El fuego crepitaba en la chimenea de la sala común de Gryffindor y ella lo observaba distraídamente, las llamas reflejándose en sus apáticos ojos. Jugaba con su varita a variar su intensidad, a veces menguaba hasta ser una ínfima brasa y otras crecía hasta iluminar la sala en penumbra.

Oyó unos pasos indecisos, torpes, provenientes de las escaleras y reconoció instantáneamente a su sueño, ni siquiera tuvo que girarse.

-¿Cómo es que no has ido a la biblioteca hoy? —Preguntó y por el ruido de los pasos supo que estaba de pie, justo detrás de ella.

-Puedo hacer más cosas además de leer, ¿sabes? —Replicó ella, tal vez en una actitud más defensiva de lo necesario.

-Claro, claro. Es solo que como no te veo aquí nunca por las noches, imaginé que estarías allí. —Se justificó él. —A fin de cuentas, es algo así como tu refugio.

Ronald Weasley siempre había sido muy inoportuno, siempre había hablado demasiado sin querer decir nada concreto o repetido la misma frase, pero con distintas palabras.

-Ya sabes, como tu segunda casa. —Añadió, poniéndose a su lado.

Ronald Weasley nunca había sido paciente, nunca había sabido esperar, nunca había sabido tomarse un tiempo para apreciar el silencio antes de obtener una buena respuesta.

-¿Has cenado? No te he visto en el comedor. —Interrogó, seguidamente, él.

-No, he estado en la biblioteca estudiando para el examen de Pociones, como bien has asumido antes. —Contestó ella, sin apartar la vista del fuego y sin modificar su actitud cortante.

Escuchó el roce de las mangas de su uniforme, un resoplido y una risita, y supo que él habría cambiado el peso de un pie a otro, se habría frotado las muñecas y habría trazado una sonrisa nerviosa, sin intención de emitir sonido alguno, pero fallando miserablemente.

-¿Estás bien?

Anticipó, también, que se avecinaría la misma pregunta de todos sus encuentros. La pregunta condenatoria, la pregunta incómoda, la pregunta que ella no quería contestar, y nunca lo hacía, y de la que él tampoco quería conocer la respuesta.

-Sí.

La misma contestación de siempre y la misma reacción de siempre. Ella la diría con firmeza, pero en voz queda, sin el tono decisivo que siempre poseían sus palabras, aunque ese detalle pasaría desapercibido para él, como siempre lo hacían todos los pequeños detalles. Él asentiría convencido, meditando que no la repetiría hasta la próxima vez que se viesen, fuere cuándo fuere y fuere dónde fuere, y esbozaría otra sonrisa más nerviosa que la anterior.

-¿Y tú? —Retornó ella, un poco por educación, otro poco interés y, mayoritariamente, por rutina.

Ronald Weasley tenía muchos defectos, pero siempre era sincero. Sus padres le habían enseñado a ser humilde, generoso, a compartir, a asistir a los demás en tiempos de necesidad, a renunciar a sus caprichos para que otros pudieran disfrutar, pero no le habían enseñado a mentir y él tampoco había aprendido por sí mismo.

-Lo mejor que puedo, dadas las circunstancias.

Otra duda rutinaria.

-¿Y Harry? —Prosiguió ella.

Otra respuesta idéntica.

-Está bien, metido de lleno en el entrenamiento. —Musitó escuetamente, retrocediendo dos pasos.

Ella supo lo que venía y, rodeándose las piernas con los brazos, se preparó para la despedida. Una retirada apresurada, premeditada, casi como una huida desesperada.

-Bueno, tengo que irme. —Balbuceó él, y ella supo que estaría ya en la puerta, preparado para salir al otro lado del retrato. —Nos vemos.

Otras palabras que tampoco cambiaban.

-Nos vemos. —Reciprocó ella, como la mujer de costumbres que era.

Unas zancadas precipitadas, el portazo, y estaba de nuevo sola.

Ronald Weasley solía ser una compañía cálida y agradable, un cuerpo sólido y confortable sobre el que llorar si resultase necesario, un recoveco de risas aseguradas, un espacio de distracción y paseos por los corredores de Hogwarts, un agujero en almas ajenas de consideración y algo similar a empatía, pero, últimamente, todos las grietas parecían estar llenas de mentiras. Ronald Weasley solía ser un buen amigo para Hermione Granger, al menos hasta finales del curso pasado.

Otro torrente de pasos, esta vez pausados y repletos de confianza, el caminar de alguien que sabía muy bien donde pisaba y a quién, y también dónde no debía pisar, falló en llamar su atención. Tal vez Lavender Brown, o Parvati Patil, si no se equivocaba, y no solía hacerlo. La persona que partía detrás del que fuera su mejor amigo no se molestó en saludar, como si ella fuera un fantasma, como si no estuviera realmente allí, acurrucada frente a la chimenea, como si no pudiesen percibirla nítidamente, pero Hermione se encontraba allí, real, de carne y hueso, y podían verla claramente. Aunque, la verdad sea dicha, ella lo prefería así.

Cuando el fuego se tornó más abrasador que las lágrimas y el nudo permanente en la garganta, decidió moverse. Había padecido suficiente soledad por una noche. Sabía exactamente a quién quería ver, a quién necesitaba ver y por eso fue directamente a la sala común de prefectos.

Antes de susurrarle la contraseña al cuadro del viejo marinero que contemplaba la inmensidad del mar desde lo alto de una roca, supo que la sala no estaría vacía, habría dos o tres Hufflepuffs en el sillón central, un Ravenclaw, a lo sumo, de pie, tres Slytherins, como mucho, en los sillones individuales y demasiados Gryffindors.

-¡Granger! —Gritó alguien, excesivamente fuerte para su gusto. — ¿Cómo tú por aquí?

Era Theodore Nott. El Slytherin sentado en el sofá contiguo al de Draco Malfoy y Pansy Parkinson.

-¿Pince ha decidido vetarte de la biblioteca, por fin? —Insistió, arrancando una carcajada colectiva.

Draco movió el tronco y la cabeza, empujando suavemente a Pansy Parkinson que, acomodada en su regazo, jugueteaba con el cuello de su camisa. Sus miradas se encontraron en algún punto del tenso ambiente, oleaje conflictivo en la de él y ardiente devastación en la de ella, y Hermione pudo construir algo que pretendía ser una sonrisa.

-Creo que sería más productivo que volviera a permitirte la entrada a ti. —Contestó ella, entrecerrando los ojos.

-No digas tonterías. Estoy seguro de que Pince me lanzaría una maldición imperdonable antes de que me atreviese a cruzar la puerta, esa vieja bruja no perdona y después de todos los desastres que he ocasionado, soy persona non grata allí. —Theo fingió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.

-No corras tanto, no te hace falta ir a la biblioteca, ni ver a la señora Pince para eso. Tal vez sea yo la que te maldiga. —Hermione señaló la varita en el bolsillo delantero de su chaqueta.

-¡Cuánta agresividad un viernes noche! —Theo levantó los brazos en señal de derrota. —Granger necesitas relajarte urgentemente.

Hermione pasó de largo, esquivando al Slytherin, y se sentó al borde de la chimenea con la espalda reclinada contra el marco de la estructura. Abrió el libro de Medicina Mágica por el segundo capítulo y se enfrascó en la lectura. Tanto, que no notó que Draco Malfoy se había callado abruptamente y la observaba permanentemente, imantado, fascinado por el oscilante pestañeo de sus párpados y por la rendija irregular de sus labios, por las tenues corrientes de aire que hacían subir y bajar su pecho y las piernas dobladas a su izquierda, no notó que Theo y Pansy conversaban animadamente, pero Draco no se pronunciaba, Draco ya no formaba parte de ese mundo. Y tampoco se dio cuenta de en qué momento la sala comenzó a vaciarse, hasta que solo quedaron dos Gryffindors y un Slytherin.

Una sombra, particularmente pálida y larga, se acomodó a su lado, cerca, pero no tanto como para tocarla. Y, cuando desvío la vista de las páginas para identificar al intruso, se topó con el rostro remotamente pacífico de Draco Malfoy. Le observó durante más tiempo del permitido por las leyes del universo y quiso extender la mano para rozar sus mejillas, la finura y seriedad de sus facciones, quiso comprobar si alguien como él, si el Draco Malfoy que tenía delante en cuestión, era real.

-¿Qué estabas leyendo? —Inquirió él, sin ignorar ni apartar la mirada de la suya.

-Medicina Mágica. —Ella alzó la portada del libro para mostrarle el título. —Estoy aprendiendo a curar maldiciones oscuras.

-Tienes interés en alguna en especial. —Afirmó él, comprendiéndolo muy rápido, incluso más que ella.

-Sabes, Granger, no hay una magia lo suficientemente poderosa como para traer de vuelta a los que ya no están aquí. —Añadió él, cuando los dos Gryffindors restantes hubieron desaparecido. —El duelo es llamado así por una razón. Si no peleas, si no luchas, no sería un duelo y en toda pérdida existe, obligatoriamente, un duelo y a veces más de uno.

-No necesito que me expliques los límites de la magia, los conozco a la perfección. —Replicó ella, fríamente.

-El hecho de que los conozcas, no quiere decir que los entiendas y, honestamente, yo no creo que lo hagas. —Espetó él, duramente.

-¿Y tú, sí? —Condenó ella, vastamente escéptica.

-Mejor de lo que pudieras imaginar jamás. —Resolvió él, y ella no decidió si fue una contestación engreída o más profunda.

-¿Por qué no me los enseñas, entonces? —Preguntó ella, cerró el libro y lo dejó en el suelo.

-¿Quieres que yo te enseñe? —Reiteró incrédulo.

Ella se arrodilló y, arrastrándose con las piernas, se deslizó hacia él.

-¿Y, por qué no?

Él sonrió, esta vez sin conflictos, dudas o batallas internas, era una sonrisa genuinamente divertida.

-¿Crees que es una buena idea?

Ella imitó su gesto, patéticamente. Su sonrisa no resultó convincente.

-No.

Él estiró la mano derecha y trazó suavemente los contornos de su rostro, maravillándose ante la facilidad con la que ella se estremecía.

-Aprender algo de alguien como yo solamente te causaría más problemas de los que ya tienes. —Murmuró él.

Ella se inclinó, mirándole a los ojos.

-El problema, es que ya sé demasiado.

Él se inclinó al mismo tiempo.

-No deberías.

Una trémula bocanada de aire salió de los labios femeninos y él, involuntariamente, la respiró.

-¿Me vas a enseñar? —Susurró ella, entrecerrando los ojos.

-Los duelos son más fáciles si no se enfrentan en solos. —Acordó él y creyó divisar a las sombras de sus labios fundiéndose en un beso, mucho más que apasionado.

-Sí. —Exhaló ella. —Tú haces que todo parezca más fácil.

-Aunque, a veces, hay duelos que uno debe confrontar solo. —Él propició una última caricia sobre la mejilla ardiente de ella y retrocedió, antes de que la situación de escapase al control que él tanto preciaba poseer. —Y creo que ese es tu caso, yo no puedo borrar tu dolor, no puedo enseñarte a hacer que desaparezca, porque no lo hace y no lo hará. Y, desde luego, no puedo explicarte cómo se vence, como se conquista un duelo, yo aún no he batallado los míos.

-Ya me has enseñado algo. —Contradijo ella, apoyando la cabeza en la pared. —Aunque mis duelos no sean los tuyos, tus duelos serán los míos. A fin de cuentas, los duelos son más fáciles si no se enfrentan solos, ¿no?