Cronopios del autor: Gracias por leerme.

ADVERTENCIA: Yaoi.

Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.

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Tchaikovsky

Por St. Yukiona.

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Segundo movimiento.

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El segundo movimiento de una sinfonía clásica se conoce como adagio, éste es más lento y con un tono opuesto al allegro, sus tonos son más melancólicos. Su velocidad e intensidad dependen del tipo de adagio, existiendo variantes que se ajustan al estilo de cada composición. En lo personal, mi favorito es el Adagio en E mayor de Mozart, dirigido por Takako Nishizaki, específicamente el concierto que grabó en el 97, no es porque yo sea japonés que le doy crédito al maestro Takano, por el contrario, solo un japonés sabe lo que otro japonés se esfuerza para llegar a la excelencia. Siempre competimos contra el más fuerte y duro crítico, nosotros mismos. No sabemos rendirnos, no sabemos decir que no, porque decir que no... es deshonrar a nuestros padres, a nuestros maestros, a nuestros ancestros.

Yo sé perfectamente lo que es el deshonor.

Me ha tocado vivirlo en carne, en alma, en corazón.

Un sentimiento de plena frustración y abandono, como si se despojara la humanidad y quedara atrás inmundicia que día a día se pudre hasta contaminar todo: Desde lo que te rodea, hasta lo que te ama y enalteciendo a eso que odias. Contaminar.

—¿Maestro Katsuki? —ah, soy yo—. ¿Se encuentra bien?

Este chico se llama Matthew, sí, Matthew Stanford, está trabajando desde hace dos meses aquí, ellos creen que no me fijo, que no pongo cuidado en conocerlos, pero los conozco a todos.

—Sí.

No es que no ponga cuidado, es que en momentos como estos en que no sé que contestar prefiero no decir nada. ¿Qué les contaría? "Oye, que me ha dado un bajón de autoestima porque mi marido me ha pedido tiempo y ahora me doy cuenta que realmente soy un fracaso como hombre, como director y como todo", sí claro, sonaría convincente y para nada descabellado. Pero ahora qué más da.

Los pasillos detrás de la casa de música siempre están llenos de ese mismo de miradas, desde que tengo 10 años y tenía la clásica y cliché historia de abuso escolar. "Cerdo", "Niño melón", "Cara de culo", cuando querían ser amables. Se preguntan porqué decidía alejarme y aunque se lo explicará a mis padres y mis padres a los maestros ellos solo reían: "Nos tomamos muy en serio la situación de acoso escolar pero es que Yuuri-un debe de aprender a sobrellevar el humor de la demás gente".

Un intento de suicidio más tarde, el profesor decidió actuar pero para entonces era demasiado tarde. Las hipócritas cartas que hicieron llorar a mi madre e hicieron sentir avergonzado a mi padre. Las miradas llenas de pena y morbo, la patética impotencia que no desconozco nunca.

—¿Se siente mejor maestro? —Raul, es español, toca el clarinete, entró a la sinfónica hace cuatro años, lleva más tiempo con esta orquesta que yo. Soy un director residente, en seis meses me moveré de sede, es lo maravilloso. No quedarte estático en el mismo sitio y de esa manera no durar tanto tiempo como para que la "excentricidad" volviera a ganarme las mismas miradas que prefiero olvidar.

—Continuemos.

¿Pedir disculpas? Ya no tiene caso que pida disculpas, ah... eso también hacen que piensen que soy pedante, insufrible. No es mi culpa, ya sé ahora que no es mi culpa.

... o ...

—¿Otra vez se ha ido sin más? —cuestiona una chica a otros dos chicos que con estuches de instrumentos musicales afirman.

—Es la segunda vez en la semana... —masculla uno mientras que agita el batelenguas de su té, el olor de menta llena el pequeño pasillo que lleva hacia donde se encuentra la zona de mantenimiento de instrumentos.

—Vaya, vaya... todos los directores tienen cosas excéntricas... pero éste se ha llevado las palmas de los que nos han tocado acá —responde una y los otros dos ríen discretamente.

Yuuri suspira profundamente mientras que escondido en la vuelta del corredor los escuchas, ya no le afecta en lo absoluto, su condición la ha tenido así toda su vida, no es como si fuera a cambiar de la noche a la mañana, y trata de encontrar su lugar seguro en su memoria y se frustra porque ese lugar "feliz", ese lugar "seguro", lo ocupa también el momento más desdichado de su vida.

Se restriega la frente.

Le ha dado un pequeño colapso nervioso en medio del ensayo con la orquesta sólo después de haber leído un correo por parte del New York Times, su sección cultural, donde quieren hacerle una breve entrevista por Skype para que hable sobre la nueva sinfonía de Viktor Nikiforov que, al parecer, él va a dirigir. Quieren saber detalles y Yuuri no los culpa, después de todo Viktor es un genio que había estado callado un año completo, un año en el que ni siquiera él había sabido algo.

Se amargaba pensando justamente en ese detalle:

—¿A dónde vas?

—Necesito pensar, Yuuri, necesito pensar —y sin más se había ido. A los pocos meses se enteró que había comprado un apartamento en Viena y ahora... se aparecía ante él con una nueva sinfonía, con un carnaval del que quería él tomará la batuta para dirigir a la alegre orquesta. A veces se preguntaba qué clase de monstruo era Viktor Nikiforov y a los segundos se arrepentía pensando en que en realidad sólo era un alma demasiado libre como para terminar de comprender todas las restricciones que existían en el matrimonio. La primera, principal y única: No dejas a tu marido solo por un año entero sin avisarle.

Había sido justo después de leer la sinfonía de Viktor que su cabeza terminó de comprenderlo y ahora no puede de dejar en los acordes, en la música. En el sonido de las cuerdas. El retoque de las percusiones. Harían: Pom, pom, pom, y las flautas harían, flu, flu, flu, y todo junto haría hacer a la gente: Wooo... Se estremecerían en sus lugares justo del mismo modo en que él ya se estremecía de pensarla, no obstante esa idea, el haber visto a Viktor y después...

—Lo siento... desde el inicio por favor —nada parecía concordar en su cabeza. Había tenido que abandonar la plaza de ensayos porque su cabeza no dejaba de darle vuelta al asunto de haber visto a Viktor y su sinfonía, que maldita sea, era genial.

—Podemos dejarlo por hoy, maestro —dice uno de los violines y Yuuri suspira casi derrotado.

—¿No les importa?

—Qué va, vivimos aquí a la vuelta —responde alguien con ironía y lo silencian enseguida con un "shh". Yuuri traga saliva.

—De todos modos, no tiene caso que continuemos —murmura una trompeta mientras descansa la espalda. Todos lo secundan. Yuuri asiente cerrando su libreta de anotaciones así como la carpeta de acordes, recoge sus cosas con lentitud.

—Entonces lo dejamos aquí y nos estaremos viendo el día de mañana.

Pocos responden y Yuuri no los culpa, después de todo él mejor que nadie sabe lo fastidioso que es la gente que no se compromete con su labor, y él debería ser el ejemplo de la perseverancia y esfuerzo. Y se termina de recriminar el resto del rato que dura el colocarse el abrigo, la bufanda y dejar todo en su mochila para después salir. Se despide tímidamente de algunos músicos que confunden timidez con arrogancia y le mal ven hasta que Yuuri llega al estacionamiento donde ha dejado su bicicleta, debe de conducir unos diez minutos hasta la estación de autobús que lo acerca diez cuadras al lugar donde se está quedando justo al frente del Danubio.

Su promotora le ha dicho que le puede conseguir un auto pero Yuuri prefiere la bicicleta, es una hermosa rehabilitación el ver paisajes de una ciudad que no conoce, es un hermoso acto de masoquismo querer llenarse de los paisajes que Viktor ha estado viendo a lo largo de ese año sin él. Y en cada punto donde debe de detenerse doblarse entre las manos, porque hace frío, preguntarse si ha pensado en él.

Si lo ha mantenido en su memoria mientras ve los dramáticos colores del otoño, la fecha en la que se fue y que ahora lo recibe también a él, si ha dedicado alguna tarde en llorar viendo el río así como él lo hizo. El semáforo da verde y Yuuri continúa su ruta, silenciosa. Lo ha estado haciendo por un mes entero, y piensa en ello, un mes y Viktor se apareció hasta el momento en que fue el estreno, y ahora no se ha vuelto a manifestar.

Conforme más se aleja de la sede del teatro clásico de la ciudad las miradas dejan de perseguirlo, algún despistado le observa pero por lo llamativo que es un extranjero montado en una bici o en el bus, un extranjero con rasgos orientales que entiende perfectamente el alemán, se ha aprendido varios idiomas para poder leer las anotaciones de los grandes maestros en los idiomas originales: Alemán, ruso, francés, español e italiano, quiere aprender griego pero la depresión posterior a la "ruptura", le ha empujado a vivir un paso a la vez.

Las calles pasan y escucha el traqueteo que hace la bicicleta asegurada en la parte frontal del autobús, tienen un buen sistema de transporte y no se preocupa de nada más en su entorno salvo de los audífonos que tiene puestos en sus oídos. Está escuchando el Danzón número tres de Arturo Márquez, trataba de comprender a la inspiración de Viktor, trataba de descifrar lo que estaba oculto. Tras un bufido arranca los auriculares de sus oídos y exhala el vaho de sus labios.

—Sigues teniendo esa horrible costumbre de ponerte inmerso en tus pensamientos ignorando el resto —dice Viktor a lado de Yuuri que sobresaltado pasa su mano del pasamanos que hay encima de su cabeza al que está a un costado alejándose varios pasos del ruso.

—¿En qué mo-

—Te seguí desde el teatro pero no me has pillado cuando te llamé, así que te seguí... hasta acá... ¿Por qué andas en bici? Está bien que quieras hacer ejercicio pero... puede ser peligroso sobre todo si te sumerges y te vuelves todo concentración, aunque esa parte de Yuuri es la que más amo.

La última aseveración es una puñalada que el moreno debe afrontar con valentía.

—Sólo estudiaba.

—¿Mi pieza?

¿Para qué mentirle?

—Sí, tu pieza... —reza en voz baja, están hablando en ruso o japonés, Yuuri solo le responde por mera costumbre, la gente al rededor trata de ignorarlos.

—Increíble —dice Viktor emocionado y se vuelve a quedar en silencio.

—Sí, supongo que sí... —farfulla Yuuri—. ¿Por qué no habías venido antes a...

—¿A verte? porque sabía que estarías ocupado ensayando con la orquesta... —responde Viktor sin dejar de ver por la ventana que tienen al frente—. Es Tchaikovsky, sé que es tu favorito así que no quise interrumpir porque eres más mañoso con Tchaikovsky que con cualquier otro.

Tiene sentido, pero aún así su enojo persiste y Yuuri no responde.

Pasa un rato más hasta que pasan la parada de Zirkusgasses que Yuuri hace la parada al chófer y Viktor va tras de él hasta la intersección con Glockengasses donde el japonés baja, el ruso le ayuda a bajar la bicicleta y el contrario responde con un débil "gracias" sin mirarlo a los ojos. El autobús se va y con él los minutos que han compartido Viktor y Yuuri, el japonés mantiene el vehículo pegado a su cuerpo sosteniéndolo de los maniubros, juega con el pedal. Le dan ganas de montarse y huir, pero la realidad es que no es tan diestro en la bicicleta, recién le está tomando el truco de vuelta. Nota que Viktor se balancea con sus manos dentro de su abrigo.

—Por aquí...

—¿Tienes-

Ambos se quedan en silencio de inmediato porque hablaron al mismo tiempo, sus ojos se encuentran y Yuuri suspira profundamente otra vez aceptando que ha perdido la batalla al aceptar que Viktor no está ahí para verlo si no para hablar sobre su obra y su punto objetivo sobre ella. No es un misterio para el japonés saber que Viktor terminó aceptando casarse con él no por algo como el sexo, amor o gusto, si no por lo que implicaba estar casado con uno de los supuestos mejores directores de orquesta a nivel global, Yuuri no se considera de esa manera, sin embargo los ceros en su cuenta parecen decir otra cosa. Tuerce los labios.

—Hay un café a media manzana, es pequeño, ideal para hablar... y bastante cómodo y tienen estacionamiento para la bici —dice Yuuri.

—Conoces muy bien la zona.

—Bueno tengo más o menos un mes viviendo aquí.

—Un mes —repite Viktor.

A Yuuri le hace corto circuito, como un swit que se ha botado de su lugar por un subidón de energía y niega.

—¿Por qué pareces enfadado? —no se aguanta y lo ha preguntado en voz alta, Yuuri se arrepiente de haberlo hecho pero de pronto su boca no tuvo filtro, aprieta más fuerte su bicicleta.

Viktor enarca la ceja.

—¿Yo molesto? Qué va... sólo que... —sigue con sus manos metidos en sus bolsillos y mira para todos lados, vuelve su mirada a Yuuri—. Porque pensé que Yuuri vendría a mí cuando no estuviera ocupado con la orquesta.

Y el cortocircuito levanta más chispas y hacen que Yuuri niega.

—¿Qué?

Viktor sigue pareciendo confundido y cada vez muestra de forma más evidente el enfado.

—Qué yo pensé que Yuuri vendría a verme apenas llegarás a Viena... no te busqué porque no sabía tus horarios de entrenamiento con la práctica... con lo excéntrico que dicen que te has...

A partir de ese momento ha dejado de escuchar porque, Dioses, está a punto de coger la batuta que tiene guardada en su mochila y enterrársela en el cuello, tiene ganas de gritarle: ¡¿Y de quién coños crees que es la culpa?! Sin embargo se queda callado observando a Viktor hablar, y hablar, y hablar y recuerda cuando eran sólo estudiante y maestro, lo mucho que le incordiaba a Yuuri cada vez que Viktor tenía observaciones, porque aunque los maestros no lo digan se sienten frustrados y ridículos cuando un alumno sabe más, y siempre hay de dos: Exigirte más como docente para dar el ancho y estudiar o bien ensañarte con el alumno buscándolo romperlo, Yuuri era del primer tipo de persona y enseguida se vio envuelto por la frescura, genialidad e inteligencia de Viktor quien es diez años menor que él.

Ahora esa frescura, genialidad e inteligencia, se ha vuelto puro egoísmo, desagrado y arrogancia.

Yo, yo, yo, yo, es todo lo que puede escucharlo, algo que no ha cambiado por más que Viktor jura decir que no es así y solo es un momento de frustración artística. En esos años de relación, casi seis, y tres de casado, había visto a Viktor tener toda clase de crisis artística, inclusive había tenido que soportar un poquito de la insolencia del compositor aún cuando él, Yuuri, sabía reconocer cuando había un error y cuando estaba en lo cierto porque años de estudio y de trayectoria lo respaldaban y era algo que Viktor sabía pero que no solía respetar cuando se montaba en su posición de Diva impenetrable a las críticas.

Yuuri lo ve mover su boca en un parloteo que le deja hasta las narices de harto hasta que su cuerpo es el que se mueve por sí sólo, y lo siguiente que sabe es que su mano se la ha quebrado, probablemente pero Viktor ha acabado en el piso.

—¡Estoy harto de tus estupideces egocéntricas de mierda! —grita el director antes de tirar de su bicicleta y subirse dándose impulso con las puntas de sus pies para avanzar, pedalear lo más rápido que puede, lo más fuerte que puede.

Viktor está de espaldas, ha sido más la caída que el puñetazo que recibió en el rostro y que le ha dejado con la boca reventada porque se mordió el labio, y los labios son escandalosos con la sangre.

—¿Le asaltaron? —pregunta una chica que se acerca ayudar, alguien está llamando a la policía y el ruso niega la ayuda. Confundido ve la espalda de Yuuri que se aleja a toda prisa. No entiende qué pasó.

Yuuri se comportaba de manera muy rara, hasta agresiva, dejaría que se le bajara un poco el enojo y entonces, iría a hablar de él de nueva cuenta. Vaya que sí era cierto sus comportamientos "extravagantes", no había querido creerlo hasta ese momento en que tenía la boca hinchada y adolorida.

... o ...

El corazón le late tan silenciosamente que siente que ha muerto.

Debería sentir el revoloteo alocado de su pulsación asfixiante por la adrenalina y la carrera hecha con la bicicleta hasta su hogar pero... no es así, su corazón está extrañamente tranquilo y teme seriamente que está a punto de sufrir un infarto o alguna extraña enfermedad que lo llevará a la muerte. Espera cinco minutos, diez minutos, quince minutos y nada ocurre, salvo por las lágrimas que escurren gruesas por sus ojos. Se saca los lentes tirándolos a un lado, mientras que se restriega el rostro y muerde sus labios, enfadado.

Su mano no deja de moverse trémula, se da cuenta apenas que se ha abierto la carne, al rojo vivo y expuesta, le ha pegado con todo el enojo de ese año y los años anteriores. Su madre le había dicho que le apoyaba en la decisión que tomara, su padre le dijo lo mismo pero su hermana le advirtió que alguien joven no era buena idea.

—Es maduro para su edad.

—Es la mentira que los viejos de rabo verde dicen cuando se quieren follar a un niño.

—No soy un "viejo de rabo verde", eso es grotesco y Viktor no es un "niño".

Mari le miró con ojos grandes y suspiró dejando ir el humo del cigarrillo.

—Ese es el problema con el calentón, se confunde con amor y ese "amor" te hace no ver todo el panorama, pero si es lo que quieres, te voy a apoyar, y te recogeré cuando estés hecho mierda.

Ahora estaba hecho mierda y no veía a su hermana por ahí, porque la escucharía decir: "¿Y ahora qué vas a hacer?", quizás esas seis palabras eran mucho más pesadas y poderosas que el molesto "te lo dije", se duplicaban los problemas y temores cuando se duplicaban las palabras. Abraza sus rodillas que flexional contra su pecho. La bicicleta está tirada a su lado en medio del pequeño vestíbulo de su pequeño apartamento.

Nada estaba bien.

Todo estaba mal.

Y él no sabe por donde comenzar a deshacerse del desastre, porque el desastre está ahí afuera. ¿Por qué simplemente Viktor no podía ser un exnormal? Alguien tan simple que pide un divorcio, cada uno firma y después siguen por sus lados: Él evitando las sinfonías y composiciones del ruso y el ruso siendo realmente el excéntrico. Pero en cambio... en cambio ahora está ahí en una maraña de sentimientos encontrados, desdichado y al borde de un nuevo colapso nervioso, serían tres, tres en una sola semana.

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St. Yukiona.

Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.