AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor


Capítulo uno

El funeral por James Witherdale congregó a todo el mundo que estaba interesado en su corta, pero fuertemente publicitada carrera en el mundo del béisbol, o a cualquiera que estuviera relacionado con los Swan por los negocios o la política. Con semejante asistencia, las honras fúnebres tuvieron que trasladarse al gimnasio de la escuela. Edward tenía a todo su departamento trabajando y aun así tuvo que pedir refuerzos al sheriff del condado de Fannin y a la policía del estado de Texas.

El tiempo ayudó a que las cosas se convirtieran en un desafío mayor. Otro frente de tormentas provocó fuertes lluvias y vientos que se sumaron a la inundación ya existente. El alcantarillado estaba desbordado y el paisaje se había convertido en una mezcla de agua y barro, un reto para los locales y una pesadilla para los foráneos con sus ropas de diseño. Al menos no había rayos que sumar a la situación, pero después de navegar con éxito desde la ciudad hasta el cementerio, Edward sabía que no podía creer que ya había pasado lo peor.

Desde la aventajada posición que ocupaba en un alto por encima de la tumba, miró la multitud. Estaba de pie con su uniforme de verano y el impermeable amarillo.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, así su brazo derecho le servía para apoyar el otro que tenía vendado. Las mangas del uniforme le apretaban el vendaje y ese dolor se sumaba al que tenía en la cabeza desde la noche del accidente. Pero no podía quejarse y se había resistido a las recomendaciones que le habían hecho en el hospital. Las cosas podrían haber sido mucho peores y eso era lo que quería recordar.

Sólo una parte de los que habían asistido al funeral habían ido luego al cementerio, pero seguían siendo demasiados como para meterse bajo las dos carpas que se habían montado y reforzado por los vientos de más de sesenta kilómetros por hora. Las cuatro calles que rodeaban el lugar donde James estaba a punto de reunirse con sus padres, abuelos y una tía, parecían el círculo de carretas que aparece en las películas del Oeste a modo de fortificación para proteger a los colonos de los indios. Nacido de una madre cherokee, Edward vio el humor que había en esa situación, sobre todo porque gran parte de esas «carretas» eran limusinas: BMW, Merdeces y marcas así. Edward jamás había visto tanta ostentación de riqueza concentrada en un solo sitio, pero Charlie había reunido fondos para apoyar al gobernador de Texas.

Hacía todo lo posible para mantenerse oculto y así había sido desde la noche del accidente cuando Lauren Mallory había irrumpido en la sala de urgencias del hospital y le había arrojado sus llaves, golpeándole en el labio inferior, lo que le había supuesto tres puntos de sutura. Su diatriba a continuación se había extendido por la ciudad con la misma velocidad que la noticia del accidente. Como siempre ocurría en esos casos, había un número de personas deseando creer que no había hecho lo bastante para salvar a James, y para cuando llegó el funeral, la teoría de la conspiración había ganado adeptos, sobre todo a Aro y Sulpicia Witherdale, tíos de James y únicos familiares cercanos que le quedaban. Había muchas razones para que Aro mostrara lo destrozado que estaba por la pérdida de James, todas relacionadas con el dinero, y hacía votos por haber tenido la placa de Edward.

Eso no significaba que Edward no sintiera alguna responsabilidad por lo que había sucedido. Nadie podía ser más duro con él que él mismo. Si hubiera salido del restaurante un momento antes y hubiera visto que era James quien estaba al volante y lo hubiera detenido… No había notado pulso en su compañero de colegio, y estaba convencido de que tenía el cuello roto, pero aun así pensar que podía haber muerto quemado lo tenía sin dormir. Pero lo peor era pensar que la hermosa Bella también podría haber muerto.

Mientras seguía observando la multitud, su mirada finalmente se detuvo sobre Bella que avanzaba con dificultad entre un grupo de personas a las que agradecía su asistencia. Había hecho eso desde que la gente había empezado a llegar al gimnasio de la escuela casi tres horas antes. Su atuendo era elegante, pero apropiado para el tiempo que hacía: impermeable negro y pantalones sastre, botas que hubieran contado con su aprobación si no hubiera sido por los tacones de aguja. Aun así destacaba entre las sedas y las pieles fuera de estación; siempre lo hacía. Su otra concesión a la moda, además de los tacones, era cultural, una mantilla de encaje negro, sin duda de su madre, graciosamente echada sobre el largo pelo cabello castaño y que se sacudía al viento por encima de sus hombros.

Cuando el celebrante empezó a hablar, no se unió a Aro y Sulpicia sentados en la primera fila de la carpa, como Charlie, que se había sentado a su izquierda.

En lugar de eso, permaneció de pie expuesta al viento. Incluso desde esa distancia, Edward notó su palidez. Pasó un dedo por la radio tentado de decirle a su gente que estuviesen más cerca por si necesitaba su asistencia. Pero sabía que el ruido atraería demasiada atención, no lo hizo.

Cuando empezó la última oración, Edward se puso tenso. Bella empezó a rodear a la multitud y caminó hacia él. Con cada paso que daba, Edward notaba crecer la tensión en su abdomen al ver cómo, uno por uno, los asistentes miraban en su dirección.

—¿Qué haces? —preguntó ella en un susurro.

Fue un alivio para unas emociones reducidas a cicatrices por la presión del temor de querer a la mujer equivocada.

Bella podría haber sido la reina del condado, miss cualquier cosa, o seguramente miss América, si hubiera querido. Tenía lo que un productor de cine llamaría una sexualidad abrasadora, compensada por la cordialidad y la sensibilidad.

Lo que él sabía era que ella no era estereotipada y que era más inteligente que cualquier otra persona que conociera. Eso la hacía muy atractiva para los hombres ambiciosos que buscaban algo más que una mujer florero. Su única debilidad, sin embargo, era estar siempre del lado de los perdedores. Y eso era él ese día.

Cuando se detuvo frente a él, fue incapaz de mantener la ternura fuera de su voz por la calidez de su mirada.

—Tratando de ahorrarme algunos dientes rotos debajo del labio partido.

—El ambiente ahí abajo es sofocante. El aire está lleno de perfumes caros y mal aliento por el cáncer del dinero —respiró hondo—. Por favor, no te enfades conmigo. Me pone enferma lo que pasó en el hospital y me deja sin palabras que dejaras a Lauren marcharse así como así. Si no hubiera estado tan alejada, alegremente la habría tumbado.

Edward reprimió una carcajada.

—Aprecio el apoyo, pero es mejor que me dejes a mí manejar a la chusma de esta ciudad.

Ella sonrió, pero su sonrisa pronto se desvaneció.

—No es broma, tengo que hablar contigo.

Lo que tenía que hacer era irse a casa y meterse en la cama y cuidarse un poco más de lo que parecía estarlo haciendo.

—Hoy no, Bella —hizo un gesto con la cabeza en dirección a la gente—. Tu padre ya ha notado tu paradero.

—Se recuperará —dijo sin siquiera volverse a mirarlo—. Tiene demasiado de qué ocuparse como para andar perdiendo el tiempo averiguando qué hago yo.

Edward cambió de tema pensando en su propia cordura.

—Por lo que me han hecho llegar, la recepción de los Witherdale es lo siguiente a esto. ¿No se te espera allí?

—No voy a ir. Ya he dado mis condolencias a Aro y Sulpicia. He cumplido con ellos y no creo que mi estómago soporte un minuto más ver cómo él hace que siente la pérdida y ella se da tono. Sospecho que mi padre se saltará también la recepción, o estará lo justo para seleccionar a la gente que quiere que se una a él en su finca, amigos del licor añejo y los cigarros de contrabando.

—Parece algo para no perderse.

Bella inclinó la cabeza y lo miró con detenimiento antes de responder:

—Si vas a comprar favores, arreglar elecciones y algunos otros deleznables propósitos en circunstancias tan serias. Por otro lado, he preparado la sopa de tortilla de mi madre y ambos necesitamos protegernos de este tiempo.

Aunque no había probado nunca la sopa, Edward había oído lo bastante para saber que Bella había heredado el talento para la cocina de Renee Swan. Y eso se sumó a su deseo de no dejarla expuesta a los buitres que la rondaban desde que sabían que volvía a ser una mujer libre, así que rodeó el coche patrulla para abrirle la puerta del acompañante.

Una vez sentado tras el volante, apuntó:

—¿Qué haces cocinando cuando tienes el aspecto de tener que volver al hospital?

—Mejor tú no hables… ¿cómo tienes el brazo?

—La mayor parte de los vendajes me los quitan el lunes —sabía que antes de entrar en el coche ella había estado mirando su pelo chamuscado y había sido tan amable de no hablar de las quemaduras de segundo grado que tenía en un lado de la cara y unas de tercero en la parte externa de la oreja.

—Sigues curándote rápido, me alegro.

¿Estaba ella recordando cuando había sufrido una conmoción tratando de salvar a sus padres de un tornado que los había matado, o cuando se había roto una costilla en un partido de rugby al principio de su último curso de instituto y había seguido jugando a pesar del dolor? Daba lo mismo, su compasión despertó en él un hambre diferente que necesitó aliviar.

—¿Podemos volver a llevar la conversación hacia la persona que importa? — dijo Edward preocupado—. ¿Cómo estás… de verdad? Siento no haber podido estar tan pendiente como debería… como pretendía.

—Has estado ocupado con el trabajo y con la prensa cuando deberías haberte quedado en casa.

Tenía una voz suave y tranquilizadora que la haría una estupenda lectora de libros en audio. Un niño con una rodilla herida estaría ansioso por sentarse en su regazo. Eso le recordó a su madre, y a la de él.

—¿Bella?

—¿Sí?

—Para. Se acabó. Ahora dime si ha sido tan malo como parecía.

—Estar aislada por la conmoción ayuda. Tú perdiste a tus padres, sabes de qué te hablo. Una pone el piloto automático y espera a tener un momento de privacidad para hacerse a la idea de la nueva situación, en mi caso son demasiadas cosas con las que tengo que enfrentarme. Pero al margen de todo eso, sé que no puedo hacer como si lo que se ha roto pudiera arreglarse.

Esperando que explicara más eso último, Edward salió del cementerio y se dirigió al pequeño rancho de Bella, un oasis de veinte acres apenas a diez kilómetros al sur de la ciudad. Aunque la propiedad estaba justo fuera del límite de Cedar Grove, Edward pasaba por allí con la frecuencia suficiente para saber que Bella trabajaba duro en la finca cuando no estaba ocupada con su cada vez más prestigiosa empresa de consultoría e inversiones que además desarrollaba trabajo de servicio social y prestaba asesoría legal a propietarios de tierras para mantener lejos de sus terrenos a codiciosos oportunistas como su padre.

Prácticamente no había tráfico en la carretera, y salvo en el momento en que él comunicó por la emisora de que se tomaba una hora para comer, el trayecto fue en un silencio palpable.

—Vale, empiezo —dijo Bella—. Por lo que a mí respecta tú deberías haber sido quien pronunciara el panegírico.

—Marcus Volturi lo ha hecho bien.

—Marcus será el alcalde desde hace más tiempo que tú jefe de policía y podría elogiar hasta a los perros sacrificados en el refugio de animales, pero tú eras el mejor amigo de James.

—Últimamente no.

Gracias por abrir esa puerta —respiró hondo—. ¿Los problemas entre nosotros tenían algo que ver con lo que presencié esa noche entre él y Lauren?

—Ya has pasado bastante —no quería añadir más angustia a la situación—. ¿Qué más da ahora?

—Más de lo que crees.

No le preocupó la respuesta, pero como ella miró por la ventanilla, él interpretó el retraso como un indulto.

Cuando giró en la entrada de su rancho, ella accionó el control remoto que llevaba en el bolso y se abrieron las puertas. La finca estaba vallada para evitar que se escapasen los caballos. De niña había sido formada como amazona, pero lo había dejado a los dieciocho tras la muerte de su madre. Había quienes decían que una caída durante una competición de monta campo a través había sido la causa del infarto de Renee. En cualquier caso, con un amor a los caballos demasiado fuerte para olvidarlos, cinco años atrás, Bella había vuelto a la monta vaquera, pero se mantenía alejada de cualquier clase de competición.

La casa era un edificio de ladrillo blanco con tejado de estuco. La parte delantera estaba enmarcada por un jardín de cactus al oeste y una rosaleda al este, que la propia casa protegía del mortal sol del mediodía. Más allá del vallado, había un huerto y tras éste un soto de melocotoneros.

—Has convertido esto en una de las fincas más hermosas de la zona —dijo recorriendo el camino de hormigón.

—Me alegro de que pienses así. He tratado de convencer a mis vecinos de que me vendan otros veinte acres, pero mi padre está haciendo todo lo posible por comprarles los setecientos acres enteros por una gran cantidad de dinero, así que las negociaciones están en el limbo.

Edward no comprendía que un padre hiciera algo así, sobre todo a su única hija, pero Charlie sólo pensaba en sí mismo.

—Me da la impresión de que tu padre ha ido empeorando progresivamente desde la muerte de tu madre.

—Sólo a primera vista. La verdad es que como ella era lista y sólo podía mantener el control sobre una parte del ego de él, como decía ella, se le daba muy bien mantener sus deslices por debajo de la línea del radar de los chismorreos — accionó otro mando a distancia y se abrió la puerta de un garaje—. Mete ahí el coche.

En otras circunstancias, Edward habría dudado. En una época de eternos litigios por crímenes sexuales y campañas de desprestigio, ningún agente de la ley se metía en una situación que remotamente pareciera una trampa. Pero era Bella, y sabía que trataba de protegerlo de los chismorreos que surgirían si su coche se quedaba a la vista un minuto. Al entrar vio la camioneta roja y el Mercedes negro. Ella siempre había conducido ambos vehículos, lo mismo que estaba torturadoramente atractiva de etiqueta o con vaqueros.

Salió del coche con una gracilidad que parecía imposible si se pensaba que cuatro días antes había sufrido un grave accidente. Abrió la puerta que llevaba al interior de la casa y dijo por encima del hombro:

—Como si estuvieras en tu casa —lo llevó por la lavandería hasta la cocina—. Esa puerta de la izquierda es un servicio si lo necesitas. Te ofrecería una cerveza u otra cosa, pero como estás de servicio, sé que me dirás que no. ¿Un café, té, algo frío?

Dejó el bolso en una silla, se quitó el impermeable y lo colgó del respaldo. —Nada, gracias —Edward también se quitó el impermeable y lo colgó de otra silla.

A pesar de la larga amistad de los dos con James, ésa era la primera vez que iba a la casa y encontró la cocina acogedora y cálida, a pesar de que casi todo era negro. Dos grandes ventanas dejaban entrar la luz suficiente como para que no hubiera necesidad de lámparas.

—Llevas horas de pie, siéntate —dijo Bella señalando con la cabeza una banqueta al lado de una barra mientras se remangaba la blusa para lavarse las manos en la pila—. No tardo nada.

Edward se sentó en la segunda banqueta y le dejó a ella la primera. Los cojines amarillos y azules estaban decorados con motivos españoles y casi hacían juego con los mantelitos. También reparó en la ligera iluminación debajo y encima de los armarios y un jardín de macetas en el patio, todo ello para no mirarla mientras se lavaba las manos. Innegablemente delgada, tenía sus curvas y se movía como una bailarina, seguramente por las lecciones de equitación que había recibido de pequeña, pensó Edward.

—Si el resto de la casa es como esto —apuntó—, eso explica por qué a James le costaba tanto convencerte para salir de fiesta una vez que estabas en casa.

—Debo admitir que soy hogareña —lo miró por encima del hombro—, sobre todo cuando el trabajo me mantiene alejada de aquí demasiadas horas.

Una confesión: empezaba a temer el momento de tener que dejar esto.

Edward se había preguntado cómo James y ella habrían resuelto su futuro lugar de residencia. James jamás habría abandonado su rancho, propiedad de su familia durante tres generaciones. Quizá Bella había pensado que podrían vivir parte del tiempo en una casa y parte en la otra, pero eso no parecía muy práctico.

Seguro que James le había prometido cualquier cosa para que ella siguiera con el anillo en el dedo. Ésa era otra de las cosas que él sabía y de la que Bella no era consciente.

Bella sacó un par de cuencos para sopa de un armario y una sopera amarilla de la nevera. Sirvió la sopa y después metió los cuencos en el microondas.

—He hecho quesadillas de carne, ¿tienes apetito suficiente para probar una?

Edward se apoyó en el respaldo de roble. No era que no tuviera hambre, era que no podía creerse que aquello estuviera sucediendo.

—Bella, déjalo y siéntate. Mejor acuéstate. Recuerda, yo soy el tipo que sabe por lo que has pasado y no quiero llamar a mi médico para que te eche un vistazo a una nueva herida que te has hecho cocinando.

—No dramatices, Edward. Lo creas o no todo esto me tranquiliza y estabiliza.

Calentaré alguna.

Sacó el plato de quesadillas y puso servilletas y cubiertos en los manteles.

Para entonces ya estaba lista la sopa y sirvió el resto de la comida.

—Los elogios no le hacen justicia —dijo él oliendo el cuenco de sopa.

—No me esperes, empieza —hizo un gesto rechazando el halago.

Edward esperó a que todo estuviera en la encimera y ella sentada. Finalmente se llevó la primera cucharada a la boca.

—Esto es mejor que cualquier analgésico y perfecto para este tiempo lluvioso.

—Me alegro de que te guste, si quieres puedo darte para que te lleves a casa.

—No me lo digas dos veces. Está bien que utilices frijoles en lugar de refrito y que le añadas tú el maíz —dijo prolongando el último bocado—. Mi madre lo hacía así también. Es deprimente ver cuánto se utiliza en esta ciudad el relleno de tacos. Relleno de tacos y judías refritas es una mal imitación de una quesadilla.

—Apuesto algo a que tu madre está disfrutando por tu nostalgia de su cocina —dijo ella mirándolo chuparse los dedos tras comerse el último bocado—. Solía comprarle mermelada de fresas todos los años, y cebollas dulces. Nuestra ama de llaves no la encontraba mejor.

—Me lo decía —se alegró de recordar eso. Se preguntó si ella le habría visto alguna vez mirarla desde el granero cuando paraba en la pequeña frutería de sus padres al lado de la granja—. Decía que no podía creer que algo tan dulce y de buena educación como tú pudiera haber salido de un hombre tan retorcido.

—No, nadie confundirá jamás a mi padre con Santa Claus —lo miró a los ojos— . Edward, sé que debes de echar terriblemente de menos a tus padres. Yo aún echo de menos a mi madre y murió hace años.

—No quería deprimirte aún más —empezó él.

—No lo haces, pero me harías sentir mucho mejor si me prometieras que no vas a permitir que algunos busca problemas te echen de la ciudad.

—Guau —dijo Edward despacio apartando su mantel para apoyarse en la mesa—.

Menuda transición.

—Por tus ojos diría que estás impaciente por saber para qué te he traído aquí.

Edward sabía que sería un milagro en una comunidad de menos de cinco mil personas que alguien no oyera algo cuando alguien quería su cabeza en una bandeja al lado de su placa, pero tenía la esperanza de que Bella hubiera permanecido ajena a las murmuraciones.

—No estoy impaciente —respondió—, sólo preocupado porque alguna otra cosa más te esté pesando. No dediques a Lauren más pensamientos de los que se merece.

—Hay más gente que Lauren haciendo acusaciones —dijo Bella preocupada—, y lo sabes. Me he quedado horrorizada cuando he oído a Aro y Sulpicia decir que estaban de acuerdo con ella. Sólo hay que ver tus heridas… — sacudió la cabeza—. Si hay alguien a quien reprochar algo es a mí. Debería haber ido andando hasta tu coche y no haber permitido que me llevaras. Eso te hubiera dejado más tiempo para sacar a James.

—No podías caminar, corazón. Hasta después no se ha determinado que disteis cinco vueltas de campana. El milagro es que no estés muerta, sobre todo porque los airbags no saltaron.

—Es verdad, no saltaron.

—Tus abogados necesitarán esa información —siguió él—. Puedo ayudarte con todo el papeleo.

—Mi abogado… Edward, que no voy a usar —respondió ella—. No haré nada que pueda colaborar a que te echen la culpa por la muerte de James—movió un poco la banqueta para poder mirarlo cara a cara y apoyó los codos en los muslos—. Había estado bebiendo, lo sabes.

—Por eso detesto eximirme de culpa —replicó serio—. Si hubiera salido detrás de ti antes en lugar de quedarme a decirle a Tyler que volvería para acompañarlo al banco a ingresar el dinero por la noche, habría visto que era James quien conducía.

—Lo sé —sonrió ella triste—. Las cosas suceden, Edward. Fue un error dejarle conducir, pero había cosas que tenía que decirle.

Edward se veía asaltado por la imagen del aparcamiento vacío desde el accidente y lo mucho peor que podían haber salido las cosas.

—Es un consuelo —añadió tranquilo—. Estoy seguro de que James estaba muerto antes de la primera explosión.

—Yo también lo creo —dijo ella con los ojos cerrados.

Aliviado porque ella tampoco tuviera dudas, Edward se recostó en la silla y respiró hondo.

—La gente que diga lo que quiera. Las cosas se irán calmando.

—Marcus estará a tu lado, pero sólo en la medida en que eso no comprometa su carrera política. Lo que me preocupa es que Aro y Sulpicia estén de acuerdo con Lauren, y más cuando hablan de buscar a alguien con más «dedicación» para ocupar tu sitio.

—He oído lo que ha estado diciendo tu padre, Bella.

—Me avergüenzo tanto de él —bajó la cabeza—. Dice que cambiar al jefe de policía será bueno para la comunidad. Quiere decir que será bueno para su posición en la comunidad. Sólo quiere que tu placa la tenga uno de sus hombres.

—Aprecio tu preocupación, pero en lo referente a asuntos de la comunidad, confía en mí. No rogaré para mantener el empleo. Si la confianza en mi trabajo es tan endeble que una voz grandilocuente puede desbancar a las pruebas sólidas, entonces no quiero el trabajo.

—Pero te necesitamos. Tú has visto cómo crecía la población… todo ese dinero que ha llegado desde Dallas, la gente invirtiendo en grandes ranchos, el precio de la tierra subiendo. Hay un plan en marcha y necesitamos al resto de la comunidad para contrarrestarlo. Hago lo que puedo, pero… han pasado cosas y puede que tenga que aflojar el paso.

Las alarmas saltaron en la cabeza de Edward. Así que sus sospechas de que lo había estado evitando eran ciertas. Las palabras le salieron antes de poder controlarlas:

—Maldita sea, Bella, sabía que ocultabas algo. ¿Qué ha pasado? ¿Te hizo James algo antes del accidente?

—No. Quiero decir que no es lo que piensas. Estoy magullada, sí, pero nada más.

—Entonces, ¿qué pasa? —exigió.

—Estoy embarazada.

Había pensado que sentiría alivio cuando se lo dijera, pero sólo sintió arrepentimiento al ver la conmoción en los ojos de Edward y que se quedaba pálido. Sus ojos verdes, herencia de su madre cherokee, perdieron toda su luz y se convirtieron en dos oscuros abismos. Cuando se cubrió los ojos con la mano que no tenía herida, Bella sintió que se le cerraba la garganta de la emoción. Le había decepcionado. Él sabía que James no había cambiado y se preguntaba qué hacía ella con él, mucho más cómo se dejaba preñar por él.

Se frotó la cara con la mano antes de cerrarla en un puño y decir:

—¿Y dices que estás bien? —murmuró—. ¿Cómo lo sabes? Saliste del hospital antes de que te hicieran ninguna prueba.

Eso no era lo que esperaba que dijera. Impulsivamente le acarició una mano con la esperanza de que comprendiera.

—Necesitaba algo de tiempo. Tengo que pasar esta semana sin chismorreos extra y miradas que habrían empezado si hubieran sabido… bueno, los resultados de los análisis hubieran corrido más que un tornado.

—¿Me estás diciendo que ni siquiera lo sabe Charlie?

—Si lo supiera, esa recepción privada en el rancho sería para comprarme un marido antes de que el nombre de la familia se viera en entredicho.

—Bella, el único que pone en peligro el buen nombre de tu familia es el mismo Charlie.

Deseó abrazarlo por no haberse siquiera preguntado si el niño era de alguien distinto de James. Su fe en ella era un bálsamo.

—Tú no piensas como mi padre. Si se lo hubiera dicho, ahora estaría rumiando la oportunidad perdida para hacerse con las propiedades de los Witherdale. En su mente lo único que había cuando James aún estaba vivo era conseguir algún beneficio a cambio de mí. Que yo sea tan independiente como soy lo tiene de los nervios, así que no se quedará tranquilamente mirando cómo me pongo como una ballena sin tratar de recuperar algo de lo que ha invertido en mí.

—Bella… eso es atroz.

—Pero es la triste realidad. No hace mucho que se lamentaba de que la ley le impidiera arreglarme una boda. Ya llevo viviendo por mi cuenta unos años, pero estoy segura de que lo va a intentar. Por eso tengo que pensar bien las cosas.

—¿Cómo demonios se casó tu madre con ese hombre?

—Lo quería —dijo encogiéndose de hombros—. Había días que apenas se dirigían la palabra, y recuerdo temporadas enteras en que ella no le dejaba entrar en su habitación, pero al final siempre le dejaba. Sin duda ese hombre era su talón de Aquiles —Edward se quedó en silencio y ella continuó—: Eso era lo que tenía que hablar con James y por eso me metí en la camioneta con él. Le dije lo del embarazo y eso fue lo que desencadenó el accidente.

—¿Discutisteis?

—A mí me conoces bien… pero su adrenalina se disparó, sin duda animada por el alcohol. Empezó a dar puñetazos en el aire gritando: «¡Bingo!».

—¿Que dijo qué?

—A mí también me pareció extraño. Sobre todo porque él era el responsable de la protección porque yo había dejado de tomar anticonceptivos —no quiso seguir, agitó una mano en el aire para apartar todos esos pensamientos negativos—. Quizá es demasiada información, incluso para un amigo policía. Lo siento.

—Vale —replicó—. Tú sabes exactamente por qué necesito saber. Y como amigo tuyo, quiero comprender.

—Entonces deja que te cuente el resto y seré feliz si no vuelvo a sacar el tema — por lo menos hasta que lo que viniera fuera lo bastante mayor como para hacer preguntas, se prometió—. Cuando James actuó como actuó y dijo lo que dijo, tuve un mal presentimiento. Le pregunté si había manipulado los preservativos —se volvió hacia él—. Estaba tan enfadada por lo que me estaba enterando como por lo que había visto en el bar un momento antes. Resulta que tenía problemas económicos y me enteré de que había necesitado la ayuda de mi padre. Mi embarazo era un seguro para él. Ya teníamos problemas en el departamento de fidelidad. Bueno, los tenía él —hizo una pausa—. Cuando vi su reacción ante la noticia, le dije que a pesar del embarazo no habría boda. Me quité el anillo y lo metí en la guantera. Se enfadó. Trató de hacer que me lo volviera a poner y ahí fue cuando perdió el control de la camioneta.

En ese instante Edward le pareció más capaz de ser violento de lo que le había parecido nunca, pero cuando le agarró la mano, su caricia fue increíblemente suave.

—Si te hubiera hecho un daño más grave, si hubiera destrozado esa bonita cara, no se lo habría perdonado jamás.

—Edward…

—Prométeme que llamarás a un médico en cuanto me marche.

—Pronto. Hay unas cuantas cosas más que tengo que resolver.

—¿Qué puede ser más importante? Lo digo en serio. No he venido aquí como poli. James me tenía preocupado desde hace mucho tiempo. He venido para estar contigo y ver cómo puedo ayudarte.

—Hay una cosa.

—Sí, te llevaré al médico. ¿Qué más?

—Cásate conmigo.


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