Bueno, pues seguimos cumpliendo el horario de actualizaciones, hoy viernes le toca capi a "La hora dorada". Muchas gracias a todas las que me habéis dejado un rr. Me hace mucha ilusión ver vuestras opiniones

Este capítulo ha fue beteado por: Verónica Pereyra

Diez años más tarde

Sólo había dos personas en este mundo que me conociesen bien, que conociesen a mi auténtico yo, que conociesen a Bella. Alice y Rosalie. Sabían quién era yo, pero no lo que me había pasado.

Las había conocido en la universidad y, aunque traté de pasar desapercibida al igual que en el instituto, fue totalmente imposible. Alice era una fuerza de la naturaleza. Cuando quise darme cuenta, se había colado en mi vida, volviéndola del revés. Al principio Rosalie y yo no congeniamos bien, pero con el paso del tiempo hemos forjado una amistad duradera.

Terminamos la universidad. Rosalie había estudiado ingeniería y ahora trabajaba diseñando motores de coche, Alice había cursado la carrera de arte y ahora trabajaba en una galería, como marchante. Por mi parte, había terminado periodismo y comencé a trabajar en un pequeño periódico.

Ellas vivían en Nueva York y yo, en Atlantic City. Nos veíamos los fines de semana, ellas se desplazaban aquí o bien lo hacía yo. Me gustaba mi independencia. Vivía sola en un pequeño apartamento en el centro, hablaba con mis padres unas cuantas veces al año y mi única compañía era Joy, mi gato. También era el único hombre en mi vida, y era el hombre perfecto. Nunca meaba fuera de su arenero y eso en un hombre, ya es decir mucho.

El timbre de la puerta sonó, distrayéndome de mi trabajo.

— ¡Hola Bella! —Chilló Alice, colgándose de mi cuello nada más abrí la puerta—. ¿Lista para quemar Atlantic City?

Rosalie entró tras ella, sonriendo y negando con la cabeza. Miró mi ordenador.

—Espero que hayas guardado tu trabajo, Bella, porque se ha terminado por hoy —dijo mientras cerraba la tapa de mi portátil.

Afortunadamente sí lo había guardado, sino estaría bien jodida.

—Mierda, Rose, tengo que entregarlo el martes... —protesté.

—Pues tienes todo el lunes para terminarlo, querida —dijo sin avergonzarse lo más mínimo —. Este fin de semana tenemos algo que celebrar...

Alice comenzó a dar saltitos por todo mi salón.

— ¿Qué os traéis entre manos vosotras dos? No me fío ni un pelo...

Alice se detuvo ante mí y levantó su mano. Allí, decorando su dedo anular se hallaba un pedrusco de dimensiones imposibles. No podía entender cómo no le rompía el dedo.

— ¿Jasper? —pregunté, sin darme cuenta de lo tonta que era mi pregunta.

— ¿Quién iba a ser si no, Bella? —Alice me miraba como si de repente me faltase un hervor.

—Lo siento... el pedrusco me ha deslumbrado. ¿Es auténtico? —Alice ahogó un grito.

— ¡Claro que es auténtico! No le permitiría que me pidiese matrimonio con una piedra de pega... —dijo Alice con falsa indignación—. Bueno, sabes que estoy mintiendo, le diría que sí, aunque el anillo fuese de caramelo... pero es de verdad, de ¡Tiffany!

—Suertuda... —susurré.

—Bella tiene razón. Te llevas todo un príncipe —dijo Rose.

—Rosalie, tu opinión no cuenta... Jasper es tu hermano. Y tú tampoco te quedas corta, Emmett besa el suelo que pisas.

—Sí, mi hermano pierde el culo por ti... no sé cómo lo has conseguido —Alice rio.

—Ahora sólo nos faltas tú, Bella —aseguró Rosalie—. ¿Cuándo saldrás con alguien?

—Para que quiero yo un tío, Rose... para lo que valen...

Las dos me miraron como si hubiesen visto a una loca.

—Bella, vas a cumplir veintiséis años, creí que tu política de "HOMBRES NO" se debía a que querías centrarte en tus estudios, pero has acabado la carrera, Cum Laude, y estás trabajando ya. ¿En serio no quieres a nadie para compartir tu vida?

— ¿Te refieres a alguien que sólo quiera ver deportes, su mejor amigo sea su pene al que probablemente le haya puesto un nombre tipo "Black & Decker" o algo por el estilo y no sea capaz de mear sin ensuciar el asiento del váter porque se ha olvidado de levantar la tapa? Deja que lo piense... No, no necesito a nadie así en mi vida.

—Bueno... también tiene su lado positivo... tienes sexo cuando quieres, suelen invitarte al cine, a cenar, a tomarte unas copas... y lo más importante, Bella, te hacen sentir querida.

—Yo ya me siento querida... os tengo a vosotras —razoné—, y en cuanto al sexo... tengo dos manos y un amiguito que va a pilas.

Alice y Rosalie se miraron.

—Bella, no te ofendas, pero ¿eres lesbiana?

Decir que me quedé estupefacta es quedarse corta. ¿Yo? ¿Lesbiana? Una cosa era que no tuviese ningún interés en conocer a ningún hombre, pero eso no significa que me gusten las mujeres.

—No me ofendo, Rosalie. Y no, no soy lesbiana. ¿A qué viene esa pregunta?

—Te conocemos desde hace cuánto… ¿nueve años? —me preguntó Rose.

—Nunca te hemos visto con un chico —continuó Alice—, jamás nos has hablado de ninguno, ni siquiera cuando nosotras nos liábamos a hablar de nuestros ligues...

—Y de vuestras proezas sexuales —terminé yo por ella.

— ¿Eres virgen? —la pregunta de Rose me dejó perpleja.

— ¿Perdona?

—Lo siento, Bella. No quería ofenderte.

Se miraron la una a la otra y, como si se hubiesen leído la mente, cambiaron de tema.

— ¿Ya habéis fijado la fecha de la boda? —preguntó Rose.

—Sí... en un mes —Alice me miró y me hizo uno de sus famosos pucheros, esos que estaban destinados a que nadie jamás pudiese negarle uno de sus caprichos —. Bella... Rose ya me ha dicho que sí, pero cuento contigo como dama de honor.

Mi cara en ese momento debía de ser un auténtico poema. Alice sabía que odio ser el centro de atención, ¡y se le ocurre pedirme precisamente eso!

—Alice... no me pongas cara de perrito abandonado. Sabes que odio que me miren... además, estoy segura de que me pondrás un vestido horrible.

— ¡Eh! Te recuerdo que estudié Artes. Mi vestido y los vuestros los hará un diseñador amigo mío. Bella, te prometo que será precioso.

—Odio los vestidos —gruñí.

—No me digas —dijo Rose, sarcástica —. No nos habíamos dado cuenta. Nunca, en los ocho años que hace que nos conocemos, te hemos visto con una falda. Siempre vas con esos vaqueros rectos y camisas abotonadas hasta arriba. Si no fuese porque te conozco, pensaría que eres una monja de incógnito.

Arqueé una ceja.

— ¿Una monja? Yo puedo ser muchas cosas, Rose, pero no soy una monja —"no, no lo soy, soy un despojo, pero no una monja."

— ¿Se puede saber porque no te pones faldas?

—Tengo unas piernas horribles —contesté rápidamente, echando mano de la excusa que utilizaba con mi madre cada vez que me saca el tema.

—No, no las tienes —replicó Alice —, tienes unas piernas preciosas. ¿Olvidas que te las vimos cuando fuimos a Río? Estabas impresionante con aquel bañador, no entiendo como no te pusiste el bikini que te regalamos. ¡Tienes un cuerpo de infarto! Y encima, perra, nunca te vi hacer un solo sacrificio en aras de conservarlo. Comes como una cerda...

—Oye, guapa... ¿tú eres mi amiga?

—Es que me da envidia ver cómo puedes engullir como lo haces y no engordar un gramo ¡jodida cabrona! Me queda un mes a dieta de conejo para poder entrar en mi traje de novia...

—Eres preciosa, Alice, no te hace falta estar más delgada... estás estupenda —Rose hizo un gesto afirmativo.

Traté de cambiar de tema nuevamente. Mi cuerpo no era un tema de discusión.

—Cuéntame... ¿Cómo te lo propuso? ¿Se arrodilló? ¿Fue una de esas peticiones de matrimonio de película?

—Me invitó a cenar a su casa. Lo tenía todo listo... la mesa puesta... velas... flores... música... champán... y un camarero para ocuparse de todo.

—Espero que no cocinase Jasper. Aún recuerdo su intento de macarrones con queso y se me revuelve el estómago —reí recordando el día que el novio de Alice había intentado agasajarnos cocinándonos la cena.

—No, contrató un catering —contestó risueña.

—Gracias a Dios. Tú estómago debió agradecerlo —Rose se echó a reír.

—El anillo estaba escondido en el postre —la miré con un gesto interrogante —, soufflé de chocolate.

— ¿Estás de broma? ¿Metió ese pedazo de pedrusco en un soufflé de chocolate? —Alice agitó su cabeza.

—Casi me atraganto con él —rio.

—Si me dices que tuvisteis que llamar a urgencias, me descojono viva —bromeé.

—No, pero casi me rompo un diente.

Todas rompimos a reír.

—Cuando conseguí escupirlo en mi plato, tenía a Jasper de rodillas ante mí, sudando la gota gorda embutido en su traje. Al principio tartamudeaba, pero finalmente lo consiguió. Y aquí estamos.

—Precioso... una historia muy divertida para contar a tus nietos.

Alice me miró como si me hubiese salido una segunda cabeza.

—Bella, tengo veintiséis años, ni siquiera pienso en hijos... por favor, no me hables de nietos ya, porque me entra la neura y escapo como del agua hirviendo... —rio —. ¿A dónde iremos esta noche?

—Estoy cansadísima —les dije —, llevo una semana horrible y sólo es viernes. ¿Noche de chicas en casa y mañana quemamos la ciudad? Tengo pelis y palomitas.

—Hecho —contestó Rose —, pero mañana no te escapas, y por supuesto, tendrás que dejar que te arreglemos. Ya va siendo hora de que pierdas esa manía que tienes de esconderte tras ropas monjiles...

—Ya veremos...

Nos pasamos la noche viendo películas románticas, las que ellas habían elegido, porque si fuese por mí, hubiésemos visto películas de acción. Rose ya se había ido a la cama, pero Alice y yo aún estábamos en el salón terminando de ver "Pretty Woman," cuando salió la escena en la que el socio del protagonista intenta violar a la chica. No pude evitar el encogerme en el sofá.

Los títulos de crédito ya estaban en la pantalla, y, aun así, ni Alice ni yo nos movíamos del sofá. Alice cogió el mando a distancia y apagó la tele, se giró y me miró fijamente durante unos segundos.

—Somos amigas, ¿verdad, Bella?

—Claro, Alice. Sabes que haría cualquier cosa por ti —le aseguré.

—Si eso es cierto, espero que me contestes a lo que te voy a preguntar. Te conozco desde hace nueve años, Bella. Sé cómo eres, eres tan dulce y buena, aunque a veces seas un poco perra —me reí —. Pero sé que te pasa algo, o te pasó, y quiero saber qué es.

—No es nada, Alice...

—Sí, sí lo es, Bella. Te he visto vivir a medias, hemos salido juntas, he visto como chicos realmente encantadores se te acercaban y no recibieron ni la hora. ¿Por qué?

—Alice... —dije a modo de advertencia —, déjalo estar.

— ¡No! —protestó —. Eres mi amiga, Bella. Sea lo que sea puedes confiar en mí.

—No quieres saberlo. Confía en mí.

—Confía tú en mí. Cuéntamelo.

¿Podría hacerlo? Lo que había pasado con James en aquel descampado era una carga que había llevado sola durante diez años. Jamás se lo conté a nadie, ni siquiera a mi familia. Hui de Phoenix y me fui a vivir con mi padre en un pequeño pueblo de Washington. Allí terminé mis estudios, y allí me enteré a través de mi amiga Phoebe que habían detenido a James por tráfico de drogas. Estaría encerrado durante nueve años y medio. Eso me daba un respiro, uno que estaba a punto de terminarse.

—No he tenido buenas experiencias con los hombres, Alice —esperaba que esa respuesta fuese suficiente.

— ¡Oh, venga, Bella! Todas hemos tenido alguna experiencia negativa con un hombre, todas hemos topado alguna vez con un gilipollas, pero lo tuyo es peor. Sabes que puedes confiar en mí, y estoy segura de que te sentirás mejor si compartes lo que sea que te haya pasado.

—No se lo he dicho jamás a nadie —susurré.

—Pues llevas callando, como mínimo, nueve años —cogió una de mis manos entre las suyas —, Bella, no eres feliz, suéltalo, libérate.

No pude evitarlo, las lágrimas llenaron mis ojos. Recordarlo me daba pavor. Era una sensación horrible, era como vivirlo todo de nuevo, y no podía soportarlo. Agité mi cabeza, tratando de despejarme. ¿Podría contárselo? ¿Qué pensaría de mí?

—No puedo, Alice.

—Sí, sí puedes, Bella. Confía en mí.

Tragué, no quería, pero sentía que todo iría mejor si confiaba en alguien, si por una vez me permitía confiar en alguien más.

—Antes de mudarme con mi padre a Forks, vivía con mi madre, en Phoenix —comencé.

—Sigue —me animó.

—Eso fue a los dieciséis. Hui de Phoenix por un chico —admití al fin.

— ¿Qué pasó?

—James era mayor que yo. En aquella época era una niña tonta, Alice. Estaba enfadada con el mundo por la separación y pensé que él podría darme el amor que ya no tenía de mis padres.

— ¿Cuántos años tenía? —preguntó mi amiga.

—Veintitrés —suspiré —. Lo sé, Alice, era una locura, yo apenas había comenzado a vivir y él se las sabía todas ya, pero creí que estaba enamorada.

— ¿Lo estabas?

—Durante mucho tiempo pensé que sí, que lo había amado, pero me he dado cuenta de que amaba lo que me daba, atención.

—Entiendo...

—No quiero entrar en detalles, digamos simplemente que no salió bien, de acuerdo...

— ¿Te acostaste con él? —susurró Alice.

—Alice... ya es suficiente. Conocí a James y fue un error, uno que no volveré a cometer. Nada más.

— ¿Y por qué tienes entonces esas horrorosas pesadillas? Te oigo gritar, te he visto retorcerte en la cama como si te fuese la vida en ello, pero cuando te hablaba, te calmabas y seguías durmiendo.

—Siempre tuve terrores nocturnos. Siento que hayas tenido que sufrirlos —disimulé.

—Sé que me estás ocultando algo, Bella. Y sólo quiero que sepas que puedes confiar en mí. Fuera lo que fuera lo que te ocurrió, yo te apoyaré, estaré ahí para ti cuando estés dispuesta a confiar en mí. ¿De acuerdo?

Asentí ya sin fuerzas para seguir hablando y nos fuimos a dormir.

Siento su sudor, cae en gotas de su pecho al mío. Me asquea. Me da nauseas el olor de su piel en mi nariz. Mi piel se estremece cada vez que su pelo me roza.

Sus dedos.

Sus dedos internándose en mi carne secreta. Aprieto mis muslos en un vano intento de evitarlo, pero no puedo, me los sujeta, con fuerza, demasiada fuerza, me hace daño, me clava los dedos. Pellizca y retuerce mi clítoris. No siento placer, sólo dolor, sólo miedo.

No —suplico por enésima vez.

No me contesta, sólo me mira y veo sus ojos. Esos ojos del color del cielo que un día me parecieron dulces, tiernos y sinceros. Ahora sólo hay hielo en ellos y me dan miedo.

Y escucho la música... comienza una nueva canción, oigo los acordes rítmicos y una voz casi susurra: "Maybe I just wanna touch you for your warm inside again" y, mientras la música suena, su lengua toca mis pezones, húmeda, caliente. Tengo que tragar mi propia bilis. Entra en mí, lo siento, me parte, me hiere. Con cada arremetida me lanza contra la puerta, una, dos, tres veces, pierdo la cuenta, sólo siento el dolor.

No —imploro de nuevo—. Por favor, no.

Shhh, calla —susurra a mi oído, y el asco me invade —, ahora somos uno, nena.

Su lengua entra en mi oreja, chupa mi lóbulo, tira de él con sus dientes y por fin las noto. Lágrimas ardientes deslizándose por mis sienes. Algo de alivio, se llevan algo del dolor. Trato de no pensar en lo que está pasando. Recuerdo mis días en Forks, a mis amigos, recuerdo la escuela, la playa, la lluvia, el bosque... y entonces lo siento, sus dientes, alrededor de mi pezón, me muerde, fuerte, y yo grito.

— ¡Bella! —Alice me gritaba y me sacudía mientras sujetaba mis hombros —. Por Dios, despierta.

— ¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunté, somnolienta.

—Estabas soñando...

—Lo siento, ¿te he despertado?

—No, Rose y yo ya estamos listas para salir, sólo faltas tú, dormilona —Alice me miró seria —. ¿Estás bien?

—Sí, sólo dame un minuto...

Necesitaba una ducha, una larga ducha, que me quitase toda la porquería de encima. Sacudí mi cabeza nerviosa. No, hoy no. No iba a permitir que la puta pesadilla de siempre me paralizase. Mis amigas estaban en mi ciudad, y esta noche saldríamos a celebrarlo.

—Venga, Bella, vamos ¡sal ya! —gritó Rose.

Me miré en el espejo, y no podía creerme lo que vi en él. Era yo de nuevo, no me había visto así desde los dieciséis años. Llevaba puestos unos pitillos de color negro —bajo ningún concepto iba a ponerme una falda por mucho que Rose o Alice insistiesen—, una camiseta de color azul anudada al cuello y que dejaba gran parte de mi espalda al aire. Alice me había recogido el pelo en un artístico moño y, por primera vez en casi diez años, llevaba maquillaje.

— ¡Maldita sea, Bella! —Chilló Alice —. ¡Deja de ser tan perra y sal de una puta vez!

—Alice... —dije en tono de reproche.

— ¡Qué! —se quejó, sorprendida —. ¡Sólo digo lo que hay!

—No pienso salir así, ni de broma... —las miré, desafiante —, ni una palabra más u os juro que...

—Bella —Rosalie me lanzó una mirada —, llevarás eso y, a cambio, te prometo que no insistiré con lo de la cita a ciegas con el amigo de Emmett. Le dejaré claro que no estás interesada...

—Hecho —dije inmediatamente, aunque sabía que iba a arrepentirme —. Vamos a...

— ¡Ah, no! ¡Ni hablar! —Me cortó Rosalie —. No vamos a ir a uno de esos bares cutres que tanto te gustan. No nos vamos a sentar en la barra a beber cervezas, no después de pasarnos toda la tarde arreglándote...

— ¡Eso! —La apoyó Alice —. Hoy es mi despedida de soltera. ¡Hoy hay que ir a un buen club! Con música, baile y ¡tíos buenos! —chilló mi amiga.

—Alice... te casas en un mes —le reproché.

— ¡Oye! —Protestó, ofendida —, que una esté a dieta, no significa que no pueda admirar el menú... Además, ya he reservado.

Me arrastraron hasta el Mur. Mur, uno de los clubes de moda en Atlantic City. No podía creérmelo. No había entrado en un lugar como este desde que había abandonado Phoenix. El sitio estaba abarrotado, cuando llegamos nos llevaron hasta un reservado, dónde nos esperaba una botella de champán. Nos sentamos las tres y comenzamos a planear la boda. Alice estaba entusiasmada, como loca. A Rosalie le hacía mucha ilusión que se casase con su hermano y, sé que ella estaba deseando que Emmett se declarase. Llevaban juntos desde la universidad y eran la pareja perfecta.

Rose llamó mi atención.

—Te miran, Bella —susurró a mi oído.

Dirigí mi mirada hacia el lugar que ella me indicaba con un gesto de su mano, y allí estaba. Era un chico rubio, tipo jugador de fútbol americano, si llevase una sudadera sería el perfecto "american guy". Su pelo no me gustaba, era del color del trigo, y -estaba segura-, sus ojos serían verdes o azules. Ya lo había visto, mucha apariencia, pero, seguramente, nada en ese pequeño cerebro dañado por los placajes en el campo de juego. Asistí, incrédula, a su paseo desde la barra hasta nuestra mesa, moviéndose como si fuese el dueño del local. Se paró a mi lado, me miró, indolente, y me guiñó un ojo. ¿Se podía parecer más idiota sin decir ni una sola palabra? Estaba segura de que, en cuanto abriese el buzón de correos que tenía por boca, todos mis temores acerca de su inteligencia -o su falta de ella- quedarían demostrados. Paró a la camarera que pasaba al lado de nuestra mesa, sujetándola por el codo, y señaló la botella de champán, pidiendo otra. Se sentó a mi lado, sin siquiera pedirnos permiso, y sujetó mi mano, tirando de mí hasta que me estampó sus labios en mi mejilla. Podía notar sus babas... ¡Asqueroso!

—Hola, nena — ¿en serio?, ¿me había llamado "nena"? —, soy Mike. Mike Newton —arqueé una ceja y miré a mis amigas en un vano intento de que me echasen una mano... perras.

—Perdona...

—Estás perdonada — ¡Oh, por favor!, como odio tener razón. Volví a mirar a mis amigas, que se reían entre dientes.

—No te estaba pidiendo perdón, es la forma educada de comenzar una frase con alguien a quien no conoces.

—Es lo que estoy tratando de remediar... ¿y tú eres?

—Hifigenia —casi me río al ver la cara que puso.

— ¿Y de que signo eres, Hifigenia? —la conversación iba de mal en peor.

—Mi signo... —asentí—, quieres saber cuál es mi signo ¿no? —Él me miró sonriente, como si me hubiese hecho la pregunta más inteligente del mundo —. Mi signo es éste —y levanté mi dedo medio.

—Vaya... eres de las duras ¿eh? Me gusta —sonrío como el gato que se ha comido al ratón —, son más ardientes... —me susurró al oído y sentí asco. ¡Puaj!

— ¿Estás caliente? —Pregunté con voz sensual — ¿Muy, muy caliente?

— ¡Oh, sí, nena! Me encantaría meterte en la cama ahora mismo... —le sonreí mientras estiraba la mano y agarraba la cubitera que contenía la botella de champán que habíamos pedido. La saqué y la dejé en la mesa, al lado de nuestras copas y sin pensármelo dos veces le vacié los cubitos en la entrepierna.

—Pues ¡hala!, problema solucionado, ¿ya te has enfriado?

— ¡Serás puta! —lo vi levantar la mano, en un gesto que me hacía pensar que iba a pegarme. Agarré su brazo antes de que me tocara y lo giré en un ángulo poco ortodoxo. Lo oí quejarse.

—Mis amigas y yo queremos estar solas —susurré a su oído —, ahora te vas a largar y nos vas a dejar en paz, ¿vale, Mike? ¡Ah! Y gracias por el champán.

Alice y Rose se reían a carcajadas mientras veían al pobre Mike moverse de forma patosa por culpa de sus pantalones mojados.

—Joder, Bella. Nunca dejas de sorprenderme —Alice levantó su copa —. Por el pobre hombre que intente entrarte. Cielo, nunca he visto mujer más reacia...

Brindamos. Sí, brindamos por los pobres hombres que intentasen algo conmigo. Ciertamente, no tenían esperanza alguna. Si había algo de lo que yo quería estar todo lo alejada que podía era precisamente de los hombres.

Mi móvil vibró en mi bolsillo. Lo saqué y tenía un mensaje.

ASÍ QUE TOMÉ LO QUE ES MÍO POR DERECHO ETERNO

Mi mano temblaba, miré a mí alrededor buscando como loca. Miré y miré, pero no encontré nada.

—Bella, ¿estás bien? No estarás preocupada por Mike ¿verdad?

— ¿Eh? no... No. Estoy bien. ¿Por qué no vais a bailar? —les pregunté.

— ¿Vienes? —me preguntó Alice, mientras se levantaba.

—No... Voy al baño ¿de acuerdo?

Me levanté y salí corriendo hacia los lavabos, a pesar de las miradas extrañadas de mis dos amigas. Llevaba el móvil fuertemente sujeto en mi mano y no dejaba de mirar a todos lados, buscando su pelo, o su complexión, algo que me lo recordase, en medio de aquella marea de gente. Me metí en uno de los cubículos y marqué el número de Phoebe.

—Vamos, vamos... Contesta... ¡Joder!

— ¿Sí? ¿Bella? ¿Eres tú?

— ¿Phoebe? ¿Te he despertado?

—Sí, ¿estás bien?

—Lo... lo siento, oye... Phoebe... ¿has visto a James? ¿Le has dicho dónde estoy o le has dado mi número de teléfono?

—No... No... Te lo prometí. Oye, Bella, sé que ya ha salido, pero no le he dicho nada.

— ¿No ha hablado con ninguna? ¿Nada?

—Espera... déjame pensar... Joder, estoy dormida. Lo vi hace un par de días en Domino's, pero no me dijo nada... —de repente mi amiga se quedó callada durante un par de segundos —. ¡Mierda!

— ¿¡Qué!? ¿Qué pasa?

—Mi agenda, Bella... pensé que la había perdido, que se me habría caído del bolso, pero lo cierto es que me di cuenta de que me faltaba después de salir de allí. Puede que me la quitase él, no lo sé...

— ¿Tenías allí mi dirección? Phoebe... ¿la tenías?

—Sí, sí... tengo mi vida en esa agenda, Bella... lo siento.

—No pasa nada, no te preocupes... siento haberte despertado.

— ¿He metido la pata?

—No, Phoebe, no podías saber que lo ibas a ver y mucho menos que iba a robarte la agenda... No te preocupes, todo va bien, creí verlo, pero no era él... Lo siento. Siento haberte despertado.

— ¿Nos vemos pronto? ¿Cuándo vendrás a ver a tu madre?

—De momento no voy a ir. Tengo mucho trabajo aquí y no puedo cogerme vacaciones. Te avisaré y quedaremos para tomar algo y recordar viejos tiempos, ¿vale?

—Está bien... Lo siento, Bella.

—No pasa nada. Vuelve a dormirte.

Mierda, mierda, mierda... James había salido ya y tenía mi teléfono, probablemente también mi dirección aquí en Atlantic City. ¡Joder! ¿Qué podía hacer? ¿Irme? Había conseguido un trabajo que me gustaba, me entusiasmaba... tenía mi pequeño apartamento, a Joy, a mis amigas... ¿iba a tener que dejarlo todo de nuevo? Salí de los lavabos y corrí hacia la pista de baile, localicé a mis dos locas amigas, que estaban bailando justo en el medio de ella. Me abrí paso casi a codazos.

—Lo siento, chicas. No me siento bien. Me voy a casa —saqué la llave de mi coche —. Toma, Rose, yo cogeré un taxi.

Alice me miró extrañada.

—Ya te quieres ir... ¿estás bien, Bella?

—Estoy cansada y creo que el champán se me ha subido a la cabeza... —me disculpé —, creo que será mejor que me vaya a casa ¿vale?

—Vamos contigo.

El camino de regreso a mi piso fue silencioso. Mis dos amigas se miraban la una a la otra, o me miraban a mí, y se podía cortar la tensión con un cuchillo. Notaba que sabían que no me sentía mal y que me sucedía algo que no quería contarles. Permanecí en silencio y agradecí enormemente que no me preguntasen nada. Cuando llegamos a la puerta de mi apartamento, encontramos una caja blanca, rectangular. Un pequeño sobre reposaba sobre la caja, sujeto por un poco de fixo.

— ¿Tienes un admirador? —traté de sonreír, pero lo cierto es que estaba temblando, temía que fuese de James.

— ¡Ábrelo! —Chilló Alice— ¿no te parece romántico? ¿Un admirador secreto?

Levanté la tapa con cuidado, como si debajo se escondiese una bomba de relojería. Dentro había flores de vainillo.

— ¡Son preciosas! Nunca había visto esa flor ¿qué es?

No contesté la pregunta de Alice. Sujeté el sobrecito en mis manos y lo abrí. En una cartulina blanca, sin dibujos, había cuatro versos.

Besé tus labios y sostuve tu cabeza

Compartí tus sueños y compartí tu cama

Te conozco bien, conozco tu aroma

He sido adicto a tú.

La misma canción.

"Goodbye, my lover".

James.