[…]

Y el corazón vuelve a latir,

loco por encontrarse de nuevo

con aquello que tanto anhela

[...]

Suzume, de pronto, se sintió realmente completa. Esa parte destrozada que Mamura, sin saberlo, había dejado, se reconstruyó en un segundo.

Shishio era tan cálido como la vez en que la ayudó a llegar a la casa de su tío, cuando se perdió en Tokio. Su cabello era corto y apenas si se le notaba el paso de los años, seguía llevando lentes y todavía trabajaba en el mismo lugar.

—Sigue igual.

Él la miró, riéndose. Suzume sintió un calor cubriendo sus mejillas.

—Me alegra oír eso —se sinceró, hizo una pausa—, a menos que lo digas con otra intención.

—No, no —se sintió tonta y río—. Yo... sigue igual, cálido y genial, como cuando lo conocí.

Shishio estuvo a punto de decir algo, Suzume sabía que quería hacer mención a cómo lo trató cuando intentó ayudarla en la estación de trenes.

—¿A ti cómo te va?

Ella no supo qué decir.

—¿Y... Mamura?

Suzume se sintió pequeña, como cuando tenía quince años y no era capaz de decir lo que sentía a quienes quería. Aquellas veces en las que no ponía en palabras sus emociones y terminaba haciendo daño sin quererlo.

—Nosotros —se le secó la garganta y tomó un poco de café, que ya se encontraba frío— ya no estamos juntos.

Él la miraba, esperando que dijera algo.

—No... sé qué sucedió —admitió—. Cometí los mismos errores que en mi juventud, no dije cómo me sentía y asumí que todo estaría bien, porque lo decidimos los dos.

Tomó un respiro, dudó y pidió otro café.

—Acabo de notarlo, que yo era capaz de dejar mi trabajo e ir con él, porque lo amaba, y él, en cambio, era capaz de dejarme con tal de que cumpliera mi sueño.

Shishio suspiró y le tomó las manos por sobre la mesa.

—Mientras te des cuenta, no hay errores en las decisiones que tomas —le sonrió, un poco melancólico—, puedas definirlas como malas o buenas según lo que te quiten o te aporten, pero jamás serán un error.

Suzume apartó sus manos, lentamente.

—¿Por qué...?

—Ese chico me juzgó cuando dudé en nuestra relación, pero ahora que se ha vuelto un adulto terminó haciendo lo mismo que yo —suspiró—. Tú, ¿qué es lo que sientes ahora?

—Yo... creo que —se desesperó por un instante, pero no quería volver a lamentarse por aquello que no es capaz de decir— me siento como la primera vez.

Shishio la observó durante unos segundos y sonrió.

—Has crecido, antes no habrías dicho algo así, sin dudas de por medio —le dijo, tomando sus manos de nuevo—, igual que yo. He estado en otras relaciones, pero no funcionaban porque seguía lamentando lo que no fui capaz de hacer por nosotros. Y seguí pensando, ¿qué sería distinto si estuviera contigo? Fue cuando me di cuenta que estas dudas no tenían relación con mis lamentos, sino con que te amaba todavía.

Suzume miró sus manos entrelazadas, su esmalte de uñas color rosa pastel, el reloj de hombre y los ojos serios que la miraban.

—Nos lamentamos por lo que no fuimos capaces de hacer, eh...

—Es una excusa tonta, profesor.

Suzume hizo algo distinto ese día, recordó el olor a café y caramelos y experimentó de nueva cuenta su primer amor.