El día iba demasiado lento para gustos de todos, incluida Elsa que no dejaba de mirar el reloj sobre la pizarra en aquel laboratorio, esperanzada de que la aguja se moviera más rápido cuando levantaba la cabeza para verlo, pero no. Vida real, vida aburrida. Lo peor vino después, cuando fue asignada para trabajar con un idiota de nombre Gastón, el cual estaba más interesado en presumir su atlético cuerpo que en escuchar a la albina hablar y renegar de haber sido puesta con el hombre más estúpido de toda su clase.
Que Gastón derramara bromo liquido sobre su blusa blanca fue lo suficiente como para que Elsa etiquetara el primer día de clases como el peor de su vida. El profesor Pines, a cargo de esa asignatura, dio la clara orden de que Elsa saliera y limpiara su ropa mientras Gastón era reprendido y enviado con el director por hacer tal desastre.
– Eres una chiquita difícil, Menzel. ¿Necesitas ayuda? Déjame…
Gastón recibió una bofetada apenas sus manos se colocaron en la cintura de Elsa, demás estaba decir que el color rojo de rabia había ocupado todo el rostro de Elsa en esos momentos. El chico se alejó con miedo de solo verla a los ojos. Nadie podía resistir mucho a mantener una guerra de miradas con Elsa, después de todo, el color azul profundo de sus ojos era lo suficiente como para hacerlos sentir vulnerables.
– Idiota. – Masculló la albina caminando hacia los baños de chicas.
Agradecía estar sola apenas entro, cerró con cuidado la puerta y observó en el espejo la mancha en la blusa. Un suspiro de molestia había escapado de sus labios de solo verla, sería tan difícil de quitar, pero no perdería tiempo. Levantó la blusa por encima de su cabeza, colocándola la mesada de marmol. Gracias al clima cálido del verano, no tuvo frío a pesar de solo usar un sujetador negro de encaje y sus jeans, aunque el frío nunca le había molestado.
Enrojeció de repente, dándole cuenta que estaba medio desnuda y parecía estar haciendo un streap dance. Mordió su labio mientras quitaba ese pensamiento de su cabeza, sin tardar mucho, tomó la blusa y la puso debajo del agua, intentando quitarle la mancha que tenía encima. Pero no fue hasta que escuchó un gemido que detuvo todos sus movimientos. Abrió sus ojos mientras cerraba el grifo de agua y daba cortos hacia atrás para observar los cubículos.
Se suponía que debía estar sola, ¿Quién demonios venia al baño a masturbarse o a hacer algo indecente? Otro gemido y un grito de placer que dejó a Elsa congelada. Había estudiantes teniendo sexo y ella estaba en sujetador. Vio en el suelo un pequeño paquete brillante y su rostro enrojecido al reconocerlo, sin pensarlo mucho, lo piso y pateo al cubículo donde estaban las personas dentro.
– ¡Al menos intenten ser más silenciosos, ¿Pueden?! ¡Estoy aquí y, por más que no me interese, dudo mucho que otra persona los acusaría! – Gritó regresando al lavabo para seguir con su tarea, hasta que escuchó como ambos aprecian llegar al climax. Elsa entornó los ojos mientras seguía limpiando la blusa. – ¡Oh vamos!
El cubículo se abrió y una chica, que Elsa no logró ver correctamente, salió corriendo de allí con una tonta sonrisa en el rostro mientras chillaba. Minutos después, aquella chica nueva salía del mismo cubículo mientras acomodaba sus jeans. Anna se detuvo al ver a la albina allí, observándola mediante el enrome espejo que estaba en el baño de chicas. Le dio una sonrisa que Elsa no respondió, solo bufó mientras intentaba quitar lo que su blusa tenía.
– ¿Qué estás haciendo aquí? – Preguntó la ojizarca sin dirigirle otra mirada.
Anna, por su parte, mantuvo su sonrisa mientras se apoyaba en la mesada de mármol y cruzaba sus brazos,
– Este es el baño de chicas. Puedo entrar aquí. – Aclaró con diversión. – Pero, creo que hay una pregunta más importante, ¿Por qué estás media desnuda?
– No, no lo estoy, quiero decir que sí, pero... – Balbuceó dejando a un lado su blusa para poder peinar su cabello. – Un idiota derramó una sustancia química sobre mi blusa, así que quería lavarla rápidamente antes de irme.
Anna levantó una ceja mientras observaba, de manera disimulada, el torso desnudo de la chica albina. El sujetador que estaba utilizando solo causó que se mordiera el labio inferior, aunque los chasquidos de Elsa la sacaron de sus impuros y pervertidos pensamientos.
– Mis ojos están arriba. – Escupió. – En serio, si no harás nada, será mejor que…
– Nunca vas a sacar las manchas de esa manera. Permítame.
Antes de que pudiera comentar, Anna ya se encontraba a un lado de la albina, frotando la blusa con cierta fuerza tras haber colocado jabón líquido en sus manos. Volvió a colocar un poco más de jabón para lavarla más a fondo. Elsa solo pudo limitarse a cubrir sus pechos aún teniendo el sujetador puesto, pero tener la mirada turquesa de Anna encima, logró hacerla sentirse incómoda
– Ah tienes. – Anna finalmente habló, sacándola de sus pensamientos. – Las manchas se han ido
– Okay… Eso fue grandioso, gracias. – Habló Elsa tomando su blusa mojada y tratando de ponérsela de no ser porque la mano de Anna la detuvo.
– Woah, woah bonita. Aún tiene que secarse, deberás esperar.
Elsa dio una tosca risa mientras se alejaba un poco de la pelirroja, que aún intentaba llamar su atención y tenerla, como las demás, a sus pies.
– Ni de chiste, solo buscas un pretexto para estar conmigo a solas. Conozco el truco, cariño, pero no va a funcionar conmigo.
La pelirroja entornó sus ojos, quitándole la blusa mojada para dejarla sobre el lavabo mientras sonreía divertida.
– Sólo evito que otro degenerado se sobrepase, pienso en tu bienestar bonita. – Habló guiñándole el ojo. – Además no te creas especial, hay más chicas en esta escuela con las que puedo estar.
– Oh claro, claro. Porque todas cayeron ante tus encantos, ¿Verdad? Pero se nota tanto que quieres que también forme parte de esa lista, ¿no?
Anna rio al escucharla, ¿En serio preguntaba? Una noche juntas y esa albina no diría lo mismo. Ana Burkhardt era el tipo de cualquier chica, hetero o no, lograba enamorarlas con su actitud infantil y su romanticismo extremo, además que sus pecas siempre ayudaban. Pero no con Elsa y comenzaba a frustrarla demasiado que estaba pensando que hacer para tenerla a sus pies porque nadie podía escapar de las manos de Anna, nadie lograba evitar enamorarse de ella.
Pero, estando tan metida en sus pensamientos que no notó el momento en que Elsa decidió acercarse a ella, acortando la distancia entre ambas. La espalda de Anna ahora estaba presionada contra el lavabo. La frialdad de los dedos de Elsa sobre su cuello provocó que el cuerpo de Anna se sacudiera hacia adelante y entrara en contacto con el de ella. Sus pechos juntos, sintiendo los de Elsa aún con el sujetador, sin poder evitarlo, Anna colocó sus manos en su cintura, apegándola más a ella para que pudiera sentir lo que había causado entre sus piernas, sintiendo la presión del bulto que poco a poco se formaba.
La pelirroja pudo ver la compostura en el rostro de Elsa alejarse antes de que se inclinara de para que sus labios rozaran su oreja.
– ¿Puedo preguntarte algo? – Susurró Elsa, dejando que su aliento golpeara contra el oído de Anna, la cual tembló.
– S-si… – Respondió débilmente, lo que era extraño tratándose de ella.
– ¿Quieres follarme? Justo aquí, justo ahora.
Anna sintió, no solo sus piernas temblar, sino lo apretado que comenzaba a sentirse el bulto en sus jeans, el cual parecía necesitar ser liberado.
– ¿Uh?
– Voy a preguntar de nuevo… – Habló Elsa enredando sus dedos en el rojizo cabello de Anna, dándole una sonrisa indescifrable. – ¿Quieres sacar a tu querido amigo y follarme aquí? Vamos niña, admítelo, quieres hacerme tuya.
Anna quería gritar que sí, pero su voz no parecía querer salir. Elsa levantó una ceja al sentir como las manos de la pelirroja subían peligrosamente hasta el broche de su sujetador, jugando con el mismo antes de cambiar lugares y hacer que ella misma sintiera su espalda contra el lavabo.
– Quiero hacerte sentir tan bien que no podrás caminar a casa por al menos una semana. – Ronroneó con voz ronca, escuchando a Elsa reír y sentir sus manos sobre sus hombros.
– Oh… Pensamos lo mismo, también quiero hacer que no camines.
Eso causó intriga en Anna, la cual dejó de pensar cuando sintió el impacto de la rodilla de Elsa contra su entrepierna, arrancándole un jadeo de dolor mientras se alejaba. Pero no por mucho, la albina la tomó del cuello y acercándola.
– Escúchame bien, cariño… Vuelve a intentar hacer algo conmigo, lo que sea… y juro que no dudaré en dejarte estéril, ¿Queda claro? – Susurró Elsa, dejando que Anna tragará pesado mientras asentía. – ¡Perfecto! Nos logramos entender.
Elsa tomó su blusa y, sin importarle que aun estuviera húmeda, se la colocó. Burkhardt no logró quitarle la mirada de encima hasta que sus ojos se conectaron y temió que volviera a patearla. Pero no, Elsa salió tras lanzarle un beso al aire, el cual era más falso que su propia heterosexualidad.
– Es una perra… – masculló apoyándose en el lavabo, observando la puerta del baño de chicas antes de sonreír. – … pero me encanta…
Necesitaría un poco de hielo y un cigarrillo, pero la misión de tener a esa albina diciendo su nombre no se la quitaría nadie. Debía pensar bien como conseguir su nuevo objetivo.
