Era jueves por la mañana y en la habitación alguien ya estaba poniéndose en marcha.
Desde la cama Otabek escuchó la regadera por largos minutos y tras ello los pasos de Mila y el sonido de la ropa mientras se vestía.
Luego, bullicio y olores desde la cocina.
Un perro ladrando, palabras amortiguadas, inentendibles a pesar de las delgadas paredes de la casa.
Unos minutos más. Mila entrando al cuarto con una taza de té y unas tostadas; ella sabía que no le gustaba el café.
— Le puse tres de azúcar, como te gusta — dijo mientras dejaba todo en la mesita de noche del chico y se sentaba en la orilla de la cama, el colchón reclinándose con su peso.
No hubo respuesta para ella a pesar de que Otabek estuviera despierto y ambos lo supieran.
Se limitó a sonreír y le hizo cariño en la nuca.
— No estás de ánimo hoy, comprendo — susurró parsimoniosa — dejé algo de comida en la cocina y alimenté a Denis... deberías sacarlo a dar un paseo, podría ser refrescante para ambos.
Se paró, guardó sus cosas en su mochila, subió el cierre de su grueso abrigo y se ajustó la bufanda lista para irse a sus clases. Volvió a mirar al chico acostado en la cama, con la tristeza bañando su pecho.
Otabek no la estaba pasando bien y le dolía dejarlo ahí solo, pero debía cumplir con su asistencia en la universidad.
— Sabes que puedes llamarme para cualquier cosa, ¿sí? — le dejó un pequeño beso en la sien — te quiero mucho, come algo.
Mila se fue y tras ella dejó la estela sutil de su perfume de durazno.
El té humeaba en la mesita de noche, pero dejó de hacerlo a la media hora.
Sería mentira decir que el tiempo avanzaba muy lento para Otabek Altin, porque para su disgusto, muchas veces sentía que todo avanzaba muy rápido y no podía seguir el ritmo.
Al cabo de un rato, y con gran esfuerzo, levantó una de sus manos para descorrer la cortina de la ventana a un lado de su cama. Estaba nublado.
¿Qué horas serían? quizá medio día.
El desayuno que le había dejado Mila Babicheva ya se había enfriado.
Y hubiera seguido ahí tirado en su cama sin hacer nada y deprimiéndose solo en su día libre, pero alguien en su patio trasero empezó a llorar mientras rasguñaba la puerta para que lo dejaran pasar.
Altin se removió un poco, sus ojos pegándose en el techo de su habitación.
Mila había olvidado hacer entrar a su perro antes de irse.
Soportó menos de un minuto escuchando a Denis rogarle. Por más cansancio que sintiera sobre sus hombros y su mente, su corazón fácil de doblegar no dio para más. Antes de sentirse más culpable por hacer sufrir a su mascota, se puso de pie, corriendo en dirección a la cocina para abrir la puerta que daba al patio trasero.
Denis lo miró con emoción, meneando su cola, causando un sutil revuelo de ternura en el kazajo que le hizo cariño tras las orejas y el pecho.
Denis era un perro adulto, la calle lo había moldeado bravo, pero ante la mano correcta solo se volvía un cachorro juguetón; como si leyera el corazón de las personas.
Increíblemente, para alguien a quien le costaba trabajo incluso cuidar de sí mismo, Otabek sentía que había sido una buena decisión recoger a aquel perro cubierto de lodo y mojado por la lluvia. Se comportaba manso con él y no había intentado huir de su casa; de hecho, la protegía a ladridos de los extraños, esperaba paciente a que le sirvieran su comida y pedía permiso antes de subir a la cama.
Si Denis no se hubiera puesto a chillar, Otabek seguramente estaría todavía acostado sin hacer nada productivo por su vida, pensando muchas veces en cosas innecesarias.
— Quién está cuidando de quién, realmente — murmuró, sintiéndose un tanto humillado.
Tomó una ducha y se cambió de ropas. No comió, en vez de eso lo primero que hizo fue buscar la correa del perro y con algo de dificultad ponérsela ya que era muy pesado y cuando se cargaba a él, sus patas dolían.
— Vamos, amigo.
Denis pareció comprender lo que sucedía. Se movió a su lado hasta la puerta de enfrente, mirando a Otabek como si fuera la persona más maravillosa del mundo.
.
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Esa mañana no había sido agradable para Yuri.
En primer lugar, configurar la hora de la alarma soñoliento no había sido buena idea, terminó por despertar media hora más tarde de lo acostumbrado y solo porque su gata le estaba tocando el rostro con sus patas para que le abriera la ventana. Con un gruñido dejó a Potya salir a callejear y dio un respingo asustado cuando vio la hora en su móvil.
Hora: 07:40 am. Próxima alarma: 7:00 pm.
¡¿Qué demonios?!
De mal humor se quitó la pijama tirándola lejos y tomó una toalla del cajón, metiéndose a la regadera solo para percatarse de que el jodido regulador del agua se había averiado... otra vez.
— ¡Maldita sea!
Salió del cuarto de baño, tropezando con la extensión del enchufe y casi cayendo en el acto.
Se volvió a vestir con la pijama a velocidad luz y demoró otros veinte minutos junto a la casera regulando la maldita cosa para el agua caliente. Se negaba a bañarse con agua fría, ¡todavía era invierno!
Su ducha fue exprés, marcando una nueva racha de cinco minutos. Se recogió el cabello, se secó, se vistió y cuando ordenada sus cosas en su mochila, escuchó a su mascota en la ventana.
La miró y vio que traía las patas manchadas.
Casi le da un infarto.
— ¡Joder, Potya, no! — gritó en su natal ruso.
Pero fue muy tarde, la minina había saltado a la cama, exactamente a su cobertor blanco en donde marcó sus cuatro bellas patitas embarradas de lodo.
Yuri ya estaba echando humo por las orejas.
Puso de espaldas a su gata aunque esta se removiera incómoda por la posición.
— Eres una cochina, puerca ¿dónde demonios te fuiste a meter? — la regañó mientras le limpiaba las patas con toallas húmedas para que no hiciera más desastres — no hay premios para ti, estás gorda y sucia, mi cobertor, ¡maldición, Potya!
Los enormes ojos de Potya lo miraron como pidiéndole que tuviera piedad, estaba hiriendo sus sentimientos gatunos.
Yuri ahogó un gruñido culpable. Para sus adentros pensó que ese animal realmente sabía manipularlo porque en ese momento la rabia era empujada por un sentimiento de culpa al haberla tratado tan rudo.
— No, no es verdad, estás muy linda, Potya, eres la gata más apuesta del barrio — murmuró con un hilo de voz — ay, no puedo enojarme contigo, estúpida... gata... suavecita...
Su móvil vibró en su mesita de noche y el susto le hizo dar un brinco en su lugar.
Leroimbécil💩
[08:18] good morning Yuriiii
[08:18] dónde estás? o te quedaste dormido? el viejo Erlanov está hablando como loco sobre algo estructural y planos, no entiendo nada
[08:19] vienes hoy?
— Mierda... — dejó ir a Potya y esta corrió al rincón del baño donde estaba su caja de arena.
El ruso cogió todas sus cosas y salió de su habitación corriendo. Atravesó el pasillo abierto que daba vista hacia el patio interior de la gran casona donde vivía con más inquilinos y bajó las escaleras de dos en dos. Se despidió con la mano de su casera que, con bata y pantuflas, salía de la cocina compartida del primer piso con un café en la mano. Sacó sus llaves y se apresuró en abrir el portón para largarse de allí.
Ni siquiera hubo tiempo para un desayuno.
Cuando tomó el autobús se percató de que había olvidado su credencial de estudiante, así que tuvo que pagar la tarifa normal.
Y, cuando iba entrando a la universidad, ya resignado a que había perdido las primeras dos horas de clases, recordó que no había rellenado el plato de comida de Potya. Quiso matarse.
Jean lo vio ingresar a la cafetería a eso de la una de la tarde. En cuanto Yuri llegó a la mesa y se sentó frente a él, soltó un divertido:
— Buenas noches.
Lo miró feo. No estaba para bromas.
Yuri, fastidiado, soltó su bandeja con su almuerzo, estrujando la cajita de jugo que bebía.
— Cállate, ¿de qué me perdí? tuve que ir corriendo a Cálculo.
Jean soltó un sonido inconforme, subiendo y bajando sus hombros mientras mordía su manzana.
— No mucho, la verdad.
— "No mucho" mis calzoncillos, de seguro no entendiste nada en clases, pásame tus apuntes para sacarles foto.
Leroy solo soltó una sonrisa y sacó su cuaderno de su mochila. Yuri se lo arrebató y empezó a hojearlo.
— No entendí, pero sí escribí lo más que pude para que no perdieras por completo la clase.
Yuri no pudo evitar soltar una risa burlona por la buena acción de su amigo.
— ¿Y no se te ocurrió solo grabar la voz del profesor con tu móvil? luego pude haber revisado el correo de la clase y sacar los textos complementarios de allí.
Jean lo miró boquiabierto. No, no se le había ocurrido esa idea. Tosió para disimular su vergüenza y dio otra mordida a su manzana.
— Bueno, como sea — dijo mientras se inclinaba hacia Yuri en la mesa, quien comenzaba a sacarle fotos a sus apuntes — ¿sabes de la pelea de gatas que te perdiste por no haber estado en el primer período?
Yuri lo miró interesado, no podía disimular que el chisme era uno de sus pasatiempos favoritos.
— ¿Quién...?
— Aizhan de arquitectura clásica y Dilnara, esa morena de pelo rizado — Yuri asintió rápidamente — salimos de clases y se pusieron a discutir porque al parecer ambas salían con Derec.
— ¡No!
— Sí, maldición — aseguró Jean con una sonrisa — la discusión se les fue de las manos y las lograron separar antes de que se mataran, la guinda de la torta fue cuando llegó el desgraciado de Derec y... lo demás es historia — dijo acomodándose nuevamente en su silla.
Yuri soltó una maldición, sabía que Derec era un maldito, ¡era Don Juan y despreciable! todos lo sabían, maldición, ¿por qué a las mujeres les gustaban los tóxicos?
— ¿Qué se decían?
— Yo qué sé, hablaban muy rápido y no pude entender mucho.
— Siempre pasan cosas cuando no estoy, qué puta envidia, ¿por qué no te aprendes el idioma de una vez por todas, Jean?
Y es que si se hubiera tratado de Yuri escuchando, él sí que habría entendido a la perfección. El kazajo era su segunda cuna.
Cuando a Yuri se le ocurrió nacer en medio de las vacaciones de sus padres, exactamente en tierras de la ciudad de Astaná, su madre inmediatamente lo tomó como un milagro. Ella siempre había soñado con visitar Kazajstán, por lo que, que su segundo hijo decidiera nacer allí fue simplemente mágico. Desde aquella primavera fue común para Yuri y su familia volar desde su fría Rusia hasta Kazajstán en largas visitas que podían durar casi todas las vacaciones que la escuela les daban a él y a su hermano mayor Viktor.
Tuvo la opción de adquirir la nacionalidad kazaja por derecho a suelo -por haber nacido en aquellas tierras extranjeras-, pero sus padres decidieron darle su nacionalidad rusa por derecho a su sangre y porque su hogar se encontraba allá, en Moscú. Además, Kazajstán no admitía la doble nacionalidad y tampoco sabían si en Rusia sería legal tener ambas, por lo que dejaron ese tema apartado por mucho tiempo, los Plisetsky entrando con su hijo menor siempre como turistas por un determinado tiempo de estadía.
No fue si no hasta cuando salió de preparatoria, que Yuri había decidido tajantemente no querer quedarse en Rusia ni un segundo más. Kazajstán era el destino, Kazajstán y nadie más.
Su madre fue la más emocionada cuando Yuri contó sus planes. Su padre se mostró algo renuente en un inicio, pero terminó por ceder con la condición de que él debía ir a la universidad; fue perfecto, puesto el seguir estudiando estaba entre los planes de su hijo. Viktor definitivamente lloró cuando Yuri le contó que se iba de casa, todavía recordaba cómo lo había echado a patadas de su cuarto por dejarlo todo lleno de lágrimas y mocos.
Ya sabía el idioma, pero estudió muchos meses para dominarlo por completo. Apeló por su nacionalidad kazaja, así renunciando a la rusa. Con sus padres viajaron a visitar las múltiples charlas universitarias en Almatý y algunas ciudades vecinas, pero en su corazón Yuri ya lo sabía: él quería estudiar arquitectura y quería quedarse en Almatý también.
Encontraron un alquiler conveniente a cuarenta minutos de la universidad en donde había aplicado; se trataba de una casona grande remodelada, tendría que convivir con más arrendatarios, pero la mayoría eran gente ocupada de mañana a noche así que resultó ser un lugar muy tranquilo para un universitario solo; su madre incluso había congeniado de inmediato con la casera, una mujer grande y de piel como las castañas con largo cabello trenzado que prometió cuidarlo como si fuera su propio hijo.
Ese lugar había terminado por ser muy agradable. Había un patio de interior rodeado por los muros de las habitaciones y cuando el clima era agradable solía haber sol todas las tardes. Las cocinas del primer piso siempre estaban vacías y la habitación de Yuri tenía baño privado y un pequeño frigobar. Él no podía estar en mejores condiciones que allí.
En su primer año de universidad había adoptado a Potya, una pequeña bola de pelos que lo había seguido cuadras completas cuando venía de vuelta de comprar la cena. Su corazón se hizo pequeño con esas pequeñas patitas que se obligaban a seguirle el paso y él terminó por pedirle a la casera si podía tener una compañera extra en su habitación. La señora Aiman había aceptado, pero le dijo que debía educarla para que hiciera sus necesidades en una caja de arena y que, cuando tuviera edad suficiente, debía llevarla a esterilizar porque lo que menos quería era una crianza completa de gatos en la estancia.
Al término de ese mismo año consiguió un trabajo en la librería cercana a su universidad como ordenador por tres días a la semana.
Y a mediados de su segundo año conoció a Jean Jacques Leroy, un chico de familia canadiense adinerada que residía actualmente en San Petersburgo, pero que a causa del enfado de sus padres porque su hijo había reprobado varias asignaturas en su antigua universidad, lo habían enviado al extranjero para que madurara de una vez por todas y terminara su carrera universitaria lejos de las malas juntas de Rusia.
En un principio, Yuri había encontrado a Jean una persona muy desagradable, siempre gritaba y era muy extrovertido, algo engreído. Siempre le hablaba porque compartían varias clases y se le pegó como una babosa cuando se enteró que también venía de Rusia (como si fueran los únicos). De esa forma, Yuri no pudo hacer más que aguantar su pegajosa compañía hasta que simplemente se resignó y lo medianamente toleró. No negaba que a veces podía ser divertido estar junto a él, pero también en algunos casos resultaba ser muy sofocante.
No sucedía lo mismo con sus padres, ellos lo llamaban dos o tres veces a la semana y su hermano siempre le enviaba memes o vídeos de gatitos por Instagram. La comunicación era bastante buena y él podía disfrutar de su espacio personal ya que era alguien que disfrutaba el estar solo.
— ¿Te vas a comer eso? — le preguntó Jean.
— ¿Qué? — salió de su ensoñación por estar sumergido en su móvil.
El chico le arrebató el pudín empaquetado en su bandeja.
— Tomo eso como un no.
— ¡Hey!
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.
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Y si Yuri creyó que en la mañana su racha de mala suerte estaba liquidada, pues se equivocó totalmente.
Esa tarde, al terminar las clases, iba tan derrotado y poco atento que cuando dio vuelta en el pasillo chocó con algo que hizo que los papeles entre sus brazos se desperdigaran por el suelo.
— Oh, mierda, ¡cuánto lo siento! — le dijo la voz de la muchacha.
Contuvo el aire, aguantando las groserías que luchaban por salir de sus labios.
Definitivamente, ese había sido un día muy, muy, muy mierda.
Ambos se agacharon para recoger las guías que Yuri había soltado, mientras la chica seguía disculpándose.
— De verdad lo siento, iba apurada, ¿te hice daño? — le preguntó.
— No.
— Oh, qué bueno. ¿Ya acabaron tus clases?
Yuri la observó con claro gesto de ¿qué te importa? pero al parecer el mensaje no llegó a la muchacha que siguió parloteando animada.
— Las clases en la tarde son un fastidio, realmente dan mucho sueño, más con este clima, solo dan ganas de quedarse acostado con un té caliente, mantas y muchas películas. Joder, vaya clima — acotó cuando una ráfaga de viento casi hace que uno de los papeles de Yuri se volara hacia las escaleras.
— Ya.
— Oye, realmente me siento culpable por empujarte — dijo al volver a ponerse de pie — de seguro desordené todos tus papeles.
Yuri soltó un gruñido de acuerdo con eso último. ¿Ya se podía marchar?
— ¿Quisieras ir a la fiesta que estoy organizando este viernes?
— No, gr...
— ¡Va a estar buena, en serio!
— No...
Pero la chica acababa de robarle uno de sus papeles y sacaba de su mochila un lápiz.
— ¡Oye!
— Mira, es con entrada pagada, pero si muestras esta marca los chicos de la caja te dejarán pasar sin importar con cuánta gente vengas, es mi compensación por haber botado tus cosas — le dijo con una sonrisa — ahí va la dirección y mi número, me llamo Mila, por cierto, ¿y tú?
Yuri se sentía desconcertado, ¿es que esa mujer no se callaba nunca?
Mila volteó el papel y encontró justo lo que buscaba en la esquina superior de su guía.
— Yuri Plisetsky, ¡genial! — dijo devolviéndole el papel con una radiante sonrisa — ¡te veo allí, Yuri, lleva a todos los que quieras! ¡nos vemos!
Y se alejó corriendo, sacudiendo su mano.
Yuri frunció el ceño, molesto, ¡había hablado tanto y tan rápido que ni lo dejó hablar a él!
Por supuesto que no iría a esa maldita fiesta.
¡Gracias por leer!
