Disclaimer: Los personajes no son míos, son de la autoría de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Scarlettplay, yo sólo traduzco.
Capítulo dos
Asignación de asientos
—¿Entonces? —preguntó Alice después de aflojar su abrazo.
—Me voy a clase ahora —respondió Edward.
—¿Dónde estabas? —Volvió a preguntar ella.
—Estaba en dirección. Cambié mis horarios así puedo almorzar con Bella. Así que ahora mismo, a pesar de que tengo mucha hambre, no me voy a quejar e iré con ella a la clase de Literatura. —Le mostró los nuevos horarios.
—¿Por qué hiciste esto? —chilló Alice—. ¿Cómo se supone que te cuide si ya no estás en ninguna de mis clases?
—Todavía compartimos dos clases. —Volvió a tomar el papel.
Bella se encontraba impresionada ante todo lo que él podía hacer con su mano pegada a su costado. Él actuaba como si fuera natural—como si siempre hubiera estado allí.
¿La parte verdaderamente extraña? También se sentía normal para ella.
—Volveremos a hablar de esto esta noche en la cena. Fíjate como va hoy, pero si me necesitas, tienes mi número —dijo Alice, mirando ásperamente a Bella, y se fue.
Edward se giró hacia Bella y en sus ojos había sorpresa, como si no esperaba encontrar un cuerpo atado a la mano.
—¿Ya me odias? —preguntó él, bajó sus hombros y se encorvó hacia adelante. Estaban casi frente a frente.
—No, yo… —Se mordió el labio inferior, apartando el flequillo de sus ojos—. Estoy tratando de comprender qué está pasando, eso es todo.
—No soy bueno explicando cosas. Todo lo que necesitas saber es que necesito tocar a una persona en la que confío, y así las cosas están bien. Si estás de acuerdo con eso, entonces deberíamos ir a clase. No me gusta llegar tarde. Me hace ver números.
—¿Qué num…?
—¿A clase? —preguntó, interrumpiéndola.
—¿Me lo vas a explicar luego?
—Probablemente no. Pero puedes preguntarle a Alice. A ella le gusta hablar… mucho. Y especialmente sobre mi a cualquiera que escuche. —Sus piernas comenzaron a moverse otra vez y Bella a penas pudo mantenerle el ritmo. Probablemente la beneficiaría si se pusiera esas zapatillas con ruedas en la suela, así entonces él la podría arrastrarla más fácil.
Debería sentirse indignada por la forma en que la trataba como perro con correa, pero lo encontraba un poco adorable. Esas líneas en sus cejas, su mirada enojada que le ofrecía a las personas que se metían en su camino, y la forma en que la rodeaba como una burbuja protectora, hacía que su corazón latiera rápido.
Él era adorable, aunque un poco intenso. Ella estaba acostumbrada a las personas tranquilas, excéntricas, y relajadas; no a las personas con capacidad de alinear los planetas a su querer porque así los hacía sentir cómodos.
Edward era, de lejos, la persona más interesante que había conocido. Si podías llamar a lo que pasó en Biología "conocer". Fue algo más como: un asentimiento rápido, palabras gruñidas, y el torbellino de actividad a la que fue arrastrada sin preguntar.
Él la llevó hacia su clase de Literatura y, sin preguntarle dónde se sentaba normalmente—ya que era la tercera semana de clases—, eligió un lugar al fondo que se encontraba deshabitado.
Apartó una silla para ella e intentó sentarla. En efecto le había soltado la mano e intentó manipularla a su gusto colocando sus manos en los brazos de ella.
Aquí fue cuando ella ya no soportó más, y la puso en acción.
—No lo creo. No me voy a sentar aquí, y no vas a colocarme en el asiento como si viviéramos en la Edad Media. No soy tu mujer a la cual das órdenes. —Entrecerró sus ojos y cerró la boca mientras colocaba sus puños sobre sus caderas—
—¡Oh, no! ¿Te lastimé? No controlo mi fuerza a veces —respondió e intentó una vez más, ahora más gentil, ubicarla en su asiento.
—¡Para! —dijo ella, soltándose de su agarre.
Sus ojos se abrieron de par en par y su espalda se curvó como si estuviera encogiéndose en si mismo. Este enorme chico estaba desapareciendo ante sus ojos.
Al segundo siguiente, comenzó a nombrar ecuaciones matemáticas una y otra vez.
—Bella, ¿qué pasa? ¿Este chico está tocándote? —preguntó Mike, uno de sus compañeros de clase. Este se acercó, y al segundo que tocó a Edward para apartarlo, Edward comenzó a gritar números matemáticos.
—Pi multiplicado por… —Edward bramó aun más fuerte mientras Mike se acercaba para tocarlo de nuevo.
Bella apartó el brazo de Mike de un manotazo.
—¡No lo toques! ¡Solo su hermana y yo podemos hacer eso! —le gritó a Mike, y luego se giró hacia el chico emocionalmente lastimado frente a ella. Su cabello bronce era todo lo que ella podía ver ya que su mentón se encontraba posado sobre su pecho y sus brazos envolvían su torso mientras tomaba una postura protectora.
—Edward, soy yo… Bella. Voy a tocarte ahora. No grites, ¿de acuerdo?
Él siguió gritando con un borde salvaje y penetrante en su voz.
Al minuto que la mano de ella se ubicó en su hombro, se acuclilló e hizo una bolita. Su chillido bajó a un murmullo, pero los números seguían saliendo.
Ella se agachó a su lado y acarició su espalda. Él comenzó a mecerse al ritmo de sus caricias.
—Por favor, ¿qué puedo hacer? ¿Puedes mirarme y decírmelo? Quiero ayudar —susurró ella.
Él negó con la cabeza.
Bella alzó la mirada hacia Mike.
—¿Puedes ir en busca de su hermana, Alice? Ella sabrá qué hacer —le dijo. Este asintió.
El profesor entró al aula y parecía inadvertido sobre la bola de hombre que se hallaba en el rincón al fondo, con Bella tratando de revivirlo.
—¡No! —gritó Edward y de repente se ubicó en su asiento como si su vida fuera a acabar si Alice llegase a venir—. No hagas eso. ¡Solo vete!
Mike se encogió de hombros y volvió a su lugar.
Bella no estaba segura si Edward hablaba solo con Mike o con los dos. Dio un paso inseguro hacia el asiento al lado de Edward y pregunto—: ¿Puedo sentarme a tu lado?
Él se encontraba sentado y en silencio absoluto. Le hacía recordar a un centinela cuidando algo.
Quizás lo hacía. Quizás él cuidaba de su corazón y sus emociones. Parecía tener un exceso de estos a veces.
Bella tomó su falta de respuesta como un sí.
Mordió su labio inferior mientras intentaba encontrarle sentido a todo y, actuar como si todo volviera a la normalidad.
No era así. Nada era normal. Ya no—no desde que Edward había entrado a su vida.
Como gesto de buena voluntad, ella extendió su mano sobre la mesa.
A la velocidad de un rayo, él la tomó y la volvió a ubicar en el lugar de siempre antes que ella pudiera protestar.
Su corazón se hinchó, sabiendo que él seguía queriendo su ayuda.
El profesor se acercó hacia ellos.
—Creo que ambos deberían ir a dirección —dijo.
—¿Por qué? —preguntó Bella. Mantenía un rostro en blanco como si nada hubiera pasado.
—No permito esos arrebatos, y no tengo idea de quién es este estudiante —respondió y señaló a Edward.
—Él cambió sus horarios. —Bella se inclinó y tomó el papel que Edward había colocado en la mesa en algún momento—. Todo está en orden, y nos estamos comportando. Simplemente tuvimos un momento de ajuste, eso es todo. —Sonrió, pero se sintió falso y probablemente parecía una mueca.
El profesor leyó el programa y la nota al pie de parte del consejero, explicando la razón del cambio.
—Si él es su novio, y planea sentarse a su lado, tengo que recordarle: tomarse de las manos está bien, pero no quiero ver cosas raras aquí atrás entre los dos. —El profesor observó a Edward.
—Él no es mi novio —soltó ella.
—Pero quiero serlo —añadió Edward.
Ella se volteó en dirección a él, y lo observó boquiabierta y con ojos muy abiertos. ¿Qué. Dijo?
Las cosas que salía de su boca…
—De acuerdo. Compórtense y nos llevaremos bien —anunció el profesor y volvió al frente de la clase.
—Me gustaba sentarme al frente. Esta es mi clase favorita —murmuró Bella para sí misma.
—Las luces del frente son muy cegadoras. Se han aclarado durante el día, y los megahercios…
—De acuerdo, lo entiendo. Necesitamos sentarnos aquí. Está bien. Pero pienso participar incluso desde aquí en nuestra cueva —le informó.
—No me gustan las lámparas fluorescentes —añadió al final de su conversación.
Bella se echó hacia atrás en su silla y decidió que tomar notas ya de por si era excesivo en esta clase. Sabía de literatura porque era adicta a la lectura y estudiaba a los clásicos por diversión.
Se encontraban leyendo Jane Eyre, y era dudoso que este profesor vaya a darle un nuevo punto de vista de lo que ella ya sabía. Lo había leído tres veces.
Durante el resto de la clase, Edward se mantuvo en silencio, pero hubo algunas veces en las que ella sintió una caricia en sus dedos e incluso él le dio unas palmaditas a su mano para después darle un apretón. Esas acciones hacían que sintiera un hormigueo en sus dedos. El lugar donde mantenía sus manos era realmente cálido y acogedor.
Y él olía espectacular, así que no era probable que su mano huela como sudor de adolescente o algo, si alguna vez la recuperaba.
Cuando sonó la campana, Edward se mantuvo sentado con una mirada estoica.
—Es hora de comer —le recordó ella.
—Lo sé.
—¿Vamos, entonces?
—No.
Le dio un empujón a su pierna.
—¿Por qué no? ¿Acaso no estás hambriento?
—Me vas a dejar. —Bajó su cabeza, pero levantó su mirada para mirarla—. Ya estás cansada de mí. Estoy tentando tu paciencia.
—Está bien. No me molesta que tengas algunas preferencias —dijo. Le ofreció una sonrisa amable.
—¿Realmente no te molesta?
—No. Es bueno ser necesitado algunas veces. —Volvió a darle un empujón a su pierna y se puso de pie.
Él se levantó lentamente, pero mantuvo su cabeza gacha.
—¿Por qué no mejor yo marco el camino esta vez? Pero te dejaré elegir donde sentarnos, ¿de acuerdo? —Ofreció.
—¿En serio no me dejarás solo allí? Las cafeterías son lugares viles —dijo, y sus labios temblaron.
Ella tomó su otra mano y lo miró de frente. Su mano estaba helada.
—¿Por qué dejaría a mi amigo, Edward, al que le gusta estar conmigo? No tengo muchos amigos, así que siempre estoy feliz de tener más.
Él tragó saliva y asintió brevemente.
Ella soltó su mano y tomó su mochila, que apenas había podido rescatar cuando él salía corriendo.
—Llevaré eso por ti desde ahora. Es lo menos que puedo hacer ya que soy un lisiado social. —Se la quitó de las manos.
—No es necesario —dijo ella, intentando volver a tomarla.
Él se la llevó detrás de él y una mirada de total devastación se ubicó en sus ojos.
—Quiero ayudarte también. Y si esto es todo lo que puedo ofrecerte, ¡me tienes que dejar!
—Oh… Si tú… Está bien. —Ella no tenía idea de qué hacer o decir a su alrededor. Tragó en seco y le costó respirar. Él parecía peligroso de repente.
Era como una mezcla extraña entre un hombre cortes, preparado para pelear a quien sea que actuara de manera impropia, aunque la caballerosidad terminaba allí, porque podía dar ordenes como si no le importara las opiniones de los demás a parte de la de él.
Era una dicotomía que la fascinaba: su protector y acosador al mismo tiempo.
¿Era así como se sentía en el renacimiento? ¿Un hombre allí para defenderla, pero que tomaba todas las decisiones por ella? Era liberador en cierta forma, pero también molesto. Ella era una chica independiente, y necesitaba ser capaz de hacer cosas por sí misma.
Iba a tener que hablar sobre esto antes que todo se saliera más de las manos…
