CAPÍTULO 2: LOS NIÑOS DE LAS MAREAS
— ¡Venga, Finnick! Te juro que no se lo diré a nadie.— insiste Cole.
Niego con la cabeza mientras mantengo la vista fija en el mar pero él chasquea la lengua.
— Si hubiera algo que decir te lo diría pero no hay más. Pasamos toda la tarde debajo del muelle y solo le di un beso. Bueno, a ver, igual más de uno, ya me entiendes, pero nada más.— le digo. Y es cierto. Eso es todo lo que ha habido y habrá entre Meg y yo aunque ella no parece dispuesta a admitirlo.
— Pues ella dice que estáis saliendo.—
— Que diga lo que quiera.— me encojo de hombros antes de tumbarme en la arena. — Si total, es mentira.—
— No se por qué soy tu amigo si te ligas a todas las tías sin hacer nada.—
— Venga, Cole, no llores.— me rio y le doy un codazo sin fuerza en las costillas.
— No seas idiota.— me devuelve el golpe sin fuerza. — Tendríamos que irnos.—
Nos levantamos y abandonamos la playa para dirigirnos a la Academia de Entrenamiento. Cada día, después de las clases del colegio, tenemos tres horas de entrenamiento para los próximos Juegos. Estar en la Academia es todo un honor y no se admite a cualquiera. Empiezas cuando tienes once años, un año antes de tu primera cosecha, pero si tu rendimiento no es el adecuado pueden echarte en cualquier momento y además de perder una gran oportunidad formándote como tributo profesional para los futuros Juegos, tu familia también pierde la asignación mensual que paga el estado como manutención.
Los entrenamientos son duros, es verdad, los instructores fueron en su día agentes de la paz y no se conforman con la mediocridad, por eso, cada mes un grupo de personas que no llega al nivel de exigencia impuesto abandona la Academia. Los instructores no pierden el tiempo, tienes que demostrarles cada día que pueden convertirte en un profesional, que estas dispuesto a ser el mejor cueste lo que cueste. Solo así se consigue ganar los Juegos del Hambre.
Recorremos unas cuantas calles desde la playa, dejándola detrás de nosotros mientras nos adentramos en la zona comercial del Distrito. A medida que avanzamos notamos cada vez más el ajetreo pero no es hasta que llegamos a la plaza cuando nos vemos sorprendidos por lo abarrotada que está. Cientos de personas van de acá para allá, coordinados por los agentes de paz, descargando camiones repletos de material audiovisual mientras siguen las instrucciones de los equipos de televisión.
No podemos evitar emocionarnos e intercambiar sonrisas al ver que se debe a que ya están preparando el escenario para La Cosecha de mañana.
— No puedo esperar a que empiecen los Juegos.—
— Yo tampoco.— admito, mirando la gran pantalla de televisión que han instalado sobre la fachada del Edificio de Justicia.
— Me presentaré en unos años. A lo mejor para la Sexagésimo Octava edición.— dice Cole. — Seguro que para cuando llegue ya estaré listo.—
— Yo también quiero presentarme.—
¿Quién no querría? Llevamos toda la vida entrenando para ello. ¿Qué mejor forma de devolver a nuestro Distrito todo lo que nos ha dado?
— Dicen que tu hermano se presenta este año. ¿Es verdad? — Cole me mira esperando ansioso una respuesta. Pero yo me encojo de hombros.
— Quiere hacerlo pero todavía no le han dicho nada. —
— Seguro que hoy le dicen que sí, ya verás. Es el mejor. —
Mientras continuamos nuestro camino hacia la Academia no dejo de penar en mi hermano. Estoy seguro de que él ya lleva varias horas allí. Bryce tiene 17 años y es verdad que es el mejor. De hecho, lleva un año sin ir a clase con una autorización de los instructores para poder sustituir las horas lectivas por entrenamiento extra. Es algo que se hace solo en algunos casos, cuando los instructores consideran que eres muy bueno y que de tener más tiempo tu avance sería mayor. Eso quiere decir que tienen puestos sus ojos en él para que sea tributo este año.
La Academia es un edificio de aspecto futurista, de color oscuro, con ventanas hasta el suelo y los cristales tintados. No tiene nada que ver con las casas sencillas y de colores claros que pueblan nuestro Distrito. De cualquier forma, la Academia parece fuera de lugar, como si no quedara bien con nuestro mar, demasiado moderno para nuestros barcos de pesca y demasiado oscuro para los días de sol y brisa que predominan en primavera y verano.
Lo primero que hacemos es dirigirnos al vestuario y ponernos la ropa de entreno. La Academia tiene unas normas muy estrictas. Una de ellas es que no se puede sacar nada de lo que te den o utilices aquí. No podemos traer ropa de fuera ni sacar la de entreno bajo ningún concepto puesto que nada de lo que hay en este edificio es nuestro, son cosas que nos presta el Capitolio y que debemos devolver a los 18 años, cuando acaban los entrenos si no hemos ido a los juegos o antes, si nos echan. La norma también se aplica a las armas, que principalmente no pueden sacarse por seguridad.
El edificio cuenta con todos los sistemas de alta tecnología que tiene cualquier edificio normal del Capitolio, aunque aquí nos resulta sorprendente, por lo tanto sabrán perfectamente si te saltan las normas y lo que te lleves no valdrá tanto en comparación al castigo, ya que robar está penado con la muerte, sin excepción.
Una vez listos, nos dirigimos a la sala principal donde nos reunimos cada día con los compañeros y entrenadores antes de empezar.
La sala principal tiene forma circular y puede verse desde cualquiera de las plantas superiores ya que estas siempre dan siempre a esta planta.
En la sala principal están los horarios, pantallas con todos nuestros detalles (desde nuestra altura a nuestro peso) y nuestras puntuaciones en las diferentes disciplinas.
El resto de plantas pertenece a una modalidad de entrenamiento: supervivencia, medicina básica, diferentes tipos de lucha según las armas, combate cuerpo a cuerpo... estamos obligados a prepararnos en todas ellas y a elegir tres disciplinas que queramos perfeccionar dentro del combate y el uso de armas.
También hay salas para las partes de teoría y psicología. En ellas nos preparan mentalmente para cualquier circunstancia o imprevisto que podamos tener en la arena, cosa que se consigue viendo todos Los Juegos anteriores y comentando los aciertos o errores de los tributos de ese años.
Hoy el ambiente es muy diferente. La sala está casi llena y todos estamos emocionados por la cosecha de los Sexagésimo Quintos Juegos del Hambre que tendrá lugar mañana. En las pantallas todavía aparecen todos nuestros datos por lo que los instructores aún no han anunciado a nuestros representantes.
En teoría, los tributos deberían salir elegidos de la urna al azar pero cuando los instructores consideran que alguno de nosotros está preparado hablan con el para que se presente y preparar la cosecha, ya sea garantizando que su nombre será el elegido o acordando que se ofrezca voluntario. Por supuesto, puedes rechazar la oferta pero se te considerará un traidor, no tendrás la opción de seguir entrenado de estar en edad elegible para el año siguiente y además perderás el honor de representar al Distrito 4. Casi nadie lo rechaza.
— ¡Eh, Bryce!— la chica que tengo al lado llama a mi hermano y él se gira para mirarla. — ¡Que la suerte esté de tu parte!— Bryce le guiña un ojo mientras sonríe entonces me ve y me saca la lengua a lo que respondo con el mismo gesto.
Bryce se abre paso entre el gentío sin dificultad acompañado por dos de nuestros instructores. Se que va de camino a la fase final, si aprueba le ofrecerán ser tributo. Tendrá que pasar un test psicológico, mostrar las tres disciplinas en las que se ha preparado a fondo durante estos años y superar una simulación de Los Juegos en la que tienes que responder como reaccionarías.
— Tu hermano es genial. Espero que apruebe porque no podríamos tener mejor representante.— me dice la chica le saludó. Ni siquiera se como se llama.
— Sí, lo es.— respondo con orgullo.
Bryce y yo somos muy parecidos, nadie podría dudar de que somos hermanos. Los dos somos altos (aunque me saque tres años solo soy un par de centímetros más bajo que él) atléticos, gracias a los entrenamientos y a ayudar a nuestro padre en el barco siempre que podemos, además ambos tenemos los ojos verdes, el pelo cobrizo y la piel dorada por el sol.
Nuestros rasgos son lo que marca una mayor diferencia entre nosotros. Mi hermano es atractivo, y entre eso y su personalidad atrevida siempre ha llamado la atención de las chicas pero estoy acostumbrado a oír que yo le supero. Desde muy pequeño personas desconocidas, amigos de mis padres o vecinos me decían lo guapo que era pero a medida que he ido creciendo los comentarios se han intensificado como decir que soy "muy atractivo para mi edad" o "anatómicamente perfecto". Mentiría si dijera que no se el efecto que tiene mi físico sobre los demás puesto que hasta algunas chicas de cursos superiores han mostrado su interés por mi.
Mientras esperamos a que terminen los exámenes a los candidatos para ser los tributos de este año y nos den los resultados finales, los instructores ponen orden y nos piden que entrenemos de forma individual así que no dudo ni un momento en lanzarme a por el tridente.
Es mi disciplina favorita de las tres que perfecciono. Al principio elegí el tridente solo porque me llamaba la atención y porque Bryce me dijo que seguro que se me daba bien, como a él, pero con el tiempo me he dado cuenta de que es mucho más que eso. Los instructores dicen que tenemos que sentir las armas de nuestras disciplinas como si fueran una extensión de nosotros mismos pero a mi no me hace falta esforzarme en sentirlo porque cuando lo tengo en mis manos siento que tengo el control.
Es el arma perfecta. Vale para distancias cortas, no pesa demasiado, puedes lanzarlo y clavárselo a alguien con más efecto que una lanza y además es visual. Cualquier tributo puede manejar una espada o una lanza, pero esto, esto llama la atención de cualquiera y si eres bueno, conseguirás que todos te recuerden.
Entro en la sala de paredes de cristal en la que puedo practicar con el tridente y ajusto la simulación a la máxima dificultad. Tal vez no vaya a Los Juegos este año pero eso no implica que no sea mejor que nadie en esto.
Espero, alerta, armado con el tridente el primer ataque. Pixels de forma humana aparecen de la nada dispuestos a atacarme pero me defiendo con facilidad de los primero atacantes e incluso me atrevo a lanzar el tridente acertando en el pecho a uno de ellos al ver por el rabillo del ojo que algunos compañeros me observan.
Quedan 18 segundos de simulación, eso pueden ser un par de atacantes más como mucho. El primero me ataca rápido, lanzándome un cuchillo pero reacciono a tiempo para tirarme al suelo y asestarle un gran corte en el brazo. 10 segundos. Queda uno, estoy seguro. Giro despacio sobre mi mismo, buscando por cada rincón, cuando un dolor agudo me paraliza y siento que he sido atacado por la espalda. No puedo evitar gritar y caer al suelo de rodillas. Pese a que son pixels están diseñados para que si te dan, tus sistema nervioso sienta por unos segundos el mismo dolor que habrías sentido en caso de que el ataque fuera real.
Apenas soy capaz de moverme y cierro los ojos con fuerza intentando calmarme, luchando porque pase el dolor de ser atravesado por la espalda con un cuchillo.
Cuando por fin cesa, la puerta de cristal se abre y algunos de mis compañeros aplauden.
— FINNICK ODAIR 499000 PUNTOS SOBRE 500000 — dice la voz robótica.
— Nunca decepcionas, Finnick. — me felicita la instructora jefa de esta disciplina cuando salg0.
— Gracias. — respondo con orgullo mientras dejo el tridente en su lugar. Sé que no ha sido perfecto pero ni mi hermano consigue esa puntuación.
— Un consejo. — la miro a los ojos, expectante — No pierdas de vista tu espalda. Vigílala siempre. Aquí solo es un error pero en otras circunstancias, de no haber muerto el dolor te habría dejado fuera de juego el tiempo suficiente para que alguien acabara contigo. Recuérdalo.—
Asiento y le doy las gracias justo cuando aparece Kye, el supervisor de La Academia, lo que solo puede significar una cosa.
Mientras Kye sube a un pequeño escenario improvisado que solo usamos el día antes de la cosecha para presentar a los tributos elegidos, el resto nos apiñamos con rapidez frente a él mientras aplaudimos. Kye nos silencia con un gesto.
— Tengo que decir que no os hacéis una idea de los orgullosos que estamos de vosotros. De verdad, todos vosotros sois el orgullo del Distrito 4. Sabemos que no es nada fácil seguir el ritmo, sabemos que es duro, pero solo así conseguimos convertiros en lo que sois ahora. Vuestra fuerza, vuestro valor, eso es lo que hace grande Panem. — me siento orgulloso de sus palabras. El Capitolio tiene que saber que apostar por nosotros no es un error, somos tan buenos o mejores que los idiotas de los Distritos 1 y 2 y desde luego, no hay punto de comparación entre nosotros y los tributos del resto de Distritos que envían tributos patéticos sin ningún interés por honrarse a sí mismos. — Todos estáis a la altura de representar al Distrito 4 en los Sexagésimo Quintos Juegos del Hambre pero ese honor solo puede corresponder a dos de vosotros y, finalmente, tenemos sus nombres.—
Pese a que la sala esta llena siento como todos contenemos la respiración. Ha llegado el momento que hemos estado esperando durante todo el año. Tanta lucha, tanto esfuerzo, todo es por esto.
Kye continúa.
— La chica que saldrá elegida en la cosecha de mañana, es... — hace una pequeña pausa para después gritar su nombre — ¡¡JADE OSMENT!!
Todos aplaudimos mientras la chica sube al escenario sonriendo a más no poder. Creo que la conozco. No he hablado nunca con ella pero estoy seguro de que Bryce ha hecho algún comentario sobre ella en casa, creo que estaban en el mismo curso en el colegio y que los dos pasaron a la Academia de forma intensiva a la vez.
Cuando se separa de Kye y me fijo por primera vez en su rostro. Es guapa, alta, tonificada, ojos verdes y con pelo pelirrojo muy largo y rizado.
— Bien. El chico que saldrá elegido en la cosecha de mañana, es... — durante la pequeña pausa tengo la esperanza de ser yo. De que diga mi nombre. De ir a Los Juegos y demostrarles a todos que estoy a la altura. Pero, esa pequeña esperanza se disipa tan rápido como oigo el nombre del elegido. — ¡¡BRYCE ODAIR!!
Los aplausos son incluso más fuertes que los que le han dedicado a la chica, incluso se oyen algunos silbidos, pero es normal, Bryce es bastante popular. Veo salir a mi hermano de entre la multitud con el puño en alto, como si dijera "lo he conseguido". Algunas personas que tengo cerca me dan palmadas en la espalda y otros me felicitan.
No se porqué pero siento un poco de rabia. Quería ser yo quien estuviera en su lugar. Quería ser yo quién, con nuestro apellido, consiguiera ganar Los Juegos del Hambre. Quiero a mi hermano, sin ninguna duda, pero por alguna razón que no logro entender esto me supera.
Kye les pregunta a Bryce y Jade si aceptan representar a nuestro Distrito y por su puesto, los dos lo hacen. Les indica que sus nombres serán sacados de las urnas, que está todo dispuesto para que así sea y por último les pide que se den las manos. Ellos lo hacen, pero soy capaz de distinguir como se aprietan con fuerza la mano mutuamente mientras se sonríen con un gesto que dice "Eh, somos compañeros de Distrito pero pienso ganarte".
Después Kye se despide de nosotros. Mañana no habrá entreno por la cosecha pero nos recuerda que pasado todo volverá a la normalidad.
Suelo volver a casa con Bryce pero por como está hablando con Jade y Kye supongo que tiene que quedarse un rato más así que me voy a los vestuarios.
— Felicidades, Finnick.— me dice Cole y me da una palmada en el hombro. — Estaba seguro de que sería él.—
— Ya, yo también.— digo sin ganas.
— Eh, ¿Qué te pasa? —
— Es algo que se llama envidia. — miro a quién que ha hecho el comentario. Se trata de un chico algo más mayor que Bryce que se está atando los zapatos.
— No es verdad.— respondo frunciendo el ceño.
— Oye es normal. — continúa mientras se levanta y guarda la ropa de entrenar en su taquilla. — Lo que te pasa es que te has dado cuenta de que si gana, cosa que es muy probable que haga, a su lado no vas a tener nada que hacer. Bryce será el centro del universo para todo el mundo y tú... el hermano.—
— No le escuches, Finnick, eso no es verdad.— esta vez es Derek quien habla, otro de mis amigos que se ha metido en la conversación.
— Mira. Cuando tu hermano gane te mudarás a una casa preciosa en la Aldea de los Vencedores y no tendrás que preocuparte por nada más ¿No? Tendrás dinero de sobra para que vuestra familia no tengo que volver a preocuparse por trabajar. Pero en algún momento te harás mayor, querrás casarte y todo eso ¿Seguirás viviendo con tu hermano, en su casa, cuando eso ocurra? — el chico se rie y siento como se me encienden las mejillas de rabia — Cuando lo hagas tendrás que volver a una casa normal y a trabajar como todos si no quieres que el dinero de tu hermano te mantenga. Eso es lo que te espera. Ser "el hermano de". Y siento ser yo quien te lo diga, es verdad que eres muy guapo y todo eso que dice la gente pero eso es lo único que te quedará cuando tu hermano vuelva.—
— ¡Cállate! — le grito, levantándome del banco donde estaba sentado. — No tienes ni idea de como es mi hermano. —
El chico se rie y siento aún más rabia recorriendo mis venas.
— Solo tienes envidia porque este era tu último año para presentarte y le han elegido a él.— comento con malicia. Mis palabras surten efecto. Los labios del chico cambian rápidamente de ser una sonrisa burlona a una mueca de desprecio.
El chico se acerca a mi y pega a su cara a la mía pero la rabia me no me permite sentir la más mínima intimidación.
— Mira, Finnick, algún día te acordarás de esto y te darás cuenta de que cuando tu hermano vuelva de Los Juegos te parecerás más a mi que a él.—me empuja haciendo que me tambalee un poco y se va.
— Tío, no le hagas caso.— dice Derek. — Está resentido.—
— Sí. Lleva mal eso de que le superen. Anda, vámonos de aquí.— añade Cole.
Sonrío un poco y paso el resto de la tarde con ellos bajo el muelle, corriendo por la orilla y viendo atracar a los barcos de pesca que llegan al atardecer. Derek también insiste en que le cuente que ha pasado con Meg o si es verdad que voy a salir con una chica del colegio del curso de Bryce a lo que respondo que también es mentira.
Cuando el sol empieza a ocultarse tras el horizonte y la cálida brisa empieza a refrescar, decidimos que es hora de que volvamos a casa no sin antes desearnos unos Felices Juegos del Hambre cuando tenemos que tomar caminos distintos.
