de dejarme derrotar por el desgano, aprovecho para escribir cartas para Winry y Al, que Fuery me hace favor de colocar en el saco del correo pendiente porque le queda de camino. Cuando tengo muchas cosas de las que quejarme y nada de ánimos de contárselas a mi amiga de la infancia —que se burlaría— o a mí hermano —cuya cara, avergonzada a mis expensas, puedo imaginar con claridad, ya libre de la hojalata que usó como máscara por años—, recurro a la única opción que me queda, porque, aunque ya no estoy tan irritado con Roy como al comienzo, tampoco tengo ganas de hablar con él de mis diatribas personales igual que antes.
Al final del día, los dos estamos tan hechos pomada, que tampoco valdría la pena tratar.
La tercera carta que escribo es para Niall y va llena de pura basura acerca de niños menores de diez que, en vez de tratar de aprender a leer o contar, quieren divertirse a expensas de su maestro, arrojándole cosas —y rompiendo a llorar cuando dicho instructor pierde la paciencia y se las devuelve con el doble de fuerza (triple, cuádruple) que ellos emplearon inicialmente—.
Antes de darme cuenta, he escrito más de tres páginas de quejas y, cuando me digo que es hora de acabar, la puerta se abre a mis espaldas y escucho a Roy arrastrando los pies para entrar en la pequeña recámara que, aparte de las dos camas y la mesita de noche, sólo tiene un armario que debemos compartir y un escritorio pequeño, con una sola silla, colocado frente a una mugrienta ventana que se atora al tratar de abrirla, por lo que siempre se queda a medio camino.
Estoy seguro de que su intención es decir «buenas noches, ¿qué tal tu día?», pero es tan inepto que sólo consigue un «uh». Levanto la mano y hago un gesto por encima de mi hombro para darle a entender que lo oí, antes de terminar la misiva, doblar las hojas y meterlas en el sobre, que sello con un montón de saliva —sabiendo cómo blanquean el papel, debería evitar hacerlo, pero… otro día pensaré mejor en eso—.
Dejo la carta descuidadamente en la mesa, prometiéndome que mañana, a primera hora, pondré la información correspondiente en el sobre.
Alzo los brazos por encima de la cabeza y me estiro como un gato al mismo tiempo que Roy se deja caer de boca en su cama, haciendo saltar los resortes con estrépito.
— ¿Le escribes a Alphonse? —Pregunta, con la voz amortiguada por la almohada.
—Ah-ah —contesto, tras dar un gran bostezo, colgando la cabeza por el respaldo de la silla y cerrando los ojos. Estoy hecho mole y sin la parte divertida del chocolate.
Se suponía que sólo serían un par de párrafos y me dormiría, pero me fui de largo y, ahora además del agotamiento, siento un dolor punzante en la mano por tanto escribir.
— ¿A la señorita Rockbell? —me pone tan de nervios que se refiera a ella de esa manera.
Winry, al igual que Izumi, probablemente tenga genes de Pie Grande o algo así: demasiado violenta para ser llamada «señorita».
—No —respondo, menos dispuesto a seguir con las preguntas.
Sé que se interesa porque tiene la impresión de que no hemos hablado en días, pero no tengo tiempo para dejarle creer que todo está bien entre nosotros.
Por algún motivo, mi última negativa no parece gustarle y, por un largo segundo, estoy seguro de que está conteniendo el aliento. Miro por encima del hombro y me doy cuenta de que uno de sus ojos sobresale por la funda de la almohada y está fijo en mí, entornado y acusador.
Se sienta con elegancia, a pesar de que está más despeinado que cuando llegó. Me quito un mechón de cabello de la cara y giro la silla con rodillos para encararlo.
Intercambiamos una larga y pesada mirada hasta que, pasado lo que se siente como un minuto, estira una mano, ofreciéndomela para que la tome.
Dudo, pero, al final, demasiado cansado para pelear, me pongo de pie y la acepto, permitiendo que tire de mí en su dirección.
Hay un choque eléctrico de por medio. En cuanto nuestros dedos se tocan, algo despierta en mi vientre y el frío de la habitación es sustituido por algo más tibio y suave.
Cada articulación de mi ser amenaza con fallar y deshilacharse, pero no importa, porque me pega a él, obligándome a sentarme a horcajadas en su regazo y a rodearle el cuello con los brazos para no perder el equilibrio. La mirada sigue adelante, uno tratando de leer códigos en los ojos del otro.
Al parecer, no soy el único que necesita conocer un montón de verdades.
Ojalá existiera la Legeremancia.
No sé quién se mueve primero, pero lo que sí sé es que, de la nada, hay un beso ocurriendo en ésta pequeña y húmeda estancia.
No había tenido ánimos para estar así con él desde la otra noche, cuando volví del bar y se mostró igual de raro que ahora, pero hoy… siento que escribiendo esa larga carta me quité de encima mucha de la porquería que me tenía de mal humor y ahora estoy abierto para algo más, no porque él lo desee, sino porque un poco de oxitocina me robará todavía más estrés de los hombros.
Hundo los dedos en su pelo, siempre alborotado, pero lacio y suave. Recorro con las yemas su cuero cabelludo, porque sé que le gusta —igual que a un buen perro, pienso y sonrío, sin alejar la boca de la suya—, sintiendo las diminutas perlas de sudor embadurnándole la piel. Gira un poco el rostro y su boca se mueve, reptiliana, por mí mentón hasta bajar al cuello; por instinto, levanto la cara y lo dejo hacer lo que le venga en gana.
Termino de espaldas en su cama, siendo desenvuelto como un obsequio que ha esperado demasiado abandonado en un rincón y, cuando quedo expuesto ante él, cierto cinismo se hace presente en cada una de mis acciones, porque, de la nada, me gustaría saber si me trata de la misma forma que a las demás personas que se lleva a la cama.
Si hubiera pasado la noche con Niall, ¿habría intentado emular lo que aprendí con Roy o habría sido diferente?
Seguro hay cosas diferentes con cada nueva persona, pero también debe haber comportamientos de raíz que no se van con facilidad.
¿Se comporta diferente con hombres y mujeres? ¿Ha habido otros hombres aparte de mí? Tiene fama de gigoló, uno que podría seducir a una estatua y traerla a la vida cual Galatea, así que supongo que sí. Sin embargo, con su cara entre mis piernas, una de mis manos enredada en su cabello, tirando de él cual si fueran riendas, lo dudo y me convenzo de que no es así.
Es probable que por necesidad. Por terquedad, de nuevo. Me gusta pensar que, si en determinado momento fui un capricho o un error, soy único en mi tipo.
No parece un consuelo y sólo me frustra más, por lo que batallo para dejar de pensar en esas cosas.
Por primera vez desde que llegamos a ésta árida ciudad, pasamos la noche en la misma cama y recuerdo cómo es dormir contra su pecho, con su brazo rodeándome con firmeza y sus dedos dibujando patrones en mi espalda al tiempo que intenta conciliar el sueño, parpados caídos y aliento saciado.
Tal vez fue por este adormecimiento, éste hartazgo de sensaciones posterior a la intimidad que empezamos con esto en primer lugar, porque, hagamos lo que hagamos, siempre seremos quienes somos y llevaremos un montón de tonterías a cuestas. En determinado instante quizás pensamos en compartir nuestras penurias, uniéndonos de ésta forma, pero ahora… es más como el mismo tipo de placer que brinda cumplir una terquedad, una banalidad.
Si puede conseguir este embotamiento con cualquiera, ¿por qué sigue terco en compartirlo conmigo?
Si fuera algo más real, más certero y verdadero, podría disfrutarlo más sin tener que pensar con realidad que estos minutos se acabarán dentro de poco y tendré que volver a la sequedad que no me ha dejado en paz en semanas.
Pero él, curiosamente, parece más sosegado que nunca.
Malnacido.
Para que no se sienta tan tranquilo, le muerdo el hombro hasta asegurarme de que duela. Tiene lunares aquí, titilando como estrellas en un firmamento blanco, y no puedo evitar recorrerlos con la lengua, lo que le quita impacto a su queja.
Sus dedos, por instinto, se crispan en mi espalda y siento uñas clavándose ahí, parecidas a las garras de un gato ofendido. No me importa.
—Y yo creyendo que ya estabas de mejor humor —como si fuera responsabilidad mía asegurarme de siempre tener una sonrisa lista para él.
Esa puede ser su mesera, si tanto le interesa.
Vuelvo a morderlo, antes de lanzarme a su boca, buscando un beso sucio y cargado de la misma energía violenta que me inunda las entrañas. Si le extraña mi comportamiento o no, no lo dice y simplemente lo deja ser.
—Mis estados de ánimo no son asunto tuyo —susurro contra sus labios antes de volver a besarlo.
Se siente bien, aunque sus dedos se tensan todavía más en mi espalda. Tengo que sacudir la cabeza para quitar mi cabello de en medio, porque ha caído hacia adelante, tratando de colarse en las bocas de ambos.
—Edward… —susurra cuando me aparto para tomar aire y suena a amonestación.
Es normal que nos hablemos así, que nos faltemos al respeto delante de la gente a manera de juego, pero soy consciente de que ésta vez sonó más como un reclamo que una broma.
¿Qué más quiere de mí? ¿Qué le diga lo siento, pero me hiciste pedazos al recordarme que no puedo tener expectativas sobre lo nuestro y pasará mucho tiempo antes de que me convenza por completo de que esto tiene que ser sólo sexo?
No puedo. Sería humillante.
Me acaricia la cara con una delicadeza que duele y un nudo de emociones desagradables se me cierra en la garganta, pero no es porque quiera llorar, sino porque tengo muchas quejas que quiero hacer y obviamente no puedo.
Sujeta la parte trasera de mi cabeza y me obliga a empinarme para estamparme un beso en la frente. No soy un chiquillo para que haga cosas así, aunque, bien… tampoco es que cosas como las que hicimos antes se atreva a hacerlas con alguien a quien sigue viendo como un niño, ¿cierto?
Sus pequeños gestos punzan más que nunca, pero, en vez de huir a mi propia cama como me lo dicta el buen juicio, me arrincono contra él, llenándome las fosas nasales de su aroma, marcando patrones ininteligibles en su piel con la punta de los dedos. Ojalá pudiera marcarlo en verdad, para decirle a gritos al mundo que es mío, pero me cortaría las manos antes de dejarme hacerlo.
Nos quedamos callados largo rato, pero es obvio que ninguno duerme.
—Debe ser difícil —susurro, antes de poder tragármelo.
Sus dedos en mis hombros se detienen de repente y murmura por lo bajo:
— ¿Qué?
Hace calor.
Me aclaro la garganta antes de responder, con una premura diciéndome que mejor no lo haga, pero ya es tarde.
—Tener que estar aquí, donde la hirieron, en una situación tan parecida.
Por supuesto, no tengo que especificar que me refiero a Riza.
No emite ningún sonido y su pecho deja de subir y bajar, justo debajo de mi mejilla, por lo que no es secreto alguno que contiene el aliento. Lo deja fluir de nuevo, parsimonioso, antes de volver a murmurar.
—Es desconcertante y, hasta cierto punto, aterrador —contesta, tratando de sonar despreocupado.
Nunca antes me he atrevido a preguntarle por sus sentimientos acerca de Riza, pero hoy… es una de esas verdades que quiero conocer y que me siento con el valor de intentar sacarle.
—También debió ser complicado verla convertida en madre, esperando a otro hombre —si siento algo parecido al placer al notar cómo sus dedos tiemblan, ¿significa que soy un mal tipo?
Responde más rápido que antes, más lacónico también:
—No —suena honesto, contra todo pronóstico—. Me alegra que sea feliz.
¿Aunque no sea contigo? No soy tan desconsiderado para decirlo en voz alta.
— ¿En algún momento pensaste en abandonar la milicia, dejar tus estúpidas ansias de gloria —sé que no se trata de eso, pero es así como me refiero a ellas entre nosotros y ha aprendido a que le dé lo mismo— y casarte con ella para tener una vida común y corriente? Ágata podría ser tuya.
Auch.
Algo horrible me palpita en el pecho, pero procuro no hacerle caso. Si quiero verlo junto a alguien, es conmigo… pero sé que no es posible. Él no lo quiere así.
De repente, me sujeta el cabello con fuerza y tira hacia atrás para verme a la cara. Me sorprendo, por lo que pongo los ojos como platos y parpadeo varias veces al intercambiar una mirada en la penumbra, pero, tan rápido como al principio, me suelta y masajea el área adolorida en la parte trasera de mi cabeza, sin dejar de entornar los ojos con desconfianza.
Río, tratando de quitarle peso al suceso, pero puedo notar el alocado latido de mi corazón en la garganta, en las sienes.
— ¿Qué demonios tienes en la cabeza, Edward Elric? —pregunta, consternado.
Río más.
—Como si no fuera de conocimiento general que ustedes eran almas gemelas o algo así y que tuviste que dejarla ir «por un bien mayor» —digo, irreverente—. Noté lo fastidiado que estabas cuando visitó el cuartel con su hija.
Su cara cambia. De la nada, tiene una expresión hosca y sus labios se curvan con desagrado. Despacio, sus manos tratan de tener el menor contacto posible con mi piel, lo que enciende bengalas en mi mente. Apoyo mi peso en un codo y lo uso para levantarme un poco en la cama y tratar de verlo mejor —incluso estoy tentado a tirar del cordón de la lámpara de la mesita de noche para bañar la habitación de luz, pero no me atrevo—.
—Piensas que la quiero —no lo está preguntando, sino afirmando y con tal sorpresa que, repentinamente, siento la cara ardiendo de vergüenza, por algún motivo que no alcanzo a entender.
—Y… ¿no es así? —ahora agradezco la penumbra.
La desnudez me hace sentir más vulnerable que nunca y, a pesar de la calidez de la estancia, tiro del edredón y me cubro con él hasta la barbilla, fingiendo que me interesa más envolverme en él hasta convertirme en un taco en lugar de verlo a la cara, algo que él sigue haciendo.
Si la ceguera sirvió para algo, fue para familiarizarlo con la oscuridad y aprender a moverse en ella como pez en el agua. Eso me hace sentir todavía más expuesto.
— ¿Todo este tiempo has estado convencido de que estoy perdido de amor por ella? —sisea entre dientes. Aprieto los labios para no soltar un «sí». Luego, su tono cambia de la estupefacción a la burla—: ¿eres idiota?
Lo golpeo sin miramientos, pero se las arregla para sujetarme la muñeca y derribarme en la cama de tal forma que ahora está encima de mí, apresándome contra el colchón, cuyos resortes hacen un ruido delator que espero que no llame demasiado la atención de los ocupantes de las habitaciones contiguas, pero a éstas alturas ya es tarde, ¿no?
— ¿Qué importancia tiene si es lo que he estado pensando? De hecho, es lo que todo el cuartel, ¡todo Amestris!, piensa, por si no lo habías notado. No hay necesidad de ser un genio para darse cuenta de que todos tus revolcones no son más que un esfuerzo por olvidarla…
Ahora es él quien parece querer golpearme. Su ceño se frunce y su boca vuelve a hacer el gesto desagradable. Gruñe y me suelta las muñecas, donde puedo notar halos, cálidos y dolorosos, ahí donde sus dedos me aferraron con fuerza.
—Eres un imbécil —sentencia, convencido—. Estás decepcionándome, Edward —vuelve a gruñir, pasándose una mano por la cara con frustración, pero luego bufa y niega con la cabeza—. Pero, ¿sabes? piensa lo que quieras.
El fastidio y el coraje regresan.
— ¿Gracias? —Ironizo—. No necesito tu permiso para algo tan básico —asgo el edredón a modo de barrera entre nosotros y Roy vuelve a hacer un ruido exasperado.
No se aguanta más y, sin miramientos, me empuja hasta derribarme de la cama para tenderse contra las almohadas al tiempo que impacto en el suelo haciendo un ruido seco.
De inmediato, le lanzó un selecto listado de palabrotas que llevo un tiempo queriendo usar en su contra, pero las ignora con maestría, haciendo un gesto con la mano para sacudírselas de encima cual si fueran moscas molestas.
Me levanto y me voy a mi propia cama, sin preocuparme por devolverle la cobija, en la que me hago un ovillo. Lo fulmino con la mirada, pero me ignora, demasiado ocupado masajeándose los ojos con los pulgares.
Es tan estúpidamente perfecto, que no puedo odiarlo mucho, a pesar de que me esfuerzo, pero sería como tratar de odiar el David de Miguel Ángel o alguna sinfonía de Bach.
—No la amo —interrumpe mis pensamientos con voz queda—. No románticamente al menos. Pero compartimos toda una vida, prácticamente desde que era una niña. Su padre fue mi mentor y, al morir, me encomendó cuidarla. Luego, vino la rebelión de Ishval y ambos vimos muchas de las peores cosas que este mundo tiene qué ofrecer. Si en algún momento fue más para mí que una simple compañera, se trató de una cómplice, no una amante. Y es cierto que cuando… —hace una pausa para pasar saliva, sin dejar de tallarse los globos oculares, tratando de eliminar un cansancio que, por más que quiera, se quedará ahí mientras permanezcamos en éste sitio. Sospecho que llevo un rato sin respirar, así que tomó una amplia bocanada de aire, sintiendo como los pulmones se inflan en mi pecho igual que balones antes de volver a su tamaño habitual— pasó lo que pasó, me dolió pensar en la posibilidad de perderla, así como me dolió verla a punto de desangrarse el Día Prometido. A veces, te aferras tanto a la gente, que en cierto momento dejas de verla como individuos ajenos a ti y comienzas a hacerlo igual que extensiones de tu propio ser, ¿comprendes? —Asiento, porque siempre he pensado en Al, Winry y mi familia de esa manera. Lo raro es que en Roy también, lo que vuelve mil veces peor la situación en la que nos encontramos—. Y es peligroso, porque, aunque te haga sentir bien, quizás no sea lo más conveniente para la otra persona.
»—Si Riza tomó la decisión de marcharse del ejército, fue porque mi estado emocional la presionó demasiado. Fui yo quien la puso en circunstancias difíciles e incómodas y, como siempre, fue más inteligente y supo lo que tenía que hacer, aun si eso significaría dejar atrás sus propias necesidades y promesas —vuelve a guardar silencio y aprovecha para humedecerse la boca con la punta de la lengua. Quiero besarlo de nuevo, pero no encuentro los ánimos para salvar el metro que nos separa y hacerlo—. Gracias al cielo, más que perderla en un puñado de bifurcaciones, eso la ayudó a encontrar un camino más sencillo y gentil. Y ahora es feliz, como todos deberían serlo.
Todos.
Algo cálido, pero incómodo, se expande por mi pecho y giro en el colchón para mirar el techo oscuro. Para no haber hablado en días como solíamos hacer, ahora estamos teniendo una conversación demasiado profunda.
— ¿Alguna vez has querido a alguien? —No tientes a la suerte, Elric—. ¿Románticamente?
Para mi sorpresa, es su turno de reír.
—Todos lo hemos hecho, ¿no?
—Ugh.
—Sí y no fue un descubrimiento agradable —contesta, levantando los brazos y acomodándolos detrás de su cabeza. Algo se me revuelve en las tripas y parpadeo con un gesto más largo de lo normal—. No porque no me guste la idea, sino porque… es complicado querer a alguien. Sobre todo siendo yo.
Exhalo, apesadumbrado.
—Mira a quien se lo dices —expreso antes de meditarlo.
Es lo que pone fin a la conversación. Roy se acomoda de costado en la cama, haciendo rechinar la madera de nuevo. Estira una mano en mi dirección y, tras suspirar, dice:
—Edward, ¿me devuelves el edredón?
Fingiendo fastidio, me levanto y, en vez de darle sólo la cobija, me acomodo a su lado, permitiendo que me rodee con los brazos.
No estoy decepcionado ni asustado ni molesto. De hecho, es bueno saber ésta clase de cosas, porque, de alguna forma, me ayudan a no seguir haciéndome ideas sobre algo que jamás podrá ser como quiero.
Soy el primero en adormecerse y, dividido entre la consciencia y la inconsciencia, siento sus dedos deslizándose por mi cabello, provocándome un estremecedor cosquilleo que me recorre todo el cuerpo.
—O—
— ¿Una carta para Central? —Inquiere Fuery, sin poder evitar cotillear, cuando le pido que, una vez más, coloque el sobre en el correo por mí.
No me sorprende la curiosidad, porque está acostumbrado a que las direcciones sean en Xing, Rizenbul, Dublith y Rush Valley.
—Sí —respondo, amable, pero cortante, dándole las gracias con una palmada en el brazo antes de seguir mi camino.
Roy, a mi lado, tiene una mirada distante y una expresión un tanto apagada, pero bien puede ser por los pocos ánimos que tiene de encontrarse con Olivier para que le gritonee. Nos separamos en una intersección y hoy es más fácil sonreírle que ayer.
Trata de responder el gesto, pero no lo consigue del todo.
—O—
Con el pasar de los días, ocurre algo curioso: todos nos abstraemos más que nunca en las labores que hacemos aquí, por lo que no queda mucho tiempo para convivir entre nosotros, sin embargo, me las arreglo para mantenerme en contacto, más que nunca, con Alphonse —quien está loco con los preparativos de su boda con May, que comienza a acercarse peligrosamente—, Winry, que hace un par de semanas recibió un anillo de compromiso —hecho por su novio con partes de automails, lo que consideró infinitamente romántico y pro-ambientalista— y con Niall, que sigue siendo la única persona con quien me he animado a hablar de las cosas que no me gustan o me impresionan demasiado de Ishval, donde todo ofrece un panorama demasiado agrio comparado a lo que todos estamos acostumbrados a ver.
Él, por su parte, me cuenta del avance de sus investigaciones y, en papel, me da la impresión de que se anima a ser un poco más abierto respecto a eso.
Lo que más me sorprende de él es que, después de preguntarle, sin siquiera darme cuenta, qué lo motivó a enfrascarse en una investigación semejante, me responde con una frase que no deja de darme vueltas en la cabeza después de leerla: mi esposo murió hace dos años de asperalgia, una condición para la que no hay tratamiento. Fue una partida dolorosa, así que quisiera evitarle a otras personas pasar por lo mismo…
Sobra decir que pasan un par de días sin que se me ocurra cómo contestar. Cuando por fin algo llega a mi mente, decido sonar lo más casual posible sobre la situación en vez de apenado y me alegra que, en su siguiente carta, podamos seguir hablando como si nada.
A lo mejor fue por esa verdad encubierta que antes no se mostró tan abierto a comentarme sobre sus estudios, pero ahora que está fuera, incluso se anima a compartir más detalles de su vida y de cómo era cuando su pareja aún vivía.
Suena como un condenado cuento de hadas y, si me da algo de envidia, me siento estúpido de inmediato porque, a fin de cuentas, el otro murió y Niall… trata de mantenerse a flote de la mejor forma que puede.
¿No es así como debemos hacerlo todos cuando el mundo no gira en la dirección en que necesitamos que lo haga?
Roy está más estresado que nunca, porque necesita mucho espacio para trabajar, pero Olivier se niega a soltarle la correa del todo, a pesar de que se da cuenta de que, desde que Roy llegó, las amenazas de conflicto comenzaron a disminuir.
Miles insinúa que es eso lo que la molesta y que sólo está jugando con él para que no se atreva a pensar que podrá quitarle el control; sé que Roy jamás intentaría pasar por encima de su autoridad —a menos que fuera estrictamente necesario—, por lo que Olivier sólo está consiguiendo ponerlo de malas.
Por las noches, no me importa ser la esponja dispuesta a absorber toda esa irritación, pero sí me molesta que cada vez que su boca se dispone a usarme como un lienzo de arriba abajo, no puedo dejar de preguntarme si, cuando no estoy cerca en Central, es por este motivo que busca la compañía de alguien más.
¿Soy sólo un analgésico para él? ¿Si le negara mi compañía en Ishval, se las arreglaría para hallar a alguien más?
Miles, Havoc y Breda han hecho insinuaciones de que hay mucha tensión queriendo explotar entre él y Olivier, algo que me aterra —no por perderlo, sino porque es Olivier Mira Armstrong de quien se está hablando— y, cada vez que los escucho, no puedo evitar que un brote de bilis me suba a la garganta.
Pero Roy no parece interesado.
Afortunadamente.
—O—
Pero no todo puede ser miel sobre hojuelas y, a pesar de que las amenazas de entrar en un nuevo conflicto civil comenzaron a disminuir con nuestra llegada, todavía hay inconformes.
Estoy tratando de evitar que dos niños ishvalanos peleen entre ellos en el patio de la pequeña y destartalada escuela cuando Havoc aparece por una esquina, sudando y jadeando por el esfuerzo de correr.
— ¡Je-jefe! —Exclama, apoyando las palmas en sus rodillas para inclinarse y tratar de llenarse los pulmones de aire. Me irrita que ni él ni Breda hayan perdido el hábito de llamarme así, aunque ya no porto el mismo título que antes. Lo observo, enarcando una ceja, pensando que necesita más trabajo físico si quiere volver a ser el mismo sujeto que fue antes de la silla de ruedas. Apenas acabo de pensar eso, un escalofrío desagradable me recorre la espina, dándome cuenta de que no es lo importante—. ¡El general…!
Me quedo en blanco, pero, por dentro, algo gélido comienza a licuarse en mi estómago y sospecho que es pánico, del mismo tipo que no he sentido desde el enfrentamiento contra Padre.
—O—
En el pequeño pabellón para heridos todo huele a desinfectante y, al ser las carpas de color blanco, el sol hace resplandecer los alrededores de una forma que me obliga a mantener los ojos entornados. Supongo que no ofrezco una imagen demasiado amistosa, tras pasar la noche entera sentado en una silla incómoda, con los brazos y piernas cruzados con tanta fuerza que los músculos ya no me responden, como si se hubieran convencido de que permanecerán en ésta postura para siempre.
Roy comienza a abrir los ojos y, en un impulso, estiro la mano para retirarle el cabello que le ha caído sobre los párpados, acariciándole la frente con el pulgar. No me había dado cuenta de lo mucho que le hace falta un corte…
—Buenos días, amorcito —le digo, pero con tanto veneno en la voz, que me sorprende que no caiga muerto contra las almohadas con sólo oírme.
Noto cómo trata de enfocarme en medio de la bruma de los anestésicos y no puedo seguir molesto con él.
— ¿Amorcito? —susurra, ronco luego de pasar horas sin usarla.
Ruedo los ojos y me estiro hasta que mi boca está a milímetros de su oreja.
— ¿O prefieres «fulano con el que me acuesto ocasionalmente»? Es sólo que creí que sería algo vulgar, ya sabes.
Cierra los ojos y exhala con una pesadez que me deja saber que no ha salido de la somnolencia por completo. Se las arregla para llevarse una mano a la cara.
—Ah, sí eres tú… por un segundo creí estar alucinando —murmura, haciéndome enarcar una ceja—. ¿Qué pasó?
—Te apuñalaron por la espalda, literal. Felicidades: conseguiste tu primer intento de asesinato sirviendo como político. Seguro vendrán más —el sarcasmo sirve para ocultar un poco el miedo que he estado sintiendo desde ayer por la tarde, cuando Havoc vino con la noticia.
Gruñe con fastidio.
Sí, va a estar bien.
— ¿Quién fue?
—Uno de los nuestros. Ese tal cabo Ahn. Tuviste suerte de notarlo a tiempo: un par de centímetros más a la izquierda y estarías muerto —no me tiembla la voz. Para nada—. Olivier está lista para mandarlo fusilar.
Sonríe y quiero pasarle una mano por el cabello una vez más, pero no me atrevo.
Una enfermera se da cuenta de que ha reaccionado y se acerca a toda velocidad para medir sus signos vitales. Si siento algo de rabia ante la forma en que lo toca con total familiaridad, me la trago y aprovecho para levantarme y pasear por el pabellón, porque siento el cuerpo entumido. También debería decirles a los demás que su inútil superior ya despertó, así que me desperezo y camino hacia la salida para buscarlos.
—Edward —llama a mis espaldas, igual que ha hecho tantas otras veces.
Siempre me ha gustado la forma en que dice mi nombre y, en ocasiones, extraño escucharlo decir la palabra «Acero».
Miro por encima del hombro y me hace un gesto con la mano que reconozco como el mismo «gracias» que me dio hace casi tres años y medio, cuando acababa de volver al ejército tras decidir que sería lo mejor para mí y nos metimos en líos con un grupo de contrabandistas que casi nos matan. De no haber sido por una temeridad mía, no estaríamos aquí ahora y, a pesar de que no le gustó, no tuvo otra opción más que reconocerlo.
Sonrío y le dedico un gesto de la cabeza para darle a entender que lo reconocí.
—O—
Los ánimos de los ishvalanos vuelven a prenderse en llamas y, con todo y que Roy se niega a volver a Central para ser tratado mejor de lo que los médicos pueden hacerlo en éstas rústicas instalaciones, ya no se muestran tan abiertos a dialogar, sobre todo cuando Ahn declara que lo compraron, pero se niega a dar nombres.
Ni Roy ni yo tenemos muchas expectativas, porque llevamos años viendo cómo el régimen de Bradley y Padre se enraizó tan hondo en las mentes de algunas personas, que los nuevos métodos de Grumman, a pesar de ser igual de estrictos en algunos casos, los tienen inconformes.
Por decisión propia, dejo de ayudar en la escuela y me dedico a seguirlo a todos lados para asegurarme de que a ningún otro imbécil ambicioso se le ocurra tratar de matarlo de nuevo.
Al principio creí que la idea le molestaría, pero no es así y, de hecho, se muestra bastante conforme, lo que es igual de sospechoso.
Conserva esa elegancia que lo caracteriza a pesar de que debe llevar el brazo en cabestrillo y pronunciadas ojeras se muestran bajo sus ojos, ya que le es difícil conciliar el sueño con una herida así, a pesar de los analgésicos que lo obligan a tomar.
—Nadie dijo que el camino a la cima estaría libre de obstáculos —le susurro una noche al oído, abrazándolo por la espalda, tras ayudarlo a cambiar los vendajes.
La herida no sangra tanto como al principio, así que el algodón se queda limpio entre un cambio y otro, gracias al cielo, porque la sangre nunca ha sido mi visión favorita.
Me observa con ojos afilados que me dejan saber que no fue el mejor comentario en estos momentos. Con todo y eso, me besa y es un gesto demasiado profundo para no responderlo con la misma fiereza.
Alphonse no se toma bien la noticia del ataque y en su carta más reciente me pide, de cuatro formas diferentes, pero que, a fin de cuentas, significan lo mismo, que mantenga los ojos bien abiertos y me cuide las espaldas. Su vida en Xing, practicando el arte de la sanación, se ha vuelto sencilla y carente de problemas.
Me da gusto por él, pero yo estoy acostumbrado a la bronca.
Pasando tanto tiempo junto a Roy, le es imposible no darse cuenta de toda la correspondencia que recibo de y envío a Central y, a pesar de que en un par de ocasiones lo he sentido curioso al respecto, logra cerrar la boca antes de caer en la tentación de preguntar para quién es, aunque creo que lo sabe.
Hace mucho que se me olvidó la charada que le inventé —sin querer— sobre haber dormido con otra persona, pero es obvio que la sigue teniendo presente y que le causa conflicto, de una forma u otra.
El soldado que lo atacó es enviado a Central para ser enjuiciado y Olivier, harta de nosotros, nos manda al demonio tras él, alegando que le trajimos más problemas que beneficios —antes de tomar el tren de regreso, Miles me deja saber que los dirigentes ishvalanos están más abiertos al diálogo que nunca y que es posible que consigan solucionar los problemas ellos mismos, a pesar de que tendrán que investigar a cada soldado en la comitiva y tratar de averiguar quién ordenó el intento de asesinato. A la vez, sugiere que Olivier siente desagrado ante el obvio esfuerzo que Roy tiene que hacer todos los días para seguir en un entorno tan hostil con una herida de alto calibre que necesita de muchos cuidados—.
Me despido deseándoles suerte y tanto Miles como Scar, con quien no he hablado mucho estando aquí, pero con quien tengo una relación menos conflictiva que cuando nos conocimos, hacen lo mismo conmigo.
En el camino de regreso, me siento junto a Roy e incluso le permito usarme como almohada cuando el cansancio por fin le gana.
—O—
—Oh, mira, tu novia te trajo un regalo —me burlo, arrastrando las palabras, tomando uno de los panecillos de chocolate de lo alto de la cesta que la mesera trajo a nuestra mesa junto con la cuenta, antes de marcharse tan rápido, con un revuelo de holanes y perfume, que casi arroyó a una comensal, que la fulminó con la mirada en mi nombre. Roy tuerce la boca como si el desayuno se le hubiera amargado repentinamente—. Deberían apuñalarte más seguido —sé que no lo digo enserio, pero suena a que sí.
Entorna los ojos y, por un segundo, luce miserable, hasta que suspira y consigue devolver sus facciones al aburrimiento habitual.
—Nunca lo superarás, ¿verdad?
El corazón me da un vuelco con fastidio.
— ¿Qué te revuelques con cuanta falda se te pasa por delante? Es más preocupación que otra cosa. A veces no puedo dormir pensando en todas las venéreas que… —la punta de su bota se encuentra, por debajo de la mesa, convenientemente con la mía y hace presión. Me quejo y retiro el zapato de un tirón, sintiendo los dedos magullados.
Fingiendo que nada pasó, ladeo el cuerpo hacia la silla que tengo al lado, donde está mi maletín, y hurgo en él hasta que encuentro dos sobres apergaminados de color amarillento. Le tiro uno por encima de la cesta de panecillos y, cuando cae frente a él, observa con atención y recelo la pulcra caligrafía que marca el elegante papel.
—Son las invitaciones a la boda de Al y May —explico, guardando la mía de nuevo y cerrándolo con un fuerte clic—. Será en Rizenbul, dentro de un mes.
Tuerce la boca. Me siento obligado a consolarlo diciéndole que, si no quiere, no tiene porqué ir, pero sé que su molestia tiene más que ver con otra cosa.
— ¿Una princesa de Xing no debería casarse por todo lo grande? —inquiere, escueto.
Encojo los hombros.
—Según Al, Ling les ofreció una ceremonia oficial y toda la cosa, un pretexto para echar la casa por la ventana ahora que es emperador, pero ambos se negaron, alegando que prefieren lo sencillo —mi hermano puede ser un burro en ocasiones, pero así lo quiero. Para las grandes casas de moneda de Xing, una simple boda debe costar minucias—. Se casarán primero allá, para que quede en el registro y Al obtenga la ciudadanía, pero la «verdadera» recepción será aquí.
—Vaya —parpadea y suspira, tomando el sobre con las puntas de los dedos y viéndolo, todavía, con desconfianza. No estoy seguro, pero es posible que la última invitación a una boda que recibiera fuera la de Hawkeye. Es probable que la de Alphonse le traiga malos recuerdos—. ¿Tu hermano tendrá un título?
Suelto una risotada.
—Creo que no.
— ¿Has pensado en alguien con quien te gustaría ir?
Mieeeerda…
Mi rostro se contorsiona en una mueca amarga incluso antes de que me dé cuenta, así que finjo distracción girando el panecillo, que quedó abandonado en la mesa, entre los dedos.
—No me agrada aparentar delante de otros: ¿tengo que ir acompañado a la boda de mi hermano sólo para que la gente se sienta libre de juzgar mi vida y crea que he palomeado todos los rubros en sus listados que me marcarían como alguien exitoso?
Roy sonríe.
—Entonces no —se contesta.
Quiero golpearlo.
—Tú, si eliges ir, puedes llevar a Lady Clamidia —señalo el mostrador, aunque no sé si ella está ahí, con la cabeza y, automáticamente, su expresión cambia a una furibunda.
Me hace pedazos con la mirada y, más que irritarme, siento triunfo. Me agrada la idea de descolocarlo lo suficiente para mostrar una reacción.
A lo mejor tiene razón: nunca voy a superarlo… ¿en qué clase de persona me convierte? ¿En una débil, emocionalmente hablando?
—O podríamos ir juntos —susurra, remarcando la aliteración de las S de una forma que me recuerda a una serpiente, peligrosa y brillante.
Nope.
Me rasco detrás de la oreja, aparentando desinterés.
No, gracias, no quiero que me abandones a mitad de la fiesta por alguna invitada guapa, pienso en decir, pero sería patético e infantil.
— ¿Con qué propósito? Además, Alphonse se lo tomaría personal y haría demasiadas preguntas…
Roy frunce la boca, mirándome con fijeza, y entorna los ojos.
— ¿Nunca le has hablado de…?
Nosotros.
Es mi turno de poner los ojos como platos. Ya pagamos y deberíamos largarnos, porque estamos ocupando una mesa, pero, como nadie nos corre ni hace insinuaciones en nuestra dirección, me da igual. Hago presión con los dedos en la suave masa de pan que sostengo entre ellos y el aroma del chocolate es delicioso.
Maldito bastardo.
— ¿Por qué lo haría? —Bajo la voz—. Es sólo sexo. Nadie habla de cosas así con su hermano menor a menos que sea más que eso.
Siento que toqué un nervio, pero no sé cuál ni porqué. No debería mostrarse tan herido por la verdad, ¿o sí? ¿O es que es la obligación de aquellos con los que comparte el lecho agradecérselo y besarle los pies a cada paso que dé, como si nos estuviera haciendo un favor? La única cosa que sé, en estos momentos, es que no llegaré a casa a hornearle una cesta de panecillos, si es lo que está esperando de mí.
—Bien —masculla, pero tan bajo, que no estoy seguro de que fuera lo que escuché.
Me encojo de hombros de nuevo, desubicado.
¿No debería estar festejando que por fin lo he entendido?
Cuando nos vamos, casi quiero mostrarle los pulgares hacia arriba a la pobre mujer que no he dejado de hacer papilla en mi imaginación una y otra vez desde que la vi salir de su casa: «somos igual de irrelevantes en su vida, amiga», pero no he perdido la razón por completo todavía.
Es hasta dos cuadras después, cuando estamos por llegar al Cuartel, que me doy cuenta de que dejó su obsequio atrás. Lástima, porque la chica parece tener un gran talento para hornear.
—O—
De vuelta en Central, Roy debe atender el juicio del soldado que intentó matarlo y hay algo en sus ojos que me deja en claro que prefiere hacerlo solo, así que aprovecho para reunirme seguido con Niall y conversar, con la misma familiaridad que mostrábamos en nuestras cartas.
Ya no vamos al bar, sino que en un par de ocasiones comemos en un restaurante cercano a su laboratorio y otras, cuando no hay demasiada gente en los alrededores, me lleva para mostrarme las instalaciones, muy distintas a las de los recintos secretos del ejército, y los avances en sus investigaciones que, para su desgracia, no parecen ir bien, porque no le quedan muestras de la planta y conseguirlas se vuelve cada vez más complicado.
En un arrebato de solidaridad incluso me ofrezco a hablar con contactos para ver si se puede hacer algo y eso parece aliviar un poco del peso que obviamente lleva sobre los hombros, pero ni siquiera Marcoh me da esperanzas de conseguir más ejemplares de Felho, sobre todo porque se trata de una especie en peligro de extinción y bastante protegida por las autoridades locales de Creta… algo que Niall olvidó mencionar, por cierto, pero la siguiente vez que nos encontramos no se lo echo en cara.
Es obvio que está un tanto desesperado.
El mal humor de Roy vuelve y, aunque trata de culpar de su fastidio al brazo que todavía lleva en cabestrillo, sé que tiene que ver con mi negativa a llevarlo como pareja a la boda de Alphonse.
Por un tiempo pienso que se negará a ir, pero, para mi sorpresa, cuando llega la hora de partir, está listo justo a tiempo.
El trayecto en tren no es tan divertido como el de regreso a Central, cuando conseguimos dejar nuestras diferencias de lado y portarnos como antes, pero al menos conseguí muchos libros antes de abordar, así que tengo con qué distraerme.
—O—
La casa de Pinako, aunque pequeña y sencilla, se ve asombrosa con todas las decoraciones que Winry y May dispusieron en los alrededores.
Algunas de sus hermanas vinieron acompañándola desde Xing, por lo que hay diferentes grados de diversidad extranjera por todos lados —cuando Roy decide portarse extremadamente amable con la que parece de más edad, una tal Jun Lian, de bellas facciones y piel muy blanca, le hundo los dedos en el hombro herido y eso le quita las ganas de seguir ofreciéndose a cargar jarrones de flores por ella. Los últimos días no ha tenido que llevar el brazo en reposo, pero sus músculos aún están desprovistos de fuerza, por lo que cualquier presión en ellos es dolorosa. Extrañamente, en vez de lucir fastidiado al ver sus avances románticos truncados, parece bastante satisfecho consigo mismo cuando no le queda otra opción más que seguir sentado a mi lado… hasta que Winry me tira de la oreja y me obliga a hacer lo que le impedí a él—.
La ceremonia es corta y bonita, a pesar de que se trata de un montón de palabrerías que, de decirse en otra circunstancia, tendrían poco significado. No hay necesidad de padrinos ni testigos, ya que, técnicamente, contrajeron matrimonio en Xing, así que esto es una mera formalidad, pero aun así, Al se empeña en tenernos a Winry y a mí a su lado, tanto como la pequeña —y nefasta— Xiao Mei se balancea en el hombro de la sonrojada novia.
Cuando intercambian un par de anillos, entregados por una de las hermanas menores de May, Alphonse tiene la cara tan roja, que parece que le va a estallar de emoción y, al finalizar y empezar la fiesta, no deja de abrazar a su esposa y darle empalagosos besos en la mejilla.
Verlo feliz me pone feliz también, pero, al mismo tiempo…
Vaya, la envidia puede ser tóxica. Debí aprenderlo del homúnculo que llevaba ese nombre y de la forma en que decidió morir.
Al caer la noche, Alphonse me pesca en la mesa de bebidas mientras me sirvo un trago y me da un abrazo más fuerte que el que recibí apenas llegar y verlo de nuevo.
—Algún día, tú también —asegura y río, indiferente. Cuando exhalo, la nube de vaho delante de mi boca huele demasiado a etanol—. Quizá conozcas a alguien ésta noche, si te das la oportunidad.
Mi mirada se fija al frente, en la pista de baile, donde Winry baila animadamente con su prometido y otras parejas hacen lo mismo a su alrededor. May, enfundada en un traje tradicional de su nación, se mueve por ahí, sujetando a dos niños pequeños de las manos, que parecen encantados de tener toda la atención de la novia —y su panda miniatura—.
Observo los alrededores con atención, esperando encontrarme con algo desagradable, pero Roy está hablando por lo bajo con el mayor Armstrong, que luce como una mole gigantesca comparado a los demás invitados, pero va sobriamente ataviado con ropa que seguro costó más que toda ésta fiesta.
Ni Ling ni Lan Fan pudieron venir, pero Al me hizo llegar sus saludos.
—No me interesa conocer a nadie, Al —aseguro, consciente de que la cabeza ha empezado a darme vueltas. Por instinto, bajo el vaso y decido cambiar a agua mineral.
— ¡No seas así! Algún día tendrás que darte cuenta de que existen más cosas que la alquimia y las ciencias.
—Oh, no es por eso.
—Dame un buen motivo, entonces —insiste, soñador.
Siempre tuvo más habilidad para ver lo mejor del mundo que yo.
Inhalo y murmuro por lo bajo. Vuelvo a observar en la dirección en que se haya Roy, que asiente ante algo serio que Louis acaba de decirle.
—No lo sé —alzo los hombros y los dejo caer con languidez—. A lo mejor porque llevo poco más de dos años en una relación informal con ese bueno para nada —apunto con el mentón y Alphonse palidece.
— ¡¿Con el mayor?! —Exclama, horrorizado, y algunas miradas curiosas viajan en nuestra dirección.
Suelto una carcajada, porque, al parecer, no soy el único que ha tenido mucho que beber. Le doy un golpe fuerte en el brazo con los nudillos.
—Mustang, imbécil. Mustang — ¿cuándo pronunciar su nombre se convirtió en algo casi obsceno?
Alphonse entorna los ojos, enarca una ceja y sonríe.
—Sí, claro —me pone una mano en el hombro y aprieta. Sus dedos de carne siempre se han sentido muy distintos del recuerdo que tengo de los de la armadura y, para ser honesto, no sé cuál de los dos me hace sentir más seguro. No es bueno dudar así—. ¿Sabes? Te esfuerzas demasiado, pero la mayoría de tus bromas no son graciosas. ¿Ya saludaste a Izumi y Sig? —Pregunta, antes de flotar en la dirección en que la maestra y su esposo disfrutan un trozo de tarta de boda.
Suspiro, exhalando con pesadez.
¿Quería otra prueba de que lo mío con Roy nunca podrá ser? Pues es que la gente se toma la mera insinuación a broma, porque lo consideran una imposibilidad, dado todo lo que saben de ambos.
Ruedo los ojos, sacudiendo la cabeza para alejar el pensamiento de mi mente, y decido que puedo con un trago más. Cuando giro para tomar el vaso que dejé abandonado, me encuentro con la mirada, apenada, de la teniente Hawkeye — ¿algún día dejaré de pensar en ella de esa forma?— que trata de sonreírme y aparentar que no escuchó nada.
Para no preocuparme por eso, también finjo que llegó mucho después de que hablara con Alphonse, aunque algo en las entrañas me dice que no fue así.
—O—
Pinako insiste en que pase la noche en su casa, pero le digo que mejor deje el espacio libre para Izumi, Sig y las hermanas de May; le miento, alegando que alquilé una recámara en la posada del pueblo cuando, en realidad, quien lo hizo fue Roy.
No es hasta que estoy delante de la puerta, con una mano en el aire a punto de llamar, que me pregunto si no habrá traído a alguien sin que me percatara, si estoy a punto de toparme de cara con otra circunstancia desagradable; la aprensión se hace conmigo una vez más y, por un segundo, quiero salir corriendo, pero entonces la puerta se abre y Roy aparece en el umbral, el espacio a sus espaldas tan oscuro y profundo como un agujero negro.
Intercambiamos una larga mirada llena de significado, yo, tragando saliva, hasta que decide que no quiere esperar más y su mano se cierra alrededor de la muñeca que sigo manteniendo en el aire. Tira de mí dentro de la recámara y trastabillo detrás de sus pasos, tratando de seguirlo con seguridad y no con el andar desbocado de un potro recién nacido.
Se detiene al filo de la cama, el revés de las rodillas rozando lo alto del pulcro colchón, y la inercia me hace impactar contra su pecho. Medimos casi lo mismo, pero siempre lo he visto como si fuera más grande, quizás porque he proyectado lo que siento por él de esa manera y, peor, la forma horrible en la que a veces me hace sentir —como un gusano indigno de verlo a la cara—.
Por momentos, he pensado en preguntarle si de verdad tiene esa impresión de mí, pero me falta valor.
Me sujeta el mentón para obligarme a levantar la mirada y no puedo contener el sonrojo que me colorea la cara, sin importar la oscuridad, ni las ganas de fruncir los labios para tragarme, por millonésima vez, todo lo que quiero decirle.
Cuando me besa, es, como siempre, igual que tener un espíritu hambriento tratando de robarme el alma por la boca.
—O—
Horas más tarde, envueltos en cobijas tibias y en la profunda oscuridad que se niega, incluso, a dejar pasar un poco de luz de luna por las cortinas que cubren la triada de ventanas en el muro a la izquierda de la cama, susurro:
— ¿Por qué crees que la gente comete la locura de enamorarse? —espero que las impresiones de la boda sigan frescas en su mente para no relacionar la pregunta con una insinuación.
Sale con sencillez del sopor y se pasa una mano por la cara para desperezarse.
—Por necesidad, ¿tal vez? Un poco por estupidez y otro tanto por egoísmo.
Por supuesto que alguien como él tendría una visión práctica de una emoción tan cargante. Debe poder compartimentalizarlo todo para que no le cause problemas. Por algo es quien es.
— ¿Por necesidad?
Hace un movimiento vago con los hombros y desliza los dedos por mi cabello, mal trenzado, que sigue luchando por permanecer dentro de la goma elástica a pesar de lo mucho que acabamos de ponerlo a prueba al restregarlo un sinfín de veces contra la almohada.
—Un instinto primario que nos dice que necesitamos compañía porque, naturalmente, el humano no está hecho para la soledad. Todos queremos a alguien que nos cuide, a veces de nosotros mismos, que nos acompañe en los peores momentos. En ocasiones, es pedir demasiado de otro individuo.
—Naturalmente —repito, saboreando la amargura de la palabra, pensando en lo cerca que Al y yo estuvimos de volvernos locos en la isla durante el entrenamiento con Izumi. Era el contacto humano, más que la comida o el calor, lo que más extrañábamos—. Pero el amor sigue sin ser útil. Si lo que quieres es compañía, entonces… —la buscas y ya.
Creo que acabo de apedrearme sin ayuda de nadie.
Es lo que hace, ¿no? Cuando no estoy cerca… e incluso cuando lo estoy, como con la chica de la tienda y la hermana de May, lo que sólo lo vuelve peor.
Frunzo la boca, sintiendo una acidez insoportable en el esófago.
—Impráctico y tortuoso, a decir verdad —agrega, pero sin explicar nada.
Me apoyo en su pecho, teniendo cuidado de no colocar todo mi peso contra él porque la herida en su espalda sigue vendada y necesitada de cuidados y nada de insensateces.
—Si no es a Hawkeye a quien quieres —la angustia se hace más grande, por lo que bajo la mirada, siguiendo con ella los ríos de sudor que le recorren el cuello. A pesar de que Central es frío en ésta época del año, por las lluvias, en Rizenbul hace un calor de los mil demonios—, ¿de quién se trata? ¿De Lady…?
Sonríe, aunque es un gesto apagado, y me pincha la boca con los dedos antes de que pueda decir el mote con el que he clasificado a la mesera. Odia tanto oírlo, que quizás sí sea ella.
A lo mejor llevan mucho tiempo danzando uno alrededor del otro, tratando de decidir si vale la pena abrir la puerta de una relación o si sólo con la intimidad les basta.
—De alguien que no necesita distraerse con una terquedad semejante de mi parte, por lo que las cosas están bien como son —a pesar de que suena convencido y satisfecho, hay algo debajo del tono de voz aburrido que me deja saber que, igualmente, le causa incomodidad.
Entorno los ojos, pestañeando más de lo que me gustaría, y recargo la cabeza en su hombro para que no siga viéndome de frente.
—Es un amor no correspondido, ¿entonces?
¿También le pasa a sujetos como él?
Bufa, fastidiado.
—Pienso que sí. ¿De dónde viene tu maldita obsesión con esto últimamente? Tal vez no te has dado cuenta, pero es de lo que más hablamos desde Ishval.
Él solito me dio una excusa, así que me sujeto del hilo y no lo dejo ir.
—No lo había notado. Pero… —suspiro en contra de mi voluntad—. Es… interesante. Creo.
Hago una mueca, mostrando mi falta de convencimiento.
—Sólo comenzó a parecerte interesante desde que empezaste a convivir con ese sujeto… —se corta abruptamente y chasquea la lengua, autocensurándose—. Pero, ¿sabes qué? Son tus cosas.
Por lo tanto, no me importan.
Con una irritación que amenaza con hacerme escupir bilis, acepto que es la insinuación de que la conversación se terminó, por lo que doy media vuelta, aun recostado contra su brazo, y me dispongo a dormir.
Estoy a punto de sumergirme en la bruma cuando mi boca se abre de nuevo y lo que sale me sorprende también a mí:
—Deberías decirle. Darle la oportunidad de decidir. Cuando creía que estabas perdido por Hawkeye, tenía lógica que no lo hicieras, dado que está casada, pero si se trata de alguien más, ¿por qué no animarte? A lo mejor se te quita lo amargado. Oh, claro, a menos que se trate de otra persona casada…
— ¿Sabes? No tengo el hábito de seducir a cuanta persona atractiva me pasa por delante sin tomar en cuenta su estatus civil, a diferencia de lo que puedas pensar de mí —gruñe—. De hecho, ¿en qué concepto me tienes?
—En el que tú sólo te has puesto.
Silencio.
Dura tanto, que casi consigo dormirme antes de que conteste:
—Por si no lo has notado, a la gente que está demasiado cerca de mí suelen pasarles cosas horribles, así que, ¿por qué lo haría elegir entre eso y una persona que puede darle más estabilidad?
Quiero decirle que, si es su situación, entonces la mía sería mil veces peor, tomando en cuenta a toda la gente que terminó arrastrada al caos del Día Prometido por el simple hecho de conocernos y haberse topado con el huracán iniciado por nuestro padre hace mucho, pero el sueño me gana, así que su comentario se queda flotando, solitario, en el aire.
—O—
A pesar de que Alphonse se quedará en Rizenbul un par de días más, antes de volver a Xing con toda su comitiva de matrimonio, decido regresar a Central con Roy al día siguiente, por lo que sólo tengo tiempo de pasar rápido por la casa de Pinako y despedirme de todos antes de correr a la estación a tomar el tren.
Después de abrazar a Winry dos veces, desearle lo mejor a May y de ser mordido por su estúpida panda, Alphonse me arrastra fuera de la casa y junta la cabeza a la mía para murmurar:
—Escucha, estuve dándole vueltas a lo que dijiste anoche y… ¿es cierto?
Ruedo los ojos exageradamente.
—Tú mismo lo dijiste: mis chistes son malos —le doy un tope en la frente a propósito y le agito el cabello dorado con una mano, aprovechando que se ha agachado mucho para susurrarme al oído—. Soy malo en el amor, Al —reconozco en voz alta de una vez por todas—. Así que no esperes que trate de conseguir la esposa y los hijos hacia los que tú te estás orientando. Lo mío son otras cosas —otras «personas».
Alphonse no parece convencido.
—Entonces, ¿por qué de toda la gente tuviste que mencionar al general?
Hago un gesto desagradable.
— ¿Te habría convencido más si en verdad hubiera elegido al mayor Armstrong? —Parece horrorizado ante la simple idea y ajá—. Desde hace años, se rumorea que entre Roy y yo pasa algo —explico, tratando de jugar una carta de indiferencia—. Somos un chisme local en Central, por si no te habías enterado. Si te pasarás más por ahí, oirías todas las tonterías que la gente tiene que decir.
Al parece más descorazonado que antes.
— ¿Y qué opinas de eso?
Alzo los hombros y los dejo caer.
—Es un bastardo guapo.
— ¡Ed! —chilla, levantando el rostro al cielo, pidiéndole paciencia a un ser en el que cree más que yo.
Me despido de él con un fuerte abrazo y me apresuro a correr por el camino empedrado y lleno de tierra para no llegar tarde, siempre con una sensación de opresión en el pecho por no haber sido honesto del todo con él.
—O—
En Central, conseguimos meternos en una rutina parecida a la que teníamos antes de la desastrosa tarde en que volví de Narsus. Incluso volvemos a confiarnos cosas privadas igual que en el pasado y eso debe ser porque, habiéndome dicho que tiene algo tan personal como un amor imposible, comparado a eso no hay nada más que merezca la pena mantener oculto.
Flirteamos y nos movemos uno alrededor del otro como planetas orbitando en torno a un mismo sol y las cosas se sienten bien por primera vez en semanas.
A pesar de que el clima en la ciudad sigue fatal, recibo la lluvia con más entusiasmo y menos melancolía que cuando fuimos a Rizenbul, cuando sólo era el reflejo de mi malestar interno y no un bello evento natural.
Infatuado por Roy, tardo varios días en percatarme de que mi última carta a Niall no ha obtenido respuesta y, por algún motivo, me provoca un vacío en la boca del estómago, porque, hasta el momento, hemos sido bastante constantes, casi tanto como con Al y Winry.
Al principio, lo dejo pasar, no queriendo ser encimoso, pero, con el andar de los días, la sensación de descontento se hace más grande y viene acompañada de una noción de presentimiento que me desagrada todavía más, hasta que por fin decido que es suficiente y, un día, me tomo la mañana libre para pasar por el laboratorio, donde supongo que será más fácil encontrarlo que en su departamento, esperando que no lo tome a mal.
En el mostrador, está la misma chica de cabello corto y castaño que me presentó la primera vez que me invitó a venir, escribiendo rápidamente en una libreta y haciendo pausas de vez en cuando para levantarse las gafas en el puente de la nariz con empujones de los dedos.
Como no me ve al llegar, me planto frente a su mesa y carraspeo para llamar su atención. Levanta la mirada con una sonrisa… que se escurre en cuanto sus ojos se encuentran con los míos. También palidece.
Siento el estómago revuelto y como si mi corazón hubiera sido empujado detrás de una pared más gruesa y dura de costillas y músculos, por lo que su retumbar es más apagado, más duro y distante.
Automáticamente, sé que algo malo pasó.
—Lo siento —digo, sintiendo la voz algo temblorosa. Me rasco la oreja, tratando de controlarme, porque a lo mejor sólo estoy siendo alarmista—. Niall Lyenn, ¿está por aquí?
Sé que dirá que…
Su rostro compone una expresión tan lamentable, que siento pena al ponerla en una posición como ésta, pero es tarde para dar media vuelta y negarme a saber, a averiguar si lo que me hizo creer es cierto o si…
—Oh, lo lamento. ¿No se ha enterado? — ¿debería querer hacerlo? Se llena los pulmones de aire, preparándose para tirar el golpe, y lo libera con lentitud—. Hubo un accidente, hace poco. El señor Lyenn, es decir, Niall —dice, como si de esa forma le mostrara más respeto—, se empeñó en ir a una expedición a Creta, a pesar de que sus superiores le aconsejaron que no era buena idea, dado el mal clima que tienen allá. Es época de deslaves, ya sabe…
—Uh —es lo único que consigo gesticular, pues hay algo feo palpitándome en el pecho, queriendo atravesarme la caja torácica para llegar a mi corazón y estrujarlo.
No éramos más que amigos y la relación no duró mucho, pero le confié tanto, deposité tantas cosas en él, que, a fin de cuentas, es cómo perder a alguien que conocí por años.
No me había sentido así de perdido desde Nina.
Me doy cuenta de que de él y sus cartas extraje la confianza que, por semanas, no pude depositar en Roy, gracias al rencor que sentía por él al sentirme traicionado, y, de cierto modo, fue por Niall que logré equilibrar la balanza de nuevo, tomando de él lo emocional y dándole a Roy lo físico.
Me siento terrible y flotando en una nube extraña, dispuesta a arrastrarme hasta la misma atmósfera en caso de darle la oportunidad.
La recepcionista me observa con pena, sujetándose las manos con fuerza, meditando si es prudente dar más información. Al final, agrega:
—No pudieron recuperar su…
La corto con una mano en alto. Tomo aire y asiento. Tiene los ojos anegados en lágrimas.
—Gracias —digo a manera de despedida y giro sobre los talones para desandar el camino por el que llegué.
Vaya.
Vaya…
Y lo último que recuerdo de él era lo desesperado que estaba por conseguir más Felho para sus estudios.
¿Por qué tenía que importarle tanto, si la persona para quien estaba haciendo todo eso ya no estaba a su disposición?
Mientras camino por la acera, atestada de gente que debe ir a algún lugar con más premura que yo, sin enterarse de que alguien más ha dejado de existir en éste planeta, a veces tan inmundo que da rabia, comienza a llover, igual que el día que lo conocí, y las gruesas gotas frías me aporrean la cabeza, igual de desinteresadas.
No tengo idea de qué hacer o de cómo ver las cosas.
Es obvio que Niall se veía a sí mismo como un hombre con una misión, exactamente de la misma forma en que yo lo hacía hace años, cuando estaba desesperado por devolverle a mi hermanito el cuerpo que mis estupideces le robaron, la única diferencia es que, a diferencia de él, aunque muchas veces vi la muerte cerca, la vida se aferró lo suficiente a mí para darme la oportunidad de arreglar las cosas, de ver a mi hermano, corpóreo de nuevo y libre de esa prisión de hojalata, casándose con la mujer que ama y planeando una vida con ella.
Un sabor metálico me inunda la boca.
La situación es que, aunque juré que si lograba solucionar el mal que le causé a Al no volvería a pedirle al Universo nada más para mí, me sigo sintiendo miserable y abandonado, como si mereciera un cacho de sol —o mi alquimia de vuelta—sólo por respirar bajo el nombre de Edward Elric.
Me detengo y observo a mí alrededor.
Soberbia, Lujuria, Gula, Ira, Envidia, Pereza, Avaricia… desde que los homúnculos desaparecieron de la faz de la Tierra, me ha sido más sencillo entenderlos y el motivo por el que Padre estaba tan desesperado por extirparlos de él, por dejar de sentir cosas tan humanas y bestiales a la vez.
Pero todos somos personas con características similares: contenedores de un alma que funciona como batería y que está en nosotros elegir cómo usar.
Desde que recuperé a Al… he estado desperdiciando la mía, ¿no? Sin un propósito igual de fijo que el que me llevó ante la Puerta de La Verdad un montón de veces, queriendo demostrarle que no iba a poder conmigo.
Una parte de mí se convence de que en cierto momento, Roy y su simple existencia se convirtieron en el motivo de mi vida pero, estos últimos días, todo se ha puesto tan de cabeza, que perdí de vista la clara razón que tenía para pensar así.
Y la cosa es que Roy no me ama como quisiera que lo hiciera, pero es que ambos, a pesar de ser confidentes, seguimos manteniendo cosas ocultas, ¿no? Y quizás debería ser yo quien debiera atreverse a sincerarse y darle la oportunidad de decirme de una vez por todas en qué dirección quiere que se mueva esto porque, ¿en cinco o diez años seguiremos así?
Sería un infierno, peor y más largo que la campaña contra Padre.
Es posible que el motivo por el que Niall llegó y desapareció de mi vida de la forma en que lo hizo fuera para darme el valor de tomar las riendas de mi propia vida en las manos y sujetarlas con fuerza, tratando de darle un enfoque a pesar de que hace mucho dejé de ser el Alquimista de Acero y me convertí en el mundano Edward Elric, que no tiene idea de cómo hacer las cosas sin dar una palmada al aire, pero no ha perdido las ganas de esforzarse ni el brío para mantener la cabeza en alto a pesar de todo.
…espero.
—O—
—Estás pálido —comenta Roy al entrar a la casa, quitándose el abrigo con parsimonia para colocarlo en la percha.
—Niall está muerto —respondo y tarda un largo instante en procesar mis palabras.
Luego, me mira como se contempla a un dragón inmenso saliendo de las entrañas de la Tierra: con ojos muy abiertos, el color de la cara drenándose con lentitud y la boca ligeramente abierta.
Carraspea, tratando de recuperar el control de sí y mostrarse tan seguro como siempre. Yo, mientras tanto, frunzo el ceño y enarco una ceja, porque podría jurar que su reacción está siendo peor que la mía: sí, duele perder a un amigo, saber que nunca volveré a recibir una carta de su parte o a escucharlo verborrear poesía sobre la ciencia, pero no me queda otra opción más que hacer las paces con eso, porque, si algo aprendí de la transmutación humana, es que a la muerte no le gusta que simples humanos traten de meter las manos en sus campos y decirle cómo hacer las cosas.
Si, de alguna forma, es cierta toda esa fantasía sobre una vida después de la muerte, o de energías similares reuniéndose en el cosmos para pasar la eternidad juntas hasta ser transformadas en otra cosa, es probable que Niall haya podido reencontrarse con la persona por la que luchó tanto y por quien estuvo dispuesto, desde el comienzo, a terminar como acabó. Ese pensamiento también me ayudó a no darle demasiadas vueltas a la muerte de Hohenheim, tras recuperarlo luego de tanto tiempo lejos.
Roy, por otro lado, parece no tener idea de cómo es mi visión de las cosas, porque cierra la boca con tanta fuerza, que la convierte en una apretada línea, y se mueve, cuidadosamente, por la sala, procurando no hacer ruido con las suelas de los zapatos, sospechando que podría asustarme como a un animal del bosque con el más leve de los sonidos.
Ladeo la cabeza y le lanzo una mirada de pocos amigos.
Se sienta en el sillón que tengo delante, toma aire por la boca y murmura:
— ¿Era…?
—…la persona con quien me estuve carteando en Ishval. El sujeto con quien nos encontramos aquella vez, luego de almorzar con Riza —primera vez que no la llamo teniente. Creo.
Pasa saliva, murmura por lo bajo y gesticula con los labios, como si tuviera algo que decir, pero no estuviera seguro de qué.
—Lo lamento, Edward —escoge y, a pesar de que me fastidia, respiro hondo y me encojo de hombros.
—Yo también, pero así son las cosas y no hay nada que pueda hacer para cambiarlas, ¿cierto? —abre más los ojos y me observa, contrariado. Hundo los dedos en mi nuca, sintiendo las hebras de cabello suelto calentándome la piel, pues tengo las manos congeladas. Aun así, no he querido encender el fuego del hogar, porque, de algún modo, éste clima nefasto me hace sentir un poco acompañado en medio de la decisión que acabo de tomar—. Pero lo que sí está en mis manos hacer es esto: sea lo que sea que tú y yo tenemos, quiero que pare.
Le doy tiempo para procesarlo, pero no lo necesita: en cuanto termino de hablar, su cuerpo se empina un poco hacia adelante, dándome la impresión de que pretende alcanzarme por encima de la mesita de café, por lo que instintivamente me hago hacia atrás, a pesar de que hay un amplio trecho entre ambos. Pero él no hace ademán de moverse más que ese.
Noto la forma en que cierra las manos para evitar verse aquejado por uno de sus tics nerviosos, de esos que dan a entender que tiene ganas de ahorcar a alguien.
Sonrío.
—Si es lo que… deseas —hace una pequeña pausa para pasar saliva, pero debe saberle más a hiel, porque sus facciones dejan de ser comprensivas.
Se cierra y empiezo a sentir un martilleo insoportable en las sienes, así que las masajeo con los dedos.
—El punto es que no es lo único que tengo que decir —me quejo, cerrando los ojos y apoyando la cabeza en el respaldo del sofá, el rostro hacia el techo, cruzado por gruesas vigas de madera y con ocasionales telarañas—. Si lo que pasó con Niall sirvió para que me diera cuenta de algo, fue de que llevo mucho tiempo sin saber qué diablos hacer con mi vida. Al principio creí que sería interesante estudiar diferentes ramas de alquimia, diversas culturas, tratar de entender nuevos principios de vida, pero, sin Al, todo se volvió tedioso y aburrido, por lo que decidí volver al ejército y tratar de ser útil —hablar de esto me hace sentir tan incómodo y vulnerable, que me cruzo de brazos y piernas con fuerza y, a pesar de que vuelvo a abrir los ojos, los mantengo fijos en un borde de la mesita de madera entre ambos, evitando verlo a la cara a toda costa—. Pero el punto es que tampoco me hace feliz ni me hace sentir como creí que lo haría.
Roy mueve la cabeza de arriba abajo y puedo verlo por el rabillo del ojo: está tratando de comportarse igual de serio e inalcanzable que en el trabajo, aunque, en la luz blanquecina de la estancia, de bombillas apagadas, la palidez del ambiente lluvioso no hace más que resaltar lo macilento que se ha puesto, la ligereza con la que le tiemblan los hombros.
»—Y entonces tuvimos que pasar, tú y yo —continuo, encajándome las uñas de una mano en el brazo, luchando por evitar que me tiemble la voz—. Siempre me pregunté si no fue por la frustración de perder a Hawkeye de la forma en que lo hiciste, si no estabas demasiado desesperado por encontrar un sustituto, que elegiste a la primera persona que se te pasó por delante.
Abre la boca, queriendo debatir, pero lo piensa mejor y la vuelve a cerrar. Está tan molesto, que lo percibo como ondas que se mueven por la habitación hasta alcanzarme.
»—Me gusta lo que tenemos —alzo la vista al techo de nuevo y, más que nunca, me doy cuenta del frío que hace. El automail comienza a matarme, pero, ya que no es nada comparado a la tortura que sufrí en Briggs antes de llamar a Winry para que lo cambiara, puedo soportarlo—. Creo que alcanzamos una intimidad todavía más profunda de la que jamás he tenido con Winry o Al y no me refiero sólo a… ya sabes. Podría confiarte cualquier cosa, Roy Mustang. Enserio, cualquiera. Y es un tanto aterrador, porque, así como me gusta este modo de operar entre nosotros, también me gustas tú —ya, está afuera, no hay vuelta atrás. Se tensa, justo como esperaba que hiciera, pero procuro que no me afecte—. Y, a lo mejor, incluso es más que gustar, pero, como bien dijiste, a veces una persona se enamora sólo por necesidad, por estupidez o por egoísmo y la gente por quien sentimos esto no necesariamente tiene que correspondernos.
Ugh, de pronto, noto la garganta cerrada, igual que si me hubiera tragado un limón completo, por lo que hago una pausa.
Roy permanece perplejo, mirándome sin parpadear, con el ceño ligeramente entornado.
—Edward… —susurra.
—Niall murió porque no pudo dejar ir a la persona que quiso y eso lo consumió hasta llevarlo a… esto. No quiero estar contigo sólo por lo que siento, sabiendo que no es correspondido, que ambos podríamos tener algo diferente, incluso mejor.
Roy exhala y una pequeña nube de vaho se dibuja frente a su boca.
—Creí que tenías una relación con él —aclara y es obvio que se siente idiota por eso.
— ¡Fue sólo un beso! —respondo, fastidiado, volviendo a mirar en otra dirección, con la cara encendida—. Era igual de obsesivo de las ciencias que yo, así que hicimos clic y seguimos hablando.
Una sonrisa melancólica se posa en sus labios.
—Te amo, Edward, si es que es lo que necesitas oír —me siento golpeado por un rayo. Abro la boca, pero no encuentro nada con qué interrumpir—. Pero no elimina el hecho de que aferrarse a la gente, especialmente a aquella por la que siento algo fuerte, no les ha traído más que desgracias. Ve a Maes, a Riza… incluso al resto de mi equipo, a mi tía—. Levanto el rostro y nuestros ojos se cruzan. Algo monstruoso se retuerce en mis entrañas, indeciso entre la ira asesina y un ronroneo apaciguado—. Viste lo que me pasó en Ishval por el simple hecho de querer dialogar. ¿Enserio pretendes que sea tan egoísta para pedirte que coloques tu vida en mis manos de esa manera? Si algo te pasara, estoy convencido de que esta vez todo se iría al diablo.
—Imbécil —espeto sin piedad, lo que ensancha su sonrisa. Apoyo las manos en mis rodillas y las hago puños, enfurecido—. Y si muriera en un accidente estúpido, como ahogado con comida, golpeado por un auto o cayendo a una coladera abierta, también te sentirías culpable; seguro, porque te crees todo un mártir, pero, ¿sabes qué? Es mi elección —he comenzado a levantar la voz, por lo que me lleno los pulmones de aire y trato de volver a un volumen más bajo y tranquilo, aunque todo mi ser se sacude, de dentro hacia afuera—. Y hagas lo que hagas, no puedes decirme ni qué pensar, ni cómo actuar, ni qué querer.
—Por supuesto —sonríe, pero en verdad es algo más infeliz que otra cosa. Se quita el cabello de la frente con los dedos y exhala, agotado.
Lo observo largo rato y por fin caigo en la cuenta.
— ¿Es eso lo que llevas tratando de hacer todo este tiempo? ¿Desanimarme paseándote por ahí con cuanta falda encuentras para que mire en otra dirección? No funcionó.
—Por un tiempo, pareció que sí —se encoge de hombros—. Pero… en realidad estaba tratando de… era yo quien quería… no pretendía hacer que… —se da cuenta de que no conseguirá formar la frase que quiere, así que inhala, cierra los ojos y se inclina hacia adelante, en actitud miserable—. Cuando no estás cerca, el mundo se siente diferente, vacío. Muchas cosas pierden sentido. Y es peligroso, Edward, porque significa que me importas más de la cuenta. Sé que lo que pasó hace semanas te molesto…
— ¡Oh, molestar se queda corto, malparido! —estallo.
—… pero —tiene que hacer una pausa y asimilar el insulto, tragándose una contestación— no lo hago con esa intención, sino con la de no… engancharme —la palabra parece ofenderlo profundamente—. En verdad creo que sería lo mejor. Para ambos—. Se muerde el labio inferior y ladea un poco la cabeza, meditando si es conveniente decir lo siguiente o no—. Luego, Riza vino y me leyó la cartilla.
Los celos vuelven.
Si no la ama a ella y si es cierto todo lo que ha dicho, los dos nos hemos dedicado a ser un dúo de imbéciles todo este tiempo: lo amo y él me ama —el estómago se me hace nudo y tengo que esforzarme por contener una marejada asesina de mariposas… búho, de esas que me dan repelús—, mas, por cobardes, por ciegos, nos hemos negado a percatarnos de eso, yo, creyendo que no soy lo que él desea y él… sin querer arrastrarme a su caótica ansía por convertir el mundo en un lugar mejor ni quitarme de las manos la oportunidad de estar con alguien que pueda hacerme feliz.
El problema es que la única persona que puede conseguirlo es él.
—Espero que te dijera lo estúpido que puedes llegar a ser, Roy Mustang.
La sonrisa cínica regresa, pero viene acompañada de un ligero rubor que se le extiende como un soplo de colorete por las mejillas y el cuello. Es tan guapo, el muy bastardo, que sería todo un honor ser la persona que logre ponerle una correa al cuello de una vez por todas.
Y, al parecer, lo soy, pero todavía no es hora de dejar que se me suba a la cabeza.
—Algo así. Me dejó saber que estoy haciendo las cosas mal de nuevo, según su criterio, y que, si bien es noble mi deseo de convertir a Amestris en una democracia, libre de las cadenas forjadas por los homúnculos, también es estúpido que pretenda sacrificar mi vida y la de aquellos que me quieren para lograrlo. A fin de cuentas, no es que mucha gente lo esté reconociendo y, como bien pudimos ver en Ishval, el camino está más pedregoso que nunca —el desasosiego se muestra en cada una de sus palabras—. Pude morir esa tarde, al ser apuñalado, sin conseguir nada —remarca, disgustado—. Claro, aparte de molestarte al grado de mostrarte seco durante días conmigo. Preferiría morir e irme sabiendo que conseguí algo más digno que eso, a decir verdad.
Apoyo los talones en el extremo de la mesita de centro, a pesar de que sé que le molesta, y cruzo los brazos de nuevo.
—Lo que nos regresa a lo importante: se trata de aprovechar las oportunidades cuando están frente a nosotros, ¿no? Yo no sé tú, pero llevo mucho tiempo ansiando arrojarme de cabeza a otra locura, sólo para salir de la monotonía; la cosa es, ¿qué es lo que esperas tú? Si es cierto que me quieres —la cara no se me pone roja, ah-ah—, ¿harás algo al respecto o sólo lo dejarás pasar? Si es lo último… —inhalo aire frío—, no creo querer seguir estando cerca para eso.
Lo estoy retando. Lo estoy empujando contra la valla de contención que, al otro lado, no tiene más que un abismo. Y lo sabe. Nunca le ha gustado que los demás tengamos el sartén por el mango, sólo en ocasiones particulares, y más le vale entender que ésta es una de esas, quiera o no.
Si dice «sí», podemos tratar de formalizar esto y ver qué pasa… si dice «no», me largaré esta misma noche y no volverá a ver ni mi sombra. Tiene que darse cuenta de eso.
No parece nada contento.
»—Lo que pasó con Hughes fue una tragedia y sabes que la culpa me pesa tanto como a ti —no me atrevo a decir más—, el incidente de la teniente… tú no la obligaste a estar ahí y, de hecho, fue una elección que ella misma tomó, exactamente igual que yo, así que la única opción que te queda es dejar de ser un maldito abnegado y dejar de encontrar pretextos para todo. Deberías saber que no me asusta el dolor, ni las adversidades, ni los problemas. Al contrario, los necesito, así que es probable que, técnicamente, en verdad estemos hechos el uno para el otro.
»—Dijiste que creías que era un amor no correspondido y te estoy diciendo que no lo es, así que ahora es tu oportunidad de tomar una decisión —me pongo de pie y voy hacia él. Es su turno de echarse hacia atrás, de pronto cohibido.
Apoyo una rodilla en el sillón y me inclino sobre él, hundiendo los dedos en ese cabello negro que, por el clima húmedo, se siente demasiado delgado. Nos vemos a los ojos y esperamos, el aliento entre ambos formando nubes de vapor parecidas a exhalaciones de dragones.
—El problema con nosotros —susurra—, es que a los dos nos gusta demasiado tener la última palabra —. Sonrío con suficiencia—. Hay una exploración pendiente, cerca de Reole, donde algunos alquimistas creen que pueden quedar vestigios de las actividades de Padre y, para ser sincero, no confío en ninguno de ellos para hacer el trabajo mejor que tú. Dentro del bolsillo de mi abrigo —mira en la dirección de la percha sin poderlo evitar, quizás para dejar de contemplar mi ceño fruncido— está el expediente con la información de la misión. Tendrías que partir en un par de días, mañana mismo, de ser posible, pero… —le hundo los dedos en los hombros y comienzo a sentir más frío del que hacía hace unos momentos.
Quiero alejarme, pero sus manos vienen a parar a mi cintura y lo impiden.
Lo veo pasar saliva con nerviosismo, algo que no hace a menudo.
»—Si decides aceptar el trabajo, te juro que en cuanto vuelvas, te daré una respuesta definitiva —y hay un fuego en sus ojos que me deja en claro que está haciéndome una promesa que cumplirá pase lo que pase.
Quiero morderle la nariz o darle un buen puñetazo.
— ¿Por qué nada es sencillo contigo, infeliz? Se trata de aprovechar oportunidades y me estás dando largas.
—Nadie te ordenó enamorarte de alguien así —bromea y la sonrisa se amplía. Sus brazos me rodean con más fuerza y termino a horcajadas en su regazo.
—Ah, ahora te regodeas —hago una cara desagradable y el impulso de pegarle se vuelve más grande—. No sé por qué me esfuerzo tanto por ti, habiendo tanta gente allá afuera.
—Es «luchar por lo que te hará feliz», ¿no acabas de insinuarlo?
Me besa y termino aceptando la misión, ansioso antes de irme por volver de una vez y ver qué carajo elige... aunque sospecho cuál será su decisión y que sólo me está haciendo esperar para dejarme en claro que quien tiene el control de la situación es él.
Estúpido.
Pero al menos ésta vez sé que volveré a algo mejor.
—O—
Debe ser mera ironía que, seis años y medio después de la muerte de Niall Lyenn, sea mi propio hermano, en colaboración con su esposa y otros estudiosos de la alkahestria de Xing, quien encuentre la cura para la asperalgia, caminando sobre los pasos que mi amigo dio primero.
Por fin me animo a contarle a Al de él y mi hermano, conmovido, se asegura de darle todos los créditos que merece —ya que antes sólo se había centrado en nombrar en las exposiciones del procedimiento clínico al laboratorio donde Niall inició sus investigaciones con el Felho, que resultó bastante útil una vez mezclado con ese empujoncito de alquimia y alkahestria que May y Al decidieron darle—.
He pasado las últimas cinco semanas en Xing, muy lejos de Amestris, tocando temas de estado con Ling, quien, cada vez que se ve obligado a entablar lazos con la política de mi país, no tarda ni dos segundos en ladrar mi nombre, solicitando que sea el emisario de Grumman —lo hace por amistad, pero, a la vez, no se da cuenta de la diatriba en que me pone, haciéndome viajar tan lejos y por tanto tiempo—.
Da igual. Mañana vuelvo a casa y tengo muy buenos recuerdos de la familia de mi hermano, quien se estableció permanentemente aquí con el nacimiento, hace cinco años, de sus gemelos, Yuna y Liang.
La cena de despedida es agradable y, si bien quiero agarrar a mis sobrinos a coscorrones por ser pequeñas pestes que no dejan de correr de un lado a otro, gritando y tratando de llamar mi atención a toda costa, ver la felicidad de Alphonse, que parece más encantado que nervioso con el hecho de que faltan sólo dos meses para el nacimiento de su tercer hijo, me sirve para apagar un poco la melancolía que he sentido los últimos días.
¿Quién lo diría? Extraño Amestris más de lo que me atrevo a reconocer… y, la verdad, ya estoy un poco harto de la comida híper salada de estos lares, aunque Al parece estar completamente acostumbrado.
—Lamento que Ling se extendiera, sé que debías estar de vuelta hace una semana —comenta May, haciendo ademán de levantarse para recoger la mesa, pero Al se le adelanta, obligándola a permanecer sentada.
Ella le lanza una mirada cariñosa y yo le sonrío.
—Naah, no importa —miento, tratando de sonar sincero, aunque, por dentro, la preocupación está a punto de rebasar el vaso.
Dejar a Roy Mustang sólo por más de un mes es… tentar a la suerte, ¿de acuerdo?
May me lanza una mirada de sabelotodo y, sólo para no verme aquejado por esos brillantes ojos oscuros, le presto atención a Yuna, que lleva un rato tratando de treparse en mis rodillas para mostrarme la pequeña maceta de barro donde tiene un hermoso geranio rosado creciendo —que ella misma se encarga de cuidar, me informa, orgullosa— al tiempo que Liang, al otro lado de la sala, acerca los dedos peligrosamente a la boca de Xiao Mei, quien le suelta un mordisco que lo hace lloriquear y soltar palabrotas que le granjean un castigo de parte de Al.
La bruma se espesa en mi cabeza a pesar de que sonrío para la niña.
Diablos, sí: quiero volver cuanto antes y asegurarme de que todo esté bien.
—O—
Apenas doy vuelta a la calle, balanceando la maleta distraídamente y respirando el fresco aroma húmedo de la ciudad, escucho el característico ruido chirriante de la puerta de mi casa al abrirse y me detengo en seco, dejando de saborear la paleta de fresa que tengo en la boca —últimamente llevo muchos dulces encima, pero al menos me sirvieron para dejar todos mis malos hábitos atrás—, meditando si es conveniente dejarla como descarada prueba de mi traición o arrojarla a toda velocidad por encima del alto muro de piedra y arbustos a mi lado.
No tengo tiempo para decidir, porque se produce un grito de guerra, fuerte y agudo, que me informa que estoy a punto de ser atacado y sólo tengo oportunidad de hacer la pesada maleta a un lado antes de que un borrón, blanco, dorado y peinado con coletas, salte a la calle por la puerta abierta de la cerca y se lance a mí con el brío de una jauría de lobos salvajes.
— ¡¿Qué parte de «no saltes a la maldita calle como una desquiciada» no has entendido?! —exclama la voz de Roy, rabiosa, segundos antes de aparecer en el mismo sitio donde estuvo la niña de cuatro años antes de caerme encima y obligarme a levantarla. Insisto: si Ada conociera a Liang y Yuna, no tendrían ningún problema haciendo que los demás les presten atención, porque la niña es un pésimo ejemplo y tiene la potencia de un huracán. Supongo que por eso acabó con nosotros—. Ah, ahora sí eres tú.
Me burlo por lo bajo, dedicándole una mirada poco impresionada, mientras Ada lucha por sacarme la paleta de la boca a tirones.
Diablos, sí, debí arrojarla lejos. Quizás a la niña también, desde aquella primera vez que la encontramos, abandonada en el bosque y en compañía de una jauría de perros salvajes porque... sí. Nunca podemos hacer las cosas del modo fácil, como la condenada gente normal.
— ¿A cuántas personas les ha saltado encima? —Quiero saber, cuando tengo la boca libre, ya que Ada ha cumplido su cometido. Sin embargo, no dejo que se lleve la paleta a la boca, como bien es su propósito, y hurgo en mi bolsillo para darle otra.
Se supone que no debemos, porque tiene la dentadura hecha un desastre, pero es una ocasión especial, así que dejo que lo que diga la dentista me importe un cacahuate.
Roy lo pasa por alto, simplemente porque está harto.
— ¡Ya ha asustado a la vecina dos veces! Y, ¿sabes qué? Le dije que todo es tu culpa, por llegar una semana más tarde de lo acordado. El cartero prefirió empezar a entregarme la correspondencia en el cuartel, porque este monstruo —Ada le dedica una mirada furibunda y le gruñe— lo mordió la última vez que estuvo aquí.
Suelto una carcajada, porque sabía que un mes sería demasiado, pero más de un mes se convertiría en todo un suplicio para él: la cosa es que Ada puede ser una niña bien portada cuando quiere —y cuando le conviene—, pero pasó demasiado tiempo cerca de perros salvajes para querer ser una remilgada todo el tiempo.
Sus padres, estudiosos del medio ambiente, vivían en una pequeña cabaña en el bosque. La madre contrajo una enfermedad a mitad del invierno y, cuando el padre hizo el intento de bajar de la colina para pedir ayuda, se perdió en una tormenta que acabó con él. La mujer murió, tal vez la misma noche que su esposo... y Ada, de tres años, se quedó sola. En algún momento se aventuró a salir de la cabaña y se perdió en el bosque, donde se habría muerto de frío y hambre en poco tiempo si la manada no la hubiera encontrado y salvado: ¿no suena encantador?
La verdad, desde la primera vez que la vimos, me recordó a Nina y Alexander, a pesar de que no se parecen en nada —con Alexander sólo comparte el hábito de lanzarse encima de mí cada vez que tiene la oportunidad—.
También, la primera vez que nos encontramos con ella, en las faldas de la colina, trató de robarnos comida y meterse en problemas con un montón de perros salvajes al «atacar» a uno de sus cachorros, bueno, no es agradable. Por mucho tiempo pensamos que nos odiaba por tomarla y llevarla a la fuerza a servicios infantiles, pero al final resultó que, al menos, le caímos mejor que la encargada, quien a los pocos días se mostró desesperada por deshacerse de ella y ponerla en cualquier lugar con tal de no volver a verla... ni a sentir sus pequeños dientes en la pantorrilla.
Las cosas entre Roy y yo, estos seis años, han estado bien, pero también es cierto que es fácil caer en la monotonía una y otra vez, por lo que, a pesar de que ambos nos esforzamos, en ocasiones es complicado no lanzarse uno a la yugular del otro —supongo que eso ocurre cuando los dos miembros de una pareja tienen una personalidad dominante— y, por más que tratamos de mantenerlo todo interesante, a veces el trabajo —donde también convivimos mucho— se suma para hacer las cosas más agobiantes.
Ada vino a plantear muchas opciones para nosotros de golpe y, prácticamente, tuvimos que tomar decisiones en tiempo récord y sin admitir la opinión de nadie, porque en cierto momento se volvió obvio para nosotros que, con una personalidad tan bárbara y envuelta en llamas, la niña no tendría buenas expectativas al momento de entrar en el sorteo de adopción.
A veces me pregunto si no deberíamos tener un récord Guinness en la categoría de bodas relámpago y adopciones supersónicas, pero quizás Ada, con todo lo brutal que puede ser en ocasiones, era lo que estábamos esperando para entrar en un equilibrio perfecto —o lo más parecido que nosotros podamos llegar a eso—.
Roy, la mayor parte del tiempo, se encarga de sacar de ella ese lado humano que todavía tiene, enseñándole cosas, porque es obvio a leguas que es una niña más inteligente de lo que parece y muchas veces nos sorprende lo rápido que interpreta las situaciones y la forma en que el bosque la enseñó a usar sus conocimientos para sacarle ventaja a sus recursos. Yo, por otro lado, procuro mantener viva en ella esa chispa que le permitió sobrevivir como lo hizo, porque si algo nos enseñó ese mes en la isla a Al y a mí, es que a veces el mundo no te permite arreglar las cosas con discursos bonitos, azúcar, flores y muchos colores y es agradable notar la manera en que, poco a poco, las personalidades de ambos se amoldan a la de ella… aún si está loca y le pone los pelos de punta a los demás.
Es muy probable que Roy y yo también tengamos mucho de eso y que por ese motivo seamos las personas que el universo eligió para ella.
Al menos, la última vez que hablamos con Hawkeye, lo interpretó de esa manera para nosotros, ignorando el hecho de que estábamos a punto de dar media vuelta y dejarle el problema a alguien más, porque educar a un niño, en la situación que sea, nunca es tarea fácil.
Pero aquí estamos, un año después, nadando contra la corriente.
—Oye, deberías sentirte orgulloso: sobreviviste a Ada más de un mes —lo felicito, antes de sujetar el aza de la maleta y recuperar mi paleta de las pegajosas manos de la niña, quien me la da sin rechistar ahora que tiene la suya—. No cualquiera puede presumir algo como eso —sus niñeras, por ejemplo: seguro sufren estrés postraumático.
Se la meto en la boca a Roy, quien parecía a punto de protestar.
Ambos sujetamos una mano de Ada y caminamos hacia la casa: ahora, en vez de verse solitario y ligeramente lúgubre, el patio principal reluce con un brillante columpio de dos plazas, un castillo de princesas —que la niña usa más para fingir cazar dragones con una espada de madera— y varios juguetes en diferentes estados de devastación.
Roy sonríe y, en verdad, parece encantado de volver a verme. Se saca el dulce de la boca para hablar.
—Lo gracioso es que con madame Christmas, se portó como toda una dama. Será una amenaza para la sociedad en cuanto crezca más.
—Pues tiene de quien sacarlo, ¿no?
Ada exige que la columpiemos entre los dos, encogiendo las piernas contra el pecho, haciendo que la arrastremos por un trecho del patio hasta que por fin le cumplimos el capricho. Suelta un «¡wiiii!» de felicidad y no puedo evitar reír mientras Roy sólo pone los ojos en blanco.
—A ver si te sigue gustando cuando veas lo que le hizo a tus libros de alquimia, amor —sisea, cínico, y suelto un grito ahogado, dejando de sujetar la mano de Ada por la impresión.
Cae con un golpe seco de rodillas al suelo, pero, en vez de llorar por sus rodillas raspadas, se para de inmediato y alza las manos como una gimnasta, exclamando:
— ¡Estoy bien!
Y, sí, definitivamente es hija de ambos; la mejor —segunda— oportunidad que hemos tomado juntos en la vida.
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Si te ha gustado mi trabajo, déjame saberlo con un comentario :)
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RECOMENDACIONES POR CORONAVIRUS:
Como todos saben, estamos pasando por una crisis sanitaria mundial que es 100% REAL, así que lo mejor que podemos hacer es:
1.- No entrar en pánico (porque somos cool).
2.- No hacer caso de fuentes de información sin verificar (como publicaciones en redes sociales, incluso de diarios virtuales) y menos compartirla.
3.- Mantén una buena higiene: lávate las manos, sobre todo tras ir a la calle, usa gel antibacterial, no te toques la cara y no te acerques demasiado a las personas. Evita saludar de beso y de mano. Recuerda que la infección se comparte por medio de moléculas de saliva y mucosidad que persisten en el entorno durante horas. NO prestes tu celular, ni compartas comida.
4.- Ten a los niños lejos de adultos mayores. Los niños tienen un sistema inmunológico fuerte, por lo que pueden no verse demasiado afectados, pero son una fuente de contagio para los ancianos.
5.- No acudas a eventos masivos.
6.- Usa cubre bocas, sobre todo si no puedes quedarte en casa.
7.- Compra suministros moderadamente: se prevé que la crisis podría tener una larga duración, por lo que consumir en exceso no sirve de nada ahora y sólo se crea desabasto, lo que puede perjudicar incluso a las agencias de salud.
8.- Consume cítricos y alimentos ricos en vitaminas que levanten tu sistema inmunológico.
9.- Da ayuda a quien la necesite: si un adulto mayor no puede salir de su casa, ofrécete a hacer sus compras por ellos, ya que son el sector más vulnerable de la población.
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