Bajar del Expreso de Hogwarts había sido muy duro para Albus. Y no sabía si era por la actitud nerviosa de Rose, que estaba cogiendo su mano como si su vida dependiese de ello, o porque las palabras de su padre habían hecho mella en él, pero lo cierto es que algo muy dentro de sí sabía cuál sería su futuro en Hogwarts a partir de ahora.
Y eso era lo que lo atormentaba.
Los botes los llevaron por un sendero de agua demarcado por el gran bote del gigante Hagrid, el padrino de Albus. El castillo se veía imponente, grande y hermoso desde esa vista. Una lluvia de estrellas enmarcaba el cuadro y la luna, a un lado del castillo en el cielo nocturno, solo le daba la luz faltante a todo el lugar.
Albus y Rose bajaron del bote que les había llevado hasta el otro lado del Lago Negro, el cual habían estado compartiendo con tres niños más, y se pararon frente a Hagrid, que parecía intimidar al resto gracias a su gran tamaño e incipiente barba. A un lado de él se encontraba Neville Longbottom (un gran amigo de los Weasley y padre de Frank, el mejor amigo de su hermano James), que enseñaba en el castillo.
— Gracias, Hagrid. Me haré cargo a partir de aquí.
Él los recibió con una sonrisa amable, su larga estatura un poco opacada por Hagrid. Llevaba una túnica negra, con una camisa a cuadros roja debajo, haciendo alusión a la casa de la que era jefe. Posó sus ojos una fracción de segundo más sobre Albus y Rose, sonriéndoles de manera afable, y luego dio una palmada al aire, enfocándose en los demás.
— ¡Bienvenidos a Hogwarts, niños! —su voz entusiasta le dio ligeramente ánimos a Albus mientras el semi – gigante Hagrid se perdía por las grandes puertas de madera— Soy el profesor Longbottom, de Herbología, y Jefe de la Casa de Gryffindor. En breves minutos, los llevaré para que sean seleccionados a sus casas. Si no las conocen, son Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin —enumerándolas con las manos, todos se enfocaron en los dedos del profesor pero Albus pudo notar cierto desagrado en su voz cuando mencionó la última casa.
De alguna manera, él nunca había escuchado nada bueno de Slytherin.
Prácticamente toda su familia estaba en Gryffindor, excepto Dominique que había decidido irse a estudiar a Beauxbatons (razón por la cual Albus la admiraba un montón). Ted, el ahijado de su padre y a quien todos en la familia veían como a un hermano más, había ido a Hufflepuff en sus años de colegio. Y los hermanos Scamander, un chico y una chica de la misma edad que su prima Lucy, estaban en Ravenclaw y Hufflepuff respectivamente. Albus no conocía aún a nadie que hubiese ido a parar a Slytherin.
Por supuesto que sí había escuchado historias de la casa de las serpientes.
Como la horrible historia sobre la Cámara Secreta, de la cual habían sido víctimas su tía Hermione y su propia madre, Ginny. O cómo la mayoría de los Slytherin de la época de escuela de sus padres, habían servido a Tú–sabes–quién.
De hecho, su tío Ron disfrutaba contando historias oscuras y horribles sobre Slytherin o las personas que fueron allí.
— ¡Albus! —Rose prácticamente gritó en un susurro, haciéndolo salir de sus pensamientos. Albus pestañeó un par de veces, recomponiéndose del miedo que le había producido pensar en Slytherin y en la reacción de todos en casa si él quedaba allí, y miró a su prima— Neville nos ha pedido que lo sigamos ¡vamos!
Ella le haló de su túnica escolar con el menor decoro posible y empujó a algunos niños para introducirse entre ellos y no llamar demasiado la atención.
Rose siempre había sido una persona tímida y odiaba ser el centro de las miradas. La única razón por la cual ella se sentía insegura de su futuro, era porque en la selección, llamaban a todos uno por uno y los hacían sentarse frente a todo el colegio para que un sombrero parlanchín les dijera su casa. De resto, Rose y la familia, sabían que ella iba a ir a Gryffindor como todos.
Ojalá él hubiese podido tener la misma seguridad.
Todos los niños se encaminaron por el largo pasillo hasta un par de puertas enormes de madera con tallados en lo que parecía ser oro. Estaban custodiadas por dos centinelas de piedra y cerradas, sin embargo, también se lograba escuchar el ruido al hablar de todos los demás estudiantes que se encontraban ya dentro del salón.
Cuando las puertas se abrieron, la vista lo deslumbró.
El Gran Comedor era, por mucho, la habitación cerrada más grande que él había visto en su vida. Tenía velas que flotaban unos metros por encima de las cabezas de los estudiantes sentados en las mesas por casas, y un cielo nocturno ficticio adornaba el techo, mostrando las estrellas de afuera.
Él estaba tan sumido en la belleza del lugar, que apenas y escuchó a Rose parloteando a su lado sobre el hechizo del techo que había leído en Hogwarts: Una Historia.
Al fondo, estaba la mesa de profesores y reconoció el sombrero negro de la profesora McGonagall, la directora del castillo. Ella había ido un par de veces a comer a casa, y la había visto en varias oportunidades en reuniones donde su familia asistía y a Albus siempre le había parecido una mujer de armas tomar y con la que no deseabas toparte más de las veces requeridas.
Frente a ella, estaba un taburete solitario con un sombrero viejo encima.
Rose también lo notó, porque apretó el agarre sobre sus manos, infundiéndole ánimos y nervios al mismo tiempo y a cantidades similares.
Albus ya había oído hablar sobre El Sombrero Seleccionador.
Según su familia, a él le encantaba cantar canciones diferentes cada año, y adoraba dar advertencias a los estudiantes sobre los peligros que se avecinaban. Pero él nunca se había esperado una canción tan oscura para su primer año escolar.
Cuando todos los niños se pusieron alrededor del Sombrero, éste comenzó a entonar unas palabras sobre las casas. Albus no lo necesitaba, claro, pues había vivido toda su vida conociendo las cualidades y defectos de cada una.
A Gryffindor iban los mejores. Los que no le temían a nada y por alguna razón, también disfrutaban rompiendo las reglas. En Ravenclaw estaban los cerebritos, aquellos que obtenían cada día unos 300 puntos para su casa (sin bromear, la casa de Ravenclaw llevaba unos seis años ganando la Copa de las Casas). Según todo el mundo, a Slytherin solo iban los que tenían un alma oscura, con suficiente capacidad para conseguir cualquier cosa que se propusiesen, así tuviesen que pasar por encima de muchas personas. Y a Hufflepuff… todo el mundo sabía que allí iba el resto, los que no valían para ninguna de las anteriores o de forma oficial, los que tuviesen suficientes ganas para trabajar y salir adelante por sus propios medios.
De alguna manera, Albus tenía claro que no quería ser uno más del montón, y tampoco es como si él fuese demasiado trabajador (le gustaba levantarse muy tarde, y no movía un solo dedo a menos que su mamá se lo ordenase), así que eso dejaba como opciones viables Gryffindor y Slytherin.
Y él llevaba todo el verano preguntándose en dónde acabaría.
Sin embargo, mientras más se acercaba el momento de la verdad, Albus descubrió que ya no estaba tan deseoso por descubrirlo.
Para ser francos, la conversación con su padre en el andén 9 y ¾ le había hecho ver al pelinegro que no importaba demasiado la casa a la que fuese: Si un Slytherin había sido capaz de ser tan valiente como ese tal Severus Snape, era más que probable que un Gryffindor también pudiese ser un cobarde, un Hufflepuff pudiese ser valioso en el Mundo Mágico y un Ravenclaw, bastante poco capaz.
La voz de Neville lo distrajo de sus pensamientos:
— Cuando les llame por su nombre, quiero que se acerquen aquí y se pongan el sombrero sobre la cabeza —él dijo, señalando el sombrero sobre el taburete—. Pronto sabrán a qué Casa tendrán que soportar los próximos siete años —murmuró suavemente para que solo los de la primera fila escuchasen su pequeña broma.
Rose, a su lado, sonrió y suspiró hondamente.
— Aldridge, Miranda —recitó el hombre, y la primera niña, con una trenza en su cabello y el rostro demasiado sonrojado, caminó tambaleándose hacia el taburete. Si Albus hubiese podido medir su nerviosismo en una escala del uno al diez, ella debía estar en 9,5.
El sombrero no tardó demasiado con ella cuando dijo fuerte y claro— ¡RAVENCLAW! —y la muchacha se marchó hacia la mesa donde todos la recibían con vítores.
Cuando él giró para seguir con su mirada a la chica, pudo ver de reojo a su familia, todos aglomerados en la mesa de Gryffindor.
No había manera de que no llamasen la atención:
Victoire, la única mujer rubia de la familia, estaba sentada y erguida en toda su estatura. Su cabello rubio parecía incluso estar flotando con el viento —inexistente en el Gran Comedor—. Ella estaba en último curso, y había obtenido también su título de Premio Anual, así que llevaba la insignia en su túnica de Gryffindor. Sus aires de veela eran notorios incluso a kilómetros, pues todos los chicos a su alrededor parecían babear por ella.
Fred, que tenía la piel morena como su madre, también resaltaba bastante gracias a su cabello rizado y negro y porque en ese momento estaba haciendo reír a un par de chicos de la mesa de Hufflepuff detrás.
Él estaba a un lado de James, que parecía interesadísimo en la Selección, y cuando se dio cuenta de la mirada de Albus, le sonrió como enfundándole ánimos. Su hermano incluso se había puesto los lentes que él tanto odiaba pero que necesitaba, si quería ver distancias largas, y el cabello largo y negro estaba revuelto sobre su cabeza.
Louis, el hermano de Victoire, había sido seleccionado como Prefecto de Gryffindor en el verano, así que estaba muy pendiente de la selección también. Él, como su hermana, también estaba haciendo que las chicas a su alrededor estuviesen mirándolo de manera constante, probablemente porque así como sus hermanas, él tendría algún rasgo de veela. Su cabello rubio estaba bien peinado hacia atrás, y sus amables ojos azules le animaron también.
Roxanne, que era calcada a su madre, de tez morena y ojos verdes, estaba siendo escoltada por dos amigos. Molly, que era la viva imagen de la abuela Weasley, bajita y rellena, tenía también el pelo muy rojo y estaba mordiéndose los labios como nerviosa. Albus sabía que era producto de la selección de Rose y la de él mismo, porque era lo suficientemente protectora como para querer siempre tenerlos cerca. Lucy, la más pequeña, también se parecía mucho a Molly físicamente, pero tenía el cabello más castaño y un montón de pecas en su rostro, justo como Rose.
Eran básicamente los más revoltosos. Incluso Victoire y Louis, que siempre eran más bien portados que el resto.
El chillido agudo de Rose a su lado, lo hizo salir de su ensimismamiento.
Pero ella no había sido la única que había chillado como si algo horrible estuviese postrado enfrente. De hecho, incluso los profesores parecían ligeramente sacados de sus casillas, como si algo no estuviese correcto allí.
En el taburete, sentado con la mirada desorbitada y envuelto en murmullos, estaba un chico muy rubio y delgado, con el cabello muy bien peinado y su mirada fija en el suelo. Albus ligeramente lo reconoció como el chico del que le habían advertido a él y a su prima en el Andén 9 y ¾ sus padres, específicamente su tío Ron… ¿cómo era que había dicho que se llamaba? ¿Malfoy? Neville se acercó a él con cuidado, le quitó el sombrero del cabello y le susurró algunas palabras inentendibles para luego carraspear.
A simple vista, ese chico no le parecía ni la mitad de fatal de lo que su tío le había hecho creer. «Quizá esa sea una de las habilidades de los Slytherin: Hacer que te fíes y después golpearte por la espalda»; pensó; mientras el chico se dirigía tímidamente a la mesa de Gryffindor.
Albus frunció el ceño, incapaz de comprender por qué lo hacía, hasta que Rose habló en un murmullo:
— No me lo puedo creer. El Sombrero se ha vuelto loco —ella tragó en seco segundos después, como si ahora se replantease sus opciones de casa— ¿y si no quedamos en Gryffindor?
Él quería contestar, en serio que sí, pero no supo qué decir.
En primer lugar, porque no tenía nada inteligente por decir; y en segundo, porque solo un par de minutos después de pensar en algo correcto para consolar a su prima, Neville mencionó su nombre con voz potente y amable.
— Potter, Albus Severus —si era muy franco consigo mismo, ahora no sonaba tan mal cuando lo llamaban por su segundo nombre. Las palabras de su padre, inmediatamente volvieron a sus pensamientos, y lo consolaron incluso antes de poner el sombrero sobre su cabeza.
Los murmullos —no tan murmullos— no se hicieron esperar a su alrededor. Él, sin embargo, no les hizo demasiado caso porque estaba más concentrando en no caerse de bruces contra el suelo. Sus piernas estaban temblando irremediablemente. «Ya está, Albus ¿no habíamos quedado en que la casa no era importante? Entonces ¿por qué te están temblando las piernas?»
— Vaya, otro Potter. Un Potter diferente ¿eh? Tu hermano fue fácil, todo un Weasley, siempre con esas potentes ganas de ir a Gryffindor, siempre con la actitud de un león. Tú, en cambio… tu padre fui igual de difícil ¿sabes? Aunque ustedes dos son muy diferentes —Albus frunció el ceño cuando la voz del Sombrero llenó sus pensamientos ¿diferente a su padre? Daba la casualidad de que todos decían que era el Potter que más se parecía a Harry— ¡Oh, no! No me refiero a la apariencia ¡Jamás! El exterior es solo una cáscara ¿sabes? Cambia con los años, con tus deseos del momento. Pero el interior… ¡ese sí que es difícil de cambiar, sí, señor! Y es justo allí donde tu padre y tú no se parecen en nada.
El Sombrero se quedó callado durante unos instantes, en los que Albus aprovechó para sopesar lo que le decía.
No parecerse a su padre era todo lo que él deseaba. Había pasado los últimos once años escuchando las proezas de Harry Potter. De alguna manera, todos auguraban un buen futuro para él y su hermano como consecuencia del pasado de su padre. No iba a negar que quería tener un buen futuro, pero si le hacían escoger entre seguir los pasos de su papá y tomar caminos diferentes por completo… él escogería la segunda opción.
— Sí… —él volvió a escuchar la arrulladora voz— Tu padre era impulsivo y actuaba sin pensar. Constantemente mirando al pasado y lo que "pudo haber pasado si"… Tú, Albus, eres de los que calcula cada paso ¿cierto? Piensas en el futuro, más que en el ayer y es por eso, joven Potter, que quiero hacerte la oferta que tu padre rechazó sin más, años atrás: ¿quieres que Slytherin guíe tu camino al éxito? Ella te abrirá todo un mundo de posibilidades, de ideas para poder descubrir lo que verdaderamente quieres. No hay nada qué temer en ella, te lo prometo. Si te mantienes justo así, con este camino al éxito… tú, mi querido amigo, vas a llegar muy lejos. Así que dime ¿Slytherin… o prefieres seguir el mismo camino que toda tu familia y vestir el rojo y dorado?
Lo sabía.
Su temor por no quedar en Gryffindor era consecuencia de saber que Slytherin podría acogerlo. ¿Acaso James no se lo había estado diciendo durante todo el verano? Su hermano tenía razón. Después de todo, él sí tenía algo de serpiente en sus venas.
¿Era eso algo malo?
Quería ser diferente. Quería demarcar su propio camino y salir de las sombras que muy posiblemente, su hermano James pudiese traerle. Pero al mismo tiempo, tenía miedo de convertirse en lo que siempre había salido de la casa verde: alguien oscuro.
¿Acaso él era capaz de convertirse en alguien malvado?
«No. Claro que no, Albus.»
— Muy bien, entonces… ¡SLYTHERIN!
El Gran Comedor, donde todos habían estado murmurando por el tiempo en que el Sombrero Seleccionador se había tardado con un Potter para decidir su casa, se quedó en un silencio sepulcral. Cuando Albus se quitó el sombrero, pudo ver a James con la mandíbula desencajada y una mirada de desilusión en sus ojos pero eso no fue lo que lo entristeció: Rose, con sus ojos inundados en lágrimas que no dejó salir, agachó la mirada cuando él la posó sobre ella y el rechazo fue evidente.
