Nassau no era diferente a España, a pesar de ser un puerto pirata, las calles apestaban a orina, a vómito, a excremento de animal. Pero había jolgorio en las calles, sobre todo por las noches. Al haber sido educada en una familia respetable, Isabel Concepción de las Heras Castellanos no había podido participar en las alocadas fiestas que organizaban los universitarios salmantinos, famosas por su pillería, su arte del engaño en las cartas y en todo juego de azar. A pesar de que tanto Beatriz Galindo (la latina) como Luisa de Medrano habían conseguido labrarse un nombre impartiendo clases en la universidad de Salamanca, eso sí, bajo el mecenazgo de Isabel la Católica, para aquellas que no poseían el apoyo de la nobleza, no había posibilidad de sobresalir en un mundo en el que el poder de la Iglesia y las buenas costumbres exprimían sólo a uno de los dos sexos. Ella estaba muy orgullosa de ser española, pues había países donde trataban peor a sus mujeres, aunque en España tenías que tener el carácter fuerte como María Pita y demostrar tu valía constantemente si eras mujer y querías prosperar, en lugar de quedarte cosiendo en casa a la espera de tu marido.

Isabel Concepción de las Heras Castellanos tenía la tez blanca sin ningún rastro de bronceado, debido a los años que había pasado enclaustrada en su casa, cabello castaño oscuro, ojos verdes que encantaban a todos sus pretendientes, una lengua afilada fruto de haber leído tantas veces a Don Francisco de Quevedo, ingenio sagaz, cultura y hambre de conocimiento y ciencia. Esto había provocado el rechazo inmediato de los pretendientes que, cuando quisieron darse cuenta de que estaban a punto de casarse con una esposa que sería sin lugar a dudas más inteligente que ellos, anulaban el matrimonio poniendo mil excusas frente a sus padres. Ella no rechazó a ninguno, sólo les mostró lo que les esperaba en los años venideros. Manejaba las palabras como nadie, fruto de haber leído a Cicerón, Shakespeare, Góngora, Lope de Vega, y cuántos libros cayesen en sus manos, no importa el autor. Fue esa tenacidad, esa astucia que le otorgaba el conocimiento, lo que evitó que sus padres la encerraran en un convento al ser demasiado mayor para considerarse atractiva para el matrimonio, pues era bien sabido que los padres organizaban el matrimonio de sus hijas desde su nacimiento. El amor sólo era una fantasía que se leía en los libros para que la mujer pudiera sobrellevar mejor su encierro en el hogar de su marido.

Ya llevaba un mes en Nassau. Cuando se había fugado en aquel barco mercante, nunca se hubiera imaginado que una de las paradas que haría fuese en un puerto pirata. Había decidido desembarcar de inmediato y probar su suerte. Ahora vivía bajo el nombre de Tomás Agustín Bueno de Castro. Había conseguido un trabajo en una taberna regentada por Eleanor Guthrie, una odiosa y tiránica mujer que dirigía el bar, la isla y la vida de cada ser vivo que se cruzara en su camino. Mujer despreciable que usaba a la gente sin importarle las consecuencias de sus actos, una mujer malcriada desde niña que escondía su debilidad echando la culpa a un hombre: Charles Vane.

Esta mujer era desesperante para Isabel Concepción, porque oye, todos tenían problemas y no iban echándole la culpa a otros para no afrontarlos y que se los resolviesen. Pero Eleanor se dedicaba a hacer rabietas, lloriquear y ensañarse contra Charles Vane, aunque el error fuera de otro o suyo propio. Esa mujer, que se notaba, nunca había pedido disculpas en su vida, siempre siendo favorecida por su buena fortuna o por los protectores que tenía, pues a pesar de sus ataques, Charles Vane no hacía nada para bajarla de su ilusorio mundo imaginario donde ella era la reina de Nassau y todos le debían pleitesía, cual si fuera una niña pequeña, incapaz de ver un atisbo de realidad y el daño que causaba a la gente de a pie a la que exprimía como si fueran animales, bajo amenazas de no volver a aceptar aquello que quisieran vender si sus deseos, órdenes o caprichos no eran satisfechos.

Lo bueno que tenía Nassau era que todos eran iguales, hombres y mujeres por igual. Había mujeres fuertes como Anne Bonny, que mostraban al mundo su feminidad a pesar de llevar ropa masculina y se dedicaba al mundo de la piratería. Había prostitutas, algunas estafadoras y ladronas, que creían que con sus encantos podían hacer que los hombres hicieran lo que ellas querían, aunque en realidad eso eran ilusiones y si el cliente descubría su peligroso juego podía matarlas y nadie las echaría en falta. Nassau no era tan cotilla como España en ese aspecto.

Bajo la apariencia de Tomás, había evitado los comentarios jocosos, groseros y las manos errantes, que los piratas en su embriaguez, otorgaban a las camareras. El problema era que parecía un chico entrado los 20 y como era extranjero y apenas se hablaba español, recibía algunas miradas malintencionadas cuando sin darse cuenta lo usaba, a pesar de no haber otorgado insulto alguno. Lo miraban como si él fuera el culpable cada vez que un barco inglés pirata se hundía al haber intentado atacar a galeones españoles o si llegaban heridos hombres de algún navío al haberse enfrentado a un bergantín español. Tampoco ayudaba que sólo midiese 1,55 metros.

Aunque en España estaba mal visto que una mujer leyera, fuese inteligente, supiese idiomas, había conseguido manejar el inglés con fluidez, debido a los libros que compraba en el mercado, cuando se le permitía salir de su enclaustramiento, aunque siempre tenía que evitar que sus padres viesen los libros que de verdad la gustaban, pues sólo tenía permitido comprar aquellos que la prepararían para ser una buena esposa y madre, aquellos que no hablaran de pecado ni de los deseos de la mujer. En definitiva, sólo se le permitía leer los libros recomendados por la Iglesia y sus acérrimos defensores.

Aunque toda su vida la habían inculcado la superioridad del hombre sobre la mujer y cuál era el lugar de la mujer en el mundo, Isabel Concepción, creía fervientemente en la igualdad real de ambos sexos, por eso, al ver a Eleanor Guthrie golpear a Charles Vane sin mediar palabra ni razón aparente, no pudo evitar sonreír e internamente regocijarse al ver cómo Charles Vane le devolvía el golpe. Uno no puede golpear a otro y no esperar reprimendas. Y menos aún si lo hace en un lugar público y golpea a un capitán pirata frente a su tripulación. Eleanor requería una respuesta contundente, pues si no hubiera devuelto el golpe, Charles Vane habría sido visto como débil y eso podía haber ocasionado un motín. Y si el acto de Eleonor estaba justificado, lo que tendría que haber hecho era haber llevado a Charles Vane a algún lugar para hablar en privado, pero nunca exponerlo al ridículo público. Porque en privado, él podría explicarte sus acciones, pero en público lo obligabas a responder al agravio. Escudarse detrás de la feminidad es patético.

Al haber visto a Charles Vane salir solo de la taberna, Isabel cogió un poco de queso, tocino, pan y una jarra con ron. Como si estuviera buscando a algún cliente, salió de la taberna buscando al capitán Vane. Lo encontró sentado a unos metros de la taberna, parecía pensativo, pero cuando ella se acercó a él, sus ojos se posaron en él, raudo, como un halcón. Su mano se dirigió a la pistola. Ella le sonrió, intentando tranquilizarlo.

- Vi lo que pasó. Trabajo en la taberna. Te traje un poco de comida y ron.-dijo ella.

Él la miró y sonriendo, asintió en agradecimiento. Después ambos se quedaron en silencio, escuchando el bullicio de la taberna. Cuando Vane terminó, le devolvió el plato y la jarra. Volvió a entrar en la taberna, probablemente para arreglar las cosas con Eleanor. Lástima.-pensó Isabel.-Algunas personas nunca aprenderían.