.

Positivo-Negativo

Sakusa Kiyoomi & Miya Atsumu

Disclaimer: personajes no son míos


I. El Evento

Fue durante mi primera semana viviendo solo que sufrí aquello que mi madre llamaba, de una manera muy eufemística, con el nombre de evento.

Acababa de mudarme a un cuarto piso, de estos monoambientes. Los primeros tres días me la pasé desinfectando, principalmente el baño y la cocina. Elegí aquel piso ante otros por su embaldosado fácil de limpiar, a diferencia del tatami o la madera. El corredor de bienes raíces me hubo ofrecido un piso más amplio y barato, cercano al polideportivo, que a simple vista se veía higiénico y bien cuidado, pero el dormitorio estaba alfombrado, algo con lo que no tranzaba. Tuve que rechazarlo. Rechacé varias viviendas por el mismo motivo.

Luego de días de ardua limpieza, me sentí razonablemente conforme y compré los primeros muebles de mi vida: un frigobar (hasta entonces había estado usando una hielera) y un futón. También, a modo de capricho personal, me compré un cepillo de inodoro nuevo, de estos con mango ergonómico. Miya me miró con expresión de rechazo.

—¿Te compraste un cepillo de inodoro? ¿Un cepillo? ¿De inodoro?

—¿Qué quieres? Con lo que me costó quitarle el sarro, no voy a dejar que vuelva a acumularse.

—¡Un cepillo de inodoro!

Todos acordaron de que era un tipo raro.

—O sea que para ti —insistió Miya—, esto de la limpieza es un hobby, un pasatiempo.

—No lo es.

—Por supuesto que sí. Nadie en su sano juicio se compraría como recompensa un cepillo de inodoro. Yo no lo haría. Qué asqueroso, igual a obsequiarme trabajo extra.

Mi vena se hinchó.

—¿Disculpa?

—Bueno, es que tú precisamente no puedes compararte con Omi-san —intervino el capitán Meian, calmando aguas—. Miya, eres una persona muy descuidada.

Yeah, I know —apoyó Thomas, como recordando algo. Todavía no se familiarizaba con el idioma y tendía a mezclar el japonés con su inglés bravo—. Cuando celebramos fin de temporada en Tsum-Tsum casa. Traición, right? —Y allí se le salió todo el inglés bravo—. Last fuckin' year ye betrayed us! We had tae clean yer fuckin' house n the next day

—¡Es verdad! —completó Inunaki, enardecido por el recuerdo—. Al otro día no nos dejaste marchar hasta hacerte la colada, Thommy tiene razón. Nos embaucaste para limpiarte toda la casa y además hacerte la colada.

—¡Es el justo pago! —se defendió Miya—. Todos saben que quien pone la casa, luego puede exigir limpieza en pago.

—El que pone la casa acepta las consecuencias. No hay nada como el justo pago.

—Además —insistió—, asear la casa en la que uno vive, que además resulta ser una casa arrendada, es un despropósito. Solo me preocupo de mantener este templo inmaculado —dijo señalando su propio cuerpo hipertonificado.

Thomas y Oliver rieron. Mi vena seguía hinchada.

—Inmaculado, seguro…

—¡Ya cállate Omi!

Miya decidió que no le importaría esta vez. Con cuidado, embadurnó sus carnes en cremas hidratantes y se envolvió en loción. Todos conocíamos la manera en que vibraba el teléfono de Miya cuando recibía una solicitud en Jack'd. Una sonrisa lasciva asomó en sus labios en medio de las burlas de los demás. Se acabó de vestir, con su bléiser gris perla impecable que combinaba con unas Vans amarillas, y fue el primero en marcharse.

Antes, se volteó hacia mí.

—En mi caso, si se trata de una recompensa, no hay nada mejor que vodka para ir calentando tema.

Y muy rápidamente, nos enseñó la botella de vodka que escondía al interior de su bolso deportivo.

This is fuckin' mad —maldijo Thomas—, Should I install Jack'd?

Abandoné el gimnasio en compañía de Hinata, mientras los demás se preocupaban de aconsejar a Thomas.

Me resultaba incómodo cada vez que Miya alardeaba de sus mil y una citas y la conversación daba un giro en torno a temas que me eran desconocidos. Cuando sucedía, yo esperaba que nadie me notara, y desvanecerme en el aire. Como aquella vez que se pusieron a discutir sobre las mejores marcas de preservativos, realmente no sabía de qué hablaban. Si me hubiesen preguntado cuál prefería, no habría tenido qué decir. Es cierto que guardaba un par casi oxidados cuya marca se había borrado y debería botarlos, pero no lo hacía. Los hube comprado en un momento de extrema necesidad y confié en el criterio del farmacéutico de turno.

Intuía que Hinata se encontraba en una encrucijada similar a la mía. Era de normal hablador y cada vez que no sabía algo preguntaba, porque era el tipo de los curiosos, de los que no saben ofenderse y apenas pasan vergüenza. Pero cuando se trataba de temas de aquella índole, se le contraía la lengua y miraba al resto con mucha intensidad, como tratando de extraer la mayor cantidad de información, a modo de referencia.

—Te felicito por tu cepillo de inodoro —me dijo sin ninguna maldad, y me sentó fatal.

Quería explicárselo a alguien, pero solo estaba allí Hinata, y la opinión de Hinata realmente no me importaba.

Apenas tenía cosas en común con Hinata, ninguna de ellas significativa. Evidentemente, ambos éramos voleibolista. También, ambos habíamos firmado contrato el mismo día, por un período de un año, renovable según desempeño y presupuesto. Y era nuestro primer año debutando en la V-ligue. Y eso era todo. Él no era nada alto, yo sí. Él tenía el cabello naranja, yo negro. Él era muy feliz, y yo, un amargado.

—¿Es muy raro? ¿Qué habrías comprado tú? ¿Vodka?

—No, vodka no. Pero seguramente tampoco habría sido un cepillo de inodoro. ¿Eres una persona muy aseada, cierto?

—No es una enfermedad —me defendí—, puedo llevar una vida completamente normal.

—No era eso lo que quería decir.

Llegamos al aparcamiento de las bicicletas.

—Quizá habría ido a comer a algún sitio —dijo Hinata—, le habría avisado a algún amigo y habríamos ido a un restorán. Pagaría yo, por supuesto: esa sería mi recompensa.

Éramos personas muy distintas.

Me despedí de Hinata y abordé un autobús. El viaje duró unos quince minutos. Evitaba los pasamanos, y si era inevitable, antes pasaba un pañuelo desechable. Guardaba botes individuales de jabón gel en todos mis bolsos deportivos. No me gustaban los autobuses, y favorito del recorrido era descender y lavarme las manos.

En el trayecto a pie, me desvié para comprar un pepino, yogur natural y miel. Una vez en el departamento, tomé una merienda ligera mientras me ponía unos capítulos de un anime viejo en el computador. Se podría decir que la casa lucía limpia, pero aún con las ventanas cerradas, se acumulaba polvo durante el día. Con el anime de fondo, me entretuve pasando un paño húmedo por los pocos muebles de la casa. Grabé una historia en la que estrenaba mi cepillo de inodoro, obteniendo respuestas casi instantáneas.

Una de esas respuestas provino de TheHotMiya, y únicamente decía: «Sabía que era un hobby».

TheHotMiya, en medio de una supuesta cita con un chico que conoció en Jack'd, husmeaba en mis historias de Insta y me lo hacía saber dejándome mensajes.

—No, no saques conclusiones de ello —me reprimí.

Komorin escribió: «¿ese es el cepillo de mango ergonómico del que tanto me hablaste? Es igual al que tengo en mi casa»

Y NinjaShoyo: «¿lo que se escucha de fondo es Lupin III?»

Tenía algo más en común con Hinata, además del vóleibol.

No quería pensar en Miya siguiendo mis historias en medio de su cita. Quizá se estaba haciendo el interesante, y utilizaba el teléfono como pretexto, para despertar curiosidad en el cachitas de turno a quien tenía por delante. Quizá se había producido un momento de silencio incómodo en medio de la velada y había sacado su teléfono como recurso. O le habían dado plantón y buscaba distraerse para evitar derrumbarse. Quizá…

—Deja de pensar en ello.

Me quité los guantes y enjuagué las manos en abundante agua. Con el pepino, el yogur y la miel, preparé una crema facial que alguna vez me enseñó Wakatoshi-kun. Quizá porque el concepto «no-pensar-en-Miya» me deprimía, quizá porque al deprimirme me acordaba de Wakatoshi-kun. Quería que Wakatoshi comentara también mi historia, así me daría una excusa para, simplemente, comenzar a hablarle por el chat.

Seguía corriendo Lupin III.

Le escribiría a Ushijma0813: oye, alguna vez has visto algún anime o qué.

Le escribiría: ¿Te acuerdas cuando nos embadurnábamos el rostro con máscaras faciales? A veces yo sí me acuerdo.

Y escribiría: ¿lo sospechaste siquiera?

Permanecí con la máscara en modo zombi hasta que sonó el timer. Con el rostro lozano, el cabello húmedo, me tiré sobre el futón, pensando en lo que se me venía en el futuro más próximo. Sin dudas, todavía me quedaban muchos muebles por comprar. Necesitaba una mesa. O quizá un kotatsu, sin la cobija. O quizá con la cobija, pero tendría varias, y las remplazaría semanalmente. O cada diez días, quien sabe. No era tan maniático. Podían ser siete, podían ser diez días. O podían ser cinco. Un kotatsu, varias cobijas, reemplazables cada cinco días. No era tan maniático. ¿El techo raso se estaba desconchando o era un juego de luz y sombra? Iluminé hacia arriba con una linterna. Un juego de luz y sombra, por fortuna. Con el computador sobre mis rodillas, revisé precios de kotatsu. También necesitaría una lavadora, una roomba para baldosas, y un televisor, aunque eso último podía esperar. Lo que no podía esperar eran las persianas para la ventana, para quitar de una vez los diarios. Revisé el catálogo de persianas. Bien sea, primero tendría que comprar una huincha métrica para saber el tamaño de mis futuras persianas. Añadí una huincha al carrito de compras. El computador era relativamente nuevo, en todo caso necesitaría un escritorio. No algo elaborado, un arrimo bastaba. ¿Cojines para el kotatsu, para el escritorio? Podría reemplazarlos por colchonetas, que son más higiénicas. El cojín en sí no era el problema, sino la funda. Encontré una oferta de kotatsu sin sillas incluidas que venía con un juego de cobijas extras. Las cobijas eran de colores rosicler y espliego. Lo añadí al carrito de compras, junto a dos colchonetas.

Otro día que parecía acabar normal. Mi madre me llamó tarde, solo a saludar. Estaba por ponerme el pijama cuando un gemido intermitente, similar al aullar de una foca, llegó cruzando desde el otro lado de las paredes. Me asusté. Calzándome con las deportivas, y armado con el desengrasante para hornos, salí al pasillo a husmear. No fui el único. La vecina de la puerta contigua, también se asomó con su cabello lleno de tubos, y desde la puerta del fondo apareció el vecino del 4-D, un hombre de prominente barriga que siempre usaba la misma bata. Los gemidos de foca iban en ascenso y parecían provenir de la puerta del frente, del 7-D. El hombre barrigudo fingió una risa. La señora de los tubos regresó a su habitación horrorizada. A los gemidos de foca se unió un largo lamento indescriptible. El hombre barrigudo se reclinó en el marco de la puerta y tanteó en los bolsillos de la bata, buscando cigarrillos. Entonces comprendí que no eran gemidos de foca, pero que eran gemidos de todas maneras.

—¡Váyanse a un love hotel! —se escuchó el grito de otro vecino que había optado por no asomarse al pasillo.

Quizá fue debido a los gritos, a los gemidos, o una mezcla de todo. Quizá porque a esa hora de la noche salían de sus escondites. La luz del encendedor del hombre barrigudo expandió las sombras de una enorme cucaracha que caminaba por la puerta a su espalda, y luego otra más, pequeña pero gorda, que caminaba en círculos meciendo su abdomen palpitante de un lado a otro. Di un salto de la impresión. La cucaracha grande chocó con la gorda, y esta cayó al piso, rebotando con el caparazón. Tras un momento de confusión, la cucaracha corrió en mi dirección.

Oh no…

Le palpitaba el abdomen.

Cuando fui consciente de mí, había emprendido la huida escaleras abajo. Corría con el corazón galopante, golpeando mi manzana. Mi mano, que seguía el camino del pasamanos, alcanzó a rozar algo pegajoso.

El abdomen le palpita y estalla.

Aquella parte encerrada de mi mente halló una filtración.

La oscuridad sucia.

Esa voz profunda, al fondo de mi cabeza.

El abdomen reventado. La bilis.

Los pasamanos. Los peldaños. Contaminados. Enjambres de cucarachas, en el techo, en las paredes, contaminados. Detrás tuyo. No mires. No te detengas, corre. El enlucido cayéndose a pedazos. Pedazos de mugre, contaminados. No te detengas no mires. Tu ritmo cardíaco. Contaminados. La puerta de acceso. Empuja ¡usa el hombro! corre, sigue corriendo ¡corre! Están detrás de ti y pueden venir más. No mires. El escozor en tu brazo. Las calles contaminadas. Insectos contaminados. Faroles contaminados. Las esporas. No mires. Tu ritmo cardíaco. El aire viciado. Los tubos de escape. Contaminados. Corre, no puedes escapar, corre, es inútil, corre, estás infestado, corre, ¿qué fue lo que acabas de chocar?, corre, de los caminos, corre, de las esporas, corre, el sonido de la cucaracha rebotando, ¡corre! El sonido de tus pies reventando uno de esos bichos, ¡corre! La bilis en tu suela, en tus manos ¡Corre! Algo pegajozo, bilis en tu mano ¡corre! ¡Hazlo! ¡Corre! Tu ritmo cardíaco ¡Contaminado! Ya es tarde ¡corre! Tu ritmo cardíaco ¡no mires! ¡tu brazo entumido! ¡ya es tarde! Tu ritmo cardíaco y tu brazo entumido, ¡corre! La cucaracha el abdomen la bilis las esporas los gérmenes tu corazón galopante, el calor, el brazo explotando, las venas negras. Es tarde. Corre. Es demasiado tarde. Corre. Estás contaminado. Detente. Pide perdón. Llora. Es demasiado tarde. Ahora.

—¿Omi-kun?

Barrí el suelo. La lata del desengrasante de hornos rodó por la avenida.

—¡Aguarda! ¡Omi-kun!

Miya. La botella de vodka, vacía, entre sus manos.

—Distráeme.

—Estás todo transpirado.

—Háblame algo. Lo que sea.

Su nombre era Miya Atsumu. A veces, extrañaba a su hermano. A veces, me dijo que necesitaba salir con otros hombres para no sentirse solo. A veces, el vodka ayudaba. A veces, el vodka no ayudaba.

Su nombre era Miya Atsumu y me cogió del brazo, y limpió mis lágrimas. Y me dijo que extrañaba a su hermano y que estaba algo ebrio y que vivía allí, e indicó una casa. Botó la botella vacía en el contenedor de vidrios, y sin dejar de hablarme, de que estaba ebrio, de que estaba solo, me preparó un baño. Me dijo que estaba ebrio. Que se sentía solo. Luego me preparó un té y desplegó un futón, y se quedó dormido.


Esto fue un (mal) intento por llevar una crisis de pánico a palabras.