Capítulo 2
"El gato es el único animal que acepta las comodidades de ser doméstico, mientras se rehúsa a dejar de ser salvaje"
~x~
Dior.
Con eso lo decía todo.
Su apellido hacía que le aumentaran décimas a sus puntuaciones en la escuela, y que le dieran una cantidad escandalosa de dulces gratis en la única tienda de golosinas del Distrito. Su madre pagaría, por supuesto. Aunque por sobre todas las cosas, lo mejor de tener su apellido era que los Agentes de Paz la dejaban... en paz.
Dona jamás había tenido que explicar un malentendido, o justificar su presencia en algún lugar. Ella no creció asustada de que arrestaran a su madre por alguna de sus travesuras infantiles y menos a su padre. Porque no sabía quién era.
En realidad, entre su corta lista de cosas que había querido hacer y no había podido, era encontrar a su padre. La mitad del distrito creía que era el jefe de los agentes de paz, Maximilianus Bell y la otra mitad, creía que era algún funcionario del Capitolio que había quedado prendado de su madre. Sea cual fuere la realidad, lo que sí era un hecho es que su padre les había dejado una pequeña fortuna en sesterces, o lo que era considerado una fortuna entonces.
Lo suficiente para que su madre pusiera un taller de costura con dos amigas. Las máquinas de coser, las telas y los diseños que pudieron comprar con aquella suma, fueron suficientes para atraer a un par de clientes del Capitolio y desde entonces, la comida no faltó en la mesa.
Dieciocho años después, el taller era más que un pequeño negocio, empleaba a una veintena de hombres y mujeres del Distrito que aseguraban que aunque la paga no era lo máximo, las condiciones eran mucho mejores que en las polvosas fábricas que aventaban hollín por todas partes. Y Dona se hinchaba de orgullo cada que los escuchaba.
Ahora que tenía dieciocho y había terminado la escuela, era su primer año a cargo de la compra de telas. Una actividad para la que había estado entrenando desde los doce años y que, sin presumir, se le daba muy bien.
Una de las primeras reglas que aprendió era que se regateaba con el Distrito, nunca con el Capitolio. Otra muy importante era que no podían tener demasiadas telas ostentosas, de las incrustadas con diamantes, o imitación piel, o piel de verdad. Éstas estaban reservadas para el Distrito Uno, pero no había nada de malo en hacer un par de vestidos exclusivos para un cliente en particular.
Todas estas reglas estaban anotadas en una agenda titulada: compra de telas. La cual tenía pestañas de colores y anotaciones precisas con perfecta caligrafía. A Dona le gustaba ser organizada, le gustaba tener sus ideas muy claras para poder tomar decisiones acertadas y rápidas. Su madre siempre le decía que en éste negocio, cuando terminas de hacer un vestido, ya pasó de moda. Por eso hay que ser siempre muy asertivo.
Y Dona era asertiva, o eso le gustaba pensar. Si no lo fuera, sus amigos no pedirían consejos constantemente.
Estaba Mel, que siempre se metía en problemas por una cosa o por otra. Y esas cosas eran chicos.
— Debes de entender Mel, que una pareja es un equipo. Si esa persona ha probado una y otra vez que no está de tu lado, entonces no lo está. Así de simple —le decía constantemente. Mel asentía con la cabeza, se juraba que no lo volvería a hacer, se cortaba el cabello y volvía a las andadas unos meses después.
Otra de sus mejores amigas era Hem. Hem era otra historia totalmente diferente, porque tenía problemas mucho más difíciles de resolver, como la artritis de su madre que le impedía trabajar más en las fábricas, o el hecho de que sus tres hermanos ya no podían tomar más tesela.
— Está bien que quieras trabajar más turnos Hem, pero si tú te enfermas, ¿quién cuidará de tus padres? Tienes que poner tu salud primero que nada —al principio Hem también asentía con la cabeza, y volvía a casa dispuesta a dejar los turnos dobles, pero conforme pasaba el año Hem reaccionaba cada vez peor a sus consejos.
— Tú lo dices porque nunca has tenido que trabajar un día de tu vida —le dijo una vez. Había tenido que ir a su casa a verla porque Hem ya no tenía tiempo de reunirse con las demás.
— ¡Yo trabajo! —le había contestado indignada.
— Sentarse todo el día a pasarse telas por el cachete para comprobar su suavidad, no es trabajar —la voz de Hem estaba subiendo de tono, y la miraba como nunca antes. Dona quería enojarse también y preguntarle cuál era su maldito problema, pero no lo hizo.
— Las telas son muy importantes. Hay todo un sistema de reglas y procedimientos que me tomó años aprender Hem. No seas injusta conmigo —le pidió.
— ¿Injusta? —la boca de Hem se abrió y cerró un par de veces, y los ojos parecían querer salirse de sus cuencas. Se miraron a los ojos durante unos segundos y Hem suspiró—. Eres una niña mimada y condescendiente. No lo entenderás jamás —le dijo al fin, y se levantó para escoltarla fuera de su casa.
Dona lloró aquel día, pero su espíritu no se quebraba así de fácil. No cuando se trataba de sus amigos, así que regresó sin falta todos los fines de semana con galletas con chispas de chocolate, dispuesta a que algún día, volviera a abrirle la puerta. Sabía que se comía las galletas porque sus hermanos siempre que la veían en la calle le gritaban que estaban buenísimas.
Tenía muchos otros amigos que podía mencionar, algunos de la escuela, otros vecinos o familiares, Dona tenía una agenda con sus nombres, y otros datos importantes, como sus colores favoritos y sus sabores favoritos de galletas, precisamente para los momentos difíciles.
A veces le gustaría que alguien más tuviera una agenda con su nombre, le gustaría que alguien le llevase galletas aunque pudiera comprarlas ella misma. Sobretodo en días como hoy, en la cosecha.
Era casi mediodía y su madre tocó levemente la puerta de su pequeña oficina al lado de la de ella.
— Es hora de tocar la campana cielo —le recordó, aunque no era necesario. Dona llevaba casi media hora mirando la manecilla larga del reloj.
— Voy —le dijo y se levantó de su silla. La campana del taller se tocaba a mediodía sólo en ocasiones especiales, el día de Panem, el cumpleaños de Dona, y por supuesto, la cosecha. Ella y su madre salieron de la oficina impecablemente vestidas y con el cabello recogido. Su madre por estilo y Dona por necesidad, su largo cabello castaño y rizado lo heredó de su padre, y era un verdadero fastidio a veces. Sobretodo cuando tenía que caminar por el taller como en aquél momento.
Los hombres y mujeres habían dejado de trabajar hacía unos minutos, también anticipando el momento de volver a casa con sus seres queridos y prepararse para la cosecha. Dona a veces se olvidaba de los Juegos del Hambre, sobretodo al volverse mayor y darse cuenta de que la probabilidad de que ella saliera seleccionada era tan baja como alta la de las jóvenes de diecisiete y dieciocho que trabajaban en el taller.
Una de ellas había sido su amiga antes de dejar la escuela para ayudar a sus padres. Dona había pensado que sería genial conseguirle un trabajo en el taller. Así podría verle todos los días y chismear como siempre, pero Nettle poco a poco comenzó a verla de otra forma, y dejó de hablarle después de un año. Dona le dedicó una pequeña sonrisa al pasar que Nettle ignoró.
Subió a la plataforma donde estaba la campana y pensó en decir algunas palabras de aliento, pero sintió que su público sólo quería ir a casa. Así que sin más ceremonias que un "buena suerte a todos" tocó la campana. Los empleados comenzaron a recoger sus pertenencias y salir de ahí lo más rápido posible. Algunos llevando las ropas que su madre les había dejado zurcir para la ocasión.
Al quedarse a solas, su madre la abrazó y le pasó una mano por el cabello.
— Te queda muy bien así —le comentó. Se quedaron ahí paradas, fundidas en un abrazo durante mucho, mucho tiempo. Dona no sabía qué clase de superpoderes se obtenían al tener hijos, pero estaba segura que aquél era uno de ellos. El simple hecho de escuchar el corazón de Christina Dior la hacía sentir mejor que nada en el mundo—. Ven, vamos a que te pongas más bonita —juntas bajaron de la plataforma y salieron del taller rumbo a su casa.
Ahí, en el porche, como todos los años de cosecha la estaba esperando una pequeña caja con un moño amarillo. Dentro había una hermosa diadema, ésta vez con decoraciones de flores falsas, pero muy hermosas. Era un regalo de su padre, eso era todo lo que su madre le había dicho.
Emocionada, subió a su cuarto a cambiarse y arreglarse. Es el último año. ¡El último!
Se siente tan bien que se pone una mascada verde que combine con sus ojos y se deja el cabello suelto con la diadema que le regaló su padre. Algo que casi nunca hace. ¡Se le ve tan bien!
Está a punto de bajar cuando nota uno de los cinturones favoritos de su madre. No se acuerda por qué está en su cuarto, seguro se lo probó para alguna ocasión especial, como ésta. La hebilla era una C y una D entrecruzadas, el logotipo de su marca. Tenía que usarlo.
Mientras se lo ponía con cuidado, se preguntaba si sería oro de verdad. Pero aquello era ridículo. Era imposible que su madre tuviera hebillas de oro mientras las familias de Hem y Nettle con suerte tenían para comer. Su madre no era una persona injusta, y siempre intentaba ayudarles, accediendo a los turnos extra y a que llevaran su propia ropa para remendar. Y el Capitolio... el Capitolio cuidaba de ellos... ¿cierto?
Dona suspiró.
El Distrito Ocho era un lugar muy injusto, no había manera de maquillarlo. Lo sabía en sus huesos y lo podía sentir en las duras miradas de sus amigas y amigos que no vivían en su área. Podía ver la expresión de anhelo en sus rostros cuando llegaba con una galleta o un sándwich a la escuela. Podía sentir la envidia al ver sus vestidos y sus aretes, aunque fueran de plástico.
Una vez había comentado ésto con su madre, y ella le había dicho que el Capitolio ayudaba a todos. Que el Capitolio tenía sistemas y programas para ayudar a los más necesitados, pero que a veces la gente no quería ayudarse a sí misma. Dona se preguntaba si todos los sistemas de ayuda del Capitolio serían tan injustos como el de tomar tesela, pero ya no tenía la confianza para decirle aquello a Christina.
Y ya no hacía falta.
Estaba protegida por el aura de éxito de su madre, era cierto, pero también tenía dieciocho años de experiencia con la gente, y sabía que la gente del Distrito Ocho estaba muy descontenta, muy abatida y muy, muy resentida.
Dona se quitó el cinturón y con cuidado descosió la hebilla, la metió en una de las bolsas de su vestido para la buena suerte. No había necesidad de alardear sobre su posición. No quería añadir más leña a aquél fuego que presentía que se estaba esparciendo.
Christina y Dona recorrieron el camino hasta la plaza mano a mano en una placentera y silenciosa caminata. Ambas saludaban a conocidos y amigos, pero no tenían más familiares. Sus abuelos habían fallecido mucho antes de que ella naciera, por lo que siguieron a solas hasta que tuvieron que separarse en la línea de los adolescentes. Con un beso en la frente, Dona se mezcló entre las otras chicas.
— ¿Qué opinas? —preguntó Mel cuando Dona llegó a su lado. Su vestido era tan blanco que relucía bajo el sol más que los aretes de fantasía.
— Te ves hermosa amiga —contestó Dona sintiendo una tremenda incomodidad. Su círculo de amigas de la zona no industrial, unas cinco o seis chicas de su edad llevaban atuendos similares. Las demás unas veinte o treinta iban con ropa remendada, limpia sí, bonita también, pero nueva nunca.
El Alcalde, los Vencedores pasados y la Escolta aparecieron en el escenario improvisado y Dona se concentró en ellos y no en mantener su sonrisa falsa.
El discurso es rápido y sin chiste, como todos los años. Los Vencedores miran al frente sin expresión alguna, pero la escolta hace una mueca de desilusión cuando todo acaba, puesto que no es el recibimiento que esperaba. Dona supone que tampoco está muy feliz de estar ahí, sobretodo después del año pasado cuando la niña de catorce años se desmayó de tanto llorar y el chico había querido hacerse el valiente y recogerla entre sus brazos, pero al ser un delgado costurero de dieciséis años no pudo sostenerla y ambos cayeron al piso una vez más. Él también había empezado a llorar.
Un desastre.
— Muuuuuuy bien —comenzó la escolta, una chica baja, con voz cantarina y ópalos en la cabeza. Su humor había cambiado por completo en un segundo—. ¿Quién está listo para comenzar laaaaaaaa cosecha? —preguntó con un grito emocionado. Un par de personas intentaron iniciar un aplauso desanimado, pero murió pronto. La escolta no se desanimó.
» ¡Eso, eso! ¡Yo también! —dijo en dirección a los aplausos—. Éste Distrito todos los años nos conmueve y nos provoca emociones fuertes. Y yo, soy la más feliz de estar aquí con ustedes una vez más para averiguar quién de éstas caritas sonrientes tendrá el grandísimo honor de representar al Ocho en los ¡Jueeeeeeeegos del Haaaaambre! —ésta vez obtiene un aplauso colectivo, porque dijo "Juegos del Hambre" y es imposible que no se aplauda ante eso.
» ¡Ése es el espíritu! Comencemos entonces, por las chicas —dirige su mirada hacia el redil de mujeres esperanzada. Dona no puede mirar, su corazón se acelera a mil por hora y aprieta su vestido con fuerza hasta que tiene los nudillos blancos. No debe cerrar los ojos, así que no lo hace, pero se concentra por completo en la cola de caballo de Mel, que está justo frente a ella—. Y nuestra afortunada de éste año es... ¡Dona Dior!
La sensación de alivio al escuchar un nombre ajeno nunca llega. El nombre le timbra en los oídos, pero no es hasta que Mel se voltea y su cara horrorizada es un eco de la suya que se da cuenta de lo que está pasando. Es ella. En verdad es ella.
Los ojos se le llenan de lágrimas, y quiere buscar el rostro de su madre entre la multitud, pero solo alcanza a ver a dos agentes de paz caminando hacia ella. Uno de los agentes es Maxminilianus Bell, el jefe de los Agentes y su rumorado padre. Pensar en éso la distrae el segundo necesario para recomponerse y caminar hacia ellos con la vista al cielo, para que las lágrimas vuelvan de donde salieron. Aunque claro, no funciona así, y un par de ellas escapan por sus cachetes.
Dona los limpia con rapidez, y se siente un poco mejor cuando ve que su escolta le hace un gesto aprobatorio con la cabeza.
— Eres una muñequita —le dice en tono confidencial, pero con el micrófono en la boca. Después se lo pasa a ella y Dona no sabe qué decir.
— Gracias, tú también —sus modales responden por ella. Y su escolta está encantada.
— Ay, chiquitita, eres la bomba —le dice. Dona no está segura de ser la bomba, no está segura de ser nada más que una niña asustada. Pero se queda ahí parada, su cara es mitad sonrisa mitad llanto. Las manos siguen apretando su vestido, puede sentir la hebilla de su madre lastimando su palma.
Al menos tiene algo a lo que aferrarse.
~x~
Y éste es el capítulo de Dona Dior, la tributo del Distrito Ocho.
¡Si alguien quiere mandarme a su compañero puede hacerlo de inmediato!
Su escolta es Light Fairdrop, la amiga-enemiga de Sparkley y como podemos ver, está aliviada de que Dona no se haya desmayado. Los demás por favor háganme saber (por review o PM) quién preferirían que fuera su escolta, porque es lo que me falta para terminar sus capítulos. (Se vale decir, no me importa, la escolta que sea)
Y si conocen a alguien que quiera entrarle al SYOT también haganme saber.
Muchas gracias!
H
