Saludos estimados lectores. Esperando que les haya gustado el capítulo anterior, me permito traerles uno nuevo. Éste es más corto, pero ya trae un poquito más de descripción sobre lo que vendrá en la saga.
Si les agrada, o hay algo que deseen comentar, por favor dejen un review.
Gracias
Japón
Sintió el golpe de la roca contra su brazo izquierdo, no había podido esquivarlo. Eso de estar vendada no le agradaba, sabía que ese era el objetivo, privarla de la vista; pero se le dificultaba bastante el saber de dónde vendrían los proyectiles.
- Concéntrate Saori. – la voz de su maestro sonaba en alguna parte, pero no podía definir si era frente o detrás de ella – Esta vez fue en el brazo, si no tienes cuidado, será en la cabeza.
Otra roca salió volando, está vez pegándole en el pecho. Ella hizo una exclamación de dolor, pero intento olvidarse de eso y mantenerse concentrado. Sólo había podido evadir una de treinta rocas, se sentía inútil.
- No siempre tendrás tus sentidos Saori. – su maestro volvió hablar ¿Estaba al lado de ella? – Te estás enfocando en el oído, no es malo, pero no es suficiente.
- Maestro, si no puedo ver, tengo que utilizar mis otros sentidos. – añadió la niña, otra roca fue lanzada, golpeando sus costillas – Aunque parece que ninguno me está funcionando – comentó, el dolor se asomaba en su voz.
- Eso es porque te estas fiando únicamente de los cinco sentidos – comentó Aioros - ¿Ya se te olvidó lo que te he enseñado?
Una roca más le dio en la pierna. Ella intentaba hacer memoria de las clases teóricas, pero le aburrían tanto que normalmente no prestaba atención, aunque había aprendido a poner una cara con la que parecía estar completamente atenta. En un inicio, había agradecido que Seiya le enseñara a poner esa cara, ella había podido perderse en sus pensamientos cuando le tocaba estudiar… pero ahora no le parecía tan buena idea, no recordaba lo que se supone debería saber para salir sin golpes de ese ejercicio.
- ¿Sólo tenemos cinco sentidos Saori? – preguntó Aioros, dándole una pista a su alumna.
La niña intentó hacer memoria, regresando a la clase que había tenido un día en que su entrenamiento junto a Seiya se había interrumpido. Lo recordaba más por el descontento de tener que separarse de sus amigos que por el hecho de que se le dio una clase importante. Recordó que ese día Aioros le habló del cosmos, esa fuerza intangible capaz de desarrollar el sexto sentido ¿Sexto? Se había olvidado de que había más de cinco.
- No maestro, tenemos más ¿Debo utilizar el sexto sentido para percibir los ataques? – respondió ella, aún utilizando su oído para esquivar rocas, logrando moverse antes de que una le pasara justamente por la oreja.
Aioros sonrió, ella había entendido la pista. Era muy inteligente, pero debía admitir que haberse juntado tanto tiempo con Seiya la había hecho un poquito irresponsable.
- Por fin entiendes – comentó él, atacando nuevamente. Su sonrisa se hizo más grande cuando Saori golpeó la roca que iba directamente a su rostro.
Ella sonrió también, había dejado de enfocarse en su oído para concentrarse mejor. La energía dentro de ella se había encendido y le permitía percibir su derredor. No había formas, pero podía entender lo que pasaba. Fue claro cuando un golpe de energía fue lanzado hacía ella, por lo que pudo hacerle frente antes de que se estrellara en su cara.
Aioros aumentó la velocidad con la que lanzaba las rocas, pero quedó satisfecho cuando Saori logró pararlas todas. La niña había hecho un avance, sabía pelear cuerpo a cuerpo, pero en aspectos de cosmos apenas estaba aprendiendo a controlarlo.
- Por hoy terminamos. – dijo tajante – Puedes retirarte Saori.
- Gracias maestro – dijo ella, quitándose la venda y dirigiéndose a la casa detrás de ellos, aquella en la que había vivido toda su vida junto a su maestro.
Saori la había pasado difícil, al igual que sus compañeros de entrenamiento, pero Aioros le había dicho que era necesario que ella aprendiera a luchar tanto como ellos. Normalmente sus compañeros le tenían consideración, a excepción de Seiya e Ikki, así que los entrenamientos no terminaban con narices rotas. Tatsumi, el mayordomo de su abuelo el Sr. Kido, siempre estaba presente en cada entrenamiento, asegurándose de que nadie se pasara de listo con la niña. Aioros no había estado muy de acuerdo ¿Cómo iba a aprender? Pero siempre cedía, y es que por más que quisiera ver a Saori como una alumna, él solo veía a la diosa a la que debía servir, y le era difícil verla lastimada o sufriendo. Había terminado por verla como un padre, y si él pudiera, le ahorraría todo el trabajo y se esforzaría en que se le tratara como la princesa que era… pero eso no era una opción. Habían tratado de matarla cuando era una recién nacida, y solamente él pudo protegerla esa vez. Se supone que debía haber 88 caballeros dispuestos a cuidarla, pero dadas las circunstancias, había probabilidades de que nadie fuera en su auxilio. Lo mejor era que ella aprendiera a defenderse sola. Mitsumasa Kido había resultado de gran ayuda, pues en cuanto todo le quedó claro, no dudó en ayudar a Aioros con su misión. Él se había encargado de reunir a todos esos niños, candidatos a armaduras de bronce. "Si en el santuario no van a proteger a una diosa, fuera de el encontraremos caballeros que lo harán" había dicho el hombre. El caballero de sagitario había estado de acuerdo; si bien Saori, como el Sr. Kido la nombró al adoptarla legalmente como su nieta, sabría pelear, esa debía ser su última opción. Aioros dejó de pensar en todo eso y se dirigió a la casa que el Sr. Kido les había comprado, cerca de la mansión que él habitaba. A pesar de ser el "abuelo" de Saori, le había dejado claro a la niña que el tutor siempre sería Aioros.
Saori entro directamente a la cocina, tomando dos rebanadas de pan para untarles mantequilla de maní y mermelada de fresa, su golosina favorita. Era el almuerzo que llevaba a los entrenamientos, y siempre lo compartía con sus amigos. Seiya, Hyoga, Shyriu y Shun se llevaban bien con ella, aunque al hermano mayor de Shun, Ikki, parecía no agradarle por completo. Ella siempre procuraba juntarse con ellos, además de siempre pedirles que al menos uno no se despegara de ella, su compañero Jabu le ponía los pelos de punta. Seiya era el que normalmente se encargaba de ahuyentar a Jabu, ocasionando peleas entre ambos. Al final era Tatsumi el que acababa regañando a los dos niños, y Saori se sentía culpable. Había tratado de ser amable, pero nunca supo como decirle a Jabu que sus acercamientos la ponían nerviosa; y en su cobardía, eran sus amigos los que terminaban castigados. Ella los extrañaba, pero ahora no podía verlos. Todos habían salido de Japón para su entrenamiento, ella era la única que se había quedado, con su maestro Aioros. Esperaba poder verlos pronto, aunque sabía que todavía le faltaban tres años para verlos.
Grecia. Santuario.
- ¡No estás poniendo atención! – gritó ella, golpeando a su alumno en el estómago, estrellándolo contra el suelo.
- ¡Si estoy poniendo atención! – respondió el niño, molesto por haber acabado en el suelo otra vez. Sabía que su maestra tenía razón, pero no lo iba a admitir.
Otro golpe llegó hasta él, esta vez por la espalda. Seiya había estado distraído tratando de levantarse, por lo que no vio el momento en el que su maestra se colocó detrás de él para atacarlo. Seiya acabó en el suelo nuevamente.
- Seiya, no estás concentrado. – dijo Marín, observando a su alumno tirado en el piso – Ayer me diste buena batalla, y hoy estás mordiendo el polvo ¿Qué te distrae tanto? – ella espero a que su alumno se levantara.
- Estoy igual que ayer, Marín. – dijo él, sabiendo que no era así, pero queriendo llevarle la contra – No voy a dejar que me vuelvas a golpear – añadió él, pero por treintagésima vez ese día, los recuerdos de Saori llegaron a su mente. A veces le ocurría, había días en los que todo lo que abarcaba su pensamiento era su entrenamiento, pero otros… la niña con la que había compartido entrenamiento era todo en lo que podía pensar. No entendía porque los recuerdos de su amiga se colaban en su mente, ni sus amigos ocupaban tanto espacio como lo hacía ella. Dejó de pensar y se concentró en la pelea, por poco Marín le lanza una patada en la cara. Maldición, sí estaba distraído.
- Bien, suficiente Seiya. – dijo la amazona – No estás enfocado en la pelea y no vas a aprender nada si sigo lanzándote al suelo. – observó como el chico bajaba la guardia – Pero tampoco te va a escapar sin castigo, así que te espera una buena sesión de ejercicios.
- No, Marín – respondió él, no consideraba que su distracción ameritara solo quedarse a ejercitarse – puedo hacerlo.
- Diez vueltas al coliseo – añadió ella, para pesadez de Seiya – Ahora.
El niño no tuvo otra opción, sabía que ella podía ganarle. Con cara resignada comenzó a correr, odiaba correr. Marín simplemente lo observó iniciando con el ejercicio, no sabía qué le pasaba a Seiya que no había podido dar una batalla decente.
Una figura a lo lejos había observado toda la escena, con media sonrisa en el rostro, ese niño era todo un reto; pero ella era una maestra adecuada. Su mirada quedó enfocada en la amazona, la manera en la que el viento mecía su cabello se volvió un tanto hipnótica para él.
- ¿Y así no quieres rumores de que ustedes están juntos? – dijo una voz detrás del caballero de Leo.
- Cállate Milo – Aioria no tenía mucha paciencia cuando el caballero de escorpio se decidía a molestarlo.
- Yo solo te digo… si sigues viéndola así no vas a acallar rumores. Y considera que ya hay suficiente drama para ti como para que le agregues ese.
- A ti no te importa – dijo Aioria, girándose para retar a Milo con la mirada, sabía que estaba hablando de su hermano – lo que yo haga o deje de hacer no es problema tuyo ni de nadie. Tengo la armadura de Leo, suficiente prueba de mi lealtad.
Milo soltó una risita sarcástica. El de Leo no era completamente de su agrado, pero tenía que reconocer que era el que más se había esforzado en probar su lealtad al santuario. A pesar de sus ganas de hacerlo rabiar, realmente quería que el dorado se esforzara más en su intento de disimular lo que sentía por Marín. Era demasiado obvio, y en su posición, no le convenía ningún tipo de chisme.
- Como quieras, pero te recomiendo tener más cuidado… si no por ti, por ella. A las amazonas es a las que más les afectan este tipo de rumores… pero es tu decisión – dijo finalmente, retirándose del lugar, pero satisfecho de ver cambiar la expresión de Aioria en cuanto sugirió que el problema podría ser para ella.
"Maldita sea, tiene razón", pensó el caballero de Leo, odiaba cuando Milo le ganaba en algo. Pero efectivamente, no quería darle problemas a ella, la respetaba como su igual, no había necesidad de que un rumor acabará con todo lo que ella había construido con sus propios méritos. La miró nuevamente, suspiro con desgano y se retiró del lugar.
Grecia. Santuario, cámara del patriarca
No había señales de Aioros ni de Athena. Habían sido demasiados años sin noticias. Si tan solo él hubiera podido matarla, si tan sólo ese inútil de Shura hubiera cumplido sus órdenes; no tendría esa preocupación. Pero ahora, no había ni caballero ni armadura de sagitario, no había diosa a la que presentar ante los demás dorados… pero sí había un caballero inquieto y demasiado curioso volviéndose la piedra en su zapato. Algo pasó la noche en que Aioros escapó, que logró que Shura no sólo incumpliera su misión, sino que lo hizo dudar de él. Le había costado convencerlo, había tenido que inventar una historia ficticia sobre la traición de quien fuera el mejor amigo del caballero de capricornio. Sabía que no lo había convencido del todo, pero había sido suficiente para mantenerlo a raya. El problema consistía en que no había podido encontrar pistas. Sentía como el tiempo se acababa, así que tenía que idear la manera de evitar que Athena regresara, tenía que pensar cómo matarla antes de que se presentara en el santuario. Shura no sería de utilidad, pero había una probabilidad de que Máscara de muerte o Milo siguieran sus órdenes. Al de cáncer no le importaría matar a nadie, eso lo sabía; pero si Aioros seguía con ella, que era lo más seguro, Máscara de muerte la tendría difícil. En todo caso, escorpio podría ser un mejor oponente, aunque era tan arrogante como el de la cuarta casa. Tendría que pensar bien quién podría hacerle frente al de sagitario… y quién no tendría inconveniente en asesinar a una niña.
