Disclaimer!:
Los personajes que aparecen en esta historia son propiedad de Hajime Isayama.
Derechos reservados sobre la trama.
Advertencias:
·Palabras malsonantes.
Capítulo 2
"No puedo acompañarte hoy.
Lo siento".
Me detuve y volví a leer el mensaje por si las prisas con las que iba me habían hecho malinterpretarlo. Quería convencerme de que ese "no puedo acompañarte" era, cuanto menos, el colmo de la ambigüedad. Analicemos; "no" es "no". Una puñetera negación absoluta. ¿Qué otro sentido podía caber ahí?
Resoplé con rabia y eché a andar tres segundos después, justo cuando decidí dejarla en visto y prepararme un discurso legendario acerca de la fraternidad y sus poderes mágicos. También es que estaba a escasos cinco minutos de la mini casa que había alquilado con el simple de su novio y me reventaba la moral el hecho de haberme cruzado la ciudad para irme de manos vacías. Como mínimo tendría que darme la cara e invitarme a desayunar, por no hablar del House Tour privado que tendría que hacerme.
Lo único que había visto de su casa había sido una foto de la fachada que me había hecho alzar el labio superior en una mueca de desagrado como si me hubiera dado un pinzamiento. Era una de esas casas modernas hechas de hormigón y cristal. A mí, personalmente, me recordaban a los típicos cubiletes de plástico que usan los niños para construir castillos y mierdas abstractas.
No estoy hablando de forma despectiva de la arquitectura moderna ni de los niños. Simplemente no me gustan. Si de mí dependiera, viviríamos en cuevas hasta extinguirnos por falta de mocosos correteando de aquí para allá.
Los cubiletes, en cambio, sí que me gustan. Son entretenidos y todo ese rollo. Obviamente dan menos dolores de cabeza que un mocoso cabezón.
Pero volviendo a mi drama, avancemos hasta el momento en el que encontré la susodicha casa. La pinza muscular imaginaria tiró de mi labio hacia arriba al encontrarme ante semejante aberración. Si Brunelleschi levantara la cabeza…
Leí sus nombres escritos a mano en un papel cutre que colgaba del buzón y me quise morir. Había gente sin clase y luego estaban ellos. Tampoco es que pudiera pedirles demasiado, estaban en proceso de mudanza, pero hay ciertos detalles que no pueden exceder los límites del buen gusto. Y escribir nombres en papel cuadriculado con un bolígrafo barato era una de ellas.
Salté la valla y subí con tranquilidad los escalones que la separaban de la puerta principal. Presioné el timbre y me apoyé a su lado.
—Buenos días, cariño. —La saludé con los brazos cruzados y la cabeza todavía apoyada en la pared, como si quisiera seducirla—. ¿Cómo ha dormido mi princesa favorita?
Retrocedió un paso por la impresión, quiero imaginar, y me miró como si estuviera viendo a un fantasma.
—Eren, ¿qué haces…?
—Oh, espera —dije llevando mis dedos a la zona de sus ojeras—. No has dormido, ¿verdad? Te has pasado toda la noche de mambo y ahora estás demasiado cansada para acompañar a tu mejor amigo a buscar un puente en el que poder dormir después de tu traición.
Ella jadeó molesta, con los ojos entornados. Estaba guapísima despeinada, con los labios hinchados y el cuerpo a medio cubrir por la tela satinada que hacía de pijama. Pero no se lo diría ni muerto porque estaba cabreado. Muy cabreado.
—Lo siento, de verdad. —Se atusó el pelo y no pude evitar morderme el labio.
— ¿Por qué no puedes venir? Es la segunda vez que me dejas tirado esta semana y sólo estamos a miércoles. —Me quejé, cruzándome de brazos—. No quiero pensar en cuántas veces me habrás dado plantón cuando llegue el domingo.
Petra dejó caer los hombros y me lanzó una mirada cargada de agotamiento.
—Mi suegra ha organizado una comida familiar —explicó arrastrando las palabras con pesar, apoyando la cabeza en el filo de la puerta para darle fuerza a su disculpa.
—No vayas, no te soporta —respondí resuelto, alzando el mentón.
—Me soportará menos si la dejo plantada…
— ¿Prefieres que sea yo quien empiece a dejar de soportarte?
Suspiró y cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados.
—Sabes que no puedo elegir, Eren. Estoy entre la espada y la pared.
—Pues nada, es definitivo que vuelves a dejarme colgado. —Dejé caer mis brazos y metí las manos en los bolsillos de mi pantalón negro. —Venía con la idea de exigirte un desayuno y un House Tour pero se me han quitado las ganas de golpe.
—Tengo algo de tiempo hasta que comience a prepararlo todo —dijo con una sonrisa abriendo aún más la puerta.
Negué con la cabeza.
—Paso, no quiero interferir en tu apretada agenda. —Me pasé una mano por el pelo, echándolo hacia atrás—. Que te diviertas con tu familia.
Moví la mano libre con desgana en señal de despedida y eché a andar hacia la valla con la esperanza de que la abriera desde el portero y no tuviera que ver el espectáculo que protagonizaría al saltarla. Para mi desgracia, eso no sucedió. Lo que sí paso fue que siguió mis desgarbados pasos y me detuvo con un toque de sus dedos en mi muñeca.
— ¿Qué diablos te pasa?
—A mí nada —respondí resentido.
—Ya… Y por eso vienes a mi casa a montarme un numerito a estas horas, ¿no?
— ¿A estas horas? —Subí la manga izquierda y le mostré mi reloj de pulsera—. Son las putas once y treinta y siete. No lo hagas sonar como que te he molestado haciéndote madrugar porque no es así.
—No me hables de ese modo.
—Pues no me toques las pelotas de ese modo —respondí intentando imitarla.
Petra volvió a suspirar por segunda vez en la mañana y se masajeó las sienes con las puntas de los dedos.
—Ya en serio, Eren. ¿Qué te pasa?
Bufé, pataleé, puse los brazos en jarra y volví a bufar.
—Pues me pasa que me jode que siempre me dejes tirado con antelación mínima—confesé sin mirarla.
— ¿Ves cómo te pasaba algo?
—Estoy molesto, Petra. No empieces con tus jueguecitos —advertí con un índice acusador.
—Venga, Eren, no te enfades por esto. Es una tontería.
— ¿Te parece una tontería que me hayas avisado de que no podías acompañarme cinco putos minutos antes de la hora de nuestra cita?
—Hombre… —Se pasó el mechón que le caía directamente en el rostro por detrás de la oreja.
— ¿Hace cuánto sabías de la comida?
—Me enteré ayer a última hora de la tarde.
—Y supongo que puedo afirmar que desde ayer por la tarde no tuviste un minuto libre para avisarme, ¿verdad?
—Se me pasó, lo siento —tironeó de mi brazo y sus dedos bajaron por él hasta entrelazarse con los míos. Los miré y sentí una punzada en el pecho—. Acéptame un café latte por lo menos.
—Te he dicho que no quiero, Petra —zarandeé nuestras manos buscando romper el contacto—. Sabes que odio que me insistan, así que para ya.
La vi agachar la cabeza y dejé de sentir la cálida presión que ejercían sus dedos en los míos. Desvié la mirada, mordiéndome el labio por segunda vez en la mañana. Me jodía que estuviera así por mi culpa, pero más me jodía que me tomara por un tonto con el que podía jugar. Ella ya estaba en la veintena, era lo suficientemente mayor como para ser responsable de sus asuntos y yo, que me consideraba uno de ellos, estaba siendo descuidado.
—Será mejor que me marche ya. —Miré al suelo y acaricié sutilmente el dorso de su mano con el pulgar. No podía ser tan cabrón con ella, así de estúpido era.
Vi a Erd aparecer al otro lado de la puerta abierta. Estaba igual de despeinado y desvestido que Petra, sólo que tenía los ojos pegados.
—Espera. —Tiró por última vez de mi mano—. ¿Me das un beso de despedida?
Apreté los labios y entorné los ojos.
—Que te lo dé tu suegra. —Sonreí perversamente y eché a andar hacia la valla. Todo apuntaba a que tendría que volver a saltarla, así que me preparé mentalmente para coordinar mi cuerpo y no resbalarme y caer sin elegancia.
— ¡Eren!
—Mira que eres pesada, ¿eh? —Dije dándome la vuelta y acortando la poca distancia que había recorrido en escasos dos segundos.
Le aparté el flequillo de la frente con el índice izquierdo y la besé con la misma suavidad que habría empleado si hubiera sabido que podía romperse en pedacitos con un solo toque.
— ¿En la frente?
—No has especificado. —Me encogí de hombros y puse una mueca triste.
—Pero yo me refería…
—Ya hablaremos. —Volví a besar su frente aprovechando su desconcierto. — Pásalo bien hoy.
No volví a escuchar mi nombre, no removí nada en ella para que me llamara y para ser sinceros, lo agradecí. Realmente no me apetecía seguir dilatando aquella conversación. El último sonido fuerte que escuché en mucho rato fue el de mis pies chocando contra el pavimento tras el salto.
Cuando hube recorrido unos metros, encendí un cigarrillo. No quería arriesgarme a que Petra me viera. Ella odiaba que fumara y yo, por mi parte, odiaba ser indisciplinado en cuanto a mi adicción. Lo último que quería era que saliera corriendo detrás de mí para arrebatarme el cigarro y pisotearlo como si le fuera la vida en ello. No sería la primera vez.
Las caladas hicieron que el trayecto me supiera a poco pero no consiguieron que viera con mejores ojos a mi coche. Era horrible. Un Renault R5 de color azul que se iba desmontando por piezas, como si fuera una maqueta por fascículos. Tenía los asientos de atrás agujereados, el pomo de la palanca de cambios despedazado y el retrovisor izquierdo sujeto con cinta americana, por no hablar de los cristales encasquillados que hacían de la reliquia un puto horno durante el verano.
Una auténtica joyita, sí. Creo que si hubiese intentado venderlo en ese estado lo máximo que me habrían dado hubiese sido un abrazo de compasión y una palmadita en el hombro acompañado de un "sé fuerte". En mi mente la cosa funcionaba así.
Le di una patada a una de las llantas delanteras en una muestra extraña de cariño y me apoyé en la puerta del piloto. No me gustaba nada y de haber tenido dinero suficiente lo hubiera regalado para comprarme otro, pero aunque mi pequeño Zeke estaba lleno de averías, era todo lo que podía permitirme y al menos me llevaba a cualquier sitio. Seguramente no me pasaría la siguiente revisión, pero tampoco quería pensar en cosas tristes.
Di una calada y marqué un número.
— ¿Sí?
Sonreí en cuanto escuché a esa voz somnolienta responder.
—Hola, imbécil. ¿Cómo tienes la mañana?
—Iba bien hasta que has llamado…
—Bah, siento haberte jodido el polvo matutino pero necesitaba preguntarte algo.
—Dispara, me está sobrando muchísimo esta conversación.
— ¿Por qué no me acompañas a mirar apartamentos? —Crucé una pierna sobre la otra y metí la mano que me quedaba libre en el bolsillo después de tirar la colilla al suelo—.Petra me ha dejado plantado y no quiero ir solo con el agente inmobiliario.
—Sabes que hoy es mi día libre, ¿no?
—Sí.
— ¿Y eso no te da ninguna pista?
— ¿De qué?
—De que no está entre mis planes pasarlo contigo.
—Vamos, Jean. No me jodas.
—No me jodas tú. Tengo que aguantarte seis días a la semana y para uno que tengo excepcionalmente de descanso no lo voy a desperdiciar viendo apartamentos para ti.
—Te trataré con respeto la próxima semana.
Jean exhaló al borde de la exasperación.
—Adiós, Eren. Nos vemos mañana.
A eso le siguió el pitido intermitente de la línea cortada. Me quedé mirando al suelo, justo a la baldosa en la que reposaba la colilla que, por alguna razón, había decidido no apagar y en un impulsó me lancé a pisarla con rabia. Estaba frustrado y como emprenderla a patadas con mi coche no era una opción que me sedujera, decidí volcar todo mi enfado en aquel filtro de celulosa.
Torcí los labios nada más observar el objeto espachurrado en la baldosa gris. Aquera era la triste y genial metáfora de mi vida social. Estaba solo, tirado y hecho mierda, así que decidí darme el lujo de deprimirme en mi miseria por dos nefastos segundos para luego sacudir la cabeza y plantearme las tres únicas opciones que podía plantearse alguien en mis circunstancias.
La primera era ir a buscarme un apartamento nuevo para no tener que vivir debajo de un puente, la segunda se resumía en irme a casa y superar mis dramas mientras veía Netflix y me atiborraba de comida basura. Y en cuanto a la tercera… Bueno, podía ir al estudio, adelantar un poco de trabajo y después terminar el día tirando unas cuantas fotos.
Cabeceé mientras me movía de un sitio a otro imitando el recorrido de un péndulo y al final opté por la segunda opción porque las penas con comida se pasan mejor. Aunque eso significara que al día siguiente tuviera que machacarme en el gimnasio.
Subí a mi tartana y conduje con parsimonia hasta llegar a la casa que todavía compartía con Petra. Las cajas de cartón apiladas en la entrada me recordaban que quedaban escasos días para que oficialmente dejáramos de ser compañeros de piso y que yo aún no había comenzado mi mudanza. No sabía si no lo había hecho por nostalgia o por pereza.
Cerré la puerta con la espalda y apoyé mi cabeza en ella. De todas formas, aunque hubiera empezado a empaquetar mis cosas, no tenía ningún un lugar al que llevarlas. No me había dado la gana buscarme un hogar solo y volver a la casa de mis padres estaba más que descartado. Preferiría dormir en un banco del parque antes que volver allí.
Tomé impulso con mis manos apoyadas en la madera oscura de forma que me obligué a echarme a andar, dejando las llaves, de mala manera, en el mueble que decoraba la entrada. Ya tendría tiempo de ponerlas en su sitio, tenía todo el día. O quizás no porque me daría pereza hasta pestañear, que era lo más probable.
A eso de la una del mediodía sonó el timbre. Me pilló tirado en el sofá, acompañado de una bolsa de patatas fritas tamaño familiar en mitad de un capítulo de La Casa de Papel. Miré la puerta con desgana, mordiendo la patata que se balanceaba entre mis labios, y me levanté con la bolsa en la mano, no fuera a ser que me diera hambre por el camino. Tres o cuatro metros eran una gran distancia con un riesgo que mi estómago no podía asumir.
—Hola —saludó impasible en cuanto quedamos cara a cara. No podía entender cómo alguien así podía tener semejante legión de fans.
— ¿A qué se debe tan distinguida visita? —Cuestioné con un tono burlón.
—Vengo a ver a Petra. Me dijo que me pasara por aquí a esta hora.
— ¿Petra? —Pregunté metiendo la mano libre dentro de la bolsa—. Siento decirte eres la segunda persona a la que deja tirado hoy.
— ¿Cómo? —Me miró descolocado y por un momento me sentí intimidado por la profundidad de sus ojos azules.
—Está en su puñetero cubilete nuevo, preparando una comida para la simpática de su suegra. No aparecerá por aquí hoy —respondí haciendo el esfuerzo para que no se notara que había conseguido desestabilizarme momentáneamente.
— ¿Cubilete?
—Mira, me da pereza explicarte mis submundos. —Volví a llevarme otra patata a la boca—. Pásate otro día… o mejor, no te pases y mándale un mensaje. Suerte para la próxima.
E intenté cerrar la puerta. Y digo intenté porque su bota militar se interpuso en la trayectoria.
— ¿Qué mierda…?
—No te preocupes, creo que no hará falta —dijo empujando la hoja de madera con tal fuerza que logró tirarme al suelo.
Me quejé exageradamente y Levi se inclinó hacia mí, apoyando las manos en sus rodillas.
— ¿No vas a levantarte?
—Si no me hubieses tirado no tendría que hacerlo —contesté con rabia.
—Déjalo —ordenó—. Te ves mejor desde esa perspectiva —reconoció antes de pasarse las yemas de los dedos por los labios y seguir una trayectoria imprevisible hacia su cabello antes de adentrarse en mi mal llamado hogar.
— ¿Dónde crees que vas? —Me erguí y seguí sus pasos, detenidos en el espacio diáfano que conformaban el salón y la cocina.
—Es amplio y tiene luz —comentó tras observar los ventanales y el techo alto—. Está bastante bien, quizá desordenado para mí gusto —puntualizó mirando las latas de refresco, servilletas y demás envoltorios de alimentos hipercalóricos—, pero es algo que puedo cambiar.
—Dime que te has escapado de un programa de la tele que valora casas o que es una cámara oculta para un show de esos que hacéis los pseudo famosillos.
Levi arrugó la nariz y achicó los ojos.
— ¿De qué estás hablando?
— ¿Qué estás haciendo aquí? —Puse los brazos en jarra.
— ¿No es evidente? Estoy viendo la vivienda.
— ¿Te crees que esto es un maldito museo para que puedas entrar y ver lo que te salga de las narices? —Me acerqué a él lo suficiente como para atemorizarlo—. Piérdete y haznos un favor a los dos.
—No soy un puto ignorante. —Se cruzó de brazos y recortó la distancia entre nosotros hasta el límite de hacerme retroceder por la proximidad insana—. Sé que esto no es un museo, pero como comprenderás no voy a marcharme después de haber quedado con Petra para ver el apartamento.
— ¿Que Petra qué...?
Él volvió a acercarse peligrosamente a mí. La diferencia esta vez fue que yo no me aparté, me quedé clavado en el sitio, mirándolo directamente a los ojos. No lo hice por darme valor, era simplemente estaba desorientado porque no me encajaban las piezas.
— ¿Para qué quieres verlo?
Levi estiró los músculos y se sentó en el sofá con despreocupación.
—Voy a alquilarlo —anunció triunfador, cruzando las piernas.
—Espera. —Me senté en uno de los brazos del sofá—. ¿Tú no eras el que vivía con el resto de la banda? ¿Para qué mierdas quieres alquilar un sitio como este?
Él se echó a reír y tomó una patata de la bolsa que todavía llevaba en mi mano. Si no hubiese hecho eso ni me habría dado cuenta de que continuaba cargando con ella.
—Parece que alguien ha estado leyendo sobre mí —especuló antes de meterse la fritura en la boca—. ¿Quieres un autógrafo para presumir delante de tus amigos?
—En realidad lo que quiero es que te marches de mi casa —me sinceré—. Todo iba genial hasta que apareciste tú.
Se recostó en el sofá como si no le importara lo más mínimo que no era bienvenido en aquella casa y volvió a tomar otra patata. Mi respuesta fue dejar caer la bolsa sobre su regazo. Si quería comer, pues todas para él.
— ¿Por qué no continúas?
No daba crédito a lo que estaba escuchando.
— ¿Cómo?
—Mira, esto es muy sencillo. Tú quieres seguir comiendo como un cerdo mientras ves esa mierda de Netflix y yo quiero esperar tranquilo a que llegue Petra para hablar con ella, así que sigamos con el episodio. Será menos incómodo para los dos.
— ¿Y si te pego una patada en el trasero y te mando al rellano a esperar?
— ¿Por qué me darías ese gusto?
No supe cómo reaccionar, a diferencia de él, que volvió a sonreír y presionó un botón del mando. Inmediatamente Nairobi continuó alentando al equipo con la gracia que caracterizaba al personaje. Miré a Levi, que acababa de deshacerse de su chaqueta de cuero y volvió atención al televisor y a la bolsa de patatas fritas.
Decidí dejarlo estar porque no tenía ganas de discutir. En lugar de hacer de eso una tragedia, me levanté y caminé hasta la nevera en busca de una lata de cerveza bien fría.
— ¿No me has traído una? —Preguntó Levi en cuanto me senté en el otro sofá.
—Esto no es un palacio y yo no soy tu sirviente. Si quieres una cerveza te levantas y bajas al supermercado más próximo —propuse con una sonrisa—. Estamos en el centro de la ciudad, no te será difícil encontrar cerveza fría por aquí cerca.
Levi se limitó a gruñir pero se le pasó pronto. Yo continué con mi cerveza, ignorando por completo el capítulo. Se me habían quitado las ganas de verlo y, para ser sincero, ahora sólo me apetecía perder el tiempo en Instagram.
Me dediqué a leer comentarios que mis seguidores se habían afanado en escribir. La mayoría eran de adolescentes que aseguraban que nos les importaría tener algo más que palabras conmigo o que serían capaces de hacerme de todo menos daño. Sonreí con el móvil entre las manos. Si ellas supieran…
En una de las veces que levanté la mirada de la pantalla debido a la vergüenza, lo encontré mirándome con curiosidad.
— ¿Qué pasa? ¿Te gusto?
—Para nada —reconoció.
—Pues deja de mirarme —ordené antes de volver a deshacerme en los halagos provenientes de la red social.
Estaba tan metido en mi mundo que ni siquiera me di cuenta de en qué momento había quitado la serie para poner vídeos de su grupo a través de la aplicación de YouTube. El colmo del egocentrismo ya se había terminado las patatas y estaba satisfecho con su vida. O al menos eso parecía hasta que se levantó y volvió con una lata de cerveza en la mano.
Me miró esperando una reacción de mi parte, pero no dije nada. No iba a darle ese gusto. Si quería sacarme de quicio no lo iba a conseguir.
Escuché cómo tragaba exageradamente los sorbos de mi cerveza. Si hay algo que no soporto en este mundo es escuchar a la gente tragar. El glup glup me estaba volviendo loco, pero logré mantener la calma leyendo a mis seguidores.
No pasó mucho rato hasta que tuve una idea genial. Me levanté y fui hasta la cocina, fingiendo buscar algo. Cuando me cercioré de que no me prestaba atención, inicié la cámara y, encuadrando con rapidez, tiré una selfie. Bajé el móvil y revisé la instantánea. En un primer plano salía yo con expresión de cachorrito triste mientras que al fondo se veía a Levi sentado en mi sofá bebiendo cerveza. Era jodidamente perfecta.
Volví al sofá, mejoré un poco la fotografía y miré al chico fijamente.
— ¿Qué pasa? ¿Te gusto? —Preguntó imitándome.
Negué levemente con la cabeza.
—Eres realmente inspirador —solté cuando, con tan solo verlo, se me vinieron a la cabeza los hashtags perfectos para acompañar mi nueva publicación.
Él cabeceó con orgullo y sin decir nada brindé con la poca cerveza que me quedaba en la lata.
—Por los likes.
Levi me miró sin entender nada, pero por no hacerme un feo brindó conmigo. Bebí el último trago sabiendo que no sería eso lo único bueno que saborearía ese día.
◤Gracias por leer◢
