Kurapika estaba extenuado. Había recorrido toda la aldea; literalmente pasó a cada casa a preguntar si algún niño se les había perdido, las reacciones de confusión fueron de esperarse –en su mayoría lo tomaron como una broma. Realmente deseaba que alguien se alarmara y le dijera: ¡Sí ¿lo has visto?!

Casi estaba abatido. Ir a todas las casas, sin resultado alguno, fue desalentador. Estaba preocupado por el niño del bosque. ¿De dónde se habría escapado que nadie armó un escándalo? Tampoco era algo que se cuestionara mucho, el lugar era tan pacífico y tranquilo (dicho con otras palabras, aburrido) que apenas se podían contar ciertas cosas por las cuales preocuparse. La palabra peligro estaba en un in pace en el lenguaje cotidiano y su existencia era ilusoria; con dificultad y por obligación se decía que se cuidaran, pero esas palabras quedaban en el aire. El bosque era muy seguro, siempre y cuando no salieras del área permitida. Hasta los niños de corta edad podían ir sin ningún problema; Kurapika ya salía al bosque sin sus padres a los tres años.

Bien. El problema era que el niño estaba en una zona clausurada. Si contaba eso él también estaría en problemas por estar en donde no debía.

Ese lugar hasta hace tres meses estaba permitido. Y Kurapika se aventuró a entrar para saber por qué o qué había para que decretaran la prohibición.

Y, como consecuencia de aventurarse, no salió herido como temía, pero una inquietud le carcomía la consciencia porque lo único que sabía era que no podía dejar a ese niño paseando por lugares que no estaban permitidos. No estaba en peligro, de eso estaba seguro, podía afirmar con certeza que el líder decretó ese lugar "restringido" a causa de su desmesurada cautela. Kurapika sabía que el anciano era muy impulsivo a la hora de tomar precauciones.

De alguna manera le aliviaba que el niño estuviera en el área restringida. Kurapika ya no era el único que infringía la norma impuesta (por una causa que ya no le interesó averiguar).

Su interés seguía en el mismo espacio, sólo que ahora había un tema por el que valía la pena arriesgarse: cuidar a alguien... por más irónicamente clandestino que fuera eso. Concluyó que era lo mejor que podía hacer. No era muy apropiado intentar suscitar alguna idea al chiquillo, cuando ni siquiera tenía ni un ápice de conocimiento sobre la razón por la que el niño estaba ahí.

Hizo lo que pudo buscando de donde desertó y, aun así, estaba enfadado más consigo mismo que con los padres del niño que lo dejaron irse con toda libertad, quizá con exceso de confianza en la seguridad del bosque.

¿Cuánto tiempo llevaba fuera de su hogar? No podía pasar de tres días. Su apariencia y ropa decían eso. Tenía raspones en su rostro, pero nada fuera de ahí. ¡Qué irresponsable de su parte!

Kurapika sopesó tamborileando en la mesa. Su madre le daba la espalda preparando lo que sería su almuerzo.

¿Sería buena idea pedirle una ración más? Cabía la posibilidad de que no hubiera comido en esos días.

Se agobió.

Su madre... con toda seguridad lo apoyaría en la situación. En ella podía confiar y también en Pairo. Eran los cómplices más fiables; los únicos, precisamente por eso. Ella fue quien persuadió a Kurapika de ir allá; casi podía decir que fue idea de ella... su emoción resplandecía.

—Mamá, ¿podrás preparar un poco más? —su madre se volvió hacia él.

—¿Volverás a salir? —de nuevo usó ese tono.

Kurapika pensó que la primera vez fue su imaginación; le mencionó al niño y ella usó ese mismo tono anteriormente... palideció.

—¡Claro, debe de estar esperando!

—¿Le has dicho que te espere en ese lugar? Kurapika, —reprendió—ya estaría en casa.

Esperaba escuchar un: "Si lo descubren estará en graves problemas y su familia". Tal vez él era el único que tenía esa preocupación.

—No le ordené eso ni nada parecido —negó con la cabeza—, no le dije que se quedara en ese lugar.

—Antes me contaste que charlaste con él y le ordenaste algo por su seguridad.

Si a lo que sucedió se le podía llamar una charla... el único que habló fue Kurapika. El contrario no dijo nada en lo absoluto, parecía aturdido, y lo único que hizo fue asentir y negar. También se habría sentido así si otra persona lo hubiera encontrado como lo hizo con ese niño; justificaba su acción.

—No me respondió nada, yo intenté saber qué hacía ahí. Le pregunté algunas cosas y respondió sólo una.

—¿Qué respondió?

—Le pregunté sobre sus padres: ¿Les has avisado a tu papá y a tu mamá que estás aquí? —recreó exactamente como hizo en el bosque— El negó. También le pregunté por su nombre, su edad y eso...

—De eso no dijo nada —concluyó su madre.

Kurapika recargó su barbilla en sus manos. Para ser un niño asustado el que antes riera se salió contexto; lo tomó como una burla, hasta que recordó que los nervios eran traicioneros y a veces hacían reír.

Su madre volvió a cuestionar:

—¿No dijo ni una sola palabra?

—No –reconfirmó.

Su madre cerró los ojos y cruzó sus brazos.

Kurapika entrelazó las manos y columpió los pies. ¿Qué tanto indagaba su madre? Algo estaba mal en esa conducta y eso le aterraba.

—De acuerdo —exclamó con una animada sonrisa. Fue tan repentina esa reacción que Kurapika perdió el equilibrio—. Prepararé una ración más, con una condición —Kurapika se inclinó adelante con curiosidad—. Busca en la librería de tu padre un diccionario. Sólo hay uno, así que lo encontrarás con facilidad.

—Papá se enojará si advierte que rebusqué entre sus cosas.

—No se enterará —dijo con picardía—, hace tiempo que ni un vistazo le da a esa estantería.

Kurapika sonrió con una pizca de travesura y corrió al otro extremo de la habitación.

Escuchó a su madre suspirar e inmediatamente seguir preparando el alimento; su ritmo aumentó. Sintió culpa por saturar a su madre de trabajo, pero era más fuerte el sentimiento de satisfacción y su sonrisa agradecía a su madre el apoyo, y a cualquier fortunio que le concedió a su madre.

Se sentó sobre sus piernas en frente del descuidado estante; tenía polvo por todos lados, hasta el piso de su espacio tenía polvo. Con ese desinterés que tenía su padre por el estante y los libros no tendría ni la menor idea de que Kurapika habría hurtado el diccionario. Qué tranquilizante fue eso. Repercutía el hecho de que su padre estaba bastante ocupado con las tareas de la aldea.

Lo encontró.

Con la misma tela que usó para cubrir su nariz limpió el lomo del libro para leer bien las letras antes de sacarlo del estante. El polvo que se levantó lo hizo estornudar, quiso volver a usar el trapo para tapar su nariz, pero ya estaba polvoriento, así que prosiguió limpiando la cubierta del libro y el resto. Tomó el libro en su brazo izquierdo y con el derecho se talló los ojos antes de encaminarse a la cocina.

Dejó el libro en la mesa. Su madre lo escudriñó de pies a cabeza y se echó a reír.

—Kurapika, ¡qué estropicio te hiciste! —sujetó una servilleta contra la tarja y la humedeció—. Ven aquí —pidió. Se puso en cuclillas con la servilleta en alto. Kurapika atendió la orden—. No vuelvas muy tarde hoy —limpió su rostro con la servilleta. Tuvo la impresión de que eso fue suplica y no una amonestación. Su voz fue temblorosa.

Estornudó. Su madre le sonrió con ternura y volvió a pasar la servilleta por su nariz, sacudió su cabello y posteriormente lo arregló. Kurapika quitó un mechón rubio de la cara de su madre y lo colocó detrás de su oreja.

—Le daré la comida y volveré —aseguró esbozando una sonrisa amplia, de oreja a oreja.

—Y el diccionario —añadió.

—¿El diccionario? —pensaba que era para ella.

—Sí. Tengo un presentimiento —Kurapika sujetó los hombros de la rubia y la zarandeó pidiendo respuestas a eso—. Tal vez no habló por vergüenza —Kurapika bufó y desvió la mirada.

—¿Cómo puedes bromear a estas alturas, mamá?

—¡No estoy bromeando! —protestó— ¡Hablo en serio! Ha pasado... —sonó insegura; Kurapika ladeó la cabeza e infló un moflete—, yo pasé por eso... —rascó su mejilla al decir eso.

—¿En serio? —de algo estaba seguro (hasta ese momento) y era de que su madre era todo lo opuesto a alguien que se pueda acomplejar.

—Sí, sí —afirmó restándole importancia—. Pero era porque no pronunciaba bien las palabras... me daba vergüenza —clavó sus ojos en el techo—, fue tiempo después que supe que no era la única con ese problema. Pienso que con él puede pasar lo mismo —ese relato le pareció fantasioso, pero se vio obligado a creerlo; aun tomando esa historia como verídica no le resultaba una justificación para el diccionario.

Kurapika firmemente creía que era por pavor que el niño no habló, pero otro punto de vista no hacía mal.

Su madre se había erguido. Tiró el papel al mismo tiempo que tomaba dos cajas; dejó éstas junto al libro y llamó a Kurapika con un ademán.

—Aquí está la comida —posó su mano sobre las cajitas—. He preparado tu favorita, así que quiero que comas todo antes de entrar. Necesitas energías para recorrer ese lugar de nuevo y, al regresar, no tendrás ningún argumento válido para justificar por qué no comiste —antes de que Kurapika expresara su desaprobación por esa actitud, su madre se dejó caer en sobre sus rodillas y lo abrazó—. Ten cuidado.

¿Qué era eso? ¿Por qué actuaba así? Inicialmente ella confiaba en Kurapika y en lo que hacía, más de lo que él en sí mismo. No pudo evitar preguntarse de dónde vino esa actitud y acciones de inseguridad; su mayor pregunta era por qué lo dejaba ir y, además, le seguía alentando a aventurarse, cuando ella misma estaba inquieta por algo... o... ¿existía una situación de la que no estaba enterado?

Acarició su cabello antes de dejarlo ir. Apiló las cajitas de madera sobre el gordo diccionario y se lo entregó. Corrió a la entrada de su hogar seguido de su madre.

—Gracias —la rubia respondió con un guiño—. Me marcho —anunció saliendo apresurado.

—¡Que te vaya bien! —gritó desde el dintel de la puerta.


Analizó las opciones: Comer en ese lugar o comer con el niño. Comparar las ventajas y desventajas no ayudó en mucho para escoger una de las dos opciones. Consideró la condición en la que estaba el niño para obligarse a tomar una buena decisión.

La idea original era comer en ese momento para tener energías. Por algo estaba descansando; tenía tal resistencia que podía ir a lugares retirados sin agotarse, pero tampoco quería arriesgarse a quedar fatigado a mitad del camino. Sí, necesitaba energías para recorrer el lugar por si el niño no estuviere allí mismo, tendría que buscarlo antes de asumir que regresó a casa. En ese caso hincaría el diente en su alimento antes de intentar localizarlo.

Estaba cerca del límite. Verificó que a los alrededores nadie merodeara.

Guardó el libro en su morral, abrazó las cajitas contra su pecho; apretó su mandíbula tratando de amainar su nerviosismo. Y después de constatar por última vez que nadie estuviese presente por el lugar, con agilidad y celeridad, cruzó.

Se enorgulleció de su destreza para no tropezar con todas las ramas que sobresalían de la tierra; en realidad más que enorgullecerse se agradecía porque así mantenía a salvo e intacta la comida.

Al estar a una distancia prudente de su punto de inicio, disminuyó su velocidad. En un intervalo de tiempo de una media hora después de comenzar su recorrido se detuvo a descansar debajo de un alto árbol con ramajes enormes; como la mayoría de los árboles de esa área. Realmente lamentaba la pérdida de esa vegetación por estar en ese lado. Los enormes árboles con follajes alucinantes y ramas resistentes. Lo que le llevó a recordar al niño y preguntarse... ¿Acató la orden que le dio?

Ignoró una limitación impuesta; no había razón alguna que lo hiciera no volver a subir a esa rama en la que estaba si anteriormente rompió una regla más estricta y grave.

Claramente le dijo que no se subiera a ese lugar de nuevo. Se lo ordenó.

¿Cómo pudo subir sin temor? ¡¿Cómo pudo bajar desde semejante altura sin ningún problema y tan sereno?!

Kurapika sintió la adrenalina esparcirse al ver tal escena. Por inercia corrió al árbol con los brazos extendidos en caso de que el niño cayera por un mal movimiento (esperar a que ese incidente ocurriera lo torturó). Para cuando se atrevió a abrir los ojos, tembloroso, se volvió al niño; estaba a su lado absolutamente despreocupado.

Se apoyó sobre sus rodillas regulando su respiración. Volvió a tomar las cajitas y siguió corriendo. No estaba lejos de donde se encontraba el niño la última vez. Veía su objetivo desde antes. Precisamente el árbol donde lo encontró era inconfundible por ser el único con un follaje que superaba a los demás; era tan extenso que cubría los árboles de su alrededor.

Dejó su morral y su alimento junto al tronco.

Lo único que conservó consigo fue la cajita que le correspondía al niño. Retrocedió, buscando con la mirada entre las ramas la figura pequeña o la alborotada mata de pelo blanco. Se alivió de no encontrar ni un rastro en las alturas, pero llegó de golpe un vuelco en su pecho por no encontrarlo.

Buscó de un horizonte al otro y... estaba junto al tronco. Kurapika sintió que un peso caía de sus hombros.

Al igual que en su primer encuentro, apenas lo alcanzó, lo examinó con prisas y descuidadamente para asegurarse de que estuviera bien. Pero, perdió el aliento y sintió una enorme presión en su pecho al ver la goteante mancha carmesí sobre la ropa del niño.

Kurapika lo sujetó con fuerza por el hombro para confirmar que eso era sangre, pero aun así logró evadirlo. Fue insólito lo veloz que fue en huir, apenas Kurapika tuvo tiempo para soltar palabras al aire para que se detuviera. El niño volvió con bayas rojas. Recuperó su lucidez; antes de repetirse a sí mismo que tenía que ser escéptico consigo mismo, se empeñó en mantenerse de pie contra la repentina disfunción de sus rodillas.

Extendió sus brazos para entregarle la cajita. De nuevo se tuvo que decir que dejara de creerse todo lo primero que se le venía a la cabeza; por alguna razón el niño estaba más a la defensiva y alerta que antes, exactamente igual a un animal que espera un ataque. Lo recibió.

—Es comida —indicó.

El menor inspeccionó el objeto y posteriormente llevó su dedo índice a su boca con una sonrisa algo incómoda. Kurapika respetó la petición de silencio que el contrario pidió.

Volvió a donde dejó sus pertenencias y tomó su alimento. Llamó con un gesto al niño haciendo un espacio a su lado para que se sentara junto a él. Dubitativo, se aproximó a donde Kurapika, con rigidez se colocó a su lado; no desvió ni un momento la mirada del objeto entre sus manos.

Inevitablemente se preguntó por qué aún no había destapado el alimento. Kurapika no esperó más; dejó en la tierra la cajita que contenía su colación, posicionó sus manos en cada extremo y la giró para abrir el seguro. Dejó el contenido a la vista al quitar la tapa; esperaba que el niño se interesara en la comida, no en la tapa. Después de prestar su atención por unos segundos a la cubierta de la caja, imitó la acción de Kurapika; sus ojos brillaron. Ya se esperaba una reacción así con los días que suponía que no comió algo así de decente (las bayas no eran suficiente). De esa misma manera se lamentó por el niño. Desesperó y dio un leve codazo para que dejara de apreciar la comida y se apresurara a degustarla. Al mismo tiempo que él, Kurapika se llevó el primer bocado a su boca.

Tenía mucha hambre, no más que el niño (por lógica), y por ello mismo se extrañó de que terminó primero que el menor. De reojo, advirtió varias veces sus vacilaciones en seguir comiendo. Aun desconfiaba de Kurapika: ¡qué manera más absurda de sentirse ofendido! De igual manera atinó en esperarse a comer con el niño. Comiendo lo mismo y a su lado, él seguía recelando. Se imaginaba cómo se habría deshecho de la comida. Acompañarlo fue bastante ameno.

Vació su morral y, con el diccionario en mano, seguía sin comprender el propósito de haberlo traído. Lo hojeó para posteriormente farfullar:

—No tiene remedio.

El diccionario era de su idioma al extranjero y no se restringía únicamente a señalar la equivalencia de las palabras, como cualquier otro diccionario, sino que tenía escrita al lado de las palabras la manera correcta de pronunciarlas.

No podía decirle ingenua a su madre por encomendar un libro para un crío y tampoco podía culparla. Kurapika no mencionó que la edad del niño estaba entre tres y cinco años. Un niño que miraba alarmado y atento el libro con toda probabilidad no sabía ni leer.

Conociendo las ideas extravagantes, la imaginaba diciendo: "Si lo descubren que aprenda el idioma extranjero y que huya", eso respecto al otro contenido.

Miró al peliblanco y este mismo le devolvió la mirada de nuevo llevando su dedo índice a sus propios labios. Kurapika de nuevo se abstuvo de hablar.

El interés del niño ahora se enfocaba en el diccionario ¿No hace unos momentos estaba renuente a comer? Kurapika perdió el sentido por la sorpresa de no encontrar la comida en su lugar y fue ineludible cuestionarse a sus adentros cómo pudo terminar tan rápido si hace unos momentos tenía más de la mitad del alimento. Salió de su trance cuando el libro le fue arrebatado. Trató de recuperarlo, pero el menor se opuso, no de manera defensiva.

Kurapika se rindió después de ciertos forcejeos. El niño, estaba más energético que él; correr le robó más fuerza de lo que especulaba.

¿En serio se había interesado en el diccionario? ¡Que emoción y ánimo irradiaba por un simple libro! ¡Qué error tan grande subestimar la idea de su madre!


Regresó con agua y el niño aun no soltaba el diccionario.

Después de encontrarlo por segunda vez en ese mismo lugar ya no temió irse con la preocupación de que el niño abandonara el árbol.

—Agua... —escuchó susurrar al niño con inseguridad; apenas fue audible.

Lo miró con seriedad y dureza. Kurapika se acostumbró muy rápido a esas recelosas miradas.

Con su diestra se empeñó en impedir que su agua se derramara mientras se la daba al niño la que le llevó. Temió que cayera agua en el libro y de nuevo el niño sorprendió su precaución junto a la rapidez al tomarse de un sorbo el agua.

Ya era tiempo de irse. A un ritmo normal tomaría una hora llegar a casa, justo a tiempo para ayudarle a su madre con la cena. No podía esperar a que el tiempo siguiera corriendo, la noche caería y no sería agradable ir a casa en medio de la oscuridad.

Su subconsciente seguía intranquilo por dejar al niño ahí. Gruñó para llamar su atención con éxito y se despidió agitando la mano. Su andar fue interrumpido con una pequeña mano tirando de su ropa. Se volvió para atender al niño aun con libro en mano y una ramita en la otra; con ese mismo trozo de madera escribió sobre la tierra. Antes de retroceder, para dejar leer a Kurapika, borró una parte.

—Killu —leyó con lentitud sin entender que quería decir. Meditó la palabra—, Killu —comprendió por fin— ¡Killu! —exclamó.

El menor lo miró como si fuera un bicho raro y esa mirada claramente decía —¿Es en serio? — no habló, de nuevo pidió que no dijera nada.

Kurapika le regaló una amable sonrisa de agradecimiento que fue respondida con un mohín que ya no le molestó. Le reveló su nombre aun con la desconfianza que le tenía. Eso para Kurapika valió más que la gratitud que esperó recibir por su amabilidad, y compensó todo lo que pasó por responsabilizarse él.

Para mala suerte de Killu, que evidenciaba querer mantenerlo distante, se condenó a que Kurapika firmemente se decidiera a cuidarlo y encargarse de él hasta volver a su casa. Ya no le importó la razón por la que estaba ahí.

Bajo toda esa hostilidad y frialdad del menor estaba alguien que agradó a Kurapika por una simple acción de confianza.

Kurapika se despidió con una última sonrisa cuando el contrario regresó al árbol, el cual desvió su mirada al diccionario.


—Estoy en casa —anunció.

—Bienvenido, cariño —respondió su madre desde la cocina.

Kurapika colgó su morral del perchero de la entrada y conservó las cajitas de madera consigo.

Entró a la cocina y sobre la mesa dejó los objetos en el tiempo en que transportó la comida. Su madre parecía aliviada al verlo.

—Estoy bien, todo salió a la perfección —comentó con una pizca de emoción.

—Eso veo —contestó, tomando las cajitas y justo al llegar a la tarja para lavarlos se quedó completamente estática— Kurapika...

—¿Uh? —inquirió.

—¿Por qué falta una cubierta?

Kurapika se tensó. Se me olvidó Se reprendió mentalmente por ese pequeño detalle. Su madre se había vuelto hacia él y fruncía los labios esperando una respuesta.

—El niño estaba jugando con ella —justificó.

—Se la quedó.

—Sí, y a cambio me dijo su nombre —¡qué manera de evitar la reprimenda!

—Ve por los platos; la cena está lista y tendrás que contarme todo —tenía planeado llegar a ayudar a su madre con la cena, pero ese cambio no le molestaba.

Usó una silla para alcanzar los platos; escuchó una burlona risa de su madre. Cuando rondaba por la edad que el niño tenía miedo a estar sobre una silla, y mientras ese niño ya andaba trepando hasta la copas de los árboles. Se seguía torturando con ese hecho. La primera impresión realmente lo impactó.

Dio a su madre los platos para después ir a sentarse y recargar su cabeza sobre sus brazos.

—¿Y es lo único que me contarás de hoy? ¿No pasó otra cosa interesante? —Kurapika suspiró por el tono animado de su madre y bajó la mirada.

Kurapika se habló mentalmente— Aparte de que un animal me seguía...

—No. No. nada interesante.