La Navidad no había sido nunca santo de la devoción de Hermione, pero desde que tenía a Rose y a Hugo en Hogwarts significaba por lo menos que tenía una semana para pasar tiempo en familia. No obstante, aquel año ni Ron ni ella tenían muchas ganas de que llegara el momento de recoger a su progenie en King Cross.
Desde el primer año de James, la tradición mandaba que Harry y Hermione salían de sus despachos y se encontraban en el vestíbulo del Ministerio y desde allí se metían en la red flu hasta King Cross, recogían a sus vástagos y se los llevaban a La Madriguera, donde se quedaban pasando la mañana hasta que los adultos terminaban la jornada laboral. Ese día cenaban todos juntos antes de irse a sus respectivos hogares y se consideraba la fecha oficial de inicio de las fiestas.
Sin embargo, Harry no había dado señales de vida y Hermione tenía otras preocupaciones como para dedicarse a ir detrás de él pidiéndole perdón por algo que no era asunto suyo.
A las diez y media en punto, justo cuando se disponía a meterse en su chimenea personal, el sonido de unos nudillos chocando contra la madera de la puerta la pilló por sorpresa. No le había dado tiempo ni a contestar cuando la puerta se abrió y una familiar melena pelirroja apareció por la puerta.
—¿Se puede, señora ministra? —La sonrisa de Ginny brillaba tanto que iluminó todo el despacho en cuestión de segundos.
—Se puede, señora directora de la sección de deportes de El Profeta —dijo Hermione a su vez, mientras una sonrisa inesperada tiraba de sus comisuras hacia arriba.
—¿Puede pasar también la señora que siempre se acuerda de revisar que no haya nargles en el muérdago?
—¡Luna! ¡Creía que os ibais a quedar en Fiyi estas navidades!
—Las comunidades de gente del agua no se van a ir a ningún lado por una semana que estemos sin ellas —contestó Luna, apareciendo por detrás de Ginny—, con dos ya puede que sí…
Su amiga tenía la larga melena rubia llena de arena y la nariz quemada (además de ir descalza); desde el mismo instante en el que entró en el despacho, empezó a ir dejando tras de sí un reguero de agua, que parecía provenir de la bolsa de pesca que iba arrastrando. Luna olía a alga podrida y a salitre, pero, después de casi un año sin verla, a Hermione estaba más que dispuesta a pasarlo por alto.
Cuando le preguntaron qué llevaba en la bolsa, Luna se encogió de hombros y sonrió de aquella forma distante que tanto la caracterizaba antes de contestar con toda naturalidad que por supuesto sus regalos de Navidad. Tanto Ginny como Hermione sabían perfectamente que lo mejor era no preguntar más, con Luna siempre era mejor no saber y sorprenderse después para bien o para mal.
—Bueno, yo estaba a punto de irme a por mis hijos a King Cross, podemos quedar después, ¿os apetece?
Ginny la miró, con aquella chispa de socarronería tan típica suya en las pupilas, y negó con la cabeza antes de decir:
—Creo que no has entendido nada, Herms, vamos a ir juntas a por los niños, los dejamos en La Madriguera y después vamos a pasar la tarde por ahí. Y ni se te ocurra decirme que tienes trabajo, porque ya he tenido un par de palabritas con tu secretario.
Hermione quería muchísimo a sus hijos, de verdad que sí. Cuando nacieron no sintió ese lazo instantáneo que según las películas te cambia la vida y te da habilidades sobrehumanas para saber lo que necesitan, pero con el tiempo habían ido conociéndose y la relación había mejorado. Estaba orgullosa de los adultos en los que se estaban convirtiendo y hasta recordaba con nostalgia la época en la que todo eran risas y juegos de estimulación temprana, pero la adolescencia se le estaba haciendo muy muy larga.
La cara de Rose al bajar del tren ya era un poema en sí misma. Solo con cómo pasó el escáner por su tía y la amiga de su padre antes siquiera de dignarse a mirarla, ya le clavó un puñal de ansiedad en el pecho. Se puso a su lado y, casi sin dirigirle la palabra, sacó el teléfono móvil del bolsillo y lo encendió.
El despliegue de Rose fue teatral y esperado, sabía que iba a comportarse como si le estuviera perdonando la vida por estar a su lado, lo que no esperaba es ver a Hugo tan… gris. Hugo estaba ya en quinto, en plena adolescencia, y en el último año había dado un estirón inesperado, justo cuando parecía que la genética de tamaño de bolsillo de Gordon Granger se iba a imponer.
Ahora mismo, su hijo parecía haber encogido diez centímetros, lo cual no debería ser posible, porque el crecimiento de un humano medio no funciona así. La cabeza le colgaba entre los hombros como si le pesara una barbaridad y llevaba el pelo tan largo y tan metido en la cara que no pudo mirarlo a los ojos hasta que no lo tuvo a dos pasos.
Tampoco fue posible sacarle nada más claro que un gruñido por saludo.
Ginny cruzó miradas con ella por encima del hombro de Rose e intentó desviar la conversación a temas escolares de sus propios hijos, pero tanto Albus como Lily estaban visiblemente tensos y no fueron de gran ayuda para relajar el ambiente. La verdad, después del asfixiante silencio hasta La Madriguera y la despedida casi muda, las Navidades pintaban tan mal que lo único que le daba un poco de esperanzas era el gato, que maullaba desesperado para que lo dejaran salir del transportín.
La tarde con Ginny y Luna fue tan bien como cabría esperar. Su cuñada (o excuñada más bien) le había dejado clarísimo que no consideraba que la vida amorosa de su hermano fuera asunto suyo, también había dejado claro que, dijera lo que dijera su marido, no se iba a meter en medio de lo que dos personas adultas decidieran hacer con sus vidas.
Al igual que con sus padres, Hermione tenía la sensación continua de que Ginny había fingido la sorpresa tan bien como había podido. Claro que en su caso eran sus dones de periodista los que le habían dado el conocimiento premonitorio para saber lo que iba a pasar, estaba segura.
Luna, sin embargo, había salido con una de sus frases de las galletas de la fortuna:
—Sigue las corrientes de la vida y llegarás a buen puerto —musitó mientras le daba un sorbo al té—, Ronald tendrá buena suerte en el dinero si viste de rojo.
Comunicarse con Luna se hizo un poquito más difícil de lo normal el día que descubrió el concepto de las galletas de la fortuna en una reunión familiar. Desde entonces, los gemelos y ella habían desarrollado un sistema para comunicarse entre ellos usando solo frases prefabricadas y lo habían perfeccionado tanto que, en vez de cartas, Luna les mandaba a sus hijos paquetitos de galletas que había hecho ella misma.
Hermione, como siempre que Luna entraba en modo adivinatorio galletil, sonrió con incomodidad y le dio las gracias.
—Ron saldrá de esta, ya verás —continuó Ginny, justo cuando Luna parecía a punto de sacar a relucir otra de sus frases estrella—: Necesita un cambio de aire como el que más.
—¿Y Harry?
Ginny esbozó una sonrisa forzada, a años luz de la sonrisa amplia y luminosa que había mostrado esta mañana en su despacho. De repente, su taza de té era de lo más interesante.
—Harry está muy metido en su mundo interior…
—Y comprenderá que la familia es la salsa de soja de la vida —la interrumpió Luna, con su tono de voz habitual, suave como una pluma.
—Más o menos… te digo la verdad, Herms, no sé cuándo se le pasará o si se le pasará, pero esto es algo que tiene que hacer él solo, porque no tiene edad de que estemos tratándolo como un crío. —Ginny partió una de las galletas del platillo y la partió con tanta fuerza que las migas salieron disparadas alrededor.
—Me encantaría que las cosas fueran de otra manera, de verdad, pero tenía que hacer esto por mí, por los dos. —A estas alturas tenía el discurso tan ensayado que era como dar una rueda de prensa.
—Herms —la cortó Ginny, mientras otra de las galletas de la mesa corría su misma suerte—, no es asunto suyo y ya está, no tienes por qué darle más explicaciones.
Luna le dio otro largo sorbo al té antes de dejar la taza sobre el platillo y alargar la mano para coger la galleta más cercana a Ginny, la próxima en sufrir el aciago destino de sus compañeras.
—Una mariposa bate las alas en Tokio y un huracán se desata en California —susurró Luna, mirándola a los ojos fijamente.
Hermione cogió aire al sentir una garra de ansiedad que se le clavaba en las entrañas: eso no era una frase de una galleta de la fortuna.
Por supuesto aquella noche Hermione no fue a cenar a La Madriguera con toda la familia, se quedó en su casa sola con su gato, que se estaba dedicando a la ardua tarea de hacer que todo volviera a oler a él. El hechizo quitapelo marca patentada de Corazón de Bruja había reunido ya una bola de pelo suficiente como para formar un Dwarfy pequeño, pero aun así el gato seguía esforzándose al máximo en dejar su impronta.
Dwarfy era un regalo de ni más ni menos que Newt Scamander, el abuelo de Rolf. Al parecer, no era tan normal que a la gente le gustaran los gatos con mezcla de kneazel, porque, en opinión de Newt y de la propia Hermione, a la gente simple no le gustaba que su mascota fuera más lista que ellos. La gran mayoría de la gente lo que quería en realidad era una bola de pelo a la que rascarle detrás de las orejas, no un lazo de mutuo entendimiento entre dos seres pensantes.
Hermione todavía no se había atrevido con un kneazel de raza pura porque siempre estaba ocupada viajando de aquí para allá y solía quedarse en el despacho hasta tarde, por lo tanto, no era buena idea tener a un animal capaz de abrir cerraduras tantas horas solo. Pero cuando Newt le propuso quedarse con un gatito con sangre kneazel de la camada que había recogido en una granja abandonada, Hermione dijo que sí, por supuesto.
Dwarfy no era ni mucho menos un repuesto para Crookshanks, que había muerto de viejo antes incluso de que llegara el gato nuevo: tenía su propio carácter, sus propios gustos y sus propias manías… pero no creía que le fuera a importar mucho dormir con ella a partir de ahora en vez de en el salón. Esa era una de las reglas, estúpidas en opinión de Hermione, que había impuesto Ron como condición para tener un gato en casa: nada de gatos en la cama.
—Pero supongo que ahora vamos a poder dormir juntos y nadie nos lo va a poder impedir —musitó Hermione.
Por toda respuesta, Dwarfy la miró fijamente con sus enormes ojos dorados y se restregó en la puerta de su dormitorio con un suave maullido.
—Y así es como una se resigna a ser la loca de los gatos —dijo con un bostezo mientras se enfundaba en su bata, se ajustaba su gorrito de dormir, y se dirigía hacia la puerta para abrirla.
Su intención original era quedarse despierta hasta que volvieran los niños para darles por lo menos una sensación de normalidad, un poco de «sigo aquí, todo sigue igual que siempre», pero llevaba unos días con el cansancio metido en el cuerpo y aquella frase de Luna del huracán seguía clavada con chinchetas en sus entrañas. Así que se dijo a sí misma que intentaría quedarse despierta mientras avanzaba en la pila de lectura, pero que si se quedaba dormida intentaría por lo menos levantarse temprano para hacer un buen desayuno. No tardó ni dos páginas en quedarse dormida.
Probablemente hubiera dormido toda la noche del tirón, si no hubiera sido porque su sueño nunca había vuelto a ser profundo después de la época que pasaron sobreviviendo a la intemperie durante la guerra. Hermione se despertó de madrugada porque había alguien en su cama a horas intempestivas, alguien con quien el gato estaba acostumbrado a dormir, porque en vez de intentar acabar con el intruso, trepó por encima y se escabulló entre los dos cuerpos ronroneando como un pequeño motor de combustión.
—Hugo está convencido de que es culpa suya —susurró Rose en una voz tan baja que casi creyó que se la había imaginado.
Ya de por sí no tenía mucha fe en que ninguno de los dos se metiera en su cama por la noche, pero el hecho de que fuera Rose la que hubiera recorrido el pasillo y se hubiera escabullido entre sus sábanas era motivo extra de sorpresa.
—Por supuesto que no es culpa suya —susurró ella en respuesta y, aunque su voz salió también muy baja, supo que su hija la había escuchado.
Hugo tenía una tendencia preocupante a decidir que todo lo que pasaba era culpa suya, fuera lo que fuera. Desde bien pequeño era muy difícil conseguir convencerlo de que a veces las cosas pasaban porque sí y no había por qué buscar culpables, a veces incluso era difícil convencerlo de que el responsable era claramente la persona que tenía enfrente, no él.
—Eso le hemos dicho todos —siguió su hija—, pero ya sabes cómo es.
—Bueno, a lo mejor si hablara conmigo yo podría explicarle que…
—Ni se te ocurra explicarle nada, solo vas a conseguir empeorarlo todo. —Su voz sonó afilada en la penumbra de la habitación, como una serpiente lanzándose a atacar.
Rose siempre había estado orgullosísima de lo Gryffindor que era, pero, de vez en cuando, sacaba unos reflejos que parecían mucho más típicos de una serpiente que de un león.
—Eso no lo sabes —le contestó ella.
—Sí lo sé. —Hermione esperaba de verdad que aquello no se convirtiera en una pelea de madrugada—: Irás, intentarás acunarlo como si fuera un bebé y le dirás que no es culpa suya, que la vida de la gente pasa y que si necesita ayuda para poder superarlo solo tiene que decirlo y tú te encargarás de todo.
—Excepto en lo del bebé, no le veo nada de malo a lo que me acabas de decir.
Rose bufó exasperada.
—Mamá, Hugo no necesita un psicólogo, necesita que las cosas vuelvan a ser como antes.
Como antes. Como antes de que tomara la decisión de cambiar de rumbo. Como antes de que el Sombrero lo pusiera en otra casa que a su padre no le cuadraba. Como antes de que la vida convirtiera a su hijo pequeño en un ser melancólico y triste. Hermione se giró en la cama y miró a su hija frente a frente. El gato entre ellas maulló en protesta.
Hacía poco que Rose se había rapado la cabeza y, aunque echaba de menos cómo los rizos le redondeaban las mejillas, la verdad es que no se podía negar que le quedaba bien. Parecía más adulta, y su expresión era al mismo tiempo más dura y más sincera, como si hubiera dejado de esconderse.
—Las cosas no pueden volver a ser como antes, lo siento, pero es así.
—No me digas que lo sientes si no lo sientes, no me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—La abuela Molly dice que se te ha ido la cabeza y que se te pasará.
—A lo mejor la abuela Molly no sabe de lo que está hablando.
—La abuela Jean dice que lo único que nos tiene que importar es que seáis felices y que somos mayores como para aceptar que no todo en vuestras vidas es asunto nuestro.
—Ajá.
—A mí me parece que podría callarse un poco.
—Me parece que estás escuchando solo lo que te viene bien.
—Me parece que tú estás haciendo lo mismo.
—De tal palo tal astilla, supongo.
Rose puso los ojos en blanco con una expresión tan exagerada que no pudo evitar que se le escapara una sonrisa que ocultó contra la almohada. Su hija la miró como si hubiera cometido un acto de traición inefable.
—¿Y tú? —preguntó Hermione con un hilo de voz.
—Y yo qué —contestó ella a su vez.
—Que qué piensas tú.
Rose rompió su intercambio de miradas y se puso bocarriba en la cama, mirando al techo con el ceño fruncido, como si hubiera cometido una ofensa contra su persona. Seguro que aquello que se le deslizaba por la mejilla era un reflejo de luz y no una lágrima.
—Pues que todo esto es rarísimo. Pensaba que me iba a encontrar a papá destrozado, pero no, solo está como atontado y un poco a sus cosas; tú estás más triste que él. —Hizo una pausa para frotarse con rabia la mejilla, probablemente porque otra lágrima ilusoria se le había escapado—. Todo el mundo tiene su opinión sobre esto, estoy contando los días para que El Profeta se entere y todo se vaya a la mie… a tomar por saco.
Hermione estaba harta de llorar, harta de que se hubiera convertido en una constante en su vida. Nunca se había considerado una persona llorona, a pesar de que había pasado por muchos momentos duros en su vida, pero últimamente parecía que no era capaz de contener las lágrimas, como si el vaso de su aguante estuviera ya siempre al borde y cada vez que pasaba algo, lo más mínimo, se desbordara y sus lágrimas se derramaran sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
Rose la miraba como si le hubieran salido furúnculos por toda la cara.
—¿Mamá? —Su voz sonaba como si se estuviera planteando seriamente que alguien hubiera suplantado a su madre.
Hermione se sorbió la nariz con fuerza e intentó restregarse los ojos con las manos mientras repetía una y otra vez que estaba bien.
—Mamá, si estás tan triste, ¿por qué lo has hecho? —preguntó, la duda sonaba genuina en su voz—. ¿Por qué no te has quedado como estabas?
—Porque no soporto estar parada sin hacer nada, Rose, por eso.
El silencio se extendió entre las dos como una cúpula de vacío. El rumor distante de un coche por la calle, el ronroneo de Dwarfy entre las dos y sus respiraciones eran la banda sonora de un momento sin sonido. Ya parecía que la conversación se iba a quedar ahí y que las dos se iban a quedar dormidas cuando Rose contestó:
—Eso puedo entenderlo.
Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, estaba sola en la cama, hasta el gato se había ido, y el hueco que su hija había ocupado ya estaba frío: hacía bastante que se había vuelto a su cuarto.
Obviamente en el mismo instante en el que puso un pie en el suelo, maullidos desesperados rompieron el silencio matutino, por lo que no tuvo otra que coger la varita de la mesilla de noche y, mientras salía de su cuarto arrastrando los pies, empezó a conjurar con suaves movimientos. La puerta de la despensa se abrió mágicamente y una bolsa de pienso para gatos salió a buen ritmo de su interior.
Otro movimiento de varita y la tetera salió levitando de la alacena y se puso bajo el chorro de agua del grifo: no se derramó ni una sola gota de agua. Para cuando se sentó en la mesa de la cocina la habitación parecía estar danzando al ritmo de una melodía muda, su magia la directora de orquesta de aquel vals. El ruido de las bolitas de pienso cayendo sobre el comedero del gato, la tetera silbando en el fuego, el clic de la tostadora al ponerse en marcha y la radio al sintonizar la emisión y empezar a emitir el programa La hora de las brujas formaban parte de aquella canción asonora.
Todo parecía normal, pero la presión que Hermione sentía en el pecho estaba lejos de serlo. Le escocían los ojos de haber llorado la noche anterior y los notaba hinchados y sensibles.
«Igual que yo últimamente, mira», pensó mientras esperaba a que el té reposara para echarle una nube de leche.
Llevaba su bata favorita, su marca de Earl Grey predilecta seguía oliendo a bergamota igual de bien que siempre, la lechuza de El Profeta ya estaba llamándola desde el alfeizar de la ventana y Rose no la había estrangulado por la noche. A lo mejor aquella Navidad no era tan horrible como aparentaba.
Cómo podía haber sido tan estúpida como para atreverse a pensar que todo iba a salir más o menos bien. Que no iba a haber ningún tipo de consecuencia, que las cosas iban a ir mejorando y todo el mundo iba a respetar sus decisiones. Obviamente no esperaba poder pasar la noche en familia como otros años, pero esperaba que el objetivo de las fiestas no fuera convertir sus fiestas en un calvario, pero al parecer su suegra no era de la misma opinión.
En Nochebuena todo había ido más o menos bien, los tres habían cogido la chimenea hasta La Madriguera, Ron los estaba esperando en el salón, visiblemente tenso e incómodo. No era la primera vez que se veían desde el día en el que él había recogido sus cosas y se había ido de casa, porque había pasado un par de veces más e incluso habían quedado para revisar papeles, pero ahora era Navidad y estaban en la casa de su infancia, y eso era harina de otro costal.
La casa familiar de los Weasley había mejorado mucho desde que eran adolescentes, pero seguía teniendo aquel aire a gastado, como si todas las vidas que habían pasado tiempo entre esas paredes hubieran dejado una impronta especial en los objetos. La mesa del salón no era solamente una mesa, era la mesa en la que había comido tantas veces cuando eran críos, marcada con las huellas de un montón de Weasleys, con las esquinas redondeadas por el uso.
Hermione no era especialmente fan de la Navidad, pero era cierto que las navidades con los Weasley eran mejores, los adornos mágicos cubrían cada rincón y aquel año habían hechizado el árbol del salón para que se agitara cada cierto tiempo, haciendo tintinear sus adornos. La casa olía a vino especiado y a ponche de huevo y ya estaba repleta hasta los topes de gente.
Obviamente no todo el mundo fue tan abierto con ella como Ginny y Arthur, que no dudaron ni un segundo en acercarse y felicitarle las fiestas como si nada hubiera cambiado, tampoco Bill, Charlie o Percy se comportaron de forma distinta a como se comportaban normalmente cuando se veían. En el extremo opuesto de la balanza, la sonrisa fría de Molly, que no hizo ademán siquiera de acercarse a abrazarla, y la presencia de Harry en el marco de la puerta, atravesándola con la mirada con cero disimulo.
Desde luego no era un ambiente en el que le apeteciera quedarse, así que, a pesar de que el padre de los Weasley intentó convencerla de que pasara con ellos por lo menos un rato más, se excusó con que había quedado con su madre para ayudarla a preparar los regalos para el día siguiente y se volvió a meter en la chimenea. Nada le hubiera apetecido más que quedarse en su casa con el gato, pero se obligó a sí misma a desaparecerse en casa de sus padres para pasar la noche con ellos.
Aun así, lo peor de todo fue ir a la mañana siguiente a recoger a sus hijos para volver a casa de sus padres. Molly no estaba nada, pero nada, contenta con que se llevara a sus nietos el día de Navidad fuera de La Madriguera. Hasta ahora todos los años ella había hecho el esfuerzo de traer a sus padres hasta allí, pero aquel año ya no tenía sentido hacerlo.
Molly la miraba como si la prefiriera con las tripas fuera en vez de dentro, como si se muriera de ganas de hechizarla con forúnculos de pus para el resto de sus días. Hermione sabía que su suegra era perfectamente capaz de hacerlo, al fin y al cabo, la había visto luchar en la batalla de Hogwarts, defendiendo a sus hijos como la leona que siempre había demostrado ser.
Probablemente, para Molly esto también era defender a sus hijos, porque el concepto de mantenerse al margen y no entrometerse le resultaba tan ajeno como el de guardarse sus opiniones para sí. No le dijo nada claramente acusatorio, porque Arthur se mantuvo a su lado todo el rato, controlándola con una clara advertencia en las pupilas.
Cada vez que Molly hacía un ademán de lanzarse sobre ella, Arthur cortaba el intercambio de golpes con un «Dile a tu padre que vi la película esa que me recomendó el otro día, El padrino, voy a tener que pedirle que me explique cómo funcionan las mafias esas que salen todo el rato…» o algo por el estilo. Hermione no podía hacer más que agradecérselo, pero llegó un momento en el que casi habría preferido contestarle a su suegra y que fuera lo que Merlín quisiese.
Nunca había sido muy fan de poner la otra mejilla, pero se sentía atada de pies y manos, casi como si todo el mundo estuviera esperando que se enzarzaran en una pelea para echarle la culpa y marcarla como figura problemática. Incluido el propio Harry, que seguía sin dirigirle la palabra, pero que al mismo tiempo seguía a su alrededor sin alejarse demasiado, probablemente porque también estaba esperando una oportunidad para echársele encima.
Aquel ambiente que antes había sido un hogar para ella se había convertido en hostil. Y, a pesar de que Charity le había repetido una y mil veces que no era culpa suya, que nadie que la hubiese querido de verdad debería hacerla sentir culpable, el caso es que de pie en la cocina de La Madriguera se sentía sucia y errónea, fuera de lugar. Por más que la aplastaba, aquella diminuta voz que susurraba «Todo esto es culpa tuya, por qué no te quedaste callada y seguiste hacia delante igual que siempre» no cesaba.
Se sentía mal consigo misma, mal con su suegra, mal con Ron por quedarse en una esquina como si aquello no fuera con él, mal con Harry por estar orbitando a su alrededor como una bludger asesina… Para cuando salió de allí estaba entre estrangularlos a todos o estrangularse a sí misma.
Lo único que le pedía a la vida era que la Navidad terminara de una vez.
Y al final, la Navidad terminó, menos mal. Aquel año que parecía que se resistía a morir llegó a su fin, con ella sola en casa con el gato, mientras sus hijos despedían el año en La Madriguera sin ella, en aquella nube de hostilidad que era su antiguo refugio. Los niños volvieron a Hogwarts y tampoco pudo estar para despedirlos, porque había acordado con Ron que, ya que ella los había recogido, a él le correspondía decirles adiós en el andén 9 y 3/4.
Por lo menos el trabajo no iba a fallarle nunca, lo bueno de estar a la cabeza de una sociedad mágica era que siempre habría un pozo inconmensurable de trabajo pendiente: nunca habría echado suficientes horas. Le había costado obligarse a estar en Navidad fuera del despacho, pero si lo había conseguido era única y exclusivamente porque Ginny había hechizado la puerta para que no pudiese entrar y, si algo caracterizaba a los Weasley, era el hecho de que eran excelentes con las maldiciones.
Pero ahora todo había terminado y Spencer se había encargado de revisar que no quedara ni rastro de la maldición en el marco de la puerta. Por fin había podido volver a entrar, su mesa seguía tan impoluta como siempre, igual de aséptica e igual de profesional. Le encantaba pasar la mano por la superficie, tan limpia y tan brillante. Su pila de informes de regulación mágica seguía ahí, esperando a que comprobara las normativas. Nada la hacía más feliz que las normativas.
La ministra Orpington parloteaba en su marco sobre las navidades victorianas, los ministros Rowle y Diggory seguían en una de sus encarnizadas batallas dialécticas sobre legislación punitiva mágica y su té iba a estar listo para darle el primer sorbo. Tenía muchísimo trabajo, tanto que seguro que no iba a poder irse a casa hasta las ocho o las nueve de la noche (con suerte) y lo más probable era que al día siguiente tuviera que entrar antes de su hora habitual y salir aún más tarde. Qué pena.
Su mañana estaba yendo con toda la normalidad del mundo, toda la normalidad que la primera ministra de magia de una nación podía tener. Un par de jefes de sección pasándose a felicitarle el año con más pilas de trabajo debajo del brazo, una escaramuza bastante seria contra el estatuto del secreto de la magia en Surrey (pero que al final se había solucionado con la inestable ayuda de un patito de goma)…
Pero hay algo a lo que no podía escapar nadie, ni siquiera la ministra de magia: al hecho de que, al volver de vacaciones, siempre hay una sorpresa desagradable a la vuelta de la esquina. La sorpresa desagradable en cuestión vino volando y tocó en el cristal de la ventana.
Normalmente las lechuzas no venían directamente a su despacho, pasaban por su Spencer, que tenía un hermoso poyete con chucherías para lechuzas y un nido de primera calidad para que descansaran, y él le pasaba la carta en cuestión si era menester. Las únicas lechuzas que iban directamente a su despacho eran las lechuzas personales de los ministros de magia de otros países o de su familia.
Hermione miró extrañada a la enorme ave que golpeaba con insistencia el cristal, pero aun así abrió la ventana para dejarla pasar. En la pata, cerrado con un lacre rojo con el sello del ministerio de magia de Bulgaria había un pergamino que parecía bastante grueso.
Spencer estaba teniendo una vuelta de vacaciones ajetreada, pero dentro de lo aceptable. Ser el secretario de la primera ministra implicaba que tu jefa te dispensara un trato justo y cortés, aparte de trabajar a diario con uno de los cerebros más brillantes de la actualidad.
«Nunca se aburre uno con la ministra Granger» pensó Spencer mientras hechizaba un par de memos para el departamento de Entrada en Vigor de la Ley Mágica, «todos los días son tiempos interesantes».
Apenas un par de minutos después, desde dentro del despacho se oyó un grito ahogado, un golpe y el ulular de una lechuza. A continuación, la puerta se abrió de golpe y la ministra asomó la cabeza, con una pluma de lechuza anidada entre sus rizos.
—Spencer, voy a necesitar que envíes una carta con muchísima urgencia. Envío prioritario, por favor.
La ministra no solía pedirle cosas de urgencia, siempre lo tenía todo atado y bien atado y las cosas con urgencia lo eran porque hacían peligrar su primer plazo previsto.
—Por supuesto, ministra, lo haré de inmediato. ¿A quién se la envío?
—A Viktor Krum, Spencer, vamos a necesitar su ayuda para salir de esta.
